Capítulo 3

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Después de vivir los acontecimientos con mi primo, mis ideas cambiaron. Cada vez que había la oportunidad de estar a solas con él, aprovechaba para hacerme sus cosas. Como meterme la verga en la boca o manosearme todo el cuerpo. Durante esa edad de los diez años, vivía constantemente esos encuentros.

Él siempre hacía valer cada chance, cada rinconcito vacío en la casa. Yo para ese punto ya me dejaba, me acostumbré como si fuera parte de la rutina, como lavarme los dientes o ponerme el uniforme del colegio. Hasta empecé a buscarlo yo misma cuando sentía ese cosquilleo raro en la panza, ese calor que no sabía de dónde venía pero que me hacía ir donde él con cualquier excusa.

En total, todo eso se fue transformando en «normal», crecí con esa idea en mi cabeza, que todo eso que vivía en ése entonces, era normal en las familias. Pero no, no lo era. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba en otras casas, solo sabía que en la mía, mi familia no eran de lo normal del todo.

Cuando cumplí los once años, mi cuerpo muto aún más, el cambió fue muy notorio. Si de por si ya tenía tetas grandecita desde los 8 y 10, apenas un año, se hicieron más grandes de lo normal, y una cintura algo pequeña se formó, mis nalgas se hicieron más redondas y mis piernas más gruesas.

En unas de esas noche que me bañaba me detuve a verme en el espejo y no me reconocí. Mi cabello negro azabache me caía hasta la cintura, y mi piel blanca se veía más pálida bajo la luz del baño. Sentía que mi cuerpo no era mío, como si alguien más lo hubiera moldeado sin mi permiso.

No solamente mi cuerpo cambió demasiado, tambien mi vida tambien la de mi hermana, por que a esa edad entendí los oscuros secretos de mi familia y lo pervertidos que llegaron hacer conmigo y con carol. Mi edad de mujer adulta empezaba desde entonces, a mis onĉ3 años.

En una de esas noches, cuando mi mamá salió de fiesta y mi hermano Víctor se quedó donde la abuela, solo Carol y yo estábamos en casa. Yo me había quedado dormida en mi cuarto, pero en medio de la madrugada, un ruido raro me despertó. *Schlurp… schlurp…* como chupadas húmedas y rápidas, mezcladas con un jadeo suave. Me levanté calladita, descalza, y salí al pasillo oscuro. La tele de la sala estaba prendida, pero con el volumen bajito, mostrando puras sombras que bailaban en las paredes.

Me acerqué de a poco, aguantando la respiración, y asomé la cabeza por la esquina del mueble. Ahí vi todo: Carol, arrodillada en el sofá, con la cabeza metida entre las piernas del tío Roberto. Él tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, y una mano agarraba fuerte la nuca de mi hermana mientras la otra se hundía en su blusa. *Glup… glup…* sonaba cada vez que Carol movía la boca, y un hilillo de baba le corría por la barbilla.

Sentí como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago. No podía creerlo. Carol, la misma que el año pasado le partió la nariz a un tipo por tocarme el culo en el bus. La que gritaba que los hombres eran unos cerdos cuando veía noticias de violaciones. Ahí estaba, tragándose la verga oscura y peluda del tío como si fuera un helado. Roberto gimió más fuerte, empujándola más abajo, y ella no se resistió. Solo hizo un sonido ahogado, *mmphh*, y siguió mamando con los ojos vidriosos, perdidos en la nada.

Un escalofrío me recorrió la espalda cuando vi la mano de Roberto metiéndose por debajo del short de Carol, apretándole una nalga con fuerza. *Chasquido*. El sonido de sus dedos hundiéndose en su carne me hizo retroceder un paso. Con pasas lentos me dirigi a mi cuarto, cerré la puerta con seguro, me tapé los oídos con la almohada y me acurruqué en mi cama. Pero los sonidos seguían ahí: los gemidos bajos de Roberto, el golpeteo del sofá contra la pared y el jadeo de Carol como si estuviera corriendo. Mi corazón latía tan fuerte que sentía el pulso en las sienes. ¿Por qué ella? Ella siempre fue la fuerte, la que me protegía.

Pues así es, es una «familia», muy complicada, o por asi decirlo, de mierda. No es ficción, es pura verdad. Es precisamente con mi tío(si es que se lo puede llamar así) Roberto que no solo se aprovecho de mi hermana, sino también de mí.

Más allá de lo que mi primo me hacía, constantemente, nunca pasó de meterme la verga en la boca o manosearme. Siempre fue algo cuidadoso con eso, hasta en ese entonces. Pero después cambió todo.

[*Pasaron unos meses*]

Una noche, de un sábado «normal», nos reunimos casi toda la familia. Mi mamá estaba en la cocina preparando un chancho ahumado, mi hermano Víctor jugaba FIFA en la sala y mi hermana Carol hablaba por teléfono en el balcón. Yo me había puesto mi ropa favorita: una licra negra ajustada que se me metía escandalosamente entre las nalgas(no la hacía apropósito, si no que toda la ropa me quedan así, ya que mi cuerpo no ayudaba mucho), marcando cada curva de mi cadera y hasta la forma de mi vagina bajo la tela. Y una blusa blanca talla 34, tan pequeña que mis pechos casi saltaban de ella, los pezones semis-duros rozando la tela fina. Sentía las miradas pegajosas de los tíos cuando pasaba, pero me valía verga. O eso creía.

Mi tia rosa, de las pocas persona que se salva de mi familia, le dicen a mi mami que no me deje vestir de esa manera, que soy muy chiquita para esas ropas. Pero mi mamá solo se encoge de hombros mientras pela papas. «Es lo que hay, hermana. La niña tiene cuerpo de mujer y no hay ropa de niña que le quede». Solo mi tía se volteó muy decepcionada de mi mamá. Yo me siento en el balcón, sintiendo la licra pegada como segunda piel mientras el viento caliente de Guayaquil me pega en la cara. *Schhhk… schhhk…* El roce de mis muslos gruesos al cruzar las piernas hace ese ruidito húmedo que me da vergüenza ajena.

EN LA NOCHE.

Los adultos estaban en la sala bailando salsa vieja, el olor a cerveza y sudor se pegaba en el aire. Yo jugaba con mis primas chiquitas a las congeladas en el patio de atrás, corriendo entre las macetas de mamá. *¡Tatys, te congelé!* gritó Marisol, y yo me detuve en seco, jadeando. Sentía la licra negra pegada al culo, toda sudada, y abajo… abajo estaba mojadísima. No de sudor, no. Mis partes íntimas se deslizaban dentro de la ropa interior, *schlip-schlip*, como si tuviera aceite ahí.

De repente, una voz ronca me cortó el juego: *¡Tatys! ¡Ven acá, mi vida!* Era el tío Roberto, medio borracho, sentado en la silla de plástico junto al refrigerador. Me acerqué despacio, sintiendo cómo mis tetas saltaban con cada paso en la blusa ajustada. Él me agarró de la cintura con su mano peluda y caliente, tirándome hacia él. *Chasquido*—su otro brazo, cubierto de vellos negros como alambre, me rodeó los hombros. Me apretó contra su panza sudada, y el olor a Ron Añejo me dio náuseas. *Toma, mi reina*, susurró, dandome unas mones sobre mis manos. Después, acercó sus labios húmedos a mi oreja: *Anda a la tienda… tráeme una cajetilla de Belmont.

Corrí por la calle polvorienta, sintiendo la licra pegajosa entre mis nalgas. Cada paso hacía *schluk-schluk* en mis partes íntimas. Cuando regresé, él estaba solo en el rincón oscuro de la cocina, lejos del ruido de la música. Me acerqué para dejarle los cigarrillos sobre la mesa, pero antes de que pudiera escapar, su mano me agarró la cintura pequeña con fuerza. *Ay, mi Tatys… qué bonita estás hoy*, murmuró. Su aliento caliente me quemó la nuca mientras sus dedos gordos empezaron a bajar por mi espalda. *Schhhk… schhhk…*—el sonido de su piel rozando mi licra mojada se escuchaba claro en el silencio.

Me hizo sentar en sus piernas peludas. Sentí el calor de su cuerpo sudoroso y el olor agrio a alcohol. Él prendió un cigarro, *fssshhh*, mientras su celular brillaba con fotos de mujeres desnudas. Yo me quedé tiesa, tratando de no respirar. Pero entonces lo sentí: algo duro y grueso empezó a crecer bajo mi trasero. *Mmmph…*—él gruñó bajito mientras la erección empujaba contra mis nalgas redondas, marcándose bajo la tela delgada de mi licra. Era igualito a lo que sentía con mi primo Luis, pero más grande. Más pesada. La punta del pene se hundía entre mis glúteos como un dedo gordo buscando entrada.

De repente, una corriente eléctrica me recorrió desde la espalda hasta las rodillas. *Ay…*—escapó un gemidito de mi boca sin querer. Mi cuerpo recordó. Recordó lo de Luis. Lo de esa noches. Lo del calorcito raro que ahora volvía como un tsunami. Mis caderas se movieron solitas, apenas un centímetro hacia atrás, apretando más contra la verga dura. *Schliiick*—sonó la licra mojada al despegarse de su pantalón. Roberto dejó escapar un jadeo ronco. *Así, mi vida… así…*.

Sus dedos gruesos se clavaron en mis caderas anchas. *Crunch*—sentí el sonido de sus nudillos al apretar. Él empezó a empujarme hacia adelante y luego hacia atrás, lento al principio. *Sshhkk… sshhkk…*—el roce de mi licra negra contra su jeans. Cada empujón hacía que su pene se hundiera más entre mis nalgas, aplastándolas. Yo cerré los ojos fuerte. Mis manos se agarraron de sus rodillas peludas. Sin pensarlo, empecé a moverme yo también. Primero despacio, luego más rápido. *Slap-slap-slap*—el sonido de mis nalgas golpeando su entrepierna se mezclaba con su respiración agitada. *Jfff… jfff…*—él jadeaba como perro cansado.

Sentí la punta de su verga rozando mi entrada por encima de la licra. Caliente. Dura. Como un palo de escoba. Mis caderas se balanceaban solas ahora, arriba y abajo. *Schlup-schlup-schlup*—la tela mojada hacía ruido cada vez que bajaba. Él gruñó bajo, *¡Sí, carajo!*. Yo tenía mis ojos cerrados, movia mi cabeza de una lado a otro, pero suave, por primera vez me estaba excitando, aunque sabía que estaba mal. Pero la excitacion me ganó, por que era algo nuevo, esta vez era más de lo que había pasado con mi primo luis.

De pronto mi cuerpo comenzó a temblar, como cuando tienes frío pero por dentro ardía. *Tac-tac-tac*—mis rodillas chocaban entre sí mientras seguía montando su verga sobre la licra. En ese momento sentí algo abudante salir de mi vagina. Como un chorro caliente que mojó más la licra y empezó a chorrear por mis muslos gruesos. *Gluuup*—el sonido de mis partes mojadas al rozar su pene duro se hizo más fuerte. Yo gemí bajito, *ay… ay…*, sin poder parar mis caderas.

Me empecé a mover más rápido sientio lo mojada que estaba, y la verga de mi tio lo sentía aún más dura. Él gruñó bajo, *¡Así, mi vida!*, mientras sus manos grandes apretaban mis nalgas como si fueran masa de pan. Yo cerraba los ojos fuerte, sintiendo cómo el calor se me subía a la cara.

De repente, alguien desde la sala de la casa llamado a mi tio -!ROBERTO!-, era mi mamá. Mi tío Roberto se levantó rápido, levantándome, me quedé parada, con licra mojada en la parte delantera, mis piernas temblaban un poco, -anda al baño y límpiate bien-, dijo mi tío Roberto mientras se ajustaba el pantalón.

Yo corrí al baño, cerré la puerta con seguro y me miré en el espejo. Mi cara estaba roja, el cabello pegado a la frente de sudor. Me bajé la licra mojada. Mis partes estaban rojas, hinchadas. Me limpié con papel higiénico blanco, que se volvió rosado rápido. *Schlip*—el sonido de mi mano temblorosa limpiando entre mis muslos gruesos.

Afuera, oí la voz de mi mamá preguntando dónde estaba yo. *¡Tatys! ¡Ven a ayudar con los platos!*. Respiré hondo, tratando de que mi voz no sonara rara. *¡Ya voy, mamá!*, grité, pero salió como un susurro.

Después de eso, cambio todo de mi, definitivamente.

Al haber sentido todas esas sensaciones que experimenté en mi cuerpo, de mi primo y de mi tío, me provocaron algo dentro de mí que despertó. Me volví adicta a esa sensación que hacía estremecer mi cuerpo, especialmente en mi zona vaginal. Es en este punto que mi vida sexual se despertó definitivamente. Ya era una niña caliente que buscaba algo que sirviera para rozarlo en mi vagina, y qué mejor que aquello que sobresalía de los hombres de mi familia. Instantáneamente me volví una niña traviesa e hiperactiva.

Me gustaba ir de allá para acá aunque usara vestido, y hacerlo tanto en la escuela como en casa: sentarme con las piernas abiertas, levantar mi vestido para que vieran mis calzones, y observar cómo los hombres de mi familia me miraban. De vez en cuando, al hacer eso, las mujeres—mis primas mayores, mis tías—me retaban.

En la escuela, durante el recreo, me sentaba en las gradas del patio con las piernas bien abiertas. *Schhhk*—el sonido del vestido de cuadros rozando mis muslos al levantarlo apenas unos centímetros. Mis calzones blancos, empapados del calorcito entre mis piernas, se transparentaban bajo la luz del sol. Veía cómo los profesores hombres pasaban rápido, tosiendo incómodos mientras apartaban la mirada.

Mis compañeras se reían, *¡Tatys, qué cochina!*, pero yo solo sonreía, sintiendo ese cosquilleo húmedo en mi vagina cada vez que alguien miraba.

En casa, durante las reuniones familiares, repetía lo mismo. Me sentaba en el sofá frente al tío Roberto, cruzaba las piernas lentamente para que mi falda se subiera, *fsssh*, dejando ver el elástico de mis calzones rosados. Él dejaba de hablar, la cerveza a medio tomar en su mano, mientras sus ojos se clavaban en mis muslos. *¡Tatys, cierra las piernas!*—rugía mi tía Rosa, tirándome de la falda con fuerza. *¡Eres una niña, no una cualquiera!* Yo fingía llorar, *¡Es que me da calor!*, pero por dentro sentía un fuego que solo crecía.

Una tarde, sola en mi cuarto, encontré el mango redondo de un cepillo de pelo. Me acosté en la cama, levanté mi vestido, y lo deslicé entre mis piernas. *Schliiick-schliiick*—el plástico frío rozó mis partes hinchadas. Me moví rápido, apretando los muslos, hasta que un temblor dulce me recorrió el cuerpo. *Ahh…*—gemí en el silencio, sintiendo cómo la humedad empapaba mis calzones. Era mejor que con mi primo, mejor que con mi tío. Yo sola podía controlarlo.

Al día siguiente, en el colegio, me senté al final del salón durante matemáticas. Levanté disimuladamente mi falda gris, dejando mis muslos al descubierto. *Fsssh*—el sonido de la tela rozando la piel. El profesor, don Carlos, pasó por mi lado. Sus ojos se clavaron en mis piernas, luego en mis calzones celestes transparentes por la humedad. Se detuvo, tosió, y siguió caminando más rápido. Yo apreté los muslos, sintiendo el cosquilleo otra vez.

En casa, mi hermana Carol me encontró en el baño. Yo estaba sentada en el lavamanos, con las piernas abiertas, frotando una esponja redonda entre mis partes. *Schlup-schlup-schlup*—el sonido húmedo resonaba en las paredes. *¿Otra vez?*—preguntó, cruzando los brazos. *¡Es que me pica!*—mentí, bajando rápido la falda. Ella sacudió la cabeza. *Te van a castigar si te ven*.

Pero yo no podía parar. Esa noche del sábado, ennuna fiesta familiar, vi a tío Jaime, me senté en sus piernas mientras él fumaba en el balcón. *Fssshhh*—la brasa del cigarro brilló en la penumbra. Yo me moví disimuladamente, buscando el bulto en sus pantalones de lino. *Schhhk*—la tela de mi vestido rosa se levantó al rozar sus rodillas. Él dejó escapar un suspiro. *Tatys, bajate*—dijo, pero sus manos no me empujaron.

Sentí algo duro bajo mis nalgas. *¿Qué tienes ahí, tío?*—pregunté, fingiendo inocencia mientras me balanceaba arriba y abajo. *Un celular*—murmuró, apretando los dientes. *¡Ay, qué incómodo!*—gemí, frotándome más rápido. *Schliiick*—la humedad de mis calzones traspasó la tela delgada. Él se levantó de golpe. *¡Ve a jugar!*—rugió, rojo como un tomate.

Pero ninguno de mis tíos me dejaba por mucho tiempo estar sentada en sus piernas, sabiendo que podría meterme en líos(según ellos). Hasta que llegó mi tío Roberto con una sonrisa dibujada en su rostro, con sus pantalones cortos sueltos, mi mirada se mantuvo en aquél lugar dónde estaba su verga, sabiendo que yo, quería montarme ahí rápido.

Mi tio Roberto, entró y se dirigió al patio trasero donde estaba la mesa de plástico. Estaba visiblemente enojado, con las cejas fruncidas y los puños apretados, probablemente por alguna discusión con mis abuelos. Saludó a todos con un gesto brusco y se metió al pasillo oscuro que llevaba al fondo.

Yo, sintiendo ese cosquilleo familiar en la panza, lo seguí en silencio, descalza sobre el cemento frío. *Toc-toc-toc*—mis pasos rápidos pero suaves, el corazón latiendo fuerte en mis oídos. Desde la sala, la música de salsa y las risas ahogaban cualquier otro sonido. Era el momento perfecto.

Mi tio Roberto estaba sentado en una silla de plástico junto a la mesa, la espalda encorvada y los codos apoyados en las rodillas. Su respiración era pesada, *jfff… jfff…*, como si acabara de correr. Me acerqué por detrás, oliendo el Ron Añejo que salía de su piel. Sin decir nada, me deslicé sobre sus piernas peludas, sintiendo la tela áspera de sus pantalones cortos bajo mi vestido de flores.

Él se tensó al principio, pero cuando apoyé mis nalgas redondas contra su entrepierna, un gruñido ronco le salió de la garganta. *Mmmph…*. Mis manos temblaban al posarse en sus rodillas mientras me acomodaba, empujando mi cuerpo hacia atrás hasta sentir el bulto duro creciendo bajo mí. *Schliiick*—el roce de mi vestido mojado contra su ropa sonó claro en la penumbra.

«¿Cómo fue tu día, tío?» pregunté con voz de niña dulce, balanceándome apenas. Sus dedos se clavaron en mis caderas como garras. *Crunch*—las uñas hundiéndose en mi piel blanca mientras su respiración se aceleraba. *Jfff… jfff…*. «Bien, mi vida», murmuró, pero sus ojos no miraban mi cara; bajaban hacia mis muslos donde el vestido se había enrollado, dejando ver mis calzones rosados empapados.

Me moví hacia atrás otra vez, buscando la presión. *Schliiick*—la humedad traspasó la tela delgada del vestido cuando su erección palpitante se hundió entre mis nalgas. Él gruñó bajo, *¡Carajo!*, y sus manos subieron por mi espalda, tirando de mi cuerpo contra su pecho sudoroso. El olor a alcohol y tabaco me llenó la nariz. Sentí el latido de su corazón contra mis costillas—*thump-thump-thump*—tan rápido como el mío.

En la sala había música, personas charlando y bebiendo, así que aproveché a hacer lo mismo que solía hacer, pero un poco más notorio.

Comencé a moverme hacia adelante y atrás, dando algunos saltitos y en círculos sobre sus piernas. *Schliiick-schliiick*—el sonido húmedo de mi vestido rozando sus pantalones cortos se mezclaba con su respiración cada vez más agitada. *Jfff… jfff…*—él jadeaba como si corriera, sus manos apretando mis caderas con fuerza, hundiendo los dedos en mi piel blanca. *Crunch*—sentí sus nudillos al cerrar los puños mientras yo seguía moviéndome arriba y abajo, sintiendo cómo su verga se ponía más dura bajo mis nalgas con cada roce.

De pronto, sus manos se metieron por debajo de mi vestido. *Schhhk*—las palmas calientes y peludas rozaron mis muslos gruesos antes de agarrar mis nalgas redondas con fuerza. *¡Ay, tío!*—gemí bajito cuando sus dedos se hundieron en mi carne, apretando como si fueran masa de pan. Él gruñó, *Mmmph…*, y empezó a moverme más rápido contra él. *Slap-slap-slap*—el sonido de mis nalgas golpeando su entrepierna aceleró mientras yo cerraba los ojos, sintiendo el calor subirme a la cara.

Sus dedos tiraron hacia arriba del elástico de mis calzones rosados. *Chasquido*—la tela húmeda se pegó a mi piel cuando él la estiró, metiéndola entre mis nalgas apretadas. *Schliiick*—el sonido fue claro mientras la humedad empapaba la tela. Yo me balanceé más rápido, arriba y abajo, sintiendo cómo su verga dura palpitaba bajo mí, marcando cada movimiento. *Slap-slap-slap*—mis nalgas golpeaban su entrepierna al ritmo de su respiración agitada. *Jfff… jfff…*—él jadeaba, apretando mis caderas con más fuerza.

-eres bien traviesa tatys, si no fuera por el lugar haría más- dijo mi tío Roberto al oído, su voz ronca como papel de lija mojado. Yo solo reí, un sonido ahogado que se perdió entre los tumbaos de la salsa, y me empecé a mover aún más sobre sus piernas. Sus manos grandes, peludas como cepillos, se hundían en mis nalgas redondas bajo el vestido. *Schliiick-schliiick*—la tela empapada de mis calzones rosados rozaba el lino de sus pantalones cortos con cada balanceo. Sentía su verga dura palpitando bajo mis partes, caliente como un fierro al sol, buscando entrada entre mis muslos gruesos.

Instantáneamente miré por todos lados para ver si alguien nos veía. Mi familia estaba en la sala: mi mamá bailando con mi abuelo, Carol riéndose con las tías, Víctor gritando por el gol en la tele. Nadie volteaba hacia el patio trasero. El aire olía a chancho ahumado y cerveza tibia, mezclado con el sudor agrio de mi tío. Sus dedos tiraron más fuerte del elástico de mis calzones. *Craaack*—sentí la tela estirándose hasta casi romperse mientras él la metía más profundo entre mis nalgas. *¡Ay!*—gemí, pero no paré de moverme arriba y abajo, más rápido ahora. *Slap-slap-slap*—mis caderas golpeaban su entrepierna al ritmo de mi respiración corta.

Sus manos subieron por mi espalda, tirando de mi cuerpo contra su pecho sudoroso. *Schhhk*—la tela mojada de mi vestido se pegó a su camisa. Sentí su verga palpitando bajo mis nalgas, dura como una piedra caliente. Él gruñó bajito, *Mmmph…*, y empezó a empujar mi cintura pequeña hacia abajo con fuerza. *Crunch*—sus nudillos blancos al apretar mis caderas. Yo cerré los ojos, moviéndome en círculos ahora, sintiendo cómo la punta de su pene rozaba mi entrada por encima de la tela empapada. *Schliiick-schliiick*—el sonido húmedo se hizo más fuerte con cada fricción. Un chorro caliente salió de mi vagina, mojando aún más mis calzones. *Gluuup*—la humedad traspasó el vestido, pegándolo a sus pantalones cortos.

Sus dedos se clavaron en mis nalgas, separándolas con fuerza. *¡Ay!*—escapó de mi boca mientras él hundía su verga contra mi clítoris hinchado. *Slap!*—un golpe seco cuando mis huesos pélvicos chocaron contra su pubis. Empecé a temblar, las rodillas débiles, pero seguí montándolo frenéticamente. *Schlup-schlup-schlup*—los roces rápidos hacían espuma entre mis piernas. Él jadeaba, *Jfff… jfff…*, apretando mis caderas para controlar mi ritmo. *Más despacio, mi vida*—susurró con voz ronca, pero yo aceleré, sintiendo el orgasmo acercarse como un relámpago en mi vientre.

De pronto el me levantó como si fuera una muñeca de trapo, sus manos enormes bajo mis nalgas mientras yo me aferraba a su cuello sudoroso. *Schhhk*—el vestido de flores se enredó en mis muslos al ser alzada. Sin decir palabra, caminó rápido hacia el cuarto de herramientas al fondo del patio—un cuartito oscuro que olía a gasolina y tierra húmeda. La puerta de madera chirrió al abrirse, *eeeeeek*, y me acostó boca arriba sobre un saco de arena fría.

Mi tio, me subió la falda hasta mis pechos, dejando mis calzones rosados empapados completamente al descubierto. El elástico estaba torcido, casi roto por sus tirones anteriores. *Schliiick*—el sonido de la tela mojada al separarse de mi piel. Sus dedos callosos agarraron la cintura del calzón y lo bajó bruscamente hasta mis rodillas. El aire frío del cuartito me golpeó entre las piernas mientras yo temblaba, no de frío, sino de esa corriente eléctrica que ya conocía demasiado bien. Mis muslos gruesos, mis partes completamente expuestas—húmedas, hinchadas, palpitando bajo su mirada.

Sus ojos oscuros clavados entre mis piernas mientras bajaba la cabeza—como un perro olfateando carne fresca. Primero fue el aliento caliente en mi piel, *jfff… jfff…*, haciéndome estremecer contra el saco de arena. Luego su lengua—ancha, áspera como lija mojada—lamiendo de abajo hacia arriba en una larga pasada. *Schllllrp*. Un sonido húmedo, profundo, que me hizo arquear la espalda de golpe. «¡Ay, tío!» grité, pero mi voz se ahogó en un gemido cuando sus labios se cerraron alrededor de mi clítoris hinchado. *Sluuuck*. Como si chupara un mango maduro, succionando fuerte mientras yo pataleaba, mis pies descalzos golpeando el suelo de tierra. *Thump-thump-thump*.

Mis manos se aferraron a sus brazos peludos, uñas cortas clavándose en su piel morena. «¡Duele…!» mentí, aunque lo que sentía era un fuego líquido subiendo desde la vagina. Él gruñó contra mis partes, la vibración *mmmmph* enviando escalofríos por mis muslos. Su lengua volvió a entrar, rápida y puntiaguda esta vez, metiéndose dentro de mí como un dedo caliente. *Schlick-schlick-schlick*. El ritmo acelerado me hizo contorsionar como anguila en anzuelo—las caderas levantándose, bajándose, buscando más presión. «¡Ahhhh!» jadeaba, empujando su cabeza contra mi pubis con fuerza. Mis dedos enredados en su pelo corto y grasoso, apretando hasta que él gimió de dolor.

De repente, sus manos grandes agarraron mis nalgas, separándolas bruscamente mientras su boca cubría todo mi sexo. *Schluuuurp*. Un sonido hondo, como desagüe tapado, mientras succionaba mi clítoris hinchado. Sentí sus dientes rozando suavemente la piel tierna—un peligro que me hizo arquearme más. «¡Tío, para!» grité, pero mis piernas lo encerraron, tobillos cruzados sobre su espalda sudorosa, obligándolo a seguir. Movía las caderas en círculos frenéticos, rozando mi piel contra su barba de tres días que raspaba como lija. *Ras-ras-ras*. Cada fricción encendía chispas en mi vientre bajo.

De repente, mi tío Roberto se incorporó de golpe, dejando mi sexo frío y palpitante. Con manos temblorosas, desabrochó su pantalón corto. *Chasquido*—el sonido del cierre bajando. Su verga salió, enorme y oscura, goteando líquido claro en la punta. *Plip*. Una gota cayó sobre mi muslo interno, caliente como cera derretida. Sin preámbulos, la restregó contra mi entrada hinchada—*schliiick-schliiick*—la piel áspera de su miembro raspando mi clítoris sensible. Gemí, un sonido ahogado que se perdió en el chirrido de los grillos fuera. Cada frotada enviaba escalofríos eléctricos por mis piernas.

Tenía mis piernas super abierta, que me empezaron a doler. Mientras mi tío, seguía pasando su verga en toda mi vagina, mojándola toda con sus líquidos precum, que mezclados con mis jugos vaginales, hacían un sonido pegajoso *schliiick-schliiick*. Yo me estremecía aún más, me daba calambre en todo mi cuerpecito.

De repente, mi tío Roberto se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos a cada lado de mi cabeza sobre el saco de arena. Su verga enorme y oscura seguía restregándose contra mi entrada virgen, pero ahora con más presión.

*Schlup-schlup*—los roces se hicieron más húmedos, más insistentes. Sentí la punta ancha rozando mi agujerito pequeño, empujando apenas, como si quisiera entrar pero no terminara de hacerlo. Un gemido ronco le salió de la garganta, *¡Mierda… qué apretadita!*, mientras yo clavaba mis uñas en sus brazos peludos, dibujando líneas rojas en su piel morena.

Hasta que el empezó a temblar al instante, agarró fuertemente su verga la puso en toda mi entrada vaginal, -Ay no, tatys, me vengo!- gritó, mientras yo sentía como sus líquidos espesos y calientes salían disparados sobre mi piel virgen. *Splaaash-splash*—chorros blancos y pegajosos cubrieron mi pubis, mis muslos, incluso salpicaron mi barriga. El olor agrio y salado llenó el aire del cuartito oscuro mientras yo jadeaba, sintiendo el calor húmedo extenderse.

Después de unos segundos, mi tío Roberto se desplomó sobre mí, su cuerpo sudoroso aplastándome contra el saco de arena. Su respiración era un fuelle roto en mi oído—*jfff… jfff…*—mientras sus dedos aún se aferraban a mis caderas, dejando moretones en forma de media luna. Yo permanecí quieta, las piernas abiertas y temblorosas, sintiendo sus fluidos escurriendo entre mis labios hinchados. *Drip… drip…*—gotas cayendo al suelo de tierra.

«Tatys…» murmuró él, levantándose bruscamente. Su verga flácida colgaba entre sus piernas, brillante bajo la bombilla desnuda. Sin mirarme, se abotonó los pantalones cortos con manos temblorosas. *Chasquido*—el cierre subió torpemente. Yo seguía tendida, mi sexo expuesto al aire frío, palpitando como si tuviera corazón propio. El semen caliente empezó a secarse en mi piel, formando costras blancas sobre el vello púbico dorado. El olor—salado y agrio como pescado podrido—me hizo arrugar la nariz.

Sentí como en mí entrepierna estaba muy mojada, comencé a caminar pero noté antes una mano agarrando una de mis nalga que le apretaba muy fuerte. Al ver hacia atrás, mi tío me miraba con una sonrisa como si le hubiese echo un gran trabajo. Me sentí mejor que antes al ver que me había deshecho de mi calentura pero también el de mi tío].

Mi tío me miró, -dios tatys, por un momento me olvidé dónde estábamos— susurró pesado, su aliento a ron quemándome la oreja— qué traviesa eres. Serás deliciosa cuando seas grande. Ahora ve a limpiarte y refrescarte. Antes de que alguien venga-. Me ayudo incorporarme, me acomodé el vestido arrugado mientras sus dedos me rozaban la cintura pequeña, antes de salir me dio unos $20, me lo guardé. Sentí el pegote blanco reseco entre mis piernas, frío ahora contra mi piel caliente. *Schliiick*—al separar los muslos gruesos, un hilillo de semen mezclado con mis fluidos cayó al suelo terroso. *Plop*.

Caminé hacia la puerta bamboleándome, las rodillas aún temblorosas. Me encerré en el baño de servicio, la bombilla amarillenta iluminando mis muslos manchados de blanco pegajoso. *Schliiick*—al separar las piernas frente al espejo empañado, vi mi sexo hinchado y rojizo. El olor agrio—a semen rancio y mis propios jugos—llenó el aire húmedo. Tomé un trapo húmedo y lo restregué entre mis piernas. *Frot-frot*—la tela áspera rozó mi clítoris sensible haciéndome contorsionar. «Ah…» Un gemido escapó cuando el agua fría mezclada con jabón picó las rozaduras que sus uñas habían dejado en mis caderas.

Continúa…

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