Slayers III

Después de desayunar, Reena y Gaudi abandonaron la ciudad de Retalión. 

Gaudi se mostró contrariado por no poder dedicar siquiera de medio día para conocer la urbe, pero Reena se mostró inflexible en su determinación de abandonar la ciudad.

Gaudi no sabía que mosca habría picado a su compañera, pero durante aquella jornada de viaje hacía Taravos, un conocido puerto del continente, notable centro de comercio, Reena se mostró hosca, callada y distante, lo cual le extraño. 

Normalmente, cuando Reena se enfadaba, daba inmediatamente rienda suelta a su enfado, vociferando y despotricando contra quién la hubiera enfadado, nunca se sumía en un estado tan pasivo.

El guerrero tenía la impresión de que Reena se sentía ultrajada, como si hubiese sido insultada en su amor propio, pero no alcanzaba a comprender ni él porque ni por qué la hechicera lo pagaba con él.

«Bueno» se dijo «Sea lo que sea, tarde o temprano se le pasará. Cuando pueda lanzar diez o doce Bolas de Fuego contra un grupo de bandidos, se relajará. ¡Pobres de aquellos incautos que se crucen en su camino!» suspiró al pensar en el petulante noble al que Reena había vuelto a chamuscar nadie sabía porque cuando toda la posada en la cual se habían hospedado despertó a causa de un brutal rugido de origen desconocido.

«Digo yo… ¿Aquel rugido tendrá algo que ver con el malhumor de Reena?» No tardó en desechar la cuestión encogiéndose de hombros. «Tanto da. A fin de cuentas, el día en que pueda entender a Reena, las ranas peinarán canas. Solo espero que los bandidos nos ataquen pronto para que Reena se desahogue de una vez y podamos seguir el viaje como si no hubiera pasado nada» pensó con un nuevo suspiro, deseando oír lo más pronto posible la alegre y contagiosa risa de su compañera.

Por delante de Gaudi, Reena abría la caminata, también sumida en sus pensamientos. Todo lo que había sucedido la noche anterior había alterado la tranquilidad de su viaje por el Mundo Exterior, sumiéndola en un caos de sentimientos. No podía olvidar que aquella noche, en la que por primera vez en su vida, había saboreado los placeres del amor y de la sexualidad con Calis, la sacerdotisa de La Dulce Señora. Había sido una experiencia que quedaría gravada para siempre en su mente, pues sentía que lo ocurrido con la hermosa sacerdotisa había cambiado para siempre parte de sus percepciones y visiones sobre sí misma. Tampoco olvidaría la visión qué había tenido de los sueños de Gaudi, en los cuales ella misma y Gaudi hacían apasionadamente el amor. Aquella visión le demostró a si misma cuales eran sus sentimientos hacía Gaudi. Pero lo que nunca podría olvidar, lo que le hacía sentirse de tan mal humor, era que tras despertar del sueño, Gaudi confundiera a la mujer de su sueño, Reena, con Calis. Reena se sentía de algún modo burlada. Cuando se identificó a sí misma como la mujer que Gaudi amaba en su sueño, se sintió increíblemente feliz al saberse amada por aquel al que ella amaba.

Para empeorar las cosas, la hechicera no se atrevía a encarar a Gaudi por aquella situación; primero porque habían espiado la intimidad de sus sueños a escondidas, y también porque tenía miedo a que Gaudi se burlará de ella. Deteniéndose para no distanciarse demasiado de Gaudi, Reena intentó no por primera ni última vez mientras lo esperaba, olvidar aquellos pensamientos, y golpeando con fuerza una piedra con el pie en la dirección en que venía Gaudi, se volvió y continuó la marcha.

– ¡Espabila, Gaudi, que no tenemos todo el día! -dijo al guerrero sin darse nuevamente la vuelta. Gaudi, suspirando, continuó la marcha.

Golpeada por Reena, la piedra pasó al lado de Gaudi sin ocasionarle ningún percance y perdiéndose tras unos matorrales, donde se oyó un golpe seco.

– Maldita seas, bruja endemoniada -musitó intentado no gritar de dolor Adolphonse De Oldberza y Xupa. El malherido noble se palmó el chichón que rápidamente se formaba en mitad de su frente por la pedrada perdida de Reena, mientras sus hombres lo observaban con una mezcla de asombro y lastima ante su mala fortuna.

Tanto el noble, como la docena de hombres a su servicio que lo acompañaban habían abandonado Retalión siguiendo discretamente a Reena y Gaudi. Adolphonse De Olberza y Xupa era en exceso arrogante y pretencioso, y en contra del sentido común, que dictaría a cualquier persona juiciosa dejar marchar a Reena con la esperanza de no volver a verla en su vida, había decidido que no descansaría hasta hacer pagar a Reena sus afrentas en la posada la noche anterior. Tras recuperarse como pudo de los ataques mágicos de Reena, envió recado a sus hombres, que se alojaban en otro establecimiento para que estuvieran prestos a seguir discretamente a la pareja de aventureros. Sabiendo que sus hombres probablemente no eran rivales para la poderosa magia mostrada por Reena, el tenaz noble estaba dispuesto a seguirla hasta que se presentase una ocasión propicia de atacarla y capturarla en un rápido ataque por sorpresa. Mientras, esperaba pacientemente el momento oportuno.

– Ya verás, maldita sucia cochina, ya verás el castigo de quienes son superiores a ti, bruja -murmuró relamiéndose los labios al pensar en el momento en que la tuviera indefensa entre sus manos.

Sumidos en sus pensamientos, ni Reena y Gaudi percibieron nada anormal durante el resto del día. Finalmente, al atardecer, decidieron establecer el campamento en un frondoso y refugiado bosquecillo por el cual discurría un caudaloso riachuelo. Aprovechando esta circunstancia, y para estar sola un rato más antes de cenar, Reena decidió tomarse un baño mientras Gaudi preparaba el campamento para dormir y limpiaba su equipo.

«Esto no puede continuar así» pensó Reena mientras se lavaba desnuda el cabello dentro del riachuelo. «Hoy no nos hemos dirigido la palabra el uno al otro en todo el día salvo para decir que apures o que me esperes, y todo por la visión de ese sueño. Creo que lo mejor será que intente olvidarlo, que sigamos como si nada hubiese pasado.» Sin embargo, Reena se veía incapaz de olvidarlo, porque aquello era la naturaleza de sus sentimientos, unos sentimientos muy profundos por Gaudi. «Da igual. No podemos seguir así. Al menos he de intentarlo o si no… 2 Reena no se atrevió a calibrar las consecuencias de la negativa, y con un brusco movimiento, se levantó y salió del riachuelo a la oscuridad de la naciente noche. «De todos, si consigo que vuelva la normalidad, quizá, hablando con Gaudi, encuentre un modo de afrontar el tema» pensó esperanzada.

Absorta en sus pensamientos y debido a la oscuridad, no reparo en nada extraño cuando se acercó a los arbustos donde había dejado su ropa. Alrededor de ellos, ocultos entre la hierba alta estaban Adolphonse De Olberza y dos de sus hombres, que reptando, se habían acercado a la espera del momento adecuado para saltar sobre Reena. La sonrisa que cruzaba su cara, debido al perfecto desenvolvimiento de su plan de ataque y a la lujuria de ver el desnudo cuerpo de Reena en el riachuelo, se borró cuando la hechicera pisó inadvertidamente con inmejorable puntería su entrepierna.

– Curioso -comentó en voz alta Reena-, creía que este terreno era más firme.

Sin advertir nada, Reena empezó a secar su húmedo cuerpo con una toalla, mientras seguía pisoteando el cuerpo de Adolphonse De Olberza: ahora la nariz, la barriga, otra vez la entrepierna, el cuello… El rostro del desdichado noble amenazaba con desfigurarse debido a las muecas que en su dolor, hacía para no gritar. Desgraciadamente, cuando abrió la boca en un silencioso grito de dolor, Reena introdujo en ella su pie.

– ¡Eh! ¿Pero qué demonios…? -exclamó Reena sorprendida.

No pudo terminar la pregunta, pues inmediatamente, los dos hombres de Adolphonse se levantaron raudos para atacar a Reena al comprender que era entonces o nunca. Emergieron con las armas desenfundadas a muy escasa distancia de Reena y se lanzaron sobre esta. Sorprendida y sin comprender aún muy bien que pasaba, reaccionó a tiempo. Comprendiendo que no podía invocar ningún hechizo efectivo para defenderse en aquella situación, no le quedó más remedio que recurrir a la fuerza. Cuando el primero de sus agresores iba a caer sobre ella, Reena le clavo de una certera patada el pie entre los dientes. Sin pausa se volvió hacia el segundo agresor mientras intentaba cubrir su desnudo cuerpo con la toalla. El atacante intentó golpearla con una maza en la cabeza con un golpe en sentido horizontal, pero Reena se agachó a tiempo y en esa postura golpeó con un fiero uppercut la entrepierna del soldado.

– ¡Gaudi! -gritó hacía el campamento-. ¡Ayúdame, me están atacando!

En el campamento, Gaudi estaba entretenido preparando la comida para la cena cuando oyó la llamada de Reena.

– ¡Reena! ¿Qué sucede? -gritó alarmado. Sin esperar respuesta se lanzó sobre su espada y corrió en dirección al riachuelo, pero apenas avanzó cinco metros cuando se encontró con cinco figuras entre los árboles que entorpecían su avance.

– ¡Ríndete, muchacho, estas rodeado y no puedes vencer! -dijo uno de los hombres de Adolphonse.

Por toda respuesta, Gaudi cargó rápidamente contra los intrusos. En menos de otros cinco segundos, los cinco hombres estaban fuera de combate y Gaudi reanudaba su camino hacia donde le había llamado Reena, alarmado al constatar que no se oía ruido alguno de pelea. Conociendo como él conocía a Reena, eso podía ser muy mala señal.

Cuando llegó al lugar, se detuvo de golpe. Reena, vestida únicamente por una toalla, estaba firmemente sujeta por un hombre con ropas aristocráticas y que mantenía un cuchillo sobre el cuello de Reena. Su rostro le sonaba a Gaudi de algo. Alrededor de ellos había otros cinco espadachines con las armas prestas, si bien uno de ellos contaba en una mano los dientes caídos de su boca y otro llevaba una mano a su entrepierna. Los restantes dos hombres de la tropa de Adolphonse habían sido situados en las inmediaciones del camino que habían seguido la joven pareja para prevenir posibles intromisiones.

– ¡Reena! -exclamó Gaudi-. ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes son estos bandidos?

– ¡No te entrometas en esto o lo lamentarás! -amenazó Adolphonse a Gaudi-. ¡Esto es un asunto personal entre yo y esta bruja!

– ¡Ja! ¡Querrás decir que es un asunto entre vosotros y yo! ¡Habéis atacado a mi amiga en la privacidad de su baño y la amenazáis con armas! ¡Soltadla inmediatamente!

– ¡Jamás! ¡Esta perra y yo tenemos asuntos pendientes!

– Reena, ¿de qué habla este loco? ¿Lo conoces? ¡Yo no recuerdo haberlo visto en mi vida, aunque su cara me suena!

Reena no respondió. Permaneció en silencio, intentando cubrirse con la exigua toalla y asustada por el filo del arma en su cuello. Aquello desconcertó a Gaudi. A lo largo de sus viajes, Reena había estado en situaciones semejantes o incluso más desesperada con la mirada firme y desafiante sin miedo, pero esta vez temblaba en manos de su agresor. Esto era debido en buena medida al hecho de estar casi desnuda. Cuando intentaba huir de allí para vestirse de cualquier manera y poder enfrentarse a sus agresores sin preocuparse de cubrir su desnudez, Adolphonse la derribó al sujetarla por los pies. Al ser sorprendida y capturada desnuda por aquellos hombres, Reena se sentía fuertemente cohibida e insegura, y la figura de Adolphonse detrás suya con un arma en las manos susurrándole con saña y maldad las torturas a las que la pensaba someter hacían mella en la habitualmente valiente y confiada hechicera.

«¡Gaudi, ayúdame, por favor! ¡Ayúdame!» suplicaba en silencio Reena, incapaz de hablar.

Gaudi, por su parte también estaba asustado. No por Adolphonse ni sus hombres armados; estaba seguro de que podría derrotarlos incluso con las manos desnudas, visto la poca oposición que le habían presentado los cinco esbirros del campamento. Lo que le asustaba era la actitud de Reena, tan asustada, indefensa y sumisa. A lo largo de sus aventuras con ella, Gaudi nunca la había visto en semejante estado, y no estaba preparada para la idea de que unos canallas de tan poca monta pudieran no solo capturarla, sino incluso matarla cuando intentara liberarla, tal era su estado de indefensión.

«Reena, ¿pero qué te sucede? ¡Despierta, tienes que luchar! ¡Estas aún peor que Fibia cuando fue capturada y juzgada en aquella ciudad de chalados por ser un dragón!» pensó Gaudi, desesperado, recordando una peripecia de su viaje con Fibia hacía el Templo del Dios Dragón de Fuego. «¡Incluso Fibia mostró más coraje que tú ahora!» recriminó en silencio a Reena, al rememorar como Fibia se liberó de sus ataduras y adoptó su forma de dragón cuando Theros empezó a burlarse de ella cuando estaba prisionera.

– ¡Eh! ¡Eso es! ¿Por qué no lo intento? -exclamó Gaudi cuando una idea cruzó su mente, sorprendiendo a los asaltantes. Dirigiéndose a Reena, habló-. Bueno, tampoco importa mucho quienes sean estos hombres, supongo que querrán darte tu merecido por tu mezquindad y crueldad.

– ¿En serio? -preguntó uno de los hombres de Adolphonse. Reena, por su parte, levantó la mirada como si reparará entonces la presencia de Gaudi.

– La verdad, debería dejarles hacer su trabajo -prosiguió Gaudi, quien hizo una larga pausa para improvisar su arenga a Reena-. Has hecho tantas mezquindades y cometido tantos atropellos a lo largo del mundo desde que somos compañeros, que comprendo sus motivaciones. Para ellos no eres más que una siniestra bruja sádica que seguramente conserva su juventud gracias a los baños en sangre de jóvenes vírgenes.

– ¡»Dios» mío! ¿Lo «dije» en «serio», amigo? -preguntó el hombre al cual Reena había desdentado.

– ¡Increíble! -exclamó Adolphonse-. ¡Esta perra es aún peor de lo que yo creía!

– ¡Tiene razón! -exclamó con una voz súbitamente aflautada y aguda el otro hombre al que Reena había agredido-. ¡Una autentica jovencita con esa cara no golpearía a ningún hombre en ciertas partes!

Reena, por su parte, no podía dar crédito a lo que Gaudi decía. Se sintió como si todo lo sucedido desde que había conocido a Calis fuese una pesadilla. En su interior deseaba que todo fuese un mal sueño, que aún no hubiese despertado tras hacer el amor con Calis, o que incluso esto fuese otro sueño, pero no era así.

«¡Gaudi, pero…! ¡¿Qué dices?! ¡Soy yo, Reena, tu compañera! ¿Por qué dices eso de mí, de quién te ama tanto? ¡Tú me amas!»

El propósito de las mentiras de Gaudi era enfurecer a Reena, hacer que recuperará su espíritu combativo tal como había hecho Theros con Fibia. Pero si hubiera sabido hasta qué punto afectaban sus palabras a Reena, probablemente nunca las hubiera pronunciado.

– Ciertamente, no me extraña que con tu carácter te lleves tan bien con Theros -añadió más leña al fuego Gaudi-. ¡Un demonio como él debe encontrarse como en casa a tu lado!

– ¡Increíble! -exclamó Adolphonse-. ¡Está bruja ha hecho un pacto con demonios! ¡Seguro que le vendió el alma a cambio de sus poderes!

– ¡No, una vampiresa! -exclamó otro de los hombres de Adolphonse-. ¡Seguro que le pidió además la inmortalidad y el demonio la convirtió en vampiresa, por eso se baña en la sangre de las vírgenes!

– ¡So burro! -exclamó otro-. ¡Los vampiros beben la sangre de sus víctimas, no se bañan en ella! ¡Además, si fuese una vampiresa, la luz del sol la hubiese destruido!

Reena ya no prestaba atención a lo que la rodeaba, pues estaba conmocionada y derrotada: Gaudi no la amaba, ¡la despreciaba! Gaudi la consideraba una persona horrible y despreciable, una autentica lacra. En su estado, percibía las discusiones y exclamaciones de Adolphonse y sus hombres, que discutían si ella era una vampiresa o una muerta viviente, pues en tal caso, para matarla tendrían que usar o bien estacas o agua bendecida por algún sacerdote del bien. En aquel momento, la aflicción de Reena cedió espacio a la rabia y al odio mientras las lágrimas corrían por su rostro. ¡Aquellos estúpidos tenían la culpa de todo! ¡Por su culpa se había enterado de los sentimientos de Gaudi! ¡Por su culpa Gaudi la despreciaba!

– ¡¡Malditos, malditos seáis!! -gritó Reena. Revolviéndose en los brazos del noble, lo golpeó en la entrepierna de una poderosa coz, y en el mismo movimiento cuando el noble se doblaba, le propinó dos contundentes codazos, uno en los dientes y otro en la nariz que lo derribaron.

Gaudi se lanzó al ataque nada más Reena se liberó de Adolphonse, pero esta, al revolverse contra el noble, había dejado caer la toalla que cubría su desnudez y cuando Gaudi se percató, se quedó bloqueado, incapaz de reaccionar en mitad del ataque a los agresores.

– ¡»Maldición, matadla»! -exclamó Adolphonse a sus hombres mientras caía. Estos, tras el momento de sorpresa inicial, se apresuraron a cumplir sus órdenes, pero empuñando ahora además de sus armas estacas de maderas, crucifijos y teas encendidas. Pero fue en vano.

Liberada del abrazo de Adolphonse, Reena se concentró inmediatamente:

– Más negro que la oscuridad, más oscuro que la noche…

Gaudi, que observaba fijamente la desnudez de Reena, fue incapaz de sustraerse de ella cuando un ligerísimo velo de brillante niebla se formó sobre Reena, iluminándola y realzando su belleza desnuda mientras su hermosa melena pelirroja parecía cobrar vida. Pero no tardó en volver a la realidad cuando comprendió las intenciones de Reena.

– ¡No, Reena, no lo hagas!

– …¡que aquellos que se opongan a nuestro poder sean aplastados!… -proseguía Reena.

Los seis hombres ya estaban prácticamente sobre ella, pero desgraciadamente para ellos demasiado tarde.

– ¡¡MATADRAGONES!!

La explosión fue devastadora. Aquella noche, los habitantes y viajeros en muchos kilómetros a la redonda vieron el feroz resplandor de una estrella naciente a muy poca altura en el cielo, y cuando su fulgor se extinguió tras un prolongado momento, miraron asustados al cielo. En un pequeño bosquecillo cruzado por un riachuelo, siete hombres, cinco de ellos heridos por una brevísima y completa derrota, huían del idílico escenario que se había transformado tras el ataque mágico de Reena. El caudal del suave riachuelo se había modificado, y buena parte de la orilla opuesta del mismo había sido devastada. De Adolphonse y sus cinco hombres no quedaban más rastro que seis distantes y pequeños puntos de luz que se alejaban del lugar simulando sendas estrellas fugaces.

– ¡Ree… Reena! -exclamó Gaudi-. ¿Te encuentras bien? ¿Qué.. quienes eran esos…? -no acabó la frase. Reena, sin intentar siquiera recoger la caída toalla y cubrir su desnudez, se alejaba del lugar llorando-. ¡Reena, espera!

Gaudi la intercepto, y cuidando donde posaba sus manos (¡a fin de cuentas no cabía duda de que seguía siendo la feroz Reena que él conocía!), intentó animarla.

– ¡Vamos, Reena, ya ha pasado todo! ¡Estás a salvo, esos canallas ya no te molestarán y no permitiré que te vuelva a pasar algo parecido otra vez! -le dijo Gaudi, angustiado. La imagen de Reena tan abatida, triste y sollozante le encogía el corazón y algo más. Descubrió angustiado que no podía concebir a una Reena triste y desgraciada-. ¡Por favor, Reena, dime que te sucede!

Finalmente, Reena levantó los ojos, humedecidos por las lágrimas que corrían por su rostro.

– Gaudi… ¿Soy… soy… tan mala? ¿Por… por qué… me odias?

Confundido, Gaudi no supo que responder.

– Reena… Yo… ¡Dios mío, yo…! ¿No te habrás creído lo que decía, verdad? ¡Era mentira, era un truco para…! Reena -dijo tras una larga pausa-, yo nunca haría nada que pudiera herirte. Haría cualquier cosa por protegerte, eres la mejor amiga que jamás pude tener.

– Tu amiga… -murmuró Reena-. Solo tu amiga. Pero yo quiero más, Gaudi, necesito más.

– ¿Qué…?

– Necesito saber que siempre estarás a mi lado cuando te necesite. Necesito saber que para ti soy más que un sueño de pasión y amor olvidado, que no me confundirás con otra mujer cuando despiertes por la noche. Necesito saber que me amas tanto como yo te amo a ti, Gaudi.

– Reena…-alcanzó a decir el atónito guerrero. Por su mente cruzaron infinidad de ideas, se recuerdos a los que no había prestado atención, de sentimientos que se escondían en lo profundo de su corazón, intentando asimilar lo que Reena le había dicho, pero estaba superado por las circunstancias; no encontraba la era capaz de encontrar ni las palabras ni de formarse una opinión de lo que Reena le había dicho, tal era su confusión. En estas circunstancias, Gaudi solo pudo guiarse por sus sentimientos y sus impulsos más profundos.

– Reena -musitó. Sin decir más palabra, levanto con delicadeza la barbilla de Reena para mirarla intensamente a los ojos. Ambos se miraron intensamente durante un tiempo en el que el mundo a su alrededor se había detenido hasta el momento en que ambos se besaron tierna y apasionadamente.

Atrayendo hacía si a Reena protectoramente, Gaudi empezó a acariciar su desnudo cuerpo: la espalda, los hombres, su cabello, la cintura… Mientras, Reena hacía lo mismo mientras no dejaban de besarse. Finalmente, Gaudi abandonó los labios de Reena para besar y acariciar su barbilla, bajar al cuello, ahora las mejillas… Reena, mientras tanto, acariciaba y besaba la espléndida melena rubia de Gaudi, mientras no paraba de susurrar emocionada su nombre.

Gaudi se sentó al pie de un árbol atrayendo consigo a Reena. Aprovechando que esta seguía acariciando su cabeza, Gaudi se dedicó con pasión a lo que tenía más a la vista: los pechos de Reena. Mientras los besaba y lamía, en un rincón de su mente, por un brevísimo instante le surgió el pensamiento de ya haber amado aquellos pechos, pensamiento que desapareció tan rápido como surgió, habida cuenta de la pasión que ambos amantes se prodigaban. En realidad, este pensamiento era cierto. ¿Cuántas veces había soñado Gaudi hacer apasionadamente el amor con Reena para despertarse sin recordar la identidad de su amante? Qué Reena supiera, solamente una vez, pero de saber la auténtica cifra, se hubiera sentido aún más dichosa de lo que era en aquel momento. Las manos de Gaudi ahora bajaron al culo de Reena, para sujetarla mientras estaba sentada sobre él. Ahora Reena gemía a causa de las caricias de Gaudi, y bajando la cabeza, besaba apasionadamente al guerrero en los labios. Muy lentamente, las manos de Reena abandonaron la cabeza de Gaudi y empezó a luchar con la vestimenta del guerrero. Al percatarse de esto, Gaudi se incorporó del tronco del árbol sobre el cual estaba para facilitar la tarea de Reena sin dejar de besarla y acariciarla. De este modo, Reena no tardó demasiado en deshacerse de las hombreras y el pectoral de la armadura de Gaudi. Inmediatamente desvistió la camisa del guerrero, dejando su atlético e impresionante torso al descubierto, vibrante de excitación y placer. Sujetando las manos de Gaudi, Reena se las llevó a la boca, y mientras besaba los dedos, quitó los guantes y las piezas de la armadura que cubrían el antebrazo, empezando a besar y lamer deteniéndose especialmente en el pulso. Esto provocó que Gaudi se estremeciera ante las exquisitas sensaciones que le provocaban las caricias de Reena, pero a pesar de ello no pudo dejar las manos quietas demasiado tiempo y pronto estas de nuevo acariciaban cada centímetro del cuerpo de Reena.

Esta, ahora se deslizó hacía abajo, para prestar su atención al desnudo torso de Gaudi. A diferencia del delicioso y femenino cuerpo de Calis, el torso de Gaudi era duro y fibroso, pero ello no fue un inconveniente para la pasión amorosa de Reena. De hecho, si bien era opuesto al magnífico manjar que había saboreado con Calis, ello no quería decir que no fuera delicioso. Reena saboreo cada rincón de piel disponible, desde el cuello a los pectorales de Gaudi, deteniéndose en cada pezón para continuar por su musculoso y plano vientre. Mientras, sus manos jugueteaban con el pantalón de Gaudi, anticipándose al que sería próximo objetivo de su boca, palpando la consistencia del extraordinario miembro que pugnaba por escapar de la prisión de tela.

Gaudi, presintiendo las intenciones de Reena, intentó quitarse las botas para facilitarle la tarea, pero puesto que tenía a Reena sobre él y las manos ocupadas en su pelirroja cabellera, únicamente podía ayudarse de sus propios pies, empujando con la puntera de las botas en la parte posterior del tacón. Al juntar los pies para descalzarse, aprisionó con las piernas a Reena.

– No, Gaudi -le dijo con una sonrisa feliz Reena-. Yo no huiré de ti, Gaudi, nunca. Porque quiero estar siempre contigo.

Tras ayudar a Gaudi con sus botas, lo besó apasionadamente, mientras ahora si bajaba los pantalones y los calzones de Gaudi. Ya libre de su celda, el miembro de Gaudi emergió triunfante con fuerza, golpeando el monte de Venus de Reena, que gimió sorprendida. Lentamente, besando, chupando y lamiendo el pecho y el vientre de Gaudi, fue deslizándose hacía abajo masajeando con su propio vientre la aprisionada polla de Gaudi, provocándole fuertes jadeos de placer. Por su parte, Reena disfruta al sentir aquel hermoso pedazo de carne acariciar su piel, sintiendo como palpitaba aquel miembro de excitación, tratando de imaginar lo que sería sentirlo en su ser. Cuando sus pechos llegaron a la altura de la polla, Reena se detuvo, y llevándose las manos a sus pechos, las amoldó de modo que aprisionaran la polla de Gaudi, apretando poco a poco más y más, al tiempo que se meneaba. La excitación de Gaudi iba cada vez más en aumento, y pareció que llegaría al límite cuando Reena, sin dejar de masajear con sus pechos la polla de Gaudi, empezó a chuparla lentamente en la punta.

– ¡Reenaaa! ¡Siiiiiiii..! ¡Sii! ¡Sigue así!

Reena no se hizo de rogar y continuó con su tarea. Sentir la polla de Gaudi en su boca la excitaba más de lo que hubiera imaginado: el calor que desprendía, la forma que se estremecía en su boca, su sabor… No tardó en querer mamarla más profundamente, chupar más de ese maravilloso miembro viril. Sujetándola con las dos manos, intentó tragarla entera, pero descubrió que era demasiado, que su boca no era capaz de acoger aquel grueso pedazo de carne de veinticuatro centímetros de largo. Contrariada, intentó introducir más en su boca la polla de Gaudi, pero esta era sencillamente demasiado grande, y solo conseguía atragantarse y tragar dos terceras partes del inmenso aparato. «Maldita sea2 pensó Reena, «hoy ganas, pero no lograras vencerme para siempre» prometió Reena al hermoso falo. Ya en aquel momento, aunque inconscientemente, Reena tenía la absoluta certeza de que aquella solo sería la primera vez que ambos se amasen, así pues, no sin cierta pena, renunció de su objetivo y empezó a alternar sus atenciones también al tronco de la polla, a la altura que no había conseguido tragar.

Gaudi estaba ahora en una actitud pasiva, disfrutando del buen hacer de Reena en su miembro. A pesar de que era la primera vez que Reena estaba frente a una polla, le proporcionaba a Gaudi un gran placer. De hecho, Reena estaba improvisando, pero gracias a lo que había aprendido de Calis la noche anterior, estaba realizando un magnífico trabajo. El cuerpo de Gaudi se estremecía cada dos por tres de placer, hasta que finalmente se dio cuenta que de seguir así, terminaría por correrse, y él no tenía la menor intención de acabar, al menos, tan pronto. Incorporándose, atrajo nuevamente a Reena hacía si, y estuvieron besándose y acariciando cada rincón de sus cuerpos durante un tiempo, hasta que Gaudi la recostó sobre el árbol, y lentamente, deteniéndose en cada pulgada de la desnuda piel de Reena, bajó hasta su sexo. Este, a estas alturas, ya estaba húmedo como un lago, pero ello no impidió que Gaudi entrará en él para acariciarlo y besarlo. Reena ahora se estremecía por momentos; Gaudi, aunque buen amante, no tenía el increíble talento y tacto de Calis que tanto había hecho disfrutar a Reen

Pareció que Gaudi leyó el silencioso mensaje de Reena, pues finalmente se incorporó, y llevó su endurecido pene a la entrada de la vagina de Reena. «¡Oh, Dios mío, ahora, ahora…!»

Lentamente fue introduciendo su polla en la vagina de Reena. Esta, al principio, no notó nada salvó un agradable cosquilleo, pero pronto se encogió al sentir como su vagina intentaba acomodar al anhelado huésped. «¡Maldición!» exclamó en su interior Reena «¡Esto duele!». A pesar de ello, apretó los dientes, dispuesta a esperar y aguantar, convencida de que el placer más tarde o temprano aparecería. Gaudi, al parecer ajeno a lo que le sucedía a Reena, continuó introduciendo su polla en el coño de Reena poco a poco, pero sin pausa. Así, no tardo demasiado en llegar al fondo de la cueva de Reena. El dolor de Reena había aumentado gradualmente, de modo que apenas lograba mantener la compostura y no quejarse. Las sensaciones de placer que hasta el momento habían amortiguado el dolor casi habían desaparecido, pero cuando luchaba por contener las lágrimas, sintió súbitamente que algo cambiaba, que la polla de Gaudi ya no se introducía más en su interior, sino que iba y venía, y fue en ese momento cuando una corriente de sensaciones invadió su cuerpo desde lo más profundo de su vagina. Las lágrimas corrieron por mejillas y sus gritos rompieron la quietud de la noche cuando por fin el placer se extendió por todo su cuerpo. Poco a poco, y con cuidado, Gaudi fue acelerando sus acometidas mientras Reen

– ¡Oh, Gaudi! No pares, no pares, por favor… ¡Sigue, sigue!

No era necesario que Reena alentara a Gaudi. El joven guerrero estaba totalmente entregado al placer. ¡Qué estrecha era la cueva de Reena! Su polla rozaba se permanentemente con las paredes vaginales transmitiéndole un inmenso placer, y ver a Reena esclavizada por el placer que la inundaba le excitaba aún más: sus jadeos, sus tetas que subían y bajaban con los jadeos de la joven, su expresión de lujuria… De repente, tras un rato, advirtió como Reena abría súbitamente los ojos y empezaba a gemir y jadear cada vez más rápido. Entonces, Gaudi comprendió excitado que Reena estaba teniendo un orgasmo.

– ¡Aaaaaaaaahhh! ¡Aaaaaaaaahhahaaaaahh!! ¡¡AAAAAAAAAAAAAHH! -Reena se retorció de placer aullando de placer. Hace una noche jamás hubiera creído posible sentir tanto placer, ser completamente derrotada y dominada por este, pero ahora ya conocía la verdad: Calis y Gaudi, en apenas dos días le habían abierto los ojos a un universo de sensaciones indescriptibles en las que abandonarse y perderse indefinidamente, sumergida en placer. Reena no era capaz de concentrarse en Gaudi, ni de trazar ningún pensamiento coherente. Únicamente se abandonaba a la increíble oleada de placer que atravesó todo su ser. Cuando esta pasó, en su mente solo había un pensamiento «Más, más, más, por favor, más…» Gaudi se inclinó sobre su rostro para besarla apasionadamente mientras seguía penetrándola. Reena, ávida de la mínima sensación de placer más, recibió a Gaudi apasionadamente, sellando sus labios, cruzando sus lenguas, acariciándolas, en busca del anhelado y preciado placer.

Así prosiguieron durante largo tiempo, en el cual proseguía penetrándola incansablemente provocando dos nuevos orgasmos a Reena. Fue después del tercer orgasmo de la joven, que Gaudi, retiró lentamente su polla de la vagina de Reena. Esta se mostró confundida por un momento, protestando con su mirada anhelante de más sexo, pero no tardó en comprender las intenciones de Gaudi cuando este la sujeto delicadamente y la volteo contra el árbol. «Va penetrarme por atrás.

¡Dios mío! ¿No pretenderá penetrarme por el culo? ¡No lo podría resistir, y menos así de golpe!» pensó alarmada, si bien a pesar de ello una corriente de excitación corrió por su cuerpo al pensar en aquella idea. Afortunadamente para Reena, no era esa la intención de Gaudi, si no penetrar en su cueva desde otra posición. De modo que cuando Reena estuvo en posición contra el árbol, Gaudi clavó su polla directamente en la cueva de Reena. Esta gimió sorprendida ante lo brusco, pero se sorprendió cuando el dolor desapareció casi tan rápido como apareció. Su vagina ya se había acostumbrado al enorme miembro de Gaudi, y al penetrarla desde atrás, la polla de Gaudi se acomodaba mejor a ella. Así pues, el placer muy pronto volvió a recorrer el cuerpo de Reena, aún más intenso que antes sorprendiendo gratamente a Reena, que sintió como Gaudi se echaba sobre su espalda y sujetaba con sus manos sus tetas, empezando a acariciarlas y masajearlas, suavemente al principio, pero más rápido y fuerte conforme aumentaba el ritmo de su mete y saca, hasta alcanzar un ritmo infernal. En aquel momento, Reena solo sentía…

¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHAAAAAAAAAAAAHH!!!!

A pesar de estar firmemente sujeta por Gaudi, Reena se revolvió como un animal debido a la salvaje oleada de placer que la invadió, incorporando a ambos de espaldas.

Aún víctima de este placer, se salió de Gaudi e instintivamente, casi sin ser consciente de ello sujeto la polla de Gaudi con sus manos y sin el mínimo prolegómeno se la introdujo en la boca empezando a mamarla con y acariciarla con una pasión desde medida, de manera que casi al instante Gaudi gritó de placer cuando se corrió violentamente en la boca de Reena.

La leche corrió a raudales en su boca, por su garganta, por la comisura de sus labios al desbordar su boca, resbalando hacía sus pechos; tal era su cantidad y fuerza.

Finalmente, la polla de Gaudi se paró aún firme pero evidentemente cansada, y con amor, Reena empezó a limpiar con la lengua por la cabeza, el tronco, los huevos…

Finalmente, levantó la mirada hacía Gaudi. Este, con delicadeza, limpió su boca y la beso con pasión y ternura.

Cuando se separaron, no se dijeron nada, pues en aquel momento mágico sus miradas eran lo único que necesitaban para decirse la verdad.

¿Continuara?

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