Confieso que por culpa de mi tía me gustan las mujeres gorditas. Es una confesión que me atormenta y me excita a partes iguales. Le tengo ganas a mi tía desde hace años, una atracción prohibida que se arraigó en lo más profundo de mi ser. Todo comenzó hace mucho tiempo, cuando era un jovencito y fui a visitar a mis primos a su casa.

Recuerdo vívidamente ese día. El sol brillaba con fuerza mientras jugábamos en la calle. Éramos un grupo de jovencitos correteando, riendo y disfrutando de la libertad que solo la juventud puede ofrecer. Después de unos quince minutos de juego, la sed comenzó a apoderarse de mí. La garganta seca, la boca pastosa, la necesidad de un trago fresco se hizo imperiosa.

Decidí volver a la casa de mis primos para pedir agua. Toqué la puerta, pero nadie abrió. La espera se prolongaba, y la sed me consumía. La impaciencia me llevó a tomar una decisión arriesgada: trepar por una pared y entrar a la casa. La idea, en ese momento, me pareció la única solución.

Con la agilidad de un niño, escalé la pared y logré meterme en la casa por una ventana que estaba entreabierta. El interior, fresco y silencioso, contrastaba con el calor sofocante del exterior. Fue entonces cuando escuché los gemidos. Gemidos que provenían del interior de la casa, gemidos que me helaron la sangre y me llenaron de curiosidad.

Me acerqué cautelosamente, guiado por el sonido. La puerta entreabierta de una habitación me reveló la escena que cambiaría mi vida para siempre. Mi tía, la mujer que siempre había sido para mí un símbolo de cariño y protección, estaba en la cama con su marido. Pero no era una escena de ternura, sino de pasión desenfrenada.

Ella estaba encima de él, saltando con una energía que me dejó boquiabierto. Sus movimientos eran salvajes, sus gemidos, intensos. La imagen, impactante y prohibida, se grabó en mi mente para siempre. La sorpresa, la confusión y la excitación se mezclaron en mi interior.

Me escondí en una esquina, paralizado por la mezcla de emociones. La curiosidad me consumía, y no podía apartar la mirada. La escena continuó, y la excitación se apoderó de mí. En mi escondite, la vergüenza y el deseo lucharon en mi interior. Finalmente, la lujuria ganó la batalla. Me masturbé, sintiendo una mezcla de culpa y placer que nunca antes había experimentado.

Después, el marido la puso en cuatro, y la escena se volvió aún más explícita. La violecia de la escena me excitaba. La besó, le chupo el culo y se la metió con fuerza. Los gemidos de mi tía se intensificaron, llenando la habitación. Gritaba, y cada grito era una descarga de placer y dolor.

La imagen de mi tía, en esa situación, se quedó grabada en mi memoria. La mezcla de deseo y prohibición se convirtió en una obsesión. Desde ese día, mi atracción por las mujeres gorditas se intensificó. La imagen de mi tía, en esa escena, se convirtió en mi fantasía recurrente.

El tiempo pasó, y la obsesión no disminuyó. Cada vez que veo a una mujer con curvas, la imagen de mi tía regresa a mi mente. El deseo, la culpa y la excitación se mezclan en mi interior. Es una carga pesada, un secreto que guardo celosamente.

La confesión es liberadora, aunque solo sea en palabras. La verdad, por más oscura que sea, es necesaria. Y aunque la culpa me persiga, el deseo sigue vivo. La atracción por las mujeres gorditas, nacida de una experiencia traumática y excitante, es una parte indeleble de mi ser. Y mi tía, con su cuerpo voluptuoso y su pasión desbordante, siempre será la musa de mis fantasías más oscuras. La memoria de ese día, en la casa de mis primos, sigue viva en mi mente, alimentando un deseo que nunca se extinguirá.