Capítulo 5

Nahuel el amigo de mi hijo V: La consumación

Preparé todo en casa con una mezcla de ansiedad y entusiasmo. El fin de semana en la costa con los chicos ya era un hecho, la cabaña reservada, las compras de almacén listas y ese sentimiento de que no faltaba nada.

Al armar el bolso, fui seleccionando cada prenda con cuidado, mallas, toallas, esos vestiditos livianos que tanto me gustan y algunos pareos.

Pero, entre la ropa de siempre, guardé algo especial, un atuendo diseñado para el juego y la seducción. No podía evitarlo, la idea de que se presentara una oportunidad «especial» con ambos me daba vueltas en la cabeza. Los quiero a los dos y, si las condiciones se daban, estaba más que lista para dedicarles todo mi amor y pasar un buen rato juntos.

Cuando llegaron, el ambiente se llenó de su energía de siempre. Me saludaron con el afecto de siempre mientras cargaban el auto. Yo me encargué de los últimos detalles y preparé el mate para el camino.

Finalmente salimos.

Esta vez me tocó el privilegio de ir relajada en el asiento de atrás, observándolos mientras ellos manejaban, disfrutando del inicio de un viaje que prometía mucho más que solo playa. El viaje fue pura complicidad, entre risas, canciones y chistes, los kilómetros pasaron volando, alimentando la alegría de saber que teníamos todo el fin de semana por delante.

Al llegar a la cabaña, descargamos las cosas con la energía de quien no quiere perderse ni un segundo. A pesar de que la tarde caía, nos pusimos los trajes de baño en un segundo y corrimos hacia la playa para atrapar los últimos rayos de sol. Sumergirnos en el agua fresca fue el rito perfecto para sacarnos de encima el cansancio del trayecto y conectar con el lugar.

Nos quedamos ahí, dejando que el tiempo se detuviera, mientras el cielo se teñía de colores sobre el mar. Con la llegada de la oscuridad, regresamos para una ducha reparadora, renovados y listos para salir a cenar y disfrutar de nuestra primera noche juntos.

La noche era una invitación abierta, el aire fresco, la luz justa y esas ganas de comerse el mundo. Decidí jugármela con un look bien «adolescente» para salir con los chicos, una musculosa ajustada, esa minifalda entallada que no deja nada al azar y unas sandalias de taco fino que me hacían caminar distinta. Con el pelo en una coleta alta y un maquillaje jugado, el espejo no mentía, me sentía arrolladora y la imagen me encantaba.

Caminar por la peatonal fue un espectáculo aparte. Entre el mar de gente, era imposible pasar desapercibida. Sentía las miradas clavadas, desde pibes jóvenes hasta hombres grandes que no disimulaban la intriga, e incluso mujeres que me escaneaban de arriba abajo. Mis hijos, en su salsa, no pararon de hacerme el «aguante» a su manera, silbidos, chistes y suspiros exagerados que me hacían reír y morir de vergüenza a la vez.

La cena fue de esas que te llenan el alma, charlas profundas, risas y una sobremesa de lujo con mis hijos. Pero el momento de película llegó camino al baño.

Al doblar el pasillo, casi me choco de frente con él. Era el prototipo de galán de propagandas de perfume, cincuenta y tantos años, alto, pelo canoso impecable y unos ojos claros que te cortaban la respiración. Un tipo realmente buen mozo y bien plantado.

El impacto fue seco, se me frenó el corazón por un segundo. Él, sin perder la calma, dibujó una sonrisa pícara, dio un paso atrás para dejarme el lugar y, con una voz que parecía un susurro diseñado para mí, soltó

-“Usted primero, madame”.

Agradecí y sonreí mordiéndome el labio. Pasé sintiendo cómo me escaneaba de pies a cabeza, juraría que me desvistió con la mirada. Al salir del baño unos minutos después, él seguía ahí, esperándome. Se acercó suavemente y me preguntó si podía invitarme a tomar algo. Con elegancia, le comenté que estaba cenando con mis hijos y agradecí el gesto.

-“¿Quizás en otra oportunidad?”, insistió él con una mueca tentadora.

-“Tal vez, ¿por qué no?”, respondí riendo.

Sin decir más, tomó una servilleta, escribió “Carlos” junto a su número y me saludó con una reverencia cortés.

Me alejé hacia el salón lanzándole un beso al aire, sintiendo sus ojos recorriendo mi espalda y mis piernas hasta que llegué a la mesa.

Sin dudas, un ejemplar para no perdérselo.

Al sentarme, les conté todo a los chicos. Entre risas, empezaron con las bromas de siempre, que «la veterana» ya andaba rompiendo corazones, que era una Mata Hari dejando un tendal de hombres destrozados a mi paso.

Pero al llegar a la cabaña, me tomaron por sorpresa, tenían planes de boliche con amigos que ya estaban en la costa.

Obviamente les dije que sí, aunque por dentro me invadió un dejo de tristeza. Me había ilusionado con tenerlos solo para mí, con prolongar ese sentimiento sexy y poderoso que traía de la cena.

Me sentí un poco egoísta por querer retenerlos, sabiendo que tienen toda la vida por delante, pero la soledad repentina de la cabaña pegó fuerte después de tanta adrenalina.

Obviamente acepté que fueran, aunque dentro de mí cierto dejo de tristeza me abarcaba porque me había ilusionado con tener algo íntimo con ellos.

Mal por mí, a decir verdad, ellos son jóvenes y tienen la vida por delante y todo el derecho de conocer y salir con mujeres de su edad, quizás mi egoísmo me llevaba a pensar en tenerlos solo para mí y eso estaba mal.

Cerré la puerta de la cabaña y el silencio se instaló de golpe, denso, casi pesado. El eco de las risas de mis hijos todavía flotaba en el aire, pero ahora la casa era solo mía.

Me serví una copa de vino y caminé hacia el ventanal, mirando el reflejo de la luna en la oscuridad. Fue entonces cuando recordé la servilleta de papel en mi cartera.

La saqué la caligrafía de Carlos era firme, elegante, como él. Me quedé un rato largo recorriendo los trazos de su nombre, dejando que la mente volviera a ese pasillo, a la sensación de su mirada escaneándome sin piedad y a esa voz que todavía me vibraba en la nuca.

Afuera, el mar rugía con una fuerza salvaje, la misma que yo sentía por dentro después de tanto tiempo. La soledad de la cabaña ya no pesaba, ahora parecía una oportunidad.

Dejé la copa sobre la mesa, busqué el celular y agendé el número de Carlos.

Abrí el chat y me quedé un momento recorriendo la servilleta con la yema de los dedos, reviviendo el «escaneo» que me había hecho de pies a cabeza. No quería algo protocolar, quería mantener esa tensión que él había instalado en el pasillo.

Escribí, borré y volví a escribir. Finalmente, mis dedos se movieron rápidos, impulsados por esa adrenalina de sentirme, otra vez, una mujer peligrosamente deseada.

-«Mis hijos salieron y la cabaña se siente demasiado grande. ¿Todavía tenés esa sonrisa pícara a mano o ya es muy tarde para un brindis?» escribí

Apoyé el celular contra mi pecho y cerré los ojos, sintiendo el latido acelerado de mi corazón. No pasaron ni dos minutos cuando la pantalla iluminó la habitación a oscuras.

El corazón me dio un salto, esa mezcla de vértigo y triunfo que solo sentís cuando sabés que empezás el juego.

Desbloqueé el teléfono con los dedos un poco temblorosos. Era él.

-“Para un brindis con madame, nunca es tarde. Dime dónde estás y en diez minutos te demuestro que la sonrisa es mucho mejor en persona que en una servilleta”.

Me quedé mirando el mensaje, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. El silencio de la casa ya no era vacío, era expectativa pura. Me levanté, me serví lo que quedaba de vino y me miré al espejo una última vez, acomodándome el pelo con ese gesto de quien sabe que la noche recién empieza.

Le mandé la ubicación sin decir una palabra más.

Apagué la luz del living, dejando que solo la luna entrara por el ventanal, y me senté a esperar, el sonido de un motor acercándose por el camino que llegaba me alertó.

Me puse de pie, sintiendo una electricidad que no recordaba, y abrí la puerta antes de que llegara a golpear. Ahí estaba él, bajo la luz de la luna, con la misma estampa de galán impecable, pero con una mirada mucho más intensa que la del pasillo.

No dijo una palabra. Dio un paso, acortando la distancia con esa seguridad de quien sabe exactamente lo que busca. El aire en la cabaña cambió de golpe, se volvió denso, cargado de esa tensión que habíamos dejado en suspenso.

-“Me gusta más este escenario”, soltó con esa voz de terciopelo, mientras sus ojos claros me recorrían otra vez, deteniéndose en mis labios.

Me acerqué lo suficiente como para sentir el perfume que antes solo había imaginado. Apoyé una mano en su pecho, sintiendo la firmeza de su saco, y le devolví la mirada con el mismo desafío.

-“Me habías prometido un brindis, Carlos”, le susurré, provocándolo entre risas.

Él soltó una carcajada baja, una vibración que sentí contra mi propio pecho, y asintió.

Retrocedió apenas un paso, lo justo para romper el contacto, pero manteniendo esa electricidad estática que hacía que el aire pesara.

-«Tienes razón. Las promesas se cumplen, madame», dijo con un brillo divertido en los ojos.

Caminé hacia la cocina sintiendo su mirada clavada en mi espalda, esa misma sensación del restaurante, pero ahora amplificada por la intimidad de la cabaña.

Serví dos copas de un malbec intenso que tenía abierto. Cuando me di vuelta para alcanzarle la suya, él ya estaba ahí, apoyado contra la mesada, acortando cualquier distancia de seguridad.

Chocamos los cristales con un sonido seco, cristalino.

-«Por las casualidades… y por los que saben aprovecharlas», brindó él, fijando sus ojos claros en los míos.

Bebimos despacio, sin dejar de mirarnos. El vino ayudó a que el calor de la noche terminara de instalarse en el ambiente. Carlos dejó su copa sobre la mesa, dio un paso más y, con una suavidad que me desarmó, me quitó la mía de la mano para apoyarla junto a la suya.

-«El brindis ya está hecho», susurró, acortando el espacio final hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.

-«Ahora, decime… ¿qué vamos a hacer con todo este silencio?».

Me tomó de la nuca con una mano firme y la otra bajó lentamente por mi cintura, recordándome por qué esa noche el mundo me pertenecía.

-«Acá no, Carlos», le susurré, sosteniéndole la mirada con una mezcla de deseo y cautela.

-«Mis hijos pueden volver en cualquier momento y no es el plan que tenía para esta noche».

Él asimilando el límite con esa caballerosidad impecable que lo hacía todavía más atractivo. No se movió, simplemente esperó, dejando que la tensión siguiera vibrando entre los dos.

-«Entiendo perfectamente», respondió con esa voz que parecía acariciarme.

– “¿Vamos..?” me dijo señalándome la puerta

Sonreí, sintiéndome más dueña de la situación que nunca. Tomé mi campera del respaldo de la silla y le hice una seña respondiendo su pregunta.

-«Sé de un parador que está abierto hasta tarde, lejos de los boliches y de las miradas curiosas. ¿Mi auto o el tuyo?», le solté, desafiante.

Carlos no lo dudó un segundo. Guardó su celular, me abrió la puerta de la cabaña con una reverencia y me indicó el camino hacia su coche.

-«El mío. Quiero ver cómo te queda el asiento del acompañante», dijo con esa mueca tentadora mientras caminábamos bajo las estrellas, dejando atrás el silencio de la casa en una noche que parecía ponerse interesante.

Llegamos al parador, un lugar tranquilo de luces tenues, con mesas sobre una terraza que daba a la costa.

Me hizo una seña si me parecía bien ese lugar más tranquilo o si prefería ir dentro del salón. Asentí con la cabeza, el lugar tenía menos gente ahí fuera pareciendo más íntimo.

Nos sentamos y ordenamos un vino. El mozo llenó ambas copas, y al momento de brindar hago una pausa diciendo.

-“Ahhh por cierto, madame se llama Lucia”

Él sonrió y sus ojos brillaron con intensidad, mirándome fijamente respondió

-“No podía ser más hermoso el nombre, hace juego con tu estilo…… me gusta”soltó con esa voz que me recorría la espalda.

-“No cualquiera se anima a cambiar los planes así de rápido”. espetó

— “Me gustan los desafíos, Carlos” le respondí, sosteniéndole la mirada mientras jugaba con el tallo de la copa.

-“Y vos parecés uno bastante interesante”.

Él estiró la mano y, esta vez, no hubo vuelta atrás.

Me tomó los dedos, recorriendo la palma de mi mano con el pulgar, un gesto lento que me hizo contener el aliento. En ese rincón perdido de la costa, lejos de los chicos y de cualquier etiqueta, la Mata Hari que mis hijos bromeaban estaba más viva que nunca.

-“Entonces dejemos de hablar del desafío”, susurró él, levantándose apenas para acercar su silla a la mía.

Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo fijo, y finalmente acortó esos últimos centímetros. El beso fue como el impacto en el pasillo, seco, intenso y con un sabor a victoria que me confirmó que esa noche, definitivamente, era toda mía.

Sus labios se apoyaron suaves, pero con firmeza, un gusto exquisito sabía su boca, y respondiendo al beso metí sin más mi lengua dentro de su boca buscándolo con ansias.

No se hizo esperar, trenzamos en una lucha de roces ambas lenguas y sentí sus brazos rodear mi cintura pegándome a su pecho. La lucha de nuestras lenguas era un lenguaje nuevo, salvaje, que borraba cualquier rastro de la madre que cenaba con sus hijos hacía apenas unas horas. En ese abrazo asfixiante y delicioso, recuperé cada centímetro de mi femineidad, de ese deseo que a veces el tiempo intenta anestesiar pero que esa noche estaba más despierto que nunca.

Nos separamos apenas un milímetro, lo justo para recuperar el aire, pero sin soltarnos. Sus ojos claros, ahora oscurecidos por la pasión, me recorrieron la cara con una intensidad que me hizo temblar.

— “Me vas a volver loco, Lucia”, susurró contra mis labios, con la respiración entrecortada y esa sonrisa pícara que ahora tenía un gusto mucho más peligroso.

Se acercó lento a mi oído y susurró con la voz rota por el deseo.

-“Me parece que los dos nos merecemos algo mucho más… íntimo y exclusivo, no?”.

Me recorrió la espalda con la palma de la mano, un gesto posesivo que me hizo vibrar. Yo no quería que la noche terminara en un parador público, la adrenalina de haberme sentido una Mata Hari durante la cena pedía un cierre a la altura de las circunstancias.

-“Tengo una suite en el hotel del puerto con una terraza que mira a la bahía ¿Me acompañas?”.

No necesité pensarlo. Me levanté de la silla sin soltarle la mano, sintiendo cómo su mirada me escaneaba una vez más, pero esta vez con la certeza de que el «escaneo» estaba a punto de volverse piel. Caminamos hacia su auto casi en silencio, una tregua táctica antes de que la tormenta volviera a estallar seguramente entre las sábanas de ese hotel.

La puerta de la suite se cerró con un golpe sordo, dejando el mundo exterior del otro lado. No hubo necesidad de prender las luces, el resplandor de la luna que entraba por el ventanal de la terraza teñía todo de un azul plateado.

Carlos no esperó, acorralándome me besó con una voracidad que me hizo temblar las piernas.

Sus manos, grandes y expertas, recorrieron mi cuerpo con una urgencia que no admitía demoras. Sentí su paso bajando por mi espalda y, un segundo después, deshacerse de mi remera con una rapidez felina, quitó su camisa dejando a mi vista su torso firme, de hombre que sabe cuidarse y que sabe lo que quiere. Se arrodilló y quitó mi corta falda dejando solo una tanga ínfima que solo tapaba un suspiro.

En la penumbra de la habitación, el tiempo pareció detenerse. La luz de la luna daba de costado sobre mi cuerpo y él, absorto, en un escrutinio de mis formas talladas por esa luna exclamó.

-“no podés ser más hermosa, tu cuerpo, tu aroma, tu forma….es una delicia” y acercándose lentamente posó sus labios en esa ínfima cruz de tela que cubría mi pubis.

Sentí sus manos subir por mis muslos, firmes y decididas, mientras yo enredaba mis dedos en su pelo canoso, tirando apenas hacia atrás para que me mirara. Sus ojos claros, ahora inyectados de un deseo incontenible, se clavaron en los míos. El contraste de su madurez impecable con la urgencia de sus movimientos creaba una tensión adictiva.

Sin romper el contacto visual quitó su pantalón dejándose solo el boxer. Se paró mostrando que su cuerpo era una declaración de principios, fuerte, bien plantado y dispuesto a todo. Me tocó agacharme a mí, bajé su bóxer lentamente, generando un clima, y tuve a mi disposición toda su venosa e interesante hombría.

Suspiré, mis ojos abiertos ante semejante revelación, y mordiendo mis labios levanté la vista hasta cruzar la suya.

Sin dejar de mirarlo, besé su enorme glande apretándolo con mis labios, Carlos soltó un gruñido bajo, profundo, cuando mis labios lo envolvieron, sentí cómo sus manos se enterraban en mi pelo, no para apartarme, sino para guiarme en ese baile de entrega y dominio.

Él temblaba bajo mi tacto, esa madurez impecable que había mostrado en el pasillo se estaba desmoronando ante la urgencia de mi boca. Me miraba desde arriba, con los ojos casi nublados por el placer, viendo cómo la Mata Hari que él había despertado tomaba posesión de su hombría con una voracidad que no pedía permiso.

-“Dios… sos una fuerza de la naturaleza”, alcanzó a decir con la voz rota.

Me incorporé despacio, relamiéndome los labios sin dejar de sostenerle la mirada, disfrutando de verlo así, vulnerable y deseante a mis pies.

No hubo más palabras. Me tomó por la cintura y me levantó, depositándome sobre el borde de la cama con suma urgencia. En ese instante, la suite era nuestro universo y la noche, un testigo mudo de nuestra batalla de piel.

Separó mis piernas y besando los dedos de mis pies, bajó hacia el centro de mi hoguera. Cerré los ojos al tiempo que sentí su lengua ávida, surcar entre los labios de mi vulva, su encuentro con el clítoris. El mundo se redujo a ese punto exacto donde su lengua, experta y voraz, encontraba mi centro. Un espasmo eléctrico me recorrió desde los talones hasta la nuca, obligándome a arquear la espalda contra las sábanas de seda.

Él no tenía ningún apuro, se ensañó con una precisión quirúrgica, alternando presiones y succiones que me hacían perder el sentido de la realidad.

Mis manos buscaron desesperadas las suyas, entrelazando nuestros dedos mientras yo soltaba gemidos que se perdían en el techo de la suite.

-«Carlos…», alcancé a balbucear, sintiendo que el clímax se me venía encima como una ola gigante.

-“….si seguís acabo”, exclamé susurrando con la voz rota

-“De eso se trata este juego Lucia” respondió entre mis piernas hurgando con su lengua

No aguanté más y me vine en su rostro.

El mundo se detuvo en ese estallido. Sentí la oleada eléctrica naciendo desde lo más profundo, una sacudida que me hizo arquear la espalda hasta casi despegarme del colchón, mis dedos se clavaron en sus hombros mientras mi cuerpo se entregaba a ese espasmo incontrolable, liberando todo el deseo contenido en un gemido que retumbó en las paredes de la suite.

Carlos no se apartó, recibió mi clímax con una devoción absoluta, sosteniéndome, bebiendo de mí mientras yo temblaba entre sus manos.

El calor de su lengua y la firmeza de su mandíbula fueron el anclaje perfecto para no terminar de desintegrarme.

Antes de que mis espasmos terminasen, él se incorporó despacio, y colocándose entre mis piernas posicionó su gran herramienta en mi empapada entrada. Y con esa mirada de cazador satisfecho que me hizo sentir, más que nunca, una mujer poderosa, hundió lentamente su venosa humanidad dentro de mí.

Grité en un ronco sonido que brotó de mis entrañas al sentir cómo su firmeza reclamaba espacio, abriéndose paso en mi humedad con una parsimonia que era pura tortura y placer. El contraste de su hombría, tensa y caliente, llenándome por completo después del estallido, me hizo soltar un suspiro largo que terminó en un sollozo mudo contra su cuello.

Carlos no tenía apuro, se quedó ahí un segundo, incrustado en mí, dejando que nuestros cuerpos se reconocieran en esa unión perfecta.

Sus ojos claros, fijos en los míos, brillaban con una intensidad animal, despojados ya de cualquier máscara de galán de propaganda.

-“Te dije que no era tarde para el brindis, Lucía”, susurró con la voz quebrada, antes de empezar un movimiento de vaivén rítmico, profundo y posesivo.

Cada embestida era un eco del impacto que me provocó en ese pasillo del restaurant, pero esta vez el choque era piel contra piel, alma contra alma. Mis piernas se enredaron en su cintura, anclándolo a mi ritmo, mientras la suite se llenaba del sonido de nuestras respiraciones agitadas y el roce frenético de nuestros sexos. Pude sentirlo profundamente en mi ser, transportándome a mis mejores encuentros sexuales, una energía sin límite brotaba de las venas de su miembro, que escribía, tallando en las paredes de mi vagina una historia nunca contada.

Un breve tiempo después su respiración entrecortada comenzó a cargarse arrítmicamente, los jadeos ganaron su espacio y pude percibir que pude percibir que el final estaba cerca para ambos. Sus manos se aferraron a las sábanas con una fuerza que hizo marcar sus tendones, y el ritmo de sus embestidas se volvió frenético, casi desesperado.

-“Lucía… no puedo más…”, gruñó contra mi cuello, con una voz que era puro instinto.

Sentí el calor de su cuerpo tensarse al máximo, una vibración que nacía en su centro y se transmitía a cada fibra del mío.

-“Acabá dentro mío..” le susurré mirándolo a los ojos

Fue casi una orden, en un último impulso profundo, se hundió en mí con una entrega total, y sentí la oleada ardiente de su hombría inundándome por completo.

Fue un estallido mutuo, acabé con él en una sucesión de espasmos de los cuerpos, una comunión de fluidos y jadeos que nos dejó suspendidos en el vacío por unos segundos eternos.

Él se dejó caer sobre mí, con el peso de la batalla cumplida, escondiendo la cara en el hueco de mi hombro mientras nuestras respiraciones intentaban recuperar el ritmo.

Tomé su rostro entre mis manos y lo besé con la mayor ternura posible, el silencio de la suite volvió a instalarse, pero ya no era un silencio de soledad, sino de victoria compartida.

Nos quedamos así, entrelazados, mientras el sudor se enfriaba sobre nuestra piel y la luna seguía siendo el único testigo de que esa servilleta no había sido solo un papel, sino el pasaporte a una noche que ninguno de los dos iba a poder olvidar.

Y esa noche, en ese rincón del puerto, la Mata Hari y su caballero de ojos claros terminaron de escribir una etapa de la historia que una servilleta había empezado.

Me separé de sus brazos con suma lentitud, saboreando el último rastro de su calor en mi piel. Me vestí en penumbras, rescatando mi ropa del suelo y ajustando la tanga ínfima que había sido el prólogo de la batalla.

Carlos, desde la cama, me observaba con esos ojos claros que ahora guardaban el secreto de mi cuerpo, no hacían falta palabras, en ese instante, solo una sonrisa cómplice y un beso robado antes de cruzar la puerta.

El aire de la madrugada en la costa me golpeó la cara, fresco y cargado de salitre, terminando de despertarme del trance. Carlos me llevó de vuelta a la cabaña, sentía el eco de sus gemidos todavía vibrando en mis oídos y esa sensación de plenitud salvaje que solo te da una noche de entrega absoluta.

Llegamos justo cuando el cielo empezaba a teñirse de un violeta pálido.

Bajó como buen caballero que es, acompañándome, y antes de entrar a la cabaña, me dio un hermoso beso y me preguntó

-“nos volveremos a ver?….a mí, me gustaría”

Con una risa casi displicentemente cómplice respondí

-“mmmmm..no sé, tal vez…jaja” devolviendo el beso rápido y entrando a la cabaña.

Entré en puntas de pie, escuchando la respiración acompasada de mis hijos que dormían el sueño pesado de la juventud después del boliche. Me desnudé de nuevo, me metí entre las sábanas frescas de mi cama y cerré los ojos con una sonrisa triunfal.

Ya no había rastro de la soledad que me había pesado horas antes. Ahora era la Mata Hari que regresaba de su misión más exitosa, con el cuerpo encendido y la servilleta de Carlos guardada en la mesa de luz como el trofeo de una noche donde, definitivamente, el mundo había sido mío.

Me dormí profundamente….

El sol ya filtraba con fuerza por las rendijas de la persiana cuando abrí los ojos. Me estiré entre las sábanas, sintiendo cada músculo de mi cuerpo con una intensidad deliciosa, ese pequeño dolor muscular que es el mejor recordatorio de una batalla bien ganada.

Escuché ruido en la cocina y las voces bajas de mis hijos, que empezaban a despabilarse. Antes de levantarme, estiré la mano hacia la mesa de luz y rescaté la servilleta arrugada. Sonreí al ver su nombre ahí, «Carlos», como un amuleto.

Agarré el celular. Tenía un mensaje de él, enviado hacía apenas una hora

– «Todavía siento tu aroma en las sábanas. No sé si fue un sueño o si realmente existe una mujer así. Gracias por el brindis, madame».

Me mordí el labio, rememorando el peso de su cuerpo y la urgencia de sus manos. Mis dedos volaron sobre el teclado

-«No fue un sueño, Carlos, fue una declaración de principios. Guarda bien ese aroma, porque me parece que a esa servilleta todavía le queda mucha historia por escribir. Buen día, caballero».

Bloqueé la pantalla, guardé la servilleta en el cajón más profundo y salí a desayunar con mis hijos, sintiéndome la dueña absoluta de un secreto que me hacía brillar más que el sol de la mañana.

Los chicos me vieron entrar a la cocina en bombacha y musculosa, ambos esbozaron una sonrisa cómplice al mirarse mutuamente, Javier deslizó suavemente

-“Bueno….parece que alguien anduvo de batalla anoche…”

Y Manuel siguiéndole el sesgo a la broma irónica esbozó-“quien te dice, por ahí tenemos padrastro nuevo…jaja”

Ambos reían ruidosamente cargándome por mi aspecto poco alineado.

Los miré a ambos y con cara de mujer dura dije

-“qué sabrán uds pendejos?” , los dos largaron la carcajada y continuaron sus bromas sobre mí.

Me serví un café y ambos vinieron a abrazarme y darme un beso.

-“Nos pone contentos verte bien… aunque compartirte ya no tanto jaja” espetó Manuel.

Reí junto a ellos, me hacen tanto bien esos dos jóvenes, los amo tan profundamente que no sé qué haría si no estuvieran.

Terminamos el desayuno y nos cambiamos para ir a la playa, queríamos aprovechar el sol de un día hermoso que pintaba para mejor aún.

Los chicos jugaban en la arena a la pelota con otros muchachos, escucho veo en el celular un mensaje de Carlos, abrí nerviosa con un cosquilleo quinceañero en el estómago el mensaje para leerlo.

-“Lucia debo volver a la ciudad en un rato por una urgencia laboral, no voy a poder saludarte como lo mereces, pero espero que cuando vuelvas me des la oportunidad de redimirme con semejante mujer, beso enorme, nos vemos…”

Con el sol dándome en la cara y el sonido de las risas de los chicos de fondo, mis dedos escribieron rápido

-“Me dejaste con la intriga de cómo sería ese saludo… Queda pendiente para la vuelta. Avísame cuando llegues. Besos”

Guardé el teléfono y me desparramé en la lona, recorría los detalles de la noche anterior con sumo cuidado, hacía mucho tiempo que un hombre no dejaba ese rastro de intriga y de ansias en mí, creo que lo merecía.

 

Continuamos el finde con ganas, pasándola muy bien y disfrutando con los chicos, todo momento que compartimos.

Playa, juegos, comidas y cualquier momento de divertimento fue bien recibido por los tres. Ya el último día antes de volvernos pasamos la tarde en la playa jugando y tomando sol, mientras volvíamos casi de noche a la cabaña hablábamos de lo bien que lo habíamos pasado, y ellos deslizaron, a modo de juego, así como al pasar la posibilidad de encontrarnos los tres en un momento íntimo.

Cuando lo dijeron, me estremecí de ganas, ellos me movilizan desde el más profundo deseo siempre que juegan conmigo.

Al llegar a la cabaña me quité las sandalias y descalza entré. El contraste de mis pies descalzos sobre el piso frío mientras el calor del sol todavía permanecía en mis hombros me generó un escalofrío erizándome la piel.

Manuel siento que se ubica detrás de mío, no dice nada, pero dándose cuenta de mi estremecimiento se acerca, percibo la calidez de su respiración en mi nuca, antes de que sus dedos rodeen mi cintura con firmeza.

Javier de frente, me mira y se acerca capturando mi mirada con una intensidad que confirma que la propuesta del camino no fue un juego, ya es un reclamo.

El silencio de la cabaña se llena con el ritmo de nuestras tres respiraciones que buscan sincronizarse. Algún gemido sordo se pierde contra mi cuello, mientras las manos empiezan a mapearme, encontrándose sobre mi piel. Siento la fricción de sus palmas, aún rugosas por la arena, contra la sensibilidad de mis caderas. Es un juego de presiones, uno me sujeta, y el otro me acaricia, creándose una red de contactos que me hace perder la noción de quién toca y dónde. Es la primera vez que tengo a ambos juntos y me siento el eje magnético de ese movimiento.

Llega un punto donde los límites se borran. Me dejo ir, sostenida por la fuerza de sus brazos, sintiendo cómo ese estremecimiento que me recorrió al entrar, estalla ahora en una entrega absoluta en donde ese nudo de cuerpos, se vuelve un universo donde solo importa la vibración de esta unión perfecta.

Decido que nos bañemos juntos y acciono yendo, el vapor del baño se vuelve un muro blanco que nos separa del mundo, dejándonos atrapados en una dimensión donde solo existen nuestras siluetas recortadas por la luz tenue del baño.

El sonido del agua golpeando los azulejos es el único pulso, que parece marcar el ritmo de lo que está por pasar.

Cuando el chorro impacta en mi piel, el efecto es renovador y eléctrico a la vez. Siento el peso del agua como una caricia infinita, mientras, al unísono, sus manos comienzan ese masaje que me recorre entera. La presión de sus palmas enjabonadas es un contraste exquisito, la suavidad resbaladiza del jabón deslizándose por mis curvas, bajando por mis muslos, mientras el agua corre entre nuestros cuerpos pegados. Se crea un puente líquido, una corriente de calor que me arranca suspiros de puro deseo.

En ese cubículo estrecho, la masa de calor que somos los tres se vuelve una sola entidad. Me dejo sostener, suspendida en esa entrega absoluta, y es entonces cuando mis manos buscan lo que late con fuerza bajo el agua. Tomo sus entrepiernas entre mis palmas, sintiendo bajo la piel húmeda y el jabón, esas grandes y jóvenes humanidades vibrar, latiendo con una urgencia que me pertenece.

Es un buceo profundo en nuestra propia mar de deseos, en este nudo de cuerpos, bajo el chorro que nos bautiza, solo existe el éxtasis de sentir sus vidas latir con fuerza contra mis manos.

-“Má…te extrañábamos mucho” dice Javier en un rumor apagado contra mis oídos.

Un sentimiento mutuo me embarga, porque amo profundamente a esos muchachos. Cerramos el agua y vamos a secarnos. Siento las manos de uno de ellos rodeándome con la toalla, envolviéndome como si fuera un tesoro frágil. Me presiona contra su pecho húmedo mientras el otro, arrodillado frente a mí, se encarga de secar mis piernas con una lentitud deliberada. Cada roce de la toalla sobre mi piel todavía sensible despierta chispas, es un masaje que arrastra las últimas gotas de agua pero deja encendido el calor.

Veo en el espejo empañado, que apenas se ven nuestras siluetas borrosas. Pero al mirarlos a ellos, noto sus rostros relajados, con esa vulnerabilidad que solo aparece en estos momentos. Sus ojos brillan, todavía fijos en mí, reconociéndome como el centro de este universo de tres.

Salimos del baño envueltos en las toallas, con el cuerpo liviano y el alma llena. La cabaña nos recibe en penumbras, con el sonido del mar volviendo a ganar espacio. Nos desplomamos en la cama, todavía con la humedad mínima en el pelo, simplemente para sentirnos cerca.

Esa intriga del hombre de la noche anterior sigue ahí, guardada en un rincón de mi mente como un secreto delicioso alimentando mi deseo, que pienso aprovechar para este momento que hundida entre los brazos de ellos dos, sienta que mi plenitud es total.

Al tirarme de espaldas sobre la cama, el mundo se reduce a ese colchón y a la urgencia que nos devora. No hay preámbulos, las bocas de ambos caen sobre mí como hambrientos predadores, atacando los sectores más vulnerables de mi cuerpo con una voracidad que me corta el aliento, siento sus labios encender mis hombros, y los flancos de mi cuello, creando un cóctel de éxtasis que me hace arquear la espalda instintivamente. Es un asalto sensorial coordinado, mientras uno me ancla a las sábanas con la presión de sus manos en mis caderas, el otro recorre el mapa de mis muslos con una lentitud que tortura y excita a la vez.

Siento como, sus lenguas dejan el húmedo rastro del deseo, circundando mis pechos y bajando por el centro del abdomen a encontrarse con mi pubis. Mis piernas tiemblan y me siento más vulnerable y expuesta que nunca, cosa que me gusta. Ellos sin dejar de rozarme con sus labios me mantienen en un nivel de excitación que por momentos me hacen perder la consciencia.

Veo sus grandes torsos, plagados de músculos, como dos muros frente a mí en donde mi humanidad va a chocar varias veces en un frenesí esperado.

Siento la lengua de Javier buscar mi tesoro, separando con avidez las alas de mi mariposa, el mundo exterior, hasta el tiempo, simplemente deja de existir. Es un buceo profundo en el centro de mi placer, su rastro húmedo y caliente contra mi entrada me hace temblar de una forma que añoraba de antes porque ya la había experimentado. Esa lengua inquieta arrancándome suspiros y gemidos y yo, antes de perderme en mi mundo, giré mi rostro buscando ese bello animal que mora la entrepierna de Manuel.

Frente a mí, la humanidad de Manuel se alzaba como un desafío obsceno, palpitando con una turgencia que ya no puede esperar, reclamándome. Tomé su firmeza carnal con una urgencia que me nacía de las entrañas, recibiéndola entre mis labios hasta que su presencia llenó mi boca por completo. Manuel dejó escapar un suspiro profundo, un testimonio sonoro de mi entrega, mientras yo comenzaba a succionarlo con voracidad, saboreando cada pulsación eléctrica contra mi lengua.

En sincronía, él capturó una de mis piernas y, con una delicadeza que contrastaba con mi propio frenesí, introdujo mis dedos en su boca, recorriéndolos con una habilidad que me erizaba la piel. Me sentía atrapada en un torbellino de sensaciones del que no tenía intención de escapar, mi único deseo era devorar cada centímetro de esos jóvenes sementales, sin importar las consecuencias.

Fue entonces cuando Javier, a sabiendas, y en un arrebato de maldad casi instintiva, atacó mi clítoris con una firmeza implacable. El contacto provocó un sismo que sacudió todo mi cuerpo en contorsiones espasmódicas. Quise liberar un grito, pero el miembro de Manuel, hundido en mi garganta, transformó mi voz en un gemido ahogado y profundo que retumbó en mi pecho.

Javier aumentó la presión y el ritmo sobre mi clítoris, moviéndose con una cadencia que me obligaba a arquear la espalda con violencia. Ya no era solo un roce firme, era un ataque directo al centro de placer que me mantenía al borde del abismo. Mientras tanto, Manuel, espoleado por la intensidad de mi mamada y el espectáculo de verme sucumbir ante su amigo-hermano, apretó su mano contra mi nuca, guiando los movimientos con una urgencia renovada que rellenaba por completo mi boca.

Estaba atrapada entre dos fuegos, que convertían mi cuerpo en un campo de batalla donde la única rendición posible era el orgasmo. La intensidad del momento alcanzó su punto máximo cuando el entorno pareció desvanecerse, dejando solo la sensación de la respiración agitada y el latido acelerado de los corazones.

La tensión acumulada se resolvió en un instante de liberación absoluta, donde mi orgasmo se llevó todo por delante…incluida a mí.

Un mundo de estertores y espasmos me sacudió cual títere, empapando la cara de mi hijo y mordiendo levemente a Manuel en su hermosa herramienta. Pude escuchar su queja, pobre.

Ambos se retiraron un tanto a observar el desastre que dejó el orgasmo en su madre, que temblaba como una hoja respirando entrecortadamente mientras sus espasmos vaginales menguaban aún sin darle tregua.

-“Vaya forma de agradecernos, mamá “ susurró Javier con una voz que arrastraba una ironía oscura, mientras sus dedos, todavía húmedos, rozaban las alas de la entrada de mi sexo, que palpitaba rítmicamente en busca de más.

Manuel se arrodilló entre mis piernas, desplazando a su hermano con un hombro para ocupar su lugar. Su mirada bajó hacia el desorden que había dejado, admirando cómo mi cuerpo seguía rindiéndose a los ecos del placer.

-“Me temo que aún no hayamos terminado “

–“Ese mordisco me debe una compensación… y creo que Javier estará de acuerdo”. añadió Manuel sonriendo con ironía.

Y sin perder el tiempo, con una mueca que mezclaba el dolor residual del mordisco y una determinación feroz, se posicionó entre mis piernas, mis músculos internos todavía se contraían en pequeñas oleadas. Su mirada estaba fija en la mía, cargando el ambiente de una posesividad que me cortaba el aliento.

-“Lucia si vas a marcarme de esa forma, vas a tener que aguantar lo que viene” sentenció riéndose con la voz marcada por el deseo.

Sin mediar más palabras, Manuel apoyó su enorme miembro en mi empapada entrada y deslizándose lentamente, se hundió en mí con una estocada profunda y certera que me hizo arquear contra el colchón.

El contraste entre la sensibilidad extrema que me había dejado el orgasmo y la firmeza de su entrada me arrancó un gemido que esta vez sí pudo escapar de mi garganta convirtiéndose en un grito.

Él no buscaba delicadeza, buscaba reclamar el territorio, marcándome con todo el rigor de su venosa humanidad. Iniciando un ritmo implacable que hacía que mis caderas golpearan contra las suyas en un eco rítmico y carnal.

Mientras Manuel me poseía con esa urgencia casi violenta, Javier, lejos de quedarse atrás, se desplazó hacia un costado. atrapando mis pechos con su boca, succionando con fuerza para añadir más leña al fuego. De la urgencia de mis pezones, fue rápido a mi boca mordiendo mis labios y hurgando con su ávida lengua mi interior, mi respuesta fue casi inmediata trazando arabescos con mi lengua en la suya, entrelazándolas, de pronto, él rompió el contacto, pero no se alejó. Con una lentitud exasperante, recorrió con su lengua el camino desde mi mentón hasta mi frente, marcándola con saliva, se acerca y dice

-“Me encanta verte así Lucia, prendida fuego…jaja”, rió con ganas el pendejo insolente.

Estaba siendo devorada por ambos, convertida en el centro de un festín donde la jerarquía familiar se había disuelto por completo en favor del placer más puro y prohibido. Mis hormonas eran una fiebre y un cóctel puro de deseo y placer entremezclados que alteraban cualquier estado de consciencia posible.

Cada embestida y cada caricia eran como pinceladas de fuego sobre un lienzo en blanco. Me sentía disuelta, reducida a un pulso frenético de placer que me hacía buscar fundirme con la urgencia de ambos. En ese festín prohibido, sentí los dedos de Javier hurgar con ahínco mi esfínter anal, jugando con la humedad reinante, suavemente fue metiendo sus dedos dentro, mientras Manuel mantenía su ritmo implacable, el avance metódico de los dedos de Javier introduciéndose en esa zona tan sensible y prohibida terminó de dinamitar cualquier rastro de resistencia que pudiera quedarme.

Un gemido que no reconocí como propio escapó de mi garganta, perdiéndose en el espacio entre los cuerpos.

Era una sensación de plenitud abrumadora, la fuerza de Manuel llenándome por un lado y la audacia invasiva de Javier explorando mis profundidades por el otro. Sentía cómo mis músculos se contraían espasmódicamente alrededor de ambos, en un intento instintivo de atrapar ese fuego y no dejarlo escapar.

El aire en la habitación pareció espesarse aún más cuando Manuel, sin salirse de mí se tumbó de costado, y sentí a Javier posicionarse detrás de mío y presionando justo allí, en ese límite que hasta entonces nadie se había atrevido a cruzar con tanta determinación. El contacto de su glande, húmedo y firme contra mi venoso anillo, me arrancó un jadeo entrecortado que Manuel ahogó de inmediato con un beso posesivo, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo para acorralar mis sentidos.

Entonces, con una presión lenta pero implacable, Javier empezó a abrirse paso. Sentí una plenitud desconocida y punzante que me obligó a curvarme violentamente, buscando aire y espacio, algo a lo que aferrarme mientras él me reclamaba por esa vía prohibida en donde cada vena de su poderoso miembro marcaba su posesión sobre mi territorio, como una yerra caliente marca un animal.

El dolor inicial se transformó casi al instante en un pulso eléctrico que irradiaba hacia todo mi vientre, fundiéndose con la invasión constante y rítmica que Manuel mantenía por delante.

Estaba siendo habitada por completo. El contraste entre la fuerza frontal de Manuel y la incursión profunda y ajustada de Javier me dejó suspendida en un vacío de sensaciones extremas. Mis músculos, en un acto de rendición involuntaria, se contrajeron alrededor de ambos, atrapándolos en un espasmo de placer que me hizo perder el rastro de mi propia voz en un mar de sollozos.

Ya no era Lucía, era solo el centro de un choque de fuerzas que me desgarraba y me completaba al mismo tiempo, entregada a la insolencia total que ahora, con cada embestida, me recordaba quienes tenían el control absoluto de mi cuerpo.

La sincronía entre ambos se volvió una maquinaria perfecta de asedio. Manuel, sintiendo la invasión de Javier desde el otro lado, apretó sus manos contra mis caderas para estabilizar el vaivén, marcando un ritmo que me obligaba a recibir cada milímetro de ambos sin escapatoria. El aire que intentaba recuperar se convertía en gemidos sordos contra el cuello de Manuel, mientras la fricción interna de Javier, tensa y dominante, convertía mi resistencia en una rendición.

Me sentía como un territorio conquistado, donde la jerarquía del placer había borrado cualquier rastro de pudor. La presión doble generaba un vacío de oxígeno en mi cerebro, solo existía ese pulso frenético, esa sensación de estar al borde de una explosión que amenazaba con deshacerme. Mis paredes internas, forzadas a una dilatación extrema, latían con una urgencia animal, respondiendo a la persistencia de ambos con espasmos que los encadenaban a mí.

Era un festín de carne y voluntad. La conciencia de lo prohibido solo servía para lubricar el deseo, transformando la intensidad del acto en una necesidad devoradora de que no se detuvieran nunca, que ese choque de fuerzas me llevara hasta el límite absoluto de mis sentidos.

El mundo de Lucía se redujo a un punto de presión insoportable donde el espacio y el tiempo dejaron de existir. La doble invasión, en las incursiones profundas y ajustadas de ambos orificios, crearon una frecuencia de placer que mi cuerpo ya no podía contener.

Sentí cómo mis músculos internos se tensaban en un espasmo violento, una contracción que atrapó a ambos hombres en un abrazo ciego y desesperado. El grito quedó atrapado en mi garganta mientras mis uñas se hundieron en la carne de ambos buscando un ancla, mientras el fuego de Javier detonaba la última reserva de mi consciencia.

-“chicosss…no aguanto maaasss!! “ esgrimí con la voz rota

Mi orgasmo llegó en una explosión demoledora.

Una catarata de pulsaciones ardientes recorriendo mi espina, irradiando fuego desde mi vientre hacia cada extremidad, dejándome suspendida. El placer era tan vasto que bordeaba el dolor, una rendición total que me hizo colapsar llorando sobre el pecho de Manuel mientras Javier, con una última embestida posesiva, terminaba de sellar su conquista. Quedé a la deriva, disuelta en el sudor y el eco de mis propios sollozos, entregada al silencio que sigue a la tormenta más perfecta y prohibida de mi vida. Ambos posaron sus labios en mis mejillas, uno de cada lado, como una señal de acompañamiento en este trance tan difícil de sobrellevar.

Y sin dejar de moverse dentro de mí, al sentir el espasmo devastador que tuve, la última pizca de control de Manuel se quebró. Su ritmo, antes metódico, se volvió errático y salvaje, buscando el fondo de ese refugio que lo apretaba con una fuerza desesperada. Un gruñido animal escapó de su garganta mientras se hundía por última vez, dejando que su blanca y viscosa marea interna me inundara, fundiéndose con el calor de mi vagina, en una entrega total y pesada.

Casi en perfecta sincronía, Javier, con esa insolencia que lo definía, soltó una carcajada ahogada que se transformó en un gemido de triunfo. Sintiendo las paredes del anillo venoso contraerse en el clímax, él redobló la presión de su estocada final y con un movimiento seco y posesivo, vació sus fértiles testículos profundamente dentro de su madre inundándola, marcando su territorio con una urgencia que, hizo que mi cuerpo vibrara una vez más bajo el peso de ambos.

El silencio que siguió fue denso, roto solo por tres respiraciones entrecortadas que buscaban oxígeno en el aire cargado. Manuel colapsó sobre mi hombro, ocultando su rostro en mi cuello, mientras Javier, aún unido, dejó caer su frente contra mi espalda, manteniendo una mano firme en mi cadera como si se negara a soltar el trofeo que acababan de conquistar juntos. La jerarquía se había disuelto en el sudor y el placer compartido, dejando solo el rastro de una transgresión que ninguno de los tres podrá olvidar.

El silencio pesado Javier se inclinó hacia mi oído, su voz, todavía ronca, cargada y oscura, vibró contra su piel húmeda.

—»Te lo dije, Lucía… vos prendiste el fuego y nos quemaste a los tres», susurró con una sonrisa pícara, depositando un beso posesivo en mi nuca.

Manuel, que seguía con el rostro hundido en mi cuello, dejó escapar un suspiro profundo, una mezcla de rendición y posesión territorial. Se incorporó apenas lo necesario para mirarme a los ojos, con una intensidad que quemaba más que cualquier caricia previa. Sus manos, grandes y firmes, acunaron mi rostro con una delicadeza que contrastaba con la violencia de lo vivido.

—»Ya no hay vuelta atrás de esto», sentenció Manuel en voz baja, marcando con sus palabras el sello final a la jerarquía rota. «Ahora sos nuestra, completamente nuestra».

Y yo, atrapada entre el calor de ambos y el eco de sus confesiones, solo pude cerrar los ojos, sintiendo cómo el peso de esas palabras terminaba de sellar el pacto prohibido que acababa de consumirse. Exhalé un suspiro tembloroso, sintiendo aún el eco de los espasmos recorriendo mi vientre. Abrí los ojos lentamente, encontrándome con la mirada tierna de Manuel y sintiendo el aliento de Javier todavía cálido contra su nuca. Lejos de retroceder ante la sentencia de posesión de ambos, una sonrisa cargada de una nueva confianza se dibujó en mis labios entreabiertos.

—»Entonces no se atrevan a soltarme», susurré con la voz rota por el esfuerzo, pero con una firmeza que los desafiaba. «Porque después de esto, ninguno de los tres va a poder conformarse con menos».

Mis manos, aún débiles, buscaron el cuerpo de Manuel para atraerlo hacia mí, mientras mi espalda se presionaba instintivamente contra el pecho de Javier, reafirmando que aceptaba ese lugar en el centro de su tormenta.

El pacto estaba sellado, la jerarquía familiar había muerto para dar paso a una lealtad mucho más oscura y carnal. Manuel se acomodó a un costado, pero no se alejó, rodeó mi cintura con su brazo firme, atrayéndome hacia su pecho en un abrazo protector y posesivo. Al mismo tiempo, Javier, desde el otro lado, se deslizó para completar el cerco, apoyando su cabeza en mi hombro y entrelazando sus dedos con los de Manuel sobre el vientre de la madre

En ese nudo de extremidades y piel húmeda, los tres formamos una sola entidad, un refugio de carne donde el mundo exterior y sus reglas ya no tenían permiso para entrar. Sentí el latido de ambos hombres fundiéndose con el mío, en una percusión rítmica que sellaba el pacto de lo vivido.

No hubo necesidad de más palabras. El gesto final fue ese silencio compartido, una rendición mutua al peso del placer y a la complicidad de una transgresión que nos mantendría encadenados mucho después de que el sudor se hubiera secado.

Ya no había jerarquías, ni pasado, ni culpas, solo quedaba el peso cálido de la entrega y la certeza de que, a partir de ese instante, el mundo exterior sería un lugar extrañamente ajeno. El incendio se había consumado, dejando tras de sí una paz oscura y vibrante que los mantendría unidos en el secreto de esa noche.

Al día siguiente, el camino de vuelta a casa se sintió como un tránsito entre dos dimensiones. Mientras el paisaje pasaba de largo, en mi mente resonaba con un fervor creciente aquel número anotado en la servilleta.

Era una esperanza pequeña y tangible, la promesa de que, sobre las cenizas de esa noche, empezaría a escribirse una historia diferente.

Nahuel el amigo de mi hijo

Nahuel el amigo de mi hijo IV: Deberes o sentimientos