Fue hace algunos años ya…
Recuerdas: habíamos hablado mucho de nuestra relación de pareja. Admitimos que llevábamos tiempo en una vida sexual apagada e insatisfactoria para ambos y te pregunté si necesitabas algo más. Tú me confesaste que usabas algunas fantasías para disfrutar masturbándote. Te pedí que me hicieras partícipe. Aunque te habías negado, una tarde, después de ver una película pornográfica y haber hecho el amor, aceptaste.
Era una fantasía que te costó compartir conmigo, pero una mañana de intensidad sexual me la confesaste. Me la contaste y, luego, me preguntaste si accedería a realizarla. Estuve de acuerdo, porque me había puesto muy cachondo al imaginarla; tanto, que en la ducha, en medio del baño, vi mi pija erecta y comencé a sobarme hasta que me corrí jadeante. Me bastó imaginar las escenas para pajearme y, entre latigazos de esperma, te pregunté cómo podríamos disfrutar tu fantasía.
Antes, me aclaraste que querías que yo te viera follando con otros hombres, que debía ver cómo lo hacías, sin participar ni estar allí presente en la habitación. Buscamos en Internet y descubrimos un edificio especializado en encuentros eróticos. Era un local sexual preparado al efecto para diferentes juegos y “perversiones” sensuales.
Hicimos una visita y el conserje virtual, después de escuchar nuestra idea, nos aseguró que podía complacernos. El sábado siguiente llegamos y el robot nos acompañó y nos mostró el escenario. Constaba de dos habitaciones gemelas, pegadas una a la otra, separadas por un espejo invisible por un solo lado. Yo ocuparía una, idéntica a donde tú tendrías tu encuentro, desde la cual podría ver sin que desde la otra nadie pudiera verme a mí. Habría una cámara con zoom para poder ver toda la sesión, y yo podría escuchar lo que sucedería. También podría comunicarme contigo mediante un auricular que llevarías. Todo estaba pensado; era un juego libidinoso de alta intensidad.
Así, antes de ocupar la mía, te dejé a la puerta de la tuya. Me besaste, ¿te acuerdas?, comiéndome la boca durante varios minutos, y los dos abrimos nuestros cuartos con la tarjeta electrónica. Me senté en un butacón y me dispuse a la diversión de voyeur.
Los tres chicos estaban desnudos cuando tú entraste. Las luces estaban bajas. Te colocaste aquella máscara de carnaval para resguardar tu identidad. De Venus, sí, me acuerdo.
Tú te desnudaste y ellos, inmóviles de pie, te observaban mientras quedabas desnuda. Me vuelvo a poner caliente al recordarlo: allí, los tres, con sus pollas tiesas, preparados para follar. Guauuu, yo también me voy calentando, pero te voy a contar cómo lo viví yo…
Estás en el centro del cuarto. Los tres comienzan a acariciarte y besarte el cuerpo. Juegan con tus tetas, te pasan los dedos por las areolas y te chupan los pezones. Uno se pone detrás y te acaricia las nalgas. Los otros lamen tus pezones y te magrean las tetas, jugando con ellas. Entonces, mi polla ya está dura.
Fue cuando te dije: vas a ser sumisa y obedecerás mis deseos. Te vi mirar hacia el espejo, pero sin saber a qué punto dirigirte. Asentiste con la cabeza.
El que te acaricia el culo ya tiene la verga completamente tiesa. Te digo que cojas las otras dos pollas y las vayas pajeando. “Agáchate”, pido, “y ve masturbando suavecito; también al otro”. Tú, arrodillada, vas subiendo y bajando alternativamente las tres trancas muy erectas.
“Ahora”, digo, “quiero que las lamas y las chupes. Métetelas en la boca una por una y hazles una mamada”. Obedeces. Puedo oír el ruido de tus lametones y algún jadeo de los hombres. Las tres pollas están cubiertas de la humedad de tu saliva. Me puse tan cachondo que no pude resistir más y me bajé el pantalón. Mi polla estaba erecta y caliente. Me la agarré y noté su dureza.
“Ahora”, te digo, “túmbate y abre los muslos. Sóbate la raja, abre tu selvita de pelos. Invítales a que jueguen contigo y te coman el peluchito”. Lo haces y los tres te rodean. “Acaríciales los cojones, cariño”, te pido. Pareces sopesar los genitales de cada uno. Uno de ellos te acaricia el cabello, el otro manosea y pellizca tus pezones; el tercero se tumba y te abre la concha.
Oigo las respiraciones; escucho tus jadeos. Estás muy caliente. Te acaricia el felpudo espeso y rizado, separa los labios y aparece tu raja completamente cubierta de un flujo viscoso. Juega con el fluido entre sus dedos y lo pone en tu clítoris. Comienza a masturbarlo y tú gimes.
Yo me acaricio el capullo, dando vueltas a su cabeza encarnada por el toqueteo: su boquita está cubierta de una película de flujo semitransparente que no deja de babear.
“Ponte como un caballito. Cómete las dos pollas, cariño”, pido. Ellos se ponen de cara a ti y tú introduces en tu boca las trancas, una tras otra, y las vas mamando. El tercero, por detrás, te abre las nalgas, te acaricia el ojito del culo. Te agitas incómoda; el muchacho lo saca y lo introduce en tu coño; luego mete otro más y hasta un tercero, hasta adentro, y te va follando con ellos. Se puede escuchar el sonido de tu respiración acelerada, tus gemidos… Tus jadeos se hacen más fuertes.
Continúas chupando los tiesos falos a los otros dos, alternativamente. “Vas a dejar que te folle el culo. Quiero verlo… ¿Te gustaría tener esa verga en tu recto?”, pregunto. Asientes con la cabeza. “Pídeselo, que te dé por el culo”. El hombre obedece: extrae los dedos y se pajea un momento antes de abrirte el ojete; te la mete despacio. La tranca se hunde en tu ano y el vientre de él queda pegado a tu culo. Emites un sonido suave mientras la polla va jodiendo tu orificio que ya se ve distendido. Mientras lo hace, te acaricia los cachetes.
“Mastúrbate”, pido. “Quiero que los dos nos corramos a la vez”. Veo cómo te frotas el higo. Estoy a punto de irme y te pido: “Ahora, quiero que hagas que se corran también ellos”.
Coges el pollón de uno y, mientras lo mamas, pajeas al otro. Se escucha jadear al chico hasta que se corre dentro de tu boca. Simula los movimientos de follarte la boca. “Trágate los jugos”, pido. Tú obedeces.
“Me voy”, te digo, “me estoy corriendo, cariño”. Mis pelotas expulsan chorros de leche viscosa y caliente que cae entre mis dedos. Por la forma en que te pajeas el chocho está claro que tú has llegado al orgasmo, con la polla del chico vertiéndose en tu boca.
Te sacas la verga del primero y el segundo ocupa su lugar. Se la agarras y comienzas a comértela también. El de detrás sigue follándote. Su polla sale y entra vigorosamente en tu ojete. Tú gimes y te quejas ligeramente ante los empujones. Se oyen los chupeteos y el sonido de la polla que entra y sale por tu culo. Te sacas y agarras la pija y la masturbas.
El hombre se dobla ligeramente, se agarra a tu cabeza y descarga los chorretones de leche sobre tus tetas. “Chúpasela, traga el esperma”, te pido. Con movimientos rítmicos el hombre te folla la boca. Yo me vuelvo a masturbar violentamente hasta que otra vez me vengo entre los dedos. Con espasmos sale mi leche, se desliza y resbala al suelo, hasta vaciarme por completo.
De repente, el tercero se curva sobre tu espalda cuando se corre y eyacula en tu recto. Gime y jadea con la polla clavada dentro de ti. Permanece así unos segundos y, finalmente, poco a poco saca su verga todavía enhiesta.
“¿Quieres terminar limpiándole la leche con la lengua, cariño?”. Tú, mirando al vacío indeterminado del espejo, asientes. Te das la vuelta, le coges la polla y la lames, la chupas con fruición; te la metes toda dentro. Inesperadamente, él tiene un segundo orgasmo y la mete y saca de tu boca follándola hasta saciarse.
Acabada la sesión, ellos marchan de la habitación. Entonces yo entré, ¿te acuerdas, cariño? Tú estabas limpiándote el ojete y los chorretes de semen que caían por tus muslos. Te tumbaste y…
Estaba tan caliente que te dije que me comieras los dos agujeros. Sí, sí… y te hice un cunnilingus hasta que, mientras llegabas al orgasmo, me apretabas la cabeza entre los muslos con un aullido tremendo por tu parte. Cuando tu coño dejó de palpitar, nos besamos y nos sonreímos pícaramente.
Desde entonces nuestra vida sexual ya nunca ha vuelto al aburrimiento.