Capítulo 1: Una Noche de Confesiones

Cada mañana, antes de que sonara el despertador, Manuel se levantaba en silencio. Bajaba a la cocina de su piso en el barrio de El Sardinero y preparaba café solo, como siempre desde hacía tres o cuatro años. El sonido del molinillo era lo único que rompía el silencio. Mientras el agua hervía, abría la nevera, miraba los yogures y las frutas que Sonia había comprado para los dos y sentía un nudo en el pecho. Recordaba los desayunos de los primeros años: ella en camisón, riéndose mientras le robaba tostadas, sus pies descalzos rozándose bajo la mesa, planes improvisados para el fin de semana. Ahora desayunaban por turnos, casi sin mirarse.

Aquella mañana de viernes abrió la galería de fotos del móvil mientras esperaba el ascensor. Se detuvo en una imagen de 2009: los dos en una moto alquilada por los Pirineos, Sonia abrazada a su espalda, el pelo rubio al viento, riendo con la boca abierta. Tenía 33 años entonces. Él 39. La vida todavía les parecía un camino ancho y sin obstáculos.

En el concesionario Audi, el día fue largo. Dos clientes indecisos, una reunión con el director regional y un comentario casual de su compañero Javier durante el café:

—Oye, Manuel, tu mujer cada día está mejor. Esas caderas… joder, si no fueras mi jefe…

Manuel sonrió por compromiso, pero la frase se le quedó clavada. Subió al coche, atascado en la rotonda de Puerto Chico, y volvió a mirar la foto de la moto. El nudo del pecho se apretó un poco más.

Mientras tanto, en la boutique de la calle Calderón de la Barca, Sonia vivía su propia rutina de silencios. Aquella tarde entró una clienta de unos 55 años, complexión parecida a la suya, buscando un vestido para una boda.

—Quiero algo que disimule esto —dijo la mujer señalándose las caderas.

Sonia sonrió con profesionalidad, pero por dentro se encogió. Sacó tres modelos, ayudó a la clienta a probárselos y, mientras ajustaba la cremallera, se vio reflejada en el espejo de cuerpo entero. Su propio vestido negro del día anterior le había parecido demasiado ajustado en las caderas. La pre menopausia había repartido unos kilos extra precisamente donde ella más odiaba.

—Te queda perfecto —le dijo a la clienta, pero la frase sonó hueca también para ella.

A las seis y media recibió una llamada de su hija mayor, Laura, desde Madrid. Hablaron diez minutos de la próxima Navidad, de si vendrían los dos hermanos, de si reservaban ya el apartamento en Llanes. Cuando colgó, Sonia se quedó mirando el teléfono. Veinte años casados, dos hijos independientes, una casa cómoda… y una cama cada vez más silenciosa. El mes anterior habían hecho el amor una sola vez. Ella había tenido tres orgasmos seguidos, algo que antes era excepcional, y luego había vuelto la rutina gris.

Esa noche habían reservado mesa en el restaurante del puerto que les gustaba: velas, Rioja reserva, vistas al Cantábrico. Sonia se puso el vestido negro ajustado que tanto la acomplejaba y, por primera vez en semanas, se miró al espejo sin bajar la vista. Manuel, al verla bajar las escaleras, se quedó quieto un segundo.

Durante la cena hablaron de todo y de nada, como siempre. De la boutique, del concesionario, de los hijos. Pero el vino iba soltando capas. En un momento de silencio, Manuel tomó la mano de Sonia sobre el mantel.

—Sonia… llevo tiempo dándole vueltas a algo.

Ella levantó una ceja, curiosa.

—Dime.

Manuel respiró hondo.

—Sé que la menopausia te ha dejado sin ganas. Lo entiendo. Pero yo… me estoy volviendo loco. Me masturbo casi cada día pensando en cosas que nunca te he contado. Fantasías muy concretas.

Sonia se inclinó hacia adelante, la melena rubia cayendo sobre un hombro.

—Cuéntame. No me voy a asustar.

Y Manuel habló. De las aventuras extramatrimoniales, de los intercambios, de la imagen recurrente de ella como hotwife: deseada, admirada, compartida. Le contó el comentario de Javier en el concesionario esa misma mañana. Le dijo que sus compañeros llevaban meses bromeando sobre lo apetecible que estaba ella, sobre esas caderas que a Sonia la acomplejaban y que a ellos los volvían locos.

Sonia escuchaba. El vino le calentaba las mejillas. En lugar de rechazo, sintió un cosquilleo desconocido entre las piernas. Sus pezones se endurecieron bajo el encaje del sujetador. Apretó los muslos.

—Manuel… eso me está poniendo —susurró, casi sorprendida de sus propias palabras. Se agacho un poco, y ante la mirada atónita de Manuel, le puso el tanga de encaje sobre la mesa, empapado

Se miraron unos segundos. Sonia se levantó, le tendió la mano y, con voz baja pero firme:

—Ven conmigo.

Lo arrastró hacia el baño del restaurante, un espacio unisex elegante con azulejos oscuros y un espejo amplio. Cerraron la puerta con llave, y el mundo exterior se desvaneció. Sonia se giró hacia él, sus ojos brillando con una lujuria renovada. Lo empujó contra la pared, besándolo con fiereza, su lengua explorando la de él mientras sus manos bajaban a su cinturón.

—Dime más —jadeó ella contra su boca—. Dime qué te excita de eso.

Manuel, sorprendido pero encendido, la levantó con facilidad sobre el lavabo, sus manos grandes subiendo por sus muslos, apartando el vestido. —Me excita verte deseada, Sonia. Imaginarte con otro, gimiendo como lo haces conmigo. Eres multiorgásmica ahora, ¿verdad? Quiero verte explotar una y otra vez.

Sus palabras la inflamaron. Sonia desabrochó su pantalón, liberando su miembro erecto, grueso y palpitante. Lo acarició con firmeza, sintiendo cómo se endurecía más en su mano. Manuel gimió, bajando la cremallera de su vestido para exponer sus pechos, el sujetador de encaje negro cayendo a un lado. Besó su cuello, bajando a sus pezones, chupándolos con avidez mientras sus dedos se colaban entre sus piernas, encontrando su sexo ya húmedo y resbaladizo.

—Estás empapada —gruñó él, introduciendo dos dedos en ella, curvándolos para rozar ese punto que la hacía temblar.

Sonia arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. —Sí… más… háblame de tus compañeros. ¿Qué dirían si me vieran así?

Manuel aceleró el ritmo, sus dedos moviéndose con precisión mientras su pulgar frotaba su clítoris hinchado. —Dirían que eres una diosa, con esas caderas generosas que invitan a agarrarlas. Que tu coño es un paraíso, apretado y caliente.

Las palabras la llevaron al borde. Sonia sintió el primer orgasmo llegar como un rayo, su cuerpo convulsionando alrededor de sus dedos, un chorro de placer mojando su mano. —¡Dios, Manuel! —gritó, mordiéndose el labio para no alertar a nadie fuera.

Pero no paró ahí. Él la giró, poniéndola de espaldas al espejo, y entró en ella de una embestida profunda, llenándola por completo. Sonia se aferró al lavabo, viendo su reflejo: sus pechos balanceándose, su rostro ruborizado de éxtasis. Manuel la embestía con fuerza, sus caderas chocando contra las de ella, el sonido húmedo y rítmico llenando el baño.

—Eres mía, pero te imagino compartida —jadeó él, una mano en su cadera, la otra bajando a su clítoris para estimularlo de nuevo.

El segundo orgasmo la golpeó más fuerte, sus paredes internas apretando su polla como un vicio, haciendo que Manuel gruñera de placer. Sonia jadeaba, sus piernas temblando, pero quería más. Se giró, arrodillándose ante él, tomando su miembro en la boca, saboreando su propia esencia mezclada con la de él. Lo chupó con avidez, su lengua girando alrededor de la cabeza sensible, mientras sus manos masajeaban sus testículos pesados.

Manuel la miró desde arriba, su rapada cabeza echada hacia atrás. —Sonia… vas a hacerme explotar.

Ella lo sacó de su boca un momento, mirándolo con ojos lujuriosos. —Hazlo. Quiero sentirte.

Volvió a engullirlo, succionando con ritmo, hasta que él no pudo más. Con un rugido ahogado, se corrió en su boca, chorros calientes que ella tragó con deleite, lamiendo cada gota. Se levantó, besándolo de nuevo, compartiendo el sabor salado.

Salieron del baño disimulando, con las mejillas sonrojadas y una complicidad renovada. Esa noche, al llegar a casa, repitieron, explorando más fantasías. La chispa había vuelto, y Sonia, por primera vez en meses, se sentía viva, deseada. Manuel sabía que era solo el comienzo.

Capítulo 2: La Decisión y San Sebastián

La semana siguiente a esa noche en el restaurante, la casa de Manuel y Sonia en Santander empezó a cobrar vida de formas sutiles pero innegables. Por las mañanas, Manuel ya no preparaba el café solo; Sonia bajaba antes, aún en pijama, y se sentaban juntos en la cocina a hablar de nimiedades: el pronóstico del tiempo, un cliente difícil en el concesionario, o cómo Laura les había mandado fotos de su nuevo piso en Madrid. Pero invariablemente, la conversación derivaba hacia la confesión. Manuel mencionaba, casi casualmente, cómo Javier en el trabajo había vuelto a bromear sobre ella esa tarde —»Dice que si algún día vienes a recoger el coche, le das un beso por el descuento»—, y Sonia, en lugar de molestarse, sentía ese cosquilleo familiar. Lo que empezaba como un roce de pies bajo la mesa terminaba en la cama, con ropa tirada por el pasillo y Sonia montándolo con una furia que recordaba sus primeros años.

Una tarde de miércoles, Manuel pasó por la boutique para ayudar a Sonia a cerrar. Mientras bajaban la persiana, él le contó una anécdota del día: una clienta joven, coqueteando descaradamente mientras probaba un A5 nuevo. «Me dio su número, pero lo tiré. Solo pensaba en ti, en cómo sería verte a ti deseada así». Sonia, ordenando los percheros, se giró con una sonrisa traviesa. Sus caderas, que esa mañana la habían hecho dudar frente al espejo al probar un vestido nuevo para la tienda —»Demasiado ceñido, ¿no?» se había dicho—, ahora se sentían como un arma secreta. «Quizá deberíamos probarlo de verdad», susurró ella, besándolo allí mismo contra la pared de la trastienda. Esa noche, en la cama, después de que Sonia se corriera tres veces seguidas, jadeando sobre él, le dijo: «Con desconocidos, en un sitio lejos. Para que sea más fácil».

Manuel sintió el pulso acelerarse. «¿Segura?» Ella asintió, acurrucada contra su pecho: «Quiero sentirme viva otra vez, como en nuestra luna de miel en Andalucía, cuando nos bañábamos desnudos en esa cala solitaria y no nos importaba nada».

Dos semanas después, reservaron el fin de semana en San Sebastián. El viaje en coche fue un ritual de anticipación: pararon en un área de servicio para café, recordando ese viaje a Andalucía —»¿Te acuerdas de cómo nos perdimos y acabamos durmiendo en el coche?» rio Manuel—, y hablaron de límites, de nervios, de cómo sus hijos nunca lo imaginarían. Al llegar, cenaron ligero en un bar de pintxos, el vino calmando el estómago revuelto de Sonia. Ella llevaba el vestido negro de encaje que había probado en la boutique días antes, mirándose al espejo con una autocrítica que ahora se disipaba: «Quizá esas caderas sí sean un imán», pensó.

En el club swinger, los primeros 40 minutos fueron de observación nerviosa desde la barra, besos tímidos que recordaban sus mañanas en la cocina. Pero al entrar en la sala principal, con la cama redonda y las parejas jugando, Sonia se transformó. Sus complejos —esos que la acosaban en el probador de la boutique— se evaporaron ante las miradas hambrientas. Sintió por primera vez en años que su cuerpo no era un enemigo, sino un poder.

 

En cuanto dos hombres y una mujer se acercaron a ella con miradas hambrientas y le pidieron permiso para tocarla, algo se liberó dentro de ella. Sus complejos desaparecieron. Se sintió poderosa, sexy, deseada como nunca.

Pronto estaba completamente desnuda sobre la cama redonda, rodeada de cuerpos. Un hombre alto y moreno le comía el coño con devoción mientras otro le chupaba los pezones con fuerza. Sonia gemía sin control, arqueando la espalda. Manuel, sentado cerca, se masturbaba lentamente, sin poder creer lo que veía.

Lo más impactante fue cuando una mujer atractiva de unos 45 años, con cuerpo atlético y pechos grandes, se acercó a Sonia. Se besaron profundamente, explorándose con lengua. Sonia, por primera vez en su vida, probó a otra mujer. La desconocida la masturbó con maestría mientras la besaba, y Sonia tuvo un orgasmo tan intenso que gritó y eyaculó un chorro claro sobre la mano de la mujer.

Manuel casi no podía respirar de la excitación.

Poco después, Sonia lo buscó con la mirada, desesperada:

—Manu… ven. Fóllame. Ahora.

Él se acercó, la puso a cuatro patas sobre la cama y la penetró de una sola embestida brutal. Sonia gritó de placer. Mientras él la embestía con fuerza, otro hombre le ofreció su polla gruesa, que ella empezó a chupar con avidez. Otra mujer se colocó debajo de Sonia para lamerle el clítoris mientras Manuel la follaba.

Sonia perdió la cuenta de los orgasmos. Tuvo uno detrás de otro: vaginales, clitorianos, combinados… algunos tan fuertes que le temblaban las piernas y se le nublaba la vista.

En un momento, mientras Manuel la follaba con saña y otro hombre le follaba la boca, Sonia alcanzó el orgasmo más intenso de toda su vida. Su cuerpo se convulsionó violentamente, gritando contra la polla que tenía en la boca, y eyaculó abundantemente sobre la cama.

Manuel, completamente sobrepasado por la escena, apenas aguantó unos minutos más. Salió de ella y se corrió con fuerza sobre su espalda y su culo generoso, gruñendo como un animal.

Cuando todo terminó, Sonia estaba exhausta, brillante de sudor y fluidos, con una sonrisa de absoluta satisfacción y los ojos brillantes. Manuel la abrazó fuerte, aún incrédulo.

—No puedo creer que esto haya pasado de verdad… —le susurró, besándola con ternura.

Sonia sonrió con picardía y le respondió al oído:

—Y esto solo ha sido el principio, amor.

 

Capítulo 3: La Segunda Noche en San Sebastián

El domingo amaneció con una luz suave filtrándose por las cortinas del hotel en San Sebastián, como si el sol del Cantábrico quisiera ser testigo discreto de su transformación. Manuel y Sonia habían pasado la mañana recuperándose en la habitación, pero no en silencio: desayunaron en la cama king size, con bandejas de café humeante, croissants y frutas que el servicio había subido. Mientras Sonia untaba mermelada en una tostada, Manuel la miró y recordó sus salidas de senderismo de los primeros años —»¿Te acuerdas de aquella ruta por los Picos de Europa, cuando nos perdimos y acabamos riendo bajo la lluvia?»— riendo ahora con una complicidad renovada. Sonia, acurrucada contra las almohadas, confesó un hobby olvidado: «Solía pintar acuarelas del mar, en la playa de El Sardinero, antes de que los niños llegaran y la boutique me absorbiera todo. ¿Por qué lo dejé?» Manuel le acarició la melena rubia, respondiendo: «Quizá sea hora de retomarlo, amor. Como estamos retomando esto». Hablaron durante horas, desnudos bajo las sábanas, reviviendo detalles de la noche anterior: los gemidos, los toques de extraños, los orgasmos que habían sacudido a Sonia como olas. Se besaban con ternura, riendo como en sus días de novios, confesándose lo unidos que se sentían ahora. «Esto no es solo sexo; es redescubrirnos», murmuró Sonia, su mano en el pecho de él.

Después del desayuno, Sonia tomó una siesta breve en el balcón, con vistas al mar. En ese rato de quietud, reflexionó sobre su menopausia: cómo no solo había mermado su libido, sino que había silenciado partes de ella misma, como esos pinceles guardados en el armario de casa. «Anoche me sentí viva, no solo en el cuerpo, sino en el alma», pensó, un cosquilleo familiar despertando entre sus piernas al recordar las miradas en el club. Manuel, mientras tanto, respondió un mensaje rápido de trabajo —un compañero preguntando por un cierre de mes—, pero lo ignoró pronto, enfocándose en ella. Llamaron a sus hijos por videollamada: charlaron de planes triviales, como «qué tal el fin de semana en San Sebastián» o «hemos comido unos pintxos increíbles aquí», ocultando el secreto bajo sonrisas inocentes. Al colgar, Sonia miró a Manuel con picardía: «Quiero más esta noche. Algo distinto, más audaz».

 

Al anochecer, volvieron al club swinger, con los nervios convertidos en anticipación eléctrica. Sonia llevaba un corsé rojo ajustado que realzaba su busto de talla 85 y sus caderas generosas, combinado con medias de liga y tacones altos. Manuel, en vaqueros oscuros y camisa negra, la tomaba de la mano con posesión protectora. Decidieron empezar en una sala grupal, donde el ambiente era más crudo y directo.

Allí, Sonia se ofreció para algo que Manuel había fantaseado en secreto: un bukkake. Se arrodilló en el centro de un círculo de hombres, unos diez, todos desconocidos, seleccionados por el club para discreción y respeto. Manuel observaba desde un rincón, su polla endureciéndose al ver a su mujer tan expuesta y voluntaria. Sonia, con los ojos cerrados al principio por timidez, pronto se desinhibió. Los hombres se masturbaban alrededor de ella, gruñendo de excitación ante su cuerpo curvilíneo. Uno por uno, se acercaban y eyaculaban sobre su rostro, sus pechos y su abdomen. El semen caliente y espeso le resbalaba por la piel, goteando desde sus pezones endurecidos hasta sus caderas. Sonia gemía, lamiendo lo que podía alcanzar con la lengua, sintiéndose como una diosa perversa. El olor salado y el calor la excitaban tanto que, sin tocarse, tuvo un orgasmo espontáneo, sus muslos temblando mientras un chorro de su propio jugo mojaba el suelo. Manuel no podía creerlo: su mujer, la dueña de boutique recatada, ahora cubierta de semen ajeno, jadeando de placer.

Después de limpiarse superficialmente, pasaron a la sala sado, un espacio con poca luz con paredes de cuero negro, cadenas colgando del techo y un arsenal de juguetes. Sonia, aún temblorosa del bukkake, accedió a ser el centro de atención. La ataron a una cruz de San Andrés, con correas de cuero en muñecas y tobillos, extendiendo su cuerpo vulnerable. Le vendaron los ojos con una tela suave pero opaca, dejando su mundo en oscuridad, amplificando cada sonido y toque. «Estoy indefensa, amor», susurró ella, con una mezcla de miedo y excitación que hacía que su coño palpitara.

Varias mujeres —cuatro, todas experimentadas en el arte del dominio— se acercaron. Eran maduras como Sonia, con cuerpos tonificados y auras de autoridad. Empezaron con castigos suaves pero intensos: una fusta de cuero azotando sus nalgas generosas, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente. Sonia gritaba con cada golpe, pero pedía más, su cuerpo arqueándose. Otra mujer usó pinzas en sus pezones, tirando de ellas mientras le susurraba al oído: «Eres una putita caliente, ¿verdad? Te encanta que te usen». Una tercera introdujo un vibrador en su coño empapado, encendiéndolo en modo bajo para torturarla con placer negado, mientras le pellizcaba los muslos internos. La cuarta usó plumas para cosquillear su clítoris hinchado, alternando con palmadas firmes en sus caderas, que tanto la acomplejaban pero ahora se sentían como un imán de deseo.

Sonia se retorcía atada, ciega e indefensa, sus gemidos convirtiéndose en sollozos de éxtasis. Los castigos la llevaron a un orgasmo tras otro: el primero por los azotes, haciendo que su culo se contrajera; el segundo por las pinzas, que enviaban descargas a su centro; el tercero por el vibrador, que la hizo eyacular en un chorro incontrolable. «¡Por favor, folladme!», suplicó, su voz ronca.

Manuel fue el primero. Se acercó, quitando el vibrador y penetrándola de una embestida profunda y posesiva. Sonia gritó su nombre, sus paredes internas apretándolo como un puño. Él la follaba con fuerza, sus manos agarrando sus caderas marcadas, mientras las mujeres observaban y animaban. «Es tuya, pero la compartimos», dijo una. Manuel se corrió dentro de ella con un rugido, llenándola de su semen caliente.

Luego vinieron los maridos de las mujeres: cuatro hombres robustos, excitados por el espectáculo. Uno tras otro, la follaban mientras seguía atada y vendada. El primero la tomó despacio, rozando su punto G hasta hacerla convulsionar en otro orgasmo múltiple. El segundo fue más rudo, embistiendo como un animal, sus bolas chocando contra su culo rojo. Sonia gemía incontrolablemente, su cuerpo temblando, sintiéndose como un juguete vivo. El tercero la penetró analmente —algo que solo había probado con Manuel años atrás—, lubricado por el semen anterior, estirándola hasta el límite y provocándole un placer doloroso que la hizo gritar y correrse de nuevo. El cuarto la folló vaginalmente mientras una mujer le frotaba el clítoris, llevándola a un clímax final tan intenso que perdió el conocimiento por unos segundos, su cuerpo laxo en las ataduras.

Cuando la desataron, Sonia cayó en brazos de Manuel, exhausta pero radiante. Se besaron con pasión, él susurrándole lo orgulloso que estaba. «No puedo creer que esto sea real», murmuró él, aún incrédulo. Regresaron al hotel, más enamorados y cómplices que nunca, sabiendo que su vida sexual había cambiado para siempre.

 

Capítulo 4: La Invitación Exclusiva

Al día siguiente, lunes por la mañana, Manuel y Sonia recibieron una llamada del gerente del club swinger. Su voz era suave pero cargada de entusiasmo: «Han causado una expectación tremenda entre nuestros clientes habituales. La forma en que se entregaron anoche… ha sido el tema de conversación. Queremos invitarlos gratis a una fiesta exclusiva esta noche. Será intensa, con elementos que superarán lo que han vivido: un gangbang central, toques de humillación controlada, público selecto observándonos, y todo grabado profesionalmente para que se lo lleven de recuerdo. Para preservar la intimidad, todos iremos con máscaras —incluso habrá personas públicas importantes entre nosotros—. ¿Aceptan?»

Sonia y Manuel, aún en la cama del hotel, se miraron con una mezcla de sorpresa y excitación. Después de un breve debate, aceptaron. «Esto es una locura, pero quiero vivirlo contigo», le dijo Sonia a Manuel, besándolo con pasión. Pasaron el día descansando, comiendo en la habitación y hablando de límites, asegurándose de que todo quedara en fantasía consensuada.

Al atardecer, un coche discreto los recogió y los llevó de vuelta al club. Allí, los separaron temporalmente para preparar a Sonia como en un ritual antiguo y sensual. La llevaron a una habitación privada, iluminada por velas aromáticas de sándalo y jazmín. Tres mujeres —asistentes del club, vestidas con túnicas negras— la atendieron con reverencia. Primero, la bañaron en una tina de agua tibia con aceites esenciales, masajeando su cuerpo curvilíneo: sus pechos de talla 85, sus caderas generosas que ahora se sentían como un altar de deseo. «Eres la diosa de esta noche», le susurró una, mientras le depilaban suavemente el pubis, dejando solo una fina línea que acentuaba su vulnerabilidad.

Luego, la untaron con un aceite brillante que hacía resaltar su piel bajo las luces. Le colocaron joyas eróticas: un collar con un colgante que rozaba sus pezones, pulseras en tobillos y muñecas que tintineaban como cadenas sutiles, y un plug anal enjoyado, introducido con cuidado mientras ella gemía de anticipación. Finalmente, le pusieron una máscara veneciana dorada que cubría sus ojos y nariz, dejando su boca expuesta y sensual. «Estás lista para ser adorada… y usada», le dijeron, guiándola hacia la sala principal.

La fiesta exclusiva se celebraba en una sala amplia, con un escenario central elevado rodeado de asientos en gradas para un público de unas 30 personas —hombres y mujeres selectos, todos enmascarados: políticos locales, empresarios conocidos, incluso algún rostro familiar de la televisión vasca, pero irreconocibles tras las máscaras elaboradas—. Cámaras profesionales, discretas pero omnipresentes, grababan todo desde ángulos múltiples, prometiendo un video editado para su recuerdo privado.

Manuel, también enmascarado con una careta negra que acentuaba su mandíbula fuerte, esperaba en el escenario. Sonia fue presentada como «la musa de la noche», y el público aplaudió con expectación. La humillación comenzó sutilmente: la hicieron desfilar desnuda por el escenario, con las manos atadas a la espalda, mientras el maestro de ceremonias —un hombre enmascarado con voz grave— comentaba su cuerpo: «Mirad esas caderas generosas, perfectas para agarrar. Esos pechos que invitan a morder. Esta mujer es un banquete para nosotros». Sonia sintió el rubor bajo la máscara, pero el calor entre sus piernas la traicionaba; la exposición la excitaba como nunca.

El gangbang inició con Manuel como el primero, reclamándola públicamente. La tumbó en una cama elevada en el centro, penetrándola con fuerza mientras el público observaba y murmuraba aprobaciones. «Eres mía, pero esta noche te comparto», gruñó él, embistiendo profundo, haciendo que Sonia gimiera alto, sus orgasmos comenzando ya: el primero vaginal, apretando su polla hasta que él se corrió dentro de ella con un rugido.

Luego vinieron los otros: diez hombres seleccionados del público, todos enmascarados y con cuerpos variados —atlético, robusto, esbelto—. La humillación se intensificó: la llamaban «putita ansiosa», «perra en celo», obligándola a suplicar por cada polla. Uno la folló la boca mientras otro la penetraba por detrás, en una doble penetración que la hizo gritar y eyacular en chorros. Otro la azotaba las nalgas con una pala mientras la montaba, dejando marcas rojas que el público aplaudía. Sonia, indefensa y vendada internamente por la máscara, se perdía en el placer: orgasmos en cadena, uno tras otro, vaginales, anales, clitorianos —incluso uno solo por las palabras humillantes que le susurraban al oído.

El clímax fue un círculo alrededor de ella: arrodillada, chupando pollas alternadamente mientras otros se masturbaban sobre su cuerpo, cubriéndola de semen caliente que resbalaba por su rostro enmascarado, pechos y caderas. Manuel participaba, follándola intermitentemente, intercalado con los extraños. El público vitoreaba, algunos uniéndose al final en un caos controlado de cuerpos. Sonia tuvo el orgasmo más devastador de su vida: uno múltiple prolongado que la dejó temblando, gritando incoherencias, su cuerpo convulsionando mientras eyaculaba abundantemente sobre el escenario.

Al terminar, exhaustos y cubiertos de fluidos, Manuel la abrazó protectoramente mientras el público aplaudía. Les entregaron una memoria USB con la grabación cruda, prometiendo la versión editada en unos días. Regresaron al hotel en silencio cómplice, reproduciendo fragmentos en su mente. «No puedo creer que hayamos hecho esto», murmuró Manuel, besándola. Sonia sonrió: «Y quiero más».

 

Capítulo 5: El Regreso y el Contacto Inesperado

De vuelta en Santander, la vida de Manuel y Sonia había cambiado para siempre. El viaje a San Sebastián no fue solo una escapada; fue un renacimiento. Llegaron a casa exhaustos pero radiantes, con la memoria USB del club guardada como un tesoro prohibido. Durante los primeros días, integraron las grabaciones en su rutina sexual de forma natural y adictiva. Cada noche, después de cenar —con vino, como siempre—, se tumbaban en la cama con el portátil. Veían fragmentos del video: Sonia atada en la sala sado, cubierta de semen en el bukkake, gritando en el gangbang exclusivo. Las imágenes los encendían como un fuego incontrolable.

Sonia, que antes luchaba con su libido, ahora era insaciable. «Mírame ahí, amor… indefensa y follada por todos», susurraba mientras Manuel la penetraba despacio, reproduciendo la escena donde la humillaban en el escenario. Ella montaba su polla con furia, sus caderas generosas chocando contra él, alcanzando orgasmos múltiples que la dejaban temblando. Manuel, por su parte, se masturbaba solo durante el día en el concesionario, recordando cómo la compartía, pero por las noches la reclamaba con posesión renovada. Usaban juguetes inspirados en las experiencias: un plug anal como el del ritual, pinzas para sus pezones, y hasta una máscara veneciana que compraron online. Follaron en cada rincón de la casa —la cocina, el sofá, incluso el balcón con vistas al mar—, reviviendo las fantasías mientras el video sonaba de fondo.

Pero no todo quedó en recuerdos. Una semana después, recibieron un email anónimo desde una dirección encriptada. El asunto: «De la fiesta exclusiva». El mensaje era breve: «Fui uno de los VIP enmascarados esa noche. Soy un empresario conocido en el norte de España —llámame ‘A’—. Vi cómo te entregabas, Sonia, y no puedo olvidarlo. Quiero más, en privado. Os invito a mi yate en Bilbao este fin de semana. Solo nosotros tres, o más si queréis. Discreción absoluta». Adjuntaba una foto borrosa de su máscara dorada para confirmar.

Sonia y Manuel debatieron durante horas, excitados por el giro. «¿Invitar a alguien conocido? Esto es casi como eso, pero mejor», dijo Manuel, su polla endureciéndose solo de imaginarlo. Sonia, ruborizada pero húmeda, accedió: «Sí, pero con reglas. Y lo grabamos nosotros también».

El sábado, llegaron al yate de lujo amarrado en Bilbao. ‘A’ era un hombre de unos 55 años, alto y elegante, con cabello plateado y un cuerpo cuidado por el gimnasio —reconocible vagamente como un magnate inmobiliario que salía en las noticias locales—. Los recibió con champán y una sonrisa depredadora, pero no estaba solo. A su lado, con una copa en la mano y un vestido rojo ceñido que realzaba sus curvas maduras, estaba su mujer, ‘B’, una mujer de unos 52 años, morena con melena larga y ondulada, pechos generosos y una figura atlética que hablaba de horas en el gimnasio y spas exclusivos. «Bienvenidos», dijo ‘B’ con una voz ronca y seductora, besando a Sonia en las mejillas con un roce que duró un segundo de más. «Mi marido me ha contado todo sobre ti, Sonia. Y quiero unirme… si os parece bien».

Manuel y Sonia intercambiaron una mirada de sorpresa excitada. La noche empezó con cena en la cubierta, bajo las estrellas del puerto de Bilbao, con el agua lamiendo el casco del yate. Hablaron de fantasías con franqueza: ‘A’ confesó su afición por ver a su mujer con otras, y ‘B’ admitió que le excitaba dominar a parejas nuevas. El champán fluía, y pronto la tensión sexual era palpable. ‘B’ tomó la iniciativa, acercándose a Sonia y besándola suavemente en los labios, probando su sabor mientras Manuel y ‘A’ observaban, endureciéndose.

La acción se trasladó a la cabina principal, un espacio lujoso con una cama king size, espejos en el techo y luces tenues. ‘B’ ordenó a Sonia que se desnudara lentamente, mientras ‘A’ y Manuel se sentaban en sillones, bebiendo y masturbándose despacio. Sonia obedeció, temblando de anticipación, su coño ya resbaladizo al sentir las miradas. ‘B’, aún vestida, la ató a una silla especial en el centro de la habitación —con correas de cuero suave para muñecas y tobillos—, vendándole los ojos con una seda negra. «Vas a ser nuestra juguete esta noche», susurró ‘B’, su aliento cálido en el oído de Sonia.

Los castigos comenzaron con una delicadeza torturadora. ‘B’ usó una fusta de cuero para azotar las caderas generosas de Sonia, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente, alternando con besos suaves en las zonas sensibles. «Eres tan apetecible… tus curvas me vuelven loca», murmuró ‘B’, mientras introducía un dedo en el coño empapado de Sonia, curvándolo para rozar su punto G. Manuel y ‘A’ se unieron: ‘A’ colocó pinzas en los pezones duros de Sonia, tirando de ellas mientras le susurraba humillaciones: «Suplícame, Sonia. Dime que eres nuestra puta temporal». Ella suplicó, su voz ronca: «Sí… soy vuestra puta. Fóllame, por favor». ‘B’ añadió un vibrador en el clitoris, encendiéndolo en modo bajo para torturarla al borde del orgasmo, mientras le lamía el cuello y los pechos, mordisqueando con dientes afilados.

Sonia se retorcía en la silla, ciega e indefensa, sus gemidos convirtiéndose en sollozos de éxtasis. Los toques combinados la llevaron a un orgasmo tras otro: el primero por los azotes y los dedos de ‘B’, haciendo que eyaculara un chorro claro sobre la alfombra; el segundo por las pinzas y el vibrador, enviando descargas eléctricas a su centro. «¡Más! ¡No paréis!», gritaba, su cuerpo convulsionando.

Manuel fue el primero en follársela, acercándose y penetrándola con fuerza en la silla, sus embestidas profundas haciendo que la silla crujiera. Sonia gritó su nombre, sus paredes internas apretándolo como un vicio, alcanzando un clímax que la dejó temblando. ‘B’ observaba, masturbándose con una mano mientras con la otra frotaba el clítoris de Sonia, intensificando el placer.

Luego vino ‘A’, su polla gruesa estirándola, embistiendo mientras Manuel le follaba la boca, en una doble penetración que la llenaba por completo. ‘B’ se unió, arrodillándose para lamer el punto donde ‘A’ entraba en Sonia, su lengua experta rozando el clítoris y las bolas de ‘A’. Sonia perdió la cuenta de los orgasmos: uno vaginal por la polla de ‘A’, otro clitoriano por la lengua de ‘B’, y un tercero combinado que la hizo eyacular abundantemente, mojando a todos.

Intercalaron con más intensidad: ‘B’ se desnudó y se sentó en la cara de Sonia, obligándola a lamer su coño depilado y húmedo mientras ‘A’ la follaba analmente —lubricado por los fluidos previos—, estirándola hasta el límite en un placer doloroso que provocó otro clímax devastador. Manuel, excitado por la escena lésbica, penetró a ‘B’ desde atrás, creando un cuarteto caótico de cuerpos entrelazados. ‘B’ gemía alto, sus pechos balanceándose, mientras Sonia lamía con avidez, saboreando el jugo de otra mujer por segunda vez en su vida.

El clímax final fue un caos de humillación y placer: Sonia, aún atada, fue cubierta por todos. ‘A’ se corrió en su rostro, chorros calientes resbalando por su vendaje; Manuel en sus pechos, marcando su territorio; ‘B’ frotó su coño contra el muslo de Sonia hasta correrse, dejando un rastro húmedo. Sonia, en el pico de su orgasmo más intenso, gritó incoherencias, su cuerpo convulsionando mientras eyaculaba una última vez.

Manuel grabó todo con su teléfono, capturando cada gemido y embestida. Exhaustos, se tumbaron en la cama, riendo y besándose en un enredo de brazos y piernas. ‘A’ y ‘B’ les prometieron más encuentros, quizás con otros de su círculo exclusivo. Regresaron a Santander con otra grabación, integrándola en sus sesiones: ahora veían ambos videos, follando con más intensidad. Invitar a ‘A’ y ‘B’ abrió la puerta a más contactos —quizás incluso a alguien de su círculo en Santander, como un compañero de Manuel que siempre la piropeaba—. Su matrimonio era más fuerte, más pervertido, más vivo.

 

 

Capítulo 6: El Descubrimiento en Santander y la Marca Eterna

De regreso en Santander, la rutina diaria de Sonia en su boutique se había teñido de un secreto picante. Mientras atendía a clientes, su mente vagaba a las grabaciones del club y del yate, y a menudo, en momentos de calma, sacaba su teléfono para revivir fragmentos. Una tarde soleada, mientras ordenaba estanterías en la trastienda, reprodujo el video del bukkake: su rostro enmascarado cubierto de semen caliente, sus gemidos resonando en el audio. Estaba tan absorta, con las mejillas sonrojadas y un pulso entre las piernas, que no oyó la puerta.

 

Belén, una clienta habitual y amiga cercana de unos 48 años —alta, morena con curvas pronunciadas y un estilo elegante que siempre compraba en la boutique—, entró buscando un vestido nuevo. Al no ver a Sonia en el mostrador, se asomó a la trastienda. «¡Sonia, cariño! ¿Estás ah…?» Las palabras se le atragantaron al ver la pantalla: Sonia arrodillada, rodeada de hombres, chorros blancos resbalando por su piel. Belén se quedó petrificada, con los ojos muy abiertos.

 

Sonia, al percatarse, apagó el teléfono de golpe, roja como un tomate. «¡Belén! Dios, lo siento… es… un video privado. No era mi intención…»

 

Belén, en lugar de escandalizarse, soltó una risa nerviosa y se acercó, cerrando la puerta tras de sí. «Tranquila, Sonia. No me lo imaginaba de ti… la dueña recatada de la boutique, con esa vida familiar perfecta. Pero… me impresiona. En el buen sentido.» Sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y complicidad. Sonia, avergonzada pero intrigada por la reacción, balbuceó excusas, pero Belén la interrumpió. «Mira, te confieso algo: yo también practico el swing y juegos… pervertidos. Con mi marido Alberto, mi hermana Almudena y su marido Rafa. Somos un cuarteto cerrado, exploramos BDSM, intercambios… todo con discreción absoluta.»

 

Sonia parpadeó, procesando. Belén era una mujer de clase media-alta, como ella, con un negocio de decoración en la ciudad. Nunca lo habría sospechado. «¿En serio? ¿Aquí en Santander?»

 

Belén asintió, bajando la voz. «Tenemos un salón de juegos en mi casa, equipado para todo. Si quieres, propongo que quedemos. Tú y Manuel con nosotros cuatro. Podríamos… introducirte en algo más intenso.» Sonia sintió un cosquilleo familiar entre las piernas. Esa noche, se lo contó a Manuel durante la cena, y él, excitado por la idea de involucrar a conocidos locales, aceptó de inmediato.

 

Dos semanas después, una noche de viernes, llegaron a la casa de Belén en las afueras de Santander: una villa moderna con jardín privado. Belén los recibió con besos efusivos, vestida con un kimono de seda negro que insinuaba su silueta voluptuosa. Alberto, su marido, era un hombre de 50 años, robusto y atractivo, con barba gris y una sonrisa confiada. Almudena, la hermana de Belén, era más menuda, de 46 años, con cabello castaño corto y una energía juguetona. Rafa, su cuñado, alto y musculoso, completaba el grupo.

 

Después de copas y charlas para romper el hielo —donde compartieron fantasías sin tapujos—, bajaron al sótano: el «salón de juegos». Era un paraíso BDSM: paredes forradas de cuero rojo, una cruz de San Andrés, un potro de tortura, cadenas del techo, un arsenal de juguetes —fustas, pinzas, vibradores, plugs, cuerdas— y luces tenues que creaban sombras sensuales. «Aquí todo es consensuado», dijo Belén, entregándoles una palabra de seguridad: «rojo».

 

Prepararon a Sonia como en un ritual: la desnudaron lentamente, admirando su cuerpo maduro —sus pechos de talla 85, sus caderas generosas que ahora se sentían como un imán de deseo—. La ataron a la cruz de San Andrés, extendiendo sus brazos y piernas, expuesta y vulnerable. Manuel observaba desde un lado, su polla endureciéndose bajo los pantalones, mientras los otros se desvestían, revelando cuerpos tonificados por años de exploración erótica.

 

El BDSM fue más intenso que nunca, empujando a Sonia casi a su límite. Belén y Almudena empezaron con castigos femeninos, azotando sus nalgas y caderas con fustas de diferentes grosores —una fina que picaba como agujas, otra gruesa que dejaba ecos sordos—. «Eres una perra caliente, Sonia», susurraba Belén, mientras Almudena colocaba pinzas en sus pezones y clítoris, tirando de cadenas que conectaban todo, enviando descargas de dolor-placer que hacían que Sonia se arqueara contra las ataduras. Alberto y Rafa se unieron: Alberto introdujo un plug anal grande, vibrante, estirándola hasta el punto de lágrimas, mientras Rafa usaba un flogger en su espalda y muslos, los hilos de cuero impactando con un chasquido que resonaba en la sala. Sonia gritaba, lágrimas de éxtasis rodando por sus mejillas, su coño goteando abundantemente sobre el suelo. «¡Más! ¡No pares!», suplicaba, pero el dolor se mezclaba con placer abrumador, acercándola a su límite físico y emocional —su cuerpo temblaba incontrolablemente, el sudor perlando su piel, y por un momento sintió el pánico dulce de la sumisión total.

 

Manuel intervino para calmarla, follándola con fuerza contra la cruz, su polla familiar llenándola mientras los otros la estimulaban —dedos de Belén en su culo alrededor del plug, lengua de Almudena en sus pezones mordidos, vibradores de los hombres en su clítoris hinchado—. Sonia explotó en orgasmos múltiples: uno tras otro, convulsiones que la hacían eyacular chorros calientes, gritando hasta quedarse ronca. Casi dijo «rojo», pero el éxtasis la mantuvo en el filo, su mente nublada por el placer.

 

Entonces, vino la humillación cruzada: la obligaron a ver cómo Manuel era follado por Belén y Almudena. Lo tumbaron en el potro cercano, atándolo ligeramente para dramatismo. Belén se montó sobre su polla erecta, cabalgándolo con saña, sus pechos voluptuosos balanceándose mientras gemía: «Mira, Sonia, cómo tu hombre me folla… es tan duro para mí». Almudena se sentó en su rostro, frotando su coño húmedo contra su boca, obligándolo a lamerla con avidez. Manuel gruñía de placer, sus ojos clavados en Sonia, excitado por su mirada indefensa. Mientras tanto, Alberto y Rafa flagelaban duramente a Sonia —con floggers pesados que impactaban en sus nalgas, espalda y muslos, dejando verdugones rojos que ardían como fuego—. «Mira a tu marido disfrutar de otras», gruñía Alberto, azotándola con fuerza rítmica. «Eres una cornuda caliente, ¿verdad?», añadía Rafa, sus golpes precisos haciendo que Sonia sollozara de dolor y excitación, su coño palpitando vacío. Ver a Manuel así, entregado a las mujeres, la humillaba profundamente, pero la excitaba tanto que tuvo un orgasmo espontáneo solo por los azotes y la visión, eyaculando sin ser tocada.

 

Antes de terminar, la soltaron de la cruz y la arrojaron al suelo, sobre una alfombra suave pero fría. La humillaron una vez más: Manuel, Alberto y Rafa se arrodillaron alrededor de ella, masturbándose furiosamente mientras le susurraban insultos sucios —»Toma tu premio, puta»—. Se corrieron los tres sobre su cuerpo exhausto: chorros calientes y espesos cubriendo su rostro, pechos, abdomen y caderas generosas, resbalando por su piel como una marca pegajosa. Sonia jadeaba, sintiéndose degradada pero en éxtasis, lamiendo lo que podía alcanzar con la lengua.

 

Luego, las mujeres —Belén y Almudena— la limpiaron con ternura perversa: se arrodillaron a su lado, lamiendo el semen de su cuerpo con lenguas expertas. Belén chupaba sus pezones, succionando cada gota salada; Almudena lamía su abdomen y pubis, rozando accidentalmente su clítoris aún sensible, provocando un último orgasmo tembloroso. «Estás deliciosa, cubierta de ellos», murmuraban, sus lenguas calientes dejando rastros de saliva.

 

Agotados, en la fase de aftercare —abrazos, masajes, palabras tiernas—, Belén propuso: «Manuel, para que siempre sepan que es tuya, márcala. Un tatuaje sutil.» Manuel, excitado por la idea de posesión permanente, accedió. Al día siguiente, llevó a Sonia a un tatuador discreto en Santander, un hombre de unos 40 años, tatuado y atractivo, con una tienda privada en el centro. Nerviosa pero húmeda de anticipación, Sonia se tumbó en la camilla, depilada y expuesta, su vestido subido revelando su pubis. El tatuador, al ver su excitación evidente —sus labios hinchados y brillantes—, miró a Manuel con una sonrisa pícara. «Es un tatuaje delicado… como pago, ¿me das permiso para comerle el coño? Y que ella me la chupe a mí. Solo si estáis de acuerdo.»

 

Manuel, posesivo pero excitado por la idea, miró a Sonia, quien asintió con los ojos brillantes. «Sí, pero es mía.» El tatuador se arrodilló entre sus piernas, su lengua experta lamiendo su coño empapado, chupando su clítoris con maestría mientras grababa «Propiedad de M» en su pubis, muy abajo, justo encima del inicio de sus labios mayores —un script elegante, pequeño pero visible en intimidad. El zumbido de la aguja, el pinchazo agudo y la lengua caliente la excitaron tanto que tuvo un orgasmo intenso allí mismo, gritando y eyaculando en su boca. Luego, Sonia se arrodilló, chupando su polla gruesa con avidez, succionando hasta que él se corrió en su garganta, tragando con deleite mientras Manuel observaba, masturbándose.

 

La marca renovó su vínculo: cada vez que Sonia se miraba al espejo, sentía un pulso de sumisión y deseo. Su vida en Santander era ahora un tapiz de secretos pervertidos, con Belén y su grupo como aliados.

Capítulo 7: El Círculo se Amplía y la Primera Traición Consentida

Los meses siguientes en Santander se convirtieron en una espiral deliciosa de deseo controlado y secretos compartidos. El tatuaje en el pubis de Sonia —ese «Propiedad de M» en caligrafía fina y negra— se había convertido en un recordatorio constante y erótico. Cada vez que se cambiaba en la boutique o se duchaba, lo rozaba con los dedos y sentía un latigazo de calor entre las piernas. Manuel, por su parte, había desarrollado una nueva costumbre: antes de salir de casa, le bajaba las bragas, besaba la marca y le susurraba «Mía» mientras le introducía un dedo, solo para dejarla húmeda y ansiosa durante todo el día.

El grupo de Belén se convirtió en su refugio habitual los viernes y sábados alternos. El sótano de la villa ya no era solo un lugar de juegos; era su segundo hogar pervertido. Allí Sonia y Manuel exploraron límites que antes ni imaginaban: bondage más elaborado (Sonia suspendida del techo con cuerdas japonesas shibari, girando lentamente mientras todos la tocaban), ahogamiento suave (Belén controlando su respiración con una mano mientras Alberto la follaba), y sesiones inversas donde Sonia observaba a Manuel siendo usado por las dos hermanas hasta que suplicaba que la incluyeran.

Pero el verdadero cambio llegó una noche de finales de primavera, cuando Belén les propuso algo que rompió una barrera nueva.

Estaban en el aftercare habitual: todos desnudos sobre cojines grandes en el suelo, oliendo a sudor, semen y lubricante. Sonia descansaba la cabeza en el regazo de Manuel, aún con las marcas rosadas de las cuerdas en las muñecas. Belén, acariciándole el pelo, dijo con voz casual pero cargada:

—Hay alguien que lleva meses preguntando por vosotros. Un amigo de Alberto del club de golf. Se llama Víctor. 42 años, divorciado, cirujano plástico aquí en Santander. Muy discreto, muy… generoso en la cama. Y tiene una obsesión particular: le encanta marcar a las mujeres que folla, pero no con tinta. Con su semen. Dentro. Profundo. Quiere dejar su «semilla» como huella.

Sonia levantó la cabeza, el corazón acelerado. Manuel sintió cómo su polla, que descansaba semierecta contra su muslo, daba un salto involuntario.

—¿Y qué quiere exactamente? —preguntó Manuel, intentando sonar calmado.

Belén sonrió con picardía.

—Una noche solo con Sonia. Sin ti mirando. Sin cámaras. Solo ellos dos en su ático. Él te manda fotos y videos en tiempo real si quieres… pero el acto en sí, íntimo. Crudo. Sin máscaras ni público. Solo un hombre reclamando lo que hasta ahora habéis compartido con muchos.

Sonia tragó saliva. La idea le provocaba un nudo de celos, miedo y excitación brutal al mismo tiempo. Miró a Manuel. Él respiró hondo, sus ojos azules oscurecidos por el deseo.

—¿Tú qué piensas, amor? —le preguntó ella en voz baja.

Manuel le acarició la mejilla, luego bajó la mano hasta el tatuaje oculto bajo la tela fina que se había puesto después de la sesión.

—Si te excita… y si después vuelves a mí oliendo a él, con su semen todavía dentro… sí. Quiero que lo hagas. Quiero que me cuentes cada detalle mientras te follo encima de su rastro.

Belén aplaudió suavemente.

—Perfecto. Entonces lo organizo para el próximo viernes. Víctor está ansioso.

El viernes llegó con una tensión eléctrica.

Sonia se preparó como si fuera a una cita importante: lencería negra nueva (un body de encaje con aberturas estratégicas), vestido burdeos ajustado que marcaba sus caderas generosas, tacones altos, perfume intenso en cuello y muñecas. Manuel la ayudó a vestirse, besando cada centímetro de piel que cubría la tela. Antes de salir, la sentó en el borde de la cama, le abrió las piernas y la lamió despacio hasta que ella tembló en un orgasmo suave.

—Vuelve con él dentro —le susurró—. Quiero saborearlo cuando te folle después.

Sonia llegó al ático de Víctor en el centro de Santander a las 21:30. Él la recibió en camisa blanca abierta y vaqueros oscuros. Alto, moreno, con facciones marcadas y manos grandes de cirujano. La miró de arriba abajo como si ya la estuviera diseccionando.

—Eres aún más bonita que en las fotos que me pasaron —dijo con voz grave—. Pasa.

El ático era minimalista y lujoso: ventanales del suelo al techo con vistas al mar nocturno, luces tenues, una botella de vino blanco abierta. Charlaron poco. Víctor no perdió tiempo en rodeos.

—Quiero que sepas que no busco amor. Busco entregarte. Y quiero que cuando salgas de aquí sientas que una parte de mí se queda dentro de ti.

Sonia sintió que le temblaban las rodillas. Asintió.

Él la llevó al dormitorio: cama enorme, sábanas negras, espejos en las paredes. La desnudó con calma quirúrgica, admirando el tatuaje de Manuel.

—Bonita marca de propiedad —murmuró—. Pero esta noche voy a pintarte por dentro.

La tumbó boca arriba, le abrió las piernas y la devoró con la boca durante largos minutos: lengua plana en el clítoris, dedos curvados dentro, succionando hasta que ella eyaculó por primera vez esa noche, un chorro que él lamió sin apartarse.

Luego la puso a cuatro patas. La penetró despacio al principio, dejándola sentir cada centímetro de su polla gruesa y ligeramente curvada. Sonia gimió alto, agarrando las sábanas.

—Dime que eres de Manuel… pero esta noche eres mía —gruñó él, empezando a embestir más fuerte.

—Sí… soy de Manuel… pero ahora… fóllame… lléname…

Víctor aceleró, agarrándola por las caderas generosas, chocando con fuerza. Le hablaba sucio al oído: que iba a dejarla goteando su semen toda la noche, que Manuel lo olería cuando la besara, que su coño iba a recordar su forma durante días. Sonia se corrió dos veces más así, vaginalmente, apretándolo con espasmos que lo hicieron gruñir.

Cuando sintió que él estaba cerca, Víctor la giró boca arriba, le levantó las piernas sobre sus hombros y la penetró profundo, hasta el fondo.

—Mírame —ordenó.

Sonia abrió los ojos, vidriosos de placer.

—Voy a correrme dentro. Muy dentro. Y vas a llevarme a casa.

Con un rugido contenido, se vació en ella: chorros calientes y abundantes que sintió golpear su cervix. Se quedó quieto unos segundos, pulsando dentro, asegurándose de que todo quedara lo más profundo posible.

Después se tumbó a su lado, acariciándole el vientre.

—No te duches hasta mañana —le dijo—. Quiero que Manuel te encuentre así.

Sonia volvió a casa pasadas las dos de la madrugada. Manuel la esperaba despierto, en bóxers, con una erección evidente. No hablaron mucho al principio. Él la besó en la puerta, olió su cuello, bajó la mano entre sus piernas y metió dos dedos: estaban resbaladizos, calientes, llenos de semen ajeno.

—Joder… está dentro todavía —susurró, excitado hasta el dolor.

La llevó al dormitorio sin encender luces. La tumbó boca arriba, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Primero la olió: el aroma salado y almizclado del otro hombre mezclado con su propio olor. Luego la penetro con dos dedos, despacio, lubricados con el semen que todavía goteaba,—Cuéntamelo todo —pidió él.

Sonia lo hizo: cada posición, cada palabra sucia, cómo Víctor la había llenado. Mientras hablaba, Manuel la masturbaba contra el colchón, al borde.

Luego la penetró. Su polla se deslizó fácil, resbaladiza por el semen de Víctor. La sensación era obscena y adictiva: follaba a su mujer sobre el rastro de otro, mezclándose con él.

Sonia tuvo otro orgasmo múltiple solo con la idea: su marido reclamándola encima de la «traición» consentida. Manuel se corrió dentro también, mezclando su semen con el de Víctor, gruñendo su nombre como un mantra.

Se durmieron abrazados, pegajosos, exhaustos.

Al día siguiente, Sonia se miró al espejo: el tatuaje de Manuel, el recuerdo de Víctor aún dentro, y una sonrisa satisfecha. El círculo se había ampliado otra vez.

Y ella sabía que no iba a parar.

 

Capítulo 8: La Proposición del Jefe y la Noche Clandestina

 

Semanas después del encuentro con Belén y su grupo, la vida en Santander parecía haber encontrado un ritmo perversamente equilibrado para Manuel y Sonia. Por las mañanas, Manuel preparaba el café como siempre, pero ahora con Sonia a su lado, charlando de nimiedades que ocultaban secretos: un cliente difícil en el concesionario, una venta lenta en la boutique, o planes velados para el próximo fin de semana. Sonia, mirándose al espejo mientras se vestía, trazaba con los dedos el tatuaje sutil «Propiedad de M» en su pubis —un recordatorio diario de posesión que la hacía sonreír con un cosquilleo familiar, evocando esa promesa matrimonial en la iglesia de Santander donde juraron aventuras eternas, no imaginando cuán lejos llegarían. En la boutique, atendía clientes con una confianza renovada; una mujer de curvas similares alababa un vestido ceñido, y Sonia pensaba: «Estas caderas que tanto me acomplejaban ahora son mi poder», su mente vagando a las grabaciones que revivían por las noches, follando con Manuel en la cocina o el balcón, orgasmos multiples liberando tensiones acumuladas.

Pero los rumores, como olas del Cantábrico, se filtran en rincones inesperados. En el concesionario, durante una pausa para café un jueves por la tarde, Javier —el compañero bromista de siempre— dejó caer un comentario casual: «Oye, Manuel, he oído por ahí, en un bar del centro, algo sobre tu mujer… que es toda una aventurera. ¿Es verdad que os movéis en círculos… exclusivos?» Manuel rio por compromiso, cambiando de tema, pero el nudo en el pecho volvió, recordando cómo sus fantasías habían empezado con bromas similares. No sabía que el rumor había escalado: un cliente habitual, conectado con el jefe regional de la cadena Audi —un hombre de 58 años, viudo, con reputación de discreto pero depredador en círculos privados—, lo había mencionado en una cena de negocios. El jefe, Don Ricardo, un tipo alto y corpulento con cabello gris y ojos calculadores, vio una oportunidad. Al día siguiente, llamó a Manuel a su oficina en la sede central, un espacio minimalista con vistas al puerto.

—Manuel, eres mi mejor encargado. Llevas años mereciendo el ascenso a director exclusivo del concesionario principal. Más sueldo, coche de empresa, autonomía total. Pero… he oído cosas sobre tu mujer, Sonia. Impresionantes. Quiero una noche con ella, yo y mis dos hijos —ambos en los 30, atléticos y educados en apariencias, pero con gustos heredados del padre—. Una sola noche, en un local clandestino que conozco. Tú miras, no participas, a menos que algo salga mal. Discreción absoluta, y el ascenso es tuyo.

Manuel salió aturdido, el pulso acelerado. Esa noche, durante la cena —un Rioja reserva como en su primera confesión, pasta casera que Sonia preparó recordando recetas de su madre—, se lo contó todo. Sonia escuchó, sus mejillas ruborizándose, un calor familiar entre las piernas. Recordaron San Sebastián, el yate, el salón de Belén: «¿Recuerdas cómo nos perdimos en Andalucía en la luna de miel, y eso nos unió más? Esto podría ser otro paso, amor. Arriesgado, pero… me excita la idea de empujar límites por ti». Manuel, posesivo pero ambicioso, dudó: «La palabra de seguridad es ‘rojo’. Si gritas y no paran, intervengo». Sonia accedió, besándolo con fiereza: «Quiero sentirme viva, como nunca. Hazlo por nosotros».

El sábado por la noche, un coche discreto los recogió y los llevó a un local clandestino en las afueras de Santander: un sótano reformado bajo un almacén abandonado, paredes de hormigón crudo, luces rojas tenues, un arsenal de juguetes BDSM en estanterías —cruces, potros, cadenas, fustas gruesas, vibradores industriales, plugs oversized—. Don Ricardo esperaba con sus hijos, Pablo y Diego: Pablo, el mayor, rubio y musculoso como un atleta de gimnasio; Diego, moreno y esbelto, con una sonrisa sádica. Vestían camisas negras, pantalones elegantes, máscaras parciales para anonimato. «Bienvenidos. Reglas claras: ella es nuestra esta noche. Tú, Manuel, miras desde esa silla, atado si es necesario. Palabra de seguridad: ‘rojo'». Sonia, temblando de anticipación, llevaba un vestido negro ceñido que realzaba sus curvas; la desnudaron lentamente, admirando el tatuaje: «Propiedad de M… pero esta noche, de nosotros».

La ataron a un potro de tortura central, brazos y piernas extendidas, expuesta e indefensa. Manuel, sentado en una silla cercana, manos libres pero advertido de no intervenir, sintió el conflicto: excitación mezclada con celos, recordando sus mañanas de café solitarias antes de todo esto. Los castigos empezaron violentos: Don Ricardo usó una fusta gruesa de cuero trenzado, azotando sus nalgas generosas con golpes sordos que resonaban, dejando verdugones rojos hinchados que ardían como fuego; Sonia gritaba, lágrimas rodando, pero pedía más, su coño goteando. Pablo colocó pinzas metálicas pesadas en sus pezones y clítoris, conectadas a cadenas que tiraba con saña, enviando descargas de dolor agudo; Diego introdujo un plug anal hinchable, lubricado mínimamente, estirándola hasta el límite, vibrando en modo alto para torturarla internamente.

La humillación se intensificó: la llamaban «puta sumisa», «perra en celo del jefe», obligándola a suplicar: «Fóllame, por favor, soy vuestra». Don Ricardo fue el primero, penetrándola vaginalmente con embestidas brutales, su polla gruesa chocando contra su cérvix, mientras Pablo le follaba la boca con rudeza, ahogándola en arcadas. Diego azotaba sus muslos internos con un flogger de hilos metálicos, dejando marcas sangrantes que picaban como agujas. Sonia se retorcía, sus orgasmos llegando en olas dolorosas: uno por los azotes, eyaculando chorros claros; otro por la doble penetración cuando Pablo la tomó analmente, estirándola violentamente mientras Diego la follaba vaginalmente, sus bolas chocando con saña.

Los tres rotaban, penetraciones duras y coordinadas: triples en un caos de cuerpos, Don Ricardo en su boca mientras los hijos la embestían por delante y detrás, sus manos grandes dejando moretones en caderas y pechos. La humillaban verbalmente: «Mira a tu marido, cornudo, viendo cómo usamos a su hotwife». Sonia gritaba, al borde del ‘rojo’ varias veces —el dolor de las marcas, el estiramiento anal que la hacía sollozar—, pero el placer la mantenía: clímax devastadores que nublaban su vista, convulsionando como en San Sebastián, pero más intensos, liberando años de rutinas reprimidas.

Al final, exhausta y laxa en el potro, la desataron y la arrojaron al suelo frío. La humillación culminó: los tres se arrodillaron alrededor, orinando sobre ella —chorros calientes y amargos resbalando por su rostro, pechos, abdomen y caderas marcadas, mezclándose con semen y sudor. Sonia jadeaba, degradada pero en éxtasis, un último orgasmo espontáneo temblando su cuerpo al sentir la posesión total.

Manuel, testigo silencioso, la ayudó a levantarse después, besándola con ternura protectora: «Lo has hecho, amor. Eres increíble». Regresaron a casa en silencio cómplice. Las marcas —verdugones, moretones, cortes superficiales— tardaron días en desaparecer; Sonia cerró la boutique una semana, alegando «gripe fuerte», pasando los días en cama recuperándose, pero radiante: mirándose al espejo, tocaba las marcas como trofeos, sintiéndose viva como nunca, su libido insaciable. Manuel obtuvo el ascenso, pero lo que ganaron fue más profundo: un vínculo inquebrantable, pervertido y empoderado. «Esto nos ha llevado al límite, pero volvemos más fuertes», murmuró ella una noche, montándolo con furia renovada. Su matrimonio, ahora, era un tapiz de secretos que iluminaban lo cotidiano.

 

Capítulo 9: Recuperación, Acuerdos y el Nacimiento de la Mazmorra

Las siguientes tres semanas fueron de recuperación lenta y necesaria. Sonia apenas podía sentarse sin cojín durante los primeros diez días. Las marcas en sus nalgas, muslos y espalda eran un mapa morado y rojo que se desvanecía con lentitud dolorosa pero hipnótica. Cada vez que Manuel le aplicaba crema de árnica o hielo, ella gemía suavemente, mitad dolor, mitad recuerdo erótico. Él la cuidaba con una devoción casi religiosa: baños tibios, masajes, comidas preparadas en la cama, y sobre todo, largas conversaciones a media luz.

Una noche, mientras Sonia descansaba boca abajo sobre una sábana fresca y Manuel le acariciaba la espalda con las yemas de los dedos, ella rompió el silencio.

—Se nos fue de las manos, ¿verdad?

Manuel suspiró, besándole la nuca.

—Sí. Fue brutal. Demasiado. Cuando vi esos verdugones sangrando un poco… estuve a punto de gritar “rojo” las dos veces. Me asusté de verdad. No por celos, sino porque pensé que te estaba perdiendo en el dolor.

Sonia giró la cabeza para mirarlo.

—No me perdiste. Me encontré. Pero tienes razón: fue demasiado lejos. Quiero seguir explorando, amor… pero dentro de límites que controlemos nosotros. El círculo íntimo con Belén, Alberto, Almudena y Rafa me parece perfecto. Son discretos, cariñosos en el aftercare, y saben parar. Nada de extraños por ahora. Nada de jefes ni hijos suyos. Solo gente que ya conocemos y que nos respeta.

Manuel asintió, aliviado.

—Estoy de acuerdo. Y el nuevo cargo… joder, Sonia, es una pasada. El concesionario es mío. Reorganicé todo en una semana. Pero no quiero que eso nos separe. Quiero que sigamos siendo nosotros primero.

Ella sonrió con picardía, a pesar del cansancio.

—Pues entonces hagamos algo nuestro. Quiero una mazmorra. Aquí, en casa. En el sótano grande que apenas usamos. La montamos juntos: cruz, potro, columpio de suspensión, armario con juguetes… todo. Para nosotros… y para que yo empiece a dominar a chicas que quieran iniciarse en el BDSM. Quiero enseñar. Quiero verlas temblar bajo mis manos, como yo temblé. Quiero ser la que controla el látigo, la que decide cuándo parar.

Manuel sintió un escalofrío de excitación.

—¿Tú dominante?

—Con chicas nuevas, sí. Con ellas puedo ser cruel y tierna a la vez. Contigo… sigo siendo tu puta cuando quieras. Pero quiero ese poder también.

Él la besó con fuerza.

—Empezamos el lunes. Yo me encargo de la estructura. Tú de los juguetes y la decoración.

Durante las semanas siguientes, el círculo íntimo se convirtió en su refugio semanal. Los viernes o sábados alternos, las dos parejas (Belén-Alberto y Almudena-Rafa) venían a casa o ellos iban a la villa. Las sesiones eran intensas pero contenidas: bondage elegante, azotes moderados, penetraciones compartidas, doble y triple, siempre con aftercare largo y abrazos. Sonia tuvo orgasmos múltiples en cada encuentro, pero ya no llegaba al borde del colapso. Manuel disfrutaba viéndola ser follada por Alberto y Rafa mientras Belén y Almudena lo montaban a él, o mientras lamía el coño de Sonia mientras otro la penetraba. Todo fluía con complicidad y risas. El grupo se sentía como una familia pervertida, segura y caliente.

La mazmorra del sótano quedó terminada en un mes. Paredes pintadas de negro mate, suelo de goma negra antideslizante, iluminación LED roja regulable, una cruz de San Andrés de madera maciza, un potro acolchado, un columpio de suspensión con arneses de cuero, un banco de spanking, cadenas del techo, y un armario enorme con fustas, floggers, pinzas, plugs de diferentes tamaños, vibradores, cuerdas de yute, mordazas, vendas y collares. Sonia añadió toques femeninos: velas de soja con aroma a vainilla y sándalo, una alfombra mullida para el aftercare, y un espejo de cuerpo entero frente a la cruz.

La primera “alumna” llegó gracias a Belén: una chica de 29 años llamada Carla, morena, delgada pero con curvas suaves, tímida pero curiosa. Quería iniciarse en la sumisión femenina. Sonia la recibió vestida de dominatrix improvisada: corsé negro, medias de rejilla, tacones altos y un látigo fino en la mano. Manuel observaba desde un sillón en la esquina, sin intervenir.

Sonia fue implacable pero cuidadosa: ató a Carla a la cruz, le vendó los ojos, le habló con voz baja y autoritaria (“Eres mía esta noche, pequeña. Tu placer depende de mí”), empezó con caricias suaves que fueron escalando a pellizcos en pezones, azotes ligeros en las nalgas, y luego más fuertes con el flogger. Carla gemía, se retorcía, pedía más. Sonia la masturbó con los dedos hasta hacerla eyacular por primera vez en su vida, y luego la hizo lamerle el coño mientras Manuel se masturbaba viéndolas. Al final, Carla se fue temblando de gratitud y con ganas de volver.

Sonia descubrió que le encantaba dominar: el poder, la responsabilidad, los gemidos de rendición. Manuel, a su vez, disfrutaba viéndola en ese rol nuevo. A veces, después de una sesión, Sonia lo ataba a él y lo follaba con un strap-on mientras le susurraba lo puta que era para él.

 

Mientras tanto, en el concesionario, Manuel disfrutaba de su nuevo poder. Contrató a una secretaria joven: Lucía, 26 años, rubia con ojos verdes, cuerpo atlético de gimnasio, falda lápiz ajustada y blusas que dejaban entrever encaje. Desde el primer día se le insinuó sutilmente: rozones “accidentales”, inclinaciones que mostraban escote, mensajes fuera de horario con excusas laborales.

Una tarde de viernes, después de cerrar, Lucía entró en su despacho con una carpeta.

—Jefe… ¿puedo preguntarte algo personal?

Manuel sonrió

—Dispara.

Ella se acercó, se sentó en el borde del escritorio y cruzó las piernas lentamente.

—He oído rumores… sobre ti y tu mujer. Que sois… abiertos. Que os gusta compartir. ¿Es verdad?

Manuel la miró fijamente.

—¿Y si lo es?

Lucía se mordió el labio.

—Entonces me gustaría… probar. Contigo. Y con ella, si me deja.

Esa misma noche, Manuel llegó a casa con Lucía de la mano. Sonia los esperaba en el salón, vestida solo con un kimono de seda negro abierto, el tatuaje “Propiedad de M” visible en su pubis depilado.

—Bienvenida, pequeña —dijo Sonia con voz ronca—. Manuel me ha contado que quieres jugar. Desnúdate.

Lucía obedeció temblando. Sonia la inspeccionó como una reina: le acarició los pechos firmes, le pellizcó los pezones hasta hacerla gemir, le metió dos dedos en el coño ya empapado.

—Buena chica. Ahora arrodíllate y chúpale la polla a mi marido mientras yo te preparo.

Lucía se arrodilló y tomó la polla de Manuel en la boca con avidez. Sonia se colocó detrás, le abrió las nalgas y empezó a lamerle el culo y el coño alternadamente, introduciendo un dedo lubricado en su ano virgen. Lucía gemía contra la polla de Manuel, ahogada de placer.

Pasaron al sótano. Ataron a Lucía al potro boca abajo. Manuel la folló vaginalmente con fuerza mientras Sonia le azotaba las nalgas con un paddle de cuero y le pellizcaba los pezones con pinzas. Lucía tuvo tres orgasmos seguidos, gritando y eyaculando sobre el potro. Luego Sonia se sentó en su cara, obligándola a lamerla mientras Manuel la follaba analmente por primera vez. Lucía lloraba de placer, su cuerpo convulsionando.

Al final, los tres se tumbaron en la alfombra mullida. Lucía, exhausta y radiante, susurró:

—Quiero volver. Quiero aprender más… de los dos.

Sonia le acarició el pelo.

—Pues volverás, pequeña. Pero recuerda: aquí mando yo… y Manuel es mío.

Manuel sonrió, besando a su mujer.

La mazmorra ya no era solo un espacio. Era su nuevo mundo.

Y acababa de empezar a llenarse.

Capítulo 10: La Mazmorra se Enciende – Intensidad sin Límites

La mazmorra del sótano ya no era solo un espacio experimental. Se había convertido en el corazón palpitante de su nueva vida. Sonia y Manuel invirtieron más: añadieron un potro de azotes con correas ajustables en todos los ángulos, un banco de spanking con almohadilla elevada para exponer mejor el culo, una jaula de acero lo suficientemente grande para que una persona se arrodillara dentro, y un sistema de poleas motorizadas para suspensiones parciales o totales. Las luces LED ahora tenían tonos rojos profundos y azules fríos que alternaban según la intensidad de la escena. Sonia compró online un set profesional de impacto: un látigo de nueve colas (bullwhip corto para principiantes, pero con mordida), un tawse de cuero doble, y un paddle de madera con agujeros que silbaba al cortar el aire.

Sonia había descubierto que su lado dominante no era solo un juego: era una necesidad. Le excitaba el control absoluto, el miedo mezclado con entrega en los ojos de las sumisas, los gemidos que pasaban de súplica a éxtasis roto. Manuel, por su parte, se había convertido en su cómplice perfecto: observaba, intervenía cuando ella lo ordenaba, y luego la reclamaba con una posesión feroz cuando todo terminaba.

Una noche de sábado, decidieron llevar la mazmorra a un nivel que aún no habían tocado: una sesión intensa, sin alumnos nuevos, solo ellos dos… pero con reglas brutales.

Sonia se preparó como nunca. Se vistió con un body de látex negro brillante que le apretaba los pechos hasta hacerlos desbordar, medias de rejilla hasta el muslo, botas altas de tacón de aguja y un arnés con un dildo negro de 20 cm que sobresalía obscenamente. En la mano llevaba el bullwhip corto. Manuel entró desnudo, con un collar de cuero negro y una cadena que ella sujetaba.

—Esta noche no hay palabra de seguridad suave —dijo Sonia con voz fría y autoritaria—. Solo “rojo” si realmente no puedes más. Pero quiero que intentes aguantar. Quiero verte romperte para mí.

Manuel tragó saliva, su polla ya dura y goteando.

—Hazlo, ama.

Lo ató primero al potro de azotes, boca abajo, culo elevado, piernas abiertas con correas en tobillos y muñecas atadas al frente. Le colocó una mordaza de bola grande que le impedía hablar con claridad, pero le dejaba babear. Sonia se colocó detrás, acariciándole las nalgas con la palma de la mano.

—Veinte con el tawse. Luego veinte con el paddle. Y después… veremos si aguantas el látigo.

Los golpes empezaron lentos pero precisos. El tawse de cuero doble impactaba con un chasquido seco, dejando marcas rojas anchas que ardían al instante. Manuel gruñía contra la mordaza desde el décimo. Al llegar a veinte, su culo ya era un lienzo rojo uniforme.

Sonia cambió al paddle con agujeros. Cada impacto silbaba y explotaba como un trueno. Manuel se tensaba, su cuerpo convulsionaba, lágrimas rodaban por sus mejillas. Sonia contaba en voz alta, fría:

—Diez… once… doce… Mira cómo se te hincha, amor. Esto es por todas las veces que me has visto rota. Ahora te toca a ti.

Al llegar a veinte, el culo de Manuel estaba morado en el centro, con verdugones que se levantaban como cordones. Sonia se arrodilló detrás, lamió las marcas ardientes con la lengua plana, saboreando el sudor y el dolor. Manuel gemía como un animal herido.

Luego vino el bullwhip corto. Sonia lo hizo chasquear en el aire primero, el sonido hizo que Manuel se estremeciera. Los primeros golpes fueron en las nalgas ya maltratadas: líneas finas y precisas que cruzaban las marcas anteriores. Manuel aulló contra la mordaza. Sonia no paró. Diez, quince, veinte. Algunas líneas se abrieron ligeramente, gotitas de sangre perladas que ella limpió con besos.

—Suficiente con el impacto —susurró Sonia, quitándole la mordaza—. Ahora te follo.

Lo desató solo para volver a atarlo a la cruz de San Andrés, de cara a ella. Le colocó pinzas en los pezones, conectadas por una cadena que tiraba cada vez que quería. Luego lubricó el dildo del arnés y lo penetró analmente de una embestida lenta pero implacable. Manuel gritó, su polla saltando sin ser tocada.

Sonia lo folló con ritmo brutal: profundo, rápido, sin piedad. Cada embestida hacía que las pinzas tiraran de sus pezones. Manuel lloraba abiertamente, su cuerpo temblando, pero su polla goteaba liquido preseminal en abundancia.

—Dime que eres mi puta —ordenó ella, agarrándole la barbilla.

—Soy… tu puta… ama… —jadeó él.

Sonia aceleró, follándolo hasta que él se corrió sin manos: chorros espesos que salpicaron su abdomen y el suelo. Ella no paró. Siguió embistiéndolo hasta que él suplicó entre sollozos:

Mas suave… por favor…

Sonia se detuvo al instante. Quitó las pinzas con cuidado, lo desató y lo llevó al suelo mullido. Lo abrazó fuerte, besándole las lágrimas, acariciándole el pelo.

—Shhh… ya está, amor. Lo has hecho increíble.

Manuel, exhausto pero radiante, la besó con desesperación.

—Nunca había sentido algo así… el dolor… el placer… eres una diosa.

Después de una hora de aftercare —crema en las marcas, agua, chocolate, abrazos—, Sonia se tumbó a su lado, aún con el arnés puesto.

—Ahora tú me reclamas —susurró.

Manuel, a pesar del dolor en el culo, la puso boca abajo sobre el banco de spanking. Le abrió las piernas, la penetró vaginalmente con fuerza salvaje mientras le azotaba las nalgas con la palma abierta. Sonia gritaba de placer, su coño apretándolo como un vicio. Él la folló hasta que ella eyaculó dos veces seguidas, empapando el banco.

Luego la giró, la levantó en brazos (ignorando el ardor en su propio culo) y la empaló contra la pared, follándola de pie mientras le mordía el cuello y le pellizcaba los pezones. Sonia tuvo un orgasmo tan intenso que perdió el conocimiento por unos segundos, su cuerpo convulsionando en sus brazos.

Cuando terminaron, se tumbaron en la alfombra, sudorosos, marcados, exhaustos.

—Esto… esto es lo que quiero —dijo Sonia, besándole el pecho—. Intensidad controlada. Dolor que une. Poder que se comparte.

Manuel sonrió, acariciándole el tatuaje.

—Y yo quiero dártelo todo. Siempre.

Al día siguiente, Carla volvió para su tercera sesión. Sonia la ató al columpio de suspensión, la azotó hasta hacerla llorar de placer, la hizo lamerle el coño mientras Manuel la follaba por detrás. Carla eyaculó tres veces y se fue prometiendo traer a una amiga.

La mazmorra ya no era un secreto. Era su reino.

Y cada noche que entraban en ella, se perdían un poco más el uno en el otro.

Capítulo 11: La Propiedad Reclamada – El Regalo en el Concesionario

Era un miércoles por la tarde, a finales de febrero de 2026. El aire en la mazmorra aún conservaba ese aroma embriagador a cuero nuevo, mezclado con el sutil dulzor de la cera de vela derretida y un leve rastro de sudor y excitación de sesiones pasadas. Manuel entró en el salón con una sonrisa lenta y posesiva, sus ojos oscuros devorando la figura de Sonia antes incluso de tocarla. Ella estaba tumbada en el sofá de terciopelo negro, con una bata de seda roja abierta que caía como un velo sobre su piel pálida, revelando el tatuaje fresco y audaz «Propiedad de M» grabado en su pubis depilado, junto a las últimas marcas rosadas e hinchadas de la fusta del sábado anterior, que aún ardían levemente al roce del aire.

Manuel se acercó con pasos deliberados, su presencia llenando la habitación como una sombra dominante. Se arrodilló frente a ella, sus manos grandes y cálidas abriéndole las piernas con una suavidad que contrastaba con la firmeza inexorable de su agarre, como si estuviera reclamando un territorio que ya le pertenecía. Rozó el tatuaje con la yema del dedo índice, trazando cada letra con una lentitud tortuosa, sintiendo cómo la piel de Sonia se erizaba bajo su toque, como si estuviera reescribiendo su posesión en carne viva.

—Esto —murmuró con voz grave y ronca, cargada de una autoridad que hacía vibrar el aire— significa que eres mía. Totalmente. Mi propiedad. Mi puta sucia y ansiosa. Mi diosa etérea cuando yo lo decida, mi esclava sumisa y quebrantada cuando yo lo ordene.

Sonia sintió un pulso acelerado entre las piernas, un calor líquido que se extendía desde su clítoris hinchado hasta el fondo de su vientre, haciendo que sus músculos internos se contrajeran involuntariamente. Asintió despacio, mordiéndose el labio inferior hasta que el sabor metálico de la sangre se mezcló con su saliva, sus ojos vidriosos fijos en los de él.

—Sí, amor… soy tuya. Cada centímetro de mí, cada aliento, cada gemido.

Manuel se inclinó con una reverencia casi ritual, sus labios rozando el tatuaje en un beso que era a la vez tierno y depredador, su aliento caliente contra la piel sensible. Luego alzó la vista, sus ojos perforándola como cuchillas.

—Mañana cierras una venta grande en el concesionario. Dos coches: un Audi Q8 negro mate para él, con ese acabado que absorbe la luz como un abismo, y un A5 Sportback rojo sangre para ella, elegante y feroz. La pareja viene de Oviedo, clientes habituales, muy discretos, con fortunas construidas en sombras. Él es constructor, con manos callosas de manejar hormigón y acero; ella, empresaria de eventos, con una lengua afilada y un apetito insaciable. Han pedido “algo especial” para cerrar el trato. Algo que no se encuentra en el catálogo estándar, algo vivo, cálido y dispuesto.

Sonia tragó saliva con dificultad, su garganta seca por la anticipación, ya intuyendo el giro oscuro que tomaba la conversación, el pulso en su coño intensificándose como un tambor de guerra.

—¿Y qué es lo especial? —preguntó con voz temblorosa, aunque su cuerpo ya respondía, humedeciéndose traicioneramente.

Manuel se levantó con gracia felina, se desabrochó el pantalón con deliberada lentitud, dejando que el sonido de la cremallera cortara el silencio, y sacó su polla semierecta, gruesa y venosa, acariciándosela frente a ella con movimientos hipnóticos, el prepucio deslizándose hacia atrás para revelar la cabeza hinchada y brillante.

—Tú. Durante toda la tarde. Serás el accesorio de regalo, el incentivo definitivo. Los acompañas en la prueba de los dos coches, sintiendo el ronroneo del motor vibrar a través de tu cuerpo. Les dejas que te toquen, que te exploren con dedos curiosos y exigentes, que te usen en el asiento trasero mientras el paisaje borroso pasa por las ventanillas, o en el garaje privado del concesionario, donde las luces fluorescentes parpadean como testigos mudos y el eco de tus gemidos rebota en las paredes de hormigón. Yo estaré en la oficina firmando papeles, pero sabré cada cosa que te hagan: cada roce, cada penetración, cada marca que dejen en tu piel. Y cuando terminen… te traen de vuelta a mí, usada, marcada, con el coño hinchado y goteando, llena de su esencia mezclada con la tuya.

Sonia jadeó, su coño ya empapado solo con las palabras, el aroma de su propia excitación llenando el aire, un olor almizclado y dulce que la hacía sentir expuesta y viva. Sus pezones se endurecieron bajo la bata, rogando por atención.

—¿Y si quieren más? ¿Si exigen todo de mí?

—Les das todo lo que pidan… menos tu culo. Ese es mío esta noche, apretado y virgen para ellos, reservado para mi placer exclusivo. Y al final, cuando se vayan con sus coches nuevos, rugiendo por la carretera, vendrás a casa y me contarás cada detalle sórdido mientras te follo sobre el rastro húmedo y pegajoso que hayan dejado, reclamando lo que es mío.

Sonia se arrodilló frente a él con una gracia sumisa, sus rodillas hundiéndose en la alfombra mullida, tomó su polla en la boca con devoción, sintiendo el sabor salado de su piel y el calor pulsante en su lengua. La chupó con avidez, mirándolo a los ojos con una sumisión absoluta, sus labios estirándose alrededor de la grosor mientras succionaba, gimiendo alrededor de él.

—Haré lo que tú quieras, propietario. Soy tu regalo, tu ofrenda voluntaria.

Al día siguiente, jueves, Sonia llegó al concesionario a las 16:00 en punto, el sol de invierno filtrándose a través de las vidrieras del showroom, proyectando sombras alargadas sobre los vehículos relucientes. Llevaba un vestido gris perla ajustado como una segunda piel, con un escote profundo pero elegante que insinuaba la curva de sus pechos, medias de seda con liguero que susurraban al rozar sus muslos, y tacones altos que resonaban con un clic autoritario en el suelo pulido. Debajo: solo un tanga de encaje negro, empapado ya por la anticipación, y un plug anal pequeño con una joya de diamante falso, colocado por Manuel esa misma mañana con lubricante frío que aún hacía que su ano se contrajera alrededor del intruso, un recordatorio constante de su propiedad absoluta.

Manuel la recibió en su despacho privado, un espacio minimalista con paredes de vidrio esmerilado y un escritorio de caoba maciza. Cerró la puerta con llave, el clic metálico sellando su intimidad, y la besó con posesión salvaje, su lengua invadiendo su boca como un conquistador, sus manos apretando sus nalgas para sentir el plug a través del vestido.

—Recuerda: eres mía. Pero hoy eres su juguete temporal, su capricho prestado. Disfrútalo… siente cada roce como un tributo a mí, y vuelve entera, con el cuerpo marcado pero el alma intacta.

La pareja llegó puntual, como si el deseo los impulsara: Javier, 48 años, alto y corpulento, con hombros anchos como un toro y manos grandes, callosas, con una mirada depredadora que devoraba a Sonia desde el umbral; y Laura, 45, morena con curvas pronunciadas que tensaban su vestido negro corto, revelando muslos tonificados, y una sonrisa traviesa que prometía maldades, sus ojos verdes centelleando con anticipación. Manuel los recibió con profesionalidad impecable, su voz suave pero firme mientras les mostraba los coches, destacando el rugido del motor del Q8 y la agilidad felina del A5. Hizo las presentaciones con un guiño sutil, y cuando llegó el momento de la “prueba especial”, Manuel sonrió con una calma calculada, su mano rozando la espalda de Sonia en un gesto de posesión.

—Sonia los acompañará en las pruebas. Ella es… el detalle que hace que el trato sea inolvidable, el extra que no se anuncia pero que se recuerda para siempre. Todo lo que quieran, dentro de los límites del concesionario: toques, besos, penetraciones, pero nada que la rompa. Yo estaré aquí firmando, pero mi mente estará con ustedes.

Javier y Laura intercambiaron una mirada hambrienta, cargada de complicidad lasciva, sus cuerpos ya tensos por la promesa.

—Perfecto —dijo Javier con voz grave y áspera, como grava bajo botas—. Empecemos con el Q8.

La primera prueba fue en el Q8 negro mate, el interior oliendo a cuero fresco y a lujo nuevo, el motor ronroneando como un felino enjaulado. Sonia se sentó en el asiento trasero con Laura, sintiendo el calor del cuerpo de la mujer presionando contra el suyo, mientras Javier conducía por las carreteras secundarias cerca del concesionario, curvas sinuosas flanqueadas por bosques invernales desnudos. Laura no perdió tiempo: sus dedos y uñas con manicura francesa, subieron el vestido de Sonia con impaciencia, apartando el tanga empapado para exponer su coño depilado y reluciente, introduciendo dos dedos curvos que se hundieron en la humedad caliente, bombeando con un ritmo experto mientras besaba su cuello, mordisqueando la piel hasta dejar marcas rojas.

—Qué coño tan caliente y apretado tienes… —susurró Laura, su aliento cálido y perfumado con vainilla contra la oreja de Sonia—. Abre las piernas más, puta. Muéstrame lo dispuesta que estás.

Sonia obedeció con un gemido ahogado, sus muslos temblando al separarse, el plug en su culo amplificando cada movimiento, enviando ondas de placer mezclado con discomfort. Javier ajustó el retrovisor para ver todo, sus ojos oscuros fijos en el espectáculo, su polla endureciéndose visiblemente bajo el pantalón. Cuando llegaron a un camino privado sin salida, un rincón olvidado rodeado de pinos altos que filtraban la luz del atardecer, pararon con un chirrido de neumáticos. Javier bajó, abrió la puerta trasera con brusquedad y sacó a Sonia como si fuera un trofeo, colocándola a cuatro patas en el maletero abierto, el metal frío contra sus rodillas. Le bajó el tanga hasta los tobillos, exponiendo su coño goteante y el plug reluciente, y la penetró vaginalmente de una embestida profunda y brutal, su polla gruesa estirándola hasta el límite, golpeando contra su cérvix con cada embestida.

Laura se colocó delante, se subió la falda revelando un coño depilado y húmedo, sin bragas, y obligó a Sonia a lamerla, presionando su cabeza con fuerza, los dedos enredados en su pelo.

—Chupa bien, puta —gruñó Laura, su voz entrecortada por el placer—. Usa esa lengua como si tu vida dependiera de ello.

Sonia lamió con avidez, su lengua experta trazando círculos alrededor del clítoris hinchado de Laura, saboreando el jugo salado y dulce que fluía abundante, mientras Javier la follaba con fuerza animal, sus caderas chocando contra sus nalgas con un slap resonante. Laura se corrió rápido, un torrente de fluido mojando la cara de Sonia, ahogándola en éxtasis, mientras Javier aceleraba, gruñendo como una bestia, y se corrió dentro de ella con chorros calientes y espesos que sintió golpear profundo, llenándola hasta que goteaba por sus muslos.

Luego cambiaron al A5 Sportback rojo, de vuelta en el garaje privado del concesionario, puertas cerradas con un clang metálico, luces tenues proyectando sombras alargadas sobre el hormigón manchado de aceite. El aire estaba cargado de olor a gasolina y deseo. Laura se tumbó en el capó caliente del motor aún tibio, piernas abiertas en una invitación obscena, y Sonia se arrodilló entre ellas, lamiéndola con devoción renovada, su lengua hundida en los pliegues húmedos mientras Javier la follaba por detrás de nuevo, sus manos grandes agarrando sus caderas, tirando del plug para amplificar el placer. Laura gemía alto, eco resonando en el garaje, pellizcándole los pezones a Sonia hasta dejarlos rojos e hinchados, tirando de ellos como si fueran cuerdas de marioneta. Javier la sacó abruptamente, la puso de rodillas sobre el suelo frío y se masturbó sobre su cara, corriéndose en chorros espesos y blancos que le resbalaron por las mejillas, los labios y el mentón, gotas cayendo sobre sus pechos expuestos.

Laura no se quedó atrás: sacó un vibrador negro y curvo de su bolso, lo introdujo en el coño empapado de Sonia con un sonido obsceno y lo encendió en modo alto, las vibraciones intensas haciendo que sus paredes internas se contrajeran violentamente, mientras le lamía el clítoris con lengua experta, succionando hasta que Sonia explotó en un orgasmo, eyaculando un chorro claro y caliente sobre el capó rojo, gritando el nombre de Manuel sin darse cuenta, su cuerpo convulsionando en oleadas de placer abrumador.

Cuando terminaron, los tres estaban sudorosos y satisfechos, el garaje oliendo a sexo y vicio, con respiraciones entrecortadas rompiendo el silencio. Javier y Laura firmaron los contratos con sonrisas complacidas, sus manos aún temblando ligeramente por el clímax reciente. Manuel les entregó las llaves con una inclinación profesional, acompañándolos a la salida mientras el Q8 y el A5 rugían a la vida en el aparcamiento.

Sonia entró en el despacho tambaleándose ligeramente, las piernas débiles como gelatina, el vestido arrugado y manchado, semen seco en su cara y muslos, el coño aún palpitante y goteando una mezcla viscosa que se filtraba por sus medias. Manuel cerró la puerta con un golpe seco, la miró de arriba abajo con ojos que ardían de orgullo posesivo y hambre renovada, su polla endureciéndose visiblemente bajo el traje.

—Ven aquí, propiedad mía —ordenó, su voz un ronroneo peligroso.

La tumbó sobre el escritorio con rudeza, papeles volando al suelo, le abrió las piernas exponiendo el caos húmedo entre ellas, y la penetró sin preliminares, deslizándose fácil sobre el semen resbaladizo de Javier, su polla reclamando el espacio invadido. La folló con saña, agarrándole las caderas con fuerza para dejar moretones, mordiéndole el cuello hasta dibujar marcas de dientes, su aliento caliente contra su piel.

—Cuéntamelo todo —gruñó mientras embestía profundo, cada metida, un reclamo territorial.

Sonia jadeó, las palabras saliendo entre gemidos entrecortados, relatando cada detalle sórdido: cómo la habían usado en el maletero como un objeto descartable, cómo Laura le había hecho lamerla hasta el éxtasis, saboreando su corrida, cómo Javier la había llenado dos veces con chorros calientes que aún sentía rezumar, cómo había eyaculado sobre el capó rojo en un arrebato incontrolable. Cada palabra lo ponía más duro, su polla hinchándose dentro de ella. Manuel se corrió dentro con un rugido primal, mezclando su semen con el de Javier en un cóctel posesivo, marcándola de nuevo como suya.

Después la abrazó fuerte sobre el escritorio, su cuerpo pesado sobre el de ella, besándola con una ternura sorprendente que contrastaba con la brutalidad anterior, sus labios suaves contra los suyos hinchados.

—Eres mía —susurró, su voz ronca por el esfuerzo—. Siempre, en cada gota de placer que tomes de otros, en cada marca que dejen, eres mía.

Sonia sonrió, exhausta pero radiante, su cuerpo dolorido pero saciado, un brillo de devoción en los ojos.

—Y siempre seré tu mejor accesorio, tu trofeo vivo.

Esa noche, en casa, repitieron en la mazmorra: Sonia atada al potro de madera antigua, sus muñecas y tobillos asegurados con correas de cuero que crujían con cada movimiento, Manuel follándola analmente con embestidas lentas y profundas, el plug removido para dar paso a su polla, recordándole con cada penetración quién era su verdadero propietario, el dolor inicial transformándose en placer abrasador mientras gemía su nombre como un mantra.

El concesionario ya no era solo un negocio.

Era su nuevo playground, un reino de deseo ilimitado donde las ventas se cerraban con cuerpos en lugar de contratos.

Capítulo 12: Las Iniciales y la Prueba Final – Marcas para Todas

Era una noche de mediados de marzo, el aire aún fresco en Gijón pero con el primer aroma a primavera colándose por las ventanas abiertas. Sonia y Manuel estaban en la mazmorra, después de una sesión ligera de mantenimiento: ella lo había atado al banco de spanking y le había dado veinte palmadas firmes con la mano abierta, solo para recordarle quién mandaba esa noche. Ahora estaban tumbados en la alfombra mullida, sudorosos y relajados, con Manuel masajeándole las nalgas aún sensibles de sesiones anteriores.

Sonia se incorporó sobre un codo, mirándolo fijamente con ojos brillantes.

—Manuel… hay algo que quiero que hagas.

Él alzó una ceja, divertido.

—Dime, propiedad mía.

Ella sonrió con picardía y bajó la mano hasta su propio pubis, rozando el tatuaje “Propiedad de M” con las yemas.

—Esto me recuerda cada día que soy tuya. Me excita, me humilla deliciosamente, me hace mojarme solo de verlo. Pero tú… tú también debes llevar mi marca. Tus iniciales. En el mismo sitio. “S de Sonia” o “S&M”… algo que diga que eres mío tanto como yo soy tuya.

Manuel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La idea lo puso duro al instante.

—¿En el pubis? ¿Visible en intimidad?

—Exacto. Pequeño, elegante, script negro. Igual que el mío. Para que cada vez que te desnudes delante de mí, o de cualquiera que yo permita, sepas que perteneces a mí también. Y cuando te folle con el strap-on, o cuando te monte, lo veré y me correré solo con eso.

Manuel respiró hondo, su polla palpitando contra el muslo de ella.

—Joder… sí. Lo haré. Mañana mismo vamos al tatuador. El mismo de la otra vez. Y después… celebraremos.

Sonia se montó encima de él, frotándose contra su erección.

—Celebraremos con una sesión grande. Invitaremos al círculo íntimo… y a las nuevas. Carla, su amiga Marta (la que trajo la semana pasada), y Lucía, tu secretaria. Las tres han estado entrenando conmigo. Han aprendido a arrodillarse, a suplicar, a aguantar azotes, a lamer hasta que les tiemblen las piernas. Pero aún no son aptas del todo. Esta será su prueba final: una noche intensa, sin piedad, con todos nosotros. Si la superan… las marcaremos. Un tatuaje discreto en el pubis, como el nuestro. “Propiedad del Círculo” o algo que decidamos. Pero solo si se entregan por completo.

Manuel la agarró por las caderas, penetrándola despacio mientras gruñía:

—Hazlo. Organízalo. Quiero verlas rotas… y luego reclamadas.

 

El sábado siguiente, la mazmorra estaba preparada como nunca. Luces rojas intensas, velas encendidas, el aire cargado de incienso y anticipación. El círculo íntimo llegó primero: Belén y Alberto, Almudena y Rafa. Se desnudaron con calma, besándose entre ellos, ya excitados por lo que venía. Luego llegaron las “aprendices”: Carla (29, morena delgada), Marta (27, pelirroja con curvas suaves y pechos grandes), y Lucía (26, rubia atlética, la secretaria de Manuel, que ya había probado el sabor de ambos en el despacho y en casa).

Sonia las recibió vestida de dominatrix total: corsé de cuero negro, guantes largos, botas hasta el muslo y un látigo fino en la mano. Manuel estaba a su lado, desnudo excepto por el collar, su nuevo tatuaje aún fresco y enrojecido: “S de Sonia” en script negro, justo encima de la base de su polla, visible cuando se excitaba.

—Esta noche es vuestra prueba final —anunció Sonia con voz firme—. Os someteréis a nosotros seis. Sin límites suaves. Solo “rojo” si no podéis más. Si aguantáis… al final os marcaremos como nuestras. Si no… os iréis y no volveréis.

Las tres asintieron, temblando de nervios y deseo.

La sesión empezó con ellas tres arrodilladas en fila, manos a la espalda, ojos vendados. Sonia y Belén las inspeccionaron: pellizcos en pezones, dedos en coños ya empapados, palmadas en nalgas. Luego las ataron a la cruz de San Andrés, una al lado de la otra.

Manuel, Alberto y Rafa se colocaron detrás. Empezaron con azotes simultáneos: floggers pesados que caían en rítmico coro. Las tres gritaban, se retorcían, lágrimas rodaban bajo las vendas. Sonia y Almudena se encargaron de la parte frontal: pinzas en pezones y clítoris, vibradores introducidos en modo bajo para torturarlas al borde, lenguas lamiendo cuellos y orejas mientras susurraban humillaciones.

—Sois nuestras putitas ahora —decía Sonia—. Vais a correros hasta que supliquéis parar… y ni entonces pararemos.

Pasaron a la suspensión: las tres colgadas por las muñecas en las poleas, pies apenas tocando el suelo, piernas abiertas con barras separadoras. Los hombres las follaron por turnos: vaginal, anal, doble penetración. Carla fue la primera en eyacular, un chorro que salpicó el suelo; Marta gritó cuando Rafa la tomó analmente por primera vez; Lucía, la más resistente, aguantó dos pollas a la vez (Alberto en el coño, Manuel en la boca) mientras Sonia le frotaba el clítoris con un vibrador potente.

La intensidad subió: las bajaron y las pusieron en el colchón grande del centro. Seis cuerpos sobre ellas. Sonia se sentó en la cara de Carla, obligándola a lamerla mientras Manuel la follaba por detrás. Belén montó a Marta, frotando su coño contra el de ella mientras Alberto la penetraba analmente. Almudena y Rafa turnaron a Lucía: doble vaginal, luego anal + oral.

Los orgasmos se encadenaron: múltiples, eyaculaciones, gritos roncos. Las tres perdieron la cuenta. En un momento álgido, Sonia ordenó un círculo final: las aprendices arrodilladas en el centro, los seis adultos alrededor masturbándose sobre ellas. Chorros calientes cayeron en caras, pechos, abdomen. Carla, Marta y Lucía abrieron la boca, tragando lo que podían, lamiendo lo que resbalaba.

Cuando todo terminó, las tres estaban exhaustas, cubiertas de fluidos, temblando, pero con sonrisas radiantes.

Sonia se arrodilló frente a ellas, quitándoles las vendas.

—¿Queréis ser nuestras?

Las tres asintieron al unísono, con voz rota:

—Sí… por favor.

Al día siguiente, volvieron al tatuador. Las tres se tumbaron en la camilla, pubis depilado, expuestas. El tatuador (el mismo de siempre) sonrió al ver el grupo.

—Un círculo bonito —dijo—. ¿Qué ponemos?

Decidieron: un pequeño símbolo infinito entrelazado con “Círculo” debajo, en script negro, justo encima de los labios mayores. Visible solo en intimidad, pero permanente.

Mientras tatuaba a Carla, Sonia le introdujo dos dedos y la masturbó despacio, haciendo que se corriera durante el pinchazo. Lo mismo con Marta y Lucía. Manuel observaba, su propio tatuaje aún sensible, masturbándose lentamente.

Cuando terminaron, las tres se miraron al espejo: marcadas, reclamadas, parte del círculo.

Sonia abrazó a Manuel por detrás, susurrándole al oído:

—Ahora somos más. Y yo… sigo siendo solo tuya.

Manuel la giró, la besó con fuerza.

—Y yo tuyo. Siempre.

La mazmorra ya no era solo de dos.

Era de todos ellos.

Capítulo 13: Juguetes Nuevos – La Expansión del Arsenal

La mazmorra ya no era solo un espacio de juego; era un laboratorio vivo de deseo. Con las tres nuevas sumisas —Carla, Marta y Lucía— ya marcadas y plenamente integradas al círculo, Sonia y Manuel decidieron que era el momento de elevar el nivel. No bastaba con más intensidad emocional o física: necesitaban herramientas que abrieran puertas nuevas, sensaciones inéditas, formas de control y rendición que aún no habían explorado del todo.

Una tarde de domingo, mientras el resto del círculo descansaba en la planta de arriba con copas de vino y risas suaves, Sonia y Manuel bajaron solos al sótano. Sobre la mesa de trabajo había varios paquetes sin abrir, llegados esa misma mañana de tiendas especializadas europeas. Sonia los abrió uno a uno con la misma ceremonia con la que destapaba un regalo caro.

—Estos son para nosotras… y para ellos —dijo ella, voz baja y cargada—. Pero primero, los probamos tú y yo. Quiero saber exactamente qué se siente antes de usarlos en las chicas.

El primer juguete fue un electroestimulador profesional TENS/EMS de doble canal, con electrodos adhesivos de diferentes tamaños y un control remoto. Sonia lo conectó, colocó dos electrodos en los pezones de Manuel y otros dos en la base de su polla y escroto. Empezó en modo bajo: un cosquilleo suave que hizo que Manuel se tensara y sonriera.

—Más —pidió él.

Sonia subió la intensidad. El pulso eléctrico se convirtió en contracciones involuntarias, punzadas placenteras que le hacían jadear. Cuando llegó al nivel 7 de 10, Manuel se corrió sin tocarse: chorros que salpicaron su abdomen mientras su cuerpo convulsionaba como si lo estuvieran follando desde dentro. Sonia apagó el aparato, se arrodilló y lamió su propio semen de su piel, mirándolo con adoración posesiva.

—Esto va a volverlas locas —susurró—. Especialmente en la cruz, con los electrodos en clítoris y punto G al mismo tiempo.

El segundo paquete contenía un sistema de milking automático: una manga de succión con vibración y compresión rítmica, diseñada para extraer semen de forma prolongada y controlada. Sonia lo probó en Manuel esa misma tarde. Lo ató al potro boca arriba, polla erecta apuntando al techo. Colocó la manga, encendió el modo lento. La succión empezó suave, como una boca cálida y persistente. Luego aumentó: compresión + vibración + succión profunda. Manuel gruñó, intentó resistir, pero en menos de diez minutos eyaculó con fuerza dentro del tubo transparente. Sonia no paró: activó el modo “continuo” y lo ordeñó una segunda vez, extrayendo un orgasmo seco que lo dejó temblando y suplicando.

—Perfecto para castigos —dijo ella—. Si alguna se porta mal… la ordeñamos hasta que no quede nada.

El tercero fue un collar de control con electrochoque y vibración interna: un collar de cuero negro con un pequeño módulo que podía vibrar contra la tráquea o enviar descargas suaves en el cuello. Lo pusieron en Sonia primero. Manuel lo controló con el mando. Mientras la follaba contra la pared, pulsó el botón de vibración: ella gimió y se apretó alrededor de su polla. Luego una descarga ligera: un pinchazo que la hizo arquearse y correrse casi al instante. Manuel sonrió con maldad.

—Esto lo llevarán las tres cuando entren aquí. Yo controlo el collar desde mi móvil. Si no obedecen… un recordatorio eléctrico en el cuello.

El cuarto juguete era el más extremo: un fucking machine profesional de doble cabezal, con dos dildos motorizados independientes (uno vaginal, otro anal), velocidad y profundidad regulables, y un soporte ajustable para cualquier posición. Lo montaron en el centro del colchón grande. Sonia se ofreció como primera prueba: se tumbó boca arriba, piernas abiertas en barra separadora, y dejó que Manuel ajustara los cabezales. Uno entró en su coño, el otro en su culo. Encendió el motor en modo lento.

La máquina empezó a bombear con ritmo mecánico, implacable. Sonia jadeó, luego gimió alto, luego gritó. Manuel subió la velocidad. Los dildos entraban y salían sin descanso, golpeando sus puntos más sensibles. Ella tuvo un orgasmo tras otro: vaginal, anal, combinado, eyaculación que salpicaba el mecanismo. Cuando llegó al clímax más devastador —cuerpo convulsionando, ojos en blanco—, Manuel apagó la máquina y la penetró él mismo, follando su coño ya hinchado y sensible mientras ella aún temblaba.

—Esto… esto va a ser la estrella de las sesiones grupales —jadeó Sonia—. Las pondremos a las tres en fila, una al lado de otra, y veremos quién aguanta más sin suplicar parar.

El último juguete fue un set de pinzas con electrodos y cadena conectada: pinzas para pezones y clítoris que enviaban corriente cuando se tiraba de la cadena. Lo probaron en ambos: Manuel con las pinzas en pezones y polla, Sonia en pezones y clítoris. Cuando tiraban de la cadena, la corriente pasaba de uno a otro, creando un circuito de dolor-placer compartido. Se follaron así, de pie, tirando alternadamente de la cadena, corriéndose casi al unísono en un orgasmo eléctrico que los dejó temblando en el suelo.

Esa misma noche invitaron al círculo completo. Las tres sumisas entraron con los ojos vendados, desnudas excepto por los nuevos collares de control. Sonia las colocó una al lado de la otra en el colchón, piernas abiertas, y les colocó los electrodos TENS: dos en cada clítoris, dos en punto G interno (con sondas finas y seguras).

—Esta noche probamos los nuevos juguetes —anunció Sonia—. Si aguantáis… os dejaremos usarlos en nosotras la próxima vez.

La sesión duró casi cuatro horas.

Primero el milking: las tres atadas boca arriba, mangas de succión en sus clítoris hinchados. La máquina las ordeñó hasta hacerlas eyacular repetidamente, sin penetración, solo estimulación externa prolongada. Carla fue la primera en suplicar; Marta aguantó más; Lucía, sorprendentemente, se corrió cinco veces seguidas antes de pedir clemencia.

Luego la fucking machine: colocaron a las tres en fila, cada una con dos cabezales. Velocidad media al principio, luego alta. Los gemidos se convirtieron en gritos, eyaculaciones en cascada. Belén y Almudena se sentaron en sus caras mientras las máquinas las follaban sin parar.

El electroestimulador se usó en cadena: electrodos conectados entre las tres, de forma que el orgasmo de una enviaba pulsos a las otras. Cuando Carla se corrió, las tres convulsionaron al unísono.

Finalmente, el collar de control: Manuel y Alberto pulsaban los mandos al ritmo de sus embestidas. Cada desobediencia (o cada orden de “más fuerte”) traía vibración o descarga ligera en el cuello.

Cuando todo terminó, las tres estaban exhaustas, cubiertas de fluidos, sonrientes y radiantes. Sonia las abrazó una a una.

—Bienvenidas al nivel superior —les dijo—. Ahora sois nuestras de verdad.

Manuel, aún con el tatuaje fresco en el pubis, abrazó a Sonia por detrás.

—Y estos juguetes… solo son el principio.

La mazmorra ya no tenía límites conocidos.

Capítulo 14: La Noche al Aire Libre – La Villa de Belén Bajo las Estrellas

Era finales de marzo de 2026, una noche de luna llena que derramaba su luz plateada y etérea sobre el jardín trasero de la villa de Belén, transformando el paisaje en un reino sobrenatural de sombras danzantes y brillos fantasmales. El círculo había decidido romper la monotonía opresiva de la mazmorra cerrada, anhelando la caricia cruda del aire fresco sobre la piel marcada y sensible, el riesgo sutil y electrizante de que algún vecino lejano captara un gemido demasiado alto o un grito ahogado en el viento nocturno, la vulnerabilidad absoluta de estar expuestos al vasto cielo estrellado, donde cada estrella parecía un ojo voyeurístico. Belén lo organizó todo con una precisión perversa y meticulosa: el jardín trasero, amplio y exuberante, rodeado de setos altos y densos como murallas vivas, y árboles maduros que susurraban secretos con cada brisa, se convirtió en el nuevo escenario de su depravación colectiva. Luces LED bajas y parpadeantes incrustadas en el suelo marcaban un círculo ritual de unos diez metros de diámetro alrededor de un antiguo banco de piedra fría y erosionada, convertido en un potro improvisado con correas de cuero gastado atadas a sus patas. En el centro, una cruz de madera reforzada y tallada a mano clavada firmemente en la tierra húmeda, cadenas gruesas y oxidadas colgando de las ramas más gruesas de un roble centenario como tentáculos metálicos, y una manta gruesa de piel sintética extendida en un rincón para el aftercare, impregnada ya con el leve aroma de aceites esenciales calmantes.

Sonia llegó envuelta en un abrigo largo negro que se quitó al cruzar la verja chirriante, el metal frío rozando sus dedos, quedando solo con un body de red negro que se adhería a su cuerpo como una segunda piel translúcida, dejando todo a la vista bajo el resplandor lunar: sus pechos desbordando con pezones endurecidos por el frío, caderas generosas y ondulantes, el tatuaje “Propiedad de M” brillando con un fulgor plateado en su pubis depilado, como una marca de propiedad grabada en plata viva. Manuel la seguía, vestido solo con un pantalón de cuero negro ajustado que crujía con cada paso, y el collar de electrochoque alrededor de su cuello musculoso, con el nuevo mando de control que Sonia le había colocado esa tarde en un ritual íntimo, sus dedos temblando ligeramente al ajustarlo. Las tres aprendices —Carla, Marta y Lucía— entraron temblando de anticipación y del frío cortante que se colaba bajo sus capas finas: desnudas excepto por los collares de electrochoque que zumbaban levemente en modo espera, sus cuerpos pálidos y vulnerables expuestos al aire nocturno. Belén les quitó las capas de inmediato con un tirón brusco, dejando que el viento las azotara como un amante cruel. Belén, Alberto, Almudena y Rafa ya esperaban en el círculo, también desnudos o semidesnudos, sus pieles brillando con un leve sudor de excitación previa, copas de vino tinto en las manos que reflejaban la luna como sangre líquida, y sonrisas hambrientas que revelaban dientes blancos en la penumbra.

—Esta noche no hay paredes que os protejan —anunció Belén con voz ronca y cargada de promesa oscura, su aliento visible en el aire frío como humo—. Todo al aire libre, bajo el juicio de las estrellas. El frío os va a hacer temblar antes de que empecemos, erizando cada poro de vuestra piel hasta que duela de necesidad. El riesgo os va a poner más cachondas, sabiendo que un vecino podría oír vuestros gritos y fantasear con bestias en la oscuridad. Y si alguna grita demasiado… que los vecinos crean que es un animal salvaje en celo, perdido en el bosque.

Sonia tomó el mando del collar de Manuel con dedos firmes, activándolo en vibración baja, un zumbido sutil que recorrió su cuerpo como una corriente eléctrica. Él gruñó suavemente, un sonido gutural que reverberó en su pecho, su polla endureciéndose al instante bajo el cuero, presionando contra la tela con una urgencia palpable.

—Empezamos con vosotras tres —dijo Sonia, su voz un susurro autoritario que cortaba el silencio, señalando a las aprendices con un dedo enjoyado—. Arrodillaos en círculo, manos a la espalda, y sentid la hierba húmeda contra vuestras rodillas.

Carla, Marta y Lucía obedecieron al instante, hincando las rodillas en la hierba fría y empapada por el rocío, el contacto helado erizándoles la piel al instante, pezones duros como piedras preciosas bajo la luna, sus respiraciones aceleradas formando nubes blancas en el aire. Belén y Almudena se acercaron con pasos felinos, portando los nuevos juguetes: pinzas con electrodos conectadas por cadenas finas y plateadas que tintineaban como campanas de advertencia. Las colocaron con precisión cruel en pezones y clítoris de las tres, tirando suavemente de las cadenas para que la corriente pasara en un circuito cerrado entre ellas, un pulso eléctrico que hacía que sus cuerpos se arquearan en sincronía, gemidos escapando de sus labios entreabiertos como ecos en la noche.

Manuel y Alberto las azotaron con floggers pesados y multifilamentos mientras estaban arrodilladas: golpes rítmicos y resonantes en nalgas, muslos y espalda que resonaban en la noche silenciosa como tambores primitivos, el chasquido del cuero contra la piel amplificado por el frío. Las marcas aparecían rápidas bajo la luz lunar: líneas rojas que se hinchaban y ardían con el viento nocturno, cada una un recordatorio ardiente de sumisión. Lucía fue la primera en suplicar, su voz quebrada por el deseo:

—Más… por favor… duele tan bien…

Sonia sonrió con maldad, sus ojos centelleando como estrellas caídas, y subió la intensidad del collar de Manuel, haciendo que su cuerpo se tensara con un gruñido ahogado. Él se acercó a grandes zancadas, agarró a Lucía por el pelo con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su garganta, y la penetró la boca con fuerza brutal, follándole la garganta mientras ella tosía y gemía, lágrimas de esfuerzo resbalando por sus mejillas frías. Al mismo tiempo, Rafa colocó la fucking machine portátil —traída del sótano con su zumbido mecánico ominoso— en el centro del círculo. Ajustaron los cabezales con precisión: uno vaginal grueso y venoso, otro anal más delgado pero implacable, lubricados con gel frío que hacía que las aprendices se estremecieran. Pusieron a Marta primero, atándola a la máquina con correas que crujían, el metal frío contra su piel. La máquina empezó lenta pero implacable, bombeando en ambos orificios con un ritmo mecánico que hacía vibrar su cuerpo entero, mientras Carla y Lucía eran obligadas a lamerle los pezones endurecidos y el clítoris expuesto e hinchado, sus lenguas calientes contrastando con el frío ambiental.

El frío hacía que cada sensación se multiplicara hasta el borde de la agonía: la hierba mojada y punzante bajo las rodillas, el viento cortante en la piel sudorosa y marcada, los gemidos que se perdían en el aire nocturno como lamentos fantasmales, el aroma terroso del jardín mezclado con el almizcle del arousal colectivo. Marta eyaculó dos veces seguidas en explosiones violentas, chorros calientes y claros que salpicaron la máquina reluciente y la hierba brillante, su cuerpo convulsionando en oleadas que la dejaban jadeante. Cuando la bajaron, temblaba incontrolablemente, sus músculos exhaustos, pero una sonrisa beatífica iluminaba su rostro empapado en sudor.

Luego vino el electroestimulador TENS al aire libre, un dispositivo siniestro con cables que serpenteaban como venas. Sonia colocó electrodos adhesivos en los clítoris hinchados de las tres y en sus puntos G internos, introduciéndolos con dedos lubricados que provocaban gemidos involuntarios. Manuel controlaba el mando desde su móvil, su pulgar deslizándose sobre la pantalla con sadismo calculado. Subió la intensidad en oleadas crecientes: un cosquilleo sutil que erizaba el vello, pulsos rítmicos que contraían músculos profundos, hasta contracciones violentas que las hacían convulsionar en el suelo como poseídas, eyaculando casi al mismo tiempo en un coro de gritos agudos y entrecortados que hizo que Belén tapara sus bocas con besos profundos y posesivos, sus lenguas sofocando los sonidos mientras el viento llevaba ecos lejanos.

La cruz de madera fue el clímax apoteósico, un monumento a la sumisión bajo el cielo infinito. Ataron a Carla primero, extendida en forma de X, sus extremidades tensas contra la madera áspera, expuesta al cielo como una ofrenda pagana, el viento azotando su piel vulnerable. Los seis adultos la rodearon como un aquelarre, sus sombras alargadas danzando en el suelo. Manuel la penetró vaginalmente con una embestida profunda y posesiva, su polla gruesa estirándola hasta el límite mientras Sonia le introducía un plug vibrante anal con un zumbido intenso, tirando de las pinzas electrodadas para enviar descargas que hacían que Carla se arqueara en éxtasis doloroso. Alberto y Rafa se masturbaban sobre su cuerpo con movimientos frenéticos, corriéndose en chorros calientes y espesos que resbalaban por su piel fría, dejando rastros pegajosos que se enfriaban rápidamente en el aire nocturno. Belén y Almudena la azotaron con tawse y paddle de cuero rígido, dejando verdugones rojos e hinchados que ardían con cada ráfaga de viento, el chasquido resonando como truenos lejanos. Carla tuvo un orgasmo multiorgásmico tan intenso que su visión se nubló, perdiendo el conocimiento por segundos, su cuerpo colgando laxo en las cadenas como una marioneta rota, fluidos goteando por sus muslos temblorosos.

Repitieron el ritual con Marta y Lucía: doble y triple penetración al aire libre, cuerpos entrelazados en un caos de carne y deseo, milking automático en sus clítoris con succionadores vibrantes que extraían chorros de placer mientras eran folladas con embestidas brutales, descargas eléctricas sincronizadas con cada enbestida que enviaban ondas de éxtasis a través de sus nervios sobrecargados. El jardín se llenó de sonidos primordiales: carne chocando con slaps húmedos, gemidos roncos y guturales, el zumbido mecánico de la máquina como un corazón latiendo, el chasquido seco de los látigos cortando el aire, el jadeo entrecortado del placer roto y reconstruido.

Al final, las tres aprendices fueron tumbadas en la manta de piel sintética, exhaustas y temblorosas, cubiertas de semen pegajoso, sudor salado y marcas frescas que pulsaban con cada latido, sus cuerpos un mapa de placer y dolor. El círculo se unió a ellas en un enredo cálido de cuerpos: abrazos protectores, besos tiernos que contrastaban con la brutalidad anterior, masajes con aceite caliente y perfumado que calmaban la piel irritada, el aroma a lavanda mezclándose con el de la tierra húmeda. Sonia se acurrucó contra Manuel, su mano rozando el tatuaje “S de Sonia” en su pubis, sintiendo el calor residual de su excitación.

—Ha sido… salvaje —susurró ella, su voz ronca por los gemidos previos—. El frío mordiendo la piel, el cielo como testigo infinito, el riesgo latiendo en cada vena… quiero repetir, quiero más de esta libertad cruda.

Manuel la besó con fuerza, su boca reclamando la de ella, aún duro contra su muslo suave, su polla palpitando con promesas renovadas.

—Cuando quieras, ama. Pero recuerda: sigues siendo mía, en cada estrella que nos mira, en cada brisa que te toca.

Belén, desde el otro lado del enredo, alzó su copa con un tintineo cristalino, el vino rojo brillando como rubíes bajo la luna.

—Brindemos por el jardín. Y por las noches que vendrán. Más abiertas al caos, más duras en su exigencia, más nuestras en su depravación absoluta.

La luna seguía alta e impasible, testigo silencioso de sus cuerpos marcados y entrelazados, un tapiz vivo de deseo bajo el vasto tapiz estrellado.

Capítulo 15: El Regreso del Jefe – La Trampa Inversa

Dos semanas después de la noche al aire libre en la villa de Belén, en una tarde nublada de mediados de abril de 2026, el teléfono de Manuel vibró con un mensaje de un número desconocido, un zumbido insistente que cortó el silencio de su despacho como un cuchillo. Era un vídeo de 47 segundos, grabado en alta definición, que mostraba con crudeza innegable a Sonia atada a la cruz en el local clandestino, su cuerpo arqueado en agonía y éxtasis mientras Enrique la follaba analmente con brutalidad animal, sus embestidas resonando en el audio distorsionado, y sus hijos se corrían sobre su cara en chorros espesos y degradantes que resbalaban por sus mejillas empapadas en lágrimas y sudor. El mensaje que acompañaba era directo y amenazante, como una daga envenenada:

“Quiero repetir. Esta vez solo yo. El sábado por la noche. Trae a tu mujer. Si no, este vídeo llega a todos tus contactos, a la directiva de Audi y a las redes. Tienes hasta el jueves para confirmar.”

Manuel palideció al instante, su rostro perdiendo color como si la sangre se hubiera drenado de sus venas, un nudo de rabia y pánico formándose en su estómago. Sonia, al ver el mensaje en la pantalla iluminada, sintió primero una rabia pura y ardiente que le quemaba el pecho, un fuego que hacía que sus puños se cerraran hasta que las uñas se clavaran en las palmas. Luego, una sonrisa fría y calculadora le curvó los labios, sus ojos oscuros brillando con una determinación letal.

—No va a tocarme otra vez —dijo con voz baja y peligrosa, un susurro que vibraba con promesa de venganza—. Pero sí vamos a contestarle. Esta vez, seremos nosotras las que lo destrocemos.

Esa misma noche, convocaron al círculo completo en la mazmorra, el aire cargado con el aroma familiar a cuero, cera y anticipación. Belén, Alberto, Almudena, Rafa, Carla, Marta y Lucía se reunieron alrededor de la mesa de madera antigua, las luces tenues proyectando sombras alargadas en las paredes de piedra. Sonia fue quien expuso el plan con precisión quirúrgica, su voz firme y cargada de malicia:

—Le diremos que sí, pero que Sonia ya no está disponible. Le ofreceremos a las tres nuevas como “mejora”: tres putas jóvenes, frescas y bien entrenadas para una noche privada en la villa de Belén. Aceptará. Es arrogante y codicioso, un cerdo que no puede resistir la carnada. Una vez allí… usaremos sus propias armas contra él. Lo grabaremos todo desde múltiples ángulos ocultos. Nosotras, las mujeres, lo humillaremos hasta el fondo, lo romperemos con nuestras manos y nuestros juguetes. Y luego lo tendremos cogido por los huevos para siempre, con un vídeo que lo destruya si osa moverse.

Lucía, la secretaria de Manuel, sonrió con malicia, sus ojos centelleando bajo las luces parpadeantes, su cuerpo aún marcado levemente por sesiones pasadas.

—Yo quiero ser la que le ponga el collar primero. Quiero ver su cara cuando se dé cuenta de que es él el que va a suplicar.

Carla y Marta asintieron con entusiasmo, sus expresiones pasando de la sumisión habitual a una ferocidad depredadora. Estaban listas para pasar de sumisas a verdugas, para invertir los roles en un giro deliciosamente vengativo.

El sábado por la noche, Enrique llegó a la villa de Belén con una sonrisa triunfal que le arrugaba los ojos, portando una botella de whisky caro que brillaba bajo las luces del porche, su paso arrogante crujiendo sobre la grava del camino. Esperaba encontrar a Sonia, su trofeo roto y dispuesto. En su lugar, lo recibieron Manuel y las tres chicas desnudas, arrodilladas en el jardín trasero, sus cuerpos pálidos iluminados solo por antorchas crepitantes y luces LED bajas que proyectaban un resplandor infernal sobre la hierba húmeda por el rocío.

—Sonia no viene —dijo Manuel con calma glacial, su voz un ronroneo controlado mientras observaba la decepción flicker en el rostro de Enrique—. Pero te traigo algo mejor: tres sumisas jóvenes, sin límites y muy obedientes. Toda la noche para ti. Graba lo que quieras. Pero esto queda entre nosotros, sin trucos.

Enrique se rio con una carcajada gutural, ya empalmado visiblemente bajo sus pantalones, el bulto tensando la tela mientras sus ojos devoraban a las chicas arrodilladas.

—Buen cambio. Me gusta la juventud fresca. Empecemos, entonces.

Lo llevaron al jardín, el aire nocturno cargado con el aroma a tierra mojada y humo de antorchas. Las tres chicas lo desnudaron con movimientos seductores y calculados: Carla le chupaba la polla con devoción fingida, su lengua experta rodeando la cabeza hinchada mientras succionaba con sonidos húmedos; Marta le lamía los huevos con avidez, su aliento caliente contra la piel sensible; Lucía le besaba el pecho ancho y le ponía las pinzas en los pezones con un twist cruel, tirando ligeramente para que mordieran la carne. Enrique gemía satisfecho, sus manos enredándose en sus cabellos, creyendo que tenía el control total, que era el rey en su propio harén.

Pero en cuanto se relajó, dejando caer la cabeza hacia atrás con un suspiro de placer, el círculo cerró la trampa con precisión letal.

Belén y Almudena aparecieron por detrás como sombras vengativas, sus siluetas curvilíneas envueltas en látex negro que crujía con cada paso. Le colocaron el collar de electrochoque alrededor del cuello grueso mientras Lucía le sujetaba las manos con fuerza sorprendente, sus uñas clavándose en su piel. Manuel, desde las sombras, activó el mando con un clic audible. Una descarga media recorrió su cuerpo como un rayo, haciendo que Enrique cayera de rodillas gruñendo, sus músculos convulsionando en ondas visibles bajo la piel.

—¿Qué cojones…? —rugió, su voz entrecortada por el dolor residual, intentando levantarse con furia.

Sonia salió de las sombras con pasos deliberados, vestida completamente de látex negro ajustado que moldeaba cada curva de su cuerpo como una armadura erótica, un látigo de cuero trenzado en la mano que chasqueaba contra su muslo. Sus ojos ardían con un fuego frío, su sonrisa una promesa de ruina.

—Esta noche tú eres la puta, Enrique. Y vamos a grabar cada segundo en 4K, con cámaras ocultas capturando cada gemido, cada lágrima. Si alguna vez se te ocurre usar ese vídeo antiguo, el nuevo llegará a tu mujer, a tus hijos, a todos tus socios y a la prensa local. Te destrozaremos la vida como tú intentaste con la nuestra. ¿Entendido?

Enrique intentó resistirse, sus músculos tensándose en un intento de rebelión, pero Rafa y Alberto lo ataron a la cruz de madera clavada en el suelo con correas gruesas que crujían, inmovilizándolo en una posición expuesta y vulnerable, su cuerpo desnudo temblando bajo el viento nocturno. Los hombres se retiraron a las sombras, observadores silenciosos con cámaras en mano, dejando el escenario a las mujeres para la humillación absoluta.

Las tres chicas, ahora transformadas en dominantes feroces, se turnaron para azotarlo sin piedad: floggers multifilamentos que silbaban en el aire antes de impactar en su culo y espalda con slaps resonantes, tawse de cuero rígido que dejaban verdugones morados hinchándose rápidamente bajo la luz lunar, y el paddle con agujeros que succionaba el aire al golpear, amplificando el ardor. Su piel se enrojecía y ardía, cada impacto enviando ondas de dolor que lo hacían gruñir y retorcerse contra las ataduras.

Luego vino la humillación profunda, un asalto sensorial orquestado solo por ellas.

Lo bajaron de la cruz y lo pusieron a cuatro patas sobre la hierba fría y punzante, el rocío empapando sus rodillas y manos. Carla se colocó un strap-on grande y venoso, follándole la boca con embestidas brutales que lo hacían babear y toser, su polla de silicona estirando sus labios hasta el límite. Marta ajustó la fucking machine portátil detrás de él, introduciendo el cabezal anal lubricado con gel frío que lo hizo jadear, activándola a velocidad media para que bombeara implacable en su culo, cada thrust mecánico enviando vibraciones profundas que lo hacían temblar. Lucía le colocó el sistema de milking en la polla semierecta, el succionador envolviendo su longitud con un zumbido intenso, activándolo al máximo para ordeñarlo sin piedad, extrayendo corridas forzadas una y otra vez, el semen siendo succionado en tubos transparentes mientras su cuerpo se convulsionaba en orgasmos involuntarios.

Sonia se acercó con gracia felina, le levantó la cabeza por el pelo grasiento con un tirón que le arrancó un gemido, y le escupió en la cara, el salivazo resbalando por su mejilla en una humillación pegajosa.

—Ahora vas a suplicar que te follen, cerdo. Suplica como la puta que eres.

Belén y Almudena se unieron, equipadas con strap-ons dobles y vibradores, penetrándolo por turnos en una doble penetración anal que lo estiraba hasta el borde del dolor, sus caderas chocando contra sus nalgas marcadas mientras las chicas le pisaban la polla con tacones altos, aplastándola contra la hierba, y aplicaban electrodos en los huevos que enviaban descargas sincronizadas con cada embestida. Cada orgasmo forzado venía acompañado de pulsos eléctricos que lo hacían gritar, y humillaciones verbales que cortaban como cuchillas: «Mira cómo te corres como una perra en celo», «Suplica por más, jefe patético», «Eres nuestro juguete ahora, roto y patético».

—Dilo —ordenó Sonia, su voz un látigo verbal, azotándolo con el tawse en el pecho mientras lo ordeñaban de nuevo—. Di que eres nuestra puta y que nunca volverás a amenazar a nadie.

Enrique, roto por completo, sudoroso y con la voz ronca por los gritos, lo dijo entre sollozos de placer forzado y vergüenza abrumadora:

—Soy… vuestra puta… nunca más… por favor, basta…

La sesión duró casi tres horas de tormento ininterrumpido. Lo cubrieron de su propio semen recolectado, untándolo en su cara y pecho como una marca de degradación, lo hicieron lamer los coños de las tres chicas mientras lo follaban con strap-ons vibrantes, sus jugos mojándole la cara mientras gemía, y lo ordeñaron hasta que solo salían orgasmos secos, su polla roja e hinchada rogando por misericordia.

Al final, lo dejaron tirado en la hierba, temblando incontrolablemente, marcado con verdugones que ardían al roce del viento, completamente humillado y exhausto. Manuel le puso el teléfono delante, reproduciendo fragmentos del vídeo nuevo:

—Tenemos todo grabado en 4K. Múltiples ángulos, cada gemido capturado. Ahora borramos tu vídeo antiguo y tú borras cualquier copia que tengas. Si alguna vez vuelves a acercarte a nosotros… esto sale a la luz, y te destruimos.

Enrique asintió, derrotado, sus ojos vidriosos fijos en el suelo, el orgullo hecho trizas.

Cuando se fue, tambaleándose con el culo ardiendo y las piernas débiles, cojeando hacia su coche en la oscuridad, el círculo entero estalló en risas triunfales y abrazos celebratorios, el aire vibrando con victoria.

Sonia se acercó a Manuel, lo besó con fuerza posesiva, su lengua invadiendo su boca mientras sus manos recorrían su cuerpo.

—Nadie amenaza a lo que es mío —susurró al oído, su aliento caliente contra su piel.

Manuel la levantó en brazos con facilidad, aún excitado por la venganza orquestada, su polla presionando contra ella.

—Volvamos a la mazmorra. Esta noche quiero follarte mientras vemos cómo lo destrozamos, repitiendo cada humillación en tu cuerpo.

El círculo celebró hasta el amanecer, brindando por la inversión de poder.

Y Enrique nunca volvió a aparecer, un fantasma roto en las sombras.

Capítulo 16: El Regalo de Cumpleaños – Cuatro Hombres Solo para Sonia

La habitación principal de su casa olía a jazmín quemado y vainilla derretida de las velas aromáticas que Manuel había colocado en cada rincón estratégico: sobre la cómoda de madera oscura, en los alféizares de las ventanas empañadas por el calor interno, y en el suelo alfombrado que amortiguaba los pasos. El aire estaba tibio y cargado, un velo dulce y pesado que se pegaba a la piel húmeda y a la garganta, haciendo que cada inhalación fuera un recordatorio sensorial de la anticipación acumulada. Las sábanas de satén rojo sangre crujían suavemente bajo el peso de los cuerpos, frías al principio contra la espalda expuesta de Sonia, pero calentándose rápido con el calor irradiado por los cuatro hombres que la rodeaban, sus presencias como un círculo de fuego vivo. El altavoz Bluetooth en la mesilla emitía un bajo profundo y lento, casi hipnótico, que vibraba en el pecho y en el vientre, sincronizándose con los latidos acelerados de su corazón, un pulso que resonaba en sus oídos como un tambor de guerra erótica.

Cuando Manuel le quitó la venda de seda negra con dedos temblorosos de excitación contenida, el primer sentido que la golpeó fue la vista: cuatro figuras enmascaradas arrodilladas al pie de la cama king-size, sus cuerpos aceitados brillando bajo la luz roja y morada de los LED empotrados en el techo, proyectando sombras danzantes que alargaban sus siluetas como dioses paganos. El aceite olía a almendra amarga y algo más masculino, almizclado y terroso, un aroma que se mezclaba con el jazmín y hacía que el aire fuera espeso, casi palpable. Alberto, el más ancho y robusto, tenía el pecho subiendo y bajando con respiraciones pesadas y audibles, como un fuelle; Rafa, musculoso y definido con venas prominentes en los brazos, flexionaba involuntariamente los bíceps, los músculos tensos como cuerdas de arco; Víctor, elegante y preciso con una postura felina, mantenía la cabeza ligeramente inclinada, sus ojos oscuros perforándola como un depredador paciente; y Manuel, su propietario eterno, arrodillado al centro con una sonrisa posesiva bajo la máscara, su polla familiar ya endurecida y palpitante, un faro de posesión en medio del ritual. Todas sus pollas estaban duras, pesadas, apuntando hacia ella como ofrendas, y el olor salado y crudo de la excitación masculina colectiva empezaba a dominar la habitación, un almizcle primitivo que le hacía agua la boca y contraer el coño.

Sonia sintió el primer escalofrío recorrerle la columna vertebral como una corriente eléctrica, erizándole la piel de gallina en los brazos y muslos, cuando dijo con voz ronca y autoritaria: —Adoradme. Todos vosotros.

Manuel fue el primero en avanzar, sus manos cálidas y familiares rodeándole el rostro con ternura posesiva, besándola profundamente mientras los otros se acercaban. Su lengua invadió su boca con sabor a menta y deseo, un beso que era a la vez reclamo y permiso, vibrando contra sus labios hinchados. Alberto se unió al instante, sus manos grandes y callosas rodeándole la cintura, subiendo despacio por los costados hasta los pechos generosos, los pulgares rozando los pezones a través del encaje transparente del corpiño, endureciéndolos al instante con un pinchazo eléctrico que le arrancó un gemido bajo y gutural. El roce era áspero, contrastando con la suavidad sedosa del encaje, y cuando bajó la boca, el calor húmedo de su lengua envolvió un pezón, succionando con fuerza rítmica que enviaba tirones directos al clítoris de Sonia, como si un hilo invisible y ardiente los conectara. El sabor salado de su propia piel se mezclaba con el aliento cálido y ligeramente alcohólico de Alberto, y cada succión enviaba ondas de placer que le tensaban los muslos internos, haciendo que sus músculos se contrajeran involuntariamente.

Rafa se colocó entre sus piernas abiertas, el aliento caliente y entrecortado rozándole el interior de los muslos como una brisa infernal antes que la lengua. Primero lamió despacio, con la lengua plana y áspera, saboreando la humedad que ya le empapaba las bragas de encaje negro, un fluido caliente y viscoso que se filtraba a través de la tela. El aroma de su excitación —dulce, almizclado, ligeramente salado con un toque metálico— llenó la habitación, intensificándose con cada lamida. Cuando apartó la tela con los dientes, el roce de los incisivos contra su piel sensible la hizo jadear, y hundió la lengua en su entrada con una presión firme e insistente, girando en círculos lentos alrededor del clítoris hinchado y pulsante. Cada pasada era áspera y caliente, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al contacto con el aire acondicionado sutil, haciéndola temblar de pies a cabeza. El sonido era obsceno y adictivo: lamidas húmedas y squelch, succiones suaves y ruidosas, sus propios gemidos roncos que se mezclaban con el bajo profundo de la música, creando una sinfonía de placer crudo.

Víctor se encargó de las caricias más precisas, sus dedos largos y hábiles —dedos de cirujano, fríos al principio pero calentándose rápido— masajeando sus caderas generosas, presionando los puntos exactos donde la carne era más sensible, enviando chispas de placer a lo largo de sus nervios. Bajó hasta los muslos, abriéndolos más con una fuerza gentil pero inexorable, y luego introdujo un dedo lubricado en su ano, despacio, girándolo para estirarla con una precisión quirúrgica que la hacía arquear la espalda. El contraste era brutal y abrumador: la lengua de Rafa en el clítoris, lamiendo con avidez; el dedo de Víctor en el culo, explorando y expandiendo; las succiones de Alberto en los pezones, tirando con dientes suaves; y Manuel, ahora arrodillado a su lado, besando su cuello y mordisqueando el lóbulo de la oreja, susurrando palabras posesivas que vibraban contra su piel: «Eres mía, pero esta noche te comparto para que sientas mi generosidad». Sonia sintió que su cuerpo se convertía en un cable vivo, cada terminación nerviosa disparando al unísono, un torbellino de sensaciones que la hacía jadear y retorcerse. El olor a sexo ya era abrumador: sudor limpio y salado, aceite almizclado, fluidos femeninos dulces y pegajosos, el almizcle masculino que se intensificaba con cada respiración profunda y entrecortada.

—Más —jadeó ella, su voz quebrada por el deseo, el pecho subiendo y bajando con rapidez—. Quiero sentirlos dentro. Todos a la vez.

Manuel coordinó el asalto con una mirada autoritaria, su polla ya goteando liquido preseminal. Rafa se incorporó primero, su polla gruesa y venosa rozando la entrada de su coño como una brasa ardiente, caliente y pulsante. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con una presión deliciosa y abrasadora que le arrancó un gemido largo y gutural, el roce interno frotando cada vena marcada contra sus paredes sensibles y empapadas. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto un segundo, dejando que ella sintiera el pulso rítmico de su polla contra su punto G, un latido que resonaba en su interior.

Alberto se arrodilló a su lado, agarrándola por el pelo con suavidad pero firmeza, y le metió la polla en la boca. El sabor era salado, ligeramente amargo con un toque de aceite almendrado, la cabeza hinchada y suave contra su lengua. Sonia lo succionó con avidez, la lengua girando alrededor de la corona sensible, sintiendo cómo se endurecía más en su boca caliente y húmeda, el peso pesado en la lengua, el calor irradiando, la sal que goteaba en su garganta y la hacía tragar con deleite.

Víctor lubricó su ano con más aceite tibio y entró por detrás, su polla elegante y curva deslizándose con precisión, la doble penetración inmediata y devastadora: dos pollas gruesas frotándose dentro de ella a través de la pared delgada que las separaba, creando una fricción intensa y constante que le hacía ver estrellas blancas detrás de los párpados cerrados. Manuel, no contento con observar, se unió penetrando su boca alternando con Alberto, sus pollas turnándose en succiones profundas, el sabor mezclado de ambos hombres en su lengua: el de Manuel familiar y posesivo, el de Alberto crudo y nuevo. Cada embestida sincronizada creaba un roce constante, un sonido húmedo y rítmico: carne contra carne con slaps resonantes, gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas que llenaban el aire. El olor a sexo crudo dominaba por completo, mezclado con el jazmín y el sudor salado que perlaba sus cuerpos.

El primer orgasmo la golpeó como una ola tsunami: empezó en el clítoris (Rafa frotándolo con el pulgar áspero en círculos precisos), subió por el vientre en espirales de fuego y explotó en todo su cuerpo, sus paredes internas contrayéndose alrededor de las dos pollas como un vicio implacable. Eyaculó un chorro caliente y claro que mojó el abdomen de Rafa y las sábanas saturadas, el grito que salió de su garganta ronco y animal, vibrando contra las pollas en su boca.

No pararon. Cambiaron posiciones una y otra vez, un baile coreografiado de deseo. La pusieron a cuatro patas sobre las sábanas arrugadas: Víctor la folló por detrás vaginalmente con embestidas profundas y controladas, Rafa en la boca con penetraciones que la hacían babear, Alberto debajo lamiéndole el clítoris hinchado mientras ella lo montaba, y Manuel alternando entre pellizcar sus pezones y azotarle las nalgas con palmadas que resonaban como truenos, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente. El sabor de su propia excitación en la lengua de Alberto, el olor salado de la polla de Rafa en su boca, el calor abrasador de Víctor dentro, y el toque posesivo de Manuel en su piel… todo se fundió en una sinfonía sensorial abrumadora.

Más tarde, la levantaron entre los cuatro: Alberto y Manuel la sostuvieron en brazos, penetrándola de pie en una doble vaginal que la estiraba hasta el límite, embestidas profundas que le hacían rebotar los pechos contra sus torsos aceitados. Rafa y Víctor besaban y mordisqueaban su cuello expuesto, pellizcaban pezones endurecidos y clítoris pulsante con dedos expertos. Otro orgasmo la atravesó, esta vez más suave pero prolongado, dejándola temblando en sus brazos fuertes, fluidos goteando por sus muslos internos.

Cuando los tres invitados se corrieron —Alberto en su boca (chorros calientes y espesos que tragó con deleite, saboreando la sal amarga), Rafa sobre sus pechos (resbalando por la piel aceitada en rastros pegajosos que se enfriaban al aire), Víctor dentro de su coño (profundo y palpitante, mezclándose con sus jugos)— Manuel la reclamó de nuevo, uniéndose a la culminación con una penetración anal que la llenaba por completo, su polla familiar frotándose contra el semen ajeno en un reclamo obsceno y adictivo. Sonia tuvo un último orgasmo múltiple, gritando su nombre mientras él se corría dentro con un rugido, marcándola de nuevo como suya.

El silencio después fue dulce y pesado: solo respiraciones pesadas y entrecortadas, el crepitar suave de las velas consumiéndose, el bajo lejano de la música desvaneciéndose. Manuel la abrazó por detrás, besándole el cuello sudoroso y marcado, su cuerpo envolviéndola como un escudo.

—Feliz cumpleaños, mi reina —susurró, su voz ronca por el esfuerzo y el placer.

Sonia sonrió, exhausta pero satisfecha hasta los huesos, su cuerpo un mapa brillante de sudor, semen y aceite.

—El mejor regalo sensorial de mi vida. Cuatro hombres, pero siempre tuya al final.

 

Capítulo 17: Regreso al Origen – La Noche de la Multitud en San Sebastián

El círculo decidió que el regreso al club de San Sebastián no sería una simple repetición nostálgica: sería una escalada total y apoteósica, un evento que marcaría el pico ardiente de su exploración colectiva, un torbellino de cuerpos y deseos que borraría los límites entre placer y caos absoluto. Manuel habló con el gerente semanas antes, en llamadas cargadas de promesas veladas y detalles explícitos; el club organizó una “noche privada exclusiva” para un grupo selecto de clientes habituales, no menos de 25 hombres confirmados: la mayoría maduros y experimentados, discretos en su vida diaria pero salvajes en la oscuridad, con cuerpos que hablaban de gimnasio riguroso, poder económico y apetitos insaciables. Entre ellos destacaba uno en particular: un hombre negro alto y musculoso, de unos 40 años, conocido en el circuito underground como “Khalil”. Su polla medía 25 cm en erección completa —gruesa como un antebrazo, venosa con surcos prominentes, ligeramente curvada hacia arriba como una promesa de penetración profunda e implacable— y tenía fama de ser un amante demoledor: pocas mujeres salían indemnes después de una sesión con él, sus cuerpos temblando por horas, marcados por orgasmos que rozaban el éxtasis destructivo.

Llegaron el viernes por la tarde de mediados de mayo de 2026, como antes, pero esta vez con una energía eléctrica y palpable en el aire, un zumbido de anticipación que hacía que la piel se erizara y los pulsos se aceleraran. La suite del hotel de lujo frente al mar olía a perfume caro y floral, champán burbujeante derramado en copas de cristal, y la anticipación cruda de cuerpos listos para el desenfreno: un aroma almizclado de excitación contenida que se filtraba en cada respiración. Sonia, Belén, Almudena, Carla, Marta y Lucía se prepararon juntas en un ritual de lujuria compartida: depilación completa que dejaba la piel suave y sensible al roce más leve, aceite brillante con esencia de vainilla y sándalo aplicado en capas generosas que hacía que sus cuerpos relucieran como diosas paganas, lencería mínima —tangas de encaje negro que se empapaban solo con el pensamiento— o directamente nada debajo de abrigos largos de seda que susurraban contra sus curvas al caminar. Los hombres del círculo —Manuel, Alberto, Rafa y Víctor— las besaron con posesión feroz antes de salir, sus labios reclamando cuellos y bocas, recordándoles en susurros roncos que al final de la noche volverían a ser “suyas”, marcadas pero reconquistadas.

Entraron al club pasadas las once de la noche, el pulso de la ciudad costera vibrando en sus venas como un preludio. El gerente, un hombre discreto con ojos que habían visto todo, los guio directamente a la sala principal, más grande de lo que recordaban: la cama redonda ahora era un coloso circular de tres metros de diámetro, con sábanas de satén negro que crujían bajo el peso imaginado, rodeada de sofás en gradas para espectadores, pero esta vez no había público pasivo —todos eran participantes en el caos inminente. Los 25 hombres ya esperaban, desnudos o en ropa interior ceñida que delineaba erecciones incipientes, máscaras opcionales para algunos que ocultaban rostros pero no el hambre en sus ojos. Cuerpos variados pero todos excitados: torsos esculpidos, músculos tensos, pollas semierectas que palpitaban con promesa, un tapiz de pieles bronceadas, tatuadas, peludas o lisas. El olor era inmediato y abrumador: testosterona cruda y salada, colonia cara con notas de madera y cítricos, cuero de las correas y juguetes dispuestos en mesas laterales, lubricante de silicona con aroma a coco untado en anticipación, y el leve almizcle primitivo de la excitación colectiva que hacía que el aire se sintiera espeso, casi masticable. La música era más grave y pulsátil, un bajo profundo que vibraba en el suelo de madera pulida y en los huesos, sincronizándose con los latidos acelerados, un ritmo tribal que incitaba al desenfreno.

Sonia se quitó el abrigo primero con un movimiento fluido y teatral, dejando caer la seda al suelo con un susurro, quedando desnuda excepto por tacones altos de aguja que resonaban como un desafío y un collar de cuero negro con cadena colgante que tintineaba contra su pecho. Las demás la siguieron en un striptease colectivo: Belén revelando curvas voluptuosas con pezones ya endurecidos por el frío del aire acondicionado; Almudena, con su piel oliva brillando bajo las luces tenues; Carla, Marta y Lucía —las más jóvenes y frescas— temblando ligeramente de nervios y deseo, sus cuerpos pálidos y tonificados invitando al toque. Seis mujeres en el centro de la sala, rodeadas por 25 hombres y sus cuatro compañeros, un círculo de lujuria viva. El silencio duró solo un segundo, cargado de tensión sexual que hacía que el aire crepitara, antes de que Sonia alzara la voz con un ronroneo autoritario y desafiante:

—Esta noche somos vuestras. Usadnos, folladnos, destrozadnos con vuestro deseo. Pero recordad: “rojo” para parar si el fuego quema demasiado. Y al final… volvemos con los nuestros, marcadas por todos pero poseídas por ellos.

La orgía estalló como una ola tsunami de pasión desatada, un caos desenfrenado de cuerpos colisionando en un torbellino de lujuria pura y animal.

Al principio fue caótico pero organizado en su desenfreno: las mujeres se tumbaron en la cama redonda como ofrendas vivas, piernas abiertas en invitaciones obscenas, coños depilados y relucientes de aceite y excitación inicial, culos expuestos y temblando por la anticipación. Los primeros hombres se acercaron en grupos de cuatro o cinco, como manadas hambrientas: manos callosas y ansiosas explorando cada curva, dedos gruesos hundiéndose en carnes suaves, lenguas lamiendo piel salada. Sonia fue la primera en ser tomada con ferocidad: dos pollas gruesas y venosas en la boca al mismo tiempo, estirando sus labios hasta el límite, sabores salados y amargos mezclándose en su lengua mientras succionaba con avidez; una en el coño, embistiendo profundo y rápido, frotando su punto G con cada envite; otra en el culo, estirándola con un dolor-placer abrasador que la hacía arquear la espalda. El sonido era ensordecedor y sinfónico: carne húmeda chocando con slaps resonantes, gemidos graves y guturales de hombres en éxtasis, gritos agudos y entrecortados de placer femenino que reverberaban en las paredes, el zumbido constante de vibradores potentes que alguien traía de las mesas, presionados contra clítoris hinchados para amplificar el caos. El sabor salado de múltiples pollas llenaba su boca, goteando por su barbilla; el olor a sexo crudo —sudor salado, semen fresco, jugos femeninos dulces y almizclados— impregnaba todo, un perfume de depravación que hacía que la cabeza diera vueltas.

Belén y Almudena fueron rodeadas por ocho hombres cada una en un enjambre de lujuria: manos por todas partes, pellizcando pezones hasta dejarlos rojos e hinchados, pollas frotándose contra sus cuerpos como tributos calientes y palpitantes, dedos y lenguas invadiendo cada orificio con urgencia voraz —coños empapados, culos apretados, bocas ansiosas. Carla, Marta y Lucía —las más jóvenes, con pieles suaves y cuerpos flexibles— recibieron atención especial y salvaje: grupos de cinco o seis las levantaban en el aire como trofeos, las giraban en posiciones imposibles, las follaban en cadena interminable, pollas turnándose en sus orificios con un ritmo frenético que las hacía gritar de pasión descontrolada. Lucía fue la primera en eyacular en una explosión violenta: un chorro claro y caliente que salpicó el pecho tatuado de un hombre mientras dos pollas la penetraban simultáneamente en una doble vaginal que la estiraba al borde del éxtasis, su cuerpo convulsionando en ondas de placer que la dejaban jadeante y rogando por más.

Entonces llegó Khalil, el epicentro del desenfreno.

El negro alto se acercó a la cama con pasos lentos y deliberados, su presencia dominando la sala como un dios de ébano, su polla ya completamente erecta: 25 cm de carne negra gruesa y venosa, surcos prominentes que palpitaban con cada latido, cabeza brillante de precum que goteaba como una promesa pegajosa, curvada hacia arriba para golpear profundo. El círculo contuvo el aliento colectivo, un silencio momentáneo en medio del caos, los ojos fijos en él con una mezcla de temor y deseo ardiente. Sonia lo miró fijamente, el corazón latiéndole en la garganta con un pulso de lujuria pura, su coño contrayéndose involuntariamente ante la vista.

—Empieza conmigo —dijo ella, voz ronca y temblorosa por la pasión, extendiendo las manos como una invocación.

Khalil la levantó como si no pesara nada, sus manos grandes y fuertes agarrando sus caderas con fuerza posesiva, colocándola a cuatro patas en el centro de la cama saturada de fluidos. Primero lubricó con saliva caliente y aceite espeso, sus dedos gruesos explorando su entrada con giros crueles que la hacían gemir; luego presionó la cabeza masiva contra su coño, un roce abrasador que la hizo jadear. Sonia jadeó cuando entró: la sensación de ser estirada al límite era un dolor-placer puro y adictivo, centímetro a centímetro invadiendo su interior hasta el fondo, rozando su cérvix con cada pulgada conquistada. El roce interno era abrasador e intenso, cada vena marcada frotando sus paredes sensibles y empapadas como un hierro candente. Cuando empezó a moverse más rápido, un ritmo brutal y primitivo, Sonia gritó: un sonido animal y gutural que cortaba el aire, sus paredes internas contrayéndose violentamente alrededor de esa verga monstruosa, provocando un orgasmo inmediato y devastador que la sacudió como un terremoto. Eyaculó con fuerza incontrolable, chorros calientes y claros que mojaron las sábanas arrugadas y el abdomen esculpido de Khalil, su cuerpo convulsionando en oleadas de pasión que la dejaban sin aliento.

No paró; el desenfreno solo aumentaba. La folló con un ritmo brutal e implacable: profundo, rápido como un pistón, sin piedad ni pausa, sus caderas chocando contra sus nalgas con slaps resonantes que enviaban ondas de placer-dolor a través de su espina. Sonia perdió la cuenta de los orgasmos: vaginales continuos y encadenados, uno tras otro en una cascada de éxtasis, su cuerpo convulsionando incontrolablemente, lágrimas de éxtasis puro rodando por sus mejillas ruborizadas, gemidos incoherentes escapando de sus labios hinchados. Khalil la giró boca arriba con facilidad brutal, le levantó las piernas sobre sus hombros anchos y siguió embistiendo, cada golpe haciendo que sus pechos rebotaran con violencia, que su vientre se contrajera en espasmos, que su clítoris palpitara expuesto y rogando por más. El sonido era obsceno y hipnótico: chapoteo húmedo de fluidos mezclados, gemidos roncos y primitivos, el slap-slap-slap de sus bolas pesadas contra su culo empapado, todo amplificado por el bajo de la música que vibraba en sus huesos.

Las demás no se quedaron atrás en el torbellino de lujuria; Khalil las tomó una por una en un ritual de pasión compartida: Belén gritó con un alarido de placer salvaje cuando la penetró analmente, estirándola hasta el límite con un roce abrasador que la hacía arquear la espalda en éxtasis; Almudena eyaculó tres veces seguidas en explosiones violentas, chorros calientes mojando todo a su alrededor solo con la fricción interna de esa verga colosal frotando sus paredes; Carla y Marta fueron folladas en doble penetración con él y otro hombre anónimo, sus cuerpos jóvenes temblando incontrolablemente en un sandwich de carne y deseo, orgasmos múltiples que las dejaban sollozando de pasión; Lucía, la más resistente y voraz, aguantó una sesión de 20 minutos con Khalil solo, cabalgándolo como una amazona enloquecida, corriéndose hasta que se le nubló la vista en un velo de placer abrumador, su coño contrayéndose alrededor de él como un vicio vivo.

Mientras tanto, los otros 24 hombres no paraban en su asalto lujurioso: gangbangs en cadena interminable donde pollas se turnaban en orificios empapados, bukkakes espontáneos con chorros calientes salpicando pieles brillantes, doble y triple penetración constante que hacía que los cuerpos femeninos se convirtieran en epicentros de éxtasis compartido. El suelo alrededor de la cama estaba salpicado de fluidos pegajosos —semen espeso, jugos femeninos dulces, sudor salado—, el aire denso y sofocante de olor a semen fresco y caliente, sudor almizclado y coños empapados en un perfume de depravación absoluta que embriagaba los sentidos. Los hombres del círculo —Manuel, Alberto, Rafa, Víctor— participaban con pasión posesiva pero compartida, uniéndose al caos: Manuel follaba a Sonia por la boca mientras Khalil la tenía por detrás en una triple penetración que la hacía gritar incoherencias de placer, pollas frotándose dentro de ella en un roce interno que la llevaba al borde de la locura; Alberto y Rafa levantaban a Belén en un doble anal que la hacía eyacular en chorros incontrolables; Víctor coordinaba un círculo alrededor de las aprendices, dirigiendo pollas hacia sus bocas y coños en un ballet de lujuria.

El clímax final fue un círculo masivo y apoteósico de desenfreno colectivo: las seis mujeres arrodilladas en el centro de la cama saturada, rodeadas por los 29 hombres (los 25 del club más los 4 suyos), un anillo de pollas erectas y palpitantes masturbándose con frenesí sobre ellas. Se corrieron en olas sincronizadas, chorros calientes y espesos cayendo como una lluvia torrencial de pasión: salado en la lengua abierta de Sonia, caliente en la piel brillante de Belén, pegajoso en el pelo enredado de Almudena, resbalando por pechos, abdomen, coños hinchados y culos marcados. Sonia, exhausta pero radiante en su lujuria, abrió la boca y tragó lo que pudo con avidez, lamiendo lo que resbalaba por sus pechos con lengua experta, cada gota un tributo a su deseo insaciable. Cada mujer tuvo al menos un orgasmo más solo por la humillación sensorial y la sobrecarga de pasión: vibradores presionados contra clítoris mientras el semen las cubría, dedos hundiéndose en ellas para prolongar el éxtasis.

Cuando todo terminó en un colapso colectivo, el grupo se derrumbó en la cama y los sofás en un enredo de cuerpos entrelazados, sudorosos, marcados con verdugones rojos y moretones de pasión, exhaustos pero saciados en lo más profundo del alma. Sonia se acurrucó contra Manuel, aún temblando de los orgasmos residuales que ondulaban por su cuerpo como réplicas de un terremoto erótico, su piel pegajosa contra la de él.

—Hemos vuelto… y hemos sido destruidas en el fuego de la lujuria —susurró con una sonrisa rota y beatífica, su voz ronca por los gritos previos.

Manuel la besó con fuerza posesiva, oliendo a todos los hombres que la habían tenido, su aliento mezclándose con el suyo en un reclamo final.

—Y reconstruidas en las cenizas de la pasión. Mañana volvemos a casa… más unidos que nunca, forjados en este desenfreno eterno.

El club quedó en silencio, solo el rumor lejano del mar rompiendo contra las rocas y las respiraciones pesadas de casi cuarenta cuerpos saciados, un tapiz vivo de lujuria cumplida bajo las luces tenues.

 

Capítulo 18: La Fiesta en la Boutique – El Regalo Devuelto

 

Era el 12 de febrero, un jueves gélido en Santander, con el viento del norte azotando las calles empedradas del barrio. La boutique de Sonia, un oasis de lujo en medio de la ciudad, se transformaba esa noche en un santuario privado de lujuria y poder. La excusa era el lanzamiento de una nueva marca italiana de lencería: encajes intrincados, sedas que susurraban promesas de pecado, corsés que moldeaban curvas como esculturas vivas. Sonia había invitado a sus seis clientas más selectas, mujeres de élite con fortunas discretas y apetitos voraces: Isabella, la heredera de 38 años con curvas voluptuosas y una lengua afilada; Victoria, 42, ejecutiva de banca con piel oliva y pechos firmes que desafiaban la gravedad; Elena, 35, artista con tatuajes ocultos y un piercing en el clítoris que amplificaba cada roce; Sofía, 40, dueña de una galería con piernas interminables y un gusto por el dolor sutil; Natalia, 37, abogada con ojos verdes felinos y un coño siempre húmedo; y Camila, 39, influencer discreta con nalgas redondas y una sonrisa que prometía maldades. Todas ellas, casadas o solteras, habían confesado a Sonia sus fantasías en probadores iluminados por luces suaves, y esta noche, ella les ofrecería un regalo inolvidable: Manuel, su propiedad, devuelto como favor por el episodio del concesionario.

 

La boutique estaba cerrada al público desde las 19:00, las persianas bajadas como un velo de secreto, el aire perfumado con incienso de jazmín y vainilla que se mezclaba con el leve aroma a cuero nuevo de los expositores. Luces LED tenues en tonos rojos y púrpuras proyectaban sombras danzantes en las paredes tapizadas de terciopelo, y una mesa central cargada con champán burbujeante, fresas cubiertas de chocolate y lubricantes gourmet con sabores exóticos: menta, fresa salvaje, coco tostado. Sonia, vestida con un corsé negro de encaje que realzaba sus pechos generosos y un tanga mínimo que apenas cubría su pubis tatuado, recibió a las seis mujeres con besos en las mejillas y promesas susurradas. Ellas llegaron envueltas en abrigos de visón y cachemira, pero pronto se despojaron de todo salvo la lencería de la nueva marca: bodies transparentes que dejaban ver pezones endurecidos por el frío, tangas que se empapaban con la anticipación, medias con liguero que susurraban al rozar muslos tonificados.

 

Manuel esperaba en el probador principal, convertido en un escenario improvisado con un sofá de cuero negro amplio y mullido, rodeado de espejos que multiplicaban cada ángulo. Sonia lo había preparado esa tarde en casa: le dio una pastilla de Viagra con un beso posesivo, sintiendo cómo su polla se endurecía en minutos, gruesa y venosa bajo sus dedos. Luego, una vez erecto al máximo —palpitante, caliente, con la cabeza hinchada y brillante de preeyaculado—, le colocó dos correas de cuero suave pero firmes alrededor de la base: una cock ring ajustada que cortaba el flujo sanguíneo de salida, manteniendo la sangre atrapada en el eje, y otra más arriba para reforzar el efecto. «No se bajará hasta que yo lo diga», susurró ella, tirando de las correas con un chasquido que lo hizo gruñir. Su polla ahora era un monumento inquebrantable: roja, hinchada, sensible al menor roce, un instrumento de placer prolongado que lo condenaba a horas de erección forzada, sin alivio hasta el agotamiento total.

 

Cuando las siete mujeres entraron al probador —Sonia al frente, las seis clientas siguiéndola con ojos hambrientos—, Manuel estaba arrodillado en el centro, desnudo excepto por el collar de electrochoque que Sonia controlaba desde su móvil. El aire se cargó al instante: olor a perfumes femeninos mezclado con el almizcle de excitación colectiva, respiraciones aceleradas que formaban un ritmo sincopado con la música suave de fondo —un bajo lento y sensual que vibraba en el suelo. Sonia se acercó primero, agarró la cadena de su collar y tiró con fuerza, obligándolo a mirarla a los ojos.

 

—Esta noche eres mi regalo para ellas —dijo con voz ronca y autoritaria, sus dedos rozando su polla atrapada, sintiendo el calor pulsante bajo la piel tensa—. Me devuelves el favor del concesionario. Siete mujeres, varias horas. Las satisfaces a todas, una por una o en grupo, hasta que griten mi nombre en éxtasis. Y no paras hasta que estés seco, exhausto, roto. ¿Entendido, propiedad mía?

 

Manuel asintió, su polla saltando involuntariamente al toque, un pulso de deseo mezclado con el pánico sutil de lo que vendría. La Viagra ya corría por sus venas, amplificando cada sensación: el roce del aire frío en su glande expuesto era como una caricia eléctrica, el olor a coños húmedos que empezaba a filtrarse lo ponía más duro, imposible de ignorar.

 

La orgía comenzó con un ritmo calculado pero pronto escaló a un desenfreno lujurioso. Isabella fue la primera: se sentó en el sofá con piernas abiertas, su coño depilado reluciente bajo el tanga apartado. Manuel se arrodilló entre sus muslos, el aroma dulce y salado de su excitación invadiendo sus fosas nasales. Lamía con avidez, lengua plana y áspera trazando círculos alrededor de su clítoris hinchado, succionando con fuerza que la hacía arquear la espalda. El sabor era adictivo: jugos calientes y viscosos que goteaban por su barbilla, mezclados con el leve sal de su sudor. Isabella gemía alto, agarrándole el pelo y presionando su cabeza más profundo, sus muslos temblando alrededor de sus orejas. Cuando se corrió —un chorro caliente que le mojó la cara—, Manuel sintió su polla palpitar dolorosamente contra las correas, rogando por alivio que no llegaría.

 

Victoria y Elena se unieron sin pausa: Victoria montó su cara, ahogándolo en su coño oliva y empapado, el piercing de Elena rozando su lengua mientras le lamía el clítoris alternando. Manuel trabajaba con devoción, manos grandes agarrando nalgas firmes, dedos hundiéndose en entradas húmedas para amplificar el placer. Los sonidos eran obscenos: lamidas húmedas, succiones ruidosas, gemidos entrecortados que reverberaban en los espejos, multiplicando el espectáculo. Sofía y Natalia observaban, masturbándose con dedos expertos, sus coños goteando en el suelo de mármol pulido. Camila se arrodilló detrás de él, lamiéndole los huevos hinchados y el ano, amplificando la tortura de su erección atrapada —cada lamida enviaba ondas de placer que lo hacían gruñir contra los coños que devoraba.

 

Sonia dirigía el caos con maestría sadista: activaba el collar en pulsos bajos para mantenerlo enfocado, sus ojos centelleando mientras veía a sus clientas convulsionar en orgasmos. Pasaron a la penetración: Manuel tumbado en el sofá, polla erecta como una lanza inquebrantable, roja e hinchada por las correas que cortaban el flujo. Isabella lo montó primero vaginalmente, hundiéndose lento sobre él, su coño apretado estirándose alrededor de su grosor con un squelch húmedo. El roce interno era abrasador para ambos: para ella, un llenado profundo que frotaba cada vena contra sus paredes sensibles; para él, una presión constante que lo llevaba al borde sin liberación, el Viagra amplificando el placer hasta el dolor. Isabella cabalgaba con ferocidad, pechos rebotando, uñas clavándose en su pecho hasta dejar surcos rojos. Se corrió dos veces seguidas, chorros calientes mojando su abdomen, pero Manuel no podía correrse —las correas lo mantenían al límite, su polla palpitando en vano.

 

Victoria lo tomó analmente: lubricante con sabor a menta fría untado en su culo, contrastando con el calor de su polla al entrar. La penetración fue lenta y brutal, su ano apretado cediendo centímetro a centímetro, el roce apretado enviando espasmos de placer que lo hacía jadear. Victoria gemía alto, moviéndose arriba y abajo con ritmo frenético, su clítoris frotándose contra sus bolas. Elena se unió, sentándose en su cara mientras Victoria cabalgaba, ahogándolo en jugos salados. Manuel follaba con embestidas profundas desde abajo, sintiendo cada contracción de su ano alrededor de él, el sudor perlando su cuerpo, el corazón latiéndole con fuerza por el esfuerzo prolongado.

 

Las horas se fundieron en un torbellino de sensaciones: Sofía lo folló vaginalmente en posición de amazona inversa, su culo redondo chocando contra sus caderas con slaps resonantes, eyaculando sobre él en oleadas que lo empapaban; Natalia lo tomó en la boca mientras Camila lo montaba, succionando con devoción experta, lengua girando alrededor de su glande sensible hasta que lágrimas de frustración rodaron por sus mejillas —quería correrse, pero las correas lo negaban, convirtiendo el placer en agonía dulce. Sonia se unió intermitentemente, montándolo con posesión mientras las otras lamían sus pechos o clítoris, sus gemidos un coro de «más, propiedad mía, satisface a mis amigas».

 

Fueron cuatro horas de desenfreno ininterrumpido: rotaciones constantes, doble penetración con dildos que las mujeres usaban mientras él follaba a otra, lamidas colectivas donde su polla era adorada por múltiples bocas al mismo tiempo —lenguas calientes, succiones alternas, sabores mezclados de jugos femeninos y preeyaculado suyo. Las clientas eran difíciles de saciar: cada orgasmo las ponía más voraces, exigiendo más embestidas, más profundidad, más intensidad. Manuel sudaba profusamente, músculos temblando por el esfuerzo, polla hinchada al máximo, roja y sensible como una herida abierta. El Viagra lo mantenía erecto, pero el agotamiento lo golpeaba: respiración entrecortada, visión nublada, cuerpo dolorido por las uñas, mordidas y palmadas que dejaban marcas.

 

Al final, cuando las seis clientas yacían exhaustas en el sofá —cuerpos brillantes de sudor, semen inexistente pero jugos propios, rostros radiantes de satisfacción—, Sonia lo reclamó para el cierre. Quitó las correas con un tirón, liberando el flujo sanguíneo en un rush de alivio y dolor. Lo folló ella sola, montándolo con saña posesiva, su coño empapado deslizándose fácil sobre su polla torturada. Manuel se corrió por fin: orgasmos secos y convulsivos, sin semen —estaba seco, exhausto, roto—, chorros invisibles de placer que lo hacían rugir y temblar. Sonia se corrió con él, marcándolo de nuevo como suyo.

 

Después, lo abrazó en el suelo, besándolo con ternura mientras las clientas aplaudían débilmente.

 

—Bien hecho, propiedad mía —susurró—. Ahora sabes lo que se siente ser el regalo.

 

Manuel sonrió débilmente, cuerpo laxo y saciado, sabiendo que su devoción era absoluta. La boutique quedó en silencio, solo el rumor del viento exterior y las respiraciones pesadas de siete mujeres satisfechas.

Capítulo 19: La Reclamación en la Playa Privada – El Ritual Bajo la Luna Llena

Era finales de junio , una noche calurosa en la Costa cantabra, donde el mar Cantábrico lamía las rocas con un rumor constante y salado. El círculo había alquilado una villa privada, con playa, en un acantilado remoto, accesible solo por un sendero serpenteante flanqueado por pinos que susurraban secretos con la brisa marina. La idea surgió de Manuel, como una forma de reclamar su posesión sobre Sonia después de la fiesta en la boutique: un ritual al aire libre, pero esta vez con el círculo completo y un toque de exposición controlada, donde el riesgo de ojos curiosos desde barcos lejanos añadía un filo de adrenalina a la lujuria. La luna llena colgaba alta, bañando la arena fina en un resplandor plateado que hacía que los cuerpos desnudos parecieran esculturas etéreas, y el aire olía a salitre, algas húmedas y el almizcle incipiente de la excitación colectiva.

Llegaron al atardecer, el sol hundiéndose en el horizonte como una bola de fuego que teñía el cielo de rojos y naranjas intensos. Sonia, Belén, Almudena, Carla, Marta y Lucía descendieron el sendero con abrigos ligeros que se quitaron al llegar a la arena, quedando desnudas excepto por collares de perlas que brillaban bajo la luna y plugs anales con joyas que centelleaban con cada paso. Sus pieles, untadas con aceite de coco perfumado, relucían con un brillo tropical que invitaba al toque: pechos generosos subiendo y bajando con respiraciones ansiosas, caderas ondulantes, pubis depilados con tatuajes de propiedad que se revelaban como marcas de devoción. Los hombres —Manuel, Alberto, Rafa y Víctor— las esperaban ya desnudos, cuerpos musculosos y bronceados por el sol del día, pollas semierectas palpitando con anticipación, el olor a testosterona mezclado con el salitre del mar creando un perfume embriagador de deseo primitivo.

Manuel tomó la iniciativa, su voz grave cortando el rumor de las olas: —Esta noche reclamo lo que es mío. Sonia, mi propiedad, pero compartida con el círculo para que todos veamos cómo te rompes y renaces en el placer, una vez mas. El mar será testigo, la luna nuestra luz, y el riesgo nuestro afrodisíaco. ¿Estás lista, amor?

Sonia asintió, sus ojos centelleando con una mezcla de sumisión y desafío, su coño ya húmedo solo por las palabras, el plug en su culo amplificando cada contracción involuntaria. El ritual comenzó con un círculo de fuego: antorchas clavadas en la arena formando un anillo de llamas danzantes que proyectaban sombras alargadas y calientes sobre sus pieles. Las mujeres se arrodillaron en el centro, manos a la espalda, pezones endurecidos por la brisa marina fresca que contrastaba con el calor del fuego. Los hombres las rodearon, pollas endureciéndose al máximo bajo la luna, venas prominentes palpitando como promesas de invasión.

Manuel empezó con Sonia: la levantó por las caderas, colocándola a cuatro patas sobre una manta de seda extendida en la arena, el grano fino rozando sus rodillas como una caricia áspera. Le quitó el plug con un tirón lento, lubricando su ano con saliva caliente y aceite de coco que goteaba pegajoso por sus muslos. Entró analmente de una embestida profunda, su polla gruesa estirándola con un dolor-placer abrasador que la hizo gritar, el sonido ahogado por las olas pero eco resonando en el acantilado. Cada envite era posesivo y brutal: profundo hasta el cervix, frotando sus paredes internas con venas marcadas, el slap de sus bolas contra su coño empapado amplificado por la noche abierta. Sonia gemía gutural, sus pechos rebotando con cada impacto, lágrimas de éxtasis rodando por sus mejillas mientras su clítoris palpitaba expuesto al aire salado.

El círculo se unió al desenfreno: Alberto tomó a Belén vaginalmente junto a ellos, su polla ancha llenándola con embestidas rápidas que la hacían eyacular chorros calientes sobre la arena, el fluido mezclándose con el salitre en un aroma terroso y dulce; Rafa y Víctor compartieron a Almudena en una doble penetración —uno en el coño, otro en el culo—, sus cuerpos sincronizados en un ritmo frenético que la hacía convulsionar en orgasmos múltiples, gritos agudos perdiéndose en el viento marino. Carla, Marta y Lucía no se quedaron atrás: se turnaban lamiendo los clítoris de las otras mientras eran folladas por hombres rotativos, lenguas expertas trazando círculos ásperos en botones hinchados, sabores salados de jugos femeninos mezclados con el sudor del esfuerzo.

La lujuria escaló a un torbellino de pasión desatada: cuerpos entrelazados en un enredo caótico sobre la manta empapada, arena pegándose a pieles sudorosas como un recordatorio táctil de la exposición. Manuel giró a Sonia boca arriba, penetrándola vaginalmente mientras Alberto le follaba la boca, el sabor salado de su polla mezclándose con el de las olas cercanas; Belén montaba a Rafa analmente, su culo apretado contrayéndose alrededor de él en espasmos que lo hacían gruñir, mientras Lucía lamía sus pechos, succionando pezones endurecidos con dientes suaves. El aire se llenó de sonidos primordiales: carne chocando con slaps húmedos y resonantes, gemidos roncos y entrecortados, el zumbido de vibradores marinos —impermeables, traídos para la ocasión— presionados contra clítoris y puntos G, amplificando el caos sensorial. El olor era abrumador: sexo crudo y salado, sudor almizclado, aceite de coco derretido por el calor de los cuerpos, el leve aroma a humo de las antorchas que danzaban como testigos flameantes.

Khalil, invitado sorpresa del club de San Sebastián, apareció desde las sombras del acantilado —un favor de Manuel para intensificar la reclamación—. Su presencia imponente cortó el ritmo: 25 cm de polla negra erecta y curvada, reluciente bajo la luna. Tomó a Sonia primero, levantándola en brazos como una ofrenda, penetrándola vaginalmente de pie mientras Manuel la follaba por detrás en una doble que la estiraba al límite. El roce de las dos pollas frotándose a través de la pared delgada era un fuego interno: abrasador, intenso, cada vena marcada enviando ondas de placer que la hacían gritar incoherencias, eyaculando chorros calientes que salpicaban la arena y los torsos de los hombres. Khalil la pasó a las demás: Belén gritó en éxtasis anal, su ano cediendo a su grosor con un dolor-placer que la hacía convulsionar; Almudena lo cabalgó con ferocidad, orgasmos encadenados mojando su abdomen esculpido; las aprendices lo compartieron en un trío oral y vaginal, bocas y coños turnándose en una adoración lujuriosa que las dejaba temblando.

El clímax fue un ritual colectivo bajo la luna: todos los hombres arrodillados alrededor de las mujeres tumbadas en la arena, masturbándose con frenesí mientras ellas se tocaban mutuamente —dedos hundiéndose en coños empapados, lenguas lamiendo clítoris hinchados—. Chorros de semen caliente cayeron como una lluvia lunar: espesos y pegajosos sobre pechos, abdomen, caras y pubis, salado en lenguas abiertas que tragaban con avidez. Sonia, en el centro, tuvo un orgasmo final, su cuerpo convulsionando mientras Manuel se corría dentro de ella, reclamándola con un rugido posesivo que ahogaba el mar.

Al final, exhaustos y entrelazados en la arena fría, con el fuego de las antorchas apagándose lentamente, Manuel abrazó a Sonia, besándola con ternura salada.

—Eres mía, siempre —susurró, su aliento caliente contra su cuello marcado.

Sonia sonrió, radiante en su saciedad, el mar lamiendo sus pies como un amante final.

—Y tú mío, en cada ola de placer que compartimos.

La playa quedó en silencio, solo el rumor eterno del mar y las respiraciones pesadas de cuerpos unidos en lujuria eterna.

 

Capítulo 20: La Visita Inesperada – El Descubrimiento en el Sótano

Era mediados de julio, un verano abrasador en Santander, que hacía que el asfalto ondulara con el calor y el aire se cargara de un bochorno pegajoso. Manuel y Sonia habían regresado de la Costa Brava hacía semanas, de una escapada solo para descansar y broncearse, y hacer el amor lentamente, sin prisas, solos. Sus cuerpos aún marcados por el sol. La rutina de su vida BDSM se había reanudado con intensidad renovada en la mazmorra del sótano: sesiones diarias de sumisión y dominación que los mantenían en un estado constante de excitación latente. El sótano, con sus paredes de piedra fría, el olor persistente a cuero envejecido y cera derretida, y los juguetes colgados como trofeos —floggers, cuerdas, plugs y vibradores—, era su santuario privado, un mundo apartado del caos exterior.

Todo cambió una tarde de jueves, cuando el timbre de la puerta principal resonó como un trueno inesperado. Sonia, vestida con un vestido ligero de algodón que se adhería a su piel sudorosa por el calor, abrió la puerta y se encontró con Bruno, su hermano pequeño de 30 años, sonriendo con esa picardía eterna que lo definía. Bruno era un vividor empedernido, un jugador de póker profesional que viajaba por casinos de Europa y Las Vegas, acumulando fortunas efímeras y amantes fugaces. Su cuerpo atlético y musculado —hombros anchos, abdominales definidos como tallados en mármol, brazos venosos de horas en el gimnasio— estaba bronceado por el sol de Mónaco, donde había ganado su último torneo. Vestía una camisa blanca desabotonada que revelaba un pecho depilado y tatuado con cartas de póker entrelazadas, pantalones ajustados que marcaban sus muslos potentes, y unas gafas de sol aviador que quitó con un gesto teatral. A su lado, colgada de su brazo como un trofeo vivo, estaba Irina, su nueva novia: una ucraniana de 20 años que medía casi 1.80 metros, con una melena rubia platino que caía en ondas perfectas hasta su cintura estrecha, ojos azules como zafiros fríos que centelleaban con una mezcla de inocencia fingida y astucia, y un cuerpo de escándalo —pechos firmes y altos que tensaban su top ajustado, caderas curvas que se balanceaban con cada paso, nalgas redondas y tonificadas que invitaban al toque, piernas interminables enfundadas en shorts vaqueros cortos que dejaban poco a la imaginación. Su piel pálida contrastaba con el bronceado de Bruno, y su aroma —un perfume floral y dulce con notas de vainilla— llenaba el aire como una promesa de pecado.

— ¡Sonia, hermana! —exclamaba Bruno con su voz grave y juguetona, abrazándola con fuerza que la levantó del suelo, sus músculos flexionándose contra su cuerpo—. ¡Sorpresa! Estaba en Barcelona por un torneo y pensé: ¿por qué no visitar a la familia? Y mira, te traigo a Irina, mi suerte rubia. Es modelo, ¿sabes? De Kiev, pero ahora viaja conmigo.

Irina sonrió con labios carnosos pintados de rojo, extendiendo una mano con manicura perfecta con uñas largas y afiladas. —Encantada —dijo con un acento ruso marcado que sonaba exótico y seductor, su voz suave pero con un filo juguetón—. Bruno habla mucho de ti. Dice que eres la dueña de una boutique fabulosa.

Sonia, recuperándose de la sorpresa, los invitó a entrar con una sonrisa forzada, sintiendo un nudo de frustración en el estómago: la visita inesperada significaba posponer sus sesiones en el sótano con Manuel, quien bajaba las escaleras en ese momento, secándose el sudor de la frente con una toalla después de un entrenamiento. Manuel saludó a Bruno con un abrazo fraternal —se conocían de visitas pasadas, aunque Bruno ignoraba los secretos oscuros de su relación con Sonia— y a Irina con una mirada apreciativa que no pasó desapercibida para Sonia, quien sintió un pinchazo de celos posesivos. La casa se llenó de risas y anécdotas: Bruno contando sus hazañas en mesas de póker, con manos gesticulando como si repartiera cartas invisibles, su risa resonante llenando el salón; Irina posando con gracia felina en el sofá, cruzando sus piernas largas y dejando que el short subiera un poco, revelando muslos suaves y pálidos que captaban miradas fugaces. Cenaron en la terraza: paella casera con mariscos frescos que crujían bajo los dientes, vino tinto rioja que calentaba la garganta, y postres de chocolate derretido que Irina lamía con lengua sugerente, sus ojos azules fijos en Manuel con una coquetería descarada.

La visita se alargó días: Bruno e Irina se instalaron en la habitación de invitados, transformando la casa en un torbellino de actividad. Por las mañanas, desayunos tardíos con café fuerte y croissants crujientes, donde Bruno planeaba salidas a museos o bares de tapas; tardes de piscina en el jardín, con Irina en bikini mínimo que apenas contenía sus curvas, salpicando agua cristalina mientras Bruno nadaba con brazadas potentes, sus músculos brillando bajo el sol; noches de cenas en restaurantes chic, donde el vino fluía y las anécdotas se volvían más picantes —Bruno bromeando sobre sus conquistas, Irina riendo con una mano en su muslo, su acento haciendo que cada palabra sonara como una invitación. Manuel y Sonia, frustrados por la falta de intimidad, intercambiaban miradas cargadas de deseo reprimido, sus toques fugaces bajo la mesa enviando chispas de anticipación.

Al quinto día, Bruno e Irina anunciaron que saldrían a pasar el día en el centro: compras y una tarde de turismo. Apenas se fueron, Manuel y Sonia bajaron al sótano como lobos hambrientos. El aire fresco y oscuro del sótano los envolvió: olor a cuero y metal, luces tenues proyectando sombras alargadas. Manuel ató a Sonia al techo con cuerdas de shibari intrincadas, sus muñecas y tobillos suspendidos en un arnés que la dejaba colgando como una marioneta erótica, su cuerpo expuesto y vulnerable. El plug anal que llevaba todo el día amplificaba cada movimiento, y Manuel empezó con el flogger: golpes rítmicos en sus nalgas y muslos, el cuero silbando en el aire antes de impactar con slaps resonantes que dejaban marcas rojas hinchadas, ardientes al roce del aire. Sonia gemía alto, su coño goteando jugos calientes por sus muslos, el dolor transmutándose en placer abrasador que la hacía arquear el cuerpo.

Pero el destino intervino: Bruno e Irina volvieron antes de lo esperado —un chaparrón repentino arruinó sus planes—, y al no encontrarlos en la casa, bajaron al sótano guiados por los gemidos ahogados que se filtraban por la puerta entreabierta. Bruno abrió la puerta de golpe, sus ojos marrones abriéndose en shock al ver a su hermana colgando del techo, cuerpo desnudo y marcado, azotada por Manuel con saña posesiva. Irina jadeó detrás de él, su mano cubriendo la boca en una mezcla de sorpresa y excitación, sus ojos azules centelleando con curiosidad lasciva.

— ¿Qué cojones…? —gruñó Bruno, su voz entrecortada, el shock inicial dando paso a una fascinación oscura al ver a Sonia en esa sumisión absoluta: pechos rebotando con cada azote, los pezones erguidos, presos por pinzas metálicas que los mordían con dureza, coño depilado y reluciente, tatuaje «Propiedad de M» brillando bajo las luces. Manuel se detuvo, polla erecta y palpitante, cubriéndose instintivamente, pero Sonia, colgando aún, miró a su hermano con ojos vidriosos de placer.

Bruno se recompuso rápido, su instinto de vividor tomando el control: una sonrisa lenta curvó sus labios, sus ojos recorriendo el cuerpo de Sonia con un hambre nueva y prohibida. —Vaya, hermana… nunca imaginé que eras de estas. Pero joder, qué vista. —Miró a Irina, quien mordía su labio inferior, su top ahora tenso por pezones endurecidos—. ¿Quieres unirte, amor? Esto parece… divertido.

Irina asintió con entusiasmo, su acento ruso ronco por el deseo: —Sí, Bruno. Quiero ver… y participar.

El encuentro escaló a un torbellino de lujuria familiar y prohibida. Manuel desató a Sonia, quien cayó en sus brazos temblando, pero Bruno se acercó, su mano grande rozando el tatuaje en su pubis con una familiaridad incestuosa que la hizo jadear. —Eres preciosa así, sumisa —murmuró, su aliento caliente contra su cuello, oliendo a colonia masculina y vino residual. Irina se despojó de la ropa con gracia felina: su cuerpo escandaloso revelado —pechos altos y firmes con pezones rosados, coño depilado con un piercing en el clítoris que brillaba, nalgas perfectas que Bruno palmeaba con posesión.

Bruno tomó a Sonia primero: la tumbó en el potro de cuero, abriéndole las piernas con manos fuertes y callosas de jugador, su polla —gruesa, venosa, curvada ligeramente— erecta y palpitante contra su muslo. Entró vaginalmente con una embestida lenta y profunda, el roce familiar pero prohibido haciendo que Sonia gritara de placer culpable, sus paredes internas contrayéndose alrededor de su hermano como un vicio caliente. Cada entrada era posesiva y brutal: profundo, frotando su punto G con venas marcadas, el sonido de sus bolas contra su culo amplificado en el sótano. Sonia gemía su nombre —»Bruno… oh, dios…»—, lágrimas de éxtasis rodando, su coño goteando jugos que empapaban el cuero.

Manuel, con celos ardientes pero excitación voyeurística, tomó a Irina: la ucraniana se arrodilló frente a él, lamiendo su polla con lengua experta, ojos azules fijos en los suyos mientras succionaba con sonidos húmedos y obscenos, su saliva goteando por el eje. Luego la penetró vaginalmente contra la pared, sus manos grandes agarrando sus nalgas perfectas, embistiendo con saña mientras ella gemía en ruso —palabras sucias que sonaban como poesía erótica—, su coño apretado y húmedo contrayéndose alrededor de él, el piercing frotando su polla en cada movimiento.

El clímax fue un enredo caótico: doble penetración a Sonia —Bruno en su coño, Manuel en su culo, pollas frotándose a través de la pared delgada en un roce abrasador que la hacía convulsionar en orgasmos múltiples, eyaculando chorros calientes que mojaban sus muslos— mientras ella comía a Irina, arrodillada y abierta, con su culo a escasos cm de la cara de Manuel, que lo lamia también entre los jadeos, lamiendo su coño depilado con avidez, lengua experta trazando el piercing y hundiéndose en pliegues húmedos y dulces, saboreando jugos salados mientras Irina gemía alto, agarrando sus pechos y pellizcando pezones.

Al final, exhaustos en el suelo del sótano, cuerpos entrelazados y pegajosos, Bruno besó a Sonia con ternura prohibida. —Esto cambia todo, hermana —susurró.

Sonia sonrió, radiante en su depravación. —O lo hace más interesante. Bienvenidos al juego.

Capítulo 21: Límites y Deseos – La Inauguración en Gijón

Dos semanas después del encuentro prohibido con su hermano Bruno en el sótano, Sonia no conseguía quitarse el peso de la culpa y la excitación que le rondaba la cabeza. Cada vez que cerraba los ojos recordaba la sensación de la polla de Bruno entrando en ella, sus gemidos, su mirada oscura mientras la follaba con deseo salvaje. Se sentía sucia, excitada y aterrorizada al mismo tiempo.

Una noche, reunió al Círculo completo en la mazmorra. Estaba visiblemente nerviosa, sentada en el borde del potro con las piernas cruzadas.

—Necesito hablar con vosotros —dijo con voz baja—. Me follé a mi hermano pequeño. Y lo peor es que… lo disfruté muchísimo. Ahora no paro de preguntarme si me estoy volviendo loca. Si he perdido completamente el control.

Hubo un largo silencio. Belén fue la primera en hablar:

—Todos hemos cruzado líneas que nunca imaginamos. Pero esto es diferente. Es familia. Sangre. Es peligroso emocionalmente.

Manuel, aunque intentaba mantenerse calmado, tenía la mandíbula tensa. Alberto intervino con voz grave:

—Disfrutaste y eso no te convierte en mala persona. Pero no deberías repetirlo. La familia debe quedarse fuera de esto. Es demasiado arriesgado. Puede destruirte por dentro.

Almudena asintió y añadió:

—Hazlo una sola vez y archívalo como una fantasía cumplida. Pero no lo conviertas en algo habitual. Hay límites que, aunque nos exciten, es mejor no cruzar más de una vez.

Sonia escuchó en silencio, con los ojos brillantes. Al final suspiró profundamente y asintió.

—Tienes razón. Lo disfruté… pero no volverá a pasar. Bruno y yo seguiremos siendo hermanos. Esto se queda aquí.

El Círculo la abrazó y la sesión terminó con besos tiernos y caricias reconfortantes. Sonia se sintió más ligera después de esa conversación.

 

Dos días después, las seis mujeres del círculo (Sonia, Belén, Almudena, Carla, Marta y Lucía) fueron juntas a un estudio de piercing privado y exclusivo. Decidieron hacerse un cambio radical: perforarse los pezones.

Sonia eligió unos piercings de plata con pequeñas argollas y una cadena fina que las conectaba entre sí. Belén optó por barbells dorados con cristales rojos. Almudena se puso unos grandes y pesados de acero quirúrgico negro con pequeñas calaveras colgando. Carla, Marta y Lucía eligieron piercings más delicados con piedras de color rosa y azul. El dolor fue intenso, pero también extrañamente excitante. Ver sus pezones hinchados, sensibles y adornados las puso muy cachondas. Esa misma noche se probaron los nuevos piercings lamiéndose y tirando suavemente de ellos, gimiendo de placer.

 

A finales de julio, inauguraron un nuevo local swinger de lujo en Gijón llamado “El Puerto Oscuro”. El círculo decidió viajar a Asturias para la gran apertura.

El local era espectacular: tres plantas, decoración industrial elegante, zonas temáticas (BDSM, glory hole, orgía libre, zona voyeur), piscina climatizada interior, jacuzzis y habitaciones privadas. La noche de inauguración estaba llena de gente atractiva y muy selecta.

Las tres parejas principales (Manuel-Sonia, Alberto-Belén, Rafa-Almudena) llegaron junto con Carla, Marta y Lucía. Desde el primer momento el ambiente era eléctrico.

La noche comenzó con intensidad:

En una sala grande, Sonia y Belén se besaron apasionadamente con otras dos mujeres en una escena lésbica muy caliente, lamiéndose pezones recién perforados, tirando de las cadenas y gimiendo alto mientras un grupo de hombres las observaban masturbándose. Carla, Marta y Lucía fueron rápidamente rodeadas y terminaron en una orgía masiva: múltiples pollas entrando y saliendo de sus bocas, coños y culos en una cadena interminable de gemidos.

Más tarde hubo un bukkake colectivo en el centro de la sala principal: más de veinte hombres rodearon a Sonia y Belén, corriéndose sobre sus caras, pechos y cuerpos en chorros espesos y calientes. Las dos mujeres terminaron cubiertas de semen, lamiéndose mutuamente con pasión mientras el público aplaudía.

Pero el momento más extremo de la noche fue el de Almudena.

Almudena tenía una fantasía muy concreta que llevaba tiempo confesando: quería ser follada por hombres mucho mayores. Esa noche la cumplió.

Organizaron un gangbang privado en una sala VIP con iluminación tenue y roja. Diez hombres mayores de entre 67 y 79 años fueron seleccionados. La mayoría eran jubilados, gordos, con barrigas prominentes, pelo blanco o calvos, cuerpos peludos, algunos con pollas pequeñas o medianas, otros con problemas de erección que necesitaban ayuda con pastillas. Varios sudaban mucho por el calor y la excitación.

Almudena entró vestida solo con tacones altos y un collar. Se tumbó en una cama grande en el centro y abrió las piernas, mostrando su coño depilado y húmedo.

—Quiero que me uséis todos —dijo con voz ronca—. Sin piedad.

Los diez hombres se acercaron. El olor era muy fuerte: sudor rancio, colonia vieja, piel envejecida. Algunos tenían barrigas enormes que rozaban contra ella, otros tenían manos temblorosas pero ansiosas.

El primero, un hombre de 72 años gordo y muy peludo, la penetró con su polla corta pero gruesa, sudando profusamente sobre sus pechos. Otro hombre de 68 años, calvo y con una barriga enorme, le metió la polla en la boca mientras jadeaba fuerte. Dos más se masturbaban sobre ella, uno con una polla pequeña y curva que apenas entraba, otro con una verga gruesa pero blanda que necesitaba ser chupada para endurecerse.

Almudena estaba en éxtasis. El contraste entre su cuerpo joven, tonificado y depilado contra esos hombres mayores, sudados y peludos la ponía extremadamente cachonda. Gemía como una loca mientras la follaban por turnos:

—Más… seguid… sois unos viejos sucios… me encanta…

Le cambiaban constantemente: uno la follaba vaginalmente mientras otro la penetraba analmente, dos más le metían las pollas en la boca al mismo tiempo, estirándole los labios. El sudor de los hombres caía sobre su piel, sus barrigas peludas rozaban su vientre plano, sus respiraciones pesadas y jadeantes llenaban la sala. Varios se corrieron rápido, unos dentro de ella, otros sobre su cara y pechos perforados.

Almudena tuvo múltiples orgasmos violentos, eyaculando varias veces mientras un hombre de 75 años, flaco pero con una polla sorprendentemente larga, la follaba con embestidas rápidas y torpes. Otro, muy gordo y sudoroso, se corrió sobre su clítoris mientras ella gritaba de placer.

Al final de la sesión, Almudena estaba completamente cubierta de semen, sudor y fluidos, con el pelo pegado a la cara, el maquillaje corrido y el cuerpo temblando. Sonreía con una expresión de satisfacción absoluta.

—Ha sido… increíble —susurró exhausta—. Me han puesto muy perra.

Todos los presentes aplaudieron y se despidieron besando a Almudena, que los recibió con placer por el sueño que le habían permitido cumplir.

La noche terminó con el grupo reunido en el jacuzzi, cuerpos agotados pero satisfechos, hablando en voz baja sobre los límites, los deseos cumplidos y lo peligroso que puede ser cruzar ciertas líneas.

Capítulo 22: El Hackeo y la Oferta de Coruña

 

Un martes por la mañana, a mediados de marzo, Manuel estaba en su despacho del concesionario en Santander, revisando informes de ventas con una taza de café en la mano —un ritual que ahora compartía con Sonia por mensajes, recordando sus desayunos renovados—. Su teléfono vibró con un email anónimo: «Mira esto. Tu mujer es una estrella». Adjunto, un enlace a un video borroso pero inconfundible: Sonia en la cama redonda del club de San Sebastián, rodeada de cuerpos, gimiendo en orgasmos; y otro de la segunda noche, atada en la cruz, cubierta de semen en el bukkake. Varias fotos de la sesión con El circulo, donde se ve perfectamente las caras de todos, entregados al placer.

El corazón de Manuel se aceleró. Llamó al club: hackeado semanas atrás, videos circulando en círculos privados exclusivos por todo el norte de España. «Lo sentimos, estamos investigando», dijeron, pero el daño estaba hecho.

En casa esa noche, durante una cena tensa —pasta con Rioja, evocando su primera confesión—, Manuel se lo contó a Sonia. Ella palideció, tocando instintivamente su tatuaje «Propiedad de M» bajo la bata, recordando cómo ese símbolo de posesión ahora se sentía vulnerable. «¿Y si llega a los hijos? ¿A la boutique?», murmuró, lágrimas en los ojos. Hablaron horas, reviviendo San Sebastián como un paraíso perdido: «Aquella luna de miel en Andalucía nos unió en lo desconocido; esto podría rompernos», dijo Manuel, abrazándola. Pero en el fondo, un cosquilleo familiar —Sonia húmeda solo al imaginar la exposición— mezclaba miedo con excitación.

Al día siguiente, una llamada cambió todo: Don Emilio, pez gordo de una cadena masiva de concesionarios BMW y Mini en Galicia, voz grave y autoritaria.

«He visto los videos. Impresionantes. Te ofrezco dirigir toda la provincia de Coruña: 15 exposiciones, sueldo triple —más de 150.000 euros anuales—, bonos por ventas hasta el 20%, equipo de 50 personas bajo tu mando, autonomía regional para estrategias de marketing y expansión, coche de empresa BMW X7 full equip, y casa amueblada en A Coruña con vistas al Atlántico. Mudanza inmediata. A cambio, tú y Sonia participáis en fiestas privadas mías y de mi círculo —gente de alto nivel: políticos, empresarios gallegos—. Todo discreto, sin grabaciones, en chalets privados. Podemos hacer desaparecer esos videos; somos poderosos». Y añadió: «Trae a Alberto, el de tu grupo en Santander. Le doy dirección de postventa en uno de los concesionarios principales: supervisando reparaciones, garantías, un equipo de 20 técnicos, sueldo de 80.000 euros más incentivos por eficiencia, y autonomía para implementar protocolos BDSM-inspired en ‘equipos motivados’, si lo desea. Sé de sus… talentos, y de Belén también; ella puede unirse si quiere, como aliada en fiestas».

Manuel colgó aturdido. Esa tarde, en la boutique, Sonia atendía una clienta con sonrisa forzada—»¿Más exposición o salvación?»—. Por la noche, debatieron: evocaron su boda en la iglesia de Santander, promesas de aventuras; San Sebastián como renacimiento; el yate como escalada. «Esto nos protege, pero nos ata más», dijo Sonia, ruborizada pero húmeda. Llamaron a Belén y Alberto: excitados por el ascenso —Alberto viendose en postventa, un «nuevo playground» para dinámicas de dominio con su equipo, Belén intrigada por expandir su zapateria a Galicia—, accedieron. «Es un nuevo capítulo», murmuró Sonia, besando a Manuel con fiereza.

Dos semanas después, el trato se cerró en el chalet de Don Emilio en las afueras de A Coruña: una mansión de piedra gallega, jardines amplios con fuentes susurrantes, sótano convertido en mazmorra lujosa con paredes de madera oscura tallada con motivos celtas, olor a cuero curtido, incienso de sándalo y cera derretida de velas rojas, cruces de San Andrés reforzadas con hierro forjado, potros acolchados en terciopelo negro, cadenas colgando del techo con ganchos pulidos, arsenal de juguetes —fustas ornamentadas con mangos de marfil, vibradores de alta gama con modos pulsantes, plugs joyados de tamaños escalados, pinzas metálicas con pesos ajustables, máscaras venecianas doradas—. Don Emilio, 60 años, alto y elegante con cabello plateado y traje a medida, recibió a Manuel, Sonia, Alberto y Belén con champán en copas de cristal tallado. Su mujer, Doña Carmen, 55, rubia con curvas maduras realzadas por un corsé de cuero rojo bordado en oro, aura dominante como una reina galaica. Cuatro sumisos —dos hombres atléticos con collares de púas, dos mujeres esbeltas con arneses de cuero— esperaban arrodillados en el suelo de piedra fría, cuerpos depilados brillando bajo luces tenues de antorchas LED.

«Bienvenidos a Galicia», dijo Don Emilio, que les enseñó la casa, anteriormente propiedad de un conocido narco de la zona, guiándolos al sótano por una escalera espiral de madera crujiente, el aire cargado de anticipación. Tras enseñarles los contratos a Manuel y Alberto, y firmarlos, añadió: ahora la firma “oficial”.

El ritual empezó con Sonia y Belén como centros femeninos, Alberto como sumiso masculino para equilibrar: ataron a Sonia a la cruz principal, brazos y piernas extendidos con correas de cuero suave pero inquebrantables, expuesta bajo un foco rojo que acentuaba sus curvas; a Belén la colocaron en un potro adyacente, boca arriba con piernas abiertas en estribos, vulnerable pero con mirada desafiante; a Alberto lo encadenaron del techo, brazos arriba, pies apenas tocando el suelo. Doña Carmen tomó el mando con una sonrisa sádica: empezó con Sonia, azotando sus nalgas generosas con una fusta gallega de cuero trenzado grueso, golpes precisos y rítmicos —uno, dos, tres— dejando verdugones rojos hinchados que ardían como brasas, el chasquido resonando en el sótano; Sonia gritaba, lágrimas rodando por sus mejillas ruborizadas, pero su coño goteaba abundantemente, evocando complejos pasados transformados en poder. «Bienvenida, hotwife de Santander. Aquí sirves a los poderosos», susurraba Doña Carmen, alternando azotes con caricias suaves en los verdugones para intensificar el dolor-placer.

Los sumisos se unieron en una coreografía orquestada: una mujer sumisa, de rodillas, lamió el coño empapado de Sonia con lengua experta, succionando su clítoris hinchado mientras un hombre sumiso introducía un plug anal oversized joyado, lubricado con aceite aromático, estirándola lentamente centímetro a centímetro hasta el límite, vibrando en modo bajo para torturarla con placer negado; otro pellizcaba sus pezones endurecidos con pinzas metálicas pesadas, conectadas a un pequeño generador de correiente, que Doña Carmen manejaba, enviando descargas eléctricas de dolor que hacían arquearse a Sonia. Belén, era atendida por la cuarta sumisa: azotada en muslos internos con un flogger de hilos suaves al principio, escalando a metálicos que picaban como agujas, dejando marcas lineales rojas; Alberto gruñía mientras un sumiso hombre lo flagelaba la espalda con una fusta similar, y otro le chupaba la polla erecta con avidez, mordisqueando la cabeza sensible.

Manuel observaba desde un sillón de cuero, endureciéndose bajo sus pantalones, recordando su posesión: intervino solo para besar a Sonia en un momento de pausa, susurrando «Eres mía, pero hoy nos salvamos», su mano rozando el tatuaje como ancla emocional. Don Emilio le dijo: tienes poder, pero menos que yo, hoy iras detrás de mí.: Folló a Sonia vaginalmente con embestidas posesivas y profundas, su polla gruesa chocando contra su cérvix, gruñendo: «Esto sella tu ascenso, Manuel —15 concesionarios bajo tu mando, bonos que te harán rico»; Doña Carmen se sentó en el rostro de Sonia, frotando su coño depilado y húmedo contra su boca, obligándola a lamer con lengua profunda mientras los sumisos frotaban su clítoris con vibradores pulsantes, llevándola a un orgasmo que la hizo convulsionar, eyaculando chorros claros sobre el suelo de piedra. Belén, excitada por la escena, fue penetrada por Don Emilio, que dejó la vagina de Sonia a su marido; a continuación, sus caderas voluptuosas chocando con fuerza, mientras un sumiso le lamía los pezones mordidos; Alberto era follado analmente por un sumiso, gruñendo de placer-dolor, su polla masturbada por Belén desde su potro, una conexión cómplice entre esposos que evocaba su salón en Santander.

La humillación culminó en un círculo caótico: Sonia, Belén y Alberto arrodillados en el centro, rodeados por Don Emilio, Doña Carmen, Manuel y los sumisos; chorros de semen y jugos femeninos cubriéndolos —Don Emilio y Manuel corriéndose en el rostro de Sonia con chorros espesos resbalando por su melena rubia, Doña Carmen eyaculando un chorro claro sobre el pecho de Belén, sumisos alternando penetraciones orales y manuales hasta que todos convulsionaban en clímax colectivos. Marcas rojas —verdugones hinchados, moretones en caderas, cortes superficiales en muslos— tardarian días en desaparecer; Doña Carmen indicó el tatuaje de Manuel, No me habían dicho que también eras propiedad. De quien? De tu zorrita? Si, dijo Manuel. Bien, tal vez te tome para alguna fiesta con mis amigas, con el beneplácito de tu ama. Sonia asintió con la cabeza;

cerró la boutique temporalmente para la mudanza, pero en el espejo de su nuevo hogar en Coruña, tocándo las cicatrices de la llegada a casa de don Emilio, con Belén en una visita, se sintió radiante, viva, compartiendo risas sobre «nuestras batallas gallegas».

Los videos desaparecieron; Alberto dirigió comenzó a dirigir postventa con éxito, implementando «motivaciones» sutiles. Su matrimonio, pervertido y empoderado, floreció en Galicia: «Esto nos ha salvado y atado», murmuró Sonia una noche, follando a Manuel con furia, anhelando más límites. Pero ¿era adicción o libertad? El Cantábrico quedó atrás, pero las olas de deseo seguían rompiendo.

 

Capítulo 23: La Calma Rota y el Sado Médico

Un mes después de la mudanza a Coruña, la vida de Manuel y Sonia había encontrado un ritmo casi idílico, un respiro inesperado en medio de las olas atlánticas que ahora lamían su nuevo horizonte. No habían llegado llamadas ni invitaciones a fiestas; el silencio de Don Emilio parecía una pausa deliberada, permitiendo que se instalaran en el chalet —una villa confiscada a un narco detenido, con jardines exuberantes, piscina infinita con vistas al mar y un sótano que Manuel ya planeaba convertir en mazmorra privada, pero aún vacío de juguetes gallegos—. Por las mañanas, Manuel preparaba café en la cocina de diseño, compartiendo con Sonia anécdotas del día anterior en los concesionarios —»Hoy cerré un BMW 750 con bonos que nos harán ricos, amor»—, mientras ella, tocando su tatuaje «Propiedad de M» bajo la bata de seda, reflexionaba sobre cómo la premenopausia que una vez la había silenciado ahora parecía un capítulo cerrado, sus orgasmos un recordatorio vivo de liberación. Las primeras nóminas llegaron como un torrente: la de Manuel, con su sueldo triple y bonos del 20% por ventas récord en las 15 exposiciones, superaba los 14.000 euros netos; la de Alberto, dirigiendo postventa con su equipo de 20 técnicos, rondaba los 7.000 más incentivos por eficiencia, permitiéndoles un lujo que en Santander parecía un sueño.

Alberto y Belén se habían instalado en un piso tremendo cerca de la plaza de María Pita, en una zona exclusiva del centro histórico: un ático de 200 metros cuadrados con terraza panorámica, techos altos con vigas de madera restauradas, cocina gourmet y un dormitorio principal con vistas a la Torre de Hércules. Belén, adaptando su zapateria a un local en la calle Real, charlaba con Sonia por videollamada sobre «nuestras batallas gallegas», recordando el salón de Santander como un paraíso perdido pero prometedor en este nuevo territorio. «El silencio de las fiestas nos da tiempo para respirar», decía Belén, pero en el fondo, un cosquilleo compartido —Sonia húmeda al evocar San Sebastián— mezclaba alivio con anhelo.

La calma se rompió un viernes por la tarde con una llamada de Doña Carmen: «Fiesta mañana en casa de un cirujano joven de nuestro círculo. Solo vosotros, su hermano y sus mujeres. Algo nuevo para vosotras. Discreción absoluta». Sonia y Belén intercambiaron miradas excitadas esa noche durante una cena en el chalet —marisco gallego con albariño, evocando la luna de miel en Andalucía donde se perdieron en calas desiertas—; Manuel y Alberto debatían los beneficios laborales, pero el pulso acelerado de Sonia traicionaba su curiosidad: «¿Nuevo? ¿Hasta dónde nos llevará esto?».

La casa del cirujano era un ático moderno en el barrio de Monte Alto, con vistas al Atlántico: 300 metros cuadrados de diseño minimalista, suelos de mármol blanco pulido, paredes acristaladas que dejaban entrar la luz del atardecer gallego, una terraza con jacuzzi infinito y un sótano privado convertido en «quirófano» temático —esterilizado con luces LED blancas frías, olor a antiséptico y látex fresco, mesas de examen con estribos ajustables, carritos rodantes con instrumental médico reluciente: jeringas, enemas de silicona graduados, agujas hipodérmicas estériles en paquetes sellados, dilatadores especulares de metal progresivos, sondas uretrales lubricadas, guantes quirúrgicos y máscaras faciales—. El anfitrión, Dr. Lucas Mendoza, 38 años, alto y atlético con cabello negro corto y ojos verdes penetrantes, vestía una bata blanca sobre camisa negra, esgrimiendo autoridad clínica. Su hermano, Dr. Mateo Mendoza, 35 años, más esbelto con barba recortada y sonrisa juguetona, complementaba el dúo; sus mujeres: La de Lucas, Elena, 36 años, morena con curvas atléticas y melena larga ondulada, en bata de enfermera ajustada; para Mateo, Carla, 34 años, rubia con figura esbelta y tatuajes sutiles en las muñecas, con aura sumisa pero curiosa.

«Bienvenidos a nuestro quirófano privado», dijo Lucas con voz calmada pero dominante, guiándolos al sótano por un ascensor oculto. El nuevo rol —sado médico— era inexplorado para Sonia y Belén: «Hoy os examinaremos a fondo, como pacientes rebeldes que necesitan corrección», explicó Mateo, poniéndoles batas hospitalarias abiertas por detrás, exponiendo sus cuerpos maduros. Manuel y Alberto observaban desde sillones quirúrgicos, endureciéndose ante la escena clínica.

Empezaron con Sonia en la mesa de examen, piernas en estribos, expuesta bajo luces cegadoras: Lucas, con guantes látex crujientes, administró un enema lento y profundo —una solución tibia inyectada con una sonda graduada, llenándola centímetro a centímetro, el líquido goteando mientras ella jadeaba, el abdomen hinchándose en una humillación visceral que evocaba complejos corporales pasados, pero ahora transformados en placer torturador—. «Relájate, paciente; esto limpia tus pecados», susurraba Elena, frotando su clítoris con dedos enguantados para mezclar dolor con éxtasis. Belén, en una mesa paralela, recibía agujas hipodérmicas estériles en pezones y labios mayores —pinchazos precisos dejando gotas de sangre mínima, el picor agudo enviando descargas que la hacían arquearse, y sus gemidos con eco en el sótano estéril—. Carla, como asistente, introducía dilatadores especulares en su ano, abriéndola progresivamente —de 2 cm a 5 cm, el metal frío estirándola hasta el límite, vibraciones añadidas con un dispositivo médico adaptado, provocando orgasmos involuntarios. La exploración rigurosa escaló: Mateo sondó uretralmente a Sonia con una sonda lubricada fina, conectada a un electro estimulador, con cables a pinzas también en los pezones. El estiramiento interno nuevo e intenso, mas las descargas eléctricas provocaban un placer doloroso que la hizo sollozar y eyacular en chorros claros sobre la mesa; Lucas dilataba vaginalmente a Belén con espéculos progresivos, inspeccionando con luces LED internas mientras Elena inyectaba sueros salinos en sus pechos para hinchazón temporal, así como en los labios vaginales de Sonia, que se hinchaban grotescamente. Humillaciones verbales clínicas: «Eres una paciente desobediente, con coño ansioso que necesita corrección», gruñía Lucas, follándola con un dilatador vibrante mientras Mateo penetraba analmente a Belén con una sonda gruesa, sus mujeres lamiendo los puntos sensibles. Manuel intervino con besos posesivos a Sonia, susurrando «Eres mía, esto es solo un examen»; Alberto hacía lo mismo con Belén, su mirada cómplice recordando Santander.

 

Una llamada detuvo el procedimiento médico. Lucas, tras varios minutos, dialogó con su hermano, hablaron con sus mujeres y estas retiraron todos los artilugios de Sonia y Belén. A Sonia le drenaron los labios para dejarlos otra vez en su estado natural. Limpiadas las dos con clorexidina la zona , aplicó el cosido temporal de sus coños con puntos de sutura estériles —un hilo absorbible fino, azul claro y sedoso al tacto, curvado en una aguja hipodérmica plateada que relucía bajo la luz, cada puntada un pinchazo agudo como fuego líquido perforando la piel sensible de los labios mayores, el tejido rosado hinchándose ligeramente en respuesta, cerrando la entrada en una línea tirante de seis puntos simétricos, el hilo visible como un sello delicado pero implacable de negación temporal, tirando con cada respiración superficial y enviando ondas de escozor que se mezclaban con un calor prohibido en lo profundo del vientre—. Sonia jadeó, su mente volando a su premenopausia como un cierre pasado, ahora voluntario, el sudor perlando su frente mientras el Dr. Lucas murmuraba «Respira hondo, paciente; esto asegura tu servicio exclusivo»; Belén mordió su labio inferior, sus curvas voluptuosas temblando bajo la luz fría, el pinchazo final haciendo que apretara los ojos, un gemido escapando como vapor condensado. Luego, el inserto del plug anal hinchable: un dispositivo de silicona médica negro, suave pero firme, introducido lubricado con gel frío y viscoso que goteaba por sus muslos internos, inflado gradualmente con una bomba manual de goma negra —clic a clic, expandiéndose de 3 cm a 6 cm con un siseo audible, presionando contra sus paredes internas con un lleno constante y pulsante que enviaba ondas de placer torturador al núcleo, haciendo que apretaran instintivamente los músculos pélvicos en vano, el abdomen bajo hinchándose sutilmente como en un enema retenido, cada inflado un recordatorio vibrante de llenura que amplificaba el tirón de las suturas.

. Manuel y Alberto, desde su posición, no veían que ocurría. Tras varios minutos, al verlas por fin, quedaron asombrados. Les habían suturado los labios vaginales, dejando solo un hueco en la uretra para poder orinar. Lucas explicó:

Son el plato principal en una comida de negocios. Esto solo es temporal para asegurar que nadie las pueda penetrar ni antes ni durante. Sus culos van con un plug hinchado para qué no pueda ser retirado. Solo está permitido el uso de su boca, para tranquilidad vuestra, y de ellas. Una vez termine, los puntos caen solos, o venís a retirarlos aquí.. Un coche os recogerá en unos minutos para llevaros allí.

Dicho esto, se retiraron para que pudieran vestirse y marchar. Sonia y Belén estaban atónitas, y excitadas, pero un escalofrió recorrió sus cuerpos cuando vieron con un espejo sus deliciosos coñitos cosidos.

Un coche discreto las recogió y las llevó a una marisquería privada en las afueras de A Coruña: un edificio de piedra antigua frente al mar, con fachadas erosionadas por la salitre y un salón reservado en el piso superior, accesible por una escalera de madera crujiente que olía a algas secas y madera húmeda. El espacio era íntimo y opulento, con paredes acristaladas que dejaban entrar la luz salina del Atlántico —olas rompiendo contra rocas negras en un rugido constante, espuma blanca salpicando el horizonte gris plomizo—, mesas largas de roble barnizado con manteles blancos inmaculados que crujían al tocarlos, sillas de terciopelo azul marino y un candelabro de hierro forjado colgando del techo, proyectando luces doradas sobre platos de porcelana fina. El aroma penetrante de marisco fresco dominaba: percebes cocidos al vapor con vapor salino elevándose en espirales, ostras abiertas en camas de hielo picado que crujía bajo los dedos, langostinos rosados curvados como garras, pulpo a la gallega tibio con pimentón ahumado y aceite de oliva dorado goteando, todo entremezclado con el rumor distante de olas y el tintineo de copas de cristal.

Los 12 hombres y 4 mujeres —ejecutivos del círculo de Don Emilio: políticos locales con rostros curtidos y trajes grises a medida que olían a colonia cara y tabaco sutil, empresarios inmobiliarios con relojes de oro pesado y manos callosas de firmar contratos, sus esposas en vestidos ceñidos de seda negra que susurraban al moverse, con joyas relucientes y auras de poder discreto pero depredador— esperaban sentados, copas de albariño en mano, charlando de fusiones empresariales y expansiones de concesionarios con voces graves y risas contenidas. Manuel y Alberto se unían como «invitados de honor», sentados a cabecera, endureciéndose ante la anticipación, sus miradas posesivas esperando a sus mujeres.

Desnudas y preparadas en la sala adyacente, untadas por completo en aceite de oliva virgen, las colocaron sobre la mesa principal como platillos vivientes: Sonia boca arriba en el centro, su piel pálida contrastando con el mantel blanco, pechos de talla 85 elevándose como colinas suaves y temblorosas, caderas generosas extendiéndose como valles curvados y acogedores, la melena rubia extendida como un halo dorado; Belén a su lado, su silueta voluptuosa complementando con melena morena cayendo en ondas oscuras como algas marinas, sus curvas pronunciadas temblando ligeramente bajo el aire fresco salino que entraba por una ventana entreabierta. Las viandas se dispusieron con arte perverso y meticuloso: ostras abiertas y frías resbalando sobre los pezones endurecidos de Sonia, su jugo salino goteando por los costados como lágrimas heladas que picaban en la piel sensible, enviando escalofríos que hacían pulsar el plug interno; langostinos rosados curvados sobre las caderas de Belén, sus colas pinchando ligeramente como recordatorios de inmovilidad, el peso presionando contra la piel tibia y dejando marcas rosadas temporales; percebes cocidos al vapor colocados en hileras precisas sobre sus abdómenes, el vapor tibio condensándose en gotas que resbalaban lentas hacia el hilo cosido, tirante y sensible, cada gota un escozor amplificado que mezclaba dolor con un calor prohibido; pulpo a la gallega tibio con pimentón ahumado untado en sus muslos internos, la salsa picante escurriendo pegajosa y ardiente hacia el plug hinchable, infiltrándose en grietas sensibles y escociendo en los puntos, intensificando la presión interna como un fuego lento que pulsa con cada latido. El frío glacial del marisco contrastaba con el calor creciente de sus cuerpos ruborizados, el peso de las bandejas en pechos y caderas haciendo que respiraran superficialmente y entrecortado, el plug pulsando como un corazón secundario que enviaba ondas de placer denegado, las suturas tirando con cada contracción involuntaria como un recordatorio vivo de cierre absoluto, sus clítoris hinchados presionando contra el hilo cosido en una frustración exquisita.

Los comensales —los 12 hombres con manos grandes y anillos de oro pesado que relucían bajo la luz del candelabro, las 4 mujeres con uñas manicuras rojas y perfumadas que rozaban como garras suaves— comían casualmente, discutiendo fusiones empresariales y expansiones de concesionarios con voces graves y risas contenidas, mientras tocaban con una familiaridad depredadora: un tenedor plateado pinchando un langostino directamente de la curva de Sonia, el metal frío rozando su piel con un escalofrío que hacía contraer sus músculos internos contra el plug; dedos untados en salsa viscosa trazando líneas pegajosas y calientes sobre los verdugones sutiles de Belén del quirófano previo, el tacto resbaladizo dejando rastros que secaban lentamente en el aire salino; una mujer, riendo con voz ronca, exprimiendo limón ácido sobre un pecho de Sonia, el jugo picante infiltrándose en poros abiertos y picando como fuego líquido en pezones, amplificando el pulso del plug hasta que un gemido escapaba involuntario. Manuel, sentado cerca, observaba con posesión celosa, susurrando a Sonia «Eres mía, incluso como plato», su mano rozando discretamente su cabello como ancla emocional; Alberto hacía lo mismo con Belén, su mirada cómplice evocando el salón de Santander, un toque fugaz en su mano como promesa de reclamo.

La humillación era total y vívida: inmóviles bajo el peso frío y pegajoso, cosidas y tapadas, usadas como objetos pasivos mientras el Atlántico rugía fuera como un eco de su deseo interno contenido, sus cuerpos temblando con cada roce casual, el plug hinchable inflado enviando ondas constantes de lleno que se acumulaban en orgasmos negados, las suturas tirantes picando con cada gota de salsa o jugo que resbalaba cerca, sus mentes flotando en un limbo de vulnerabilidad y excitación, Sonia recordando sus complejos corporales como algo lejano, ahora transformados en un lienzo vivo de deseo prohibido.

Una vez retiradas las viandas —bandejas levantadas con cuidado por meseros discretos, dejando rastros pegajosos de salsa, fragmentos de concha crujientes y gotas salinas sobre sus cuerpos temblorosos y brillantes de humedad mixta, la piel erizada por el contraste de frío y calor residual—, las deslizaron debajo de la mesa con gentileza perversa pero firme, arrodilladas en el suelo fresco de baldosa fría que picaba en las rodillas, el plug hinchable aún inflado pulsando con cada movimiento como un recordatorio vibrante de llenura interna, las suturas tirantes recordando su cierre absoluto con cada respiración profunda. Rotaron entre las piernas abiertas de los comensales bajo el mantel blanco que colgaba como una cortina opaca, el espacio confinado oliendo a musgo salino y concentrado: Sonia empezando con un hombre mayor, su polla erecta y venosa emergiendo de pantalones bajados con un susurro de tela, lengua experta lamiendo la base salada mezclada con restos pegajosos de marisco en su propia boca, succionando la cabeza sensible con labios ávidos y húmedos hasta que chorros calientes salados llenaban su garganta en pulsos rítmicos, tragando con devoción ahogada en arcadas controladas que reverberaban en su pecho; Belén atendiendo a una mujer, clítoris hinchado y rosado bajo falda subida con un frufrú de seda, lamiendo con avidez el jugo dulce y viscoso salpicado de pimentón residual picante, succionando con labios suaves pero firmes hasta que eyaculaba fluidos calientes y dulces sobre su rostro ruborizado, gotas resbalando por mejillas y cuello como lágrimas saladas.

Intercambiaban en un ballet subterráneo: Sonia chupando a otra mujer, lengua girando alrededor de labios internos húmedos y pulsantes mientras dedos enguantados de la comensal rozaban su cosido tirante, el escozor amplificando el pulso del plug; Belén a un hombre, garganta profunda ahogada en gemidos colectivos que vibraban bajo la mesa, el sabor acumulado —salado de semen, dulce de jugos femeninos, marino de restos de ostras y pulpo— mezclado en sus bocas como un banquete invertido y caótico, mandíbulas doloridas por el ritmo constante, gargantas raspadas por arcadas repetidas pero controladas, sus cuerpos convulsionando en orgasmos internos negados que se acumulaban en oleadas frustradas por la costura y el plug, un calor bullendo en lo profundo que amenazaba con explotar sin salida.

Manuel y Alberto participaban sutilmente desde sus asientos: Manuel guiando la cabeza de Sonia sobre su propia polla en un momento reclamado, gruñendo bajo «Traga, propiedad mía», su semen caliente mezclándose con los sabores acumulados en su garganta; Alberto haciendo lo mismo con Belén, susurrando promesas de aftercare con voz ronca, su liberación un pulso familiar que la anclaba en medio del caos. Hasta que todos —12 chorros calientes tragados en pulsos rítmicos, 4 eyaculaciones femeninas lamiadas con lenguas exhaustas hasta el último gota dulce— quedaran satisfechos, sus rostros brillantes de fluidos mixtos, mandíbulas entumecidas y gargantas raspadas, cuerpos temblando en un orgasmo negado que se resolvía en un pulso interno constante del plug.

Exhaustas pero radiantes, fueron llevadas a el jacuzzi post-evento —agua caliente burbujeante aliviando el escozor de suturas que empezaban a disolverse con un tirón sutil y liberador, el plug desinflado removido con cuidado por Manuel y Alberto en un acto de ternura posesiva, vapor elevándose como niebla salina mientras el Atlántico rugía fuera—, Sonia y Belén compartieron risas roncas sobre «nuestros banquetes gallegos», sus cuerpos marcados por gotas secas de salsa y fluidos, sintiéndose vivas en la restricción absoluta, pero cuestionando en silencio, con miradas cómplices, si anhelaban más o un respiro para reclamar equilibrio emocional. El rugido del mar era un eco de olas internas, un recordatorio de que el deseo, como el océano, siempre volvía con más fuerza. Pidieron a sus maridos su merecido orgasmo. Belén pregunto a su amiga si le apetecía cambiar esta vez los maridos

Con tal de correrme de una vez, lo que sea, añadió entre risas. Los dos tumbados, Manuel con Belén sobre su cara y Alberto con Sonia, deleitaron a las mujeres con un delicioso cunnilingus que las hizo correrse entre espasmos, mientras se besaban y cogían los pezones con pasión y lujuria.

Capitulo 24: Doña Carmen y Manuel

 

 

Unas semanas después de la comida en la marisquería privada, la rutina en Coruña había adquirido un ritmo casi hipnótico: mañanas de café compartido en el chalet con vistas al Atlántico —el mar gris plomizo rompiendo contra las rocas, el aroma salino filtrándose por las ventanas abiertas—, tardes de concesionarios donde Manuel dirigía con mano firme las 15 exposiciones, nóminas que seguían llegando como un torrente de bonos y comisiones, y noches de sexo posesivo en el sótano que poco a poco se había convertido en mazmorra personal, con Manuel reclamando a Sonia en embestidas profundas mientras le susurraba «Eres mía, siempre mía», su tatuaje «Propiedad de M» como ancla en medio de la tormenta creciente de fiestas gallegas.

La llamada llegó un jueves por la tarde, cuando Sonia estaba en su nueva boutique en la calle Real —un local luminoso con percheros de diseño y aroma a jazmín fresco, donde atendía clientas con una sonrisa secreta, su melena rubia cayendo como cascada sobre hombros aún sensibles de marcas desvanecidas—. Manuel, en su despacho principal, contestó el teléfono con voz profesional: Doña Carmen, tono ronco y autoritario que no admitía réplicas.

—Manuel, querido. Esta noche, en mi residencia. Solo tú. Mis amigas quieren… probarte. Nada de Sonia ni Belén esta vez. Ellas pueden esperar en casa. Ven a las nueve. Trae tu mejor traje. Y recuerda: aquí mando yo.

Manuel sintió un nudo en el estómago, mezcla de excitación y nervios posesivos. Colgó y llamó a Sonia inmediatamente. «Doña Carmen me reclama… solo a mí. Con sus amigas». Sonia, en la trastienda de la boutique, se apoyó en una estantería de vestidos, el pulso acelerado. «Ve, amor. Es parte del trato. Pero vuelve entero. Y cuéntamelo todo después». Su voz temblaba ligeramente, no de miedo, sino de un cosquilleo familiar: la idea de Manuel usado por otras, mientras ella esperaba, le humedecía entre las piernas, un eco invertido de sus propias sumisiones.

La residencia de Doña Carmen y Don Emilio era una mansión en las afueras de A Coruña, en la zona de Santa Cruz, que Manuel ya conocía, con jardines cuidados por jardineros nocturnos, fuentes iluminadas que susurraban en la oscuridad, fachada de piedra gris y ventanales altos que dejaban ver luces tenues en el interior. Manuel llegó puntual, traje negro impecable, camisa blanca abierta en el primer botón, el corazón latiéndole fuerte contra el pecho. Un mayordomo lo guió al salón principal: techos altos con molduras doradas, chimenea encendida crepitando, sofás de cuero negro rodeando una mesa baja con copas de coñac y cigarrillos finos. Doña Carmen esperaba en el centro, 55 años pero con una presencia que llenaba la habitación: rubia platino recogida en un moño elegante, vestido rojo ajustado que realzaba curvas maduras y firmes, tacones altos que resonaban en el suelo de mármol, ojos verdes penetrantes y sonrisa depredadora.

A su alrededor, cinco amigas —todas de su círculo íntimo, mujeres poderosas de Galicia: Victoria, 52, abogada divorciada con melena negra corta y figura atlética; Isabel, 48, empresaria textil con curvas generosas y vestido verde esmeralda; Marta, 50, galerista de arte con piel pálida y labios rojos intensos; Clara, 47, cirujana plástica con cabello castaño ondulado y aura clínica; y Laura, 45, política local con ojos oscuros y vestido negro ceñido—. Todas sentadas en semicírculo, copas en mano, miradas hambrientas clavadas en Manuel desde que entró.

—Bienvenido, Manuel —dijo Doña Carmen con voz ronca, levantándose para acercarse, sus tacones resonando como latidos—. Tus concesionarios van viento en popa, ¿verdad? Bonos generosos, equipo motivado… Gracias a nosotros. Hoy, pago en especie. Quítate la chaqueta. Y la camisa. Despacio.

Manuel obedeció, sintiendo el calor subir por su cuello. Se quitó la chaqueta, la dobló con cuidado sobre un sillón. Luego la camisa, botón a botón, revelando pecho atlético a sus 50 años, rapado y definido por años de gimnasio y deseo contenido. Las mujeres murmuraron aprobaciones, Victoria lamiéndose los labios, Isabel cruzando y descruzando piernas con un susurro de seda.

Doña Carmen se acercó, sus uñas largas rojas trazando líneas por su pecho, bajando hasta el cinturón. —Desabróchate. Todo. Quiero verte desnudo ante nosotras.

Manuel se quitó el cinturón, pantalones cayendo al suelo con un susurro, boxer negro ajustado marcando su erección creciente. Doña Carmen lo bajó de un tirón, su polla saltando libre, gruesa y venosa, ya dura por la anticipación. Las mujeres se levantaron, rodeándolo como lobas.

—Arrodíllate —ordenó Doña Carmen.

Manuel se arrodilló en la alfombra persa, el suelo cálido bajo sus rodillas. Doña Carmen se sentó en un sofá, piernas abiertas bajo el vestido rojo, sin bragas, su coño depilado y húmedo expuesto. —Primero a mí. Lame. Y hazlo bien.

Manuel se inclinó, lengua explorando sus labios externos, saboreando jugo salado y dulce, succionando clítoris hinchado mientras ella gemía bajo, mano en su nuca empujándolo más profundo. Las otras mujeres se desnudaron lentamente: Victoria quitándose el vestido para revelar pechos firmes y pezones oscuros; Isabel bajando la cremallera para exponer curvas voluptuosas; Marta desabrochando su blusa para mostrar tatuajes sutiles en costillas; Clara quitándose el sujetador para revelar pechos operados perfectos; Laura levantando falda para mostrar medias de liga y coño rasurado.

Doña Carmen se corrió primero, chorro claro salpicando la cara de Manuel, su cuerpo convulsionando mientras gritaba «¡Sí, cornudo mío!». Luego lo empujó hacia Victoria: «Ahora ella. Chúpala hasta que eyacule en tu boca».

Victoria se sentó, piernas abiertas, Manuel lamiendo con avidez su coño depilado, lengua girando alrededor de clítoris mientras dedos de ella pellizcaban sus pezones. Isabel se colocó detrás, frotando su polla con mano experta, masturbándolo lento mientras él lamía. Marta y Clara se unieron: Marta sentándose en su cara mientras él lamía su ano, Clara chupando su polla con boca caliente y húmeda, succionando hasta el fondo. Laura se arrodilló a su lado, lamiendo sus testículos pesados, lengua experta trazando venas.

Manuel estaba al borde, polla palpitante, pero Doña Carmen ordenó: «No te corras aún. Primero satisface a todas».

Rotaron: Manuel lamió a Isabel, su coño generoso y húmedo, tragando sus jugos mientras Victoria lo follaba con un strap-on negro grueso, embestidas profundas que lo hacían gruñir; luego a Marta, su ano apretado y caliente, lengua profunda mientras Clara le pellizcaba pezones con pinzas metálicas, dolor agudo que se mezclaba con placer; Clara después, su coño operado perfecto y apretado, Manuel lamiendo con devoción mientras Laura lo masturbaba con mano lubricada; finalmente Laura, su clítoris hinchado y sensible, Manuel succionando hasta que eyaculaba chorro tras chorro en su boca, tragando con gemidos ahogados.

Doña Carmen, satisfecha, lo hizo tumbarse en el suelo. «Ahora, nosotras te usamos». Las seis mujeres se turnaron montándolo: Doña Carmen primero, cabalgándolo con saña, sus caderas chocando contra las de él, pechos balanceándose mientras gritaba «¡Eres nuestro cornudo ahora!»; Victoria después, analmente con strap-on mientras Isabel le follaba la boca; Marta y Clara en doble penetración, una en su polla, otra frotando coño contra su cara; Laura y Doña Carmen alternando, hasta que Manuel no pudo más, corriéndose dentro de Doña Carmen con un rugido animal, chorros calientes llenándola mientras las otras lo lamían y pellizcaban.

Exhausto, cubierto de fluidos y sudor, Manuel se levantó tambaleante. Doña Carmen lo besó en la boca, sabor de todas mezclado. «Vuelve a casa con tu Sonia. Cuéntale todo. Y dile que la próxima vez… la reclamaremos a ella también».

Manuel regresó al chalet al amanecer, Sonia esperándolo en la cama, desnuda y húmeda. Le contó todo con voz ronca, mientras ella lo montaba con furia, multiorgasmos convulsionando su cuerpo. «Te usaron… pero eres mío», jadeó ella, besándolo con posesión renovada.

Capítulo 25: La Fiesta de la Luna Llena y los Límites Probados

Tres meses habían transcurrido desde la noche en que Manuel fue reclamado exclusivamente por Doña Carmen y su círculo de amigas poderosas en la mansión de Santa Cruz. En ese lapso, la vida en Coruña había adquirido un ritmo engañosamente estable, pero con un trasfondo de tensión latente que Manuel y Sonia no podían ignorar por completo. Manuel, ahora con 50 años bien llevados, pasaba sus días en el despacho principal de los concesionarios BMW y Mini, supervisando un imperio de 15 exposiciones que generaban ventas récord gracias a las estrategias agresivas que había implementado, inspiradas en parte por las «motivaciones» sutiles que Alberto aplicaba en postventa. Las nóminas seguían llegando como un río de bonos: Manuel superaba los 15.000 euros mensuales netos, con incentivos que le permitían caprichos como un BMW X7 híbrido que ahora brillaba en el garaje del chalet. Sonia, por su parte, había transformado su boutique en la calle Real en un oasis de moda gallega, con vestidos de lino y encaje que evocaban sus raíces cántabras, pero en las noches solitarias, cuando atendía a clientas con sonrisas profesionales, su mente vagaba a las marcas desvaídas en su piel —verdugones rosados de fustas pasadas, moretones sutiles en caderas que aún dolían al sentarse— y sentía un cosquilleo mixto de excitación y agotamiento.

La invitación a la «Fiesta de la Luna Llena – Celebración de Deseos Ancestrales» llegó por un correo encriptado, enviado desde una dirección anónima que Manuel reconoció inmediatamente como proveniente del círculo de Don Emilio. Era una convocatoria exclusiva para 20 invitados selectos, y Manuel, Sonia, Alberto y Belén fueron designados como «invitados de honor», un término que ya sabían que implicaba ser el centro de atención en formas impredecibles y a menudo humillantes. Sonia leyó el mensaje en la cocina del chalet, con vistas al Atlántico gris y tormentoso, el viento aullando contra las ventanas como un presagio. «Otra más», murmuró, su mano temblando ligeramente al tocar el tatuaje «Propiedad de M» bajo su blusa, un recordatorio permanente de posesión que ahora se sentía como una cadena invisible. Manuel, preparando café solo como en sus viejos días en Santander, la abrazó por detrás: «Si no quieres, decimos no. Pero sabemos que es parte del juego». Sonia asintió, pero en su interior, el nudo en el pecho —ese mismo que había sentido en los primeros años de matrimonio, antes de la premenopausia y las confesiones— se apretó un poco más.

Llegaron a la finca en las Rías Baixas al atardecer, un viaje de dos horas en el BMW X7 por carreteras serpenteantes flanqueadas por eucaliptos altos y olorosos, el aire cargado de resina húmeda y salitre lejano. La propiedad era una antigua casa solariega gallega del siglo XVIII, restaurada con lujo discreto: muros de granito grueso cubiertos de hiedra verde oscura que trepaba como venas vivas, un patio empedrado con fuentes de piedra que susurraban agua cristalina, y un bosque circundante donde el viento mecía las hojas con un rumor constante, como susurros ancestrales. El claro central, un círculo de unos 50 metros de diámetro, estaba preparado para el ritual: antorchas de hierro forjado clavadas en el suelo formando un anillo perfecto, sus llamas crepitantes proyectando sombras alargadas y danzantes sobre el empedrado irregular, el humo elevándose en espirales grises que olían a madera quemada y hierbas aromáticas. En el centro, un altar de piedra antigua —tallado con motivos celtas de espirales y nudos infinitos— esperaba como un testigo mudo.

Don Emilio y Doña Carmen recibieron a los invitados con copas de albariño helado en mano, el vino blanco gallego con notas cítricas y salinas que refrescaba la garganta pero calentaba el estómago. Don Emilio, con su cabello plateado peinado hacia atrás y un traje negro a medida que acentuaba su figura imponente, levantó una copa: «Esta noche honramos a la luna llena, diosa de los deseos ocultos y las pasiones primarias». Doña Carmen, radiante a sus 55 años, llevaba una capa roja bordada en oro con símbolos paganos, que se abría ligeramente para revelar curvas maduras realzadas por un corsé de cuero negro, sus ojos verdes brillando con una autoridad depredadora. Los invitados —políticos locales con rostros enrojecidos por el vino y trajes grises arrugados por el viaje, empresarios inmobiliarios con relojes de oro pesado que tintineaban al gesticular, y sus esposas en vestidos ceñidos de seda oscura con joyas relucientes que captaban la luz de las antorchas— murmuraban excitados, el aire cargado de anticipación sexual y un leve olor a incienso de salvia quemado en braseros de bronce.

Según las instrucciones, Sonia y Belén vestían túnicas blancas semitransparentes de gasa fina, que flotaban como velos etéreos con cada ráfaga de viento, revelando siluetas curvilíneas y pezones endurecidos por el frío nocturno que se marcaban contra la tela. Manuel y Alberto, en pantalones negros ajustados y camisas abiertas hasta el pecho, exponiendo piel rapada y músculos definidos por años de gimnasio, se mantenían cerca, sus pollas ya semierectas presionando contra la tela al ver a sus esposas tan expuestas. El ritual comenzó con un círculo de fuego: Doña Carmen, con voz ronca y resonante como un canto ancestral, invocó a la luna mientras los invitados formaban un anillo humano alrededor del claro. Sonia y Belén fueron guiadas al centro por sumisos enmascarados —jóvenes atléticos con collares de cuero y cuerpos depilados que brillaban con aceite— y atadas a postes de madera tallados con runas celtas, brazos extendidos por encima de la cabeza en correas de cuero suave pero inquebrantables, piernas ligeramente separadas con grilletes en los tobillos para exponer su vulnerabilidad total. El viento nocturno rozaba su piel bajo las túnicas, enviando escalofríos que endurecían sus pezones y humedecían sus coños depilados, un cosquilleo familiar que mezclaba miedo y deseo.

Manuel y Alberto observaban desde el borde del círculo, sus corazones latiendo con fuerza, endureciéndose ante la escena: Sonia, con su melena rubia cayendo en ondas desordenadas sobre hombros pálidos, jadeaba ligeramente, sus caderas generosas tensas contra las ataduras; Belén, con curvas voluptuosas temblando bajo la gasa, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de desafío y sumisión. Doña Carmen inició las «ofrendas ancestrales»: cada invitado se acercaba uno a uno, untando aceites aromáticos —una mezcla viscosa de lavanda, sándalo y almizcle, calentada en cuencos de cerámica sobre braseros— sobre sus cuerpos expuestos. Dedos resbaladizos y fríos al principio, calentándose con el contacto, trazaban líneas lentas por pechos, abdomen y muslos internos, rozando clítoris hinchados sin penetrar, dejando un rastro pegajoso que secaba en el aire fresco y picaba deliciosamente en la piel sensible, amplificando cada brisa como una caricia torturadora. Un político gordo y sudoroso, con aliento a albariño, untó aceite en los pechos de Sonia, pellizcando sus pezones endurecidos con dedos gruesos, susurrando «Eres una ofrenda perfecta, hotwife»; una empresaria con uñas rojas largas trazó círculos en el abdomen de Belén, bajando hasta rozar su tatuaje invisible bajo la tela, haciendo que gemiera bajo y arquease la espalda.

La intensidad escaló con los «castigos lunares», diseñados para dejar marcas físicas y psíquicas duraderas. Doña Carmen, con una fusta de sauce flexible y trenzada —larga como un brazo, con nudos en las puntas que silbaban en el aire— azotó primero las nalgas de Sonia, golpes rítmicos y precisos que resonaban como tambores en la noche silenciosa, cada impacto dejando verdugones rojos hinchados que ardían como fuego bajo la luz plateada de la luna llena emergente, el dolor agudo irradiando por sus muslos y coño, haciendo que lágrimas rodaran por sus mejillas ruborizadas. «Ofrece tu dolor a la diosa, perra ansiosa», susurraba Doña Carmen, alternando azotes con caricias suaves en las marcas para intensificar el contraste, el calor residual mezclándose con el frío del viento en un tormento exquisito que Sonia sentiría durante semanas, cada vez que se sentara o se mirara al espejo. Belén recibió lo mismo en muslos internos, la fusta picando en piel sensible cerca de su coño, dejando rayas cruzadas que escocían con cada movimiento, su mente nublada por la humillación de ser expuesta como un sacrificio vivo ante extraños poderosos.

Los invitados se unieron al castigo: un empresario robusto, con manos callosas de firmar contratos millonarios, introdujo «vibradores lunares» —dispositivos plateados con fases de la luna grabadas en relieve, vibrando en modos pulsantes sincronizados con un control remoto— en sus anos lubricados con aceite extra, inflándolos gradualmente con bombas manuales de goma negra, clic a clic expandiéndose de 3 cm a 6 cm con un siseo audible, presionando contra paredes internas en un lleno constante y pulsante que enviaba ondas de placer torturador al núcleo, haciendo que sus abdómenes bajos se hincharan sutilmente y sus piernas temblaran incontrolablemente. El dolor de la expansión —un estiramiento lento y implacable que rozaba el límite del soporte— dejaría una sensibilidad anal prolongada, una marca psíquica de vulnerabilidad que las haría jadear al recordar. Otra invitada, una política con aura dominante, colocó pinzas metálicas en pezones y labios mayores, conectadas a cadenas finas que tiraban con cada respiración o movimiento, el pinchazo inicial como agujas heladas seguido de un pulso constante de dolor que se mezclaba con el vibrador, llevando a Sonia y Belén a sollozos de éxtasis forzado, sus mentes quebradas temporalmente por la humillación de gritar incoherencias ante el círculo, fluidos goteando por muslos internos en chorros involuntarios.

Manuel y Alberto fueron incorporados como «guardianes protectores», un rol que añadía capas de humillación psíquica al ver a sus esposas usadas pero no poder intervenir hasta el final. Manuel se acercó a Sonia, desatándola parcialmente para follarla contra el poste, embestidas posesivas y profundas que chocaban contra su cérvix, gruñendo «Eres mía en esta locura» mientras invitados lamían sus pezones mordidos y pellizcados, manos extrañas rozando su polla en cada salida, una intrusión que lo hacía sentir cornudo y excitado a partes iguales. Alberto hizo lo mismo con Belén, sus caderas chocando con fuerza rítmica, pero con una mujer invitada sentada en su rostro, frotando coño húmedo contra su boca obligándolo a lamer mientras follaba, el sabor salado de otra mezclándose con su posesión. El clímax fue una orgía caótica bajo la luna: desatadas por completo, Sonia y Belén fueron pasadas entre invitados en un enredo de cuerpos sudorosos —doble penetraciones brutales con pollas gruesas y venosas frotándose internamente a través de paredes delgadas en un roce abrasador que las hacía convulsionar, bocas llenas de chorros calientes salados tragados con arcadas ahogadas que raspaban gargantas, eyaculaciones femeninas lamiadas con lenguas expertas que rozaban clítoris hinchados hasta el límite—. Sonia perdió la cuenta de orgasmos: uno vaginal explosivo por Manuel, otro anal por un extraño mientras Belén la lamía con avidez, un tercero combinado que la hizo eyacular chorros claros y abundantes sobre el empedrado frío, su cuerpo temblando incontrolablemente, mente nublada por la degradación de ser un «objeto lunar» compartido, una marca psíquica que la haría cuestionar su identidad durante meses.

Al amanecer, con el bosque despertando en cantos de pájaros y el sol tiñendo el cielo de rosa, exhaustos y cubiertos de fluidos secos, verdugones hinchados y moretones que tardarían semanas en desvanecerse, regresaron al chalet en silencio. Sonia, acurrucada contra Manuel en el asiento trasero, susurró con voz ronca: «Esto es adictivo, pero… ¿cuánto más podemos soportar sin rompernos? Siento que una parte de mí se queda en cada fiesta». Manuel, con manos temblorosas en el volante, asintió: «Tenemos que hablar de límites, amor. Antes de que nos destruya».

Capítulo 26: Reflexiones en el Atlántico y un Encuentro Íntimo

La fiesta de la luna llena dejó un poso amargo en Sonia y Manuel, un agotamiento emocional que se manifestaba en silencios prolongados durante las comidas y noches insomnes donde el rugido del Atlántico fuera del chalet parecía un eco de sus tormentas internas. Dos días después, decidieron tomar un fin de semana libre para reconectar, alejándose del bullicio de Coruña. El sábado por la mañana, partieron hacia la Torre de Hércules, el faro romano más antiguo del mundo aún en funcionamiento, elevándose imponente contra el cielo nublado, sus piedras milenarias erosionadas por siglos de vientos salinos. Caminaron por el sendero costero, pies hundiéndose en arena húmeda y fría salpicada de conchas rotas, el mar gris plomizo rompiendo contra rocas negras en explosiones de espuma blanca que salpicaban sus rostros, el viento aullando con fuerza y enredando la melena rubia de Sonia en mechones desordenados.

Manuel, con chaqueta de cuero negra que crujía al moverse, tomó la mano de Sonia, sus dedos entrelazados como en sus primeros días en Santander. «Recuerdas aquella moto en los Pirineos, en 2009? Riéndonos sin preocupaciones, el viento en la cara, planes improvisados», murmuró, su voz grave compitiendo con el rugido de las olas. Sonia, en vaqueros ajustados que rozaban dolorosamente los verdugones aún sensibles en sus nalgas —marcas rojas hinchadas que picaban con cada paso, un recordatorio físico de la fusta de sauce— suspiró, su mano apretando la de él: «Sí, amor. La vida era un camino ancho. Ahora… me excita todo esto, las fiestas, la sumisión, pero a veces me siento como una marioneta en manos de Doña Carmen y su círculo. Quiero sentir que somos nosotros de nuevo, no solo piezas en su juego pervertido». Se detuvieron en un banco de madera erosionada, con vistas al faro iluminado por rayos intermitentes de sol, y hablaron durante horas: de sus hijos Laura y el menor en Madrid, ajenos a todo, planeando visitas navideñas; de la premenopausia que había silenciado a Sonia años atrás, ahora transformada en una libido voraz pero agotadora; de las marcas psíquicas —la humillación de ser observada y usada, el miedo a que los videos resurgieran— que les robaban el sueño.

Esa noche, de vuelta en el chalet —una villa confiscada con jardines exuberantes donde el jazmín trepaba por las paredes, piscina infinita reflejando el cielo estrellado, y un sótano amplio aún sin equipar completamente con los «juguetes» gallegos que Manuel había pospuesto comprar—, decidieron un encuentro íntimo solo para ellos, un ritual de reclamo mutuo. Manuel preparó el sótano con cuidado: extendió sábanas de seda negra sobre una cama king size improvisada en el centro de la habitación de piedra fría, colocó velas aromáticas de vainilla en estantes de madera rústica, sus llamas crepitantes proyectando sombras suaves y cálidas, el aroma dulce mezclándose con el salitre que entraba por una ventana entreabierta, creando un santuario privado lejos del caos de las fiestas. Del maletín que habían traído de Santander, sacó juguetes simples pero efectivos: un vibrador negro curvo con modos pulsantes, cuerdas suaves de algodón rojo trenzado, una fusta ligera de cuero flexible con mango ergonómico, y aceites calientes en un cuenco de cerámica calentado sobre una vela.

Sonia entró desnuda, su piel pálida brillando bajo la luz ámbar, el tatuaje «Propiedad de M» en su pubis como un sello eterno, sus pechos de talla 85 elevándose con cada respiración ansiosa, caderas generosas balanceándose con gracia felina, ya húmeda por la anticipación. «Solo nosotros, amor. Sin público, sin humillaciones», susurró Manuel, besándola con ternura en los labios, su lengua explorando la de ella en un beso profundo y posesivo que evocaba sus primeras noches en El Sardinero. La ató a la cama con las cuerdas de algodón, nudos firmes pero no apretados que rozaban su piel sin dejar marcas permanentes, extendiendo brazos y piernas para exponerla vulnerable pero segura, sus muñecas y tobillos temblando ligeramente contra las ataduras. Comenzó con masajes lentos: manos lubricadas con aceite caliente trazando curvas familiares, dedos presionando los verdugones desvaídos de la fiesta para revivir un dolor-placer controlado, bajando a su coño depilado y resbaladizo, introduciendo dos dedos curvos para rozar su punto G con ritmo lento y preciso, curvándolos en un «ven aquí» que la hacía jadear y arquear la espalda contra las sábanas.

Sonia gemía bajo, su voz ronca por el deseo acumulado: «Más, Manu… hazme tuya, como en nuestros inicios». Él bajó la cabeza, lamiendo su clítoris hinchado con lengua experta, succionando suavemente mientras introducía el vibrador vaginalmente, activándolo en modo bajo para torturarla con pulsos que intensificaban ondas de placer, llevándola a un orgasmo suave pero profundo que la hizo convulsionar, chorro claro mojando las sábanas y sus muslos internos en un liberación catártica. Luego usó la fusta: azotes suaves en nalgas y muslos, chasquidos ligeros que picaban sin herir, alternando con besos en las marcas rosadas, el dolor mínimo como un recordatorio de su poder compartido. Finalmente, la folló con posesión renovada: se posicionó entre sus piernas atadas, penetrándola de una embestida profunda y lenta, su polla gruesa llenándola por completo, embestidas rítmicas que chocaban contra su cérvix, manos grandes agarrando caderas generosas con fuerza pero sin brutalidad, besos fieros en cuello y labios donde mordisqueaba suavemente, corriéndose dentro de ella con un gruñido ahogado, chorros calientes y espesos llenándola como un reclamo eterno.

Exhaustos, se acurrucaron en las sábanas arrugadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, hablando hasta el amanecer con la ventana abierta dejando entrar el rumor del mar: «Necesitamos límites, Sonia. No podemos perdernos en su mundo de poder y degradación», dijo Manuel, su mano acariciando el tatuaje como ancla emocional. Ella, con lágrimas de alivio rodando por mejillas sonrojadas, asintió: «Sí, amor. Pero la próxima… podría ser la última. No quiero que esas marcas psíquicas —el sentirme usada, expuesta— nos definan para siempre». Durmieron entrelazados, un sueño profundo y reparador que no habían tenido en meses, el Atlántico como un guardián protector.

Capítulo 27: La Exposición Amenazante y la Decisión Crucial

La calma post-encuentro duró apenas una semana, rota por un email anónimo que llegó al buzón de Manuel en su despacho principal del concesionario en Coruña. Era un martes por la mañana, con el sol filtrándose por persianas venecianas y el aroma a café recién hecho flotando en el aire, cuando abrió el mensaje: «Videos de Santander y Coruña. Pago 50.000 euros o los envío a tus hijos, empleados y prensa local». Adjuntos venían fragmentos borrosos pero inconfundibles: Sonia en la cama redonda de San Sebastián, rodeada de cuerpos anónimos, gimiendo en orgasmos múltiples con chorros claros visibles; Manuel atado y usado por Doña Carmen y sus amigas, su rostro contorsionado en placer forzado; escenas de la fiesta de la luna llena donde Belén era azotada hasta sollozar. El pánico invadió a Manuel como un golpe frío: su corazón latió con fuerza, manos temblando al cerrar el laptop, imaginando el escándalo —sus hijos Laura y el menor recibiendo enlaces, empleados susurrando en los concesionarios, la prensa gallega publicando «Escándalo en el mundo automovilístico»—.

Llamó inmediatamente a Don Emilio desde un teléfono seguro, su voz entrecortada: «Los videos han resurgido. Amenazan con exponernos». Don Emilio, con tono calmado pero autoritario desde su mansión, prometió «manejarlo con contactos en la dark web y policía cibernética», pero el estrés se filtró en el hogar de Manuel y Sonia como un veneno lento. Esa noche, durante una cena tensa en la terraza del chalet —marisco gallego fresco con pulpo a la gallega tibio y pimentón ahumado, albariño en copas empañadas por el frío, el sol poniéndose en tonos naranjas y rojos sobre el Atlántico— Manuel se lo contó todo, mostrándole el email en su teléfono, la pantalla iluminando sus rostros pálidos y preocupados. Sonia palideció, su tenedor cayendo con un tintineo contra el plato, tocando instintivamente su tatuaje: «Dios, Manu… ¿y si llega a Laura? ¿A la boutique? Toda nuestra vida reconstruida se derrumbaría».

Pasaron noches insomnes en la cama king size, sábanas revueltas por vueltas inquietas, debatiendo en susurros mientras el mar rugía fuera: «Esto nos ha dado riqueza —el chalet, los bonos, una vida cómoda— pero ¿a qué precio? Las marcas físicas se curan, pero las psíquicas… el sentirme degradada ante extraños, el miedo constante», confesó Sonia, lágrimas rodando por mejillas sonrojadas. Manuel, abrazándola con fuerza, admitió: «Yo también, amor. Ser usado como un juguete por Doña Carmen me dejó un vacío, una humillación que no se borra». Belén y Alberto, desde su ático en María Pita con terraza panorámica donde el viento traía olores a mar y ciudad, se unieron a la conversación por videollamada una noche, compartiendo miedos similares: «Alberto ha oído rumores en postventa; gente poderosa hablando de ‘nuevas adquisiciones’ como si fuéramos propiedades. Belén tiene pesadillas con las fustas y las ataduras», dijo Alberto, su voz grave temblando.

La presión emocional creció como una marea: Sonia tuvo un breakdown en la trastienda de la boutique, llorando ante un espejo de cuerpo entero mientras ordenaba vestidos, recordando su vida premenopáusica gris pero segura en Santander, donde los desayunos eran silenciosos pero sin amenazas. Manuel, en una reunión de concesionarios con su equipo de 50 personas, se distrajo imaginando el escándalo, su mente vagando a sus hijos recibiendo videos anónimos. Decidieron confrontar a Don Emilio en persona: una reunión tensa en el salón de su mansión, con chimenea crepitante arrojando sombras danzantes, Doña Carmen sirviendo coñac en copas de cristal tallado que tintineaban al chocar. «Los videos se manejarán; mis contactos los borrarán de la red», aseguró Don Emilio, su cabello plateado brillando bajo la luz, pero Manuel, con mandíbula tensa, exigió: «Queremos salir. Mantengan los trabajos y bonos, pero sin más fiestas. No más humillaciones que nos marquen para siempre». Doña Carmen rio ronca, su capa roja susurrando al moverse: «El poder no suelta tan fácil, queridos. Pero por respeto a vuestra lealtad… una última fiesta. La más intensa, para cerrar el ciclo. Luego, libertad condicional, con discreción absoluta». Acordaron, sellando con un brindis, pero en el coche de vuelta, Sonia apretó la mano de Manuel: «Una más, y volvemos a ser nosotros. Pero asegúrate de que sea el fin».

Capítulo 28: La Última Fiesta y la Liberación

La fiesta final, anunciada como «El Cierre del Ciclo», se celebró en el yate de lujo de Don Emilio, anclado en la Ría de Arousa bajo un cielo estrellado sin luna, el agua negra y calmada lamiendo el casco con sonidos suaves y rítmicos como un pulso submarino. Era un yate de 50 metros, con cubierta de teca pulida que brillaba bajo luces LED tenues, cabinas lujosas con camas king size y espejos en techos, y un salón principal con bar de mármol y sofás de cuero blanco. Invitados selectos: solo 10 hombres, y Doña Carmen y sus cinco amigas del círculo íntimo —Victoria, Isabel, Marta, Clara y Laura—, todos enmascarados con venecianas doradas elaboradas que cubrían ojos y nariz, dejando bocas expuestas para besos y gemidos, añadiendo un toque de anonimato que intensificaba la humillación al no saber exactamente quién te usaba. Don Emilio, enmascarado con una careta negra que acentuaba su mandíbula, recibió a Manuel, Sonia, Alberto y Belén con champán en copas flautas, el burbujeo efervescente mezclándose con el rumor del agua: «Esta noche cerramos con intensidad. Castigos que marquen, humillaciones que perduren, pero al final… libertad».

Sonia y Belén fueron el centro absoluto, guiadas a la cubierta superior por sumisos desnudos —cuatro hombres atléticos con collares de púas y pollas semierectas, oliendo a aceite muscular— y atadas a mástiles de acero pulido en el centro, brazos extendidos por encima de la cabeza en grilletes forrados de terciopelo negro para no cortar pero inmovilizar, piernas abiertas con barras separadoras en tobillos que exponían coños depilados y vulnerables al viento salino fresco que picaba en piel sensible. Sus túnicas blancas fueron rasgadas ceremoniosamente por Doña Carmen, la tela desgarrándose con un sonido rasgado y crujiente, dejando cuerpos maduros expuestos al aire nocturno: pechos elevándose con respiraciones ansiosas, caderas generosas temblando, tatuajes y marcas pasadas brillando bajo luces LED azules que proyectaban sombras etéreas. Manuel y Alberto observaban desde la barandilla, endureciéndose ante la escena, sus pollas presionando contra pantalones negros, pero con un nudo psíquico de saber que esta sería la última degradación.

Los castigos comenzaron con una «purificación salina»: invitados untaron sus cuerpos con sal marina gruesa mezclada con aceite de oliva virgen, granos ásperos raspando piel sensible como papel de lija fino, dejando rastros rojos irritados que escocían con cada brisa salina, una marca física que tardaría días en curarse y picaría en duchas posteriores como un recordatorio constante. Doña Carmen, con voz ronca, azotó primero a Sonia con una fusta marina —hecha de cuero trenzado con algas secas incrustadas, flexible pero abrasiva— en nalgas y muslos, golpes brutales que silbaban en el aire y impactaban con chasquidos húmedos, dejando verdugones profundos y sangrantes superficialmente que ardían como fuego salado, el dolor irradiando por su cuerpo entero, haciendo que gritara incoherencias y lágrimas rodaran, una humillación psíquica al ser vista romperse ante el grupo, su mente quebrada por la vulnerabilidad total. Belén recibió lo mismo en pechos y abdomen, la fusta picando en pezones endurecidos hasta dejar moretones púrpura que palpitarían durante semanas, cada latido un eco de degradación.

La humillación escaló con «ofrendas acuáticas»: sumisos introdujeron plugs anales inflables oversized, lubricados con gel salino que escocía en grietas internas, inflándolos a máximo con bombas manuales —clic a clic, expandiéndose hasta presionar paredes en un dolor que las hacía sollozar, el abdomen hinchándose visiblemente en un bulto grotesco que invitaba a burlas de los invitados: «Mira cómo se deforman estas putas ansiosas». Pinzas metálicas con pesos colgantes se colocaron en labios mayores y clítoris, tirando con gravedad amplificada por el vaivén del yate en olas suaves, cada balanceo enviando descargas de dolor agudo que se mezclaba con vibradores clitorianos activados remotamente, llevando a orgasmos forzados y negados en un ciclo torturador que dejaba mentes nubladas por la frustración, una marca psíquica de control absoluto perdido.

La orgía culminó en un caos controlado: Sonia y Belén desatadas pero arrodilladas en la cubierta resbaladiza por fluidos, pasadas entre invitados en doble y triple penetraciones brutales —pollas gruesas y venosas frotándose internamente en vaginal y anal, bocas llenas de chorros salados tragados con arcadas que raspaban gargantas hasta sangrar ligeramente, eyaculaciones femeninas de las amigas de Doña Carmen frotadas contra sus rostros en humillación lésbica, dejando rostros pegajosos y maquillaje corrido como máscaras de degradación. Sonia fue follada por tres a la vez: vaginal por un político sudoroso, anal por un sumiso con polla curvada que rozaba el plug inflado en un dolor abrasador, oral por Doña Carmen con un strap-on grueso que la hacía ahogarse, convulsionando en orgasmos múltiples que la dejaron temblando y eyaculando chorros abundantes sobre la teca, su mente fracturada por la sobrecarga sensorial, una marca psíquica de sentirse un objeto roto que perduraría en pesadillas. Belén similar, con mujeres pellizcando sus moretones mientras hombres la embestían, gritando «Soy vuestra puta final» en una sumisión forzada que la humillaba profundamente.

El remate de la fiesta fue simple pero efectivo. Belén tumbada y Sonia a horcajadas sobre ella, en un 69 perfecto, fueron tomadas analmente una y vaginalmente la otra, por todos los hombres del barco, incluida la tripulación, que hasta ese momento habia estado en un segundo plano, eyaculando todos dentro de ellas. Un total de mas de 10 corridas en cada una de ellas. Finalizado el ritual posesivo, obligaron a Manuel y Alberto a lamer los abundantes flujos que salía de ambas, antes de permitirles tomarlas, analmente también, cada uno a la del otro follándolas posesivamente en la cubierta bajo las estrellas, embestidas furiosas que reclamaban territorio, corriéndose dentro con un «Esto termina aquí», su semen caliente mezclándose con el de otros en una humillación final. Doña Carmen, satisfecha, entregó un sobre sellado: «Videos destruidos para siempre. Libertad concedida. Pero si volvéis… la puerta está abierta». Exhaustos, con cuerpos marcados por verdugones sangrantes, moretones profundos que tardarían meses en curarse, y mentes aturdidas por humillaciones que resonarían en terapias futuras, regresaron al amanecer. Sonia, en el coche, sollozó: «Nunca más. Las marcas… duelen en el alma».

Capítulo 29: Epílogo – Un Nuevo Amanecer

Cinco años después, en febrero, Manuel y Sonia vivían en una villa costera modesta en las afueras de Santander, cerca de El Sardinero, con vistas al Cantábrico que evocaban sus inicios sin el peso de las fiestas gallegas. Manuel, semiretirado a los 55, dirigía consultorías remotas para concesionarios, sus bonos pasivos asegurando una vida cómoda sin excesos; Sonia, a los 49, había vendido la boutique para dedicarse a pintar acuarelas del mar en un estudio con olor a óleo y salitre, sus lienzos capturando olas rompiendo como metáforas de su liberación. Las marcas físicas se habían desvaído —verdugones convertidos en cicatrices pálidas, moretones olvidados— pero las psíquicas persistían en terapias ocasionales, donde hablaban de humillaciones como lecciones de límites. Sus hijos visitaban con nietos en camino, charlando de planes inocentes ajenos al pasado. Ocasionalmente, revivían fantasías privadas con cuerdas suaves y palabras susurradas, pero el enfoque era su amor renovado.

Una noche en la terraza, con Rioja reserva en copas y el mar rugiendo abajo, Sonia besó a Manuel: «Aquello nos salvó de la rutina gris y casi nos destruye con sus castigos, pero nos hizo más fuertes». Él sonrió, mano en su cadera: «Sí, amor. Ahora somos solo nosotros, libres de marcas eternas». El Cantábrico respondía con olas eternas, un camino ancho y sin obstáculos una vez más.