Qué tal amigos, aquí con una anécdota más de vida. En un trabajo que tuve traía de compañero a Mario, un buen amigo dentro y fuera del trabajo. Estuvimos alrededor de 4 años trabajando juntos y nunca conocí a su familia, hasta que por una cuestión de salud dental su esposa tuvo que viajar de La Lira, un pueblito ubicado en Pedro Escobedo, Querétaro, para que pasáramos por ella en la colonia Geo Plazas, esto en el municipio de Querétaro, y llevarla al dentista.
No puedo creer lo que vi cuando la recogimos: una joven de un cuerpo increíblemente llamativo, chaparrita, delgada, morena, un culo que cualquiera más se quisiera coger, unos pechos pequeños pero bien formados. Total, que el buen Mario se dio cuenta de mi asombro, pero no dijo nada.
Con el tiempo me habló en un tono muy serio y me dijo:
«Amigo, le gustaste a mi esposa y diario pregunta por ti. Quisiera saber si te la quisieras coger. Ya hablé con ella y yo estoy de acuerdo. Le gustaste y me preguntó que cuándo te llevo a la casa para que le metas la verga».
Yo no podía creer lo que escuchaba. Obviamente respondí que estaba loco, que no dijera mamadas, a su esposa la respeto y no le jugaría chueco nunca por nuestra amistad. Ahí quedó la cosa.
Tiempo después siguió insistiendo como por un año, hasta que una ocasión iba de San Juan del Río a Querétaro ya con unos tequilas de más y Pedro Escobedo queda en medio de la ruta. Le marqué para ver si estaba en su casa y nos tomáramos un tequila. Aceptó y me dijo que pasara, que si me acompañaba con unos tragos.
Al llegar a su casa él abrió la puerta y al entrar su esposa estaba ahí, parada a medio patio de su casa. Recuerdo bien un mallón café y una blusa negra cortita, recién bañadita, maquillada, sus labios lucían un tono rojo muy escandaloso, olía un perfume dulce. Mario la señala y me dice:
«Órale amigo, ahí la tienes», y la voltea a ver a Vero, su esposa, y recalcando: «Aquí está, bebé, ya te cumplí, aquí lo tienes, ¿no querías que te lo trajera?».
Y ella con un tono de voz vergonzoso respondió:
«Sí, sí quería».
Mi amigo dice:
«Vamos a comprar algo de comer porque están mis hijas», y nos salimos. Compramos tacos, los llevamos a su casa y nos salimos los tres a un par de cuadras de su casa. Hay un baldío donde nos estacionamos y él y yo estábamos tomando.
La voltea a ver y le repite:
«Ahí lo tienes, quiero verte cómo lo besas».
Y la riquísima de Vero, muy apenada, se negó. Recuerdo que le decía:
«No, Mario, ya vámonos, no quiero esto».
Hasta ese momento yo solo escuchaba. Mario con un tono de voz más elevado le dice:
«No le hagas quedar mal, querías que lo trajera, aquí está. ¿Quieres cogértelo? Pues ahí lo tienes. No lo hagas venir a lo pendejo y salgas con tus cosas. Sácale la verga y mámamela».
Ella respondió:
«Ok, Mario, está bien, como tú digas».
Se acercó a mí, se puso de rodillas, me bajó el pantalón liberando mi verga que ya la tenía bien parada y escurriendo de la excitación, y pufff, que se prende como becerro. Sentía que me la arrancaba. De las mejores mamadas de verga que me han dado. Así estuvo un buen rato.
Mario seguía tomando, solo observaba y se agarraba la verga. Me ve y me pregunta si me la quiero coger:
«Es toda tuya, cógetela».
Ella me dijo que quería sentir tu verga en el culo. En eso se dirige a Vero preguntando si era verdad, a lo que ella se saca la verga de la boca y responde que sí, que me quería sentir en el culo.
Para eso Mario ya la estaba encuerando, me la desvistió completita, como Dios la trajo al mundo. Vero se veía buenísima. No podía creer aún que me iba a coger ese cuerpazo de mujer delante de su esposo, de mi amigo.
Él la subió a mi camioneta, la recostó y me la ofreció nuevamente:
«Toda tuya», decía.
Apenas me le iba a subir y ella se da la vuelta quedando empinada:
«Métemela por el culo», me decía.
Ni tardo ni perezoso me acomodé y se la iba a meter poco a poco para no lastimarla, pero Mario intervino de nuevo, a señas me dijo que se la clavara de un jalón, de golpe, duro y sin piedad. Yo ya caliente le hice caso y se la dejé ir de chingadazo, sacándole un grito de dolor. Volteando a ver me dijo que con cuidado. Mario la hizo callar y yo me la empecé a culear.
Así estuve un rato. Mientras entraba y salía pude ver que mi verga se veía roja y marrón. Le rompí el culo, pues lo que veía era mierda y sangre.
Ya casi para venirme le pedí que se volteara para disfrutar de su panochita recién bañadita, y así me la empecé a coger también, más suave, más lento. Mario me dijo que no levantara sus piernas porque eso no le gustaba a la riquísima de Verito. Me envidió eso y lo hice: patitas al hombro como de qué no. Me abrazó del cuello y me empezó a besar mientras usaba sus piecitos de aretes. Qué rica cogida tuvimos.
Así, patitas al hombro, se la volví a meter por el culo ahora más despacio. Se volvió a quejar pues ya le ardía y le dolía, pero resistió nuevamente mis embestidas. Le saqué mi verga, la senté y la puse a mamar, a que me limpiara la verga hasta venirme en su boca. Me sacó hasta la última gota de leche, se los tragó, volteó a ver a Mario y solo le dijo:
«YA SE VACÍO».
No se me olvidan esas palabras.
Nos subimos a mi camioneta y cuando ya íbamos de regreso ella aún estaba desnuda y me veía y se agachaba. Tiempos después me hablaron para repetir la cogida, pero esa es otra historia que después les contaré.
Sí hay perritas sabrosas en La Lira, Pedro Escobedo, Qro.