Capítulo 2
PARTE 2 – Bajo las Luces del Campo (Continuación)
El túnel estaba casi a oscuras, iluminado solo por la tenue luz que se filtraba desde el campo. El beso que Marco y Iván acababan de compartir seguía ardiendo entre ellos, un fuego que no se apagaba ni con la llegada de algunos compañeros que pasaban conversando sin sospechar nada.
Cuando los pasos se alejaron, Marco tomó aire.
—Tenemos que hablar —murmuró.
Iván asintió. Ambos estaban nerviosos. No por el beso, no por lo que sentían… sino por lo que venía ahora.
—Mi casa está vacía esta tarde —dijo Marco—. Mis padres trabajan hasta tarde.
La forma en que lo dijo… la forma en que lo miró…
Iván lo entendió sin que hicieran falta más palabras.
—Vamos.
En la habitación de Marco
El trayecto fue silencioso, tenso, cargado de anticipación. Cuando cerraron la puerta de la habitación de Marco, el ambiente cambió por completo. La habitación olía a su colonia, a ropa limpia mezclada con sudor de deportista. Una cama amplia, pósters de futbolistas en las paredes, una ventana entreabierta dejando entrar aire fresco.
Marco cerró la puerta con seguro.
Iván sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Te deseo desde la primera semana que llegaste —admitió Iván, apoyándose contra la pared.
Marco se le acercó despacio.
—Yo no sabía lo que me pasaba… —susurró Marco—. Pero ahora sí lo sé. Y no quiero frenarlo.
Se besaron.
No como en el vestuario, no con timidez.
Con hambre.
Marco lo tomó del cuello, tirándolo hacia él con una urgencia que hizo que Iván gimiera contra su boca. Las manos de Iván se deslizaron por debajo de la camiseta de Marco, directo a la piel caliente de su abdomen. Marco arqueó la espalda, respirando entrecortadamente.
—Quítamela —dijo con voz ronca.
Iván lo hizo.
La camiseta cayó al suelo.
Iván besó su pecho, bajando lentamente, dejando marcas. Marco tembló bajo sus labios.
—Así… —susurró Marco—. Joder, Iván…
Cuando Iván llegó al borde del pantalón, Marco metió los dedos en su cabello.
—Quiero quitarte la ropa yo también —dijo, con un hilo de voz.
Iván se levantó y dejó que Marco lo desvistiera: primero la camiseta, luego el pantalón, después el resto, hasta que ambos estuvieron desnudos, respirando fuerte, mirándose como si fuera la primera vez que veían un cuerpo así.
Marco pasó la palma de la mano por el pecho de Iván, despacio, recorriéndolo como quien toca algo sagrado.
—No sabes lo guapo que eres —susurró.
Iván sintió calor en la cara, pero no apartó la mirada. Marco lo empujó suavemente hacia la cama y ambos cayeron sobre ella, entre besos que se hacían más profundos, más intensos, más urgentes.
Las manos de Marco recorrían el cuerpo de Iván como si lo aprendieran de memoria. Las de Iván hacían lo mismo, delineando cada músculo, cada curva, cada borde de la cadera de Marco.
Fue Marco quien se movió primero, colocándose encima de Iván, alineando sus cuerpos. Cuando se rozaron, ambos soltaron un gemido involuntario.
—Quiero sentirte —dijo Marco.
—Yo también.
Lo que siguió fue lento al principio, lleno de caricias, susurros, exploración. Pero pronto la calma se convirtió en algo más fuerte. Iván tomó el control, sujetando la cadera de Marco con firmeza mientras se movían juntos. Marco gemía contra su oído, mordiendo su cuello, arqueándose.
La cama crujía suavemente bajo ellos.
El calor, el sudor, los jadeos llenaban la habitación.
—Iván… —jadeó Marco, entrecortado— sigue… no pares…
Iván aumentó el ritmo. Marco enterró los dedos en su espalda. Ambos estaban perdidos el uno en el otro, moviéndose con una sincronía que parecía imposible para una primera vez así.
Cuando el clímax llegó, fue intenso, arrollador. Marco soltó un gemido fuerte contra su boca mientras Iván lo abrazaba con fuerza, sintiendo cómo ambos temblaban al mismo tiempo, derrumbándose juntos en una ola de placer.
Después, agotados, se quedaron tendidos, entrelazados, respirando como si hubieran corrido un maratón.
Marco apoyó la cabeza en el pecho de Iván.
—Ha sido increíble —susurró.
Iván acarició su espalda.
—Ha sido perfecto.
La tormenta
Los días siguientes, todo parecía más brillante. Entrenaban juntos, se buscaban con miradas que solo ellos entendían, se rozaban las manos en pasillos vacíos.
Pero la felicidad duró poco.
Una tarde, mientras se cambiaban después del entrenamiento, Iván notó algo raro: miradas, murmullos, risas cómplices.
Cuando Marco entró al vestuario, uno de los compañeros —Álvaro, defensa del equipo— lo miró con una sonrisa torcida.
—¿Qué pasa, Marco? —soltó—. ¿Ya no duermes solo?
Hubo risas.
Iván sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Marco, serio.
Álvaro sacó su móvil, lo agitó y dijo:
—Digamos que el cuarto de material ya no es tan privado como pensabas.
A Iván se le heló la sangre.
¿Una foto? ¿Un vídeo?
¿Alguien los había oído?
Marco dio un paso adelante.
—Enséñalo —exigió.
—No —dijo Álvaro, sonriendo—. Pero todo el equipo lo sabe.
Las risas volvieron.
Pero no eran de broma.
Eran crueles.
Iván sintió cómo el aire se le hacía pesado. La cabeza le daba vueltas. Marco lo miró de reojo, con una mezcla de miedo y furia.
El entrenador entró en ese momento.
—¿Qué pasa aquí? ¡A cambiarse y a casa!
El silencio regresó, pero la tensión quedó flotando en el aire.
La pelea
Cuando todos salieron, Marco se quedó sentado en el banco, con la cabeza entre las manos.
—Perdón —dijo Iván.
Marco levantó la cabeza bruscamente.
—¿Por qué te disculpas?
—Todo esto… yo… si no te hubiera besado… si no…
Marco se levantó y lo agarró del rostro con fuerza.
—No.
Nadie se arrepiente de algo que le hace bien.
Y lo que tenemos me hace bien, ¿entiendes?
Iván tragó saliva.
—Pero el equipo…
—El equipo puede irse a la mierda —soltó Marco—. Yo estoy contigo.
Iván sonrió apenas. Marco se acercó y lo besó, breve pero lleno de convicción.
—No vamos a esconder nada más —dijo Marco.
—¿Estás seguro?
Marco respiró hondo.
—Sí. Quiero que el mundo sepa quién soy. Y quiero que sepan que estoy contigo.
La salida del armario
A la mañana siguiente, Marco subió una publicación en redes sociales:
“No sé qué futuro tendré en el fútbol, pero sé quién soy.
Sé a quién quiero.
Y no pienso vivir con miedo.”
—Acompañado de una foto suya e Iván tomándose de la mano.
Iván sintió el corazón en la garganta cuando lo vio.
Los comentarios explotaron.
Apoyo.
Insultos.
Mensajes privados.
Rumores.
El entrenador los llamó a su despacho.
—Chicos… esto no es fácil —dijo con gesto preocupado—. Va a haber críticas. Gente del club preguntando. Padres molestos. Pero…
Los miró a los ojos.
—Sois mis jugadores. Os voy a apoyar.
Iván sintió lágrimas amenazando con salir. Marco le tomó la mano discretamente.
—Gracias, míster —dijo Marco.
—Pero… —añadió el entrenador—. Tened cuidado. Queda mucho por pelear.
La fortaleza
Esa tarde entrenaron como nunca. El resto del equipo murmuraba, algunos evitaban mirarlos, otros parecían incomodados. Álvaro ni siquiera les dirigió la palabra.
Pero Marco e Iván se movían juntos, como si fueran un solo jugador. Pasaban, corrían, creaban jugadas increíbles. Y poco a poco, algunos compañeros empezaron a dejar de juzgar y a simplemente… admirarlos.
Al final del entrenamiento, el capitán se acercó.
—Chicos… —dijo, rascándose la nuca—. Yo… no tengo ni idea de cómo funciona todo esto. Pero jugáis como demonios. Y si sois felices, pues… mejor.
Iván sonrió.
Marco también.
—Gracias —dijeron al unísono.
Esa noche
Volvieron a casa caminando juntos. Marco lo tomó de la mano sin miedo. Y por primera vez, Iván no miró alrededor para ver si alguien los observaba.
Cuando llegaron a la casa de Iván, Marco se acercó más, apoyando su frente en la suya.
—Estoy orgulloso de nosotros —dijo.
—Yo también.
Marco lo besó.
Un beso profundo, lento, lleno de amor.
Un beso que prometía futuro.
—Pase lo que pase —susurró Marco—, sigo contigo.
—Y yo contigo —respondió Iván.
Se abrazaron fuerte.
Porque el mundo no siempre sería fácil.
Pero ellos se tenían el uno al otro.
Y eso era suficiente