Capítulo

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El hospital estaba más caótico de lo normal, pero para mí era un refugio. Entre estetoscopios, historias clínicas y el olor a antiséptico, lograba por unos minutos anestesiar la imagen de Celeste de rodillas en ese galpón. Había decidido enterrar todo, convencerme a mí mismo de que fue una apuesta estúpida, un error de una noche que nunca más se repetiría. Prefería vivir una mentira con la mujer que amaba antes que enfrentar la soledad de la verdad.

Cuando terminé mi turno, entré a mi consultorio privado. Sobre el escritorio, entre un par de facturas y una revista médica, resaltaba un sobre de papel madera, sin remitente.

Me senté, soltando un suspiro de cansancio, y lo abrí.

Lo primero que cayó sobre el escritorio fue un preservativo cerrado. Me quedé helado, mirándolo como si fuera una granada a punto de explotar. Junto a él, una hoja de papel doblada en tres. Con las manos temblorosas, la extendí. El texto, escrito con una caligrafía desprolija pero firme, decía:

«Hola Pablito, ¿cómo estás tanto tiempo? ¿Qué hace mi cornudo preferido? Che, te habla Rodri. Te quería decir si por medio de vos le podías pedir disculpas a tu novia Celeste, ya que cuando estuvimos juntos ella me pidió que me pusiera un preservativo y justo, mirá, encontré después en el bolso que tenía uno guardado. Te lo mando como prueba de mis disculpas y bueno, para la próxima ocasión, decile que lo guarde ella. Ah, posdata: te vi cómo observabas el espectáculo, eh… espero que hayas aprendido mucho. Abrazos.»

El aire del consultorio se volvió irrespirable. Sentí una náusea violenta que me subió desde el estómago. El tipo lo sabía. No solo se la había garchado con una saña impresionante, sino que me había visto. Me había dejado mirar para que yo entendiera mi lugar: el del espectador, el del médico «flojito» que solo sirve para curar las marcas que tipos como él dejan.

Miré el preservativo. Era la prueba física de su dominio. Celeste le había pedido protección, se había preocupado por su seguridad mientras entregaba todo lo demás, y él se reía de eso, de ella y de mí. La frase «para la próxima ocasión» me martillaba la cabeza. No era algo que pasó y terminó; era una amenaza de que volvería a suceder.

Me tapé la cara con las manos, sintiendo cómo se me escapaban las lágrimas. Estaba atrapado. Si enfrentaba a Celeste con esta carta, nuestro mundo se terminaba. Si me callaba, Rodrigo sería el dueño de mi silencio para siempre.

En ese momento, el celular vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de Celeste. «Gordo, ¿ya terminaste? Te espero con la cena, te extraño».

Miré la pantalla y luego el preservativo sobre mi escritorio. La «dulce» Celeste, la que me esperaba con la cena, era la misma que se había tragado todo lo de Rodrigo apenas una semana atrás.

Al llegar a casa, la realidad me golpeó con una crueldad inesperada. Celeste me recibió radiante, con una sonrisa que iluminaba todo el departamento y esa energía sanjuanina que siempre me había enamorado. Se la veía feliz, contenta, moviéndose por la cocina con una ligereza que me resultaba insoportable. Yo la miraba y solo podía ver las marcas invisibles de las manos de Rodrigo sobre su piel.

No me animé a decirle nada. ¿Cómo romper esa burbuja? ¿Cómo confesarle que sabía que era un «cornudo preferido»? El dolor de perderla era, en ese momento, mucho más grande que el dolor de la traición. Cenamos en un silencio que solo ella interrumpía con anécdotas del día.

—¿Qué te pasa, gordo? Estás re ido —me preguntó, buscándome la mirada con esos ojos miel que ahora me daban escalofríos.

—Nada, cosas del hospital… mucho laburo —mentí, tragándome la bilis.

Esa noche fue un infierno. Mientras ella dormía a mi lado, respirando con la paz de quien no oculta nada, yo sentía que el preservativo y la carta en mi bolsillo me quemaban la pierna. No pegué un ojo. El odio y la impotencia me carcomían.

Al día siguiente, tomé una decisión. No podía seguir siendo el espectador pasivo de mi propia humillación. Pedí la tarde libre en el hospital —algo inusual en mí— y encaré hacia el centro de la ciudad, hacia el edificio que funcionaba como el monumento al ego de su familia: la Empresa Villanueva.

Llegué a la recepción con el pulso a mil. Me identifiqué y pedí hablar con Rodrigo. La recepcionista, con una frialdad corporativa, me hizo esperar. Y esperé. Vi cómo los empleados terminaban su jornada y se marchaban a sus casas. Me dejaron ahí, ignorado, mientras el reloj marcaba las cinco, las cinco y media… Rodrigo estaba usando el tiempo para recordarme quién mandaba.

Finalmente, pasadas las seis de la tarde, me autorizaron a subir al último piso. Al salir del ascensor, el lujo era opresivo. De una de las oficinas laterales salió Martina, la novia de Rodrigo. Se la veía cansada, con esa mirada de quien soporta demasiado.

—Pasá, Pablo. Rodrigo te está esperando —me dijo secamente antes de retirarse.

Entré al despacho. El lugar era imponente: un escritorio de marfil reluciente, sillones de diseño y una alfombra de cuero rojo que cubría gran parte del piso. Al fondo, un ventanal inmenso mostraba a San Juan bajo la luz del atardecer.

Rodrigo estaba ahí. Me daba la espalda, mirando hacia la ciudad con las manos en los bolsillos. Su silueta de «Pupuso», ancha y dominante, se recortaba contra el vidrio. No dijo nada al principio, disfrutando del silencio incómodo que llenaba la habitación, dejándome claro que, incluso en mi reclamo, yo estaba entrando en su territorio bajo sus reglas.

Rodrigo comenzó a aplaudir. Eran aplausos lentos, pesados, que resonaban en las paredes de mármol de la oficina. Se dio vuelta despacio, con esa sonrisa ladeada que proyectaba una suficiencia insoportable.

—Bien, Pablito… Bien. Veo que un poquito de sangre tenés, después de todo —soltó con una ironía que me caló los huesos—. Apareciste. Pensé que te ibas a quedar en tu consultorio llorando sobre los libros de anatomía.

El odio me nubló la vista. Caminé los pasos que nos separaban y, antes de que pudiera reaccionar, lo agarré con fuerza de las solapas de su traje italiano. Lo sacudí, aunque él apenas se movió, firme como una roca.

—¡Dejala en paz, Rodrigo! —le grité en la cara, sintiendo cómo me temblaba la mandíbula—. ¡Dejá de molestar a Celeste! Lo que pasó esa noche en el galpón fue una apuesta, una estupidez para terminar con este bardo de una vez. ¡No te ilusiones, ella no te quiere ver más!

Rodrigo ni siquiera parpadeó. Me miró con lástima, como quien mira a un perro que ladra sin dientes. En un movimiento relámpago, antes de que yo pudiera soltarlo, cerró el puño y me pegó una trompada seca y brutal directamente en el estómago.

El aire se me escapó del cuerpo en un gemido ahogado. Sentí que mis pulmones se cerraban. Me doblé sobre mí mismo, cayendo de rodillas sobre esa alfombra de cuero rojo que ahora sentía caliente bajo mis manos. El dolor era una puntada ardiente que me impedía levantar la cabeza.

—Tu mujer la pasó espectacular conmigo, Pablito —escuché su voz desde arriba, tranquila, casi pedagógica—. Y lo mejor de todo es que vos estabas ahí. Vos lo viste. No me vengas con el cuento de la apuesta.

Sintió su mano pesada apoyarse en mi nuca, obligándome a mirar el piso mientras yo intentaba recuperar el aliento.

—Lo que yo no termino de entender es una cosa —siguió Rodrigo, agachándose para quedar a la altura de mi oído—. No sé si te gusta ser un simple cornudo, si te gusta ser un Mirón… o si, en el fondo, lo que te dolió es no haber podido ser ella para que yo te diera así de duro.

Me quedé ahí, humillado en el suelo de su imperio, con el sabor de la bilis en la garganta y sus palabras dándome vueltas en la cabeza como una sentencia.

Me quedé ahí, tirado sobre esa alfombra roja que parecía un charco de sangre bajo la luz del atardecer. El dolor en el estómago me doblaba, era un fuego sordo que me quitaba el aire, pero el odio me estaba dando una fuerza que no sabía que tenía. Escupí un poco de saliva amarga sobre el cuero del piso y, como pude, levanté la cabeza para clavárle la vista.

—Lo que a mí me guste o me deje de gustar… no es problema tuyo, Rodrigo —solté con la voz rota, pero con todo el veneno que pude juntar—. Vos, en cambio, tuviste que «probar» algo que es mío. Completamente mío. Algo que no te pudiste ganar ni con tus trajes, ni con tus oficinas, ni con tu prepotencia.

Él frunció el ceño. Vi cómo esa sonrisa sobradora de «Pupuso» se le borraba por un segundo. Me apoyé en el borde de su escritorio de marfil, sintiendo el frío de la piedra en mi mano, y me incorporé apenas para quedar un poco más cerca de su cara.

—Querés hacerte el ganador, pero la verdad es otra —seguí, y sentí que mis palabras le entraban como agujas—. Celeste, por más que te la hayas cogido, es mi novia. Es la mujer que duerme conmigo, la que me elige a mí todos los días. En cambio vos… vos lo único que tenés es la guita de tus viejos. Sin eso, no sos nada.

Solté una risa seca que me dolió hasta en las costillas, pero no me importó. Verlo callado era el mejor analgésico.

—Fijate bien quién es el que aprendió algo acá, Rodrigo. Vos fuiste una diversión para ella, nada más. Un polvo de una noche para sacarse las ganas con un animal, para ver qué se sentía estar con un tipo así de básico. Pero después de que terminó de usarte, volvió conmigo. Fuiste su juguete, Rodrigo. Una distracción descartable. No fue al revés, por más que te duela el ego.

El silencio en el último piso de la Empresa Villanueva se volvió sepulcral. Se escuchaba solo el zumbido del aire acondicionado y mi respiración agitada. Rodrigo se quedó rígido, con los puños tan cerrados que le crujían los nudillos. Le había dado donde más le dolía: en su orgullo de macho que cree que por tener lomo y plata es el dueño de todas.

Lo vi tensar la mandíbula, y supe que se venía lo peor. Pero en ese momento, no me importaba que me moliera a palos; le había escupido la verdad en su propia cara de mármol.

Sentí el crujido antes que el dolor. El segundo golpe de Rodrigo fue directo a la mandíbula, seco, con todo el peso de su bronca. Mi cabeza rebotó contra el cuero rojo de la alfombra y el sabor metálico de la sangre me inundó la boca al instante. Estaba mareado, con la vista nublada, cuando sentí sus dedos como garfios enterrándose en mi pelo.

Me tiró la cabeza hacia atrás con una violencia que me hizo soltar un quejido. Tuve que mirarlo de frente, desde el suelo, mientras él se agachaba para quedarme a centímetros de la cara.

—¿Estás seguro de eso, Pablito? —me escupió, con los ojos inyectados en odio—. ¿Guita? ¿Facha? Escuchame bien, pedazo de infeliz. Con guita o sin guita, con esta terrible poronga que tengo me cojo a la que quiera.

Me sacudió la cabeza, burlándose de mi debilidad. Yo intentaba zafarme, pero sus manos eran como tenazas.

—Y no sé si tu mujer te elige todos los días… Yo creo que te tiene lástima. Te quiere por lástima, porque sos un flojito que no lastima a nadie. En cambio, conmigo conoció lo que es un macho de verdad. Ustedes no entienden una cosa: a las minitas como la tuya les encanta que las tomarte de pelotudo, pero cuando aparece un macho, al principio se hacen las fieras, las que se quieren enfrentar, las dignas… Pero después entregan todo. Se entregan completas, como se entregó tu mujer en ese galpón.

Sentí que el alma se me terminaba de romper. Rodrigo se relamió, disfrutando de mi humillación mientras me apretaba más fuerte el cuero cabelludo.

—Te puedo demostrar las veces que quiera cómo se me entrega —siguió, bajando la voz a un susurro perverso—. Cómo se abre para mí y cómo me la puedo coger cuántas veces se me pegue la regalada gana. Ella ya probó la carne de verdad, Pablo. Y esa marca no se la borrás ni con todo el amor del mundo.

Me soltó de golpe y mi cabeza cayó pesada contra el piso. Lo vi levantarse, acomodándose el traje impecable, mirándome desde su altura como si yo fuera una mancha en su oficina. Yo me quedé ahí, con la boca rota y el orgullo hecho pedazos, dándome cuenta de que, en su mundo de bestias, mis palabras de médico no habían servido para nada.

—Claro que no ibas a entender lo que es el amor, Rodrigo… si nunca lo tuviste —solté entre dientes, ahogándome con mi propia sangre—. A vos todos te quieren por la guita, te utilizan. El pedazo de carne siempre fuiste vos. Sí, Celeste te probó, está bien, quiso ver qué onda un animal… pero vuelve a mí. Al tipo que vos humillaste siempre. Ella es mía y va a ser mía siempre. En cambio vos, ¿qué sabés del cariño genuino? Si fuera como decís, ella estaría acá, sentada en ese escritorio de marfil al lado tuyo. Pero no la veo, ¿no? Está en casa, esperándome a mí, tarado.

Sentí que el aire se me cortaba de golpe. Rodrigo me levantó del piso como si no pesara nada, cerrando su mano enorme alrededor de mi cuello. Me apretó contra la pared, cerca del ventanal, y sentí que la fuerza de sus dedos me iba a quebrar la tráquea. Sus ojos estaban desencajados, la vena de la frente le latía con una violencia ciega.

—¿Querés que te muestre cuántas veces me la puedo coger? —me siseó, con el aliento pegado a mi cara—. Te encantaría verlo en vivo y en directo, ¿no? Admitilo, sos un morboso. Ella te quiere por lástima y no se anima a dejarte porque sos un pobre infeliz, pero sabe que puede conseguir una buena pija cuando quiera… y tiene la mía, la de un macho de verdad.

Me clavó la mirada, disfrutando de mi asfixia.

—¿Te animás? ¿Te animás a ver en vivo y en directo cómo le rompo el orto a tu mujer o te cagás, médico de mierda?

No llegué a responder. Rodrigo echó la cabeza hacia atrás y me pegó un cabezazo seco en el puente de la nariz. El mundo explotó. Escuché el crack definitivo y sentí que el cerebro se me sacudía dentro del cráneo. Me soltó y caí como un trapo sobre la alfombra de cuero rojo, que ahora estaba manchada con mi propia sangre. Estaba mareado, con la cara entumecida y el sabor del hierro en toda la boca.

—Por supuesto que me animo… no va a pasar nada —le solté, aunque me costaba vocalizar por el labio partido—. Te vas a quedar como el pelotudo que siempre fuiste. Porque vos me humillaste toda la vida para no sentirte tan vacío, Rodrigo. Tirás mierda para sacarte un poco la que tenés encima, sorete. No va a volver a pasar… confío en ella. Te vas a querer matar. Hacé lo que quieras para intentar convencerla, pero estoy seguro de que no vas a poder.

Rodrigo soltó una carcajada seca, cargada de una confianza que me dio escalofríos. Se acercó un paso y me dio un empujón en el pecho que me mandó directo al piso otra vez.

—Dale, dame unos días y vas a ver quién tiene la razón —me escupió, mirándome desde arriba—. Y no hables de mierda cuando la única mierda que sos vos, cagón. Hasta te voy a prestar un auto, uno de mis autos, para que por lo menos, ya que tenés a una mujer como Celeste que «supuestamente» te ama, puedas llevarla en algo decente y no en la carcacha que tenés, médico de cuarta.

Me tiró un trapo con desprecio, el mismo que seguramente usaban para lustrar ese escritorio de marfil.

—Tomá, limpiate un poco la sangre. Pero antes, pásame tu celular.

Fue como una orden. El tono de su voz tenía ese peso de los que están acostumbrados a ser obedecidos sin chistar. En mi estado, aturdido por los golpes y la humillación, no pude evitarlo. Saqué el teléfono y lo desbloqueé con los dedos manchados de rojo. Se lo pasé como un subordinado.

Rodrigo lo agarró con asco, tecleó rápido y escuché el sonido de su propio teléfono vibrando en el escritorio.

—Ya está —dijo, devolviéndome el aparato de un voleo—. Ya quedamos registrados. Ya vas a tener noticias mías. Ahora límpiate un poco y andate de acá, que me das náuseas.

Me quedé un momento en el suelo, apretando el trapo contra mi nariz rota. El silencio de la oficina era sepulcral, roto solo por el sonido de Rodrigo sentándose de nuevo en su sillón, ignorándome por completo, como si yo fuera un mueble viejo que estorbaba la vista. Me levanté como pude, sintiendo el peso del mundo en la espalda. Salí del edificio Villanueva con el cuerpo destruido.

Llegué al departamento sintiendo que la cara me iba a explotar. Cada paso era una puntada en el puente de la nariz y el sabor a sangre seca no se me iba de la boca. En cuanto puse la llave en la cerradura, se me ocurrió la mentira más estúpida y noble que pude inventar, una que ella no pudiera cuestionar demasiado.

Celeste pegó un salto en cuanto me vio entrar. Estaba radiante, con una bata de seda que le quedaba increíble, pero su expresión cambió a puro terror en un segundo.

—¡Pablo! ¡Por Dios, ¿qué te pasó?! —gritó, corriendo hacia mí y agarrándome la cara con sus manos pequeñas, las mismas que yo había visto acariciar al Pupuso.

—Tranquila, gorda… estoy bien —mentí, aunque el dolor me hacía lagrimear—. Pasé por un quiosco para comprarte esos chocolates que te gustan, los que tienen almendras… y se me tiraron tres tipos encima. Me quisieron robar, me resistí un poco y me dieron unos golpes, pero me pude defender y salir corriendo.

Celeste se puso como loca. Sus ojos miel se llenaron de lágrimas y de bronca, esa bronca sanjuanina que la caracteriza.

—¡Vamos ya mismo a la comisaría! ¡Hay que hacer la denuncia, Pablo! No te pueden dejar la cara así por un chocolate —decía mientras buscaba las llaves, desesperada.

—No, Celeste, por favor. No quiero saber nada de la policía, solo quiero descansar. Me duele todo, gorda, de verdad… mañana lo vemos.

La convencí a medias. Ella, con su instinto de médica, me curó las heridas con una delicadeza que me partía el alma. Me limpió la sangre de la boca y me puso hielo en la nariz rota, dándome besos en la frente y susurrándome que todo iba a estar bien. Yo la miraba y me preguntaba cómo podía ser tan dulce conmigo después de haberse entregado así a Rodrigo.

Al día siguiente, yo no podía ni moverme. Pedí el día en el hospital; con la cara así, era imposible atender a nadie. Pero Celeste sí tenía que irse. Ella también es médica, pero trabaja en una clínica privada al otro lado de la ciudad.

—Quedate durmiendo, mi amor. Cualquier cosa avisame —me dijo antes de salir, dándome un beso suave en el labio partido.

Me quedé solo en el silencio del departamento, mirando el techo. Estaba esperando. Sabía que Rodrigo no se iba a quedar quieto.

Esa noche, cuando Celeste llegó a casa, no parecía la misma mujer preocupada del día anterior. Entró radiante, con una sonrisa que no podía ocultar y hasta se reía sola mientras dejaba las llaves. Yo, con la cara todavía hinchada y el dolor de la nariz punzándome, la miré sin entender.

—No sabés lo que me pasó hoy, gordo —me dijo, sentándose a mi lado con una naturalidad que me dio escalofríos—. Apareció Rodrigo en el consultorio.

Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco y apenas pude preguntarle qué quería ese tipo ahí.

—Nada, vino con otra actitud completamente distinta —siguió ella, como si hablara de un viejo amigo—. Vino a pedir disculpas, me trajo flores y me felicitó por lo bien que habíamos jugado el torneo. Me dijo que te pidiera perdón a vos por la actitud que había tenido, que lo que pasó en la secundaria ya fue y que con Martina está todo bien, que solo fue el calentura del partido. Me dijo que no es el mismo tipo que conociste vos, que al final se hace la bestia pero es un tierno. El tarado me invitó a tomar un café… obviamente no le acepté, pero bueno, me dejó el número y después se fue. Viste que todo macho tiene su debilidad

Yo la escuchaba y no podía creerlo. Quería gritarle que él no era ningún «tierno», que me había roto la cara el día anterior, pero me callé. Preferí creer que ella me estaba siendo sincera al rechazarle el café.

Sin embargo, el infierno real se desató a las 4 de la mañana.

El celular vibró sobre la mesa de luz. Lo agarré rápido para que ella no se despertara. El nombre del remitente me revolvió el estómago: «El que se coge a tu mujer». Así se había registrado el hijo de puta en mi teléfono.

Me fui al baño, cerré la puerta con llave y, sentado en el piso, abrí el mensaje. «Viste cómo se entrega tu mujercita?», decía el texto. Abajo, un video y varias fotos.

Lo primero que vi fueron imágenes de un auto acercándose a la clínica de Celeste. Después, dos fotos: una de la puerta de su consultorio con su nombre bien claro, «Dra. Celeste González», y otra de ella sentada en su escritorio, una foto sacada a traición, sin que ella se diera cuenta.

Pero el video… el video me destruyó. Se notaba que Rodrigo sostenía el celular filmando hacia abajo, hacia su propia entrepierna. Y ahí estaba la cabellera rubia de Celeste. Se veía claramente cómo su cabeza bajaba y subía rítmicamente, sostenida con fuerza por la mano de él. El audio era insoportable: el sonido húmedo del sexo oral y la voz de Rodrigo, sobradora, diciendo:

—Qué bien que lo hacés… qué bien que peteás…

Me quedé ahí, en la oscuridad del baño, con la pantalla iluminándome la cara ensangrentada. Ella me había mentido. No solo no lo había echado, sino que se había entregado ahí mismo, en su lugar de trabajo.

Ese momento en el baño fue el punto de no retorno para mi cordura. Mientras el video se repetía en la pantalla, sentí una mezcla asfixiante de asco y una excitación oscura que no podía controlar. Ver a Celeste, mi mujer, la doctora impecable, entregada de esa forma tan animal a la fuerza de Rodrigo, me generó un morbo que me quemó por dentro. Terminé masturbándome ahí mismo, sentado en el piso del baño, odiándome a cada segundo pero incapaz de quitar la vista de su cabellera subiendo y bajando.

A las seis de la mañana, cuando la alarma sonó, salí del baño sintiéndome la peor basura del mundo. Me acosté un momento al lado de ella, sintiendo una vergüenza que me impedía hasta mirarla. Decidí no decirle nada, bloqueé el número de Rodrigo para no recibir más veneno y traté de que los días pasaran como si nada hubiera ocurrido.

Pasaron dos días de una calma tensa, hasta que Celeste llegó al departamento más radiante que nunca.

—¡Acepté! —soltó apenas cruzó la puerta, con una chispa en los ojos que me dio escalofríos.

—¿Qué aceptaste? —le pregunté, tratando de que no se me notara el temblor en la voz.

—Acepté el café con Rodrigo, como te dije el otro día. ¡Ay, Pablo, no sabés lo que es! Está divino, súper tranquilo, nada que ver con lo que pensábamos. Estuvimos charlando un montón y me volvió a proponer una apuesta para un partidito de pádel. Pero esta vez quiere algo más íntimo, en un lugar cerrado, dice que quiere jugar contra mí mano a mano para darme la oportunidad de demostrarle lo buena jugadora que soy como mujer.

Se acercó a mí y me acarició la mejilla, justo donde todavía tenía un moretón.

—Así que bueno, acepté eso también. Va a ser el próximo sábado a las cuatro de la tarde. Me imagino que me vas a acompañar, ¿no? No me vas a dejar ir sola, gordo.

La miré y por un segundo no supe quién era ella. Me hablaba de «lugar cerrado» y «apuestas» con la misma sonrisa con la que en el video se entregaba a él. Sabía perfectamente que Rodrigo la estaba llevando a su terreno de nuevo y que ella estaba encantada de ir.

—Claro —le dije, sintiendo cómo el morbo y el dolor se daban la mano en mi pecho—. Claro que te voy a acompañar.

El sábado llegó con un sol que rajaba la tierra, pero yo sentía un frío constante en la boca del estómago. Celeste se había preparado como si fuera a una cita más que a un partido. Se puso un conjunto gris de una tela tan fina que parecía una segunda piel; cada vez que se movía, se le marcaba absolutamente todo: el contorno del pecho, la forma de la cola, cada músculo de sus piernas. Yo la miraba en silencio, masticando el morbo y la humillación, mientras manejaba hacia el lugar que el Pupuso había elegido.

Era una cancha de tenis privada, alejada de todo, rodeada de muros altos que garantizaban que nadie viera lo que iba a pasar ahí adentro. Al entrar, lo vimos. Rodrigo ya estaba ahí, rebotando la pelota contra el piso. Llevaba un conjunto negro marca Nike que le hacía resaltar los brazos enormes y ese porte de dueño de todo.

Se acercó a saludarnos con una sonrisa cínica. Cuando me dio la mano, apretó con fuerza y se inclinó hacia mi oído, aprovechando que Celeste estaba dejando su bolso.

—¿Viste el videito, Pablito? —me susurró con voz rasposa—. No sabés lo que vas a ver esta tarde. Preparate, Mirón.

El partido empezó y fue una tortura psicológica. El primer set lo ganó Celeste con una facilidad asombrosa; se movía por la cancha con una energía eléctrica, riéndose cada vez que le ganaba un punto a Rodrigo. Él la dejaba hacer, la miraba con ojos de cazador, disfrutando de cómo el conjunto gris se le pegaba al cuerpo por la transpiración.

Los siguientes dos sets fueron para él, pero peleados, muy ajustados, llevando a Celeste al límite del cansancio físico. Yo estaba sentado en el banco, con la nariz todavía sensible, viendo cómo Rodrigo la hacía correr de un lado al otro, obligándola a agacharse, a estirarse, deleitándose con el espectáculo.

Finalmente, fueron al quinto set para el desempate. Rodrigo dejó de jugar. Se volvió una máquina. Ganó cómodamente, barriendo a Celeste en la cancha mientras ella jadeaba, agotada y con las mejillas encendidas.

Cuando terminó el último punto, Rodrigo caminó hacia la red. Se limpió el sudor de la frente con la remera, dejando ver sus abdominales, y miró a Celeste con una intensidad que me hizo temblar.

—Bueno, Cele… —dijo, con esa voz que no aceptaba un «no» como respuesta—. Ahora tenés que cumplir tu parte del trato. Una apuesta es una apuesta.

Celeste se quedó parada ahí, recuperando el aliento, mirándolo fijamente. No parecía asustada; al contrario, había algo en su mirada, una chispa de entrega que me confirmó que ella sabía perfectamente lo que venía.

Dale —respondió Celeste, secándose el sudor del cuello con una naturalidad que me dio escalofríos—. Dame dos días y vas a tener las tortas heladas que te prometí.

Rodrigo soltó una carcajada que retumbó en las paredes de la cancha cerrada. Se giró hacia mí, clavándome esos ojos de cazador, mientras se pasaba la mano por el pelo revuelto.

—Le aposté una torta helada, Pablito —dijo, ensanchando esa sonrisa de «Pupuso» que tanto odio—. Tu novia me jura que es la mejor cocinando, que nadie le gana en eso. Imagino que debe ser así, ¿no? Vos debés saber mejor que nadie lo bien que se desempeña ella cuando se pone manos a la obra.

Me quedé mudo. La palabra «torta» sonaba a código, a una burla privada entre ellos dos que me pasaba por arriba. Sentí el impulso de gritarle que sabía lo del video, que sabía lo del consultorio, pero el miedo a perderla me cosió la boca. Rodrigo se acercó y me dio la mano; el apretón fue firme, dominante, como el de un dueño saludando a un empleado.

Luego se volvió hacia Celeste, recorriéndola de arriba abajo con la mirada una última vez. —Bueno, me encantaría invitarlos a tomar algo para celebrar el partidazo de tu mujer, pero tengo cositas que hacer, chicos. El deber llama —dijo con un cinismo absoluto—. Cualquier cosa, para la próxima organizamos algo más… íntimo.

Se dio media vuelta y caminó hacia su bolso con la suficiencia de quien ya consiguió lo que quería.

El viaje de vuelta en el auto fue un sepulcro. Yo manejaba con las manos apretadas al volante, sintiendo el aroma del perfume de Rodrigo que parecía haber quedado pegado en la ropa de Celeste. Ella iba callada, mirando por la ventana con una media sonrisa, como si estuviera reviviendo cada punto del partido… o cada segundo de lo que yo sabía que ocultaba.

Cuando entramos al departamento, el silencio se volvió insoportable. Me quedé parado en medio del living, mirando mis manos, sintiéndome un extraño en mi propia casa. El desconcierto me ganaba: ¿Cómo podía ella actuar así? ¿Cómo podía hablar de «cocinar tortas» con el tipo que la había usado frente a una cámara?

No sabía qué hacer, ni qué decir, ni cómo mirarla sin ver la traición en cada uno de sus gestos. Estaba completamente perdido en mi propio laberinto.

Pasaron dos días que fueron un desierto de ansiedad. Rodrigo no me había bloqueado, pero tampoco mandaba señales. Cada vez que mi celular vibraba, el corazón se me subía a la garganta, pero solo eran notificaciones del hospital o mensajes de grupos de amigos. Celeste, por su parte, actuaba con una normalidad aterradora, como si la tensión de la cancha y la «apuesta» de las tortas heladas fueran simples anécdotas deportivas.

Esa calma se rompió el jueves por la tarde. Estaba en el consultorio, revisando unas historias clínicas, cuando entró su llamada.

—Gordo, escuchame, hoy no me esperes para cenar —me dijo con una voz ligera, casi apurada—. Las chicas organizaron una salida de último momento para festejar el cumple de una de las del hospital. Me voy directo desde la clínica, no llego a pasar por casa.

—Ah… bueno, pasala bien, gorda —atiné a responder. Intenté sonar discreto, pero la voz me salió pequeña, cargada de un temor que ella pareció no notar.

—Gracias, mi amor. Mañana te cuento todo. Te amo.

Colgó. Me quedé mirando el teléfono fijo, con una sensación de vacío en el estómago. Sabía que algo no cuadraba, pero el miedo a confirmar mis sospechas me mantenía paralizado.

Llegué al departamento vacío. El silencio me pesaba como si las paredes se me vinieran encima. Me senté en el sillón, a oscuras, sin siquiera prender la tele. A las diez de la noche en punto, la pantalla de mi celular se iluminó, cortando la penumbra del living.

Era un mensaje de WhatsApp. El remitente: «El que se coge a tu mujer».

No había fotos esta vez. Solo una ubicación de Google Maps en una zona de quintas, a las afueras de la ciudad, y una frase corta que se sentía como una orden militar:

«Te espero acá a las diez y media. No faltes, Pablito, que las tortas heladas están a punto caramelo.»

El mundo se me vino abajo. Las manos me empezaron a sudar frío. Entendí que la «salida con amigas» era la pantalla para el encuentro final, y que Rodrigo, fiel a su sadismo, no iba a dejar que me perdiera el espectáculo. Él quería que yo estuviera ahí, que viera con mis propios ojos cómo su imperio se extendía hasta lo más íntimo de mi vida.

El corazón me dio un vuelco cuando vi la ubicación en la pantalla del celular. No era una zona de quintas, ni un lugar al azar. Eran las coordenadas exactas del club de pádel. Rodrigo me estaba citando en el mismo galpón donde, semanas atrás, mi vida se había partido en dos al ver a Celeste entregada a él.

Manejé como un zombi, con las manos pegadas al volante y el aire acondicionado al máximo para no desmayarme. El club estaba a oscuras, solo las luces de seguridad bañaban las canchas vacías con un tono azulado y frío. Estacioné lejos, donde la sombra era más espesa, y encaré hacia el fondo, hacia ese galpón metálico que ahora me parecía un mausoleo.

Mientras caminaba por el pasillo de cemento, mi celular vibró. Era él.

—¿Estás por llegar, Pablito? —la voz de Rodrigo sonaba pastosa, como si estuviera disfrutando de un trago caro.

—Sí… ya estoy acá —contesté, tratando de que no se me notara el temblor en la voz.

—Bueno, ya sabés dónde tenés que ir. No te hagas el perdido que el camino lo conocés de memoria.

Me acerqué a la ventana del galpón, la misma por la que me había asomado la primera vez. Apoyé la cara contra el vidrio frío, esperando ver el cuerpo de mi mujer bajo el suyo, pero no vi nada. La oscuridad era total. No había ruidos, ni gemidos, ni luces. Nada. Desesperado, volví a marcarle.

—¡¿Qué pasa, enfermo?! Acá no hay nadie… ¿A qué estás jugando ahora? —le grité, sintiendo que la cordura se me escapaba.

—Tranquilo, no seas ansioso —se rió él del otro lado—. Entrá. Entrá que hay una sorpresita para vos. El picaporte está libre.

Empujé la puerta y el chirrido del metal oxidado sonó como un lamento. Con la linterna del teléfono iluminando el camino, avancé entre los canastos de pelotas y las redes enrolladas. El olor a goma y humedad me revolvió el estómago.

—Ya estoy adentro. No hay nadie, Rodrigo —dije, iluminando los rincones vacíos.

—Seguí caminando… seguí… te vas a encontrar algo sobre el escritorio del fondo.

Avancé hasta la pequeña oficina de madera que usaban para anotar los turnos. Ahí, en medio del desorden, brillaba una netbook abierta. Tenía la pantalla en negro, en modo de espera.

—Ahí está, perfecto —dijo Rodrigo, como si me estuviera viendo por alguna cámara oculta—. Ahora encendé la netbook, Pablito. Está por empezar la función.

En ese preciso instante, un ruido metálico y seco retumbó en todo el lugar: CLACK. La puerta principal del galpón se cerró de golpe. Corrí hacia atrás, desesperado, y tiré del picaporte. Estaba bloqueada por fuera.

—¡¿Qué carajo hacés?! ¡Me encerraste, hijo de puta! —bramé, golpeando la chapa con el puño.

—Tranquilo —me respondió su voz por el celular, ahora más calmada y profunda—. Si escuchaste que se cerró la puerta, es parte del espectáculo. Es para que nadie nos interrumpa, médico. En un ratito te la van a volver a abrir. Ahora, haceme el favor: dedicate a prender la netbook. Preparate, porque vas a ver un estreno espectacular. Ni Disney tiene la película que te voy a mostrar…

Volví al escritorio con las piernas de gelatina. Mis dedos mancharon el teclado con el sudor frío de mis manos. Apreté el botón de encendido y la pantalla me bañó la cara con un resplandor blanco azulado.

El corazón me martilleaba en la garganta mientras la netbook terminaba de cargar el sitio. El resplandor blanco de la pantalla era tan fuerte que me dolió la vista. Al abrirse el navegador, apareció un reproductor de video con un logo que nunca había visto. La imagen era nítida, profesional, con una iluminación tan cruda que parecía un quirófano.

Era una habitación de hotel alojamiento, pero de un lujo obsceno. Todo era blanco: las paredes, el techo, los muebles. En el centro, como una mancha de sangre en la nieve, resaltaba una cama redonda gigante con sábanas de seda roja. Lo que más me aterró fueron los espejos. Había espejos en las paredes, en el techo, en los costados; un laberinto de reflejos diseñado para que nadie, desde ningún ángulo, pudiera perderse ni un solo detalle de lo que estaba por suceder.

Me quedé petrificado, mirando la cama vacía. El silencio en el galpón era absoluto, solo interrumpido por el zumbido del ventilador de la computadora. Pasaron los minutos y la cámara no se movía. Seguía ahí, fija, enfocando ese altar de seda roja donde yo sabía que mi vida se iba a terminar de romper.

Sentí que me faltaba el aire. La claustrofobia del galpón y la luz de la pantalla me estaban volviendo loco. En ese momento, el celular vibró en mi mano. Era un mensaje de Rodrigo:

«Tranquilo, Pablito. No te comas las uñas que ya estamos llegando. El espectáculo está por empezar. Contá hasta diez… y tratá de no parpadear.»

Empecé a contar en voz baja, con la voz rota, mientras mis ojos no podían despegarse de la pantalla.

—Uno… dos… tres… —susurré, sintiendo cómo las lágrimas me nublaban la vista.

—Nueve… —dije, casi sin aire.

—Diez —terminé de contar.

La función había empezado.

Me quedé sin aire al ver cómo se abría la puerta de esa habitación blanca en la pantalla. Aparecieron los dos, riéndose, con una naturalidad que me dio ganas de vomitar. Rodrigo estaba impecable y siniestro: pantalón de vestir negro, zapatos lustrados y una camisa negra totalmente desabrochada que dejaba ver su pecho ancho.

Pero ver a Celeste me terminó de romper. Tenía puesto un vestido negro cortísimo, mucho más arriba de los muslos, y se notaba a leguas que no llevaba corpiño abajo. Se había puesto unos tacos altos, rojos furiosos, que hacían juego con las sábanas de la cama redonda. Estaba producida, maquillada como nunca, cargando una carterita con una elegancia que me resultó desconocida y dolorosa.

Rodrigo la agarró de la cintura con una fuerza posesiva y la atrajo hacia él mientras caminaban hacia el centro de la habitación.

—Parece que te gusta perder las apuestas a vos, ¿eh? —le dijo Rodrigo al oído, pero su voz salió nítida por los parlantes de la netbook.

En ese momento sentí un escalofrío: no solo iba a ver la imagen en alta definición, sino que el hijo de puta había configurado todo para que yo escuchara hasta el más mínimo susurro, cada jadeo, cada humillación.

—Algún día te voy a ganar, Rodrigo… —respondió Celeste, dándose vuelta entre sus brazos para quedar frente a frente. Se reía con una picardía que me quemó por dentro.

—¿O será que cuando perdés, realmente ganás? —retrucó él, acariciándole la cadera con una mano mientras con la otra le levantaba el mentón—. No sé, vamos a ver qué tal te portás hoy.

Yo estaba ahí, encerrado en el galpón, con la cara pegada a la pantalla, escuchando la respiración de los dos como si los tuviera al lado mío. Me di cuenta de que Rodrigo no quería que me perdiera nada; quería que cada palabra de ella, cada risa de complicidad con su verdugo, me quedara grabada en el cerebro para siempre.

El espectáculo era una tortura de alta fidelidad. A través de la pantalla, los vi fundirse en un beso que me revolvió las entrañas. No era un beso cualquiera; era un choque de lenguas voraz, apasionado, con un descaro que nunca había visto en ella. Rodrigo, con esa prepotencia física que lo caracteriza, le aferró las nalgas por encima del vestido corto, apretándola contra él mientras sus lenguas se entrelazaban con un sonido húmedo que los parlantes de la netbook amplificaban cruelmente.

Yo estaba ahí, en la oscuridad del galpón, respirando agitado. Sentía una mezcla enferma de odio, dolor y una excitación oscura que me avergonzaba, pero no podía cerrar los ojos. Estaba encadenado a esa imagen.

De golpe, Celeste se separó apenas, con los labios hinchados y la respiración cortada.

—Bueno, ahí vengo… voy al baño —dijo con un hilo de voz, dándole una palmadita en el pecho a Rodrigo.

La vi caminar con esos tacos rojos hacia una puerta lateral. En cuanto entró y cerró la puerta, la cámara se quedó fija en Rodrigo. Ahí fue cuando el «Pupuso» decidió darme su show personal. Se paró frente a uno de los espejos, sabiendo exactamente dónde estaba la lente.

Con una lentitud sádica, empezó a desvestirse. Se quitó la camisa negra y la tiró al piso; después los zapatos y el pantalón. Se tomó su tiempo para sacarse los calcetines, como si quisiera que yo saboreara cada segundo de mi propia derrota. Se quedó ahí, parado en medio de la habitación de luz blanca, solamente con un bóxer blanco.

La tela del bóxer no dejaba lugar a dudas: la hinchazón de su miembro era evidente, una erección potente que marcaba todo el frente. Rodrigo se pasó una mano por el abdomen marcado y luego se acomodó el bulto, mirando fijo a la cámara con una sonrisa de victoria absoluta. Estaba listo para cobrar su apuesta, y yo estaba encerrado en ese galpón, siendo el único espectador del final de mi dignidad.

Me quedé petrificado frente a la pantalla. Rodrigo estaba ahí, parado frente a la cámara, riéndose como un estúpido, con esa carcajada sobradora que me recordaba que él era el dueño de la situación y yo un simple prisionero de su morbo. Se acomodaba el bóxer blanco, exhibiéndose, mientras yo, en la oscuridad del galpón, sentía que el aire se me acababa.

Pasaron unos cinco minutos que se sintieron como horas. El silencio en el video solo era interrumpido por el zumbido de la ventilación del hotel. De pronto, la puerta del baño se abrió.

El mundo se me vino abajo. Celeste salió caminando con una seguridad que me dio escalofríos. Estaba completamente en pechos desnudos, con la piel brillante bajo la luz blanca de la habitación. Abajo, solo llevaba una tanga roja diminuta, tan apretada que se perdía entre sus nalgas mientras caminaba hacia él con los tacos rojos todavía puestos.

Rodrigo dejó de reírse. Su expresión cambió a una de hambre pura. Se paró, la tomó de la cintura y la atrajo hacia él para volver a besarla. Esta vez, el sonido de sus lenguas era más jugoso, más profundo, un intercambio de fluidos que se escuchaba nítido en los parlantes de la netbook.

—Estás increíble, Cele —susurró Rodrigo contra sus labios, para que yo lo escuchara bien.

Bajó la cabeza y empezó a recorrerle el cuello con la boca hasta llegar a sus pechos. Vi cómo Celeste arqueaba la espalda, entregada. Rodrigo empezó a mordérselos y chupárselos con una voracidad animal, mientras sus manos le apretaban las nalgas por debajo de la tanga. El contraste de sus manos grandes y oscuras sobre la piel blanca de ella me hacía cerrar los puños con una impotencia que me desgarraba.

Celeste soltó un gemido largo, cerrando los ojos, mientras Rodrigo se deleitaba disgustando sus pezones, tironeando de ellos con los dientes con una confianza absoluta. Yo no podía dejar de mirar. Estaba viendo cómo el tipo que odiaba devoraba a la mujer que amaba, y lo peor de todo es que ella parecía estar en la gloria, olvidándose por completo de que yo estaba ahí, del otro lado, muriéndome por dentro.

El aire en el galpón era denso, casi sólido. Sentía una presión insoportable en el pecho, una mezcla de bilis en la garganta y un calor oscuro que me subía por las piernas. A pesar de la bronca, del odio y de sentirme la basura más grande del mundo, mi cuerpo me traicionó: sentí cómo una erección violenta me tensaba el pantalón. Estaba excitado por mi propia destrucción, y ese era el golpe final de Rodrigo a mi cordura.

Volví a clavar los ojos en la pantalla. La imagen era de una nitidez obscena. Rodrigo se había sentado en la punta de la cama redonda, apoyando los pies en el suelo, con las piernas abiertas. Su figura, en ese bóxer blanco, dominaba el centro de la habitación.

Entonces, vi a Celeste.

Se arrodilló frente a él con una parsimonia que me dio escalofríos. Sus manos, las mismas que me acariciaban a mí por las mañanas, bajaron con firmeza el elástico del bóxer de Rodrigo, liberando su miembro que saltó directamente hacia su cara. Ella no dudó. Se lo llevó a la boca con una avidez que nunca había tenido conmigo, cerrando los ojos mientras se entregaba a la tarea.

El ángulo de la cámara era perverso. La cola de Celeste relucía en la pantalla, resaltada por la tanga roja que se perdía entre sus nalgas, mientras su cabeza se movía de abajo arriba en un ritmo hipnótico. El sonido era insoportable: los ruidos húmedos del sexo oral, la respiración pesada de Rodrigo y sus manos grandes enterrándose en el pelo rubio de ella, guiándole el movimiento con una fuerza bruta.

—qué bien que te portas mujer cuando tenes carne de verdad —susurró Rodrigo, mirando fijo a la cámara, mientras soltaba un gruñido de placer.

Yo estaba ahí, solo en la penumbra del galpón, con la mano temblorosa bajándome el cierre, convertido en el espectador oficial de cómo mi novia le realizaba un sexo oral espectacular al tipo que me había arruinado la vida. Mi dignidad estaba en el piso, pero mis ojos no podían despegarse de ese vaivén rítmico que me estaba volviendo loco.

El espectáculo en la pantalla era de una crudeza que me hacía dudar de si seguía despierto o si esto era un infierno diseñado solo para mí. Celeste estaba totalmente perdida en él. Le pasaba la lengua por cada centímetro, recorriendo todo el miembro con una devoción que me revolvía las entrañas. Rodrigo, desde su posición de poder en la punta de la cama, le hundía los dedos en el pelo, tironeando con fuerza para guiar el ritmo, obligándola a ir más profundo, hasta meterse sus genitales en la boca. El sonido era nítido, húmedo, una sinfonía de degradación que llenaba todo el galpón.

De repente, Rodrigo soltó un gruñido ooohhh ssssiiii y, con un movimiento brusco, la levantó hacia arriba como si no pesara nada. La puso de pie un segundo, solo para bajarle la tanga roja con un tirón seco, dejándola completamente desnuda frente a los espejos.

Él se echó hacia atrás, acostándose boca arriba sobre el acolchado de seda roja, ocupando el centro de la cama redonda. Celeste, como si siguiera una coreografía ensayada mil veces en su cabeza, no esperó ninguna orden. Se subió a la cama y se colocó encima de él, pero de forma inversa.

El 69 era perfecto ante la cámara. Los espejos del techo y las paredes multiplicaban la imagen: la espalda arqueada de Celeste, su cola al aire moviéndose con desesperación, y Rodrigo aferrándola de las caderas mientras ambos se devoraban mutuamente.

Yo estaba ahí, con la respiración entrecortada, viendo cómo se entrelazaban en esa postura, dándose placer frente a mis ojos. Los gemidos de ella se mezclaban con el sonido de la succión de él, y yo, en la oscuridad del galpón, ya no sabía dónde terminaba el dolor y dónde empezaba la locura. Estaba viendo a la mujer de mi vida entregando hasta el último rastro de su intimidad al tipo que me estaba destruyendo, y lo peor era que, en ese laberinto de espejos, ella parecía estar disfrutando de que yo lo viera todo.

—¿Te gusta mi pija? —le preguntaba Rodrigo con una voz cargada de una soberbia asfixiante, mientras sentía sus manos guiando la cabeza de ella.

—Sí… me encanta —respondía Celeste entre jadeos, con una voz que yo apenas reconocía. Era una voz quebrada, húmeda, llena de un placer que me resultaba totalmente ajeno.

Después de ese sexo oral mutuo que pareció eterno, el «estreno» llegó a su punto más violento. Rodrigo la obligó a girarse. Vi cómo Celeste, mi dulce doctora, se ponía en cuatro sobre la seda roja, dándole la espalda a Rodrigo pero quedando de perfil a uno de los espejos que mejor captaba el ángulo.

Rodrigo se posicionó detrás de ella, se tomó un segundo para mirar fijo a la cámara —para mirarme a mí— y la penetró de un solo golpe, seco y profundo.

Los gemidos de Celeste ya no eran susurros; eran aullidos que retumbaban en los parlantes de la netbook y hacían eco en las paredes de chapa del galpón donde yo estaba encerrado. Rodrigo la tomaba con una mano de las caderas, marcándole la piel con la fuerza de sus dedos, mientras que con la otra le apretaba y zamarreaba los pechos con una saña impresionante.

—¡Qué buenas tetas que tenés, por Dios! —le gritó él, mientras el sonido de los cuerpos chocando se volvía rítmico y brutal—. Y pensar que las disfruto yo, en vez del flojito de Pablito…

—¡No! —lo retó ella, arqueando la espalda y soltando un gemido que parecía un grito de guerra—. No… no lo nombres. Seguí, dale más fuerte… pero no lo nombres.

Ese «no lo nombres» me dolió más que cualquier golpe físico. No era para protegerme; era porque en ese momento, en esa cama, yo no existía. Yo era un estorbo en su fantasía, una sombra que ella quería borrar para poder entregarse por completo a la bestia que la estaba poseyendo.

Me quedé ahí, temblando, con la erección doliéndome y las lágrimas secándose en mis mejillas, viendo cómo los espejos multiplicaban la imagen de Rodrigo dándole con todo, mientras ella pedía más, olvidándose de que yo, del otro lado de la pantalla, estaba muriendo por cada uno de sus aullidos.

El ambiente en el galpón era un asco, un cementerio de mi propia moral, pero ya no podía detenerme. La humillación me había sobrepasado tanto que el dolor se transformó en una necesidad física desesperada. Con las manos temblando, me bajé el cierre y liberé mi propio miembro, empezando a masturbarme ahí mismo, en la oscuridad, frente a la luz azulada de la netbook. Era un acto de autodesprecio absoluto: estaba dándome placer con la imagen de mi mujer siendo devorada por mi peor enemigo.

En la pantalla, el ritmo no bajaba. Rodrigo la seguía embistiendo en cuatro, con una fuerza que hacía que la cama redonda chirriara. Los aullidos de Celeste eran constantes, rítmicos, hasta que Rodrigo la agarró de los hombros y la obligó a cambiar de posición.

Él se volvió a tirar boca arriba, jadeando, con los músculos del pecho brillando por el sudor. Celeste, sin que él tuviera que pedírselo, se montó encima de él. Estaba desatada, con el pelo revuelto y los ojos inyectados en deseo.

—Tocate las tetas, Cele… —le ordenó Rodrigo con la voz ronca, disfrutando de cómo ella cabalgaba sobre él—. Que Pablito vea cómo te gusta que te las miren.

Ella le hizo caso de inmediato. Con un descaro que me desgarró el alma, se agarró sus propios pechos con las manos, apretándolos y ofreciéndoselos a la cámara. Pero no se quedó ahí: en un arranque de narcisismo y lujuria, ella misma se encorvó, llevando sus pezones hacia su propia boca. Vi cómo se lamía y chupaba sus propios pezones mientras seguía moviéndose arriba de Rodrigo, gimiendo con una intensidad que nunca, en todos nuestros años juntos, me había dedicado a mí.

Los espejos del techo me devolvían la imagen desde todos los ángulos posibles. Yo, en el galpón, aceleraba el ritmo de mi mano, asqueado de mí mismo pero incapaz de apartar la vista. Estaba viendo a mi novia convertida en una exhibicionista profesional, celebrando su propia traición mientras se autosatisfacía frente al hombre que me había jurado destruir.

El cuerpo de Celeste temblaba de forma espasmódica, como si estuviera atravesada por una corriente eléctrica. Verla ahí, arriba de él, enterrándose el miembro de Rodrigo ella sola, subiendo y bajando como una loca fuera de control, me estaba volviendo loco. Ella revolvía la cabeza, revoleando el pelo de un lado al otro mientras los gemidos —esos aullidos de placer puro— me daban como puñaladas directas al corazón.

Pero era un dolor enfermo. La excitación me tenía completamente nublado; ver cómo garchaban a mi mujer, verla entregada a mi peor enemigo con esa ferocidad, me empujaba a masturbarme cada vez más rápido, con una desesperación sucia. Estaba ahí solo, en la penumbra del galpón, con los ojos inyectados en sangre fijos en la pantalla de la netbook.

Entonces, Rodrigo decidió cambiar de posición una vez más. Con un movimiento brusco la bajó y la acostó boca arriba, pero la arrastró hasta el borde mismo de la cama redonda. La puso de espaldas, dejando que su cabeza quedara colgada en el aire, fuera del colchón.

Rodrigo se puso entre sus piernas y la penetró con una violencia rítmica, entrando y saliendo de su vagina con una profundidad que me hacía gemir de bronca. Desde ese ángulo, la cámara captaba todo: el vaivén incesante, el roce de los cuerpos y las piernas de Celeste colgando sobre los hombros de Rodrigo. Ella, con la cabeza colgando hacia atrás, no dejaba de tocarse los pechos, apretándoselos mientras su cara se transformaba en una máscara de disfrute increíble.

Era una expresión que yo nunca le había visto. Una entrega absoluta, un abandono total de los sentidos que conmigo, en todos nuestros años, jamás había sucedido. Ella estaba en otro mundo, disfrutando de cada embestida de Rodrigo, mientras yo, el espectador invisible, me consumía en mi propia humillación.

—¡Mirá te entra, yegua! —gritó Rodrigo de repente, mirando a la cámara mientras sus caderas no dejaban de golpear contra ella—. ¡Mirá cómo te tengo!

Celeste, con la cabeza al revés y los ojos cerrados, soltó un grito de placer puro, ajena a que su degradación estaba siendo filmada, ajena a que yo estaba del otro lado de la pantalla viendo cómo mi vida se terminaba de destruir entre esas sábanas rojas.

La escena era un festín de sentidos que me estaba aniquilando. Rodrigo, con ese instinto animal para la dominación, no se conformaba con la penetración. Mientras la seguía embistiendo con las piernas de ella sobre sus hombros, aprovechó la posición para chuparle los dedos de los pies. Pasaba la lengua entre sus dedos con una lentitud perversa, una humillación física que hacía que Celeste se retorciera sobre las sábanas rojas, alcanzando niveles de excitación que yo ni siquiera sabía que existían.

Ella estaba fuera de sí. Con una mano se apretaba un pecho, hundiendo los dedos en su propia carne, mientras Rodrigo, sin dejar de moverse dentro de ella, le metía sus propios dedos en la boca. Celeste los recibía con desesperación, chupándolos y lamiéndolos con una avidez asquerosa, saboreando el rastro de su propio encuentro mientras él la guiaba como a una marioneta.

—¡Eso, comé! —le decía Rodrigo con la voz entrecortada por el esfuerzo—. ¡Chupalos bien!

Yo veía todo a través del monitor, con la mano trabajando frenéticamente en mi propio miembro, asqueado de mi propia excitación. La pantalla mostraba cómo ella cerraba los ojos y succionaba los dedos de Rodrigo, totalmente ajena a la cámara, totalmente entregada a la voluntad del tipo que me estaba rompiendo el alma. En los espejos del techo, la imagen se repetía hasta el infinito: el cuerpo de mi mujer arqueado, sus pezones erectos, sus pies en la boca de él y los dedos de él en la boca de ella.

Era una coreografía de fluidos y gemidos que me dejaba claro que yo ya no era nadie en su vida. Celeste estaba en la cima de un placer que yo nunca pude darle, y Rodrigo, el «Pupuso», se aseguraba de que yo viera cada detalle, cada intercambio de saliva, cada rin

—Mirá cómo saboreas, —susurró Rodrigo a la cámara, mientras Celeste seguía prendida a sus dedos, gimiendo con una fuerza que hacía vibrar los parlantes de la netbook—. No sabe lo rica que sos

—¡Dale, Rodrigo! ¡No pares! —el grito de Celeste retumbó en los parlantes de la netbook, mezclándose con el sonido del metal de la cama golpeando contra la pared.

Yo estaba ahí, en el galpón, con la respiración entrecortada y la mano moviéndose frenéticamente. Verla así, entregada de esa forma animal, era un veneno que me recorría la sangre. Rodrigo la tenía totalmente dominada. Mientras la embestía con una fuerza bruta, le soltó el pelo y empezó a recorrerle la espalda con la lengua, bajando hasta sus nalgas, mientras ella se retorcía pidiendo más.

Me quedé helado, con el miembro todavía en la mano y el corazón dándome latigazos contra el pecho. Lo que estaba viendo en la pantalla de la netbook ya no era solo una traición; era la entrega de un territorio que yo, en años de relación, nunca había podido conquistar.

—Bueno, ahora vamos por lo otro… —dijo la voz de Rodrigo, cargada de una intención que me hizo cerrar los puños.

—Ay, no sé, Rodrigo… —respondió Celeste, y por primera vez en toda la noche noté un rastro de duda, de nerviosismo real—. Nunca lo hice. Ni siquiera con Pablo.

Me dolió el alma escuchar mi nombre de su boca en ese contexto, pero el dolor se transformó en pura bilis cuando Rodrigo se rió, esa risa seca y ganadora que tanto odiaba.

—Viste, ahora lo estás nombrando vos —la retó él, divertido.

—No, no lo estoy nombrando… solamente te estoy avisando. Con él no lo hice —se defendió ella, casi suplicante.

—Bueno, lo vas a hacer conmigo —sentenció Rodrigo con una autoridad que no admitía réplicas—. Así que ponete en posición. Dale.

Vi cómo Celeste, después de un segundo de vacilación, obedecía. Se puso boca abajo sobre el colchón de seda roja, hundiendo la cara en las sábanas para ocultar su expresión, y levantó la cola en pompa, ofreciéndosela a la cámara y a él con una sumisión que me dejó sin aire.

En ese momento, Rodrigo estiró la mano hacia la mesa de luz y sacó un pote de lubricante. Vi perfectamente cómo se echaba el gel en los dedos y empezaba a distribuirlo sobre el ano de ella.

Me quedé petrificado. Los ojos se me llenaban de lágrimas de bronca. Conmigo siempre había sido un «no» rotundo; me decía que le daba miedo, que le dolía, que no le gustaba. Y ahí estaba ahora, entregada, preparada por él, aceptando lo que siempre me había negado. Rodrigo le pasaba los dedos con una paciencia sádica, preparando el terreno, mientras ella soltaba unos gemidos ahogados contra el colchón.

—Relajate, Cele… que te va a encantar —susurró él, mirando a la cámara con una maldad pura.

Yo, encerrado en ese galpón oscuro, sentía que me hundía en el piso. Estaba viendo cómo el tipo que me arruinó la vida se quedaba con el último secreto de mi mujer, mientras ella, en su ignorancia de estar siendo filmada, se preparaba para darle a él lo que yo nunca tuve.

El silencio del galpón se rompió con un alarido que salió de los parlantes de la netbook, un sonido que me desgarró los oídos. En la pantalla, vi cómo Rodrigo, con una parsimonia cruel, empezaba a meter uno, y después dos dedos en el ano de Celeste.

—¡Ay! ¡Me duele! —gritó ella, hundiendo las uñas en las sábanas rojas y hundiendo la cara contra el colchón. El cuerpo le dio un sacudón, intentando alejarse instintivamente, pero Rodrigo la mantenía firme por las caderas, sin soltarla.

—Pará… pará que apenas van los deditos —le soltó él con esa voz ronca, casi burlona, mientras seguía trabajando la zona con el lubricante. Se reía por lo bajo, disfrutando de la resistencia de ella, disfrutando de que yo escuchara cómo ella sufría y gozaba al mismo tiempo por algo que a mí me tenía prohibido.

—¡Es que duele mucho, Rodrigo! ¡Pará un poco! —suplicaba ella, pero no se iba, no se levantaba de la cama. Estaba sometida a su voluntad.

—Tranquila, Cele. Respirá hondo… —le ordenó él, sin ninguna pizca de piedad en la mirada—. Ahora te voy a meter de a poco mi pija. Te va a gustar, ya vas a ver.

Yo estaba ahí, de pie en la oscuridad, viendo cómo Rodrigo se acomodaba detrás de ella. Vi el brillo del lubricante en su miembro y cómo apoyaba la punta en la entrada de ella. Celeste soltó un gemido que fue subiendo de tono, un llanto de dolor mezclado con una excitación que la hacía temblar entera.

Conmigo, ante el primer roce, se cerraba y me decía que era imposible. Con él, aunque gritaba de dolor, se quedaba ahí, entregada, permitiendo que él le invadiera el último rincón de su intimidad.

—Mirá, mirá cómo se abris para mí —parecía decir la mirada de Rodrigo a la cámara oculta.

Empezó a empujar con lentitud, centímetro a centímetro. Los gemidos de Celeste se transformaron en un aullido constante, desgarrador, que inundaba el galpón vacío. Yo apretaba el puño contra el escritorio, sintiendo que las uñas se me clavaban en la palma, incapaz de cerrar los ojos ante el espectáculo de mi propia destrucción.

El aire en el galpón estaba cargado de un olor a encierro y a mi propia desesperación. En la pantalla, la escena era de un sadismo técnico que me estaba quemando las neuronas. Vi cómo Rodrigo, con una paciencia que solo un torturador posee, empujaba la punta de su miembro dentro de ella, centímetro a centímetro.

—Dejala ahí… dejala un ratito así el culo se va acostumbrando —le decía Rodrigo con una calma que me daba escalofríos.

Celeste estaba clavada contra el colchón, con los dedos crispados desgarrando las sábanas rojas. Su grito fue desgarrador, un alarido que rebotó en las paredes de chapa del galpón y me hizo vibrar el pecho. Era un sonido de puro dolor, pero también de una capitulación total. Ella estaba aceptando ser abierta, ser invadida de la forma que siempre me juró que era imposible.

Después de unos segundos de agonía, Rodrigo empezó a moverse. Primero con lentitud, y después, cuando vio que ella ya no podía retroceder, empezó a cogérsela por el ano con una fuerza rítmica y brutal. El sonido de los cuerpos chocando era seco, diferente al de antes, mucho más crudo.

—¡Ahí está! ¡Ya entró entera! —rugió Rodrigo, dándole una palmada en la nuca para que hundiera más la cara en la cama.

Yo no podía más. La imagen de mi mujer en esa posición, siendo poseída por el camino que a mí me tenía prohibido, me llevó al límite absoluto de mi cordura. Mi mano se movía con una velocidad suicida, mis ojos estaban inyectados en sangre y sentía que el cerebro me iba a estallar. Estaba a punto de explotar, mi propia eyaculación estaba ahí, en la punta de mis dedos, alimentada por el odio, la humillación y el placer más oscuro que jamás había sentido.

Justo cuando sentí que el mundo se me nublaba y que iba a soltar todo sobre el teclado de la netbook, el video hizo un primer plano de la cara de Celeste, que giró la cabeza hacia la derecha, buscando aire. Sus ojos estaban llorosos, su maquillaje corrido, y su boca abierta en un gemido mudo que me gritaba que ya no había vuelta atrás.

El galpón parecía vibrar con cada embestida que salía de los parlantes. La imagen era una locura: Celeste, con la cara hundida en las sábanas rojas y la cola en pompa, estaba totalmente ida. Los espasmos le recorrían la espalda y las piernas le temblaban sin control.

—¡¡Ahhh… ahhh… sí, Rodrigo… sí!! —el grito de Celeste se transformó en un aullido agudo y prolongado, señal de que estaba alcanzando un orgasmo anal que nunca, ni en mis mejores sueños o sus peores pesadillas, había tenido conmigo.

Yo ya no era dueño de mis movimientos. Al verla colapsar de placer bajo el cuerpo de mi enemigo, mi mano se volvió frenética. La humillación final me empujó al abismo y exploté, acabando con una fuerza violenta, manchando todo en la oscuridad, mientras mis ojos seguían clavados en la pantalla, odiándome por haber llegado a esto.

Pero Rodrigo no había terminado. Él quería dejar su marca. A pesar de que ella ya estaba temblando por el final, él la agarró con más saña de las caderas, levantándola un poco más y empezó a darle mucho más fuerte, con golpes secos que sonaban como bofetadas en la carne.

—¡¡Oohh… mmmgh… ahhh!! ¡¡Pará… pará que no puedo más!! —gemía ella, pero Rodrigo no la escuchaba, estaba poseído por la victoria—. ¡¡¡AAAHHH… AAAHHHH… RODRIGO, POR FAVOR… IIIHHH!!!

Los gemidos de Celeste se volvieron una sinfonía de degradación:

«—¡¡Ahhh… ahhh… mmmgh… síii!!… ¡¡Aahhh!!… ¡¡Uuuhhh… ahhh… ahhh!!… ¡¡SÍ, DALE… DALE MÁS… AAAHHHH!!… ¡¡MMMGGGHHH… OOHHH… AAAHHH…!!»

Finalmente, Rodrigo soltó un gruñido gutural, un bramido de animal que marcó su final. Se hundió en ella hasta el fondo, estirando la piel de Celeste al límite, y se quedó ahí, vibrando mientras descargaba todo su desprecio y su placer dentro de ella.

—¡¡¡Aaaahhhhhhh!!! —el último grito de Celeste fue un susurro quebrado, un eco de puro agotamiento y entrega.

La realidad me golpeó con la fuerza de un camión. Me quedé ahí, sentado en la penumbra del galpón, con el pantalón pegajoso y las manos manchadas de mi propia derrota. La excitación se había evaporado, dejando en su lugar un frío amargo y un asco que me subía desde el estómago. Me sentía la basura más grande del mundo: me había masturbado viendo cómo el tipo que más odio profanaba a la mujer que amo.

En la pantalla, la humillación no terminaba. Celeste seguía ahí, en cuatro, recuperando el aliento sobre las sábanas rojas. Vi a Rodrigo levantarse con una tranquilidad insultante, buscar su celular y, con total descaro, sacarle fotos a la cola de ella, que todavía estaba enrojecida por el acto anal.

—Es para mí… un recuerdo nada más —le dijo él con una sonrisa cínica. Ella no protestó; simplemente se dejó hacer, perdida en el sopor del placer y el alcohol.

Después, ambos salieron del encuadre, dejando la cama vacía y revuelta. El sonido del agua de la ducha me confirmó que se estaban bañando juntos, lavando los restos de su traición. Con el corazón en la garganta, me limpié como pude con unos papeles viejos que encontré en el galpón y me acomodé la ropa. Justo en ese momento, escuché el giro definitivo de la llave. La puerta estaba abierta.

Salí corriendo de ese club de pádel como si me persiguiera el mismo diablo. Antes de cerrar la pestaña de la netbook, vi por un segundo cómo volvían a la habitación ya vestidos, listos para irse. Volé hacia mi departamento, con el aire quemándome los pulmones y la imagen de los pezones de Celeste en mi cabeza.

Al llegar, me desplomé. Me metí en la ducha y froté mi piel con el jabón hasta que quedó roja, tratando de arrancar el rastro de Rodrigo, el rastro de mi propia mano, el rastro de esa noche maldita. Lloré como un chico, con sollozos que me desgarraban el pecho, solo en la oscuridad de mi baño. No pude dormir; cada vez que cerraba los ojos, veía el lubricante y escuchaba los aullidos de Celeste.

A la mañana siguiente, el celular vibró sobre la mesa de luz. Era ella.

Mensaje de Celeste: «Hola amor, perdón que no volví. Terminamos muy borrachas con las chicas y me quedé a dormir en lo de mamá para no manejar así. Te extraño, a la tarde vuelvo a casa.»

La sangre se me heló. La mentira era tan perfecta, tan natural, que sentí náuseas. Ella no sabía que yo había sido el espectador de su «noche de chicas».

Ese lunes en el hospital, el aire se sentía más pesado que de costumbre. Pablo intentaba concentrarse en sus pacientes, pero el pulso le temblaba. El domingo había sido un desierto de silencio; Celeste no apareció, no llamó, y cada uno de sus intentos por contactarla terminó en el buzón de voz. La incertidumbre lo estaba carcomiendo, hasta que el celular vibró en el bolsillo de su ambo.

No era Celeste. Era Rodrigo.

Al abrir el mensaje, Pablo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era una simple amenaza; era la prueba final de su derrota. La foto tenía una nitidez cruel, tomada seguramente en esos minutos donde ellos «se iban a duchar».

En la imagen, se veía el primer plano de la cola de Celeste, todavía enrojecida por la intensidad del acto anal. Pero lo más devastador para Pablo fue ver los dedos de Rodrigo separando los pliegues de su mujer, mostrando con un descaro absoluto cómo el semen que él había introducido empezaba a escurrirse, brotando lentamente de su interior.

Rodrigo no solo había acabado dentro de ella desafiando todas las reglas, sino que se había tomado el tiempo de documentar cómo su semilla quedaba grabada en el cuerpo de Celeste.

Mensaje de Rodrigo: «Te dije que era un estreno exclusivo, Pablito. Acá tenés el souvenir. Mirá cómo la dejé… se llevó un buen recuerdo mío adentro antes de irse a lo de ‘su mamá’. Nos vemos en el club, campeón.»

Pablo tuvo que apoyarse contra la pared del pasillo del hospital para no caerse. La imagen de los fluidos de su enemigo saliendo del cuerpo de su esposa era una marca de propiedad que no podía borrar de su mente. En ese momento, levantó la vista y vio a Celeste caminando por el pasillo, vestida con su bata blanca, impecable, con el pelo recogido y esa sonrisa profesional que usaba con todo el mundo.

Ella lo vio, le hizo un gesto cariñoso con la mano y empezó a acercarse, sin saber que Pablo tenía en su mano la foto exacta de lo que ella había guardado en su cuerpo apenas unas horas antes.

Esa noche, el departamento se sintió como una sala de autopsias. Celeste llegó con la mirada baja, pero con una frialdad que Pablo no reconoció. Cuando soltó la frase de «tomarse un tiempo» y que «la relación no avanzaba», cada palabra sonaba a un guion ensayado para ocultar la carnicería emocional del sábado.

Cuando Pablo, con la voz rota y la imagen de la foto quemándole el cerebro, le preguntó si era por Rodrigo, ella no tuvo la decencia de negarlo. Ese «sí» a medias, cargado de una supuesta «confusión», fue el último clavo en el ataúd. Verla armar un bolso con su ropa, la misma ropa que él le había visto quitarse en la pantalla, fue una agonía lenta. Celeste se fue, dejando el departamento vacío y un silencio ensordecedor.

El intento de Pablo por enfrentar a Rodrigo en su empresa fue el último acto de un hombre desesperado. Ser rechazado en la entrada por la seguridad, saber que Rodrigo se estaba riendo de él desde su oficina, lo terminó de quebrar.

A los pocos días, la llamada de Celeste fue el cierre formal: la separación definitiva. Pero el verdadero veneno llegó meses después. Pablo, que intentaba reconstruir su vida pieza por pieza, recibió la noticia que terminó de demolerlo: Celeste y Rodrigo ya no se escondían. Estaban saliendo oficialmente.

La mujer que él amaba, la que le juró que el sexo anal era un tabú y que Rodrigo era un «idiota», ahora caminaba de la mano con el hombre que lo había humillado sistemáticamente. Saber que ellos compartían las noches, que Rodrigo seguía poseyéndola como aquella noche en el hotel, mientras él se quedaba con el recuerdo de haber sido un espectador de su propia desgracia, fue demasiado.

Destruido psicológica y sentimentalmente, Pablo entendió que no podía sanar en el mismo lugar donde lo habían herido. Cada rincón de la ciudad, cada pasillo del hospital, cada sombra en su habitación le recordaba la traición.

pidó el pase a un hospital en una ciudad lejana, a cientos de kilómetros. No llevó mucho. Solo el peso de una humillación que, aunque intentara lavar bajo mil duchas, sentía que me pertenecía. sin saludar a nadie, dejando atrás la casa, los amigos comunes y la sombra de una mujer que eligió al hombre que más daño me hizo.

***************El cierre *****************************************

Después de atravesar el infierno, el psicólogo y el tiempo fueron sus únicos aliados para reconstruir un hombre que ya no se reconocía en el espejo.

Acomodado en su nueva ciudad, con el aire fresco de una vida que no conocía su pasado, Pablo logró abrir su corazón nuevamente. Su nueva pareja era distinta; no había juegos, ni sombras, ni deudas de poder. Sin embargo, el destino siempre guarda un último eco.

El giro del destino

Poco más de un año después, la noticia le llegó como un rumor lejano que ya no quemaba:

  • El embarazo: Celeste estaba esperando un hijo de Rodrigo.
  • El abandono: Rodrigo, fiel a su naturaleza predadora y cobarde, no quiso saber nada con la responsabilidad. En cuanto el «juego» se volvió realidad, la dejó sola, repitiendo con ella la misma crueldad que antes había usado contra Pablo.

La reacción de Pablo

Al enterarse, Pablo no sintió la satisfacción de la venganza ni el impulso de correr a rescatarla. Lo que sintió fue algo mucho más profundo:

  • Falta de pena: No pudo sentir lástima. Recordaba demasiado bien los gemidos de placer en aquella cama de seda roja y la foto del lunes por la mañana. Ella había elegido ese camino con plena libertad.
  • El vacío persistente: Aunque ya no la amaba, la noticia le recordó el hueco que esa traición dejó en su alma. Un vacío que no se llena con otra persona, sino con el perdón a uno mismo por haber aguantado tanto.
  • El deseo de paz: En un acto de madurez final, Pablo decidió no odiarla más. Simplemente elevó un pensamiento al aire: que ella encontrara la forma de ser feliz y de criar a ese hijo, mientras él seguía construyendo su propio refugio con su nueva novia.

Pablo cerró su computadora, tomó la mano de la mujer que ahora lo acompañaba y caminó hacia el futuro. El pasado ya no era una pantalla encendida, sino un libro cerrado con llave en el fondo de un cajón que nunca más volvería a abrir.

FIN.

Pádel y traición

Pádel y traición