Capítulo 9
- Ventana con vista al pecado I
- Ventana con vista al pecado II
- Ventana con vista al pecado III
- Ventana con vista al pecado IV
- Ventana con vista al pecado V
- Ventana con vista al pecado VI
- Ventana con vista al pecado VII
- Ventana con vista al pecado VIII: Entre la culpa y el deseo
- Ventana con vista al pecado IX: Sexting tras la pared
CAPÍTULO 9: “EL BAÑO, NUESTRO NIDO SECRETO”
o cómo Sergio y yo descubrimos que la distancia se acorta con fotos y susurros
Lunes en la mañana y yo sin saber qué hacer.
Era momento de llamar al Ing. Sergio… ¿o cuándo sería el momento adecuado? ¿Llamo hoy? ¿Espero? ¿Quedo como una desesperada?
Y por otro lado, era lunes y seguramente Eduardo estaría en la esquina esperando a su novia… o a mí. O a las dos. Ese macho no descansa.
Pero de repente… se me ocurrió algo grandioso.
Así que me dirigí a la ventana. Si veía a Pepe, seguramente podría llamar a su papá… y al mismo tiempo vería a Eduardo o a Ángel. Dos pájaros de un tiro. O tres. O cuatro. Quién sabe.
Ay, dios, ¿por qué me metí en esta situación?
Aunque la realidad es que me gusta. Me gusta tanto que olvidé por completo salir a buscar el local para reabrir mi estética. En fin… primero la ventana.
Y como lo imaginaba: 8 de la mañana y ahí estaba Eduardo. Tan sexi, tan rico, tan puto dios. Pero ya no se me caía la baba por él como antes. En realidad, al que me quería encontrar era a Pepe. Y no tanto por él, sino por su papá.
Moría por llamarle y escuchar esa voz, que me hiciera sentir esa sensación, que me hiciera estremecerme.
Pero no veía a Pepe por ningún lado. Pasaban los minutos, la calle se llenaba de estudiantes, y yo ahí, pegada a la ventana como una loca.
Hasta que de repente… ya cuando me había resignado… llegó Pepe corriendo. Se le había hecho tarde, como siempre. Y detrás de él venía su papá.
Sergio.
Ese hombre tenía que ser mío, cueste lo que me cueste.
Sólo alcancé a escuchar que Pepe le decía algo sobre el baño:
— “La dejé colgada en el baño, papá.”
Y como un flashazo, recordé la ventanita.
Esa pequeña rejilla del baño que daba exactamente con la ventanita del baño de los vecinos de enfrente. Y Sergio iba para allá. Era muy pronto para cantar victoria, pero mi corazón se aceleró como loco.
Corrí a mi baño, me subí en una banquita, abrí la rejilla… y ahí estaba.
En la ventanita: shhh, shhh…
Sergio no me hacía caso. Estaba ajustando algo, con su espalda de macho, sus brazos fuertes, esa barbita que ya quería sentir otra vez.
Otra vez: shhh, shhh…
Al fin volteó.
Cruzamos miradas. Sonrisa cómplice. Ya lo tenía, pensé.
Pero él, muy listo, me hizo señas con los dedos para que le escribiera. Y tenía razón. ¿Por qué no lo había pensado antes? Podíamos estar ahí, susurrando como adolescentes, pero con un celular éramos más peligrosos.
Ahí estaba yo, escondida en mi baño, con el celular en la mano y el coño latiéndome.
“Hola” —le escribí.
Su respuesta llegó al instante:
“Esperaba con ansias tu mensaje. Y ya me imagino cómo te ves con ese baby doll que tienes… seguro te queda genial.”
Me mordí el labio. El muy cabrón. Ya me imaginaba en ese baby doll que había visto en mi clóset… el negro, el de encaje, el que dejaba ver todo sin mostrar nada.
Así que fui por él, me lo puse en dos segundos, me tomé una foto frente al espejo del baño… y se la mandé.
Acompañada de un emoji de fuego.
“Ufff, reina. No me equivocaba. Estás para comerte entera con ese baby doll.”
Ambos seguíamos en el baño. Como jóvenes matando las ganas a la distancia. Escondidos. Con las puertas cerradas. Con Pepe afuera, sin imaginar nada.
Cruzábamos miradas a través de la ventanita. Sonrisas. Mensajes. Fotos. Morbo. Mucho morbo.
Y más porque Pepe estaba afuera haciendo no sé qué. Moviéndose, hablando por teléfono, desayunando… mientras su papá y yo nos comíamos con los ojos a través de una rejilla.
Yo ya estaba empapada. Mi baby doll se me pegaba al cuerpo, mis tetas se marcaban, mis pezones duros como piedras.
Y me atreví a pedirle:
“Muéstrame esa rica verga que me enamoró antes de conocerla.”
Tardó unos segundos. Los suficientes para que mi corazón se me saliera del pecho. Y luego… llegó la foto.
Ahí estaba. En su mano. Firme, gruesa, hermosa. Como cuando la conocí. Con unas ansias locas de ser devorada. La cabeza brillante, las venas marcadas, las bolas apretadas… dios mío.
Yo gemí en silencio en mi baño. Me toqué por encima del baby doll, solo un poquito, solo para calmar la ansiedad. Pero no quería venirme sola. Quería que fuera él. Quería su voz, sus manos, su barbita, su verga.
Seguimos intercambiando mensajes calientes. Fotos. Promesas. Susurros imaginarios.
Hasta que de repente… la voz de Pepe al otro lado de la puerta del baño de ellos:
“Ya, papá. ¡Vámonos!”
Sergio me miró a través de la ventanita. Puso cara de “ya sé”. Y con los dedos, me escribió el último mensaje antes de guardar el celular:
“Hoy te caigo, reina. Prepara ese baby doll.”
Me quedé en mi baño, con el celular apretado contra el pecho, el coño palpitando, y una sonrisa que no me cabía en la cara.
Sergio salió del baño. Escuché sus pasos alejándose. La puerta del departamento cerrándose. Y luego, desde la ventana, los vi cruzar la calle: Pepe con su mochila, Sergio con su porte de macho, subiendo al carro, arrancando…
Y yo, desde mi ventana, con el baby doll negro aún puesto, pensé:
Hoy va a ser un gran día.