Llegué a la discoteca de Chapinero como siempre: tacones altos, vestido negro ajustado que me marca la cintura y deja las piernas al aire, pelo suelto y labios rojos. Era una de esas noches de viernes en las que el lugar está a reventar: luces estroboscópicas, reggaetón mezclado con techno, cuerpos pegados sudando alcohol y feromonas. Mis amigas ya estaban en la barra, coqueteando con tipos que parecían modelos de catálogo, todos con camisas abiertas y sonrisas perfectas. Bailé un rato, tomé unos tragos, pero poco a poco empezó a pasar lo de siempre: las miradas que se desvían, las conversaciones que se cortan cuando me acerco, los comentarios sutiles de “ay, Lorena, hoy estás muy callada”. Me sentí invisible, como un accesorio que nadie pidió. Me harté.
Salí sin despedirme. El aire frío de la noche bogotana me pegó en la cara y me quitó un poco la borrachera. Caminé por la Séptima, taconeando fuerte, hasta llegar al Parque de los Hippies. Ahí estaba la gente de siempre: algunos fumando, otros tocando guitarra, y en una esquina, contra un banco, un hombre mayor, de unos cincuenta y tantos, barba gris enmarañada, ropa rota y sucia, oliendo a calle, a humo viejo y a días sin agua. Estaba sentado con una botella de aguardiente barato en la mano, mirando al vacío. Me detuve frente a él. Me miró de reojo, sorprendido.
—¿Quieres plata? —le pregunté directa.
Se rió con voz ronca, como si no creyera.
—¿Para qué, mija? ¿Pa’ que me metan preso?
—No. Para que me hagas el amor.
Se quedó callado un segundo largo. Me miró de arriba abajo: el vestido corto, las piernas, los tacones. Al final se levantó despacio, tambaleante.
—Está bien. Pero no tengo dónde.
—Vamos a un motel. Yo pago.
Cogimos un taxi en la esquina. Le dije al conductor “a Lourdes, el motel que queda cerca de la 26”. El viejo se sentó atrás conmigo, callado, oliendo fuerte a sudor rancio y a licor. Yo ya estaba mojada solo de la idea: lo prohibido, lo sucio, lo real.
Aquí una pausa. Obvio que da miedo. Obvio que es horrible. No le diría a ninguna mujer que lo haga. Yo tengo un lujo pequeño y es haber podido rodearme de un grupo de amigos no tan amigos de la ley. Ellos saben dónde y cuándo y con quién estoy. Y en una llamada, tengo en menos de media hora a tres tipos tumbando la puerta y sin miedo de matar a nadie. Además que yo misma nunca ando sin alguna defensa y se cómo sostenerla. El punto es. Chicas no intentes en casa. Y chicos, si me conocieras, se que normalmente te diría que no. Pero tú insistencia en mi sería incesante hasta devorarme. Eso me fascina.
Llegamos al motel de siempre, ese con letreros de neón rojo y habitaciones con espejos en el techo. Pedí la suite barata con jacuzzi (aquí ya me conocen).
Entramos. Lo primero: lo metí al baño de burbujas del jacuzzi mientras yo fui a la ducha.
No sé quién fue el genio que merece mil mamadas de vergha que hizo las duchas transparentes. Pero el cargadero si déjalo cubierto vale?? Por Dios te lo suplico únete a mi campaña. Que te vea en la ducha pajiando, no en la taza cagando. Prosigo.
—Quítate todo. Te baño yo.
Se dejó hacer. Le quité la camisa agujereada, los pantalones mugrientos, los calzoncillos amarillentos. Su cuerpo era flaco pero con barriga floja, piel curtida, cicatrices, vello gris por todos lados. Lo metí en el jacuzzi como si fuera un muñeco y lo hice bañarse. Yo mismo le limpie la espalda curtida y el cuello y la cara quemados del sol. Parecía un perro ingenuo en el veterinario por primera vez. Me dio una risa tierna.
enjaboné la espalda, el pecho, la entrepierna. Le lavé el pelo, la barba, hasta que el agua dejó de salir negra. Salió oliendo a jabón barato y a hombre limpio por primera vez en quién sabe cuánto tiempo.
Me quité el vestido, quedé en tanga y sostén. Me senté en la cama.
—Dame lengua primero.
Se arrodilló entre mis piernas. Me abrió despacio, como con miedo. Metió la lengua suave al principio, lamiendo el clítoris en círculos lentos, explorando los labios, chupando con hambre contenida. Gemí bajito. Era torpe pero ansioso. Me lamió el ano cuando le abrí más las nalgas, metiendo la punta de la lengua. Me corrí rápido, apretándole la cabeza con los muslos.
Saqué un condón de la cartera. Se lo puse yo, sintiendo cómo se ponía duro: gruesa, venosa, con la cabeza hinchada. Me puse a cuatro patas en la cama.
—Fóllame.
Me agarró las caderas y me la metió de un empujón. Empezó despacio, luego más fuerte. Cambiamos: me puso boca arriba, con las piernas en sus hombros, penetrándome profundo mientras me miraba a los ojos, como si no pudiera creer que estaba pasando. Después me sentó encima de él, a horcajadas, y reboté despacio, sintiendo cómo me llenaba, cómo rozaba ese punto que me hace temblar. Gemíamos los dos, el colchón chirriando.
Al final se descontroló un poco. Me volteó de nuevo a cuatro patas, me agarró el pelo fuerte, me dio nalgadas que dolían rico, empujones más violentos, gruñendo como animal. No se controló: se vino adentro del condón con un rugido, temblando, llenándolo hasta que se escurrió un poco por mis muslos cuando se salió. Me gustó. Me gustó esa crudeza, esa falta de filtros. Me corrí otra vez solo de sentirlo así, perdido.
Se quedó jadeando un rato. Luego se apartó, se quitó el condón con cuidado y lo tiró.
—Gracias, mija… nunca…
—No digas nada —le corté—. Vístete con lo nuevo.
Saqué la bolsa del Éxito: pantalón jean, camiseta gris, calzoncillos, medias, tenis. Todo limpio. Se vistió despacio, mirándome como si yo fuera un milagro raro.
Le di 200 mil en billetes.
—Toma. Para que comas bien unos días. Y no vuelvas a dormir en la calle si puedes evitarlo.
Lo acompañé a la puerta.
—Cuídate, viejo.
Lo eché como perro a la calle. Cerré la puerta, me quedé sola en la habitación oliendo a sexo, a jabón y a mí. Pedí domicilio: una pizza hawaiana ( el que me critique la piña, que la vea en mi chochito y luego me diga que no quiere comérsela)
grande, papas con cheddar, una cerveza fría y un helado de vainilla. Me llegó todo envuelto. Comí sentada en la cama, viendo una serie en el celular, con la habitación en penumbras y el jacuzzi burbujeando de fondo aunque no lo usé, estaba algo sucio.
Me dormí cómoda, satisfecha, con el cuerpo pesado y la mente en paz. Perra, sí. Pero responsable. Siempre condón. Siempre pago lo que ofrezco. Y a veces, cuando el mundo te rechaza, vas y te buscas tu propio final feliz en el lugar menos esperado.