Capítulo 1
Era una tarde de domingo en Bogotá, de esas en las que el cielo está gris pero no llueve, y el hambre te pega fuerte después de un paseo por el centro. Caminé por la carrera Séptima, oliendo a fritanga, a humo de carbón y a masa recién horneada. Ahí estaba él: el pizzero de calle, un man de unos treinta y pico, moreno, con delantal manchado de salsa y harina, barba de tres días y brazos fuertes de tanto amasar y sacar bandejas del horno portátil. Tenía un carrito improvisado en la esquina de la 19, con un horno de leña pequeño y una mesa donde cortaba las pizzas con una rueda oxidada. Siempre hay fila, pero esa hora estaba tranquilo, solo un par de clientes esperando.
Me acerqué despacio, con shorts vaqueros cortos, camiseta suelta sin brasier (las tetas se marcaban un poco con el viento) y zapatillas. Pedí una pizza personal de pepperoni, pero cuando me la dio, me quedé mirándolo fijo mientras pagaba.
—Qué rico huele todo aquí —le dije, bajito, inclinándome un poco para que viera el escote—. ¿Y tú? ¿También estás rico?
Se rió nervioso, miró alrededor. No había nadie cerca en ese momento.
—¿Qué dices, mami? —preguntó, pero ya se le notaba el cambio en la mirada.
Le sonreí de lado.
—Digo que me gustaría probar algo más mientras trabajas. Nadie se da cuenta.
Se quedó quieto un segundo. Miró la calle: un carro pasó, pero nadie se fijó. El horno seguía encendido, el humo subiendo. Me metí detrás del carrito, donde hay un espacio chiquito entre la mesa y el horno, casi oculto por las lonas que colgaban.
—No jodas… ¿en serio? —susurró, pero ya se estaba acomodando el delantal.
Me arrodillé ahí mismo, en el piso de cemento sucio, con olor a queso quemado y harina. Le bajé el cierre del pantalón de trabajo. La verga salió caliente, ya medio dura, oliendo a sudor del día, a hombre que ha estado de pie desde la mañana. Gruesa, venosa, con la cabeza brillando un poco de sudor. Me la metí en la boca sin preámbulos.
Chupé despacio al principio, lamiendo la cabeza en círculos, saboreando el sabor salado mezclado con el olor del carbón. Él siguió trabajando: sacó una pizza del horno con la pala larga, la puso en la tabla, cortó porciones con la rueda, atendió a un cliente que llegó pidiendo una hawaiana. Todo mientras yo le mamaba la verga con ganas, metiéndomela hasta la garganta, baboseando, haciendo ruiditos húmedos que se perdían en el ruido de la calle.
Gemía bajito, disimulando con tos cuando un cliente hablaba. “Sí, parce, con extra queso…”. Yo aceleraba el ritmo: lengua en las bolas, chupando una por una, volviendo a la verga, apretando con los labios. Le agarré las nalgas por debajo del delantal, apretando la carne firme. Él empujaba suave la cadera, follándome la boca mientras atendía el pedido.
Un cliente más llegó. Él le cobró, le dio cambio, todo con la verga dentro de mi boca. Yo no paré: succioné fuerte cuando el cliente se fue, hasta que sentí que se tensaba.
—No aguanto más… —susurró, agarrándome el pelo.
Se vino fuerte: chorros calientes, espesos, salados, directo a mi garganta. Tragué casi todo, dejé que el resto me goteara por la barbilla y por la camiseta. Me limpié la boca con el dorso de la mano, me puse de pie despacio.
—Gracias por la pizza… y por el extra —le dije, guiñándole un ojo.
Él se subió el cierre temblando, cara roja, sonrisa boba.
—Vuelve cuando quieras, mami. La próxima te doy pizza gratis.
Le di un beso rápido en la mejilla, oliendo todavía a su verga y a pepperoni, y me fui caminando con mi pizza en la mano. La comí sentada en un parque cercano, todavía con el sabor de él en la boca, el tanga mojado y una sonrisa satisfecha.
A veces lo más rico no es la pizza. Es chupársela al pizzero mientras él sigue trabajando como si nada. Y nadie en la calle se entera. Perfecto.