Cómo gozar de la hermana de su esposa

Cómo gozar de la hermana de su esposa

Luis llegó a casa tarde, por lo que esperaba una bronca de su mujer, Laura.

De nuevo volvería a escuchar las quejas de que no le hacía caso y no la quería como antes.

La verdad es que estaba muy ocupado con los viajes, pero él era comercial, no podía hacer nada.

Además la quería mucho.

Que tuviera muchos rollos no quería decir lo contrario.

Él no tenía la culpa de resultar tan atractivo para las mujeres.

A sus 35 años estaba en el mejor momento de su vida: sin problemas económicos, estabilidad matrimonial, se sabía deseado gracias a su piel morena y sus rasgos varoniles.

Buena estatura, buen estado físico, envidiable soltura para conversar y enredar a cualquier mujer.

Sólo se trataba de satisfacer sus necesidades, no había nada emocional en sus aventuras.

De hecho, estaba muy contento con Laura, de 32 años, brillante directora de una sucursal bancaria, guapa, morena, de pelo rizado, largo, un buen cuerpo, cuidado, trabajado…

Le faltaba quizá un poco de atrevimiento: enseñar más cuando salía, mostrarse más para ser deseada por otros.

Pero ella era bastante recatada, la educación recibida no daba para más. Suficiente había hecho con convencerla para practicar sexo oral o posturas atrevidas.

Las luces de casa estaban apagadas, salvo el cuarto de baños.

Oyó ruidos. Por un momento se le pasó la imagen de su mujer poniéndole los cuernos. Era absurdo, pero entró sigilosamente.

Lo que vio no se lo esperaba, pero no hizo sino calentar sus ánimos: Laura estaba bañándose con su hermana Sofía.

En su imaginación se cruzaron miles de imágenes lésbicas y soñó con formar un trío de ensueño.

Fue sólo un instante, sabía que las hermanas se negarían en rotundo.

No cabía ni plantearlo. Se fijó en Sofía.

Hacía bastante que no la veía, lo menos cinco años.

Estaba estudiando en Inglaterra y cuando ella visitaba a su hermana, él estaba fuera.

Ahora tenía 25 años y no parecía la misma: tenía el pelo corto y estaba muy morena; seguía con su inocente cara de niña, pero ahora con un punto de malicia que era muy excitante.

Apenas veía los hombros de Sofía, los pechos se adivinaban, pero su brazo estaba estratégicamente situado para que sólo una manchita rosada de una elevada mama se pudiera ver. Se acercó más y vio el agua cubierta de espuma. Laura le vio:

¿Qué haces? ¿No ves que nos estamos bañando?

Hola -le dijo a ambas como si nada-, no sabía que estabas aquí, encantado.

Sofía bajó la mirada y advirtió que estaba excitado y le respondió con una sonrisa pícara, parecía decir que ya veía que estaba encantado de verla.

Luis salió del cuarto de baño y se desvistió. Tenía unas enormes ganas de masturbarme pensando en Sofía.

Quería tirársela como fuera, pero sería complicado. Salieron ambas con las toallas enroscadas a su cuerpo, con el pelo mojado y la piel brillante. Sofía es más alta que Laura, por lo que la toalla no llegaba ni a sus rodillas. ¡Vaya piernas las de la hermanita pequeña!.

Y se intuía un busto impresionante, mayor que el de Laura, que ya es considerable. Laura le comentó a Luis que pasaría unos días en casa; había terminado los exámenes y echaba de menos España.

Me parece genial. Un beso, por cierto, hay que ser educados, dijo Luis.

Los húmedos labios de Sofía se posaron en su mejilla; a su vez, los suyos comprobaron que la piel de Sofía era muy suave. No pudo evitar mirar abajo del cuello. Los pechos estaban sellados por esa toalla, apenas una elevación demasiado bien tapada.

Bueno, me voy a la cama que estoy muy cansada y a lo mejor queréis pasar un buen rato solos.

Y les guiñó el ojo y se fue. Tan pronto hizo esto, Luis se fue a por Laura y la besó y la quitó su toalla. Acarició sus pezones marrones, pequeños y puntiagudos y los besó. Le apretó las tetas y bajó hasta su coño y olió su pelambrera, lamiéndole su rajita.

¡Luis! ¿Qué haces? Sofía nos puede oír.

Quería que Sofía les oyera. No la hizo caso y coniguió que gimiera. Si lo conseguía, era suya, se entregaba a él totalmente.

Hacía más de una semana que no lo hacían. Le quitó el pijama y le acarició la verga, que estaba bastante dura.

Follaron con muchas ansias. Podría haber sido consecuencia de la larga abstinencia, pero en Luis el ansia se debía a que pensaba en Sofía mientras se corría dentro de Laura.

Luis pensó cómo llevar a cabo sus deseos. No era fácil, nunca se había llevado demasiado bien con Sofía y las dos hermanas se querían muchísimo.

Ni encuentros casuales, ni situaciones comprometidas, ni que ella le pillara masturbándose, ni viendo pelis porno conseguía que Sofía se mostrara abierta con él.

Bien es cierto que sólo habían transcurrido dos días, pero era suficiente para volverse loco con ella, con sus pantalones ajustados a su tremendo culo, con sus curvas y con esos pechos que ni con jerséis conseguían pasar disimulados, por no decir cuando se quedaba en camiseta, con esos pezones resaltándose debajo de la tela que le hacían empalmarse enseguida.

Cuando ya iba a desistir de sus deseos, un día llegó del trabajo antes que de costumbre y oyó ruidos en su habitación: con sorpresa, vio a Sofía que estaba revolcándose con un chico. No le oyeron entrar ni le vieron de lo metidos que estaban en su faena.

Luis estaba excitado y furioso de no ser él el afortunado que se la tiraba. Además el tipo estaba encima de ella y sólo podía verle el culo a él, entregado al mete saca, y oír cómo gritaba como una posesa Sofía.

No me lo esperaba de ella, la creía tan recatada como a su hermana, pero la estancia en el extranjero la habrían cambiado.

Supuse que habría conocido a aquel chico ayer por la noche, ya que salió con su pandilla de entonces.

Me escondí y esperé a que el chico se fuera. Cuando lo hice, me senté en el sillón del comedor. Sofía salía de la ducha con su maldita toalla enrollada sobre ella. Intentó disimular:

¿Cuánto tiempo llevas aquí, Luis?

El suficiente como para no creerme lo que he visto…

Ella no respondió y se ruborizó.

¿Así es como pasas el tiempo cuando nosotros trabajamos? Y por si fuera poco, te lo montas en nuestra cama, sin ningún respeto. A mí no me importa lo que hagas con tu vida y a quién te tires y a quién no, pero tu hermana se va a llevar un gran chasco cuando se entere de cómo eres.

¿Le vas a contar lo que has visto?

Puso una cara de pena que enterneció a Luis y perdió la oportunidad de chantajearla. Le dijo que no diría nada.

Ella le dijo que no era así, pero que había quedado con ese chico y había acabado enrollándose con él sin saber cómo.

Luis no la creyó, claro, pero se calló. Cuando llegó Laura, ninguno comentó nada. Luis se estaba guardando una carta, aunque bien podría no llegar nunca su oportunidad para utilizarla. Ahora Sofía era más amable con él y se la notaba agradecida. Pero no hasta el punto que deseaba Luis.

Fue de nuevo ese chico quien volvió a propiciar otro acercamiento: se estaba desesperando ante la falta de respuesta de Sofía y no dejaba de llamar a casa, por lo que Sofía estaba muy nerviosa y no sabía qué hacer para quitárselo de encima sin que Laura se enterara.

Luis la propuso algo: él se pasaría por su novio que supuestamente tenía en el extranjero para viajar juntos a Inglaterra. Se harían ver en el local donde sus amigos y el chico estarían y así le espantaría.

A Sofía le pareció muy buena idea. Además ese día la que no estaría sería Laura, que tenía una cena con la gente del trabajo.

Sofía se vistió de forma impresionante: una falda estrecha por encima de las rodillas con una abertura muy sugerente, medias negras, y una camiseta de tirantes blanca ajustada que le marcaba el sostén de modo casi exagerado. Además su maquillaje era muy agresivo.

Luis también estaba muy elegante con su conjunto de chaqueta y camisa azul marino. Llegaron al local en el coche de Luis y lo dejaron en el aparcamiento.

Sofía le presentó como su novio Iván. Se cogían de la mano y a veces se besaban, un pico rápido, Sofía no era muy natural.

El chico, que se llamaba Mario, también se enteró y no dijo nada. Si le decía algo de ella a Luis ya le pondría en su sitio. Bebieron, hablaron, inventaron anécdotas sobre ellos y al final bailaron.

Luis le dijo a Sofía que si él fuera el chico no se creería que ellos fueran novios. Sofía le dijo que estaba muy cortada con él y Luis le dijo que pensara que él era su novio, que le tratara como tal.

Tomó ella entonces un trago largo y se le agarró al cuello, apretándose a él. Luis la besó en la boca. Sofía se echó un poco para atrás. Venga, boba, que se tiene que creer que estamos juntos.

Entonces ella le devolvió el beso. Luis aprovechó para abrir la boca y recibir ese beso con la lengua.

Bajó la mano de la cadera al culo y no dejó que se apartara.

Cógeme el culo tú también, le dijo al oído antes de besarle la oreja. Ella lo hizo. Los morreos iban subiendo de tono y los tocamientos también: Luis aprovechó para tocarle los pechos a Sofía por encima de la tela.

Todo esto sin dejar de bailar sugerentemente. Mario está rabioso, dijo ella sonriendo, aunque su sonrisa se borró cuando sin querer bajó el brazo y topó con el paquete de Luis, que estaba duro como una piedra.

Perdóname, Sofía, uno no es de piedra, le dijo él, consiguiendo que Sofía se relajara. Tranquilo, no me extraña, estoy muy buena, dijo bromeando. Vamos a decirles que nos vamos. Viéndonos tan calientes se imaginarán qué queremos hacer, dijo Luis.

Así lo hicieron y las bromas típicas de los amigos de «a ver qué hacéis», etc., fueron suficientes.

Cuando salieron del local no se separaron. «Por si Mario mira», pretextó Luis. Al entrar en el coche, Luis vio a alguien fuera y se le ocurrió una cosa:

Bésame, Sofía, que Mario está ahí y si no nos ve enrollándonos todo lo de antes no habrá valido de nada. ¡No! No mires, que está detrás de ti.

Sofía se acercó a Luis y le besó como antes le había besado en la pista. Luis respondió agarrándola de la espalda.

Las lenguas entrechocaban haciendo un ruido enorme, se oían las respiraciones profundas y Sofía estaba con los ojos cerrados. Había que ir más lejos:

– Súbete encima de mí.

– ¿Qué dices? ¿Estás loco?

– Desde aquí no va a ver que no nos quitamos la ropa, pero va a pensar que nos lo estamos montando. ¡Espera, no te subas todavía! Remángate la falda y bájame los pantalones.

Ella lo hizo y le enseñó a Luis su braguita blanca. Después le desabrochó el pantalón y se lo dejó en los tobillos. El slip de Luis estaba a punto de explotar.

– Venga, no te cortes porque esté empalmado. Cabálgame y finge estar disfrutando de la penetración. De vez en cuando me besas.

Sofía se subió encima de Luis y empezó a moverse arriba y abajo, frotando sus bragas con el calzoncillo de Luis, que estaba en la gloria.

Encima Sofía cerraba los ojos y parecía que estaba siendo follada de verdad. Cuando arqueaba la espalda para besarle, Luis la recibía con la lengua empapada de saliva. Luis se decidió a quitarle la camiseta a Sofía. Si protestaba, la excusa era clara: para dar realismo.

Pero ella no impidió que le quitara la prenda, al contrario. Cuando vio que las manos de Luis se hacían por debajo de su camiseta, levantó los brazos hasta el techo.

Luis tiró a la parte de atrás el top y le besó la parte de las tetas que tenía libres del sujetador de encaje, que impedía a esas bolas bambolearse. Le bajó el tirante izquierdo y luego el derecho.

Ahora la parte de arriba del pecho se movía algo más. Buscó por detrás y dio con el botón del sujetador, que cayó, dejando por fin a la vista de Luis esas majestuosas maravillas, que cayeron un poco hacia abajo y estuvieron vibrando.

Los pezones eran más grandes que los de su mujer.

Y rosados y duros. Los acarició y luego fue apretando. No eran tan duros como los de Laura, pero no le cabían en la mano. Se los llevó a la boca y Sofía gimió.

Mientras, el calzoncillo con los roces le había presionado la verga de Luis y la tenía descapullada, además de habérsele salido de la tela, por lo cual su empapado glande estaba golpeando la braga directamente. ¡Qué par de tetas tienes, jodía!, no pudo evitar exclamar. Sofía no dijo nada, no abría los ojos. «Ya está», se dijo para él Luis. Ponte en el asiento de atrás, Sofía. Cuando lo estaba haciendo, y en la postura del perrito, vio que la braga estaba mojada y se excitó aún más, agarrándola de la cadera y bajándola las bragas hasta las rodillas.

-¿Qué haces, Luis?

-Ssh… Calla.

Él se quitó el slip y le besó la vagina y le metió la lengua por el ano. Los flujos chorreaban y Luis los fue sorbiendo. Después, le metió un dedo en el coño y luego otro. No encontró ninguna dificultad, sus paredes eran anchas, la muy zorra. Estaba depilada salvo por un hilo de pelo.

Al mismo tiempo, le masajeaba los pechos y le hacía sentir su pene. Al fin se decició a metérselo en la vagina. Entró hasta el fondo sin problemas. Aaah, gimieron ambos. Luis bombeó sobre ella, sin soltarle los pechos.

Toma, toma y toma, decía. Y ella pedía más y más. ¿Quieres más? Sí, sí. Pues toma más. ¿Te gusta mi polla? Me encanta, cabrón, fóllame más, así, aah, qué pedazo de palo tienes. ¿Es la mejor polla que has provado, zorra?. Sí, sí, sí, la mejor, la más gorda. Cuando me corra en ti te vas a comer toda mi leche, zorra. ¿Quieres limpiarme la polla? Estoy deseando comérmela, hijoputa.

No le quedaba mucho por correrse y Sofía se dio cuenta: no te corras dentro, que no me he tomado la pastilla.

Yo quiero acabar dentro de ti. No, Luis, no.

Está bien, date la vuelta, me voy a hacer una cubana con tus tetas.

Sofía se dio la vuelta y se tumbó y Luis se echó sobre ella, metiendo su pene a punto de estallar en el estrecho canal de sus tetas.

Comenzó a follarse sus tetas con fuerza. Sofía, cuando salía la verga de Luis por sus tetas, le chupaba o mordía el capullo.

Voy, voy, voy. Venga, córrete en mis tetas, córrete.

Los chorros del semen de Luis se dispararon hasta su cara. Sofía trataba de saborearlo.

Se levantó y le empezó a hacer una mamada descomunal. ¡Qué bien me la chupas, condenada puta!

Su polla no se resistió a los chupetones de Sofía y volvió a ponerse dura, lo cual sorprendió mucho a Sofía.

Mientras se la chupaba, Luis le metía los dedos por el coño.

Quiero follarte otra vez, Sofía, estás muy buena. Se salió de su boca y la volvió a penetrar. Hasta el fondo y de un golpe.

Aaaaaaah!, hijoputa, qué daño. Calla, zorra y toma. Arreón. Toma. Otro arreón. Toma. Y toma. Y toma. Y ella, ah, ah, sí, sigue, sigue, dame más, más.

De nuevo iba a correrse, así que le dijo que se la chupara.

Ella obedeció.

Sus múltiples orgasmos la hacían una mujer complaciente.

Y no sólo chupó, sino que se tragó su semen.

Se vistieron y comentaron que lo que había pasado era un accidente.

El sudor y el olor a semen y a flujos vaginales hacía difícil la conversación.

Hubieran deseado seguir follando toda la noche, pero el calentón de Sofía se había pasado.

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