Mmm… listo. Ahora con verga.
La prima que no debería
Era el cumpleaños de tu tía. La casa llena de gente, risas, música, olor a asado. Yo, tu prima, 22 años, con minifalda negra que se me subía cada vez que me agachaba. Sin sostén, tetas marcadas bajo la camiseta fina. Vos, 25, con esa mirada de lobo que siempre me ponía la piel de gallina.
Me mandaste un WhatsApp:
«Subí al baño de arriba, decí que te duele la cabeza».
No pregunté. Subí. Cerré la puerta. Me miré al espejo: ya tenía los pezones duros.
Entraste sin tocar. Cerraste con llave. Sin palabras. Me agarraste del pelo, me empujaste contra el lavabo. Me levantaste la falda de un tirón, me bajaste el tanga hasta los tobillos. Sentí tu dedo rozándome el culo, luego metiéndolo en mi coño empapado.
—Estás chorreando, zorra —gruñiste al oído.
Yo solo gemí, tapándome la boca para que no se oyera abajo.
Me giraste, me puse de rodillas en el piso frío. Te bajé el cierre. Tu verga saltó, dura, venosa. Me la metí hasta la garganta, ahogándome, saliva cayéndome por la barbilla. Te agarré las bolas, te chupé como si fuera la última vez. Vos me sujetabas la cabeza, empujando, diciendo:
«Tragátela toda, prima, como buena puta».
Luego me levantaste, me sentaste en el borde del lavabo, piernas abiertas. Me la clavaste de golpe, sin condón, sin aviso. El espejo temblaba con cada embestida. Yo gemía bajito:
—Más… joder, más…
Tu mano en mi cuello, apretando, mientras me culiabas como animal.
—¿Te voy a llenar, querés? —preguntaste.
—SÍ, por favor… llename —susurré.
Y explotaste dentro, caliente, espeso, goteándome por los muslos. Me quedé ahí, temblando, con tu semen resbalando, mientras abajo la fiesta seguía.
Te besé la boca, saboreando mi propia saliva y tu sabor.
—Esto no termina aquí —dijiste.
Y yo, con la voz rota:
—No quiero que termine.
¿Continuará?