Capítulo 8

Papi…

Esa noche el aire ya olía diferente cuando salimos de casa. No era solo el perfume que te pusiste ni el mío de vainilla y canela. Era algo más: expectativa, nervios, deseo mezclado con un poco de miedo. Tú me miraste mientras me vestía. Ese vestido negro corto, con escote profundo y la espalda al aire, que se pegaba a cada curva como si fuera una segunda piel. Debajo, nada. Solo el tanga de encaje rojo que me compraste la semana pasada.

—Bebé… ¿estás segura? —me preguntaste, con esa voz grave que me eriza la piel.

—Papi… quiero verte disfrutar. Quiero que me veas disfrutar. Y si nos miran… que se mueran de envidia —te respondí, mordiéndome el labio.

Llegamos a la disco cuando ya estaba llena. Luces rojas y moradas, música profunda que te vibraba en el pecho. El olor a sudor, alcohol caro y perfume caro se mezclaba con algo más primitivo: sexo en el aire. La gente bailaba pegada, manos que se perdían bajo faldas, besos que no terminaban en la boca.

Nos sentamos en una mesa apartada. Pedimos dos copas. Tú me mirabas como si ya me estuvieras desnudando. Nos explicaron cómo iba la sala, los diferentes ambientes: el cuarto oscuro, la sala de sado, la piscina, el jacuzzi, los diferentes recovecos. Nos pusieron una pulsera que hacía indicar que éramos nuevos para que las demás parejas fueran algo más delicadas en nuestra primera visita.

Nos llamó mucho la atención una sala que eran paredes con agujeros donde los hombres desde el otro lado ponían sus pollas para ser comidas o folladas y en otra de las paredes unas camillas con chicas que solo mostraban de cintura para abajo, piernas abiertas, disponibles y dispuestas para cualquier situación.

Pasó delante de nosotros una chica de rasgos latinos.

—Hola —nos dijo sin apartarnos la mirada. Cogió con sus dos manos dos pollas a la vez y las empezó a pajear.

Papi ufff qué calor tengo —me dices.

¿Nos vamos?

No —me dices—. Quiero seguir mirándola.

Ella te dice bajito:

—¿Me puedes ayudar?

A la que tú asientes con la cabeza. Ella inclinada un poco hacia tu oreja te pide que le subas el vestido y te pregunta:

—¿Te gusta mirar?

A la que tú asientes con la cabeza mientras te cuesta tragar saliva. Ella rompe con los dientes la funda de un preservativo y se lo coloca a la más grande y gruesa. Daba miedo el aparato del tipo, la verdad. Se inclina y se la mete por detrás. Empieza a follarse esa polla sin cara, mordiéndose los labios. Se acerca a ti y te habla de nuevo al oído, te dice algo y te hace sonreír.

Me miras y te diriges hacia mí mientras ella nos muestra otro preservativo. Tú te arrodillas, me bajas la bragueta y me sacas mi pene duro como piedra y de una lo empiezas a lamer. La chica coloca el preservativo en la polla que está a su otro lado. Tú me sonríes y me dices:

—¿Puedo?

Mientras con el brazo me empujas hacia la chica que se arquea ante mí para comerme la polla bien despacio, gimiendo de sentirse llena. Te miro y te noto cortada. Me calienta de ver cómo me chupa. Te pones de una contra la pared y te la metes soltando un gemido uffff. Te mueves lentamente, te acaricias los pechos. La chica gime fuerte, se corre, te mira con saliva en su boca y te dice:

—¿La quieres?

A la que tú sin decir una palabra asientes con la cabeza. Me da un azote y me dice:

—Termina con ella.

Me coges la polla con gran violencia como si necesitaras que el aire te quitara.

—Papii… uffff, papi síiii… —te sacas la polla, me miras con ojos llorosos—. Hijoepúta…

Me corro y te metes mi polla hasta adentro haciendo que mi polla te toque la campanilla, dejándote sin aire. Y ahí de una yo también me vengo, me palpita fuerte y te provoca una arcada, aun así no sueltas ni una gota de mi leche. Ufff bebé menuda mamada.

La chica que se estaba frotando viendo cómo nos terminábamos se presentó.

—Me llamo Carla. ¿Queréis que nos metamos un rato en la piscina así bajamos un poco el calor? Ella es Valentina y yo soy Miguel —la dije.

—Encantada —me dijo pasando su lengua sobre mis labios y tocándome el paquete—. ¿No vamos?

El dia que cree a Valentina

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