La caída

La caída

La caída de Diego empezó cuando perdió el trabajo, hacía ya un año.

Siempre había tenido tendencia a la depresión, y la falta de empleo no hizo más que agudizar esta característica.

Solía quedarse sentado todo el día, recriminándose su incapacidad para conseguir otro empleo.

Hacía dos años que vivía con Viviana, y ahora ella había quedado como único sostén de la casa. Viviana era lo mejor que le había pasado a Diego: con apenas 23 añitos, ella sí que había sabido salir a trabajar y ganar dinero.

Esto lo volvía loco. Se sentía menos hombre por no poder trabajar, y no soportaba el tiempo que Viviana pasaba en el trabajo.

Ella era muy bonita, de rasgos muy delicados y el cabello corto los realzaba.

Sus ojos eran muy expresivos, y Diego, un año menor que su novia, sabía que muchos hombres debían desearla, y tal vez tirarle lances. Pero sobrellevaba estos celos.

Después vino la muerte de su padre, que había sido una figura muy fuerte en su vida. Un hombre pleno, grande, sereno.

Entonces se agudizó su depresión.

Engordó, empezó a fumar marihuana y muy seguido, lo que lo sensibilizaba todavía más. Se pasaba las horas solo, en la casa, a veces lloraba, y sentía que nada podía detener su caída.

Mientras tanto, Viviana hacía su vida.

Trabajaba muy duro como diseñadora gráfica, estudiaba danzas, salía al cine, iba a visitar a sus amigas.

Era todo lo opuesto a Diego, tan frágil y solitario. De hecho, él ya no la acompañaba a ningún lado. Incluso la rechazaba por las noches, cuando ella lo acariciaba por debajo de las sábanas.

Aunque el cuerpo de Viviana era cálido, suave, aunque él sabía que su mujer era muy deseable, ya hacía más de un mes que no hacían el amor. Simplemente, Diego había perdido el deseo.

El no lo hubiera reconocido, pero no había vuelto a sentir una erección. Al principio Viviana, pese a desconcertarse, lo comprendió. Después de todo, él había recibido varios golpes muy duros el último tiempo, y ya se le pasaría.

Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, ella sí que sentía crecer dentro suyo el deseo.

Empezó a necesitar las caricias de un hombre, y lo que la hacía sentirse culpable era que ya no se acordaba de Diego como amante.

Verlo tan abatido acabó por hacerle comprender que su novio era una sombra de hombre.

La autocompasión de él desencadenó, primero, la lástima de ella, y luego, si bien todavía lo quería, el surgimiento de algo parecido al desprecio.

Así, cada uno se separaba más del otro, irremediablemente.

Hacía ya tiempo que Diego fantaseaba con situaciones humillantes para él. Al principio lo sorprendió descubrir el mórbido placer que le brindaba imaginarse siendo rechazado por las mujeres, golpeado por otro hombre, expulsado del trabajo; pero terminó entregándose a este juego de imaginación.

Y fue una tarde, después de fumar un porro, que abrió la primera puerta de su mente. Imaginó como habría sido la primera vez de Viviana.

Él sabía que ella había sido desvirgada a los 17 años; ella se lo había contado. Su cabeza empezó a volar, febrilmente.

Pensó en Viviana con su novio de entonces, del cual no sabía el nombre. ¿Habría sido él mejor amante? ¿Estaba mejor dotado? ¿Resistía más haciendo el amor? Seguramente, pensó primero.

Ojalá, dijo en voz alta después, mientras se horrorizaba sintiendo la primera erección en mucho tiempo. Y no quiso detenerse. Imaginó toda la situación: en la casa de los padres de él, ella un poco borracha y él, unos años más grande, aprovechando la situación.

Desnudándola en la cama matrimonial, muy despacio. Y Viviana dejándose hacer, lánguida, hermosa, caliente. Sus pechos firmes, grandes, con los pezones parados. Sus piernas delgadas bien abiertas, con el hombre empujando para abrir aún más.

La imagino abriendo sus piernas ante aquel hombre.

La imaginó besándolo mucho, muy despacito, mientras lo acariciaba.

Quiso pensar en un rostro y un cuerpo para ese hombre, y pensó en Marcelo, un compañero de trabajo de Vivi, de 29 años.

Alto, muy varonil, Marcelo. Y Viviana dejándose hacer lo que tanto deseaba, mientras ese hombre la besaba entre las piernas, con mucha delicadeza.

Entregándose por primera vez a un hombre, que la penetraba como él mismo nunca pudo hacer.

Más fuerte, más adentro, más fuerte, tomándola de la cintura, poniéndola encima de él, acariciándole la cola, explorando lugares dentro de Vivi que Diego nunca pudo alcanzar. Acabando fuerte, como ahora él estaba acabando, ensuciando su mano con semen.

Estos pensamientos no hicieron más que hundirlo a Diego.

Empezó a rechazar más a Vivi, que a su vez empezaba a enojarse con su novio. Una vez discutieron, y él le gritó que si no le gustaba como era que se buscara otro, que la supiera atender como ella quería.

Y Vivi se empezó a acercar a Marcelo.

Tímidamente al principio, y cada vez más fuertemente.

Salían a tomar algo después del trabajo, todos los días.

Es que ella trataba de demorar la hora de llegar a su casa. Se sentía bien con Marcelo. Como hacía tiempo que no se sentía.

A Diego las llegadas tarde de su novia no lo sorprendieron, más bien le produjeron otro motivo para sus fantasías.

Ya se le había hecho costumbre imaginar a su novia con otro hombre.

Cierta vez le preguntó con cuántos había estado antes que con él, pero ella se negó a responderle.

Tuvo que insistir, hasta que ella, riéndose, le dijo: «¿En serio me estás preguntando?». «Sí, dime», contestó él. Y Vivi le contó.

Le contó de Fernando, el primer novio, cuanto le había dolido la primera vez. De Maxi, un amigo de la universidad, le contó lo grande que la tenía y como le gustaba que se la bese.

Y le contó de Sergio, que se la cojía varias veces por noche.

Y mientras le contaba, exageraba algunas cosas, disfrutando ella también del dolor que le causaba a su novio, al que ni siquiera se le paraba bien.

Ya había pasado un año y medio desde que Diego quedara sin trabajo; poco más de ocho meses de que falleciera su padre, y casi cinco meses desde la última vez que se había acostado con él.

Esa tarde Vivi volvió a ir con Marcelo a tomar algo.

Llovía muy fuerte y se quedaron hasta tarde.

Eran casi las diez de la noche cuando decidieron irse. Como seguía lloviendo, Marcelo se ofreció a llevarla en el auto hasta su casa, y Vivi aceptó.

Mientras Marcelo conducía, ella pensaba. Lo miraba de reojo, y lo que veía le gustaba, definitivamente.

Sus manos fuertes al volante. Su espalda, su mirada.

Hacía tiempo que Marcelo le había dicho que le gustaba. Hacía tiempo que Viviana se había dado cuenta de que a ella también él la atraía.

Exitoso, decidido, caballero, muy gentil con ella y con sus cosas; Marcelo había terminado ocupando un lugar en la mente de Vivi. Vivi apoyó su cabeza en el hombro de él, y así, sin decir palabra, Marcelo la besó en los labios.

Ella respondió al beso, y la sorprendió el tiempo que hacía que no besaba a un hombre. Se besaron un rato y después siguieron viaje.

Diego había bebido y fumado más de lo habitual, y había salido a buscar más hierba. Mientras volvía a su casa siguió fumando, puteando por la lluvia y feliz por haber conseguido marihuana.

Y cuando estaba en la esquina, vio el auto en que volvía Vivi con el compañero. Los vio estacionar.

La vio a ella entrar a la casa, mientras él esperaba afuera.

Ella salió y lo invitó a entrar. Diego sintió que se desvanecía. Se fue a dar otra vuelta, caminó unos veinte minutos y decidió volver. Quería seguir viendo.

Cuando llegó a la casa espió por la ventana del comedor.

No vio a nadie, aunque percibió una tenue luz en su habitación, que le llegaba apenas desde casi el límite de la ventana.

Prendió otro cigarrillo y decidió entrar.

Muy despacio, abrió la puerta de calle. Había unas ropas tiradas en el piso.

Caminó hacia la habitación, temiendo y deseando lo peor.

La puerta del cuarto estaba entreabierta.

Sus sentidos estaban embotados, tenía miedo de ser descubierto. Sin embargo siguió, afinando el oído para percibir cualquier ruido.

Quería ver, pero antes de ver nada escuchó, muy despacito, un gemido.

El corazón le dio un brinco y se acercó, y vio hecho realidad, desde las sombras, lo que tanto había fantaseado.

La habitación estaba en penumbras, solamente la luz del baño iluminaba la escena.

Vivi, su Vivi, se la estaba chupando a Marcelo.

Con mucha suavidad, dejando resbalar sus labios por todo el pene hasta la punta y descansando ahí, en una cabeza morada toda humedecida.

La verga de Marcelo era grande, mucho, le pareció. Las dos manos de Vivi no llegaban a cubrirla a lo largo, y apenas si llegaban a cerrase alrededor del miembro.

Se concentró en mirara aquel hombre que le estaba dando a su mujer lo que él no podía.

Era bastante más alto que Diego, casi quince centímetros, y evidentemente mantenía esa proporción en todo sentido, ya que su verga era, calculó, unos cinco centímetros más larga que la suya.

Marcelo estaba parado, y Vivi, sentada en la cama, con las piernas abiertas y en bombacha.

El le acariciaba la cabeza mientras se dejaba besar. Él le agarró una mano y la llevó a sus testículos.

Ella entendió, y se los acarició. Se los agarró, pero eran grandes y no le cabían en una mano. Se los besó mucho, se los besó un rato que a Diego se le hizo interminable.

Marcelo tenía un muy buen cuerpo, a diferencia de él que estaba gordo y fofo, por el alcohol y la vagancia.

Estaba muy excitado.

Diego pensó que ni siquiera en los buenos tiempos a él se le había parado de esa manera, tan firmemente, apuntando recto para arriba.

Diego empezó a acariciarse por encima del pantalón.

Casi sentía el olor de los cuerpos. Cada tanto un gemido le lastimaba los oídos.

Comenzó a masturbarse, mientras en su propia cama, un hombre mucho mejor que él disfrutaba de su novia.

Marcelo dejó que Vivi lo besara todo el tiempo que ella quiso. Se notaba que necesitaba placer, y él estaba dispuesto a dárselo.

Después la besó en la boca, como si fuera él su marido, con mucho amor, y la recostó.

Sin dejar de besarla le abrió las piernas y la acarició en la vagina, por encima de la bombacha.

Ella tenía sus ojos cerrados y los labios abiertos cuando el bajó, besando sus pechos, su cintura, hasta llegar a su tesoro.

Ella pensó en lo bien que se sentía eso, y lo dejó seguir. Marcelo no la besó mucho ahí, apenas lo suficiente para deslizarle la bombacha.

Después se arrodilló, la tomó de las manos y la hizo sentarse encima de él. Su pene estaba muy grueso, y eso impidió que entrara al primer intento.

Ella gemía, por el placer y por el leve, delicioso dolor que le provocaba esa verga empujando sin poder entrar.

En lugar de lubricarse con saliva, Marcelo insistió. Vivi lo abrazaba y lo besaba, con la cara colorada, y los ojos cerrados.

Se dejó caer hacia ese hombre, y así el pene se introdujo, muy despacio.

Marcelo tenía mucha fuerza, y se movía hacia arriba y hacia abajo, dándole todo a esa mujer deliciosa. La verga entraba y salía, poderosa, de la conchita estrecha.

Diego pudo ver, con total certeza, que no se habían puesto preservativo. Le miró los huevos a Gustavo, y se preguntó lo que su Vivi estaba sintiendo en ese momento.

Supo que ella estaba gozando más que con él. No podía negarlo, de ninguna manera. Marcelo tenía un mejor físico, estaba mejor dotado y trataba a Vivi con mucha suavidad.

No se estaban cogiendo a su novia: le estaban haciendo el amor de una manera que él jamás había podido.

Ahora Marcelo había acostado a su novia hacia atrás y, arrodillado, se la sacaba y se la metía lentamente, pero con mucho vigor.

Viviana ahora jadeaba, y apretaba las sábanas muy fuerte con sus manos. «¿La quieres, no? Pídemelo, y te lo doy, mi amor…», le dijo Marcelo. Vivi sólo jadeaba.

«Pídemelo, por favor pídemelo… «, mientras se movía muy fuerte. Los músculos del hombre se hinchaban, se movía cada vez más rápido, penetrando con esa verga la cochita de Vivi.

«Pídelo, pídelo y te lo voy a dar», le decía mientras le besaba los lóbulos de las orejas».

«Ahhhhhh, ahhhhhh, uuhhhhhhh, síhhhhh… sihhhh, por fa…… síííí, qué hombre que eres, Marce, qué hermoso hombre que eres, por Dios, damelaaaaaahhhhhhh».

Cuando Marcelo acabó, empujó muy fuerte hacia adentro, y la cara de Vivi se desencajó.

Abrió la boca muy grande, recibiendo la lengua de su hombre y dejando que le acaben adentro, muy adentro.

Los dos estaban transpirados, exhaustos, y se dejaron caer uno al lado del otro. Así se quedaron dormidos.

Iban a hacer el amor dos veces más esa noche, y una más por la mañana, cuando despertaran y vieran que Diego no había regresado todavía.

Diego vio todo esto.

Supo que él lo había provocado, que no había otra persona que fuera más responsable que él mismo por lo que había pasado.

Y supo que su lugar no era en esa casa, al menos por esa noche.

Esta historia es real, yo ocupé el lugar de Marcelo, aunque ese no es mi verdadero nombre.

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