Hola, ¿qué tal? Me llamo María Teresa y tengo 47 años. Vivo en la CDMX; aunque mis raíces están en Michoacán, resido hace años en esta ciudad. Quisiera contar lo que viví tras mi divorcio.

​Durante más de veinte años, mi identidad estuvo sepultada bajo un apellido ajeno. Me casé casi siendo una niña, embarazada a los 16 por quien sería mi esposo durante tantos años. Fui la esposa sumisa de un matrimonio donde el sexo era un trámite desganado y mecánico; una rutina nocturna sin juegos, solo carne cumpliendo un contrato. Durante años me cansé de estar muerta en vida, de ser solo la sirvienta de la cocina y un mueble más en el hogar.

​Tras ver crecer a mis hijos y ser adultos, me nació el valor de divorciarme. Al final y después de tanto luchar, obtuve esa libertad que tanto anhelaba. Me miré al espejo y vi a una mujer delgada, de tez blanca, bajita y de cabello negro corto; me sentí bastante bonita. Entendí que mi cuerpo necesitaba recordar lo que era sentirse mujer, recuperar tantos años perdidos en un matrimonio que no me llenaba.

​Esa semana abrí una aplicación de citas y subí fotos mías, al igual que una pequeña descripción de mí; buscaba una vida fuera de la aburrida ama de casa que fui. Me sorprendió la cantidad de mensajes que me llegaban de hombres solteros y también casados; propuestas que eran tan tentadoras como indecentes para un ama de casa común, pero entre todos esos mensajes fue el de un militar que estaba de paso por la ciudad que llamó fuertemente mi atención. Se llamaba Ricardo: un hombre de unos 40 años, piel curtida y mirada de acero; era, como todo militar, bastante en forma y con un cuerpo bastante agradable.

​La seducción por chat fue rápida y directa, sin rodeos. Empezó con un: «Qué buena te ves en esas fotos, Teresa. Se nota que debajo de esa ropa de señora tienes un cuerpo que pide a gritos que lo atiendan de verdad». Yo, temblando pero intrigada, le contesté: «¿Y tú sabes atender esos gritos?». Él no tardó: «No solo los atiendo, te voy a hacer gritar más fuerte. Me imagino tu piel blanca, suave… y me la quiero comer. Te voy a dejar marcada, ricura, para que no me olvides». Cada mensaje suyo me mojaba la ropa interior. Me mandó una foto de su verga erecta, enorme y venosa, con la frase: «Esto es lo que te espera si te atreves». Mi curiosidad venció al miedo durante varios días de chat y acepté verlo cerca de su base en la zona de Ejército Nacional.

​Esa mañana me arreglé con un vestido casual pero nada corto ni provocativo, sólo un poco ajustado, que resaltaba mis pechos y cintura. Al ir camino al hotel, mis pensamientos volvieron a traicionarme; pensaba en mi madre, la cual me había educado para ser respetada y educada, y también en mis hijos y qué pensarían de mí si me vieran en aquella situación, yendo con un extraño a un hotel. Al cerrarse la puerta de la habitación, el aire se cargó de su olor a cuero y tabaco. Sus manos, grandes y ásperas, atraparon mi cintura y me dio un beso hambriento que devoró mis dudas. Me pegó a la dureza de su uniforme; sentía mi vientre plano contra la hebilla de su cinturón y su hombría, ya despierta, me hizo jadear.

​Mientras nos besábamos con desesperación, él forcejeó un poco con el cierre de mi vestido hasta que bajó, revelando mi lencería. Él se desnudó lanzando las botas al suelo. El contraste fue total: mi piel blanca contra su cuerpo macizo y moreno. Yo estaba muy excitada y mi sexo no lo negaba: sentía cómo la humedad me bajaba por los muslos, estaba empapada. Me lanzó a la cama y su peso me hundió.

​Antes de entrar, metió dos dedos en mi vagina, haciéndome arquear la espalda. Estaba tan mojada que sus dedos resbalaban con facilidad. «Estás deliciosa», murmuró. Con un movimiento firme, me ensartó su enorme verga. Sentirlo grueso y palpitante, abriéndose paso en mi interior que llevaba años dormido, fue casi doloroso y placentero a la vez. El choque de nuestras pelvis era un golpe seco, un sonido de carne contra carne que retumbaba en la habitación. «Mírame», ordenó. Vi el sudor en su espalda ancha mientras me sujetaba las manos contra la almohada. Nuestros sexos chocaban y sonaban tan brusca y vulgarmente que borraron mis años de ama de casa. Se me salían gemidos roncos, involuntarios, y movía mis caderas con desesperación buscando exprimir esa enorme verga que me tenía a su merced. Me decía que estaba riquísima, que le gustaba que fuera tan puta. Al amanecer, me pidió vernos una vez más, ya que regresaría al norte y no volvería hasta después de varios meses.

​Regresé a casa con la mente en caos y con una sensación de arrepentimiento, pero al ver las marcas de sus dedos en mis caderas, decidí volver a escribirle. Para el último encuentro, quería estar perfecta. Me encerré en el baño y, por primera vez, me depilé la vagina por completo. Pasar la navaja con cuidado hasta quedar suave, rosada y expuesta me hizo sentir poderosamente vulnerable. Me puse lencería de encaje negra que casi no cubría nada y un rojo intenso en los labios.

​Ricardo me recibió con los ojos encendidos. «Ese rojo te queda de muerte». Al bajarme el calzón y ver mi vagina completamente depilada, su mirada se volvió depredadora. «Así te quería ver, toda para mí». Me cargó, envolviendo mis piernas en su cintura, y su verga me penetró con una fuerza que me hizo soltar un grito que se ahogó en su cuello. Me llevó así hasta la cama.

​En la cama, el sexo fue salvaje y ruidoso. Me puso en cuatro, con la espalda arqueada; sentía sus manos apretar mis nalgas suaves, dejando marcas mientras me embestía rítmicamente. Podía oír el chapoteo de mi propia humedad con cada entrada y salida de su miembro. Me jalaba el cabello para atrás mientras me daba nalgadas que me hacían gritar de placer y dolor. Me estuvo cogiendo así durante varios minutos; ya en el misionero, le susurré poseída por la adrenalina y el calor del momento: «Dámelo todo, Ricardo. Quiero sentir tu semen calentito, quiero que me insemines y me dejes bien llena, ¡cabrón!».

​En un arrebato de locura, le quité el condón con las manos, desesperada. Él volvió a entrar en mí con una urgencia renovada, buscándome el fondo. Sus testículos chocaban con fuerza contra mi entrepierna en un compás frenético, hasta que sentí el primer chorro de su semen caliente disparándose contra mis paredes internas. Me llenó por completo, una sensación de pesadez y calor que me hizo temblar las piernas. Él dio un último grito de satisfacción y yo me quedé sin aire, sintiendo cómo el líquido escurría de mi vagina hasta mis nalgas mientras nos separábamos lentamente.

​Nos quedamos abrazados, sudorosos y pegajosos. Me dejó marcada y liberada. Él fue mi primer hombre tras el divorcio, pero no el último. Ahora experimento como «single», disfrutando desde la etapa de cortejo hasta la descarga de adrenalina de un encuentro casual. Por fin, después de tantos años, me siento dueña de mi propio placer.

Este fue mi primer relato espero contarles más sobre mís encuentros.