Estábamos los cuatro en el supermercado, era un viernes por la tarde y estábamos haciendo las compras de la semana como siempre.
Yo empujaba el carrito mientras mis tres amigos —Andrés, Mateo y Lucas— caminaban a mi lado, bromeando y riendo. El pasillo de los productos enlatados estaba casi vacío a esa hora de la tarde.
De repente, Andrés se acercó más a mí y dijo en voz: baja
—Oye, Jonathan… ¿y si nos haces un favor? Llevamos rato hablando de lo bien que se te da chupar.
en ese momento solo volteo
Me quedé helado, mirando alrededor. El pasillo estaba desierto, sólo se oía el zumbido de las neveras lejanas.
Mateo sonrió con picardía y se puso al otro lado:
—Vamos, solo un ratito. Nadie nos va a ver. Te prometemos que será rápido.
solo una chupadita y ya
Lucas, el más directo, ya se estaba tocando discretamente por encima del pantalón.
—Te estamos pidiendo hace rato. Sabemos que te gusta. ¿O vas a dejarnos así, con las ganas?
entonces les dije que les pasa estan locos
Sentí que el corazón me latía fuerte. La idea era loca, peligrosa… pero también me excitaba muchísimo. Miré a los tres, sus miradas llenas de deseo, y terminé asintiendo en silencio.
—Solo si es rápido… —susurré.
dijeron claro que sera rapido
Andrés fue el primero. Se bajó la cremallera ahí mismo, en medio del pasillo, y sacó su verga ya medio dura.
y luego los otros hicieron lo mismo, eran como de 22 o 24 cm de largo cada una.
Me arrodillé rápido entre el carrito y la estantería, ocultándome un poco. La tomé con la mano y me la metí en la boca sin pensarlo dos veces. Empecé a chuparla con ganas, sintiendo cómo se ponía completamente dura contra mi lengua.
—Joder, qué boca tienes… —gruñó Andrés bajito, agarrándome del pelo con suavidad.
Mientras yo chupaba a Andrés, Mateo se puso al lado y sacó la suya. La agarré con la mano libre y empecé a masturbarlo al ritmo de mis lamidas. Lucas no tardó en unirse, rozándome la mejilla con su polla caliente.
—Ahora yo —pidió Mateo, y cambié de verga sin protestar. Me la metí entera hasta la garganta, succionando fuerte mientras sentía cómo Lucas me acariciaba la cabeza.
Los tres gemían bajito, controlando sus voces para no llamar la atención. Yo iba alternando entre las tres vergas: chupando una, lamiendo otra, masturbando la tercera.
El sabor salado de sus precum me llenaba la boca, y sentía mi propia erección presionando contra mis pantalones.
—Qué puta rico chupas… —susurró Lucas mientras yo le hacía una garganta profunda.
Estábamos tan metidos en el momento que casi no escuchamos los pasos lejanos de alguien acercándose.
Andrés me avisó con un toque en el hombro y los tres se guardaron rápido. Yo me levanté como si nada,
con los labios hinchados y la cara roja, mientras fingíamos mirar las latas de atún.
Cuando la señora pasó de largo, los tres me miraron con una sonrisa maliciosa.
—Esto no termina aquí —dijo Andrés—. En el carro seguimos.
Y yo, con la boca todavía saboreándolos, solo pude sonreír y asentir.