Capítulo 4

—¿Estás seguro de que es buena idea? —preguntó ella, jugando con el borde de su blusa—. No quiero que piensen que soy… no sé, ¿y si les caigo mal? —No te hagas drama —le aseguró él, tomándola de la mano—. Santiago y Viviana son copados. Además, estoy seguro de que les vas a caer re bien.

La noche de la cena, Romina llegó con un vestido rojo que se robaba todas las miradas. Santiago le guiñó un ojo a Lautaro cuando los vio entrar, y Viviana la recibió con una sonrisa cálida. La cena venía siendo amena, con charlas animadas y risas. Romina estaba pegando onda con ellos, por lo que Lautaro se sentía muy a gusto, pero no todo iba a ser tan fácil. En un momento, notó que la charla entre las mujeres se volvía más tensa. Viviana, con su sonrisa de siempre pero ahora con un toque de curiosidad incisiva, inclinó la cabeza hacia Romina y empezó a preguntar.

—… supongo que debe ser difícil laburar en un ambiente donde hay tantos hombres, ¿no? —dijo Viviana, jugueteando con su copa de vino. Romina levantó la mirada de su plato, con una expresión que intentaba ser neutral pero que Lautaro conocía lo suficiente como para detectar la incomodidad. —Bueno, es algo a lo que uno se acostumbra —respondió ella, con un tono educado pero distante—. Al final, es un laburo como cualquier otro. —Pero seguro no es fácil, ¿o sí? Tantas horas de guardia, rodeada de compañeros varones… —hizo una pausa, como si estuviera midiendo sus palabras—. Apuesto a que muchos intentaron algo con vos, ya sabés cómo son los hombres… Siempre dicen que para ascender, una chica tiene que hacer sacrificios…

Romina se quedó quieta un segundo, decidiendo cómo responder. Finalmente, soltó una risa corta que no sonó para nada genuina. La situación se estaba poniendo rara. —Bueno, son cosas que pasan —admitió con tono casual—. Pero no es algo en lo que me enfoque. Estoy ahí para hacer mi laburo, no para socializar y mucho menos para bancarme presiones de ese tipo. —Dale, Romina —insistió Viviana con una sonrisa que ya parecía una provocación—. No me digas que nunca te propusieron nada más. Con esa cara tan linda y ese cuerpo, seguro tuviste que rebotar a más de uno. —Sí, pasó, no lo niego —admitió ella con voz baja—. Pero no me interesa. Tengo claros mis límites y si los tengo que hacer valer, los hago valer. —¿En serio? —preguntó Viviana poco convencida—. ¿Nunca te sentiste tentada, aunque sea un poquito? —No —respondió ella con voz firme—. No mezclo el laburo con mi vida personal y mucho menos compro mis ascensos con mi buen nombre.

En ese momento, Santiago intervino, notando que el ambiente estaba denso. —Bueno, creo que todos tenemos que lidiar con cosas incómodas en el laburo —dijo con una sonrisa torpe—. ¿O no, Lautaro? ¿Cuántas veces se te tiraron encima las clientas que quieren que les arregle gratis el auto? Lautaro asintió, tratando de aflojar la tensión, aunque no entendía por qué Viviana sacaba ese tema. —Olvidate —dijo con una risa forzada—. Ya ves cómo este cuerpo y mi cara de estatua griega levantan pasiones en todas las viejitas que atiendo…

romina lo miró y, por un momento, sus ojos se suavizaron. Pero la tensión no desapareció. Viviana seguía sonriendo, pero había algo en su mirada que hacía dudar de sus intenciones. La cena siguió, pero el ambiente ya no fue el mismo. Romina estaba más callada. Al final, Lautaro le preguntó lo obvio mientras ayudaban a llevar los platos a la cocina.

—¿Todo bien? —le preguntó en voz baja. —Sí, obvio —respondió ella, pero su sonrisa no llegaba a los ojos—. Solo estoy un poco cansada, no te preocupes, amor.

Él no le creyó, pero decidió no presionarla. Pensaba dar por terminada la velada. Se besaron, pero ella estaba distante, así que él estaba seguro de que lo mejor era irse. —Lautaro, creo que es mejor que me vuelva sola… —dijo ella mientras él pretendía despedirse de los anfitriones. —No pasa nada… vamos juntos —respondió él tratando de mantener la calma. —No, Lautaro, quedate vos —dijo ella buscando las palabras—. Son tus amigos y creo que no le caigo bien a Viviana. Además, necesito pensar un poco… necesito irme a casa.

En ese momento, alguien tocó la puerta. Se miraron confundidos. Viviana les indicó que había pedido unas botellas de vino por delivery y supuso que habían llegado. Mientras ella abría la puerta, todo cambió en un instante.

—¡Quietos los dos! —una voz les cortó el aire.

En el umbral había un hombre con una mascara de payaso. Lo que más llamó la atención fue el arma de fuego que sostenía, apuntándoles directamente. Romina, que estaba un poco más lejos, dio un paso atrás intentando agarrar su cartera, pero el delincuente lo notó. —Vos no te muevas, putita… quieta. —Tranquilo, amigo —dijo Lautaro, con el corazón a mil—. No queremos problemas.

El hombre los hizo retroceder hacia el interior con un movimiento brusco del arma. Santiago, que estaba en el living, se asomó y se quedó pálido. Se puso junto a Viviana para enfrentar al intruso. —¡Pero qué carajo! —exclamó Santiago, pero se detuvo en seco al ver el arma, mientras Viviana pegaba un grito. —Todos al living —ordenó el hombre—. Y no hagan ninguna estupidez, no quiero lastimar a nadie… todavía.

Se movieron con las manos en alto. Romina miraba para todos lados buscando una salida pero mantenía la compostura; se notaba que estaba acostumbrada a situaciones de estrés. Viviana parecía a punto de desmayarse y Santiago miraba al intruso con miedo y bronca. El hombre los hizo sentar en el sillón y les ató las manos con precintos plásticos.

—Bueno, bueno —dijo con tono sarcástico—. Acá estamos todos, ¿no? La pareja perfecta, el amigo fiel y la oficial de policía. Qué lindo. —¿Qué querés? ¿Quién sos? —preguntó Lautaro—. Si es plata, no tenemos mucha, pero llevate todo. —¿Plata? —repitió el hombre con una risa amarga mientras se sacaba la mascara—. No, Lautaro, no vine por plata. Vine por vos. —¿Por mí? ¿De qué hablas? No te conozco. —Ah, pero sí me conocés —dijo acercándose—. O al menos conocías a alguien muy importante para mí. ¿O ya te olvidaste de Ariana?

El nombre cayó como una bomba. Santiago y Viviana intercambiaron miradas de preocupación y Romina tensó los hombros. —Ariana… —murmuró Lautaro—. ¿Qué tiene que ver ella con vos? El hombre que al final era un chico rubio, tenía el rostro marcado por la ira. —Soy Federico —dijo con la voz temblando de rabia—. El novio de Ariana. Y vine a que confieses lo que hiciste. —¿Confesar? No sé de qué estás hablando. Yo no maté a Ariana. —¡Mentís! —gritó Federico, apuntándole a la cara—. Sé que estabas con ella esa noche. Sé que fuiste el último en verla viva hijo de remil puta.

—Escuchá, Federico —interrumpió Romina con voz firme—. Lautaro no tuvo nada que ver. La autopsia demostró que fue un paro cardíaco. Fue una tragedia, pero no fue culpa de nadie. —¿Y vos qué sabés? —le espetó él con desprecio—. ¿Te creés que no sé que sos cana? ¿Que estás acá para protegerlo? —No protejo a nadie —respondió Romina manteniendo la calma—. Solo digo la verdad.

Federico pareció dudar, pero después sacudió la cabeza. —No me importa lo que digan. Lautaro, vas a confesar, o te juro que de acá no salís vivo. O capaz estás cubriendo a alguien más… Hablá y te salvás.

La habitación quedó en silencio. Lautaro intentó calmarlo, jurándole que no tuvo nada que ver. Federico lo miró fijo y apretó el gatillo,pero justo levanto el arma donde el disparo fue justo al techo del living. —ahhhhhhh – grito Viviana con lagrimas en sus ojos y muy nerviosa

federico luego apuntó a Romina. —Vos, policía… ¿Vas a confesar quién fue? ¿A quién protegés? El cañón del arma se veía enorme. Federico gatilló de nuevo. Pero esta vez disparo contra la pared del frente. Nada. Todos saltaron del susto. Luego apuntó a Santiago. —Capaz vos… ¿protegés a tu amigo? Confesá y te salvás.

—Federico, yo no maté a Ariana —insistió Lautaro. Federico ahora apuntaba a Viviana. Y disparo contra el sillón se notaba que sabia usar el arma.—¿Y vos? ¿Sabías que tu marido es un mentiroso? —le preguntó a Viviana. —No sabíamos nada… —lloró ella—. No nos hagas nada.

Santiago abrió la boca, pero no le salían las palabras. Miró a su mujer, a su amigo y finalmente al agresor. Estaba quebrado. —¡Fui yo! —gritó de repente—. ¡Fui yo el que estaba con Ariana esa noche, no Lautaro!

El silencio fue ensordecedor. Viviana se puso de pie, tambaleándose. —¿Qué estás diciendo, Santiago? —preguntó ella con incredulidad—. Dejá de decir pavadas… —Perdoname, amor —murmuró él—. No quería que te enteraras así. Ariana y yo… fue un error. Pero no la maté, te lo juro. Fue el corazón. Viviana se le acercó y empezó a golpearle el pecho con las manos atadas. —¿Un error? ¡Me mentiste meses y lo llamás error! ¡Sos unmaricon de mierda Santiago!

Federico miraba la escena con una mezcla de satisfacción y locura. Sentó a Viviana en el sillón individual que estaba al lado de lo demás

—Vos la mataste… sos un hijo de puta… —¡No! No dispares —suplicó Viviana—. No lo mates. Nada te va a devolver a tu novia, pero si querés podés pagarle con la misma moneda. —¿Qué sugerís? ¿Que lo deje ir? Viviana lo miró con una sed de venganza aterradora. —No. Pero hay otras formas de hacerlo pagar. Formas que duelen más que una bala. Si querés que sufra, hacéselo como él me lo hizo a mí. Que sienta el mismo dolor, la misma traición.

Federico sonrió con malicia al entender la propuesta. Antes de que nadie reaccionara, levantó a Viviana. —Esto es por Ariana —murmuró, y la besó con una intensidad que dejó a todos en shock. Santiago gritaba tratando de soltarse de los precintos, pero era inútil. Viviana no se resistió; cerró los ojos y respondió al beso para que su marido sintiera el mismo dolor que ella. Federico el precinto. —Ahora vas a saber lo que se siente —le dijo a Santiago.

Santiago: (Con la voz quebrada, forcejeando inútilmente contra los precintos) —¡Viviana, no! ¡Por favor, te lo suplico, no hagas esto! ¡Matame a mí si querés, Federico, pero a ella no la toques! —

Viviana: (Mirándolo con una frialdad que quema) —¿Ahora te importa lo que me pase, Santiago? ¿Ahora, cuando tenés el orgullo herido adelante de tus amigos? —

Santiago: —¡Perdoname! Fui un hijo de puta, un cobarde… Lo de Ariana fue el peor error de mi vida, no pasó un día sin que me sintiera una basura por ocultártelo. ¡Pero no te entregues a este tipo! No dejes que te use para vengarse de mí… Vivi, por favor, mirame… te amo, te lo juro por lo más sagrado. —

Viviana: (desabrochándose el vestido, con una sonrisa amarga) — El amor no miente como mentiste vos. Vos me rompiste el corazón en mil pedazos durante meses; yo solo voy a dejar que él me toque unos minutos. Mirá bien, Santiago, porque este es el precio de tu «error». Disfrutá el espectáculo. —

Federico soltó el arma, dejándola colgar de su dedo índice con una confianza aterradora, y rodeó la cintura de Viviana. Ella no se apartó. Al contrario, se pegó al cuerpo del joven, clavando sus ojos en un Santiago que ya no podía ni gritar; solo sollozaba, con la frente apoyada en el suelo, mientras los precintos le cortaban la circulación de las muñecas.

—Mirá bien, Santiago —susurró Viviana con una frialdad que congeló a Lautaro y a Romina—. Mirá cómo se siente cuando el cuerpo que juraste cuidar le pertenece a un extraño.

Federico la tomó del rostro y volvió a besarla, esta vez bajando las manos por la espalda descubierta del vestido rojo. El sonido de las respiraciones agitadas y el roce de la tela era lo único que se escuchaba, además de los rítmicos golpes de Santiago contra el piso.

—¡No lo hagas, Viviana! ¡Por favor! —suplicó Lautaro desde el otro sillón—. Esto no es justicia, esto es una locura. Federico, cortala acá, ya tenés la confesión.

—¡Callate, forro! —le espetó Federico sin soltar a la mujer—. Ella sabe lo que hace. Ella quiere que este imbécil aprenda lo que es perderlo todo de golpe.

Federico empujó a Viviana suavemente hacia el sillón individual, justo frente a Santiago. Ella se sentó y, con movimientos lentos y calculados, terminó de bajar los tirantes de su vestido. La piel blanca de sus hombros brillaba bajo la luz dicroica del living. Santiago levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre, viendo cómo su esposa se entregaba al hombre que lo apuntaba.

—Esto es por Ariana —dijo Federico, arrodillándose entre las piernas de Viviana mientras ella le acariciaba el pelo rubio, mirando siempre a su marido—. Y esto es por todos los meses que la llore

Viviana echó la cabeza hacia atrás cuando Federico hundió el rostro en su escote. Soltó un gemido, uno que no era de placer, sino de un triunfo amargo y rabioso. Santiago soltó un alarido de puro dolor animal, golpeando sus piernas contra el sofá, tratando de romper los precintos con una fuerza desesperada.

—¡TE VOY A MATAR! ¡FEDERICO, TE VOY A MATAR! —rugía Santiago, fuera de sí.

Romina, mientras tanto, no perdía de vista el arma que Federico había apoyado en la mesa ratona para tener las manos libres. Sus dedos trabajaban frenéticamente contra el plástico del precinto en su espalda. Necesitaba un segundo de distracción total.

—Dale, Federico… —incitó Viviana con voz ronca, ignorando los gritos de su esposo—. Hacé que se olvide de cómo me llamo. Hacé que desee estar muerto.

Federico soltó una carcajada cargada de odio mientras sujetaba a Viviana con una mano y con la otra le arrancaba el corpiño de un tirón seco. El sonido de la tela rompiéndose fue como un latigazo en el silencio del living.

—¡Mirá qué pedazo de mujer tenías en casa, Santiago! —gritó Federico, apretando los pechos de Viviana que resaltaban bajo la luz—. Qué buenas tetas tiene tu mujer… y vos, como un pelotudo, saliendo a buscar afuera lo que te sobraba acá. ¡Ahora vas a ver cómo me la como yo!

Sin darle respiro, Federico hundió la cara entre los pechos de Viviana, succionando con fuerza y dejando marcas rojas de inmediato. Los sonidos húmedos de la succión —¡Schlup, schlup, mmmgh!— llenaban el aire, mezclándose con los jadeos de una Viviana que, entregada al odio, arqueaba el cuerpo hacia adelante.

—¡Ahhh… sí, así! ¡Que lo vea, que aprenda! —gemía Viviana con la voz quebrada, clavando sus uñas en los hombros de Federico—. ¡Haceme lo que quieras delante de este infeliz!

Santiago, con las venas del cuello a punto de estallar, forcejeaba contra los precintos, haciendo que la silla crujiera. —¡No, Federico! ¡Soltala, por favor! ¡Vivi, no le sigas el juego! —suplicaba entre lágrimas y moco, completamente quebrado.

Federico ignoró los gritos. Bajó una de sus manos por el vientre de Viviana, arrugando el vestido rojo hasta que encontró el borde de su tanga. Con un movimiento brusco, hundió sus dedos en la intimidad de ella, que ya estaba empapada por la mezcla de miedo y adrenalina.

—¡Splack, splack, splack! —el sonido de los dedos de Federico entrando y saliendo de la vagina de Viviana era ensordecedor para Santiago—. ¡Mirá cómo está, Santiago! ¡Está hirviendo por mí! ¡Parece que le gusta más el «vengador» que el marido!

Viviana soltó un grito agudo —¡¡AHHHH-GGH!!—, cerrando los ojos con fuerza mientras se aferraba al pelo rubio de Federico. Sus caderas se movían buscando los dedos de él, respondiendo a la provocación de una manera que Santiago nunca había visto en ella.

—¡Mmmgh… Lauti, ayudame! —alcanzó a decir Santiago, buscando a su amigo con la mirada, pero Lautaro estaba paralizado por el horror y Romina seguía trabajando en sus precintos, con la mirada fija en el arma que Federico había dejado a un costado.

Federico se detuvo un segundo para mirar a Santiago a los ojos, con una sonrisa demente. —¿Te duele, «macho»? Esto es lo que sintió Ariana cuando vos le mentías. Esto es lo que se siente cuando te roban lo que más querés en la cara.

La atmósfera en el living se volvió irrespirable, espesa por el olor al miedo de Santiago y la ferocidad de la revancha. Federico, con un movimiento ágil y cargado de adrenalina, se puso de pie frente a Viviana y se deshizo de su ropa con desprecio, quedando completamente desnudo ante los ojos de todos.

Su miembro, joven y vigoroso, estaba completamente erecto, palpitando con una urgencia violenta. Viviana, con el vestido rojo desgarrado y los pechos al aire, lo miró con un hambre que nació del despecho más profundo.

—Mirá bien, Santiago —susurró ella con una sonrisa gélida—. Mirá lo que es un hombre de verdad, no un cobarde mentiroso como vos.

Viviana se deslizó del sillón hasta quedar de rodillas frente a Federico. Sin dudarlo, envolvió el miembro del joven con sus manos, acariciando la piel tensa y las venas marcadas que subían hasta el glande. Federico soltó un gruñido de satisfacción, echando la cabeza hacia atrás.

—¡Mmmgh… eso! —exclamó Federico, acariciando el cabello de Viviana—. ¡Comé, nena! ¡Demostrale a tu marido cómo se disfruta un pibe de mi edad!

Viviana abrió la boca y lo recibió por completo, hundiéndose en una succión desesperada y rítmica. —¡Sluuurp… gluck, gluck, mmmh! —el sonido de la felación era ensordecedor en el silencio del comedor.

Santiago, con los ojos desorbitados y las lágrimas corriendo por sus mejillas, intentaba apartar la vista, pero los gritos de Viviana lo obligaban a mirar su propia destrucción. —¡Mmm-ggh! —gemía ella entre cada succión, saboreándolo con un placer genuino que le encendía la mirada—. ¡Está riquísimo, Federico! ¡Mucho mejor que el viejo este! —soltó ella al separarse apenas un segundo, con los labios brillantes de saliva, antes de volver a la carga con más fuerza: ¡Schlop, schlop, gluck!

Federico la sujetó de la nuca, guiando el vaivén con brusquedad. —¡Uff… ahhh! ¡Cómo la chupás, loca! —gritaba Federico—. ¡Mirá cómo se mueve tu jermu, Santiago! ¡Me la voy a terminar de garchar acá mismo, sobre tu alfombra de lujo!

Santiago soltó un aullido de agonía —¡¡NOOOO!!—, golpeando su cabeza contra el suelo en un intento desesperado por desmayarse y no ver más. Lautaro y Romina, petrificados, veían cómo el odio de Viviana se transformaba en una pasión oscura que no tenía retorno. Ella no solo lo hacía por venganza; el contraste del joven Federico con la monotonía de Santiago le estaba volviendo la cabeza loca.

La escena alcanzó un punto de degradación absoluta. Viviana, con la mirada fija en los ojos de un Santiago que se deshacía en llanto, bajó aún más el rostro. Ya no era solo la humillación; era el descubrimiento de un deseo salvaje que su marido nunca había sabido despertar.

Federico, con las piernas abiertas y las manos en la nuca de ella, la guiaba como si fuera un trofeo.

—¡Mmmgh… sí, nena! —gruñó Federico, sintiendo la lengua de Viviana recorrer la base de su miembro—. ¡Comeme los huevos también, que están cargados para vos!

Viviana no se hizo esperar. Con una mano sujetó el tronco firme y venoso del joven y con la otra acomodó sus testículos para lamerlos uno a uno. —¡Slurp… mmm… qué ricos los tenés, pendejo! —soltó ella con la voz pastosa de lujuria—. ¡Están duritos, no como los colgajos de Santiago! ¡A ver si aprendés, «mi amor», mirá cómo se hace! —le gritó a su marido antes de meterse ambos testículos en la boca, succionando con un sonido rítmico: ¡Gluck, gluck, schlop!

Santiago soltó un quejido sordo, ahogándose en su propio vómito y lágrimas. —¡Vivi… por Dios… basta! —suplicó en un hilo de voz.

—¡Cerrá el orto, cornudo! —le espetó Federico, dándole un tirón de pelo a Viviana para que volviera a subir a la cabeza del pene—. ¡Dale, Vivi, comételo todo! ¡Haceme sentir que Ariana era una nena de pecho al lado tuyo!

Viviana volvió a la carga con un hambre voraz. Se tragaba el miembro de Federico casi hasta la base, haciendo que sus ojos se pusieran vidriosos por la profundidad. —¡Glock… glock… mmmgh-slurp! —el sonido de la saliva chocando contra la carne llenaba el living—. ¡Mirá cómo te la chupo, Federico! ¡Te la voy a dejar seca antes de que me garchas! ¡Mmm-gh!

Federico empezó a sacudir las caderas, dándole estocadas directo a la boca, mientras Viviana lo recibía con gemidos ahogados que eran pura provocación para el hombre atado en el suelo. —¡Eso… ahhh! —exclamó Federico—. ¡Garchate a mi lengua, nena! ¡Qué bien que la movés! Sos una perra, Viviana… ¡la mejor perra que tuvo este living!

Federico soltó una carcajada cargada de una adrenalina oscura y, con un movimiento brusco, puso a Viviana de pie. La arrastró hacia la chimenea de piedra que presidía el living, justo en la línea de visión de Santiago, Romina y Lautaro.

—Mirá bien, contador, porque esto no te lo olvidás más —le escupió Federico a Santiago, mientras obligaba a Viviana a inclinarse hacia adelante, apoyando las palmas sobre el frío mármol de la repisa.

Viviana, con el vestido rojo por la cintura y la respiración entrecortada, arqueó la espalda con una entrega que era un puñal para su marido. Federico se posicionó detrás, admirando la curva de sus nalgas blancas antes de bajar la cabeza.

—¡Slurp… mmm-ggh! —el sonido de la lengua de Federico impactando contra el ano de Viviana resonó en todo el salón.

—¡Ahhh… Federico! ¡Sí, ahí… dale! —gimió Viviana, moviendo las caderas rítmicamente hacia atrás, buscando más contacto—. ¡Mmmgh… ah, ah, ah! ¡Mirá, Santiago! ¡Mirá cómo me gusta que me lo hagan de verdad!

Federico levantó la vista un segundo para forrear a Santiago, que estaba hundido en un mar de lágrimas y espasmos. —¿Viste, infeliz? ¡Parece que a tu jermu le encanta que le limpien el ojete! —gritó Federico antes de volver a hundir la lengua con más fuerza—. ¡Schlop, schlop, gluck! ¡Saboréalo, Viviana, que esto es por Ariana y por vos!

—¡¡AHHH-GGH!! —gritó Viviana, echando la cabeza hacia atrás, con el pelo castaño desparramado—. ¡Me encanta… me volvés loca, pendejo! ¡No pares, metela toda! ¡Mmm-slurp!

El sonido era rítmico y obsceno: ¡Splat, splat, schlop!. Santiago soltó un alarido de agonía, tratando de cerrar los ojos, pero Federico le gritó: —¡No cierres los ojos, carajo! ¡Mirá cómo se estremece! ¡Mirá cómo se entrega mientras vos te morís de ganas de estar en mi lugar!

Viviana se restregaba contra Federico, perdiendo la noción de todo lo que no fuera esa lengua trabajándole el cuerpo. —¡Ngh… ah, ah! ¡Sos un animal, Federico! ¡Mucho mejor que este maricón! ¡Sluuurp! —los gemidos de ella eran cada vez más agudos, llenando el espacio con una vibración de puro despecho y placer.

Federico, con una mirada de triunfo absoluto, se separó de la chimenea y se dejó caer de espaldas sobre la alfombra del living, justo en el centro del círculo de dolor que había formado con sus cautivos. Se quedó ahí, desnudo, con su miembro apuntando al techo como un desafío final.

—Vení, Viviana… —ordenó con la voz cargada de mando—. Vení y demostrale a este payaso cómo se monta a un hombre de verdad.

Viviana no lo dudó. Se acercó a él con el vestido rojo por la cintura, dejando ver su piel pálida bajo la luz mortecina. Se posicionó sobre él, dándole la espalda a Federico para quedar cara a cara con Santiago, que estaba atado a solo un metro de distancia.

—Mirame a los ojos, Santiago —susurró ella con una sonrisa cruel mientras se acomodaba sobre el miembro de Federico.

Con un movimiento lento y pesado, Viviana se dejó caer.

—¡¡PUM!! —el sonido seco del impacto de sus cuerpos resonó en el living. —¡¡AAHHH-GGH!! —gritó ella, arqueando la espalda, mientras Federico la penetraba de un solo golpe demoledor.

—¡Mmmgh… sí! —gruñó Federico desde el suelo, sujetándola de las nalgas—. ¡Eso, nena! ¡Cabalgame como si no hubiera un mañana!

Viviana empezó a moverse con un ritmo salvaje, subiendo y bajando con una fuerza que hacía que el cuero de los sillones y la madera del piso parecieran vibrar. —¡Splat, splat, splat! —la humedad entre ambos chocaba rítmicamente. —¡Ah, ah, ah! —gemía Viviana, clavando sus ojos en los de su marido, que se retorcía en el piso—. ¿Viste, Santiago? ¡Esto es lo que te perdías por andar con pendejas! ¡Mirá cómo me llena, mirá cómo me hace gritar! ¡Ngh… ahhh!

Federico, desde abajo, forreaba a Santiago sin piedad. —¿Te gusta el show, contador? ¡Mirá qué bien que se mueve tu jermu! ¡Me va a sacar el alma! —gritó mientras Viviana aceleraba el vaivén: ¡Clap, clap, clap!

—¡¡SIII… DALE MÁS DURO, FEDERICO!! —chillaba ella, perdiendo el control—. ¡Mmm-gh! ¡Haceme lo que quieras! ¡Borrame el nombre de este maricón de la cabeza! ¡¡AHHH-GGH!!

Santiago soltó un alarido de agonía pura, un sonido que ya no era humano, y empezó a golpear su cabeza contra las patas de la mesa, queriendo morir ahí mismo. Mientras tanto, en el rincón, las manos de Romina finalmente se liberaron del plástico. El sonido del precinto cortándose fue ahogado por el grito de éxtasis de Viviana.

Federico, cegado por el éxtasis de la humillación, la tomó de las caderas y la obligó a girar mientras seguían unidos, quedando ella ahora en cuatro patas sobre la alfombra, de espaldas a él pero con la cara apuntando directamente a un Santiago que ya no tenía alma.

—¡Mirá bien, infeliz! ¡Mirá cómo se arquea para mí! —bramó Federico, sujetando el cabello de Viviana para que ella levantara la vista y no dejara de mirar el rostro deshecho de su marido.

Él empezó a embestirla con una violencia rítmica que hacía que los pechos de Viviana rebotaran contra el aire.

—¡Plaf, plaf, plaf! —el sonido de la carne chocando contra la carne era lo único que se escuchaba por encima de los sollozos de Santiago.

—¡¡Ahhh… Federico, sí… romperme toda!! —gritaba Viviana, entregada por completo al despecho y a la fuerza del joven—. ¡¡Mmmgh-ah!! ¡Mirá, Santiago! ¡Mirá cómo me tiene! ¡Esto es lo que se siente estar con alguien que no tiene miedo! ¡Ngh… ah, ah, ah!

Federico aceleró, dándole estocadas profundas que hacían que Viviana se sacudiera violentamente. —¡Eso es, perra! —le gritó él, dándole un chirlo sonoro en una de las nalgas que ya estaba roja—. ¡¡Plaff!! ¡Gritale, gritale en la cara a este maricón quién es tu dueño ahora!

—¡¡SOS VOS… SOS VOS, FEDERICO!! —chillaba ella, con los ojos miel encendidos por una mezcla de odio y placer—. ¡¡AAHHH-GGH!! ¡Dale más duro! ¡Que se muera de ver cómo me acabás adentro! ¡Ngh… sí… ahí!

El vaivén era frenético: ¡Splat, splat, splat!. Viviana hundía los dedos en la alfombra, arqueando el lomo como una fiera, mientras Santiago emitía un sonido gutural de agonía pura, incapaz de procesar que la mujer que amaba lo estuviera destruyendo de esa manera.

romina no se libera esta pensativa

Romina se quedó estática. A pesar de que sus manos ya estaban libres del plástico, no hizo ningún movimiento para alcanzar el arma. Se quedó ahí, con la mirada perdida en la escena, procesando algo que iba más allá del protocolo policial. Había una frialdad nueva en sus ojos, una chispa de decepción o quizás de una oscura comprensión.

Mientras tanto, en el centro del living, la violencia del acto llegaba a su punto de quiebre. Federico, sudado y fuera de sí, mantenía a Viviana en cuatro patas, sujetándola de las caderas con una fuerza que le dejaba marcas moradas en la piel blanca.

—¡Miralo, carajo! —rugía Federico, dándole una embestida que hizo que Viviana se golpeara el pecho contra la alfombra—. ¡Mirá cómo se rompe por dentro! ¡Ngh… ahhh!

Viviana, con el maquillaje corrido y el pelo tapándole la cara, respondía con gemidos que eran puro veneno. —¡Splat, splat, splat! —el sonido de la fricción era rítmico y obsceno—. ¡¡Sí… así!! ¡Dale más fuerte, Federico! ¡Que sienta cada golpe, que escuche cómo me tenés! ¡¡Mmmgh-ah!! ¡Sos un despojo, Santiago! ¡No servís para nada!

Santiago estaba destruido. Ya no gritaba; solo emitía un hipo seco, con la mirada fija en el vacío, viendo cómo su mujer se arqueaba y gritaba de placer bajo el hombre que quería matarlo. La humillación era tan absoluta que su mente parecía haber desconectado de la realidad.

Lautaro miró a Romina, esperando que ella hiciera algo, que sacara el arma, que gritara, que pusiera fin a esa locura. Pero Romina solo observaba. Miraba a Santiago, el hombre que había mentido y usado a su amigo. Miraba a Federico, el novio herido convertido en monstruo. Y miraba a Viviana, la mujer despechada que había elegido la traición como medicina.

—¡¡Uff… ya voy, nena… ya voy!! —gritó Federico, acelerando el ritmo de forma frenética, casi violenta—. ¡Plaf, plaf, plaf! ¡Preparate, contador, que te la voy a llenar de mí en la cara!

Federico, en un estado de exaltación absoluta y descontrolada, decidió llevar la humillación de Santiago al límite máximo. Mientras seguía embistiendo a Viviana con violencia rítmica, bajó una de sus manos y, sin previo aviso, hundió un dedo profundamente en el ano de ella.

—¡Mmmgh… sí, nena! —gruñó Federico al oído de Viviana—. ¡Sentí esto, sentí cómo te abro toda frente a este cornudo!

Viviana soltó un grito que desgarró el aire del living, un sonido que mezclaba el dolor inicial con una descarga de adrenalina y despecho que la hizo arquearse como nunca. —¡¡AAHHH-GGH!! —chillaba ella, apretando los dientes mientras sus manos se cerraban en puños sobre la alfombra—. ¡¡Siii… ahí, Federico!! ¡Mirá, Santiago! ¡Mirá cómo me tiene este pibe! ¡Me hace cosas que vos no te animaste ni a soñar, maricón!

Federico empezó a mover el dedo rítmicamente dentro de ella mientras continuaba con las estocadas por la vagina. El sonido de la lubricación y el roce era obsceno: ¡Splat, splat, schlop!.

—¿Viste, Santiago? —forreaba Federico, mirando al contador que estaba a punto de colapsar—. ¡Tu mujer tiene el culito bien hambriento! ¡Mirá cómo me aprieta el dedo mientras me la garcho! ¡Ngh… ahhh!

Viviana estaba fuera de sí, su cuerpo temblaba por la doble penetración y la humillación pública. —¡Ngh… ah, ah, ah! —gemía ella, con la mirada perdida y el rostro rojo de excitación—. ¡Dale más fuerte! ¡Que se entere todo el barrio que hoy soy de un hombre de verdad! ¡¡SIII… AHÍ!!

Santiago cerró los ojos y empezó a negar con la cabeza, emitiendo un sollozo seco y constante. Ya no le quedaban fuerzas ni para gritar. La imagen de su esposa gritando de placer con el dedo de Federico dentro era la estocada final para su cordura. Trato de liberarse una vez más y cayó al suelo

El ambiente estaba cargadísimo. Lautaro miró a Romina, que lo observaba con un rostro lleno de odio. Federico seguía con Viviana violentamente mientras Santiago se retorcía en el suelo pidiendo por favor que parara. —Me mentiste —le dijo Romina a Lautaro con voz gélida—. Me dijiste que no tenías nada que ver, pero lo estabas encubriendo a él. —Romina, perdón… no sabía cómo decírtelo. —¡No sabías cómo decírmelo! —gritó ella—. ¡Preferiste usarme y engañarme! Sos un mentiroso, no quiero escuchar más tus promesas.

En ese momento, Romina, con una voz que sonó como un rugido, llamó a Federico. —¡Federico! Cuando termines de cogértela, sigo yo. Él se detuvo un segundo, sorprendido. —¿Qué decís, puta? —Vos no sos el único que tiene a alguien para castigar —dijo ella fría y calculadora—. Lautaro me usó. Y ahora quiero que me garches asi siente el mismo dolor que está sintiendo Santiago…

Santiago y Lautaro

Santiago y Lautaro III