Los viajes de Elizabeth III

Elizabeth se pasó toda la noche sin dormir, aquello había resultado un shock, había roto el único de sus principios, ¡qué demonios!, nunca tuvo principios.

Estaba dolorida, había tenido en el mismo día dos de sus experiencias sexuales más traumáticas pero no por ello dejaban de ser buenas.

Pensó en Eva que dormía en la habitación contigua.

Pensó en ella con su camisón, se la imaginaba dormida, medio destapada, con una respiración lenta y rítmica.

La veía claramente, su pecho se hincharía con cada con cada inhalación y al expirar dejaría el camisón entrever sus curvas, en especial las de sus caderas donde en mitad de ellas ya vería algo que sería el monte de Venus.

¿Pero, y si estuviera de espaldas? Liza se contorneaba de placer sólo imaginando su propia mano entre los muslos de Eva, levantándole el camisón y mordisqueando sus nalgas.

Incluso pensó en comerle el ojete.

Entonces Elizabeth se percató que se estaba acariciando los genitales, estaba otra vez excitada.

¡¿Otra vez!?, entonces se dijo a sí misma que no, hoy no.

Era suficiente sexo por un día. Se hizo la firme promesa de no volver a tener sexo en un par de días y finalmente se durmió.

A la mañana siguiente Eva estaba radiante, aun despeinada con el camisón por las rodillas y sin ropa interior, era atractiva.

Elizabeth ni siquiera le podía mirar a los ojos mientras que ella parecía no recordar nada.

Hoy tenéis excursión, ¿no, Elizabeth? – Dijo la madre de Eva-.

Si vamos a visitar Atapuerca y después el castillo de Lara.

Se sentía aliviada. De esa manera no se le presentaría ninguna opción de tener cualquier tipo de relación sexual.

Fueron al instituto donde Eva se despidió de Eli. En el autobús Eli se sentó sola, no quería que ningún mocoso la molestara… y la tentara.

Estuvo todo el viaje de ida mirando por la ventana. Cuando llegaron a Ibeas se metieron en el museo.

En el apretado cuartucho notó como había algún aprovechado que tocó su trasero (y su delantero).

Elizabeth se disgustó mucho por la acción del fresco y se retiró al fondo donde nadie la pudiera sobar. Por el camino notó más de una mano aprovechada de la que supuso alguna femenina. En el camino hacia el yacimiento Elizabeth lució muy malas pulgas por lo que nadie se acercó ni para pedirle la hora.

A la llegada al aparcamiento del autobús, el guardia salió a recibir a los ingleses.

Entonces fijó una lujuriosa mirada sobre Eli. Ésta en el colmo de la incomodes nunca se imaginó acosada por un viejo desdentado, mal afeitado, con un traje digno del mismísimo Cuasimodo. Para completar la faena le acompañaba su perro, «Rocco».

Para completar la faena cuan nuestra rubia fijó la mirada en el peculiar acosador notó la impresionante erección tipo Budka que se dibujó debajo del mono. Le dieron ganas de vomitar.

Nuño, el guarda, la desnudó con la mirada. Se imaginó los enormes senos que se la remarcaban incluso con un jersey tan ancho. La tenía de3lante suyo en lencería, con un sujetador translucido que dejaba entrever un generoso pezón claro.

Él apartaría ligeramente el sujetador y lo chuparía. Lo dejaría ligeramente enrojecido y luego bajaría su mano izquierda buscando la vagina de la rubia.

Rascaría ligeramente con el dedo, lentamente iría introduciendo su dedo corazón y lo elevaría hasta rozar un triángulo en la cueva que empezaría a asomarse entre los labios de ese conejo. Después le bajaría las bragas con la boca y le empezaría a lamer los pliegues de su tesoro.

Su lengua penetraría suavemente y se iría abriendo paso poco a poco con cada contracción de placer de su amante.

Luego la empezaría a girar agarrando las piernas de la inglesa para que no la atrapara en las contracciones de gusto incontrolable que agitaban a nuestra perversa protagonista.

Una vez se hubiera corrido por primera vez le quitaría el sujetador.

Se las chuparía hasta dejarlas como el caramelo de un niño, luego frotaría su erecto miembro con las blandas tetas.

Le tumbaría en el suelo y le empezaría a lamer el ojete. Lo chuparía bien para cuando se la clavara penetrara con facilidad.

Una vez excitado el esfínter se la metería suavemente al principio y con fuerza después, cuando ya le pillara el juego su amante gritaría por la penetración transrectal.

Gritaba de dolor y esto le excitaba más, quería hacerlo, podía hacer cualquier guarrada con esta. Así que llamó a Rocco, su pastor alemán colocaría sus patas delanteras sobre ella y sacaría su miembro de perro para penetrarla (menos mal que no tenía un caballo). Ella forcejearía, pero Nuño tenía unos brazos fuertes.

Había empleado demasiado tiempo matándose a pajas para perder esta oportunidad. Le agarraría las muñecas y le penetraría con fuerza, hasta el fondo. Notaba como empezaba a sangrar, eso le gustaba.

La inglesa estaba gritando, lloraba y el perro seguía produciéndole arañazos con sus patas. La daban por delante y por detrás dos indeseables.

Ella ya no estaba excitada y se puso nerviosa estaba cagadita de miedo y eso era aún peor. Su interior había dejado de estar lubrificado y estaba muy tensa por lo que le dolía la penetración del cánido. El perro le hacía daño pero eso no era nada comparado con el dolor que le estaba produciendo el viejo por la espalda y en los brazos. Éste disfrutaba de lo lindo pero llevaba demasiado tiempo sin follar y se iba, era como hambre atrasada.

Lo notó, Nuño notó como se estaba yendo, se notó empapado por su propio semen. Lo que no había notado es que todos los visitantes al yacimiento se daban cuenta del resultado de sus fantasías.

Mira Elizabeth como le has puesto al viejo.

Joder, no sé en que estaría pensando pero tiene más fugas que el avión que se estrelló en Queens.

La inglesa estalló en lágrimas. Se fue corriendo al autobús. No le interesaba nada el hallazgo arqueológico. Estuvo sollozando cosa de un cuarto de hora al final se quedó dormida, había tenido una noche movidita.

Notó como alguien la acariciaba el rostro con suavidad. Se despertó era el guardia. El mismo que antes le había causado tan mala impresión. Pero ahora él tenía una cara amable, tenía el torso desnudo y marcaba unos poderosos pectorales junto a unos brazos fuertes y bien formados. Le había entendido, él no pretendía hacerle daño.

Ella no se hubiera esperado nunca esto de la persona que un rato antes la había traumatizado.

Llevaba unos pantalones vaqueros, de los que se podía apreciar que el guarda era tan superdotado como Felipe VII. Ella aún estaba dolida, pero este hombre, la atraía de cierta manera. Había estado con hombres de cierta edad varias veces, todos le habían tratado como a una cría.

Pero ahora él, la estaba tratando como una mujer. Eso la gustaba, bueno incluso la excitaba. Pensó en besarle, pero ¿si la rechazaba? Aunque después de la escenita del aparcamiento no podía hacer más el ridículo. Se acercó a él y le besó en la boca.

Elizabeth pensaba que sería un beso tosco y desagradable. Pronto se desengañó, el guarda besaba bien, le gustaba; tenía una lengua húmeda y ágil.

Se imaginó que era más larga de lo normal. Se preguntaba que más sabría hacer con la lengua. Como si la hubiera leído el pensamiento se agachó hacía su entrepierna y se la besó. Besó su sexo, tiernamente al principio luego de una manera más cálida y profunda.

Le lamió la vulva, la mordisqueó, la chupó, la succionó. Este hombre practicaba el cunnilingus de una manera como nunca antes se lo había hecho. El viejo guardia sabía perfectamente donde estaban los miembros de placer del miembro de la rubia. ¿Cómo podría mover la lengua con tanta gracia y acierto?

Entonces pensó que su paquete no podía ser de verdad y se lo tocó. Lo tocó por encima del pantalón y lo notó duro. Le hizo levantarse y le abrió la cremallera, era un miembro venoso, grande y de alguna forma extremadamente ancho.

Suplicó que le hiciera el amor, él sin contestar se dispuso. Elizabeth sabía que su voz debía de ser angelical.

Cuando la polla entró en la vagina no le produjo el placer que ella creía que iba a padecer. Si él movía bien la lengua, su rabo era el instrumento solista, este hombre se debía haber pasado la vida follando.

Cada impulso de caderas provocaba en Elizabeth un estremecimiento de placer similar a un orgasmo. Llegó un momento en el que ella no distinguía si se estaba corriendo o sólo era la pericia de su amante. Esto ya no era el clímax, era un sueño, ni en sus mejores fantasías (que habían sido muchas) se hubiera imaginado a un Latín Lover semejante.

Pensar que tan solo un rato antes este hombre se había corrido tan solo con verla y ahora tenía un aguante tremendo. ¿Qué extraño? ¿Cómo es posible que hubieran estado jodiendo tan cómodamente en un autobús? Alguien le agitó repentinamente la cabeza. ¿Quién era?…

Su profesor.

A ver Elizabeth, ¿tú a que has venido a España? Sólo a conocer chicos. Le tendré que decir a tus padres todo lo que has hecho y no has hecho aquí.

Ella pasó olímpicamente de él. Bueno si supiera todo lo que había hecho en España… De todas maneras, hoy había cumplido lo que se había prometido a sí misma. No había practicado el sexo en todo el día. Se notó feliz y se acomodó en el asiento. Ahí fue donde apreció que las bragas se le pegaban a la piel.

¿Se habría tirado realmente a ese tío? ¿Tanta humedad era sólo de su fantasía sexual? Todos estos pensamientos la llevaron a casa. Cada vez era menos probable que eso hubiera sido real por lo que llegó a casa convencida de su hazaña. En la puerta se encontró la siguiente nota:

«Elizabeth, hoy mi madre no va a estar en casa por lo que me he ido a una fiesta en el 3ºD. Ven en cuanto llegues. Es la casa de Iván, que marcaba tanto paquete en el gimnasio. (Además lo sabe manejar). Estaremos solas con su equipo de fútbol»

P.D. Coge la caja de veinticuatro de mi cajón. Firmado: Eva.

Pensó Elizabeth: «Si es que yo lo intento, pero la vida me lo pone tan difícil.

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