Me llamo Dany. Si me ves por la calle, pensarás que soy una santita inofensiva: mido apenas 1.55, soy blanquita, tengo el cabello castaño larguísimo, unas tetitas pequeñas pero bien firmes que caben en la palma de la mano, y una cinturita de avispa que contrasta con mis caderas anchas y mis nalgas bien redondas. Aunque sé que soy muy bonita, la verdad es que no tengo mucha suerte con los chicos; son aburridos y ninguno sabe cómo complacerme. Por eso, hace unos meses, me entró una tremenda calentura por comprar mi primer dildo. Quería experimentar qué se sentía llenarme por completo. Empecé con uno normal de 20 centímetros que me entraba cómodo, pero mi cuerpo empezó a pedir más vicio. Me aburrí de lo normal y decidí buscar cosas verdaderamente salvajes.
El día que todo cambió fui a una sexshop. Encontrarme allí con una amiga fue súper incómodo al principio, pero la charla se puso jodidamente perversa. Me preguntó qué buscaba con total descaro y soltó la bomba: —¿Alguna vez te has metido un dildo en cada agujero a la vez, Dany? —Sentí un maldito escalofrío y un chorro de flujo mojando mis bragas. Le dije que no, que jamás, y ella se rió con malicia: —No sabes de la tremenda delicia que te estás perdiendo, amiga. Quedas completamente reventada de placer.
Cuando ella se fue, la chica que atendía, que estaba súper excitada escuchándonos, se me acercó. Me juró que lo que decía mi amiga era verdad y me mostró un kit de cuatro plugs anales progresivos de metal, pesados y relucientes, junto con un lubricante anal espeso, casi negro de lo concentrado que era. Me prometió que esa combinación me haría venirme tan duro que me temblarían hasta los dientes. Con el corazón latiéndome en la chocha, se los compré.
Al llegar a casa, estaba ardiendo en deseos. Me desnudé completa frente al espejo, tomé el plug más pequeño, lo atasqué de lubricante y apunté a mi pequeño ano, un agujerito estrecho que jamás había sido tocado en mis 28 años de vida. Cuando empujé la punta, sentí un dolorcito caliente que me hizo arquear la espalda, pero en segundos mis esfínteres cedieron y se tragaron el metal por completo, dejándolo bien apretado. Con esa delicia clavada atrás, me metí un vibrador potente en la vagina. ¡Dios mío! Las vibraciones traspasaban la carne, chocando el metal contra mis paredes internas. Sentía el triple que antes, mi chocha estaba empapada y gimiendo sola en mi habitación.
Me volví loca de codicia. En esa misma tarde, agarré el tercer plug, el más grueso antes del gigante. Ese me costó un demonio. Sentía que el ano se me iba a abrir en dos y me dio miedo tener un accidente, pero me quedé un rato sentada, respirando hondo, dejando que mi culito se estirara a la fuerza hasta que se acomodó. Cuando volví a encender el vibrador en mi vagina, el placer fue una jodida locura salvaje. Me vine en un orgasmo tan violento y chorreante que acabé temblando y empapando las sábanas.
Me volví adicta. Empecé a usar el plug todo el día, hasta para ir a la oficina. Iba caminando por los pasillos sintiendo cómo ese tapón de metal me estiraba el trasero con cada paso. Aprendí a hacerme lavados perfectos para mantener mi culito impecable y no tener accidentes (que al principio me pasaron por ignorante, pero así se aprende).
Para abrirme más, compré un plug anal inflable. La primera vez que me lo metí y empecé a darle a la bomba de aire, vi algo en el espejo que me puso cachonda a más no poder: mi abdomen, que es súper plano, se empezó a deformar, creando un bulto duro hacia fuera. Verme el vientre hinchado por culpa de un juguete metido por el culo era lo más cochino, bizarro y excitante del mundo. Me tocaba la tripa y sentía la silicona inflada adentro de mis entrañas. Me envicié tanto que lo usaba a diario hasta que logré dilatar mi ano unos 4 centímetros de ancho. Gracias a eso, mis otros juguetes entraban chorreando lubricante y directito al fondo sin que me doliera nada.
Pero mi culito ya estaba corrompido y quería más. Quería algo monstruoso. Salí del trabajo, fui a mi sexshop de confianza y le pedí el catálogo de dildos anales gigantes a la misma dependienta. La chica se quedó pálida al ver en lo que me había convertido. Me enseñó unas bestias de silicona que parecían imposibles para una tipa tan bajita como yo, pero mi mente estaba completamente sucia de lujuria. Elegí un monstruo rosa de 50 centímetros de largo. La punta empezaba en 2 centímetros de grosor y se iba ensanchando como un tronco hasta llegar a los 6 centímetros aproximadamente en la base. Una maldita locura para mi trasero.
Llegué a mi departamento chorreando jugos. Me quité la ropa a tirones, eché el cerrojo y me puse en posición. Me metí un vibrador pequeño en mi chocha húmeda para mantenerme al borde del orgasmo, me saqué el plug de entre mis voluptuosas nalgas y apunté al monstruo rosa hacia mi hambriento ano.
Tardé un buen rato en empujarlo, centímetro a centímetro, pero el placer de sentir cómo esa bestia me abría las carnes por dentro fue una sobredosis de lujuria.
Como soy una chica muy delgada, de esas que tienen los abdominales marcados y las costillas resaltadas, el espectáculo era una porquería deliciosamente adictiva: el dildo rosa empezó a avanzar por mis entrañas y se notaba perfectamente el relieve de la silicona moviéndose debajo de mi piel del abdomen. Puse mi mano en la tripa y sentí el bulto duro estirándome las tripas por dentro; me puse tan perra de verme el vientre así que agarré el celular y empecé a grabarme. Necesitaba inmortalizar cómo ese enorme tentáculo rosa me violaba el trasero.
Cuando apenas iba por la mitad, sentí que mi ano estaba estirado al límite físico, ardiendo de placer. Quería grabar cada ángulo cochino para masturbarme después viendo mi propio video, así que decidí ponerme de rodillas sobre él y dejar caer todo mi peso hacia abajo, hundiéndome implacable. ¡Dios santo! Sentí cómo la silicona recorrió todo mi intestino, doblando mis entrañas hasta llegar casi al otro extremo de mi torso. Lo tenía totalmente adentro, sepultado en mi cuerpo. Miré la pantalla del celular y entre mis dos nalgas solo se veía la base del juguete; mi ano se había tragado esa bestia completa, abierto en un diámetro irreal, pero la adrenalina y la calentura me tenían tan anestesiada que el dolor era puro éxtasis psicótico.
Estuve un buen rato rebotando sobre él, acariciándome el vientre deformado y abultado, viendo cómo se movía mi tripa cada vez que el dildo empujaba, mientras me masturbaba la chocha frente a la cámara. Pero cuando llegó el momento de sacarlo, la cosa se puso extrema. Al irse deslizando hacia fuera, sentí un vacío horrible por dentro, como si me vaciaran el cuerpo. Miré la pantalla y vi mi ano totalmente abierto, como un túnel negro y dilatado de par en par, y de repente, se me salió un pedazo de carne hacia fuera: tuve un prolapso. El pánico me congeló la sangre al ver mi culito roto. Con el miedo encima, empujé la carne hacia adentro para acomodarla, pero de la misma fuerza y tensión me vino otro prolapso. Tuve que tirarme boca arriba, cerrar los ojos, respirar hondo y relajar cada maldito músculo de mi cuerpo hasta que, por fin, mi anatomía cedió y todo regresó a su lugar. El corazón me estallaba en el pecho; no podía creer lo que mi culito acababa de sobrevivir, pero me sentí la puta ama del sexo anal.
Lejos de asustarme, eso me volvió una maldita ninfómana del trasero. Empecé a comprar dildos cada vez más enormes y a grabarme haciéndome de todo para excitarme viéndome después. A veces, me metía un plug algo largo de 20 centímetros y salía a hacer las compras vestida solo con un top corto que dejaba mi vientre al aire. Me fascinaba exhibir mi precioso abdomen marcado con ese bulto misterioso asomándose bajo la piel. Me derretía de placer pensar que la gente en el supermercado miraba mi tripa plana sin saber que llevaba un tapón gigante metido por el culo, y deseaba que algún pervertido con buen ojo se diera cuenta de mi secreto.
Un día, me topé en la calle con mi amiga, la que me recomendó los plugs. Con una confianza desbordante y los ojos brillando de lascivia, la metí a la fuerza en un pasillo oscuro de un centro comercial. Me subí el top, le enseñé el bulto en mi vientre y le agarré la mano para obligarla a tocar lo duro que estaba el juguete a través de mi piel. Ella se quedó sin aliento, con los ojos abiertos como platos, sin poder creer la tremenda perra en la que me había convertido por su culpa. El morbo se puso tan alto que me acompañó corriendo a mi departamento; quería ver mi colección de monstruos.
Una vez en mi habitación, las cosas se salieron de control por completo. Ese día no solo le enseñé mis juguetes, sino que juntas estrenamos mi adquisición más cara y violenta: una fuckmachine industrial. Mientras la máquina cobraba vida con un zumbido eléctrico y empujaba uno de mis dildos más exuberantes dentro de mi ano dilatado a toda velocidad, mi amiga se sentó a horcajadas sobre mi cara, restregándome su chocha húmeda por la boca mientras ella misma manejaba el control de velocidad de la máquina. Mi cuerpo experimentó una nueva y destructiva dimensión del placer: la delicia de perder el control absoluto, dejándome perforar el trasero salvajemente por el motor mientras me saboreaba a la mujer que me había metido en este infierno delicioso.
Ahora somos socias en el vicio, y mi celular ya no solo tiene videos míos en solitario, sino de los fines de semana donde mi pequeño cuerpo es el juguete favorito de las dos, dejándome el culo bien abierto y la tripa abultada hasta el amanecer.