Doble infidelidad

Todo ocurrió en una calurosa tarde del mes de agosto de 2002. Mi marido y yo estábamos de vacaciones en Cádiz.

Habíamos alquilado un apartamento en el paseo marítimo, muy cerca del estadio Ramón de Carranza.

Nuestro plan de vida era semejante al de cualquier matrimonio sin hijos que disfrutaba de unas merecidas vacaciones: levantarse hacia las diez de la mañana, desayunar en la terraza del apartamento, ducharnos, ponernos los bañadores y bajar a la playa.

Hacia las dos de la tarde comíamos en algún restaurante cercano al paseo marítimo, tras lo cual regresábamos a la playa, en la que permanecíamos hasta las cinco; luego nos íbamos al apartamento, nos duchábamos para quitar el salitre de nuestra piel y dormíamos un par de horas de siesta, la cual por descontado, incluía hacer el amor; hacia las ocho de la tarde nos arreglábamos y salíamos a cenar y a tomar unas copas hasta no mas tarde de las dos de la madrugada, hora en la que regresábamos al apartamento para dormir.

Aquel día, después de comer, mi marido no se encontraba muy bien, por lo que decidimos no ir a la playa por la tarde. Nos fuimos al apartamento y mi marido se acostó.

Como no era nada grave, yo decidí ir a visitar un centro comercial mientras mi marido se reponía.

Tomé una ducha rápida y, como hacía mucho calor a esas horas centrales del día me puse un bikini seco y un pareo atado a la cintura.

Baje hasta el garaje, cogí el coche y me puse en marcha en dirección al citado centro comercial, el cual se encuentra a las afueras de la ciudad.

Al abandonar el casco urbano e ingresar en una vía de circunvalación me encontré a dos chicos jóvenes, de unos dieciocho o veinte años, que hacían auto-stop en el mismo sentido de mi marcha.

No tenían mala pinta y el calor era asfixiante, así que decidí parar y llevarles.

Uno de ellos se sentó detrás y el otro se acomodó en el asiento de mi lado. Los dos iban en bañador y se dirigían a unas calas no muy lejanas de allí.

A los pocos minutos, en mitad de la típica charla informal de presentación, el que iba detrás comenzó a bromear sobre lo atrevida que había sido al montar en mi coche a dos desconocidos cuyas intenciones ignoraba.

Yo les dije que lo había hecho por dos razones.

La primera porque eran muy jovencitos y me daba pena verles en el arcén bajo el calor sofocante de aquella tarde.

La segunda porque no tenían aspecto de pretender violar a nadie.

Los tres no reímos jocosamente con mis pobres razones, pero aquel segundo argumento, que dije casi sin pensarlo, hizo que un cierto miedo invadiera mi ser.

Luego el chico que viajaba en el asiento de mi lado me preguntó que donde demonios iba a esas horas con el calor que hacía.

Yo les conté mis intenciones de visitar el centro comercial, y también que estaba de vacaciones con mi marido, el cual se había sentido indispuesto aquel día.

Para seguir con el tono de broma añadí que esas cosas pasan cuando ya has cumplido los cuarenta años.

Entonces uno de los muchachos lanzó un halago diciendo que para mi edad estaba estupenda. Yo agradecí el comentario.

A pocos kilómetros de las calas donde tenía intención de dejar a mis pasajeros, el joven que iba a mi lado posó suavemente una de sus manos sobre mi muslo derecho y comenzó a acariciarlo.

Sin darme tiempo a reaccionar, ya que iba conduciendo, introdujo hábilmente sus dedos por debajo de la braguita del bikini y empezó a jugar con mi sexo.

Yo no quise hacer ningún movimiento brusco para no tener un accidente, lo que el chaval interpretó como que me iba la marcha.

Entonces se abrió camino entre mis labios vaginales y me metió un dedo en el coño.

En ese mismo momento, su amigo que iba detrás, abrazándose literalmente a mi asiento me metió las dos manos por debajo del sujetador del bikini y empezó a masajearme las tetas.

En un principio mi intención era parar suavemente en el arcén y aclararles que no quería que hicieran eso, pero increíblemente me excité como una perra en celo y les dejé continuar a sus anchas sin oponer la más mínima resistencia.

Habíamos llegado a las calas, por lo que salí de la autovía y recorrí unos metros hasta detener el coche en un lugar solitario.

En cuanto que paré el motor el muchacho de mi lado, sin sacarme el dedo de mi sexo, se giró hacia mí y me beso en la boca metiéndome la lengua hasta la campanilla.

Su amigo para entonces se había librado del sujetador del bikini y me magreaba las tetas pellizcando de vez en cuando mis abultados pezones.

Entonces mi excitación fue tal que introduje mi mano derecha por debajo del bañador del chico que me estaba besando y comencé a masturbarle el pene.

A los pocos segundos pude apreciar que aquel chico estaba muy bien armado.

El de atrás comenzó a abatir mi asiento hasta que quedé literalmente tumbada. Entonces el chico que iba a mi lado se quitó el bañador, se arrodilló en el hueco de los pedales, me apartó la braga del bikini y me penetró hasta el fondo.

Su amigo, desde atrás, se quitó el bañador y colocó su nada despreciable rabo a la altura de mis labios, por lo que no me quedó mas remedio que metérmelo en la boca y chupárselo, mientras el otro me follaba.

De repente me sobrevino un tremendo orgasmo que hizo que mis piernas temblaran y mi coño se abriera de placer. En ese mismo instante el rabo que tenía en la boca comenzó a expulsar leche como loco.

Nunca en mi vida había visto, o mejor dicho degustado, una corrida tan abundante y espesa.

Salía tanta cantidad que para evitar ahogarme me lo tuve que tragar todo.

Luego comencé a notar una sensación extraña en mis piernas, pero comprobé que aquel cosquilleo húmedo era ni mas ni menos el semen del otro muchacho que, tras rebosar en mi coño, discurría por mis muslos hacia el asiento.

Luego, mientras ambos se recuperaban de sendas corridas estuvieron lamiéndome el coño, las tetas y la boca, por turnos, hasta hacerme alcanzar tres inolvidables orgasmos.

Una vez recuperados me hicieron el “sándwich”, es decir, uno me follaba el coño y el otro el ano, al mismo tiempo. No podía creer que existiera tanto placer.

Me emborracharon de sexo hasta tal punto que me deje hacer todo lo que quisieron.

Finalmente ambos se corrieron en mi boca, por turnos, para aliviar mi sed. Aquel día tragué más lefa que en toda mi vida matrimonial.

Luego se bajaron del coche, me despidieron con dos besos en la boca y yo proseguí mi camino.

Por descontado que me olvidé del centro comercial y regresé directamente al apartamento.

Mi marido ya se encontraba mejor, por lo que hicimos el amor.

Y reconozco que mientras lo hacíamos, cerré los ojos e imaginé aquellas dos enormes y musculosas pollas follándome por todas partes y terminando en mi boca.

Fue una experiencia inigualable.