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En cuerpo y alma

En cuerpo y alma

Lo había citado en la habitación de un hotel, mediante un mensaje en el móvil que decía:

» En hotel Bellavista a la hora de las brujas…entra, no enciendas las luces y espera»

La puerta se abrió a las doce en punto, la claridad del pasillo inundaba parte de la habitación, sin encender las luces entró y cerró la puerta.

Víctor, siéntate en el sillón – la voz sonó cálida y sensual.

¿Dónde estás?

Shhhh siéntate.

Se sentó en el sillón que había cerca de la ventana, era de cuero, algo frío, pero cómodo, los reflejos de la luna dejaban ver parte de su figura y su rostro, era atractivo, moreno de piel, ojos negros, mirada profunda, alto, de constitución atlética, unas manos grandes, una nuez pronunciada y un hoyuelo en la mejilla que aniñaba sus rasgos.

La voz sensual le ordenó coger la linterna que tenía al lado derecho del sillón. Él hizo la intención de encenderla.

Por favor no la enciendas todavía, espera a oír la música.

¿Qué música?

Está.

El silencio se vio roto por una canción de música negra, sensual, rítmica, Víctor encendió entonces la linterna, la luz enfocaba la moqueta de color beige y poco a poco fue buscando esa voz, lo primero que descubrió fueron unas botas negras de tacón alto y fino, más tarde unas piernas de mujer, enfundadas en unas medias de color negro, que se perdían por una falta también de color negra, ceñida a aquellas caderas, curvadas, de tal forma que daban vértigo mirarlas, la luz de la linterna siguió hacía arriba como si acariciara cada parte de aquel cuerpo, una cintura algo marcada, abrigada por la misma tela que la falda, se trataba de un vestido de color negro, la luz de la linterna se fijo en el canalillo de aquel escote, unos pechos suaves, firmes, redondos, eran pura tentación, subió hasta un cuello esbelto acariciado por un cabello largo, negro, liso como aterciopelado por su brillo, poco a poco reflejo unos labios rosados y carnosos en una boca pequeña, lo último que descubrió fueron unos enormes ojos de color verde aceituna, que lo miraban fijamente.

Víctor no había podido evitar excitarse al ver al detalle el cuerpo de aquella mujer, a quien él bien conocía. La voz volvía sonar entre la música mientras le decía:

Hoy voy a bailar para ti, como nunca lo he hecho.

Los ojos de él ya se habían acostumbrado a la oscuridad y dejo la linterna a un lado, mientras veía como aquel cuerpo se movía marcando cada curva, con un movimiento sensual, sexy, provocativo, pidiendo ser poseído, acariciado, besado.

Sus ojos no sabían hacía donde mirar, se perdían en las caricias que aquellas manos de mujer daban a esos muslos firmes, deseando ser él, el que los acariciará, pero volvía a fijarse en aquellas caderas que se movían de lado a lado, como queriéndolo hipnotizar, aunque subía hacía aquel pecho que cada vez se agitaba más, marcando aquella respiración cada vez más acelerada, queriéndose salir de aquel ceñido vestido, era una imagen capaz de volver loco a cualquiera.

Y esos ojos, que no dejaban de mirarlo fijamente, llenos de lujuria y deseo.

El cuerpo se giró y sus manos acariciaron aquellas nalgas, redondas, firmes, duras hasta llegar a la cremallera del vestido, la cual fueron bajando lentamente hasta la cintura y se detuvieron.

Sus ojos podían ver perfectamente su espalda, con una piel suave y unos hombros muy apetecibles, uno de los dedos resiguió la columna hasta acabar de desabrochar el vestido, en el final de aquel aquella espectacular espalda se dibujaban como dos hoyuelos, que daban inicio a la ropa interior, poco a poco el vestido fue resbalando por aquel cuerpo.

Víctor seguía sentado en el sillón con las manos en cada posadera, su respiración acelerada, daban muestra de su excitación, el bulto de su pantalón cada vez era más grande, pero él permanecía inmóvil.

Llevaba ropa interior negra, unos sujetadores de color negros de blondas y un tanga a juego con el sujetador, pero su mirada se quedó parada en aquel liguero del mismo color, que sujetaba las medias de aquellas largas piernas, lentamente se acercó hasta él, puso uno de sus pies en el espacio que había entre sus piernas, y poco a poco se acercó a él, como desafiándolo, bajo la cremallera de su bota derecha y se descalzó, pasó su pie por encima de sus muslos, Víctor hizo el intento de tocarlos, pero la voz no le dejo, al rato hizo lo mismo con la otra bota, se giró y dejo a la altura de los ojos de él, aquel estupendo culo, era toda una tentación, ya no podía más, pero sabía que si lo tocaba el juego acabaría allí.

Ella puso sus manos sobre las de él y se sentó en sus piernas, de tal manera que él notaba todo su peso en su sexo y ella su dureza en sus nalgas, Víctor apretó sus manos a las de ella, pero pronto las tuvo que dejar ir, por que ella empezó a quitarse las medias, él notaba cada movimiento de ella, era desesperante, se deshizo de las medias y se levantó, camino hacía delante y con las yemas de sus dedos dejo caer las tiras de su sujetador, para más tarde desabrochárselo y mostrar aquellos maravillosos pechos, mmmmm, tenía unos pechos deliciosos, con unos pezones que decían lámeme y unas aureolas pequeñinas, a Víctor se le hizo la boca agua, estaba muy mal, iba a reventar como aquello no acabase pronto.

Sintió las manos de ella en sus muslos y como iban subiendo hacía sus inglés, ella se arrodilló ante él y dejó en libertad su sexo, estaba super excitado, tenía algo de líquido preseminal en su glande, el cual ella recogió con la punta de su lengua, en ese momento él soltó un gemido, no quería correrse pero estaba a tope, ella acerco más sus labios y se la introdujo en su boca, comenzó a lamerla, chuparla, sólo de verlo tan excitado hacía que ella lo deseará más y más, deseaba que se corriera en su boca, mientras él balbuceaba:

Sandra no, no, no

La cogió de su rostro y la apartó de su sexo, la besó con pasión, con deseo, con ansias, la excitación de ella se fundió con la de él, en ese momento Víctor le arranco el tanga dejándola completamente desnuda, mientras que la sentaba encima de él, al mismo tiempo que iba penetrándola, los gemidos de ella llenaron la habitación, mientras que él no podía dejar de acallarlos con sus labios, hasta soltar el suyo propio, se corrió dentro de ella, abrazándola como si se le fuera a escapar, susurrándole con voz entrecortada:

Te amo, te amo, te amo.

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