Capítulo 2
Mientras preparaba la sopa, sentía el sonido de la ducha e imaginaba cómo sería ver su cuerpo bañado por el agua, cómo correría esta a través de los contornos de su piel. El pensamiento de ella en la ducha me excitó terriblemente; podía sentir mi virilidad creciendo con solo pensarla.
Salió del baño envuelta en una bata de toalla que le había dado. Me miró y, sonriendo, le dije: —Siéntate, para servirte un poco de sopa caliente.
Ella tímidamente exploró la pequeña casa que era mi refugio para escribir. Miraba la estantería de libros y observaba atentamente los papeles de mi mesa, donde había dibujos y bocetos. Me dijo: —Profesor, ¿usted pinta de memoria o con modelos?
Le expliqué mi método de trabajo y, mientras conversábamos, se acercó hasta mí. La tomé en mis brazos y cada parte de mi cuerpo se erizó. La besé apasionadamente; mientras mis labios degustaban su boca y percibían su aliento, mis manos, ávidas de deseo, hicieron un periplo delicioso por su piel. Solté el amarre de la bata y allí, frente a mí, estaba como una diosa, totalmente desnuda.
La conduje hasta el sofá y ella se dejó caer de espaldas. Mis labios comenzaron a recorrer su piel desde su cuello divino hasta su antepecho. Tomé cada uno de sus senos en mis manos; parecían palomas cálidas y asustadas. Los cubrí de besos y caricias. Ella subió sus manos, agarró ambos senos y los puso en mi boca mientras miraba mis ojos con deseo.
Continué este viaje hasta su delicioso vientre, besé su entrepierna y abrí suavemente sus muslos. El espectáculo de su sexo hermoso, de su piel blanca y aquella hendidura por la cual se asomaba su clítoris me llenó de excitación. Sumergí mi cabeza en su sexo divino, que estaba completamente húmedo y cálido, en espera de mis caricias. Lamí su clítoris húmedo y lleno de sus jugos deliciosos, que tragaba con avidez y deseo mientras escuchaba la música de sus gemidos mezclada con el sonido de la lluvia que caía en el techo.
Ella se contoneaba y gemía diciéndome: —Sigue, sigue… qué rico.
Cada vez que sentía su voz, mi pasión se encendía más y más. Sentí cómo llegaba varias veces a deliciosos orgasmos; se ponía rígida y se estremecía de placer, dándome orgasmos uno detrás del otro hasta echar su cabecita hacia atrás y cerrar sus piernas mientras disfrutaba aquel regalo que le había hecho.
Cubrí su desnudez con la bata, la abracé, me senté a su lado y la atraje a mi regazo. Mientras acariciaba su pelo húmedo, me di cuenta de que se había quedado profundamente dormida con una sonrisa de satisfacción. Yo cerré mis ojos y me sentí el hombre más dichoso de la tierra.
Afuera seguía lloviendo. Mientras quedamos ambos dormidos, yo dormí profundamente; solo llevaba un pantalón de pijama puesto. La manita de mi amor acariciando mi entrepierna me despertó y alentó mis sentidos. Una erección grande se levantó, pero permanecí quieto para saber qué haría mi princesa.
Suavemente, como para no despertarme, se levantó y se arrodilló frente al sofá. Sacó mi pene completamente erecto y comenzó a masajearlo con suavidad. Un corrientazo de placer me hizo estremecer cuando sus labios rozaron la cabeza del mismo. Sentí la humedad de su boca preciosa mientras se metía mi pene en ella completamente, comenzando con movimientos hacia dentro y hacia afuera que me llevaron al cielo.
Abrí mis ojos y ella sacó mi pene de su boca, guiñándome el ojo y diciéndome: —¿Te desperté, mi amor?
Me levanté suavemente y le pedí que se sentara. Volví a meter mi boca en su sexo hasta llevarla al orgasmo un par de veces. Entonces ella me pidió: —Papi, quiero sentirte dentro de mí.
La tomé de la mano y la conduje al mezzanine de la casita, donde, frente a un amplio ventanal, estaba la cama. La despojé suavemente de la bata y le pedí que se acostara boca abajo. Tomé una crema suave en mis manos y comencé a masajear su espalda; sentía cómo ella se erizaba toda al toque de mis manos.
Hice que levantara la parte de atrás de su cuerpo y se pusiera en posición de perrito. Abrí sus piernas y metí mi lengua dentro de su vulva deliciosa hasta sentir su orgasmo, mientras se movía pidiéndome: —Por favor, hazlo ya… métete dentro de mí.
Sacudí mi pene, que estaba bien rígido, y la penetré desde atrás. Pude sentir cómo los jugos de su vagina corrían mientras recibían mi pene con un colosal orgasmo. Seguí penetrándola mientras la atraía con mis manos.
Cambiamos de posición: ella acostada boca arriba con sus piernas levantadas mientras la penetraba con dureza y lamía los dedos de sus pies.
Me acosté boca arriba y ella trepó sobre mí, cabalgándome mientras yo la miraba a los ojos y jugaba con sus hermosos senos.
Perdí la noción del tiempo mientras hacíamos el amor. En un momento determinado, ella se bajó de mí y se arrodilló frente a mí, poniendo mi cabeza entre sus piernas y su sexo directamente sobre mi boca. Lamí y penetré su vulva con mi lengua mientras ella gritaba de placer, agarrada de mis hombros, hasta darme varios de los más exquisitos orgasmos que he probado.
Se acostó a mi lado y la abracé con ternura. La noche fue nuestra cómplice, quedándonos dormidos uno al lado del otro…
Continúa…