Capítulo 1
Sentido del oído
El silencio del departamento se rompió con el clic-clac seco y rítmico de sus tacones rojos sobre el parqué. Jesica se miró por última vez al espejo; el vestido negro, corto y ajustado, crujía levemente con cada uno de sus movimientos, un sonido casi imperceptible que solo ella podía sentir en la piel.
Al salir a la calle, el aire denso del verano la envolvió. A lo lejos, el murmullo constante de la ciudad se sentía como un latido. El Uber ya la esperaba con el motor en marcha, un ronroneo bajo y vibrante que parecía anticipar la energía de la noche.
En el lobby del hotel, el silencio era casi clínico, solo interrumpido por el zumbido eléctrico de las luces y el tic-tac de un reloj de pared. Flor, impecable en su uniforme de pollera tubo negra y camisa blanca almidonada, ajustó su corbata negra mientras revisaba unos documentos.
De pronto, un sonido rompió la calma: el golpeteo seco, firme y arrogante de unos tacones sobre el mármol. Clac. Clac. Clac. Flor levantó la mirada y se encontró con la imagen de Jesica. La mujer no solo vestía para matar; también sonaba desafiante mientras masticaba chicle con una cadencia perezosa.
— Hola, buenas noches. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó Flor,
manteniendo su tono profesional, aunque sus oídos se habían agudizado ante la presencia de la extraña.
— En mucho me podés ayudar, hermosa —respondió Jesica. Su voz era ronca, juguetona—. Busco al señor Alejandro.
Flor consultó la pantalla. Recordó la nota del huésped Duarte: “Se permite el acceso de una acompañante a la habitación”.
— Ah, sí. Usted es… —Flor dejó la frase en el aire, esperando un apellido.
— La trola —la interrumpió Jesica sin parpadear.
El silencio que siguió fue denso. Flor parpadeó, descolocada por la crudeza de la palabra.
— ¿Cómo dice? —atinó a preguntar, sintiendo un calor repentino en las orejas.
— Que soy la trola que pidió Ale —repitió Jesica con una sonrisa ladeada—. ¿O acaso no me veo como una?
— Ah… yo… yo preguntaba su nombre para el registro —balbuceó Flor, tratando de recuperar la compostura.
— Perdoná, linda. Soy Jesica —dijo ella, y justo en ese momento cerró los labios para hacer explotar un globo de chicle. El «¡pop!» resonó en el vestíbulo vacío como un disparo de salida—. ¿Y el tuyo?
— Flor —respondió la recepcionista casi en un susurro.
— Lindo nombre… y más lindo quién lo lleva —Jesica se inclinó sobre el mostrador, y Flor pudo escuchar el leve crujido del vestido negro de Jesica al tensarse—. ¿Me llevás? Me pierdo rápido en estos lugares tan… elegantes.
Flor asintió, incapaz de articular palabra, y el único sonido que llenó el pasillo hacia el ascensor fue el ritmo desigual de sus pasos: los zapatos bajos y discretos de Flor contra los tacones rojos de Jesica, marcando el pulso de una noche que acababa de empezar.
El ascensor comenzó su ascenso con un suave movimiento hidráulico. El espacio era tan reducido que Flor podía escuchar la respiración pausada de Jesica y el leve roce de su bolso contra el vestido.
— ¿Hace mucho trabajás acá? —preguntó Jesica. Su voz, ahora sin el ruido del lobby, sonaba más profunda, casi como un ronroneo que rebotaba en las paredes de acero inoxidable.
Flor mantuvo la vista fija en los números digitales que cambiaban con un «bip» rítmico.
— Sí, hace cinco años en este hotel —respondió Flor, intentando que su voz sonara estable—, pero estoy en la industria hotelera hace veinte.
Jesica dejó escapar un silbido bajo, un sonido de aire filtrándose entre sus dientes.
— Veinte años… —repitió Jesica, acercándose un paso más. El sonido de sus tacones al moverse sobre el piso metálico fue un chasquido nítido. — Eso es mucha experiencia atendiendo gente, Flor. Me imagino que ya sabés reconocer el sonido de alguien que sabe exactamente lo que quiere en cuanto entra por la puerta, ¿no?
Jesica se pegó a su espalda. Flor pudo oír el crujido del cuero de la cartera de Jesica y, sobre todo, el sonido del chicle siendo masticado justo detrás de su oreja.
— Veinte años siendo una chica buena, siguiendo las reglas… —susurró Jesica, y su aliento caliente hizo que Flor soltara un suspiro entrecortado que resonó en todo el cubículo. — Esta noche, el único sonido que quiero que sigas es el de mi voz.
El ascensor seguía subiendo. Jesica observó a Flor de arriba abajo, deteniéndose en la firmeza de su rostro.
— Pero si sos una nena… —soltó Jesica con una sonrisa juguetona, mientras estiraba su mano para apretarle los cachetes con un gesto casi maternal pero cargado de intención.
— Tengo cuarenta —respondió Flor, manteniendo la voz firme pese al contacto.
— Bien llevados entonces —replicó Jesica, guiñándole un ojo.
— ¿Y vos? —preguntó Flor, intentando recuperar el hilo de la conversación.
— Treinta y cinco añitos.
— No me refería a la edad… me refiero a su profesión —aclaró Flor, bajando el tono de voz mientras las puertas del ascensor se abrían.
Jesica salió al pasillo, y el sonido de sus tacones rojos sobre la alfombra era lo único que se escuchaba. — Ah… desde chica trabajo de puta —dijo con una naturalidad que dejó a Flor sin aliento—. También atiendo mujeres, Flor… por si te interesa probar algo distinto a los formularios del hotel.
. Llegaron a la puerta de la 69. Flor dio dos golpes secos sobre la madera. La puerta se abrió y apareció Alejandro: 45 años, impecablemente rasurado, con el cabello blanco contrastando con una bata de seda negra.
— Vaya, al fin llegaste —dijo Alejandro. Su voz era profunda y mandona.
— Lo bueno se hace esperar, bombón —respondió Jesica con un ronroneo, entrando en la habitación como si fuera la dueña del lugar.
— Bien, pasa —asintió él.
Flor hizo un ademán de retirarse: — Perfecto, los dejo. Que lo pasen bien.
— Espere, Flor —la detuvo Alejandro, su voz resonando en el umbral—. Tráiganos una botella de champagne, por favor.
— Sí, por supuesto —asintió Flor, sintiendo una extraña mezcla de alivio y curiosidad mientras se alejaba escuchando cómo la puerta se cerraba con un clic definitivo.
La Habitación: La Función Comienza
Adentro, el ambiente cambió. Alejandro se cruzó de brazos, observándola con intensidad. — A ver… quiero saber por qué pagué —dijo, dando un paso hacia ella.
Jesica lo detuvo poniendo sus manos en el pecho de él, sintiendo el latido de su corazón bajo la seda de la bata. — Ahora vas a ver por lo que pagaste, pero sentadito ahí —le ordenó con autoridad. Lo guió hasta la punta de la cama y lo hizo sentar.
Con un movimiento elegante, Jesica se sacó el chicle y lo lanzó al cesto; el sonido metálico del impacto marcó el inicio del show. Se puso de espaldas a él, moviendo sus caderas de forma hipnótica. Sus manos buscaron el cierre del vestido negro. El sonido del deslizamiento de la cremallera bajando lentamente fue lo único que rompió el silencio de la suite.
El vestido cayó al suelo con un leve siseo. Jesica se quitó los tacones y se giró lentamente, quedando solo en una pequeña tanga turquesa. Alejandro soltó un suspiro pesado, casi un gruñido, al ver la perfección de sus pechos.
— Upa… se ve que son de calidad —logró decir él, con la voz algo ronca.
Jesica soltó una carcajada vibrante, se acercó a él y se sentó en su regazo, haciendo que la cama crujiera suavemente bajo su peso combinado. Inclinó su cuerpo hacia adelante, ofreciéndole su pecho. El sonido de la respiración agitada de Alejandro fue el preludio justo antes de que él la tomara para empezar a succionar con deseo.
Flor llegó a la zona de servicio con el corazón todavía acelerado. El ambiente allí era una mezcla de tintineo de cubiertos y el vapor de la cocina.
— Faustino, ¿podés llevar este champagne a la 69? —preguntó Flor, tratando de que su voz no delatara su inquietud.
— Imposible, Flor —le contestó el camarero sin frenar su paso—. Tengo que entregar este pedido en la 38 ahora mismo —el sonido del metal de la campana cubriendo el plato de comida resonó con un «clanc» seco.
— Está bien… lo llevo yo —suspiró ella, tomando la cubeta de plata. El tintineo del hielo contra el metal y el roce de la botella fría contra sus palmas fueron los únicos compañeros de Flor en el trayecto de vuelta.
Mientras tanto, del otro lado de la puerta de madera noble, el ambiente era radicalmente distinto. El silencio elegante de la suite había sido reemplazado por una cadencia de sonidos húmedos y rítmicos.
Alejandro, con las manos enterradas en la firmeza del trasero de Jesica, succionaba sus pechos con una desesperación casi violenta. El sonido era constante, un «muaaack… muaaaack… muaaaack» ruidoso y húmedo que llenaba el espacio entre los dos. Sus dedos jugaban con el elástico de la tanga turquesa, haciéndolo chasquear suavemente contra la piel de Jesica: un «fap» rítmico que marcaba el compás de sus caricias.
— Qué rico, mi amor… qué delicia —gruñó Alejandro, con una voz que salía desde lo más profundo de su garganta, ronca y cargada de testosterona.
Jesica echó la cabeza hacia atrás, dejando que su melena oscura rozara los hombros de la bata de seda de él. Su respuesta no fue solo una palabra, fue un gemido largo y agudo que terminó en un susurro entrecortado:
— Aaaaahh… ¿te gusta, bebé? —le dijo al oído, mientras el sonido de su propia respiración se mezclaba con los chasquidos de los besos de Alejandro en su piel.
Jesica no le daba respiro. Mientras sus lenguas se entrelazaban en un beso profundo y húmedo, ella comenzó a explorar su oreja con la punta de la lengua, trazando cada relieve con un sonido de succión suave. Se soltó de él con un susurro travieso y se puso de pie, dejando que su tanga turquesa cayera al suelo con un leve roce sobre la alfombra.
— Bueno… ahora vamos a ver qué tenés vos —dijo ella, con una voz cargada de una seguridad felina.
Alejandro, dejándose llevar, se recostó en la cama. El crujido de las sábanas de satén bajo su peso precedió al sonido de la seda de su bata al desatarse. Al abrirse la prenda, su miembro erecto quedó expuesto, palpitante.
— Mmmm… a ver —murmuró Jesica.
Se arrodilló entre sus piernas. Primero, el sonido fue el de su mano cerrándose alrededor de él: un deslizamiento rítmico de piel contra piel. Luego, sin preámbulos, lo tomó en su boca. El silencio de la habitación fue reemplazado por un eco ruidoso y profundo: «glup, glup, glup…», el sonido de la garganta de Jesica trabajando con fuerza, rítmica y constante.
— Aaaaah… sí, putita… qué bien que lo hacés —gruñó Alejandro. Su voz era ahora un rugido ahogado, una mezcla de dolor y placer que vibraba en el aire.
Del otro lado de la puerta, Flor llegó con la cubeta de plata. Estaba a punto de levantar el nudillo para golpear, pero se quedó petrificada.
A través de la madera fina de la suite, los sonidos eran devastadores para su compostura:
- El chasquido de la saliva y la succión constante de Jesica.
- Los gemidos roncos de Alejandro, que golpeaban la puerta desde el interior.
- El sonido de los cuerpos moviéndose pesadamente sobre el colchón.
Flor cerró los ojos, apretando el asa de la cubeta. El tintineo del hielo al chocar contra la botella de champagne parecía un sonido ridículo y pequeño comparado con la tempestad de placer que escuchaba del otro lado. Podía distinguir perfectamente el momento en que Alejandro perdía el control de su respiración, convirtiéndola en un jadeo animal.
Estaba atrapada. No podía irse sin entregar el pedido, pero entrar significaba romper esa sinfonía de gemidos que, extrañamente, hacían que su propio uniforme empezara a sentirse demasiado ajustado
Del lado del pasillo, el mundo de Flor se había reducido a lo que sus oídos podían captar. La bandeja de plata vibraba levemente en sus manos, produciendo un tintineo metálico que delataba el temblor de sus dedos. Estaba paralizada. Los gemidos de Alejandro, antes roncos, ahora eran constantes, una nota sostenida de placer que atravesaba la puerta con una vibración que Flor sentía en la boca del estómago.
Ella pegó un poco más la oreja a la madera, atrapada por la morbosidad del momento. Podía escuchar el «ggllluuuu gllluuuup» rítmico, un sonido denso y húmedo que no dejaba lugar a la imaginación. Era el sonido de la entrega total de Jesica, una profesional que sabía exactamente cómo usar su boca para anular la voluntad de un hombre.
Dentro de la habitación, Jesica decidió elevar la apuesta. Se retiró apenas unos centímetros, rompiendo el vacío de la succión con un chasquido de labios que resonó en el silencio de la habitación. Alejandro soltó un quejido de protesta, un llanto de placer contenido.
— Esperá… todavía hay más —susurró Jesica.
Se inclinó sobre él de una manera imposible. Alejandro, con los ojos en blanco, sintió algo nuevo: Jesica tomó uno de sus pechos, firme y erecto por la excitación, y comenzó a rozar el pezón contra la cabeza de su miembro. El sonido era casi imperceptible para alguien de afuera, pero para ellos era el roce de la seda contra el fuego.
— Mirá cómo se pone… —le dijo Jesica, y su voz llegó a Flor como un susurro fantasmal.
Afuera, Flor cerró los ojos con fuerza. El contraste entre su vida de «chica buena» de los últimos veinte años y el festín de sonidos carnales que estaba presenciando la estaba quebrando. Escuchaba el roce de la piel, los suspiros calientes y esa succión intermitente que parecía no tener fin.
De pronto, un gemido más fuerte de Alejandro, un «¡Oh, Dios!» que retumbó en toda la suite, hizo que Flor diera un respingo. En su confusión y excitación, el hielo de la cubeta se desplazó con un estruendo cristalino.
Se hizo un silencio repentino dentro de la habitación. Flor contuvo el aliento. El único sonido que quedaba era el de su propio corazón, golpeando sus costados como un tambor frenético.
Afuera, en la penumbra del pasillo, Flor ya no era la recepcionista impecable del turno noche. Con un movimiento torpe y febril, dejó la cubeta de plata sobre una mesa de arrimo. El tintineo del metal contra la madera fue lo último que escuchó de su mundo profesional. El calor le subía por el cuello, asfixiante, como si el aire del pasillo se hubiera vuelto denso.
Sus dedos temblorosos buscaron el nudo de su corbata. El roce de la seda negra al desanudarla sonó como un susurro de liberación. Luego, uno a uno, desabrochó los botones superiores de su camisa blanca; el pequeño chasquido plástico de cada botón al soltarse marcaba el ritmo de su propia excitación. Pegó el oído a la puerta, cerrando los ojos para dejar que el sonido la invadiera por completo.
Uhhhhffff suspiro
Adentro, Jesica había llevado el juego a un nivel superior. Se había inclinado sobre Alejandro, quien yacía hipnotizado, y aprisionaba el miembro erecto de su cliente entre sus generosos pechos.
— Mirá esto, bombón… sentí cómo te abrazan —le susurró Jesica con una voz que era puro aire.
Comenzó el movimiento rítmico, subiendo y bajando, mientras la piel de sus pechos, lubricada por la saliva y el deseo, se deslizaba contra la piel de él. Los sonidos eran una sinfonía carnal que atravesaba la puerta directo a los oídos de Flor:
- «¡Frot, frot, ssshhh…!»: El sonido del roce constante de la piel contra la piel, un deslizamiento húmedo y rítmico.
- «¡Mmmmuaaa… slap!»: Jesica intercalaba besos rápidos y el sonido de sus pechos chocando suavemente contra el abdomen de Alejandro.
- «¡Ggggnnn… ahhh!»: Alejandro emitía gruñidos sordos, ruidos que nacían en el fondo de su garganta, incapaz de articular palabras.
- Flor, del otro lado, sentía que cada onomatopeya de placer era una caricia en su propia piel. Podía escuchar el crujido del colchón a cada embestida de Alejandro y el jadeo entrecortado de Jesica, que ahora se esforzaba más en el movimiento.
- — «¡Chlip, chlip, chlip…!» —el sonido de la «turca» se volvió más intenso, más rápido.
- Flor se llevó una mano a la boca para no gemir ella también. El sonido de su propia respiración agitada se mezclaba con la de ellos. Ya no había vuelta atrás; el muro de la formalidad se había derrumbado ante la evidencia acústica de lo que estaba pasando a solo unos centímetros de distancia.
- Jesica, con un movimiento felino, ayudó a Alejandro a deshacerse por completo de la bata de seda, que cayó al suelo con un «fush» casi inaudible. Ahora, ella estaba al mando. Se posicionó sobre él, sosteniendo su miembro erecto y apuntándolo con precisión hacia su intimidad.
- Al hundirse de un solo golpe, el sonido fue un «¡Sllluppp!» húmedo y profundo que sacó un aire pesado de los pulmones de Alejandro.
- — ¡Aaaaaoooh! Qué mojadita está esa conchita… —gruñó él, con la voz rota.
- — Mmmmm… ¿viste? Aaaaahhh… —respondió Jesica, comenzando a cabalgar en movimientos circulares.
- El sonido de la fricción interna, un «shhlic, shhlic, shhlic» rítmico, se mezclaba con el crujido metálico y rítmico de la cama: «¡Criiic, craaac, criiic!». Jesica, en un trance de placer, se llevó el dedo índice a la boca, succionándolo con un «¡Mmm-uaaap!» mientras sus gemidos subían de tono.
Alejandro estiró las manos y atrapó sus pechos con desesperación. La velocidad aumentó. El sonido ambiente fue reemplazado por el «¡Plaf, plaf, plaf!» incesante de la pelvis de él chocando contra los glúteos de ella.
— ¡Aaaaaajjjja! ¡Aaaahhhahh! ¡Aaaa-papittttooo! —gritaba Jesica, arqueando la espalda, mientras sus pechos rebotaban con fuerza.
— ¡Aaaaahh! ¡Tocate las tetas, puta! ¡Dale, tocatelas! —le ordenó Alejandro con un rugido animal, mientras bajaba sus manos para apretarle la cola con fuerza, enterrando los dedos en su carne con un sonido de presión sorda.
Jesica obedeció, apretando su propio pecho mientras gemía: «¡Ohhh, síi… ahhh, ahhh!».
Del otro lado de la puerta, Flor ya no era una espectadora pasiva. El «plaf, plaf, plaf» que retumbaba desde adentro se había sincronizado con los latidos de su propio corazón. El calor era insoportable. Con la camisa abierta y la corbata colgando, Flor se llevó las manos a su propio pecho, apretándose sobre la encaje del corpiño.
— Mmmhh… —soltó Flor en un susurro, un gemido pequeño que se perdió en el pasillo.
Sentía su propia humedad empapando la tela de su bombacha, un calor líquido que la hacía temblar. El sonido de los jadeos de Jesica y los gritos de Alejandro eran como caricias directas. Flor se pegó a la madera fría de la puerta, buscando un contraste, mientras sus dedos masajeaban sus pezones con desesperación, imitando el ritmo que escuchaba desde la suite.
Afuera, la atmósfera se había vuelto eléctrica. Flor, la mujer de los veinte años de carrera impecable, ya no existía. Con un movimiento brusco, se levantó la pollera tubo negra hasta la cintura. El sonido de la tela sintética rozando sus muslos fue un «fush-fush» frenético. Sus dedos empezaron a frotar su intimidad sobre la seda de la bombacha con una urgencia que nunca antes había sentido.
El calor era una presencia física. Flor cerró los ojos, apretando sus pechos con las manos mientras su respiración se convertía en un silbido entrecortado. Cada gemido que atravesaba la madera de la puerta era como un latigazo de placer.
Adentro, la embestida de Alejandro era implacable. El sonido de los cuerpos chocando se había vuelto más húmedo y pesado.
— ¡Aaaaahahahahaha! ¡Hijo de putaaaaaaa! ¡Qué duraaaaaaaa que la tenés! —gritaba Jesica, con la voz quebrada por el éxtasis.
— ¡Toma! ¡Tomaaaaa, putaaaaaaa! —respondía Alejandro con gruñidos guturales: «¡Grrr-uh! ¡Grrr-uh!».
De pronto, el ritmo cambió. Se escuchó el sonido de los cuerpos separándose con un «¡Sllluppp!» viscoso y el golpe de las rodillas de Jesica contra el colchón al acomodarse.
— Ahora… cogeme como una perra —sentenció ella, con un jadeo profundo.
La Sinfonía del «Plaf-Plaf»
Alejandro la tomó con fuerza de la cadera. El sonido de sus manos golpeando la piel firme de Jesica fue un «¡Tasss!» seco que resonó en toda la suite. Al entrar nuevamente, el estruendo de la carne contra la carne se volvió rítmico y violento: «¡Plaf, plaf, plaf, plaf!». La cama gritaba bajo ellos: «¡Cric-cric-cric!».
Al oír ese ritmo animal, Flor no pudo resistir más. En medio del pasillo desierto, se corrió la bombacha hacia un costado. El contacto de sus dedos directamente sobre su piel mojada produjo un sonido húmedo, un «shlic-shlic» que se sincronizó perfectamente con las embestidas de adentro.
— Ahhh… ahhh… —susurraba Flor, mordiéndose el labio para no gritar, mientras apretaba sus pezones con una mano y se exploraba con la otra, dejando que la música del sexo ajeno guiara su propio orgasmo.
Afuera, la compostura de Flor se había derretido por completo. Ya no le importaba el riesgo; la necesidad era un ruido sordo en sus oídos que lo apagaba todo. Con la pollera levantada y la bombacha a un lado, hundió sus dedos en su propia intimidad, que estaba empapada. El sonido fue un chapoteo rítmico y viscoso: «¡Schlap, schlap, schlap!».
— ¡Aaaaaahhh! ¡Aaaaahahahahaha! —soltó Flor, pero inmediatamente se tapó la boca con el dorso de la mano, ahogando el grito para que no cruzara la puerta. Sus ojos estaban en blanco, y el sonido de su propia respiración agitada contra su palma sonaba como un vendaval: «¡Hhh-fff, hhh-fff!».
Adentro, el frenesí no se detenía. Alejandro seguía embistiendo en cuatro, con un ritmo mecánico y feroz: «¡Plaf, plaf, plaf, plaf!». De pronto, se detuvo con un gruñido, dejando que el silencio —solo roto por sus jadeos— se apoderara de la suite. Jesica, apoyada sobre sus antebrazos, miró por encima del hombro.
Alejandro estiró el brazo hacia la mesa de noche. Se escuchó el «clic» de un cajón abriéndose y el sonido de un envase plástico siendo arrastrado.
— ¿Qué es eso? —preguntó Jesica, con la voz entrecortada y un hilo de sudor recorriéndole la espalda.
— ¿Qué va a ser, nena? Lo que sigue —respondió Alejandro con una voz ruda, mientras se escuchaba el «¡plop!» del envase al destaparse.
— Eso es otro precio, bombón… —advirtió ella, aunque sus ojos brillaban de curiosidad.
— Lo pago. Lo que sea —sentenció él sin dudar.
Jesica soltó una risita vibrante, un sonido travieso que resonó en la habitación. — Bueno… pero despacito, ¿eh?
Se escuchó el sonido del lubricante saliendo del envase: un «¡froush!» seguido del roce de los dedos de Alejandro esparciendo la sustancia. El aroma dulce del gel inundó el aire mientras él comenzaba a masajear suavemente la entrada de Jesica. El sonido de la fricción se volvió extremadamente húmedo, un «¡squirsh, squirsh!» que anunciaba la nueva dirección que tomaría la noche.
Jesica hundió la cara en la almohada, dejando escapar gemidos nuevos, más agudos y expectantes: — ¡Mmmmmm! ¡Aaaah, sí! ¡D-despacio, Ale! ¡Aaaaahhh!
Del otro lado de la puerta, Flor escuchó ese nuevo tono en la voz de Jesica y el sonido de la lubricación. El chapoteo de sus propios dedos dentro de sí misma se volvió más errático. Sabía exactamente lo que estaba por pasar. La curiosidad visual la estaba matando; ya no le alcanzaba con solo oír.
Esta escena marca el clímax de la tensión auditiva, donde las palabras se vuelven órdenes y los sonidos de la habitación 69 se transforman en una fuerza que empuja a Flor a perder cualquier rastro de decoro profesional.
Aquí tienes la versión mejorada, intensificando el ambiente sonoro y las sensaciones:
El Pasillo: La Entrega de Flor
Afuera, la voz de Alejandro retumbó contra la madera de la puerta con una fuerza animal.
— ¡Ahora te voy a romper el orto! —gritó él, su voz cargada de una autoridad brutal que atravesó el pasillo desierto.
Al oírlo, Flor sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. La formalidad de su uniforme terminó de desmoronarse: se liberó por completo de la camisa, dejando sus pechos al aire bajo la luz tenue del pasillo. En un estado de trance, se inclinó hacia adelante, lamiendo sus propios pezones con desesperación mientras sus dedos no dejaban de chapotear en su intimidad empapada. El sonido de su propia succión, un «¡muack, muack!» húmedo, se mezclaba con el eco de los gritos de adentro.
Adentro, Jesica arqueó la espalda, desafiante, con la mirada perdida en las sábanas.
— ¡Dale, papito! ¡Ponemela toda! —exigió ella, con un jadeo que era mitad ruego y mitad orden.
Se escuchó el «¡shlick!» viscoso de Alejandro untando su miembro con el lubricante. El sonido era denso, prometiendo una penetración sin retorno. Cuando apoyó la punta y comenzó a presionar, el aire en la habitación pareció detenerse.
— ¡Aaaaaahh! —soltó Jesica, un grito agudo que Flor escuchó con total nitidez.
— Dejala un ratito así, para que te acostumbres… —murmuró Alejandro, con la respiración pesada cerca de su nuca.
— ¿Para qué? —respondió ella entre dientes, con una risa cargada de adrenalina—. ¡Si me cansé de comerme pijas más grandes que la tuya!
El Estallido Carnal
La provocación fue el detonante. Alejandro no esperó más y se hundió en ella de un solo golpe seco.
— ¡Ah, sí! ¡Tomaaaaaa! —rugidó él mientras el sonido del impacto de sus cuerpos, un «¡PLAF!» violento, sacudía la cama.
— ¡Jjaaaoooouuuuhhhh-aaaa-pa-pa-pa-ouuugggg! —el grito de Jesica fue desgarrador y triunfal a la vez—. ¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
— ¡No era lo que querías! ¡Aaaaaah! —respondió él, moviéndose con una furia renovada.
Pero Jesica no se quedó atrás. Con un rugido de placer, fue ella quien tomó el control del ritmo, moviéndose de adelante hacia atrás con una cadencia salvaje. El sonido de la fricción anal, un «¡squirsh, squirsh, squirsh!» rítmico y profundo, inundó la habitación, mientras los gemidos de ambos se fundían en una sola nota de éxtasis que Flor, del otro lado, sentía como si le estuvieran gritando directamente al oído.
Esta escena marca el clímax absoluto de la experiencia auditiva, donde el sonido de la liberación final une a los tres personajes en una explosión sensorial.
Aquí tienes la versión ampliada y mejorada, enfocada en la potencia del Oído:
Dentro de la habitación, el ritmo se había vuelto frenético. Alejandro, poseído por el instinto, acompañaba cada embestida con golpes secos sobre la piel de Jesica. El sonido de los cachetazos —un «¡Tass, tass, tass!» rítmico— se mezclaba con el incesante «¡Plaf, plaf, plaf!» del choque de sus cuerpos.
— ¡Aaaaaoaoaoaoaohhhaaaaaa! —rugía Alejandro, con una voz que ya no era humana, sino un eco gutural de puro placer.
Jesica, con la cara hundida en las sábanas que crujían violentamente, respondía con una risa histérica y cargada de goce: — ¡Aaaahaahahah! ¡Aahahahhaahahh! ¡D-dale, no pares, hijo de puta!
Del otro lado de la puerta, Flor ya no podía sostenerse en pie. Apoyada contra la madera, con la pollera por la cintura y sus dedos trabajando a una velocidad suicida, escuchaba cómo el ritmo de ellos llegaba a su punto crítico. El sonido de su propia excitación, un chapoteo frenético, se volvió ensordecedor en sus oídos.
De pronto, el cuerpo de Flor se tensó como una cuerda de violín. Un gemido largo y mudo escapó de su garganta mientras sentía el espasmo final. El sonido del líquido liberándose, un «¡Sshhh-fluash!» casi imperceptible en el pasillo pero devastador para ella, marcó su propio final. Se quedó jadeando, con la frente pegada a la puerta, escuchando cómo adentro la tormenta también llegaba a su fin.
Aaaaaaaaaaaahha hhhhhhaaaaaaahhhhhh grito flor que por suerte dentro de la habitación y la demás no la oyeron
— ¡Aaaaah, voy a acabar! ¡Voy a acabar ya! —gritó Alejandro, cuya respiración sonaba como un fuelle roto.
— ¿Dónde querés acabar, papito? —le preguntó Jesica con un susurro ronco, desprendiéndose de él con un sonido de succión viscosa: «¡Sllluppp!».
— En tus tetas… —logró articular él.
Jesica se puso de rodillas frente a él con una agilidad felina. El sonido de la seda de la cama al frotarse contra su piel precedió al de sus propias manos masajeando sus pechos, preparándolos. Alejandro, ahora masturbándose con urgencia, emitía jadeos cortos: «¡Hhh, hhh, hhh!».
Finalmente, el silencio de la habitación se rompió con el sonido de la liberación: un «¡Tchick, tchick, tchick!» rítmico. Jesica echó la cabeza hacia atrás, soltando una carcajada suave mientras sentía el calor de los chorros cubriéndole la piel y empapándole incluso los mechones de su cabello oscuro
Afuera, Flor escuchó el último suspiro de Alejandro y el silencio pesado que siguió. Solo quedaba el zumbido del aire acondicionado y el latido de su propio corazón, que todavía resonaba en sus oídos como un tambor lejano.
Este cierre es perfecto para redondear el relato del Oído, dejando que los sonidos finales de la noche marquen la transición hacia la soledad y la complicidad.
Aquí tienes la versión mejorada del final:
Flor se tomó un momento para recuperar el aliento. El silencio del pasillo ahora se sentía pesado, cargado de la energía que acababa de presenciar. Con las manos todavía temblando un poco, se abrochó los botones de la camisa, se ajustó la pollera y se anudó la corbata con una precisión mecánica. El «clic» del hielo en la cubeta al levantarla fue la señal de que la Flor profesional estaba de vuelta.
Dio dos golpes secos en la puerta. Toc, toc.
La puerta se abrió y Alejandro apareció, todavía envuelto en su bata de seda negra, con el cabello algo revuelto. — Uh, cómo tardaste, nena, eh —dijo él. Su voz sonaba relajada, con ese tono post-coital profundo. Tomó la cubeta y el metal sonó al chocar con sus anillos—. Gracias.
Flor no dijo nada, solo asintió con una leve sonrisa profesional y se retiró. El sonido de la puerta cerrándose tras ella fue como el final de una película.
Minutos después, el silencio del lobby se vio interrumpido por el taconeo rítmico que ya conocía tan bien. Clac, clac, clac. Jesica caminaba hacia la salida, luciendo impecable, con los labios rojos retocados y esa actitud de dueña del mundo. Al pasar frente al mostrador, se detuvo y dejó una tarjeta sobre el mármol. El golpe suave de la cartulina contra el frío del mostrador fue lo único que se oyó.
— ¿Y esto? —preguntó Flor, mirando el nombre impreso.
— Por si querés llamarme… es mi tarjeta personal —respondió Jesica con un guiño—. Atiendo a mujeres, ¿te acordás?
Flor sintió un cosquilleo en el estómago al recordar los sonidos que había escuchado minutos antes. — Gracias —murmuró.
— Ah, y tomá —Jesica sacó unos billetes de su cartera y los deslizó. El crujido del papel moneda (dólares) sobre el mostrador sonó a victoria—. ¿Esto? —preguntó Flor, confundida.
— Por la atención, muñeca. Fuiste una excelente audiencia —le susurró Jesica con una sonrisa cómplice, sabiendo perfectamente que Flor había estado del otro lado.
Jesica le tiró un beso al aire —un «muack» sonoro y juguetón— y salió del hotel. El sonido de la puerta giratoria fue lo último que Flor escuchó antes de quedarse sola con el silencio de la recepción, la tarjeta en la mano y el recuerdo de una noche que sus oídos jamás olvidarían.
FIN