Me llevaron a una discoteca lujosa, me emborracharon y luego me follaron los tres

Lo conocí hace unos pocos días. Era amigo de, Héctor, mi jefe en el almacén donde yo trabajaba.

Vi en sus ojos que le había gustado y pronto lo confirmé cuando Héctor me dijo que a su amigo le gustaría que saliéramos a bailar ese fin de semana.

Héctor, su amigo Argemiro y una amiga de ambos llamada Sofía pasaron por mí en su auto. Argemiro condujo su coche hacia la estación de trenes Chamartín y allí entramos a «Macumba», una disco muy apetecida por su ambiente, sus tres pistas y sus tres orquestas.

No había estado nunca en una discoteca tan grande y lujosa. Seguí detrás de Sofía, que caminaba con paso seguro, sin fijarse en nadie, hasta una mesita muy bien ubicada.

Yo llevaba unos pantalones muy ceñidos al cuerpo y una blusa corta entallada que hacían resaltar espléndidamente mi figura.

Argemiro pidió una botella de whisky y Sofía se apresuró a servir unos buenos tragos en las rocas. Héctor le hizo un gesto a Sofía y se dirigieron a la pista, a bailar. Sofía era una mujer muy sensual.

Movía muy bien las caderas al ritmo de la música, y su minifalda insinuaba la exuberancia de sus nalgas. Héctor se veía pendiente de ella, la miraba entusiasmado viendo como su blusa se movía y dejaba flotar unos pechos medianos y firmes.

Argemiro y yo también salimos a bailar. El me apretaba y me agarraba ocasionalmente, entre risas, y a ratos nos acercábamos a nuestros amigos para cruzar comentarios o para bailar entre todos. Así estuvimos alternando baile y copas hasta bien tarde en la noche. Argemiro pagó el importe de la cuenta y nos dijo que ya era hora de seguir la fiesta en otra parte.

Salimos de «Macumba» en dirección al auto. Noté que Sofía parecía saber lo que venía a continuación. De la cajuela del coche sacó otra botella de whisky y nos repartió sendos tragos secos. Me sentí bien mareada pero tomé. Vi cómo nos salíamos de la Gran Vía y tomábamos por la calle de san Bernardo hasta estacionarnos frente a una casa de la calle san Vicente. Entré en una casa cómoda y bien amoblada. Sofía la conocía, pues pronto se apersonó de la situación y en minutos ya sonaba música tropical y los vasos volvieron a estar llenos de whisky.

Héctor se acercó a Sofía, cogiéndola por la cintura. Ella reclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Mientras tanto yo estaba sentada como explorando el lugar pero notaba la mirada de Argemiro clavada en mí. Héctor fue desabrochándole la blusa a Sofía, empezando de arriba hacia abajo, botón por botón. Ella se mostraba cómoda con la situación y se movía sensualmente, con los ojos cerrados, dejando que los dedos de él fueran liberando sus pechos. Luego le quitó la falda y las bragas dejando ver un vientre plano y un sexo completamente rasurado. A mí no me atraían las mujeres, pero no pude dejar de reconocer que Sofía era una mujer espléndida.

«Sofía, mastúrbate para nosotros»

dijo Héctor en forma autoritaria. Sin pensarlo mucho Sofía, deslizó sus dedos dentro de su coño, mientras todos estábamos pendientes de los movimientos de su mano. Sofía nos miraba mientras sus dedos se introducían suavemente entre sus grandes labios húmedos. Ladeó la cabeza hacía atrás, agitando su cabellera mientras sus dedos, primero uno, después dos, entraban en su chocha que se abría como una flor. El movimiento de su mano se hacía cada vez más frenético, indicando claramente la proximidad de un orgasmo. Al sentirlo, separó más las piernas y, comenzó a correrse entre gemidos.

¿Te gustó?.

– me preguntó de pronto Argemiro.

«Bueno, ahora es tu turno, preciosura. Párate y quítate la ropa que queremos verte»

– Me sentí como paralizada. Sin reflexionar, decidí decirles que yo no quería. Pensé que lo entenderían. Más me demoré en expresar mis pensamientos cuando Argemiro, sin mediar palabra alguna, me dio una fuerte palmada en la mejilla. Nada más. Se me escurrieron unas lágrimas pero sentí al mismo tiempo como una especie de excitación. Lentamente me fui desvistiendo y quedé desnuda ante sus comentarios de admiración y de lujuria. Mis pechos estaban erectos y mi vulva mojada.

Argemiro me tomó con fuerza de las caderas y puso la punta de su verga entre mis muslos mientras los demás miran emocionados.  Me colocó la mano sobre el pecho y me empujó, cayendo de espaldas sobre un sofá-cama. Sin más preámbulos, deslizó sus manos entre mis muslos y empezó a buscar mi clítoris con sus dedos. Luego me besó en la boca para seguir después mordisqueándome los senos. – «Separa un poco más las piernas». – me dijo. Lo hice, con sus dedos me abrió los labios que dejaron ver mi entraña rosada y me metió su verga, primero despacio, después cada vez más rápido y fuerte. – «Mírame a los ojos, putica», me increpaba mientras me daba palmadas en la cara. –» Muévete, zorra. Mueve esas nalgas», me decía mientras me empalaba con mucha fuerza. Moví mis caderas como en círculos y sentí mucho placer cuando me estaba penetrando y pegando. No me había imaginado que nadie me pudiera tratar así y que eso me hiciera sentir tan excitada.

Me sentía muy sensual. Tengo 22 años, unos muslos morenos bien torneados, un vientre plano y un pubis cubierto de vello negro. Mis senos son pequeños y duros. Mis nalgas son exuberantes y los hombres siempre las han admirado. Mis ojos son cafés y muy expresivos.

De pronto Argemiro se apartó de mí y esto me produjo un cierto sobresalto. El y Héctor se sentaron en un sofá, y me hicieron arrodillar ante ellos. Argemiro me dijo que le cogiera la verga y se la mamara. Pude leer en sus ojos los que esperaban de mí. Empecé mi trabajo. Acerqué su pene a mi boca y lo lamí, besándolo desde las pelotas hasta la punta, y luego en sentido contrario. El a veces lo sacaba para introducírmelo entero en la boca. Yo cerraba mis labios alrededor de su glande, humedeciéndolo, notando como crecía a cada movimiento de lengua. Él me metía la cabeza de su verga hacia delante y hacia atrás, y a cada movimiento su polla se introducía más y más en mi boca.

Me la sacó y me dijo que continuara la mamada con Héctor. Me puse entonces a chuparle su verga que me tocaba el fondo de mi garganta. «Sigue así, preciosa. Trágatela toda, puta». – murmuraba mientras sus manos acariciaban mis senos y pellizcaban mis pezones. Ante el estímulo de sus palabras, yo se la mamaba con más fuerza, sujetándola con los labios. Cuando Héctor comenzó a gemir, le empecé a mordisquear el glande. De pronto sentí que su verga producía como pulsaciones, el hombre se arqueó y un chorro espeso y salado inundó mi boca. Mi sensación fue de placer, mamar me pareció grato. – «¿Ves putica como te gusta? Di que te gusta», exigió mientras me cogía duro del cabello. «Me gusta», reconocí y lo miré a los ojos. En ese momento me corrí y gemí. Eso lo excitó aún más y me exigió que le lamiera bien la polla y que me frotara la cara con su semen.

Héctor se apartó, fue por Sofía y la puso frente a mí. Las dos estábamos de pie y desnudas. Nos veíamos esplendorosas. «¿Te gusta?», le preguntó Héctor a Sofía y la obligó a mirarme. Ella me miró fijamente y asintió con la cabeza. Héctor nos empujó a las dos hasta quedar sentadas juntas en el sofá-cama. Yo no me atrevía a mirarla.– «Sofía, cómetela». – le ordenó.

Sofía me abrazó y acercó sus pezones a los míos. Inclinó su cabeza y con mucha ternura comenzó a acariciar mis pechos que estaban tensos. Deslizó su mano hasta mi coño y me abrió las piernas. Su boca buscó con avidez mi clítoris y comenzó a chuparlo y a acariciarlo con la lengua. Mis nalgas que al principio habían estado tensas se relajaron y empecé a responder a las caricias de Sofía. Cuando me di cuenta estaba chupando los senos de Sofía y besando su cuello. Notaba el aliento de Sofía en el clítoris. Con la punta de la lengua me acariciaba suavemente. Me retorcía. Lentamente fue lamiéndome, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, haciéndome perder el control por momentos. Me estaba corriendo en su boca. Seguía chupando mi vulva y con sus dientes me daba pequeños mordiscos. Oía a Sofía gemir, jadear, gritar. Yo le agarraba la cabeza y la apresaba entre mis muslos. Me gustaba que sus labios me sorbieran. Mi coño estaba empapado de un líquido tibio y pegajoso.

Sofía siguió masturbándome, hundía sus dedos en mi coño. Nunca había estado con una mujer y estaba encantada con este nuevo descubrimiento. Argemiro se acercó por el lado de mi cara y se sentó en ella. Empecé a lamerle el culo, a chuparle la polla y a besarle los testículos mientras con la mano le manipulaba la verga. A la vez, repasaba con la lengua su culo de arriba abajo y le metía la lengua bien adentro. Sofía me metía los dedos en mi chocha y luego se los llevaba a su boca para limpiarlos. Héctor mientras tanto tenía a Sofía empalada por el culo.

Cuando Argemiro se corrió en mi boca, Sofía se acercó para que compartiéramos su semen. Luego hundió su lengua en mi boca y la chupó suavemente. Se me vino un orgasmo grandísimo que parecía salir desde mi cabeza.

Nos separamos. Sofía y yo quedamos desnudas boca arriba. Héctor me volteó y le pidió a Sofía que metiera un almohadón bajo mi abdomen. A pesar de la sorpresa y del miedo que sentía, abrí ligeramente las piernas. Me separó las nalgas, me lubricó el culo con la humedad de mi coño y me metió su verga con furia hasta que sus pelotas golpearon mis nalgas. De reojo miraba la escena en un espejo. Mis nalgas levantadas formaban una curva muy provocativa. El placer aumentaba cada vez que su polla penetraba en mi culo. Después de penetrarme muchas veces se corrió dejando salir un chorro de semen que inundó mi puerta trasera. Mientras se venía, golpeaba mis nalgas con las palmas de sus manos hasta dejarlas enrojecidas.

No tengo duda de que me gustó esa sensación de sentirme dominada y castigada. Me excitaba que me obligaran. Descubrí que me gustaba que me forzaran, que me dijeran lo que tenía que hacer, que no me pidieran consentimiento. Me gustó que me poseyeran de una forma primaria y hasta salvaje y brutal. Empecé a conocerme. Lo que sentí me gustó. Me gustó que me penetraran por todas partes, quería más sexo, quería continuar, quería…

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