Capítulo 3
- Historias sucias del barrio I
- Historias sucias del barrio II
- Historias sucias del barrio III
Raquel se despertó a las dos de la tarde con la boca seca y la cabeza espesa. Tardó unos segundos en ubicarse. La persiana estaba a medio bajar y por la rendija entraba una luz clara, de domingo largo. Echó un vistazo al móvil. Un mensaje de Sonia:
“Gracias por todo, amiga. Me he ido temprano. Besos”.
En fin, Raquel estaba segura de que Sonia habría hecho lo mismo por ella. Se quedó un momento quieta, escuchando. Desde la cocina llegaba un olor inconfundible.
Tomate. Chorizo. Algo más graso.
Sonrió.
Se levantó arrastrando los pies, en bragas y camiseta, y fue directa a la cocina. Sobre el fuego aún tibio estaba la cazuela. Macarrones con tomate, con trocitos de chorizo y salchichas, como le gustaban desde pequeña. Cogió una cuchara y empezó a comer directamente de la olla, sin plato, apoyada en la encimera.
—Joder… —murmuró con la boca llena—. Qué hambre.
No lo oyó llegar.
Javier se acercó por detrás sin hacer ruido y, cuando estuvo lo bastante cerca, dio un golpe seco con las manos sobre la encimera.
—¡Eh!
Raquel dio un salto. La cuchara salió volando y fue a estrellarse contra el suelo.
—¡Hostia, papá! —gritó—. ¡Qué susto! Eres gilipollas.
Javier soltó una carcajada limpia, de esas que le salían pocas veces. Se acercó y la rodeó por detrás, abrazándola con fuerza, apoyando la barbilla en su hombro. Le dio un beso rápido en la nuca.
—Estabas muy concentrada.
Raquel se revolvió, se zafó del abrazo y le lanzó un puntapié sin fuerza en la espinilla.
—Vete a tomar por culo.
—Ay —exageró él—. Qué carácter.
Ella lo miró un segundo, seria, y luego rompió a reír.
—Mira el desastre que has hecho —dijo señalándose la camiseta manchada y la encimera salpicada de salsa—. Eres tonto.
—Lo siento, lo siento —dijo Javier levantando las manos—. No volverá a pasar. Como decía el puto rey.
Raquel negó con la cabeza, aún sonriendo, y volvió a la cazuela. Cogió otra cuchara y siguió comiendo.
—Están de puta madre —dijo—. Te han quedado bien.
Javier se apoyó en el marco de la puerta, observándola sin decir nada. La cocina estaba hecha un pequeño desastre, pero la casa olía a comida y a domingo. Durante un rato, todo fue exactamente como tenía que ser.
Tras limpiar la cocina entre los dos, Javier sirvió sendos platos de macarrones y los llevó a la mesa. Raquel se sentó descalza, con una pierna recogida en la silla, y atacó el plato con ganas.
—Están mejor ahora que antes —dijo—. Reposados.
—Eso es porque no tienes paciencia —respondió él, pinchando un trozo de salchicha—. Todo mejora si lo dejas un rato quieto.
—Como tú —sonrió ella—. Por las mañanas eres insoportable.
—Por las mañanas y por las noches, según parece.
Raquel rió con la boca llena.
—¿Tú qué tal? —preguntó—. ¿Has salido o qué?
—Lo normal —dijo Javier—. Bar, partido, casa.
—Vida intensa, ¿eh?
—No todos podemos zorrear hasta las tantas.
—Oye —protestó ella—, que yo me porto bastante bien.
—Eso dices siempre.
Comieron unos segundos en silencio, cómodo. Raquel levantó la vista.
—Por cierto, luego igual viene Asier.
—Bien, pero no hagáis ruido —dijo él sin drama—. Me preparáis la cena…
—Padre del año —ironizó ella.
—Desde luego.
Raquel terminó el plato y empujó la silla hacia atrás.
—Gracias por la comida —dijo—. Me ha salvado la vida.
—Para eso estamos.
Ella se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla antes de levantarse.
—Voy a ducharme —anunció—. Huelo a discoteca todavía.
—Eso no se va ni con lejía.
Raquel le sacó el dedo corazón al pasar por el pasillo. Javier negó con la cabeza, sonriendo, y preparó café, escuchando el ruido del agua empezar a correr en el baño.
Mientras se duchaba, pensó en Sonia. Ya imaginaba que le gustaba, pero ahora lo había confirmado. Hacía años ya había tenido sus cosas con una compañera de clase, pero luego parecía que su orientación se había centrado en los tíos.
Y Asier… Asier era un buen tío en cierta manera… dudó unos instantes. Frunció el ceño mientras se enjabonaba. ¿Se parecía bastante a su padre? No, no podía ser… sería muy cringe.
En fin. Se secó y, tras aplicarse una loción hidratante, se dirigió en albornoz hasta su cuarto, que la verdad es que estaba hecho un desastre.
Fue vistiéndose, alternando con mensajes con Asier y con alguna amiga, y de pronto algo le vino a la cabeza. Miró el suelo entre la ropa tirada. ¿Dónde estaba el pantalón y las bragas de Sonia? Juraría que cuando se había levantado para comer estaban al pie de la cama, hechas un ovillo.
Se encogió de hombros y siguió mandando mensajes.
Cuando salió del dormitorio, con una camiseta de tirantes y en bragas, vio a su padre en el sofá, viendo una carrera de Fórmula 1.
—Eh, viejo, ¿vemos algo hasta que venga Asier?
—Bueno, pero tranqui, os dejaré la casa para vosotros. Yo me bajo al bar, que he quedado con Sabino para tomar unas cañas…
—Oye, viejo, ¿me has puesto ropa para lavar?
Javier la miró unos instantes.
—Ya solo faltaría que te tuviera que poner la ropa a lavar, no te jode… —expresó con voz agria.
—Que no, viejo —rio Raquel dándole una palmada en el hombro—. Es que… bah, sin más. Venga, vemos si quieres esa que dejamos a medias el otro día y la terminamos, ¿vale?
Javier asintió con un gesto.
Cuando llegó Asier, Javier sonrió al ver cómo Raquel se echaba sobre él y le besaba, rodeándole con las piernas la cintura y colgada del cuello.
—Buenas tardes, señor Javier —le ofreció la mano y ambos hicieron el típico ritual de machotes estúpidos de apretarse la mano a ver quién aguantaba más. Como siempre, Javier ganó.
—Muchacho, todavía te falta… —rió entre dientes Javier—. Os dejo en paz, me voy a tomar unas cañas al bar. Portaos bien.
—Claro, papá querido —dijo Raquel con voz de niña buena.
La puerta se cerró con el chasquido seco de la llave en la cerradura, un sonido definitivo que cortó el aire de la casa. El salón quedó en silencio, roto apenas por el zumbido constante de la televisión. De repente pareció más grande, más vacío, como si la ausencia de los otros cuerpos hubiera dejado un hueco físico.
Asier se dejó caer en el sofá y estiró los brazos, ocupando el espacio con una comodidad despreocupada. Raquel se sentó a su lado. El olor de él la envolvió enseguida: tabaco rubio, colonia barata y ese fondo agrio de piel que ya no le sorprendía. Se apoyó contra su hombro, buscando el calor, y durante unos segundos no hicieron nada. Estaban solos. Eso era suficiente.
Liar el porro fue un gesto lento, casi ritual. El primer humo le llenó los pulmones y le borró los contornos a las cosas. La televisión siguió encendida, pero dejó de importar. Los colores se movían sin sentido, mientras algo más denso, más corporal, empezaba a tomar forma entre ellos.
Asier fue el primero en romper la inercia. Su mano encontró el muslo de Raquel, justo por encima de la rodilla, y empezó a subir con lentitud, por encima del tejido del short. Ella no se movió. Apoyó la cabeza en su hombro, los ojos cerrados, atenta al recorrido de sus dedos. Le gustaba esa primera aproximación, la espera. Cuando su mano alcanzó la goma elástica, se detuvo un instante, una duda fingida que la excitó. Luego se coló dentro de una vez.
Raquel soltó una risa baja, enturbiada por el humo. El dedo índice de Asier encontró su camino sin mapas, deslizándose entre el vello y entrando sin preámbulos en su coño, que ya empezaba a humedecerse. Era torpe, directo. Eran ellos.
—Espera —murmuró ella, apartándole la mano—. Así es incómodo.
Se incorporó, se desabrochó el short y se lo quitó junto a las bragas, que se engancharon un segundo en el tobillo antes de caer en un ovillo oscuro sobre la alfombra. Volvió a sentarse, desnuda de cintura para abajo, y se recostó en el sofá, abriendo las piernas. Los pies planos en el suelo, ofreciéndose. Asier lo entendió al instante.
Se arrodilló entre sus piernas y la miró un segundo desde abajo. El pelo le caía sobre la frente y los ojos le brillaban con una codicia puramente instintiva. Luego bajó la cabeza. El primer contacto de su lengua fue una descarga eléctrica. Raquel dejó caer la cabeza contra el respaldo. Asier no era dado a las sutilezas, pero tenía una constancia feroz. Lamía, chupaba, mordisqueaba el clítoris con hambre. Raquel arqueó la espalda, empujando su sexo contra su boca, y entonces notó algo nuevo: uno de sus dedos, húmedo de saliva, trazaba círculos lentos en la entrada de su ano, presionando sin entrar. Una provocación. A ella le encantaba.
Se llevó las manos a la nuca, entrelazando los dedos, abandonándose a la sensación. El olor del porro, el sabor de su piel, la humedad empapándole la barba. Estaba ahí. Dentro del momento. Quizá el cansancio de la noche anterior, la resaca amortiguada por la comida de su padre y el primer porro del día lo habían conspirado todo para volverla especialmente receptiva, el cuerpo convertido en una superficie viva, demasiado sensible.
—Levántate —consiguió decir—. Acércate.
Asier obedeció. Se puso en pie frente a ella, la barbilla brillante, una sonrisa torpe de triunfo. Raquel se inclinó hacia adelante, apoyando el peso en las manos, y le desabrochó los vaqueros. Se los bajó hasta las rodillas. Su polla se alzó, tiesa, curvada, escapando del slip. La tomó con la mano, notó el calor, el latido sordo bajo la piel, y se la llevó a la boca.
Mientras chupaba, mientras su cabeza subía y bajaba en un ritmo lento y profundo, su mirada se perdió en el suelo. Sus zapatos vacíos. Los vaqueros arrugados de Asier en los tobillos. Su short y sus bragas, el ovillo negro sobre la alfombra. Y entonces, sin aviso, la idea la atravesó como un relámpago mudo.
El pantalón y las bragas de Sonia.
Raquel lo supo sin pensarlo. Habían estado allí. Al pie de la cama. Y ahora no estaban.
La idea la atravesó con una violencia muda. Se quedó inmóvil, con la polla de Asier aún en la boca, mientras en su cabeza se superponían imágenes inconexas: la puerta de su cuarto abriéndose, unas manos recogiendo ropa del suelo, el roce de una tela que no debía estar ahí.
No quiso seguir ese hilo. Se dijo que era una tontería. Pero la sensación persistía, densa, incómoda. Recordó la forma en que su padre había mirado a Sonia con ese short. Demasiado tiempo. Demasiado fijo.
El pensamiento no terminó de formularse. No hacía falta. Le bastó para sentir cómo algo frío le subía por la espalda.
—¿Qué pasa? —murmuró Asier—. No pares ahora.
Raquel se apartó, soltándolo. Tenía los labios hinchados, la respiración agitada. No era solo excitación: un pánico frío le recorría las venas.
—Sube al sofá. Quiero que me folles aquí —ordenó, con una voz rasposa que no reconocía como suya.
Él no dudó. La agarró con brusquedad y la colocó sobre sus rodillas, de espaldas. Raquel apoyó las manos en el respaldo y sintió cómo la polla la encontraba y entraba de un tirón. Gimió, mezcla de placer y dolor, de rendición y resistencia. Asier empezó a moverse con un ritmo animal, embrutecido.
Esta vez no funcionaba.
Mientras él embestía, con los ojos cerrados, Raquel estaba en otra parte. En la habitación de su padre. La idea, al principio absurda, se asentó con una insistencia incómoda. No, se dijo. No puede ser. Y aun así, volvía. Tenía que haber sido él. ¿Quién si no? Un recelo oscuro, casi excitante, le giró en el estómago. No era una sospecha. Era una convicción, como un cuchillo mal afilado, incapaz de cortar pero imposible de ignorar.
Asier seguía moviéndose, un peso, un ruido de fondo. Ella lo sentía dentro, pero su cuerpo ya no respondía. La escena se repetía en su cabeza: la ropa de Sonia, la mirada de Javier, la cazuela de macarrones, el abrazo en la cocina. Todo encajaba.
El gemido gutural de Asier anunció su final. Se quedó quieto dentro de ella, temblando, y luego se desplomó sobre su espalda. La besó en la nuca, con un gesto automático, casi distraído.
—Joder, Raquel…
Ella no respondió. Permaneció inmóvil mientras él se retiraba. No había llegado. Ni de lejos. Asier lo notó. Se apartó, contrariado, y la miró, todavía nublado por el sexo.
—¿Tú no has…?
Raquel negó despacio, sin mirarlo. Se giró de lado, encogiendo las rodillas contra el pecho. Se sentía sucia. Y no por Asier.
—No —dijo—. Nada.
—Déjame… —empezó él, alargando la mano.
Raquel se apartó de golpe.
—No. Déjalo.
Asier se quedó con la mano suspendida, desconcertado.
—¿Te he hecho daño?
—No. Es que… —negó con la cabeza—. Se me ha cortado el rollo. De repente.
El silencio se instaló entre ellos, con la televisión como una banda sonora incómoda. Raquel sentía su mirada. No se la devolvió. Tenía una bola dura clavada en la garganta. Tenía que saberlo.
Miró el reloj. Faltaban horas para que su padre volviera del bar.
—Estoy cansada —dijo, con una frialdad definitiva—. He dormido fatal. Mejor te vas ya.
No hubo besos de despedida. Solo un asentimiento incómodo mientras él se vestía. Raquel lo acompañó hasta la puerta y escuchó cómo sus pasos se alejaban por la escalera. Cerró con llave. El silencio de la casa se volvió un agujero negro.
Se quedó un momento de pie en el salón, con la ropa esparcida por el suelo y el olor a sexo flotando en el aire. Luego se puso los vaqueros, se abrochó la camiseta y avanzó por el pasillo como una sonámbula. No hacia su cuarto. Hacia el de su padre.
La habitación de Javier era un santuario de orden masculino: la cama hecha con precisión militar, el armario cerrado, los frascos de colonia alineados. Raquel abrió la mesilla con cuidado. Dentro, lo esperado: las gafas, el cargador del móvil, pañuelos de papel, un paquete de condones a punto de caducar. Nada más.
Cerró el cajón, con una desilusión seca. Se había equivocado. Estaba paranoica. Se apoyó en el borde de la cama y respiró hondo. Debía irse, ducharse, olvidar.
Entonces abrió el segundo cajón.
Allí estaban.
Dobladas con torpeza. El pantalón y las bragas de Sonia. Sobre un libro. Como un relicario. Como un trofeo.