Capítulo 5

Capítulos de la serie:

Sentido del gusto

Hacía apenas una semana que el escándalo de la laguna había quedado enterrado bajo capas de informes falsos y el silencio sepulcral de la Jefatura.

Alfredo se ajustaba la camisa negra, dejando los primeros botones abiertos; ya no era el oficial distraído del patrullero, ahora era un cazador en su noche libre.

El celular vibró sobre la cómoda. Era Luciano.

—¿Qué haces, Alfred? ¿Ya estás para las pistas? —la voz de Luciano sonaba eufórica sobre el ruido del motor—. Estoy a un par de cuadras, bajá que te paso a buscar.

—Dale, buenísimo. Me estoy terminando de poner perfume y bajo —respondió Alfredo, dándose el último toque en el cuello—. Te espero en la vereda.

Alfredo soltó una risita, mirando su reflejo una última vez. —Che, Lucho… escúchame una cosa. ¿No te parece que son un poquito «grandes» para nosotros? Mira que no somos ningunos pendejos, pero tampoco estamos para ir al geriátrico.

—¡Pero ¡qué decís, boludo! No seas amargo —se rio Luciano del otro lado—. Yo tengo 30 recién cumplidos, estamos en el primer tiempo todavía. Romí tiene 40, se separó hace nada del marido y está con una sed de revancha que no te imaginas. Y Vero… Vero tiene 35, está espectacular. Se cansó de que el novio sea un pelotudo y ahora quiere acción de verdad.

Luciano hizo sonar la bocina del auto, que ya se escuchaba desde la calle. —Imagínate, Alfred… las minas están prendidas fuego. ¿Y qué mejor que sacarse las ganas con dos oficiales jóvenes, de la mejor brigada del país? Es un plan sin fallas.

—Bueno, bueno, te tomo la palabra —dijo Alfredo bajando las escaleras—. Espero que tengamos suerte de verdad y no sea puro chamuyo tuyo, porque me produje como para un desfile.

—No te preocupes, hermano. Confié en mí. Esta noche vamos a probar algo que no se van a olvidar más.

A los pocos minutos, el celular de Alfredo vibró con un mensaje de texto: «Ya estoy abajo, apura que el tiempo es oro y las nenas no esperan». Alfredo se dio una última mirada: la camisa de seda blanca contrastaba perfecto con su piel, el pantalón chupín negro le marcaba el físico trabajado y las zapatillas blancas le daban el toque justo de «canchero».

Al salir a la vereda, se quedó mudo. No era el patrullero destartalado de siempre. Estacionada junto al cordón, brillaba una Chevrolet Tracker color rojo bordó, pulida al detalle. La ventanilla del acompañante bajó lentamente y la cara de satisfacción de Luciano apareció tras el vidrio.

—¿Qué te parece mi nave, negrito? —tiró Luciano con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Noooo! ¿Y esto de dónde lo sacaste? —preguntó Alfredo subiéndose y acariciando el tablero—. ¿Te ganaste el Quini y no me dijiste?

—Financiamiento, hermano. Lo bueno vale, y lo bueno tiene que estar acompañado por un tipo como yo —respondió Luciano metiendo primera con arrogancia.

—Vos estás loco… —se rió Alfredo—. Esto lo vas a terminar de pagar cuando cumplas 80 años, más o menos.

—Bueno, eso es problema del Luciano del futuro. Hoy concentrémonos en lo que va a ser esta noche. Te aseguro que la vamos a pasar brutal.

El Encuentro en la City

El motor rugía suave mientras se metían en el centro. En una esquina céntrica, bajo las luces de neón, dos figuras cortaban la respiración. Parecían puestas ahí por un director de arte.

Romina estaba imponente: un pantalón de cuero negro que parecía pintado al cuerpo y un top rojo intenso que resaltaba su pelo negro azabache. Tenía los ojos divinos, enmarcados en un maquillaje perfecto, y unos labios rojos que prometían de todo. Al lado, Verónica no se quedaba atrás. Su pelo rojizo caía sobre un vestido bordó peligrosamente cortito, combinado con unos zapatos altos que estilizaban sus piernas.

—Mirá lo que son… —susurró Luciano frenando el auto—. Están terribles, amigo.

Las chicas se acercaron al vehículo con una sonrisa cómplice. Parecía un chiste: el auto bordó, el top de una, el vestido de la otra y la camisa blanca de Alfredo. Todo combinaba. Romina se apoyó en la ventanilla, dejando que el aroma de su perfume inundara el habitáculo.

—¿Qué hacés, Lu? —dijo Romina con voz sugerente—. Tanto misterio al final… parece que la espera va a valer la pena. Por lo menos, el vehículo está a la altura.

—Suban, chicas —invitó Luciano con un guiño—. Que el auto es solo el principio. El verdadero «gusto» de la noche todavía no lo probaron.

La Chevrolet Tracker roja frenó con estilo frente a la entrada del boliche más exclusivo de la zona. La fila era interminable, pero Luciano ni siquiera se detuvo a mirar. Al acercarse a la valla, uno de los patovicas, un gigante de traje oscuro, le asintió con la cabeza tras reconocer la chapa que Luciano dejó ver discretamente.

—Pasen, muchachos. Todo en orden —dijo el hombre, abriéndoles camino como si fueran dueños del lugar.

Adentro, el bajo de la música retumbaba en el pecho y las luces de neón se reflejaban en la seda blanca de la camisa de Alfredo. El grupo se dirigió directo a la barra principal.

Luciano pidió cuatro tragos fuertes y se acomodó cerca de Romina, cuya piel bajo el top rojo brillaba por el calor del lugar.

—¿Y? —preguntó Luciano, acercándose a su oído para que lo escuchara sobre la música—. ¿Cómo viene ese estreno de soltería? Me dijeron que el tipo se portó como un idiota.

Romina soltó una risa amarga y tomó un sorbo largo de su copa antes de responder. —Idiota es poco, Lu. Fueron años de aguantar a un tipo que no sabía lo que tenía al lado. Pero bueno… —ella se acercó más, rozando el brazo de Luciano con el suyo—, dicen que la mejor forma de olvidar un mal sabor es probando algo nuevo y más fuerte, ¿no?

Luciano sonrió con suficiencia, sintiendo que el terreno estaba más que listo. —Quedate tranquila, Romi. Te aseguro que esta noche vas a probar algo que te va a hacer olvidar hasta tu nombre.

En la Pista: El Fuego de la Salsa

Mientras tanto, Alfredo y Verónica ya se habían filtrado en el centro de la pista. La música cambió a un ritmo latino más marcado, y fue ahí donde Alfredo decidió que era hora de sacar su arma secreta.

—No te tenía como un hombre de baile, oficial —lo desafió Verónica, moviendo sus caderas al ritmo del vestido bordó.

—Hay muchas cosas que no sabés de mí, Vero —respondió Alfredo con una mirada intensa.

Sin previo aviso, la tomó de la cintura y comenzó a guiarla con una técnica impecable. Sus pasos eran fluidos, rápidos y seguros. Verónica, sorprendida, se dejó llevar. Alfredo aprovechó un quiebre de la música para frenarla en seco, pegando su cuerpo al de ella. Sus manos bajaron con firmeza por la espalda de Verónica mientras la hacía girar en un movimiento de salsa excitante, quedando rostro a rostro, sintiendo el aliento del otro mezclado con el sabor del alcohol.

—Bailás… demasiado bien —jadeó Verónica, con los ojos brillando por la adrenalina y la cercanía—. Me parece que el «joven oficial» resultó ser más peligroso de lo que pensaba.

—Esto recién empieza —le susurró Alfredo al cuello, sintiendo cómo el sabor de la noche empezaba a subir de tono.

En la barra, Luciano ya sentía que tenía la noche ganada. Estaba cada vez más cerca de Romina, susurrándole promesas al oído, cuando el ambiente se pudrió de golpe. Un hombre de unos cuarenta años, con la camisa manchada de alcohol y los ojos inyectados en sangre, se abrió paso a empujones y se plantó frente a ellos. Era Pedro, el exmarido de Romina.

—¡Mirá vos! ¿Acá estás? —bramó Pedro, tambaleándose por la borrachera—. ¿Con este pibe te venís a mostrar? ¿Dónde dejaste al nene, Romina? ¿Con quién carajo lo dejaste?

Romina se puso pálida, pero sus ojos destilaron un odio puro. —Pedro, andate. Estás borracho y danto vergüenza. El nene está con mi mamá, lo sabés perfectamente. No me rompas más las pelotas.

—¡No me hables así delante de este payaso! —gritó Pedro, lanzando un manotazo que Luciano esquivó por puro instinto policial.

Luciano se paró, acomodándose la chaqueta con una calma peligrosa. Su voz bajó tres tonos, volviéndose gélida. —Escuchame bien, flaco. Estás molestando a la dama y estás molestando a la autoridad. Date media vuelta y desaparecé antes de que te explique por qué no hay que meterse con la brigada.

—¿Autoridad? ¡Autoridad las bolas! —Pedro, fuera de sí, metió la mano en su bolsillo y, con un movimiento torpe pero letal, sacó una navaja automática. El «clac» de la hoja al abrirse cortó la música para los que estaban cerca.

Antes de que Luciano pudiera reaccionar, Alfredo, que venía de la pista con Verónica, apareció como una sombra detrás de Pedro. Con una técnica de inmovilización impecable, Alfredo le atrapó el brazo de la navaja y se lo retorció hacia la espalda con una fuerza que hizo que el borracho soltara un alarido de dolor.

—¡Soltala! —le ordenó Alfredo al oído, aplicando presión en un punto nervioso—. Ya te mandaste la macana de tu vida, Pedro. Retrocé, ahora mismo.

Pedro soltó el arma blanca, que cayó al suelo con un tintineo metálico. Alfredo lo empujó hacia atrás, manteniéndose entre él y sus amigos, con la mirada de un depredador que acaba de encontrar su presa.

—Tranquilo, Alfre… —dijo Luciano, recuperando la postura y mirando a Pedro con un asco infinito—. No vale la pena mancharse la seda blanca por este infeliz. Pero eso sí… —Luciano se acercó a Pedro, que ahora temblaba—, el gusto amargo de esta noche no te lo vas a sacar nunca de la boca, te lo juro.

Romina miró a los dos oficiales con una mezcla de miedo y una excitación nueva. Ver a Luciano y Alfredo tomar el control de forma tan dominante fue el condimento que le faltaba a su noche.

Después de que los patovicas se llevaran a Pedro a rastras, siguiendo las órdenes frías de Alfredo, el aire alrededor de la mesa se sentía cargado. Luciano, notando que Romina todavía temblaba un poco y tenía la mirada clavada en el suelo, tomó su copa y la alzó, buscando sus ojos.

—Bueno, bueno… ya pasó. No vamos a dejar que un poco de sabor amargo nos arruine esta noche tan dulce que tenemos por delante —dijo Luciano con una sonrisa magnética, acariciándole la mejilla—. No quiero que te pongas triste, Romi hermosa. Ese tipo ya es pasado; ahora estás con nosotros.

Romina forzó una sonrisa y bebió un largo trago, sintiendo cómo el alcohol empezaba a entibiarle el pecho nuevamente. —Gracias, Lu. Sos un sol. Es que me sacó de quicio, siempre queriendo arruinarme todo.

—Olvidate de él —insistió Luciano, acercándose más hasta que sus hombros se rozaron—. Dejame que te cuente algo mejor… ¿Sabés cómo terminé metido en la mejor brigada del país? No fue por herencia, te lo aseguro. Fue por puro instinto, por querer estar siempre donde quema la acción…

Luciano empezó a relatarle anécdotas exageradas de su entrenamiento y su entrada a la fuerza, mezclando la bravuconería con un tono confidencial que mantenía a Romina hechizada, bebiendo de sus palabras y de su trago con la misma intensidad.

Mientras tanto, en la pista, Alfredo y Verónica seguían en su propio mundo. Alfredo se movía con una soltura que hacía que la camisa de seda blanca captara todos los reflejos del boliche. No dejó que el incidente con el ex de Romina le cortara el mambo; al contrario, parecía haberle dado más energía.

—Bailás como si no acabaras de casi romperle el brazo a un tipo —le gritó Verónica sobre la música, riendo mientras Alfredo la hacía girar.

—¡Es parte del servicio, Vero! —respondió él con un guiño, tomándola de la cintura para pegarla a su cuerpo—. Además, me prometiste que íbamos a pasarla bien, y yo no rompo mis promesas.

Los cuatro siguieron bebiendo y bailando, fundiéndose en el ritmo del boliche. Pero entre risa y risa, el cansancio del baile y el efecto del alcohol empezaron a pedir algo más. Luciano miró a Alfredo y le hizo una seña casi imperceptible.

Eran cerca de las tres de la mañana y el boliche se había convertido en un hervidero de luces y sombras. Luciano, apoyado en la barra, le dio un codazo a Romina y señaló hacia el centro de la pista con una sonrisa pícara.

—Mirá eso, Romi… parece que aquellos dos empezaron la fiesta sin nosotros —dijo Luciano.

En medio de la multitud, Alfredo y Verónica estaban fundidos en uno. Alfredo la rodeaba con sus brazos, hundiendo sus dedos en la cintura del vestido bordó, mientras se besaban con una pasión que cortaba el aliento. Sus labios se encontraban en un choque suave pero firme; las lenguas se entrelazaban con una cadencia húmeda y lenta, explorando cada rincón, saboreando el gusto dulce de los tragos de frutas y el calor de la adrenalina. Era un beso que sabía a conquista, un intercambio rítmico donde el aliento de uno alimentaba el deseo del otro.

El muaaaakkk muuuuuuaaaaaaggghhh baboso de lengua se hicieron protagonistas de la noche

Romina se rió, contagiada por la escena, y cuando volvió la mirada hacia Luciano, se encontró con que él ya estaba a milímetros de su rostro. Sin pedir permiso, Luciano le robó un beso corto, un roce eléctrico que dejó a Romina con ganas de más. Ella, lejos de retroceder, lo tomó del cuello de la camisa y le devolvió el gesto con interés.

El beso de Luciano y Romina fue diferente: más hambriento, más directo. Sus labios se succionaban con urgencia, y el gusto a menta y licor de sus bocas se mezclaba mientras sus lenguas peleaban suavemente por el dominio. Mmmmmmmmmmmuuahaaagagagaaggagagaga Romina soltó un gemido sordo oohhhhhh contra la boca de Luciano, saboreando la virilidad del oficial que, hace apenas una hora, la había defendido de su pasado.

En medio del trance, Luciano se separó apenas unos centímetros, con los labios brillantes y la respiración agitada. Se acercó a la pista y le tocó el hombro a Alfredo, quien seguía «devorando» a Verónica.

Alfredo se separó de los labios de la pelirroja con una cara de pocos amigos, mirándolo como si quisiera meterle un tiro por interrumpir el mejor momento de la noche. Luciano, ignorando la mirada asesina, lo llevó un poco hacia un costado, donde la música no golpeaba tan fuerte.

—Che, Alfre… cortemos con tanto preámbulo —le susurró Luciano al oído—. El boliche ya fue. ¿Qué te parece si vamos a tu departamento?

Alfredo se quedó mudo por un segundo, procesando la idea. Miró a Verónica, que se relamía los labios esperando que él volviera, y luego miró a Luciano. —¿Estás loco? Mi departamento es un caos, boludo… —dijo Alfredo, aunque una sonrisa empezó a dibujarse en su cara—. Pero bueno, dale… vamos. Total, el orden es lo último que nos va a importar esta noche. Vamos a ver qué onda.

¡Qué buen giro! Me encanta esa contradicción: Alfredo, el tipo que en el patrullero parecía distraído, en su vida privada es un obsesivo del orden y la pulcritud. Eso hace que el contraste con el «desorden» que van a provocar las chicas bajo el efecto del Gusto sea mucho más potente.

Aquí tienes la versión mejorada, dándole profundidad a esa faceta meticulosa de Alfredo mientras se dirigen al departamento:

El Gusto: El Templo de la Perfección

Alfredo había mentido. Su departamento no era un caos; de hecho, era todo lo contrario. Como oficial de una brigada de élite, había trasladado la disciplina a sus cuatro paredes. Cada camisa en su placard estaba separada por colores, los libros en la repisa estaban alineados por milímetros y no había una sola mota de polvo sobre sus muebles de diseño. Era meticuloso, ordenado y extremadamente cuidadoso con su espacio personal.

Sin embargo, al mirar a Verónica —que lo observaba con ojos cargados de deseo y los labios rojos todavía húmedos por sus besos—, Alfredo entendió que esa noche su preciado orden estaba a punto de saltar por los aires. No podía decirle que no a Luciano, y mucho menos podía dejar pasar la oportunidad de tener a esa mujer en su terreno.

—Está bien, vamos —cedió Alfredo, sintiendo una mezcla de ansiedad y excitación—. Pero no se quejen si después no encuentran la salida.

Subieron a la Chevrolet Tracker roja, donde el ambiente ya estaba a punto de ignición. Luciano manejaba con una mano mientras con la otra buscaba la rodilla de Romina. En el asiento de atrás, Alfredo y Verónica no perdieron ni un segundo.

Apenas el auto arrancó, Alfredo la tomó de la nuca. El beso fue profundo, una exploración hambrienta que llenaba el habitáculo de un sonido húmedo y rítmico. Sus lenguas se buscaban con una desesperación nueva, saboreando no solo el alcohol, sino la promesa de lo que vendría. Verónica soltó un pequeño gemido cuando Alfredo succionó su labio inferior, una caricia que sabía a pura posesión.

Cuando llegaron al edificio de Alfredo, Luciano estacionó el auto de cualquier manera, rompiendo por primera vez con la prolijidad de su «nave». Subieron por el ascensor en un silencio tenso, solo interrumpido por el roce de la seda de la camisa de Alfredo contra el vestido de Verónica.

Al abrir la puerta, el olor a limpio y a perfume ambiental recibió al grupo. Todo estaba impecable… pero por poco tiempo.

—Bienvenidos a mi humilde morada —dijo Alfredo con una sonrisa de lado, mientras cerraba la puerta con llave—. Pónganse cómodos, que ahora sí vamos a empezar con la verdadera degustación.

El departamento de Alfredo se sentía como un santuario de cristal. La iluminación era tenue, resaltando las superficies de mármol y madera pulida. Pero tras un par de rondas de tragos cortos —fuertes, secos y con ese regusto metálico que empezaba a adormecer las inhibiciones—, la atmósfera de pulcritud empezó a evaporarse.

En el sofá de cuero, Alfredo y Verónica estaban enredados en un beso que ya no tenía nada de dulce. Las manos de Alfredo, siempre tan precisas, recorrían las curvas del vestido bordó, mientras Verónica saboreaba en la boca de él el rastro del whisky caro.

Mientras tanto, en la terraza, el aire fresco de la noche no servía para enfriar a Luciano y Romina. Apoyados contra la baranda, compartían una copa, susurrando confesiones que se perdían en el viento. Fue entonces cuando Luciano, al volver al living por más hielo, vio sobre una mesa ratona un mazo de cartas de póker, perfectamente alineado, como todo lo de Alfredo.

Una chispa de malicia brilló en sus ojos.

—Che… —gritó Luciano hacia la terraza y el sofá—, miren lo que encontré. Me parece que el ambiente está demasiado tranquilo para lo que prometía esta noche. ¿Qué les parece si lo hacemos un poco más picante? Un Street Póker.

Las chicas se detuvieron en seco. Verónica se separó de los labios de Alfredo, con la respiración agitada, y miró a Romina. Se acercaron y se apartaron unos metros, hablando en susurros.

—No sé, Romi… —susurró Verónica—. Estos tipos son de la brigada, deben ser unos tramposos de primera. Nos van a dejar en bolas en cinco minutos.

Romina miró de reojo a Luciano, quien barajaba las cartas con una destreza hipnótica. —Pero mirá lo que son, Vero… Si perdemos, tampoco es que el castigo sea tan feo, ¿no?

Luciano y Alfredo intercambiaron una mirada de complicidad. Alfredo se levantó y se acercó a ellas, rodeando a Verónica por la cintura. —Dale, chicas, no sean amargas —le susurró al oído, su aliento rozando su lóbulo—. Es solo un juego. Además… —miró el departamento impecable— me parece que a este lugar le hace falta un poco de desorden decorativo. ¿O tienen miedo de perder?

Ese último reto fue el que cerró el trato. Romina terminó su trago de un sorbo y golpeó la mesa con la copa. —Está bien, aceptamos. Pero prepárense, oficiales… porque nosotras no jugamos para perder.

El departamento de Alfredo, antes un monumento a la pulcritud, se había transformado en un campo de batalla de seda, cuero y piel. Las copas se llenaban mecánicamente mientras el mazo de cartas pasaba de mano en mano. Luciano y Alfredo jugaban como un equipo silencioso, comunicándose con la mirada, mientras Romina y Verónica se volvían una sola fuerza, desafiantes.

La tercera mano fue brutal para los oficiales. Romina, con un color de espadas, obligó a Alfredo a deshacerse de su posesión más preciada: la camisa de seda blanca.

—Tanto que la cuidaste, Alfre… a ver cómo te queda el torso al aire —se burló Romina, mientras bebía un sorbo de gin.

Alfredo se desabrochó los puños y luego, uno a uno, los botones frontales. Al quitársela, dejó ver un físico fibroso que hizo que Verónica pasara la lengua por su labio inferior. Pero la venganza de Luciano no tardó. En la mano siguiente, con un póker de dieces, señaló los pies de las chicas.

—Esas plataformas las hacen ver muy altas —dijo Luciano con una sonrisa ladeada—. Afuera.

Vero y Romina se quitaron los zapatos. Al apoyar los pies descalzos sobre la alfombra fría de Alfredo, sintieron un escalofrío que no era de frío, sino de vulnerabilidad. El juego se estaba volviendo personal.

La tensión subió cuando Romina tuvo que desprenderse de su pantalón de cuero negro tras perder contra un trío de ases de Alfredo. El sonido del cierre bajando fue como un disparo en el silencio del living. Al quedar en una tanga diminuta que combinaba con su top rojo, Luciano se acercó a ella, supuestamente para «ayudarla» con la prenda, pero aprovechó para pasar su nariz por el cuello de ella.

—Sabés a peligro, Romina —le susurró, inhalando el aroma de su piel—. Y me encanta.

Verónica, para no quedarse atrás, perdió su vestido bordó tras una jugada arriesgada. Se deslizó la prenda hacia abajo, quedando solo con un conjunto de encaje que resaltaba su pelo rojizo. Alfredo, ya sin camisa y con el pantalón desprendido, la tomó del mentón.

—Te dije que mi departamento estaba bien calefaccionado —murmuró él, recorriendo con la mirada cada curva—. Pero me parece que ahora el que tiene calor soy yo.

Las manos se volvieron más rápidas, los tragos más cortos y los besos entre jugada y jugada más húmedos. Luciano y Alfredo terminaron en calzoncillos, mostrando la estampa de dos oficiales en su mejor momento físico, desafiando a las chicas a dar el paso final.

La última mano antes del caos total dejó a las chicas contra la pared. Romina y Verónica, abrazadas por los hombros, miraron sus cartas. No había nada. Luciano mostró una escalera.

—Bueno, chicas… —dijo Luciano, dejando el mazo a un lado—. Ya saben qué sigue. Esos tops y sostenes están sobrando en esta mesa.

Romina miró a Vero. Con una complicidad eléctrica, ambas se llevaron las manos a la espalda. El sonido de los broches soltándose fue la señal. Los tops cayeron al suelo, dejando sus pechos al descubierto bajo la luz tenue del departamento. Romina quedó solo en tanga roja, y Verónica en una pieza de encaje mínima.

Los oficiales se quedaron sin aliento. El orden de Alfredo había muerto; ahora solo quedaba el Gusto de la piel, el sabor del sudor dulce y la urgencia de cuatro cuerpos que ya no necesitaban más cartas para saber que todos habían ganado.

—Ahora sí —dijo Alfredo, levantándose y caminando hacia Verónica mientras Luciano envolvía a Romina por la cintura—. Ahora es cuando la noche empieza de verdad.

Luciano dejó las cartas sobre la mesa con un movimiento seco, como quien lanza un desafío mortal. Sus ojos brillaban con una malicia que Romina no le había visto ni en el boliche.

—Bueno, basta de tibiezas —soltó Luciano, inclinándose hacia adelante—. Una última mano. La definitiva. Si perdemos nosotros, nos sacamos lo último que nos queda y bajamos así, como Dios nos mandó al mundo, a dar una vuelta corriendo por toda la avenida. Que nos vea todo el mundo: los vecinos, los patrulleros que pasen, todos.

Alfredo palideció un segundo. Pensó en su reputación, en su carrera, en el escándalo. Pero el alcohol y el deseo le ganaron al miedo. —Acepto —dijo Alfredo con voz ronca—. Pero si pierden ustedes… nos hacen un Pete acá mismo, a los dos, sin escalas.

Verónica y Romina se quedaron mudas. Se miraron horrorizadas, con las bocas abiertas. —¡Estás mal de la cabeza, Luciano! —gritó Romina, aunque no podía dejar de mirar el torso de él—. ¡Somos mujeres decentes, no podés pedirnos eso! —¡Es una locura, nosotras perdemos mucho más! —agregó Verónica, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus pechos —libres y firmes— resaltaran aún más bajo la luz del living.

Las dos se levantaron y se fueron al balcón a debatir a solas, dejando a los hombres en una agonía de espera. Afuera, el viento les rozaba la piel desnuda.

—Vero, estamos locas si aceptamos —susurró Romina, tocándose un pecho distraídamente mientras miraba hacia adentro—. Mirá lo que son esos dos… si perdemos, no salimos más de acá. —Ya sé, Romi… pero mirales las caras —respondió Verónica, bajando la voz y mirando a Alfredo a través del vidrio—. Están desesperados. Y si ganamos… ¿te imaginás a estos dos «oficiales de élite» corriendo en bolas por la avenida como dos ridículos? Sería el gusto más dulce de mi vida verles la cara de vergüenza.

Romina miró sus propios pechos, luego los de su amiga. —Están re encendidos, Vero. Mirá cómo tenemos los pezones… el frío y el morbo nos están matando. Al final, el «gusto» nos va a dar el brazo a torcer. —Es verdad… —admitió Verónica, pasando una mano por su busto—. Me pican de la intriga. Vamos a jugar. Si perdemos, bueno… por lo menos vamos a probar a los mejores de la brigada.

Regresaron al living con paso firme. Los hombres las miraron como quien mira un tesoro prohibido. —Aceptamos —dijo Romina, sentándose y dejando que sus pechos rozaran casi el borde de la mesa—. Repartí, Luciano. Pero prepará las zapatillas, porque vas a correr mucho.

Luciano, con las manos temblorosas por primera vez, repartió las cartas. El silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Alfredo no respiraba. Verónica miró sus cartas y su rostro se transformó en una máscara de piedra. Romina apretó los dientes.

Luciano mostró su juego: Par de Jotas. Un juego mediocre. Alfredo mostró el suyo: Nada. Las chicas tenían la victoria en la mano. Verónica tenía una Reina, solo necesitaba que Romina tuviera algo mejor.

Romina dio vuelta su última carta. Un dos de copas. —¡No! —gritó Verónica—. ¡Perdimos por nada!

Luciano pegó un salto y un grito de victoria que retumbó en todo el edificio. Alfredo soltó un suspiro de alivio que se convirtió en una risa triunfal. El «Gusto» amargo de la posibilidad de la calle se transformó en el gusto más dulce de la victoria sexual.

—Bueno, chicas… —dijo Luciano, sentándose cómodamente en el sofá y abriendo las piernas, mientras Alfredo lo imitaba con una sonrisa depredadora—. El boliche cerró, el juego terminó… y ahora empieza la degustación que prometieron.

Romina y Verónica se miraron. Ya no había vuelta atrás. Con movimientos lentos, se arrodillaron en la alfombra impecable de Alfredo, quedando entre las piernas de los dos oficiales. El olor a sexo, perfume y derrota llenaba el aire.

—¿Saben a qué va a saber esto? —preguntó Luciano, tomando a Romina del cabello con suavidad pero firmeza—. Va a saber a justicia.

Romina y Verónica permanecieron de pie, inmóviles, como dos estatuas de seda y deseo en el centro del living de Alfredo. La derrota les pesaba, pero el morbo de lo que venía empezaba a ganarles la partida. Romina lucía espectacular, su piel morena resaltaba contra la tanga roja diminuta que apenas cubría lo esencial; a su lado, Verónica, con una tanguita negra de encaje a juego, respiraba agitada, haciendo que sus pechos libres subieran y bajaran al ritmo de su pulso acelerado.

Frente a ellas, los vencedores reclamaban su trono. Alfredo, sentado en el sillón de cuero con un bóxer negro que marcaba su físico atlético, y Luciano, recostado con arrogancia en el sofá lateral con su bóxer blanco, las devoraban con la mirada.

—Bueno, se terminó el tiempo de las palabras —sentenció Alfredo con una voz que no admitía réplicas—. Empezamos con la clase, chicas. Abajo.

Romina y Verónica bajaron la cabeza, aceptando su destino. Fue entonces cuando Alfredo se puso de pie. Caminó con paso lento y seguro hacia donde estaba Verónica. Con una calma exasperante, deslizó sus dedos por el elástico del bóxer negro y lo bajó por completo.

Cuando su miembro quedó liberado, el silencio en el departamento fue absoluto. Era imponente: oscuro, cargado de venas que delataban la presión de la sangre y el deseo contenido durante toda la noche. Verónica abrió los ojos de par en par, soltando un suspiro que fue casi un jadeo de incredulidad.

—¡Wow! —balbuceó Verónica, sin poder quitar la vista de la anatomía del oficial—. Alfredo… yo no sabía que los manuales de la academia venían con tanto… armamento.

Luciano, desde el sillón, soltó una carcajada ronca, disfrutando de la cara de asombro de la pelirroja. —Tranquila, Vero… —dijo Luciano mientras él también se ponía de pie—. Para vos también hay, pero primero le toca a Romi probar la mercadería.

Con un movimiento decidido, Luciano se despojó de su bóxer blanco. Si bien no era tan masivo como el de Alfredo, el miembro de Luciano tenía una forma perfecta, apuntando hacia arriba con una arrogancia que combinaba con su personalidad. Era una pieza de ingeniería biológica que prometía una resistencia inagotable.

Romina se acercó un paso, hipnotizada por la visión de Luciano totalmente desnudo. —Miren lo que son… —murmuró Romina, estirando una mano con timidez para acariciar el aire cerca de ellos—. Sabía que la brigada era de élite, pero esto ya es otro nivel de profesionalismo.

Los dos oficiales, ahora completamente expuestos bajo la luz tenue del departamento, se dejaron adular. Las chicas no podían dejar de comentar, con voces quebradas, la firmeza y el tamaño de los hombres que las habían derrotad

Romina fue la primera en romper el silencio con un movimiento bien pensado. Con una sonrisa pícara que prometía mucho más de lo que decían sus labios, se puso de rodillas sobre el sillón, apoyando las manos en el respaldo mientras arqueaba la espalda. Dejó su culo redondo y firme bien arriba, apenas tapado por la tanga de encaje negra que ya estaba empapada entre sus piernas. El vestido ajustado que llevaba, de un rojo intenso que hacía resaltar su bronceado, se le había trepado hasta la cintura, dejando a la vista el inicio de sus muslos, suaves pero tonificados de tanto bailar. Sin apuro, pero sin pausa, se giró un poco hacia Luciano, que ya la miraba con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa mientras clavaba los dedos en el borde del sofá.

—Vamos a ver qué tan rico sale esto —susurró Romina con voz ronca, casi en un secreto, mientras estiraba la mano hacia el bulto que se marcaba en el pantalón de Luciano. No pidió permiso. Sus dedos, con las uñas pintadas de un rojo oscuro, recorrieron el contorno de su erección a través de la tela, sintiendo cómo quemaba y cómo la verga le latía bajo el tacto. Luciano cortó la respiración cuando ella, con una cancha que delataba experiencia, le desabrochó el cinturón y le bajó el cierre de los jeans. El ruidito del metal al abrirse se mezcló con el sonido de su propia respiración agitada.

El miembro de Luciano asomó, grueso y largo; la cabeza morada ya brillaba con una gota de pre-seminal que le resbaló por el costado. Romina lo agarró con firmeza, sintiendo el peso en su palma y esa textura de seda sobre la dureza de adentro. Sin dejar de mirarlo a los ojos, se pasó la lengua por los labios para humedecerlos antes de agacharse y dejar que la punta de la lengua rozara el glande. Luciano soltó un suspiro hondo, casi un gemido, al sentir el contacto húmedo y caliente. Sus dedos, que hasta ese momento estaban quietos, empezaron a moverse: se deslizaron por la espalda de Romina, bajando por la columna hasta frenar en la cintura. Ahí, con un movimiento lento pero decidido, metió los dedos por debajo de la tanga, acariciando la suavidad de las nalgas antes de apretarlas con fuerza, separándolas apenas lo suficiente para que el aire fresco rozara el calor húmedo que brotaba de entre sus piernas.

—Putita, qué rica que estás —murmuró Luciano con la voz áspera, mientras Romina empezaba a hacer círculos con la lengua alrededor de la corona, saboreando ese gustito salado que ya se sentía cada vez más fuerte. Ella no contestó con palabras. En lugar de eso, abrió bien la boca y dejó que sus labios se cerraran alrededor de la cabeza, haciendo una presión suave pero constante mientras la lengua seguía trabajando, explorando cada pliegue y cada vena hinchada. Luciano echó la cabeza para atrás, con los músculos del cuello tensos, mientras las caderas se le movían solas, buscando más roce.

Del otro lado del sillón, Alfredo no perdió ni un segundo. Con una sonrisa que mostraba los dientes blancos contra su piel oscura, guio a Verónica hacia él, agarrándola de los hombros con sus manos grandes y curtidas. Ella, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes de ganas, se dejó llevar, bajando despacio hasta que las rodillas tocaron la alfombra persa. El vestido apretado que tenía puesto, de un azul eléctrico que contrastaba con su piel morena, se le pegaba a las curvas como una segunda piel, pero no llegaba a esconder el temblor de sus muslos cuando quedó cara a cara con la erección de Alfredo.

Él no tenía calzoncillos. Su poronga, negra y gruesa, se plantaba orgullosa desde la base, con las venas marcadas bajo la piel tirante y la cabeza ancha y brillante. Verónica no pudo evitar lamerse los labios al verla, sintiendo cómo la calentura se le acumulaba ahí abajo, mojándole toda la tanga.

—Qué pedazo de poronga, negro hermoso —susurró con la voz temblorosa, antes de inclinarse y darle un beso suave en la punta. Alfredo gruñó, un sonido gutural que le vibró en el pecho al sentir el contacto. Se le enredó en el pelo enrulado a Verónica, no para tironearla, sino para guiarla, para sentir el peso de su cabeza en sus manos mientras ella empezaba a recorrerlo con la boca.

—Mmmmmmaaaaa… mmamamamamamamamam —gemía Verónica contra su piel, con el sonido ahogado por el contacto, mientras cerraba los labios alrededor de la cabeza, chupando con una suavidad que chocaba con la urgencia que sentía. La lengua se le enredaba en el frenillo, haciendo dibujos que hacían que a Alfredo le temblaran las piernas. Él apretó los dientes, aguantándose las ganas de empujar más adentro, de perderse en el calor húmedo de esa boca.

Romina, sin dejar de atender a Luciano, levantó la vista un segundo y vio cómo Verónica se entregaba al miembro de Alfredo con una devoción total. Una sonrisa de pura lujuria se le dibujó en la cara antes de volver a concentrarse en lo suyo; esta vez se metió más a Luciano en la boca, sintiendo cómo el glande le rozaba el fondo de la garganta. Relajó los músculos y dejó que él se deslizara hasta el fondo, hasta que sus labios tocaron la base y la nariz se le hundió en el vello del pubis.

—Joder, Romi… —jadeó Luciano (aunque un argentino diría: «Hija de puta, Romi…»), con las caderas moviéndose en círculos, como si no supiera si empujar más o frenar para disfrutar cada segundo. Sus manos, que antes acariciaban, ahora le apretaban las nalgas a Romina con una posesión total: ella era suya en ese momento y no pensaba soltarla.

Alfredo, mientras tanto, ya no tenía paciencia. Con un movimiento rápido, agarró a Verónica de las caderas y la levantó, girándola hasta que quedó de espaldas a él, apoyada en el brazo del sillón. El vestido se le subió hasta la cintura, dejando al aire la tanga negra que ya estaba empapada y pegada a sus labios. Sin vueltas, Alfredo le bajó la bombacha de un tirón, dejando expuesto su sexo hinchado y brillante de excitación.

—Así me gusta, perra —gruñó, mientras con una mano le separaba los labios a Verónica, dejando ver su clítoris rosado e inflamado. Con el índice de la otra mano empezó a hacerle circulitos ahí mismo, sintiendo cómo ella se retorcía y cómo los gemidos se le ahogaban contra el cuero del sillón—. Me vas a chupar bien la verga, ¿no?

Verónica asintió, sin poder hablar, mientras Alfredo le guiaba la cabeza otra vez hacia su erección. Esta vez no hubo delicadeza. Ella abrió la boca y se lo tragó hasta la mitad, sintiendo cómo él le llenaba la garganta y cómo las manos de él se cerraban alrededor de su cuello, no para ahorcarla, sino para sentir el movimiento de sus músculos mientras ella se lo tragaba entero.

El ambiente en el living estaba cargado, denso por el olor al perfume caro de las mujeres mezclado con el almizcle del deseo y el cuero de los sillones. El sonido era una sinfonía sucia: el roce de la piel, los jadeos rítmicos y ese sonido húmedo, constante, de las bocas trabajando sin descanso.

Luciano ya no aguantaba más. Tenía las manos enterradas en el culo de Romina, amasando la carne con una urgencia que le hacía marcarle los dedos. Ella, entregada totalmente, sentía cómo la verga de Luciano le golpeaba el fondo de la garganta en cada embestida instintiva que él daba. Romina cerró los ojos, concentrada en el calor que le subía por las piernas, sintiendo su propia tanga hecha un hilo de seda empapado que le rozaba el clítoris con cada movimiento de cadera sobre el sofá.

—Mirame, Romi… mirame —logró decir Luciano, con la voz quebrada.

Ella levantó la cabeza, con los labios brillando y un hilo de saliva escapándosele por la comisura, pero no lo soltó. Lo miró con los ojos empañados, desafiante y sumisa a la vez. Luciano la agarró del pelo con suavidad pero con firmeza, obligándola a mantener el contacto visual mientras él aceleraba el ritmo, perdiéndose en la humedad de su boca.

Al lado, la situación de Verónica y Alfredo estaba llegando al punto de no retorno. Alfredo la tenía contra el brazo del sillón, con una mano firme en su nuca y la otra bajando para encontrarse con la humedad de ella. Cuando hundió dos dedos de golpe en su sexo, Verónica soltó un grito ahogado contra la verga del negro, arqueando la espalda de tal manera que sus pechos, apretados por el vestido azul, parecieron querer escaparse por el escote.

—Eso es, tomala toda,koloradita —gruñó Alfredo, sintiendo cómo los labios de Verónica succionaban con más fuerza, desesperada por complacerlo mientras sentía los dedos de él moviéndose frenéticamente adentro suyo, buscando ese punto exacto que la hacía temblar.

Verónica se separó apenas un segundo, jadeando, con la cara roja y el maquillaje ligeramente corrido. —Metela, Alfredo… no aguanto más, quiero que me rompas toda —le suplicó, girándose para quedar de frente, con las piernas temblorosas y la bombacha colgando de un solo tobillo.

Alfredo no se lo hizo decir dos veces. La levantó como si no pesara nada, acomodándola para el impacto final, mientras Romina y Luciano, contagiados por la urgencia de los otros dos, empezaban a despojarse de lo poco que les quedaba de ropa, decididos a convertir ese living en un caos de cuerpos y placer.

Alfredo la agarraba de ese pelo pelirrojo encendido, enredando sus dedos negros entre las mechas color fuego mientras la sacudía contra el respaldo del sillón. El contraste del azul eléctrico del vestido, la piel blanca de Verónica y su cabellera rojiza desparramada sobre el cuero negro era una locura que lo tenía sacado.

—¡Mirá qué color tiene esta colorada… miren lo que es esto! —rugió Alfredo, dándole una nalgada que sonó como un tiro en medio del living, dejando la marca de su mano grabada en la nalga derecha de ella.

Verónica, con la cara hundida en el almohadón, sentía cómo el pelo se le pegaba a la frente por el sudor. Cada vez que Alfredo la embestía desde atrás, ella sentía que se desarmaba. Ese pedazo de poronga negra la recorría entera, raspándole las paredes del sexo hasta el fondo, haciéndola vibrar.

—¡Metela toda, negro… rompecuna, dale! —gritaba ella, girando la cabeza para mostrarle esos ojos brillantes de puro vicio, mientras su pelo rojo chorreaba por el costado del sofá como una cascada.

Al lado, Romina y Luciano estaban en la suya, hechos un nudo de carne sobre la alfombra. Romina tenía las piernas apuntando al techo, bien abiertas, mientras Luciano le daba con un ritmo que no daba respiro. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con los gritos de la colorada, armando un clima que ya no se aguantaba más.

Luciano le agarró los tobillos a Romina, bajándoselos hasta los hombros para entrarle todavía más profundo. Ella soltó un quejido agudo, mitad placer y mitad dolor, sintiendo cómo el glande de Luciano le golpeaba el cuello del útero.

—¡Ay, Lucho… me vas a terminar matando, seguí así, no pares! —rogaba Romina, con la mirada perdida en el techo, mientras sentía que el orgasmo le estaba por explotar en la cara.

Alfredo, viendo que las dos estaban al borde del abismo, le soltó el pelo a Verónica y la agarró de las caderas con una fuerza bruta, levantándola un poco para cambiar el ángulo.

—Prepárate, colorada… que ahora te la mando hasta la nuca —le advirtió con la voz pastosa, justo antes de empezar el sprint final.

El aire ya no se podía ni respirar de lo cargado que estaba. Alfredo, con un movimiento brusco, sacó su poronga de un tirón, haciendo un ruido húmedo que resonó en toda la sala. Verónica soltó un quejido de abandono, quedándose en cuatro sobre el sillón, con el pelo pelirrojo todo revuelto y la cara roja de la calentura.

—Lucho, dejame a la morocha que a esta colorada la voy a dar vuelta yo —rugió Alfredo, agarrando a Romina de los tobillos mientras ella todavía estaba en el suelo con Luciano.

Luciano, que estaba al límite, no lo dudó. Se paró como pudo, con la verga goteando y apuntando al techo, y se subió al sillón atrás de Verónica. La pelirroja ni lo miró; simplemente sintió el calor de otro cuerpo y arqueó más el lomo, ofreciéndole el orto sin asco.

—Tomá, colorada, fijate si esta te gusta más —le susurró Luciano al oído mientras se la mandaba de un solo viaje. Verónica soltó un grito que se escuchó en toda la cuadra. Luciano era más fibroso, y el ángulo desde el sillón la hacía sentir que la partía al medio.

Mientras tanto, en la alfombra, Alfredo ya tenía a Romina dominada. La dio vuelta como a una media y la puso en cuatro, agarrándola de las caderas con esas manos que le tapaban media cintura.

—A ver qué tal sentís al negro, Romi —le dijo con la voz que parecía un trueno.

Cuando Alfredo entró, Romina clavó los dientes en el borde del sofá para no gritar de dolor y placer mezclados. Era demasiado. Sentía que la llenaba hasta la garganta, estirándola centímetro a centímetro. Alfredo empezó un raleo bestial, levantándola del suelo en cada estocada, mientras Romina jadeaba como una loca, con la saliva cayéndole sobre la alfombra.

El living era un ring. Luciano arriba del sillón castigando a la colorada, que sacudía la cabeza de lado a lado haciendo volar sus pelos rojos, y Alfredo abajo dándole a la morocha con una furia animal.

—¡Dios mío, Alfredo… sos una bestia! —gritaba Romina, mientras los ruidos de los cuerpos chocando se volvían rítmicos, constantes, una música sucia que avisaba que ya nadie aguantaba un segundo más.

Alfredo, que la tenía a Romina en cuatro sobre la alfombra, la agarró de las caderas con una fuerza bruta y la arrastró hacia el sillón, donde Luciano le estaba dando sin asco a la colorada.

—¡Vengan acá las dos, carajo! —rugió el negro, con la voz quebrada por la calentura.

Romina se trepó al sillón, quedando cara a cara con Verónica. Las dos estaban prendidas fuego, chorreando sudor y deseo. Sin decirse una palabra, se agarraron de la nuca y se estamparon un beso que sonó a gloria. El pelo rojo de Vero se mezclaba con el morocho de Romi mientras se devoraban las bocas, pasándose el gusto de los pibes de una a otra.

Luciano, que seguía enganchado a la pelirroja por atrás, no paraba el raleo, mientras Alfredo se acomodaba justo detrás de Romina. Era un tren de carne humana, un trencito del vicio que hacía crujir las patas del sofá.

—¡Miren esto, por Dios! —jadeó Luciano, viendo cómo las dos minas se amasaban las tetas con una mano mientras con la otra se buscaban el sexo entre ellas, frotándose los clítoris hinchados mientras recibían las estocadas de los dos tipos.

Romina soltó la boca de Verónica y tiró la cabeza para atrás, apoyándola en el hombro de Alfredo, que la penetraba con una violencia rítmica que la hacía ver estrellas. —¡SÍ, DALE, NEGRO… DALE QUE NOS VENIMOS LAS DOS! —gritó Romina, estirando el brazo para agarrar a Luciano de la nuca y traerlo más cerca.

El living era un ring de cuatro cuerpos sudados. El olor a sexo, perfume y cuero era insoportable de lo rico. Verónica, con los ojos en blanco y el pelo colorado pegado a la espalda, se dio vuelta un segundo para lamerle el cuello a Romina mientras Luciano le daba el último sprint.

—¡Me vengo, Lucho… me vengo toda! —chilló la colorada, arqueándose tanto que parecía que se iba a quebrar, justo cuando sintió que el pibe le llenaba el fondo de leche hirviendo.

Al mismo tiempo, Alfredo soltó un gruñido animal y, con tres estocadas finales que levantaron a Romina del sillón, descargó todo su veneno adentro de la morocha.

Se quedaron los cuatro ahí, amontonados, jadeando como si hubieran corrido una maratón. El silencio que siguió solo lo rompía el sonido de las respiraciones pesadas y algún que otro beso húmedo que las chicas se seguían dando, todavía conectadas por los fluidos de todos.

Se terminó de armar el descontrol total. Los pibes no se conformaron con terminar adentro y, con una calentura que todavía les quemaba la sangre, se salieron de un tirón. Alfredo y Luciano se pararon frente al sillón, con las porongas todavía duras y goteando, mientras Romina y la colorada se quedaban abrazadas, jadeando con la mirada perdida.

—¡Dale, arriba las dos! —ordenó Luciano, agarrando a Verónica del pelo rojo para levantarle la cara.

Las dos se acomodaron de rodillas en el borde del sofá, pegaditas una a la otra, con los labios entreabiertos y la respiración que todavía les silbaba en el pecho. El contraste era una locura: el pelo color fuego de Vero y el negro azabache de Romi, las dos bañadas en sudor y con los ojos brillantes de puro vicio.

—Abran bien la boca, putitas —gruñó Alfredo, posicionándose justo enfrente de Romina mientras Luciano se ponía frente a Verónica.

Fue una ráfaga. Luciano empezó a pajearse con bronca, con la mirada fija en los ojos verdes de la colorada, que no dejaba de lamerse los labios esperando el final. Alfredo, con esa verga negra que parecía no terminar nunca, le rozaba la nariz a Romina, que ya estaba entregada totalmente.

—¡Ahí va, carajo! —gritó Luciano.

Los dos estallaron casi al mismo tiempo. Los chorros de leche empezaron a volar por el aire del living, cruzándose en el medio. Luciano bañó a la colorada, cubriéndole los pómulos, la frente y esos mechones rojos que le caían por la cara. Verónica cerró los ojos y sacó la lengua, tratando de atrapar cada gota de ese néctar espeso que le chorreaba por el mentón.

Al lado, Alfredo descargó toda la artillería sobre Romina. Eran chorros potentes, calientes, que le taparon la boca y le bañaron los pechos, bajando en hilos blancos por su piel bronceada. Romina se pasaba las manos por la cara, desparramándose la leche de Alfredo como si fuera una crema bendita, mientras se reía con una mezcla de agotamiento y placer.

Se quedaron los cuatro ahí, en silencio, escuchando solamente el goteo de los fluidos contra el cuero del sillón y el piso. Las dos minas se miraron, todas enchastradas, y se dieron un último beso pegajoso, saboreando el final de esa noche salvaje.

El sol de las ocho de la mañana ya se colaba por las rendijas de las persianas, iluminando el humo del cigarrillo y el enchastre que había quedado en el living. Los cuatro, todavía con los cuerpos calientes, se metieron en la ducha. El agua caliente les resbalaba por la piel, mezclando el jabón con los restos de leche y sudor que se iban por el desagüe mientras se daban los últimos besos y caricias rápidas bajo el chorro.

Una vez secos y vestidos, el cansancio les cayó de golpe. Alfredo, que era el dueño de casa, saludó con un medio abrazo a Luciano y les dio un beso en el cachete a las chicas, que todavía estaban medio zombis.

—Chau, fieras… me voy a dormir mil años —balbuceó Alfredo antes de tirarse en la cama, todavía con el olor de las dos en las sábanas.

Luciano, que siempre fue el más pilas, cargó a Romina y a la colorada en el auto. Las llevó a cada una a su casa; las pibas iban casi dormidas contra el vidrio, con una sonrisa de satisfacción que no les borraba nadie. Cuando Luciano llegó a su departamento, se tiró a dormir con las persianas bajas, desconectado del mundo.

A eso de las seis de la tarde, el celular de Alfredo vibró en la mesa de luz. Se despertó con la boca pastosa y los ojos pegados, pero cuando vio la pantalla, se le dibujó una sonrisa. Era un mensaje de Luciano:

«¡Cómo la reventamos a esas yeguas eh! No me puedo ni mover, qué noche, hermano.»

Alfredo se despabiló un poco, se rascó la barba y, todavía sintiendo el cansancio en los huesos pero con la adrenalina volviendo a subir, le contestó al toque:

«Olvidate, fue una carnicería jajaja. Escuchame, la próxima me toca a mí invitar a unas amiguitas que tengo en vista, vas a ver lo que son.»

La respuesta de Luciano no tardó ni un minuto en llegar:

«Dale, te tomo la palabra. Avisá y activamos de vuelta.»

Alfredo dejó el teléfono a un lado, se estiró y se quedó mirando el techo, ya empezando a cranear quiénes serían las próximas candidatas para la siguiente

FIN

Quiero agradecer la página por dejarme publicar mis historias.

5 sentidos

sentidos IV