Capítulo 3
- Diaro de la boticaria: Entrada I
- Entrada II
- Entrada III
Entrada del diario III. “VIII de Samhain del MCXXII”
Bien, uff… empiezo a ver esto como una buena manera de soltar todo lo que me pasa por mi cerebro. Es como hablar cara a cara con mis demonios internos, mientras les suelto toda la mierda que sucede a mi alrededor ¿Es placentero? Bueno, la verdad es que sí. Demasiado. Tan adictivo como estar bajo las mantas en una fría mañana de invierno. Uhm… y no voy a decir que no es algo refrescante para mí poder liberar la tensión que se me acumulaba en la mente. Poder sentirme libre, poder tener alas y no tragar hasta reventar. Es algo que agradezco de corazón a Beca por darme la idea. No se si en un futuro me arrepentiré de lo mismo, pero empiezo a tener ganas de ver que acabo plasmando en estas hojas para cuando ella vuelva.
Pero, ahora hay que vivir el presente. Y el presente, el perro presente, es que esta semana ha pisado el acelerador en algunos temas… en otros, ha sido especial. Y obviamente, no solo hablo de los quehaceres diarios, ya que hay que empezar a hacer los preparativos para el invierno. Con eso pude distraer mi mente, pero si es cierto que sucedieron unas cuantas cosas que debo remarcar. La primera, fue que el lunes no me fui directamente a dormir después del… incidente con el ganado ¡Oh! Por cierto, se llama Liam. O eso es lo que le he conseguido sonsacar, pero eso lo explicaré después. La cosa es que después de lo que sucedió, estaba muerta de vergüenza… porque yo, dentro de todo, he intentado mantener una distancia con el ganado. No es el primero que tengo, creo que ya lo he dicho ¿Cuantos llevo ya? ¿Tres? ¿Cuatro? No sé, lo normal es que se mueran en invierno por el frío que hace abajo, y después los descuartizo y lanzo sus restos por el bosque, así que no tengo ni las calaveras para contarlos. Es verdad que después los lobos se vuelven una ligera molestia, pero una boticaria tiene remedios con los que impregnar su cerca para que no se le acerquen, jijiji. Al menos soy la única que está segura de que sus gallinas van a aguantar el invierno.
Bueno, el caso es que siempre intento tener esa imagen altiva, serena, controladora. Una forma de dominar la escena y conseguir que la excitación venga de lo prohibido. Se como es la mente de los varones. Esa fantasía de domar lo salvaje, de conseguir hacer algo pecaminoso sobre lo poderoso, lo inalcanzable. El deseo por las mujeres no es por un sentimiento de amor, sino de posesión. Mientras las mujeres si hemos sido bendecidas por la Diosa para amarnos entre nosotras, también maldijo a los hombres para que nos deseen, nos posean. Y precisamente, también nos maldijo a nosotras en sentir placer ante los actos barbáricos de esos engendros. Aún así, creo que nosotras no tenemos la misma mentalidad de dominar a lo salvaje… aunque justo los hombres son así… uhm. Los caminos de la Diosa son inescrutables, pero intento regirme por ellos lo mejor que puedo, aunque luego haya cosas que contradigan otras cosas… uhm… bueno, mejor no pienso mucho en ello. La cosa es que siempre he tenido esa intención de mostrarme como un eje del mal, un sueño inalcanzable de poder ante un ganado que solo sirve para ser ordeñado… por lo que la situación del lunes no fue la mejor. Uhm… Entonces, sí, cometí unas estupideces más, como que cuando terminé, solo en tanga en botas, bajé a llevarle la cena. No sé, no pensaba, estaba enfadada, medio-excitada, avergonzada y al final no pensé ni le di importancia. Al final es como llevarle de comer a un puerco, no hace falta ir vestida siquiera, ¿no? O eso pensé. Bajé por la escalera, iluminada apenas por la luz de las velas de cera de abeja, a la par que llevaba un cuenco de un intento de caldo. Siendo sincera, eran las sobras de lo que había comido yo… pero es que de normal siempre le daba ese tipo de restos de comida. Una buena forma de deshacerse de los desperdicios, supongo. Entonces, cuando me presenté ante la puerta de la celda, simplemente pasé el cuenco por el hueco que se conformaba en la parte baja de los barrotes, justo del tamaño justo para que solo cupiera un cuenco.
Me tenía que agachar para ello, y al desviar la mirada, no vi como el ganado se pegó a la puerta de la celda. Al subir, su mano entró entre los barrotes, justo hasta que los grilletes frenaron al no poder pasar por entre los barrotes. Pero fue lo suficiente para que su mano se alojara justo en mi fino cuello. Una mueca de sorpresa salió de mi boca, dado que no me esperaba aquella situación. Mi mano se intentó aferrar a la suya, a la vez que me obligaba a doblar un poco la espalda. Forcejeé un segundo, intentando aprovechar mi posición para poder zafarme, pero en otro movimientos inesperado, su otra mano fue a mi pecho desnudo, y pellizcó uno de mis pezones, haciéndome gemir de placer. El sonido se ahogó por su agarre de mi cuello, y mi forcejeo cesó. Los grilletes de su muñeca se deslizaron por su brazo, dejando que más del mismo pudiera salir fuera de la celda. Y entonces, sin soltar mi cuello, me hizo voltear, hasta que mi espalda desnuda tocó los fríos barrotes de su celda. Su cuerpo estaba al otro lado, notando como su cuerpo sudoroso y sucio intentaba llegar a mi piel, aunque no pudiera por el hierro. Mi cuerpo, doblegado por el férreo abrazo de su mano, me hacía estar en una posición de media sentadilla, con las piernas ligeramente abiertas, apoyada casi por completo contra la celda. Mis manos sujetaron los barrotes buscando un punto de apoyo, a la vez que oía como su otra mano trabajaba para sacar parte de la cadena fuera de la celda. Sin tiempo para actuar contra él, la cadena que se unía al brazo que sujetaba mi cuello también lo envolvió con un movimiento torpe pero inevitable, formando un collar de eslabones que se clavaban en mi piel. Entonces, bajó la mano, hasta mis pechos, haciendo que se tensara la cadena, cerrando mi cuello con fuerza. Me cortó el aire, e instintivamente llevé mis manos a la cadena, intentando quitarla, pero sin posibilidad alguna. Intenté luchar, pero no podía hacer frente a la palanca que hacía él… sin embargo, a pesar de la tensión, tampoco me ahogaba del todo, siendo una molestia constante a la hora de respirar. Era doloroso, como si me clavara hielo helado en el cuello, … bueno, justo eso era lo que pasaba.
Mi mente entraba en pánico, aterrada por aquello, a la par que su mano empezó a jugar con mis pechos… provocandome un sentimiento caliente de excitación que se mezcló con mis miedos. Mis pechos, voluptuosos, que siempre habían robado miradas, ahora eran acariciadas por los dedos encallecidos del hombre, que aprovechaba para pellizcar mis pezones y azotar mis pechos. La otra mano no se quedó quieta, y aprovechó para jugar conmigo, bajando la mano hasta mi cadera, entrando debajo de mi tanga para jugar con mi coño. Estaba mojada… estaba muy mojada… y mientras gemía… mis manos dejaron de agarrar la cadena y agarraron los barrotes, dejándole hacer lo que quisiera conmigo. Estaba aterrada, y excitada… presa del pánico y del placer… incapaz de defenderme, pidiendo que acabara… y a la vez que continuara. Noté entonces como algo grueso y caliente se colocaba justo debajo de mi entrepierna, un cilindro grueso que empezó a pasar lenta y marcadamente por encima del tanga, encajando entre mis labios a la perfección, a la vez que el dedo pulgar jugaba con mi clítoris y los otros dedos castigaban mis pechos… No hacía falta adivinar que poco a poco… bueno… mucho a mucho, mi cuerpo se rindió al placer, llegando con soberana facilidad a sentir un placer inigualable… algo que mis dedos no alcanzaban. Estaba rendida de placer, sometida ante sus castigos para que me usara mientras me siguiera dando más de ese trato. Con cada movimiento de su mano, se tensaba más la cadena, haciendo que mi hilera de gemidos se rompiera con algunos ahogados, rompiendo la monotonía de mi estado de excitación. Sin embargo, no debí ser la única, porque pronto noté la barra caliente hincharse. La excitación subía a cada segundo… y cuando iba a llegar al momento álgido, justo cuando mi cuerpo rendido, apoyado completamente contra la barra caliente entre mis piernas… ahí donde la fricción era máxima y mis ojos se ponían en blanco por el placer… ahí fue donde el cenit de mi excitación llegó y vi como varios disparos de leche de hombre impactaron directamente contra el caldero del centro de la sala, respondiéndome sin palabras sobre qué estaba apoyada.
El placer era inaudito… y no podía imaginar nada mejor, al grado de que mis piernas cedieron fuerza y solo estaba casi sujeta por el cilindro que ahora sabía que era su enorme polla y las cadenas que tenía en el cuello… El placer me dominaba por completo… intentando medio respirar… igual que debía hacer él. Pero mi cabeza en seguida empezó a recobrar la razón, y darse cuenta de lo delicado que era aquello. Intentando no alzar más la voz, en un tono firme pero a la vez delicado, expliqué la situación al ganado. Le dejé clara la realidad; que, yo, ahí, desnuda como estaba, no tenía la llave, y que si no me soltaba, él moriría de inanición antes de que pudiera salir de allí. Hubo unos momentos de dudas, incluso noté como mi voz se cortaba al sentir que se cerraba del todo la cadena alrededor de mi cuello, ahogándome de verdad. Pero, obviamente, la tortura de meses había servido para aplacar cualquier intento de fuga antes incluso de que sucediera. No pensaba bien, debido al hambre y al frío… y que demonios, ¡a que era un ser de inteligencia limitada como todos los hombres!… el caso, no se le ocurriría nunca que podía alimentarse de mi cuerpo hasta que notaran mi ausencia… pero, al final, decidió soltarme. No fue… un movimiento elegante, simplemente se retiró un poco a la vez que soltaba la cadena de mi cuello, haciendo que perdiera todo punto de apoyo. Caí a peso plomo, impactando mis nalgas contra el frío suelo de piedra. Fue doloroso, sacándome una queja de dolor… pero esto se pasó rápido al mirar a mi izquierda, y ver al enorme monstruo de su polla, rozando la piel de mi mejilla. El hedor a semen, y su esencia varonil me dejaron en un estado medio sumiso, acariciando su polla con mi mejilla, como si fuera un gato una bola de catnip. Esto duró unos segundos, hasta que mi mente volvió a entrar en razón, y luego en pánico. Me levanté y gateé como pude hasta el caldero, apoyando mi espada contra él cuando me alejé de la celda todo lo que podía.… “¿qué había sucedido?” era la pregunta que me rondaba por la cabeza, mientras miraba a la ubicación del hombre, que, satisfecho, ahora se dedicaba a tomar su comida. Me quedé unos segundos pensativa, dándome cuenta de la estupidez supina que acababa de hacer. Podía haber muerto en aquel instante, o algo incluso peor ¿Qué hubiera pasado si eso hombre escapaba? Y, ¿qué hubiera sucedido si la Iglesia se enteraba? Me quemarían, en una gran pira, por mis crímenes contra la ética y moral de la institución. Lo pensé en su momento, pero ahora no me cabe ninguna duda de ello. Había jugado literalmente con fuego, me había quemado.
Me retiré a la parte alta de la cabaña para descansar, hastiada por el placer, hastiada por todo lo que había sucedido… pero que no sabía cómo procesar. Necesitaba dormir, descansar… y eso hice. Ni siquiera me quité las botas, cayendo rendida en la cama, mientras me envolvía en las mantas y buscaba un momento para dormir. Aquello, ¿qué había significado? ¿Qué significa para mi ahora? Me surgen dudas, y no sé definirlo, y aún mente vacila al pensar en como actué. No puedo darle una respuesta clara, y mis rezos a Maddi no me dan una respuesta clara. Bueno, sin embargo, en ese momento mi cuerpo se sentía alterado, pero lo principal era que se sentía tan cansado que solo quería descansar para empezar un nuevo día.
Para cuando la luz de la mañana tocó mi rostro, ya estaba despierta. La noche fue una seguidilla de malos sueños, sueños oscuros que no consigo recordar, y la sensación de vacío que me llenaba en mi interior. Mi coño ardía de forma dolorosa, además de mis pechos, los cuales había sufrido una tortura. Tortura. Sí, un castigo por parte del ganado… ¿cómo me había permitido hacer aquello? Bueno, en ese momento, solo sirvió para que mi sangre ardiera de ira, de furia y… y mejor me relajaba, dado que cuando me acerqué a la ventana de la sala de trabajo, me fijé que alguien subía por el camino. Obviamente, este era un día más, y la rueda de la vida seguía girando sin perturbarse. Para mí, había sido una catarsis extraña aquella noche. Para los demás, solo fue el paso del lunes al martes. Mientras lo pensaba, empecé a preparar todo. Tenía aún unas dos horas, así que tenía tiempo. Me limpié bien, lo mejor que podía, quitando cada impureza de mi cuerpo, y una vez lista, opté por un vestido más sencillo. Este era de un tono verde oscuro, no tan rocambolesco como los anteriores. El vestido tenía un cuello en gota, la cual era de un tamaño suficiente para llegar a verse el inicio del canalillo de mis pechos. En parte, medio maldije por aquello, dado que hoy quería estar más tapada, pero, no era posible. La falda descendía hasta casi mis tobillos, con dos cortes en los laterales, a la altura de medio muslo, que se iban ensanchando, disminuyendo lentamente la cantidad de tela que quedaba en el centro y detrás de la misma. Lo complementaba con otros guantes a juego, estos más cortos, solo hasta la mitad del antebrazo. Cambié mis botas el día de hoy por unas sandalias de tacón, las cuales iban entretejiendo cordones de cuero alrededor de mis piernas, hasta llegar justo debajo de mis rodillas ¿Hace demasiado frío para un calzado así? Sí ¿Es incómodo para trabajar? Sí, pero necesitaba algo para contrarrestar la sensación de mis pequeños pies tras estar encerrados en las botas durante toda la noche.
Una vez que me acabé de volver a poner mi bisutería y tenía todo medio recogido, vi ya por fin quien llego. Estaba esperando la llegada de Sir Robert. Bueno, en parte sí, en parte no. Quería volver a verlo, ver como su sonrisa altiva y su actitud me deslumbraba de nuevo… que me hiciera sentir como una presa ante un depredador… y a la vez, aún me ardían demasiadas partes para que aquella persona volviera a aparecer ante mí. Por suerte… por desgracia… para mi mala fortuna, no era Sir Robert quien vino. Era el acólito Guillen, un monaguillo del padre Claudio que ya era demasiado mayor para ser solo monaguillo. Según tenía entendido, entraría dentro de poco en un monasterio. Es un joven delgado, no muy atlético pero tampoco en mala forma. Al lado del padre Claudio, era precioso. Al lado de mi querido Sir Robert… era menos que el ganado que tenía en mi sótano. Obviamente, su visita no era esperada. Como describí hace tiempo… ¿lo describí hace tiempo? Un momento… sí, sí, lo he puesto. Normalmente los días más concurridos son los lunes y los viernes… así que no es esperada ninguna visita otros días, salvo para algo malo. No diré que mi sonrisa se esfumó, pero si es verdad que no tenía ganas de nada cuando le vi.
La verdad es que la conversación fue… inicialmente muy rápida y seca. El joven, que era ligeramente más alto que yo, me quiso dar un mensaje del padre Claudio. Me extendió una hoja de papel, la cual me hizo levantar una ceja, dado que se veía que ya la había leído el joven. Obviamente cuando se lo recriminé, el se hizo el tonto… y dado que el mensaje no era nada raro, pues tampoco le di importancia. Básicamente, que los sábados quiere que me persone en la Iglesia para nuestro arreglo. El arreglo de aprender gaélico… que bien… uhm… La verdad es que, siendo sincera, para aquel momento se me había medio olvidado, y eso que lo había escrito en el diario el día anterior… pero, pensaba que era algo que iba a quedarse en el aire. Volví a mirar al mozo, y le hice una pregunta tajante “¿Qué? ¿Quieres algo más o qué?”. Se que suena borde, pero había tenido años a ese mocoso mirándome los pechos cada vez que iba a la iglesia, y no le tenía mucho afecto. Sin embargo, su pregunta me pilló de forma transpuesta… “¿Qué te ha pasado en el cuello?”
Mis ojos se agrandaron al instante, dándome cuenta que la cadena había dejado marcados los eslabones en mi piel. Sentía el dolor de la escoriación, pero me dolía tanto el cuerpo que se me había olvidado completamente de revisarme. No me había visto en ningún espejo ni reflejo, pero podía adivinar que, como mínimo, tendría un fuerte enrojecimiento. Dudé un momento, pero al final intenté desecharlo con un “Solo un sarpullido que aún no he tratado… por cierto, ¿te has hecho la tonsura?” le pregunté, desviando el tema a algo suyo. Me fijé que se había cortado el cabello igual que el padre Claudio… pero, él solo era un acólito. En teoría, o más bien, según la ley… él no se la podía hacer todavía. Aquello le pilló desprevenido, justificándose tontamente con que era para probar un nuevo corte de cabello. Ambos mentíamos. Ambos lo sabíamos. Pero, simplemente, ambos nos despedimos con cierta timidez y le vi marchar, preguntándome que era lo que ese idiota había visto. Un tiempo después, ya al mirarme a un reflejo, vi el destrozo en mi cuello. Los eslabones estaban marcados en mi cuello, visibles perfectamente, por lo que era obvio que una cadena se había envuelto en mi cuello… ¿qué sabría el acólito? ¿Qué imaginaba? Esto rondaría mi mente por lo menos hasta la siguiente cosa que la ocupara.
El resto del día no fue a más. Usé un ungüento para curarme las rozaduras, y después solo fui avanzando en otras labores, cosa que transcurrió sin más. Cuidar el corral, el jardín, quehaceres de casa, y empezar a preparar ungüentos y mezclas que no necesitaran hacerse al momento y fueran muy demandas. Nada fuera de lo común. Pero, varias cosas rondaban mi mente, y solo una era medio… solucionable ahora mismo. Tenía al ganado revuelto. El idiota del sótano tenía que responder por todo lo que había sucedido. Y, oh… vaya que sí que respondió. Lo primero, esta vez no le dí de cenar simplemente sobras, sino que añadí unas notas de acónito. En muuuuuuuy pequeñas dosis, este hace que tu cuerpo se contraiga, forzándote a estar lo más encogido que puedas. No es mortal en esas muuuuuuuy pequeñas dosis, pero muy doloroso. Y obviamente, así se lo dí. Bajé con mi actitud altiva de siempre, segura de mi misma. Cuando bajé, leí en sus ojos esa ausencia de miedo por su atrevimiento. Era normal su forma de actuar. Me había visto vulnerable a sus pies, siendo un objeto para usar y deshacerse de su excedente de lefa. No, eso no se lo iba a permitir, lo tenía claro. Le di la cena, manteniéndome atenta a sus movimientos. Me di cuenta que no era tonto, ya que esta vez ni intentó nada, sabiendo que hoy estaría muy atenta… pero no esperó que la comida tuviera nada, así que en verdad si era idiota… ¿cómo puedes asumir que la comida estaría bien después de lo de ayer? No sé, se pensaría en ese momento que tenía cierto poder sobre mí… iluso. Mientras se alimentaba en silencio, yo fingí trabajar en el sótano… hasta que noté que empezaba a hacer efecto. Entonces me acerqué a la celda, y tiré de la cadena, haciendo que se tensaran, haciéndole gritar de dolor. La fuerza del mecanismo tensó su cuerpo, contrarrestando a sus músculos, que luchaban por comprimirse. La oleada de dolor era innombrable en ese punto, haciendo que sólo pudiera gemir de dolor y gritar. Unos gritos que eran dulces en mis oídos. Mi rostro era un poema seguramente, con mi actitud altiva, pero con una sonrisa de superioridad, disfrutando del dolor de aquel subser. Que recordara su posición. Que recordara que solo es mi ganada, para ser usado como una fuente de producción. Que no es un ser vivo a mis ojos. Subí poco después a mi catre, a dormir, mientras los gritos de dolor resonaban en la cabaña, siendo la mejor nana que podía tener para que mis sueños fueran lo más relajados posibles…
Al día siguiente no hubo mucha novedad. Sí, es verdad que no vino nadie, y aquello estuvo un poco desértico, pero en parte lo necesitaba. Necesitaba un día sin sobresaltos, que pudiera ir avanzando poco a poco en los quehaceres, y tiempo para pensar. Lo malo de vivir en una cabaña aislada de todo y sola, es que lo tienes que hacer todo tú. La cabaña no es muy grande, pero al estar en un claro, he aprovechado todo el claro para crear mi jardín. En el centro del mismo está la cabaña, con un pequeño corral donde tengo las gallinas que me dan de pago. Son listos, no me dan gallos, para que así no pueda tener nunca más gallinas por mi cuenta, pero no me quejaré. No es mi negocio, al final. Pero, si hiciera fracciones, solo 1/20 del claro sería la cabaña. El resto, eran jardines de cultivo donde tengo todas las variedades de hierbas que se necesitan, y alguna verdura que tiene uso tanto en la elaboración de medicamentos, tintes, y también uso para la cocina. No es que una se pueda alimentar a base de huevos y verdura… bueno, sí, justo es lo que hago. A veces sueño con la idea de estar con un noble, poder comer carne, dulces y beber vino perfumado cada día, sin miedo al hambre o al frío… y que mis quehaceres diarios no sean más que estar en mi laboratorio, manteniendo el culto de Maddi… aaahhh… que hermosa idea… aunque demasiado irreal.
Bueno, lo dicho, el día lo aproveché para ponerme a hacer quehaceres, pero sobre todo para hacer inventario de la despensa… y notar que tenía una buena falta de agua. El agua no la obtenía de ninguna fuente ni manantial en mi casa, sino que necesitaba llenar barriles que hacían de aljibe. Había un pequeño manantial, pero era mi pequeño secreto… y solo me acercaba por las noches a él. Sin embargo, no podía suplir las cantidades de agua que se necesitaba para el jardín, a pesar de las lluvias. Así que solo me quedaba ir mañana al pueblo, a cargar agua del pozo local. Al menos, ya tenía planeado el día para mañana. Tendría que dar varios viajes… pero, era más o menos una opción viable, más si sumaba… otras ventajas de hacer esto. Pero, después del día de trabajo, creo que es buen momento para narrar lo que sucedió después por la noche. Obviamente, el castigo era un día en aquella posición incómoda, pero mi idea no era castigarlo para siempre. No porque quisiera tener humanidad, sino porque me valía más vivo que muerto, por lo menos el tiempo necesario. Al final, en aquellas condiciones era imposible que viviera eternamente, pero podía alargar su agonía mucho tiempo. Así fue que bajé y tiré de la cadena para que se aflojara el sistema, destensando sus brazos. Cayó de bruces sobre el poyete, agotado y sin casi poder articular palabra. Estaba en un estado de casi muerte por el dolor, el efecto de la droga y el cansancio. “Bien, así recordará cuál es su lugar” eso fue lo que pensé al instante, con mi rostro imperturbable, con la misma expresión de alguien que mira unas gallinas o unos puercos. Al final, él era lo mismo para mí. Después, pasé otro cuenco de comida, recogiendo el anterior, y dejándole pasar la noche, sin perturbarle. No hace falta pasarse, o las bestias se acostumbran tanto al dolor que ya no sienten nada.
Y… lo que pasó el jueves se me hace un poco difícil de narrar. No por nada, pero la última vez que hablé de este tema, pues acabé enfadándome… y tampoco es mi intención. Pero, como dije, mejor voy escribiendo poco a poco lo que me fue pasando cada día, así no se me pasa nada que contar a Beca. Pues, el jueves, como dije, fui al pueblo. Justo fui con ese vestido verde, el que usé los dos días anteriores. No por nada, pero ya tenía déficit de agua, y no había podido limpiar el negro y el morado. Sumar otro más, como que no me apetecía, sabiendo que si me hubiera limpiado otro vestido sería un dolor. Así que hice de tripas corazón, me calcé las botas, y bajé al pueblo con cuatro cántaros y una bastón para llevarlos. Nada extraño, aunque eran cántaros grandes, y ya me imaginaba la tortura que sería subir por aquel camino empinado a mi casa con ellos por más de dos horas. Simplemente, hice de tripas corazón, y empecé a andar. Cuando llegué al pueblo, ya era bien entrada la mañana, y el sol había salido al completo. Era jueves, día de mercado. Precisamente ese era el principal motivo por el que tenía tanta clientela los viernes. El jueves de mercado era cuando el dinero se movía, y al final, cuando se tienen varias monedas de plata, ¿por qué no usar alguna para un barril de cerveza o vino? El alcohol hacía que hubiera peleas, sexo descontrolado, y miserias de más. Por suerte, eso a mi no me afectaba. Al principio, yo también tenía un puesto en el mercado, pero… digamos simplemente que a la gente no le llama ni le interesa que se trate con la “bruja” del pueblo delante de todo el mundo. Así que para mí, el jueves era un día muy tranquilo. Mientras llenaba los cántaros de agua, aprovechaba también para enterarme de noticias de la zona. No es que viniera nadie a contarme nada, obviamente… pero al pasar cerca de los corralitos de vecinas, era fácil escuchar lo que había pasado con alguna u otra. Ejemplo, si alguien tenía una enfermedad o le pasaba algo, al día siguiente le podía decir a las clientas, y de seguro que Enriqueta era una, que tenía una solución a ese problema. Por lo que o ese día o el lunes tenía a alguien pidiendo una solución… pareciendo que ha sido todo coincidencia y que la plegaria a San Eustaquio había servido para algo… pero, no me podía estar mucho tiempo, porque los cantaros no se tardaban tanto en llenar… y justo cuando me disponía a subir apareció mi querido Sir Robert…
Diosa, Sir Robert vestía aquellos ropajes nobles que le hacía tener un porte tan noble, con esa sonrisa socarrona, y ojos que se asemejaban a los de un lobo al mirar a un conejo. Uhm… si quisiera comerse mi conejo no diría yo que no…* ay, madre… que escribo… no, mejor tacho esto… ufff… bueno, la cosa es que el apuesto Robert se acercó a mi, con ese aire tan galante. Y me saludo. No diré que es la primera persona del pueblo que me saludaba, haciendo que mi corazón palpitara de sorpresa. Mi voz tartamudeó un poco cuando lo hizo, y me eché la bronca por parecer tan mojigata. Joder, que solo es un hombre, coño. Me tengo que recordar siempre las enseñanzas de Maddi cuando estoy ante él… pero es que era tan… ufff… tan apuesto. Entonces, me dio las gracias. A mí, a mí me dio las gracias en público, delante de todo el pueblo. Yo quería gritar al oírle… Diosa… ¿qué estaba pasando? ¿No sabía que iba a arruinar su reputación de noble al hablar con alguien como yo? ¿Estaba loco? No sabía que decir ni como reaccionar, pero me estaba volviendo loca al ver su actitud. Al final, solo le hice una pregunta tímida… le pregunté porqué. Él rió, y me explicó que el ungüento hacía que su barba no picase, y encima estaba muy melosa. Tomo mi mano, y la paso por su barba. A pesar de la tela, mi piel notaba la suavidad de sus barba, a la vez que me sonrojaba por ello. Él me estaba tocando en público. A mi. A MI. Estaba yo… ufff… es que mi corazón me quería saltar del pecho. Su voz melosa como su arreglada y fina barba me hablaba con un tono que me embelesaba. Ay Diosa… si no fuera porque sé que soy yo la que lo tiene engatusado… casi creería que hace esto para tenerme a sus pies…
La conversación después la llevó él, explicando que iba a marchar, pero tenía curiosidad por mi trabajo, por lo que iba a alargar su estancia unos días, para ver que otros maravillosos productos tenía. Me dijo si le parecía bien que fuera a mi tienda, pero obviamente ahora era imposible, dado que tenía que llevar agua. Y ahí, es cuando pasó lo que menos me esperaba… bueno, lo obvio de esperar para una dama, que el caballero de brillante armadura, le llevara los cántaros… pero yo no soy una dama. No soy nada… ¿qué estaba pasando? Ay, me estaba volviendo loca, pero salí del pueblo acompañada de Sir Robert, en dirección a mi casa, y encima, siendo la comidilla de todo el pueblo, que se jodan. Yo subí con Sir Robert, por la colina. A pesar del peso, él parecía no molestarle, subiendo por las empinadas colinas sin casi esfuerzo, a la vez que me iba contando experiencias de sus viajes, de cuando estuvo en tierras como Sicilia, Milán, Atenas o la misma Constantinopla. Diosa, ¿tan maravillosos eran esos lugares cómo me contaba él? ¿Sería tan bueno el clima? ¿La comida? ¿La gente sería así? ¿Será verdad esa tela que llama seda? No lo tenía claro… pero parecía maravilloso que aquellas cosas existieran. Al final, maravillada y perpleja, llegamos a mi casa, donde vacié los cántaros en el aljibe.
Sir Robert se sorprendió de que hiciera aquello, adivinando que esto lo tendría que hacer una vez al mes los meses fríos mínimos… y no quería ni imaginarse cuantas si tenía una tinaja. Entonces, no se qué funcionó en mi mente, pero hice un atrevimiento, “¿Está su merced pensando ya en cuando estoy en una tinaja?”… aún me doy con un canto en la cabeza por aquello. Es que, como se me ocurre decírselo a un noble. Diosa… se debió pensar que era una cualquiera… una suripanta que me abría de piernas para él… ufff… por suerte, corrió un tupido velo ante mi pregunta, sonriéndome por unos instantes antes de cambiar de tema y sin contestar a la provocación ¿Eso era bueno o era malo? No lo sabía en aquel momento, pero me puse tan nerviosa que se me acabó resbalando el cántaro al suelo. Aquello me dio pie para olvidar el asunto, tanto que hasta he olvidado que me preguntó en ese momento el Sire. Sin embargo, yo rápidamente apelé a que tenía que seguir llenando agua del pozo, así que me volví… pero Sir Robert no me dejó. La conversación se fue encauzando a temas más mundanos, denotando una profundidad que me extrañaba en un hombre de armas… era fuerte, robusto, pero también sabía dudar en sus momentos… y tenía cierta sensibilidad por la naturaleza que lo rodeaba… aaaaahhhh… es tan perfecto…
Hicimos los viajes dos veces más, hasta que el aljibe estuvo lleno. Sí, es adivinable que cuando aquello sucedió, ya era mucho más que medio día, casi a mediados de la tarde. Aunque Sir Robert si tenía físico de sobra para soportar el castigo físico, no era mi caso… así que nos retrasamos mucho en cada viaje. Aún así, parte del hacerlo era por estar más tiempo con él. Poco a poco, el tiempo se nos hizo ameno. No se porqué, pero escuchaba todo sobre mi recetario, mis pasatiempos, incluso le atrajo la idea de la escritura cuando me preguntó el porqué el padre Claudio me había hecho llevar a la Iglesia. Obviamente, le dije que había dicho que escribía un recetario, pero en verdad era unos apuntes para que cuando mi amiga Beca viniera, poder recordar mis vivencias con facilidad, ¿hice mal en decirle la verdad? No creo, dado que le resultó hasta gracioso. Aún así, le intrigó mucho el que supiera gaélico, dado que el solo conocía francés, aranés, catalán, castellano, latín, griego y siciliano… Me sorprendió tanto que hubiera tantas lenguas en el mundo… que por un momento me sentí mundana al solo saber mi lengua paterna y materna…
Justo mientras hablábamos, llegamos por última vez a mi casa… ya agotada, pero finalizando el trabajo. En un principio, Sir Robert parecía despedirse con la misma cortesía, pero… yo le detuve, justo al umbral de mi puerta. Aquello le pareció extraño, pero al girarse, me acerqué más a él. Su rostro perfilado, con aquella mirada depredadora se intensificó un momento, al ver que cerraba nuestra distancia… pero al instante se relajó, sonriendo como el que acaba de comprender algo. Y en un segundo, sin apenas tiempo para pensar, nuestras bocas estaban conectadas. En un beso profundo, nuestras lenguas bailaron en nuestra boca, mientras sus labios se deslizaban sobre los míos. Con fuerza pero lentamente, me fue haciendo dar varios pasos atrás, hasta que mi espalda chocó con la pared de la sala. Sus labios entonces se deslizaron lentamente hacía mi cuello, a la vez que las manos que permanecían en mi cintura, bajaron y subieron en cada lateral, hasta que una acaricio mi pecho y la otra mis nalgas. Gemí de placer, mientras notaba como la boca de Sir Robert marcaba mi cuello… y luego subía para volver a besar mi boca… en una danza de placer… y entonces, cesó. Con un último pico, me dijo que… tal vez… en otra ocasión… pero ahora, debía marcharse. Y se fue… dejándome así, con la respiración entrecortada… temblando en la pared sin poder decir ni hacer nada… hasta que pasó al menos un minuto desde que se fue. Y entonces me reí. Reí con fuerza. Sí, tenía claro que aquel noble estaba interesado en mi con fascinación, segura… ay, que idiota de enamorarse. Enamorarse es de estúpidos… y yo ahora lo tenía donde yo quería… donde podía manejarlo a mi antojo… Sí, por su puesto… si yo estaba temblando… ¿como estaría él? ¿Cómo lo dejé? Ah! Estoy segura totalmente que ahora puedo hacer con él lo que quería… es más, ahora que lo pienso… yo no temblaba por su beso… segurisima que no… era por… por el controlar un noble. Sí, por eso… sí, sí, sí…
Pero, el problema… es que en ese momento, yo era la que necesitaba relajarme… y solo tenía un método para tener lo que quería. Bueno, en verdad tenía muchos, pero… mi cuerpo me pedía otra cosa. Aún así, lo intenté. Tras cerrar la puerta, mis manos actuaron solas, abusando de mi propio cuerpo. Mi mano pellizcaba mis pezones… la otra torturaba mi coño con sus dedos, al punto de hacer que me rindiera y me tirara al suelo, dejando que mis dedos me poseyera. Más… más… necesitaba más. Pero, no había más. Mis manos se esforzaban… pero no llegaban al punto de satisfacción. No lo acababan de terminar. El placer era… mínimo… era… inferior… inferior al que yo deseaba. Necesitaba más. Necesitaba… necesitaba algo más…
Me levanté entonces, arreglándome el vestido un poco, a la vez que pensaba en como quitar la picazón… pero mi mente y mi coño luchaban entre la razón y la lujuria por ver quien tenía razón en esta ocasión. Así qué, empecé a recoger las últimas cosas, esperando a que se hiciera de noche, y asegurándome de que no hubiera nadie cerca. Entonces, bajé al sótano, habiéndome cambiado las botas por las sandalias. Cuando lo hice, no vi nada particular, pero el ganado estaba igual que siempre, sentado en el poyete que hacía de cama, tranquilo sin hablar ni mirarme… Parecía que mi método de castigo había sido fructífero, y que el agua volvía a su cauce. Sin embargo, aún cuando estaba abajo, en el sótano, mi mente dudaba por varios momentos que hacer. Pero mi coño tiraba fuerte. Lo pedía, lo imploraba… y… con un largo suspiro, al final, tomé una decisión. Tomé el cucharón que usaba para remover el caldero y di un fuerte golpe con la madera en la celda, llamando la atención del salvaje encadenado y desnudo de la celda. Entonces le empecé a preguntar… y me enteré que se llamaba Liam, aunque no le saqué mucha más información. Hablaba en un gaélico muy grueso, algo distinto y que me hizo darme cuenta que había muchas palabras que yo no sabía por su falta de uso… así que me costaba seguirle. Liam debió notarlo, dado que redujo la velocidad de sus palabras, como si hablara con una idiota. Se dirigía a mí usando una palabra que no conocía en ese momento… “striapach”, algo raro… pero no le di importancia en ese momento. Supuse que era algo como dama, o señora en su gaélico.
El interrogatorio no mejoró, dado que no me dió mucho más que lo que ya imaginaba. Que era un vagabundo, que era varias primaveras más joven que yo, que no tenía conocidos… nada raro dado el idioma que usaba… sin embargo, mientras hablaba, no podía evitar mirar su polla. Su enorme polla… y él se dio cuenta. Se acercó a la puerta y me preguntó si me gustó lo del otro día, mientras metía su polla entre los barrotes. Intenté hacerme la indignada, pero entonces, me calló de una palabra, con un tono fuerte, pero sin gritar… y me preguntó “¿Qué haces aún vestida? ¿No quieres que te lo vuelva a hacer, striapach?”. Me quedé enmudecida… pero mi cuerpo actuó por su cuenta, quitándome el vestido delante de él… y entonces me hizo un gesto para que me acercara a la celda. Sin pensarlo, me pegué a los barrotes, momento en que él me sujetó con fuerza, y aprovechó para sacar su mano y azotar mis nalgas. No era la posición más cómoda para azotar, dado los grilletes, pero se las apayó para hacer un movimiento rápido e intenso, a la vez que con la otra me atraía a la puerta de la celda, haciendo que mis pechos se clavaran contra los barrotes… y entonces, empezó a morderlos, a la vez que la otra mano usaba el cucharón para azotarme, y su polla se pegaba a mi coño a través de la tela del tanga… haciéndome gemir de placer. La mano libre siguió con la tortura de mi coño… metiéndose por dentro de la tela para atacar a la vez que presionaba. Mis manos agarraron los barrotes, pero entre gemidos, intenté pedir que se detuviera… que era muy brusco… a lo que él simplemente me azotaba con más fuerza las nalgas, parando un momento de chupar mis pezones para indicarme que si protestaba, golpearía más fuerte. Y así hacía, sin disminuir la fuerza del mismo… Entonces hizo una pregunta… “¿Quieres mi polla dentro?” Mi mundo dudó… sorprendida por la pregunta… sin saber que decir, a la par que no dejaba de chupar mis pechos. Sin embargo, esto no le gustó… por lo que me dió una bofetada con la mano que tenía en mi coño, marcando con mis jugos mi rostro. “Te he hecho una pregunta, striapach” dijo con tono autoritario… y mi cuerpo reaccionó de inmediato… afirmando con la cabeza. Sin embargo… esto solo le hizo sonreír más… “Que pena, porque hoy no te la voy a dar…” fue su sentencia final, para luego volver a asaltar mi cuerpo y profanarlo a su gusto.
Su asalto fue tan intenso… que no sabía qué hacer, y al final… no podía evitar correrme. Sin embargo, ese solo era su principio. Dado que en cuanto me corrí, me tomó del cuello y me hizo arrodillarme, para terminar con su polla. Quería correrse, no dentro de mí, dado que no me lo merecía según sus palabras… pero me iría apretando el cuello hasta que se corriera cada vez más fuerte… así que me debía dar prisa para que se corriera sin poder usar todas mis armas de mujer. Y así lo hice. Intensifiqué la paja todo lo que pude… rota por el placer que me daba aquel animal… sintiendo como mi aire faltaba con cada movimiento, a la vez que su pulgar iba apretando más y más mi tráquea… y entonces, acabó de apretar con fuerza cuando los chorros de semen empezaron a soltarse… con fiereza. Luego, como prometió, aflojó el agarre, pero no me soltó.
Lo primero que hizo después, es dejar claro que como le volviera a castigar como el otro día, no volvería usar su polla conmigo nunca más. Yo asentía con la cabeza, perdida de placer… y prometiendo ante Maddi que nunca lo volvería a hacer. Lo segundo, fue castigarme con dos pasos. El primero, que trajera el cucharón de madera del caldero y mi vestido, el cual me hizo usar para limpiar su polla lo mejor posible. Luego, me hizo tocar con la mejillas en en suelo, obligándome a ponerme en una posición en la que la parte más alta de mi cuerpo fuera mi culo. Me hizo doblarme más… y más, hasta casi formar una curva perfecta con mi columna, abriendo un poco mis piernas para ello. Entonces, y solo entonces, me introdujo el mango del cucharón en la boca unos segundos, dejándome claro que lo ensalivara bien. En ese momento, no sabía bien porqué… pero lo supe cuando, usó el mango del cucharón para insertármelo en el culo. Lancé un gemido ante ese movimiento, notando como mi cuerpo instintivamente se doblaba para que no doliera la madera contra mi esfínter. Luego me ordenó que fuera a por su cena, gateando… y que si me sacaba en algún momento el cucharón… me daría una paliza. Ahora, pensándolo en frío… entiendo que la posición de poder no es la suya, sino que era mía, y al final hice aquello más voluntariamente que otra cosa… pero en ese momento, el miedo solo fue un aliciente para aumentar lo excitada y cachonda, inexplicablemente más de lo que ya estaba… que solo obedecí cada directiva que él dijera. Entonces, me dijo que esperara de rodillas mientras comía, y con el cucharón metido aún en mi culo. Solo cuando terminó y esperó un momento, como si esperase el efecto de algún veneno que no llegó, me dejó libre para quitarme el cucharón, y para subir, aunque con la condición de no vestirme hasta que subiera.
Y, eso fue un poco… lo que sucedió ayer. No estoy orgullosa, nada de nada… pero la lujuria me condicionó. Era extraño… divertido. Sí, es muy divertido… es una experiencia que no sabía manejar antes, pero… Diosa, es increíble. Y me gusta… pero a la vez me parece peligroso. Demasiado. Nunca más volveré a hacer nada que un hombre me diga… ¡Nunca!
En fin, acabaré el texto diciendo que hoy viernes no ha habido nada fuera de lo habitual. Igual que la semana pasada, pues he atendido a los clientes… y poco más me a dado tiempo para hacer. Precisamente, ahora anochece, así que veré quehaceres de la noche me quedan… Bueno, ahora cuando deje la pluma, tengo que ver que ceno y si quiero hacer algo más antes de ir a llenar unos cuantos tarros de leche de hombre. Maldito idiota… tendré que pensar en alguna otra forma de castigarlo, porque solo a mi se me ocurre jurarlo ante Maddi… Oh… una cosa más. Lo busqué… en un libro muy antiguo que tengo… y lo encontré. Encontré “striapach”. Resulta… que ya se lo que me llama mi ganado. El apodo cariñoso que tiene a su propietaria. El idiota me llama “Puta”
—————————————————————————————————————————
Buenos días, tardes o noches. Espero que les esté gustando la historia, dado que a mi me está encantando escribirla. La verdad es que al poner fechas límites es más fácil intentar sacar relatos, pero este ritmo es complicado. He tenido suerte de no tener problemas esta semana que me hayan hecho demorarme… pero, siempre acabará surgiendo algo. Y justo eso quería recordar. La semana que viene, toda la semana, estaré liado 24 horas, así que no podré terminar la siguiente parte hasta el fin de semana que viene. Si no ven el relato, tal vez lo haya subido en otra sección, pero bueno. Si tienen algún problema o alguna duda, pueden decir o preguntar lo que quieran en la caja de comentarios o en mi correo: [email protected] . Muchas gracias por leer mi historia.
Nota del autor: esta parte estaba tachada en la versión escrita, pero en esta página no me permiten tachar texto y solo puedo subrayar (*)