Capítulo 3

Pasaron unos días y Sofía ya no era la misma. Caminaba con las piernas un poco abiertas, como si aún sintiera el eco de Daniel dentro de ella. Sus tetas, firmes y redondas como dos melones maduros bajo las blusas recatadas de algodón, se movían más libres ahora; los pezones siempre duros, traicionándola cada vez que él pasaba cerca. Daniel lo notaba y sonreía.

Una noche, después de cenar con la mamá (que no sospechaba nada), la llevó al patio trasero bajo la luna. La hizo arrodillarse en la hierba húmeda.

—Sofi, ya no eres solo una oveja —le dijo con voz grave, acariciándole la mejilla—. Ahora soy tu nuevo pastor. Dios me eligió para guiar a las almas perdidas como la tuya… pero un pastor necesita más adeptas. El rebaño crece con la leche purificadora. Necesito que traigas a alguien más pura, más devota. Alguien que pueda recibir esta bendición sin dudar.

Sofía tembló, pero sus ojos brillaron con esa mezcla de culpa y excitación que ya era adictiva.

—Mi amiga… Clara —susurró—. Es más santa que yo. Va a misa dos veces al día, lee la Biblia entera cada mes, nunca ha besado a nadie… pero es tan inocente que cree todo lo que le dicen con fe ciega.

Daniel se lamió los labios. Perfecto.

Al día siguiente, Clara llegó a la casa invitada por Sofía para «una tarde de oración». Diecinueve años, pelo rubio casi blanco recogido en una trenza perfecta, ojos azules enormes y una cruz de plata grande colgando entre sus tetas pequeñas pero puntiagudas, siempre marcadas bajo el suéter grueso. Vestía falda hasta los tobillos y blusa abotonada hasta el cuello. Parecía una muñeca de porcelana santa.

Daniel las recibió en la sala, con la Biblia abierta en las manos como si fuera un sermón.

—Bienvenidas, hermanas —dijo con voz solemne—. Hoy les revelaré un secreto que solo las almas más puras pueden recibir. Dios me ha dado el don de purificar a través del cuerpo. La leche del hombre verdadero es el sacramento oculto. Sana, eleva, une al cielo. Pero solo se comparte con las más recatadas, las que guardan silencio y obediencia.

Clara abrió mucho los ojos, fascinada. Sofía ya asentía, mordiéndose el labio.

Daniel las llevó al cuarto de atrás. Cerró la puerta. Las hizo arrodillarse una al lado de la otra en la cama.

—Primero, Sofi, muéstrale a tu amiga cómo se recibe la bendición —ordenó.

Sofía se quitó la blusa despacio. Sus tetas saltaron libres: grandes, pesadas, con areolas rosadas grandes y pezones erectos como piedritas. Daniel las agarró con las dos manos, apretándolas fuerte hasta que Sofía gimió.

—Mira cómo tiemblan cuando las cojo —le dijo a Clara—. Son como ofrendas al altar.

Se bajó los pantalones. Su verga salió dura, gruesa, venosa, la punta ya brillante de precum. La metió primero en la boca de Sofía, follándole la garganta hasta que las lágrimas corrían por sus mejillas. Clara miraba hipnotizada, las manos apretadas en oración.

Luego la giró. Sofía se puso en cuatro, el culo en pompa. Daniel le separó las nalgas: su ano aún rosado e hinchado de la noche anterior. Escupió y empujó la verga entera de un solo golpe. Sofía gritó, pero era de placer. Sus nalgas temblaban violentamente con cada embestida profunda; la carne suave y blanca ondulaba como gelatina cada vez que sus bolas chocaban contra su coñito empapado.

—Siente cómo me llega al fondo del culo —gruñó Daniel—. Hasta el intestino, purificándolo todo.

Clara jadeaba, tocándose el pecho sin darse cuenta. Daniel salió del culo de Sofía con un «pop» húmedo y se acercó a la nueva.

—Tu turno, Clara. Confía en tu pastor.

La desnudó despacio, revelando un cuerpo delgado pero curvilíneo: tetitas pequeñas y perfectas, pezones diminutos y rosados, coñito lampiño con labios finos y rosados. La hizo tumbarse boca arriba, piernas abiertas como en cruz.

—Primero el coño —dijo—. Para que tu virginidad se ofrezca al Señor a través de mí.

La penetró despacio al principio. Clara soltó un gritito agudo cuando rompió su himen, pero Daniel no paró. Empujó hasta que la punta tocó su cervix, ese anillo duro y profundo que la hizo arquear la espalda.

—Ahí está… tocando el útero sagrado —susurró—. Cada embestida es una oración. Siente cómo mi verga te abre al cielo.

Clara empezó a gemir alto, «¡La pasión de mi fe! ¡Me eleva! ¡Me eleva!». Sus orgasmos venían en oleadas: el primero la hizo convulsionar, sus tetitas temblando apenas, pezones duros apuntando al techo. Daniel aceleró, follándola con saña, el sonido de carne mojada llenando el cuarto.

Luego la puso en cuatro al lado de Sofía. Las dos culos en pompa, uno al lado del otro. Daniel alternaba: metía la verga en el coño de Clara hasta el cervix, luego en el culo de Sofía hasta las bolas. Las nalgas de Sofía temblaban más fuerte, rojas por los golpes; las de Clara, más pequeñas y firmes, se contraían con cada intrusión.

—Ahora el sacramento final —anunció.

Las hizo arrodillarse frente a él, bocas abiertas. Se masturbó rápido, apuntando. Chorros gruesos y calientes cayeron primero en la lengua de Sofía, luego en la de Clara. Ambas tragaron, ojos cerrados en éxtasis.

—Esta es la leche purificadora —jadeó él—. Llévenla a las más recatadas del coro, de la catequesis. Solo a las que guarden el secreto. Díganles que su pastor las espera para elevar su fe.

Sofía y Clara asintieron, semen goteando por sus barbillas, tetas brillantes de sudor. Ya no eran solo devotas; eran sus misioneras.

Esa misma tarde, en la iglesia vacía, Daniel las llevó al altar lateral. Las hizo subir al pequeño pedestal donde estaba la estatua de la Virgen. Las folló allí mismo: primero a Sofía de pie, levantándole una pierna, su verga entrando y saliendo del coño mientras sus tetas rebotaban contra el pecho de él; luego a Clara sentada en el borde, piernas alrededor de su cintura, cervix golpeado una y otra vez hasta que gritó «¡Elevación! ¡Elevación!» y se corrió tan fuerte que mojó el suelo de mármol.

Daniel se corrió dentro de Clara esta vez, llenándole el útero con chorros calientes que ella sintió como «gracia divina descendiendo». Sofía lamió lo que sobraba de su amiga, las dos besándose con lengua mientras él las miraba satisfecho.

—Sigan trayendo más —les ordenó—. El rebaño crece. Y recuerden: solo las más puras. El conocimiento no es para cualquiera.

Las dos obedecieron. Al día siguiente ya hablaban en susurros con otras chicas del grupo de oración, plantando la semilla. Y Daniel sonreía, porque sabía que pronto tendría un harén de santitas temblorosas, tetas rebotando, culos temblando y coños goteando leche purificadora.

La puta creyente

La puta creyente II La puta creyente IV