Me llamo Gloria y tengo treinta y cuatro años. Soy una mujer del valle, de esas que crecieron creyendo que el matrimonio era para siempre y que el amor podía con todo. Vivo en una casa modesta pero acogedora en las afueras del pueblo, donde el aire siempre huele a tierra mojada y a café recién colado. Tengo el cabello negro y largo que me llega hasta la mitad de la espalda, ojos cafés grandes que antes brillaban de alegría y un cuerpo que, aunque ya no es el de los veinte, todavía atrae miradas: pechos medianos pero firmes, cintura estrecha, caderas anchas y unas nalgas redondas que a Luis le encantab
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