Capítulo

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  • Vacaciones en Vallarta I

Mi nombre es Alfredo, y aunque todavía me tiembla la mano al escribir esto, necesito sacarlo todo. Lo que pasó en esa playa no fue un error… fue algo que se fue cocinando poco a poco, como una olla a presión que nadie quiso apagar. Y yo, el marido cornudo, terminé viéndolo todo. Y lo peor… es que me excité como un perro en celo.

Todo empezó en Puerto Vallarta. Sofía y yo habíamos ahorrado durante meses para escaparnos una semana completa. Ella estaba espectacular: veintiocho años, piel bronceada, culo redondo y firme que hacía que los meseros se voltearan cuando pasaba. Yo la amaba con todo, pero también sabía que ese cuerpo suyo volvía locos a los hombres. Y esa tarde, en el bar del malecón, lo confirmé.

Estábamos tomando una cerveza cuando se nos acercó. Se llamaba Ricardo. Cincuenta años bien llevados, cabello gris en las sienes, camisa de lino blanca abierta hasta el pecho, reloj de oro que costaba más que nuestro departamento entero. Sonrió con esa confianza de quien tiene dinero y sabe usarlo.

—Permítanme invitarles la siguiente ronda —dijo, sentándose sin pedir permiso—. Parecen una pareja que merece lo mejor de Vallarta.

Aceptamos. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer? Pagó todo. Y no solo las copas. Al día siguiente nos mandó un chofer con una nota: “El resto de sus vacaciones corre por mi cuenta. Déjenme mostrarles los lugares que los turistas normales nunca ven”. Hoteles privados, yates, restaurantes con vista al mar. Todo gratis. Yo sabía perfectamente por qué lo hacía. Lo había visto desde el primer día: sus ojos se pegaban al culo de Sofía como imanes. Cuando ella se agachaba a recoger algo, él se quedaba mirando sin disimulo. Cuando caminábamos por la playa, sus pupilas se clavaban en esas nalgas que se movían bajo el bikini diminuto que ella había elegido “para mí”.

Esa misma noche, en nuestra habitación, se lo dije.

—Sofía, ese tipo te está coqueteando descaradamente. Solo te mira el culo, carajo. No disimula ni un poco.

Ella soltó una risa y se quitó el vestido frente al espejo.

—Estás loco, Alfredo. Es un señor mayor, nada más. Y nos está regalando todo. ¿Quieres que le diga que no nos pague más? Porque yo no pienso volver a la oficina el lunes con la misma cara de siempre.

Me callé. Pero vi cómo ella se miraba al espejo y sonreía de lado. Como si le gustara la idea de que un hombre de cincuenta la deseara tanto.

Los días siguientes la cosa escaló. Ricardo nos llevaba a cenar, nos invitaba copas carísimas, y cada vez se ponía más cerca de ella. Le tocaba la cintura “sin querer”, le susurraba al oído cosas que la hacían reír más de la cuenta. Sofía ya no me decía que estaba loco. Ahora solo se mordía el labio y me miraba de reojo, como desafiándome a decir algo.

Y entonces invitó a sus amigas.

Dos de ellas, Laura y Daniela, habían llegado ese mismo fin de semana de Guadalajara. Ricardo las conoció en el lobby y las incluyó en todo. Una noche, mientras yo fingía estar dormido en la terraza del bar del hotel, las escuché hablar en la mesa de al lado. Creían que yo ya estaba borracho.

—Oye, Sofía, ¿vas a seguir fingiendo que no te calienta? —dijo Laura, bajando la voz pero no lo suficiente—. Ese hombre te quiere follar desde el primer día. Y está podrido en dinero. ¿Qué tienes que perder?

Daniela soltó una risita.

—Además, Alfredo es un santo, pero… ¿cuánto tiempo llevas sin que te cojan como Dios manda? Ese Ricardo tiene pinta de que te va a partir en dos. Déjate de pendejadas y vive, mija.

Sofía se rio, pero no las mandó a la mierda. Solo dijo:

—Cállense, cabronas… Alfredo está ahí.

Y yo, ahí estaba. Con el corazón latiéndome en la garganta y la verga medio dura sin querer. ¿Mi propia mujer estaba considerando la idea? ¿O ya la tenía pensada?

La noche del antro fue el punto de quiebre.

Ricardo nos llevó a un antro exclusivo, de esos que solo entran con reservación y botella de mil dólares. La música era fuerte, las luces bajas. Pidió una botella de whisky caro y empezó a servir. Yo bebí más de la cuenta. Quería olvidar la forma en que él miraba a mi esposa. Pero no pude.

En un momento me dijo:

—Alfredo, ¿me permites bailar con tu hermosa mujer? Solo una canción.

Sofía me miró. Tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes por el alcohol. Yo asentí, idiota.

La canción era lenta, sensual. Reggaetón lento. Y desde el primer segundo Sofía se pegó a él. Al principio normal. Pero después… después empezó a moverse como si estuvieran solos en la habitación. Su culo se restregaba contra la entrepierna de Ricardo de una forma que no dejaba nada a la imaginación. Él le puso las manos en la cintura, luego más abajo. Le apretó las nalgas abiertamente mientras bailaban. Sofía echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, mordiéndose el labio. Yo veía todo desde la barra, con la verga dura dentro del pantalón y el estómago hecho nudo.

Cuando regresaron, Ricardo estaba sudado y con una sonrisa de triunfo.

—Vámonos a mi suite —dijo—. Tengo una terraza increíble y más whisky. Alfredo ya se ve cansado… ¿verdad, compadre?

Yo estaba borracho, sí. Pero no tanto como para no darme cuenta de lo que pasaba. Aun así, subimos.

La suite era enorme, con luces tenues y una cama king size que parecía hecha para pecar. Ricardo sirvió más whisky. Yo me dejé caer en el sillón grande, al lado de la ventana, fingiendo que el alcohol me había noqueado por completo. Cerré los ojos casi todo el camino, pero dejé una rendija. Lo suficiente para ver y oír todo.

Ricardo se acercó a Sofía por detrás, le rodeó la cintura con sus manos grandes y le besó el cuello. Ella se tensó al instante.

—Ricardo… espera… —susurró, con la voz temblorosa de verdad—. Alfredo está ahí mismo. Si se despierta… Dios, esto está mal. No puedo…

Él no se detuvo. La giró suavemente hacia él, le tomó la cara con las dos manos y la besó. Un beso lento, profundo, dominante. Sofía puso las manos en su pecho como si quisiera empujarlo, pero sus dedos se aferraron a la camisa de lino en vez de apartarlo. El beso se volvió más intenso. La lengua de Ricardo entró en su boca y ella soltó un gemidito ahogado contra sus labios. Sus cuerpos se pegaron. Las caderas de mi mujer se movieron solas, restregándose contra la entrepierna de él.

Cuando separaron los labios, Sofía estaba jadeando, con las mejillas rojas y los ojos brillantes de preocupación y deseo.

—Ricardo… por favor… mi marido… si abre los ojos nos va a ver… esto no está bien —murmuró, mirando de reojo hacia donde yo estaba.

Ricardo sonrió con esa sonrisa de hombre que sabe que ya ganó. La besó otra vez, más fuerte, más sucio. Le metió la mano por debajo del vestido corto y le apretó el culo con ganas, metiendo los dedos entre sus nalgas por encima del tanga. Sofía gimió dentro de su boca. El segundo beso la rompió por completo. Ya no miró más hacia mí. Sus manos subieron hasta el cuello de él y se aferraron como si se estuviera ahogando y Ricardo fuera el único oxígeno.

—Estás empapada, puta… —gruñó él contra sus labios—. Desde que bailamos en el antro solo piensas en esto.

Sofía ya no protestó. Solo jadeaba.

Ricardo le bajó los tirantes del vestido de un tirón. La prenda cayó al piso. Quedó solo con el tanguita negro diminuto. Sus tetas perfectas, redondas y firmes, pezones duros como piedras apuntando hacia él. Ricardo se agachó, tomó una teta con la mano y se la metió a la boca con hambre. Chupó el pezón con fuerza, lo mordisqueó, lo lamió en círculos mientras con la otra mano le apretaba la otra teta. Sofía echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo y bajo.

—Ay, Dios… don… Ricardo… qué me haces… —susurró, usando “don” sin darse cuenta, como si ya lo estuviera tratando como su dueño.

Él le bajó el tanga despacio, besando sus muslos, y cuando llegó a su coño depilado y brillante de humedad, hundió la cara entre sus piernas. Su lengua gruesa lamió toda la rajita de abajo hacia arriba, luego se concentró en el clítoris, chupándolo, succionándolo mientras metía dos dedos gruesos hasta el fondo y los curvaba buscando ese punto que la volvía loca.

Sofía se arqueó violentamente.

— ¡Aaaahhh! ¡Ricardo! ¡Qué rico… no pares, por favor!

Sus caderas se movían solas contra la cara de él. Se corrió por primera vez en menos de un minuto, temblando, apretando los muslos alrededor de su cabeza y soltando un gemido ahogado que intentó contener por miedo a despertarme.

Ricardo se levantó, se quitó la camisa y el pantalón. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, más larga y mucho más gorda que la mía, la cabeza hinchada y brillante de precum. Sofía la miró con ojos vidriosos de pura lujuria.

—Quiero que me folles… —suplicó bajito—. Métemela toda…

Ricardo la agarró de las caderas y la tiró sobre la cama, justo de frente a donde yo estaba. Le abrió las piernas de par en par. Escupió en su coño, frotó la cabeza gruesa de su verga entre los labios hinchados y empujó.

Entró despacio pero sin parar, centímetro a centímetro. Sofía abrió mucho la boca y sus ojos se pusieron en blanco.

— ¡¡Aaaahhh!! ¡¡Me estás partiendo en dos!! ¡Es muy gruesa… Dios mío!

Cuando la tuvo toda adentro, Ricardo empezó a moverse. Primero lento, profundo, dejando que ella sintiera cada vena. Luego más rápido. El sonido obsceno de sus huevos pesados golpeando contra el culo de mi mujer llenaba la habitación: plap… plap… plap… plap.

Sofía ya no podía contener los gemidos.

— ¡Ay, sí! ¡Más duro! ¡Fóllame más duro, Ricardo!

Él la agarró del pelo y le tiró la cabeza hacia atrás mientras la embestía como un animal.

—¿Esto es lo que querías, zorra? ¿Que un hombre de verdad te destroce el coño mientras tu marido duerme al lado?

—¡Sí! ¡Sí, joder! ¡Me encanta tu verga gruesa! ¡Rómpeme el coño!

La cambió de posición. La puso en cuatro, de lado a mí, para que yo viera perfectamente cómo esa verga enorme entraba y salía, brillante de los jugos de ella, estirando sus labios rosados al máximo. Le dio nalgadas fuertes, dejando las marcas rojas de sus manos en ese culo perfecto que yo tanto amaba.

Plas… Plas… Plas…

Cada nalgada hacía que Sofía gritara de placer y empujara su culo hacia atrás buscando más.

Luego la puso boca arriba, le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros. Ahora la penetraba aún más profundo. Se veía clarísimo cómo su verga gruesa desaparecía completamente dentro de ella y salía chorreando. Sofía se corrió por segunda vez, gritando su nombre, arañándole la espalda, el cuerpo convulsionando.

— ¡Me vengo… me vengo otra vez! ¡No pares, cabrón!

Ricardo la puso de lado, follándola en cucharita mientras le mordía el cuello y le pellizcaba los pezones con fuerza. Después la volvió a poner en cuatro, pero esta vez justo de frente a mí. Me miró un segundo. Tenía la cara desencajada de placer, la boca abierta, completamente perdida. Ya no le importaba una mierda si yo estaba despierto.

La folló más rápido, más salvaje. Le agarró las caderas con ambas manos y la embistió como si quisiera partirla.

—Voy a correrme… ¿dónde quieres que te acabe, puta?

—¡En la espalda! ¡Toda tu leche caliente en mi espalda, por favor!

Ricardo sacó la verga de golpe con un sonido húmedo, la puso boca abajo y le levantó el culo. Se masturbó dos veces con furia y soltó un gruñido animal. Chorros gruesos, calientes y blancos salieron disparados. El primero le cayó en la nuca, el segundo y el tercero cubrieron toda su espalda baja, el cuarto y el quinto pintaron sus nalgas y resbalaron entre ellas, mezclándose con sus jugos. Era muchísimo semen. Le chorreaba por el culo, por los muslos, formando un charco sobre las sábanas.

Sofía gemía bajito solo de sentir cómo la marcaba, moviendo el culo suavemente como si quisiera que hasta la última gota cayera sobre ella.

Ricardo respiraba pesado, todavía con la verga medio dura goteando. Le dio una última nalgada fuerte que hizo temblar sus nalgas y se inclinó sobre ella.

—Vamos a la ducha, preciosa. Quiero limpiarte… y volver a ensuciarte por dentro esta vez.

Tomó a Sofía de la mano. Ella, desnuda, con la espalda y el culo completamente pintados de semen ajeno, se levantó tambaleante, las piernas flojas. Antes de entrar al baño, miró una vez más hacia donde yo estaba.

Y sonrió con una sonrisa sucia, satisfecha, de puta feliz.

Yo me quedé ahí, con la verga dura como piedra, el corazón latiendo a mil y la cabeza hecha un lío.

Esa fue solo el primer round.