Capítulo 1

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María despertó con los primeros rayos del sol filtrándose a través de las cortinas finas de su habitación en la casa familiar en la Ciudad de México. A sus 18 años, ya era toda una joven adulta, pero su vida había sido moldeada por las costumbres nudistas de su familia desde que tenía memoria. No recordaba un solo día en que la ropa no fuera opcional dentro de las cuatro paredes de su hogar, un departamento amplio y luminoso en el corazón de la colonia Condesa, donde la privacidad se mantenía solo hacia el exterior. Su familia, con raíces en Estados Unidos por parte de su abuela materna, le había heredado esos ojos azules intensos que contrastaban con su piel morena clara, típica de muchas mexicanas con mezcla genética. Esos ojos grandes, enmarcados por pestañas largas y naturales, le daban una carita de ángel que inspiraba ternura en quienes la veían por primera vez. Pero detrás de esa inocencia aparente, María era una chica inteligente y reservada, estudiando Filosofía y Letras en la UNAM con el sueño de convertirse en escritora. Quería capturar en palabras las complejidades del deseo humano, las emociones crudas y las dinámicas familiares que pocos se atrevían a explorar.

Al quitarse las sábanas de encima, María se estiró perezosamente en la cama, su cuerpo desnudo expuesto al aire fresco de la mañana. Era una visión de perfección juvenil: delgada pero bien moldeada, con curvas que se habían desarrollado temprano gracias a su genética privilegiada. Sus pechos eran impresionantes, de tamaño doble EE, herencia directa de su abuela paterna, quien siempre bromeaba sobre cómo «las tetas grandes corrían en la familia». Esos senos firmes y pesados se erguían con orgullo, coronados por pezones grandes y rosados que se endurecían ligeramente con el cambio de temperatura, rodeados de areolas amplias y suaves al tacto, del color de un durazno maduro. Su cintura era pequeña y plana, marcando una silueta de reloj de arena que descendía hacia unas nalgas redondas y firmes, no exageradas pero perfectamente proporcionadas, como si hubieran sido esculpidas por un artista obsesionado con la simetría. Su pubis estaba depilado con cuidado, revelando labios suaves y rosados que se hinchaban sutilmente cuando pensaba en las aventuras que la esperaban en el día.

Se levantó de la cama con gracia felina, caminando descalza por el pasillo sin puertas –una regla familiar establecida por sus padres para fomentar la «transparencia y la libertad»–. La casa era un santuario de nudismo: no había tabúes, no había vergüenza. Mientras avanzaba hacia el baño compartido, el eco de jadeos y gemidos llenó el aire, provenientes del dormitorio principal. María sonrió para sí misma; era el ritual matutino de sus padres, algo tan rutinario como el café de la mañana. Su madre, Elena, de 45 años, era una mujer atlética y voluptuosa, con un cuerpo definido por años de yoga y sexo apasionado. Su trasero era legendario en la familia: enorme, el triple de tamaño que el de María, con glúteos redondos y firmes que se movían con un ritmo hipnótico cada vez que caminaba. Sus pechos eran doble D, generosos pero no tan masivos como los de su hija, y siempre se balanceaban con libertad.En ese momento, Elena estaba de rodillas sobre la cama, arqueando la espalda en posición de perrito, mientras su esposo, Roberto, de 48 años, la embestía con fuerza desde atrás.

Roberto era un hombre imponente, con un pene que medía 24 centímetros en erección, grueso como una lata de refresco y venoso, que se colgaba pesadamente cuando caminaba desnudo por la casa. Incluso en reposo, llegaba a los 15 centímetros, pero ahora estaba en todo su esplendor, deslizándose dentro y fuera de la vagina húmeda y apretada de Elena con un ritmo constante. Sus huevos, siempre hinchados y llenos, golpeaban contra los muslos de su esposa con cada embestida, produciendo un sonido húmedo y rítmico que resonaba en el pasillo. Elena gemía con placer, sus labios vaginales hinchados y rojos abrazando la verga de su marido, mientras sus jugos corrían por sus piernas. «¡Sí, papi, más fuerte!»,jadeaba ella, sus tetas balanceándose violentamente con cada golpe, los pezones endurecidos rozando las sábanas. Roberto gruñía, sus manos fuertes agarrando las caderas anchas de Elena, tirando de ella hacia atrás para penetrarla más profundo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su miembro, masajeándolo con ondas de placer que lo llevaban al borde.

María no se inmutó; estaba acostumbrada. Pasó por la puerta abierta del dormitorio y, al unisono, sus padres la saludaron: «¡Buenos días, hijita!», exclamó Elena entre jadeos, su voz entrecortada por el placer. Roberto ralentizó un poco el ritmo para no perder el control, pero siguió bombeando, su verga reluciente de fluidos. María se acercó con naturalidad, inclinándose para dar un beso en la boca a su padre primero. Sus labios se encontraron en un beso cálido y prolongado, no solo un pico familiar, sino uno con un toque de lengua que hacía que el pene de Roberto palpitara con más fuerza. Mientras se besaban, él extendió una mano y agarró uno de los pechos masivos de María, amasándolo suavemente, sintiendo el peso y la firmeza, su pulgar rozando el pezón grande hasta que se endureció bajo su toque. «Mmm, buenos días, princesa», murmuró él contra sus labios, su aliento caliente.

Luego, María se agachó un poco para besar a su madre. Elena giró la cabeza, aún empalada por la verga de su marido, y sus bocas se unieron en un beso profundo, lenguas danzando mientras Elena gemía en la boca de su hija. El beso duró unos segundos eternos, cargado de intimidad familiar. Roberto aprovechó para embestir con más fuerza, haciendo que Elena se estremeciera de placer, sus jugos salpicando ligeramente. María se apartó con una sonrisa, sintiendo un cosquilleo familiar entre sus piernas, pero continuó hacia el baño. «Buenos días, papás. Que lo disfruten», dijo con voz dulce, su voz como un susurro angelical.

El baño, sin puerta como el resto de la casa, era un espacio amplio con una ducha abierta y un espejo grande. María abrió el agua caliente y se metió bajo el chorro, dejando que el vapor llenara el aire. Se enjabonó lentamente, sus manos resbalando por su piel suave: primero por sus pechos, apretándolos y masajeando los pezones hasta que un leve gemido escapó de sus labios; luego por su vientre plano, bajando hasta su pubis, donde frotó con delicadeza sus labios vaginales, sintiendo cómo se humedecían no solo por el agua, sino por el recuerdo de los sonidos de sus padres.Estaba perdida en sus pensamientos cuando oyó pasos. Era su hermano mayor, Alejandro, de 22 años, un chico atlético con músculos definidos por el gimnasio y el fútbol. Su pene, de 18 centímetros en erección, ya estaba semi-duro al entrar, colgando con gracia entre sus piernas musculosas. No era tan grande como el de su padre –que en reposo ya medía casi lo mismo que el de Alejandro erecto–, pero era grueso y curvado ligeramente hacia arriba, perfecto para ciertas posiciones.

«¡Buenos días, hermanita!», dijo Alejandro con una sonrisa pícara, acercándose directamente a la ducha. Se abrazaron bajo el agua, sus cuerpos desnudos presionándose: los pechos masivos de María aplastados contra el pecho firme de él, su pene rozando su vientre. El beso fue largo y apasionado, lenguas explorando, manos vagando. Alejandro agarró las nalgas redondas de María, apretándolas con fuerza, mientras ella sentía su miembro endureciéndose contra su piel. «Te ves deliciosa esta mañana», murmuró él, rompiendo el beso para enjabonarla. Sus manos expertas recorrieron su cuerpo: frotando jabón por su espalda, bajando a sus glúteos, separándolos ligeramente para limpiar entre ellos, su dedo rozando accidentalmente –o no– su ano apretado. María hizo lo mismo con él, enjabonando su pecho, bajando a su pene, que ahora estaba completamente erecto, palpitante en su mano.

«¿Me ayudas con la crema para el cutis, Ale?», pidió ella con voz inocente, sus ojos azules mirándolo con esa ternura que lo volvía loco. Él sonrió, sabiendo exactamente qué significaba eso. Continuaron enjabonándose mutuamente, el agua cayendo sobre ellos como una cascada erótica. María se arrodilló lentamente, sus tetas balanceándose, y tomó el pene de su hermano en la mano, masturbándolo con movimientos lentos y firmes. La verga de Alejandro era suave al tacto, con venas prominentes que latían bajo sus dedos. Ella aceleró el ritmo, su otra mano masajeando sus huevos hinchados, sintiendo cómo se tensaban. Alejandro gemía, apoyándose en la pared, sus caderas moviéndose instintivamente.»Ah, sí, María… así… no pares…», jadeaba él, el placer construyéndose en olas. Finalmente, con un gruñido profundo, eyaculó: chorros calientes y espesos de semen aterrizaron en la cara de María, cubriendo sus mejillas suaves, su nariz angelical y sus labios carnosos. Ella sonrió, extendiendo el semen por su piel como una mascarilla natural, masajeándolo en círculos suaves. «Gracias por el servicio, hermanito. Mi piel está tan suave gracias a ti y a papá», dijo con gratitud genuina, lamiendo un poco de sus labios para probar el sabor salado y familiar.

Alejandro la ayudó a enjuagarse, dándole un último beso antes de salir. María terminó su ducha, secándose con una toalla suave, admirando su reflejo: su carita bonita, ahora radiante por el «tratamiento», con ojos que brillaban de satisfacción. Se vistió para la universidad, transformándose en la versión reservada de sí misma. Un suéter grande y holgado ocultaba sus pechos masivos, haciendo que pareciera más delgada y menos curvilínea. Pantalones flojos tapaban sus nalgas redondas, y se puso sus lentes de nerd, que le daban un aire intelectual y tímido. Nadie en la UNAM sospecharía la vida salvaje que llevaba en casa.

Se despidió de su familia: un beso rápido a sus padres, que ahora yacían exhaustos en la cama, el pene de Roberto aún semi-erecto y brillando de jugos, y un abrazo a Alejandro, quien le guiñó un ojo prometiendo más «ayuda» esa noche. María salió al bullicio de la Ciudad de México, el metro la esperaba para llevarla a Ciudad Universitaria. Pero en su mente, ya planeaba su próximo relato erótico, inspirado en las mañanas como esta. El día apenas comenzaba, y la universidad traería sus propios desafíos –y quizás, alguna aventura inesperada–.

En la UNAM, María se sumergió en sus clases de literatura clásica, sentada al fondo del aula, tomando notas con su letra pulcra. Sus compañeros la veían como la chica callada, la que nunca participaba en fiestas o chismes. Pero debajo de ese suéter, su cuerpo ardía con recuerdos: el tacto de las manos de su hermano, el sabor del semen en su piel. Durante el receso, se sentó en un banco del jardín, leyendo un libro de filosofía erótica de Bataille, sus pensamientos vagando hacia lo que sucedería al volver a casa. Tal vez esa noche, la familia se reuniera para una «cena especial», donde las fronteras se borraran aún más. María sintió un calor entre sus piernas, sus labios vaginales humedeciéndose bajo los pantalones flojos. Sonrió para sí misma; la vida nudista no era solo libertad, era un torrente constante de placer.

María salió de la clase de Historia de la Filosofía con el cuaderno bajo el brazo, el suéter grande aún ocultando sus curvas exageradas y los lentes de marco grueso dándole ese aire de intelectual distraída. El pasillo de la Facultad de Filosofía y Letras estaba casi vacío a esa hora; la mayoría de los estudiantes ya se habían ido a comer o a la siguiente clase. Pero ella sabía exactamente dónde encontrarlo.

Allí estaba José, apoyado contra una columna al final del corredor, con la mirada perdida en su celular. Alto, delgado pero con hombros anchos que delataban sus horas en la alberca, pelo castaño desordenado que le caía sobre la frente, ojos verdes intensos que casi nunca se alzaban para mirar a nadie directamente. Llevaba una playera vieja de alguna banda indie y jeans gastados. Era guapo de esa forma tímida que no busca atención, y María llevaba semanas observándolo de reojo: en los pasillos, en la cafetería, incluso una vez en la alberca de CU cuando él nadaba vueltas sin parar, el agua resbalando por su espalda definida y sus glúteos firmes apretados por el traje de baño.

Ella respiró hondo, se acomodó el cabello detrás de la oreja y caminó hacia él con pasos suaves, casi inocentes.

—Hola, José… —dijo con esa voz dulce y baja que usaba en la universidad, como si estuviera pidiendo permiso para existir.

Él levantó la vista de golpe, sorprendido. Sus mejillas se tiñeron de rosa al instante.

—Ah… hola, María. ¿Qué… qué tal?

Ella sonrió, inclinando ligeramente la cabeza, dejando que sus ojos azules grandes lo atraparan.

—Bien… solo quería preguntarte algo. ¿Tienes un minuto?

José asintió rápido, nervioso, metiendo el celular al bolsillo como si lo hubiera pillado haciendo algo malo.

—Claro, sí… dime.

María se acercó un paso más, lo suficiente para que él pudiera oler su shampoo de vainilla y notar cómo el suéter se tensaba un poco sobre su pecho cuando respiraba.

—Es que… me duele un poco aquí —dijo, y sin esperar respuesta llevó la mano de él directamente a su pecho izquierdo, presionándola contra la tela gruesa. Bajo el suéter, la carne suave y pesada de su teta doble EE se sentía caliente y mullida bajo sus dedos—. ¿Podrías… revisarlo? Es que a veces se me pone muy tenso.

José se quedó congelado. Su mano temblaba sobre el seno, sintiendo el peso imposible, la redondez perfecta, el pezón que ya empezaba a endurecerse y empujar contra la tela y contra su palma. Su cara se puso roja como tomate.

—Ma… María… yo… no sé si…

—Shhh —susurró ella, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocaban—. Hay un estudio que dice que masajear el pecho alivia mucho las tensiones musculares y hasta mejora la circulación. ¿Me ayudas? Por favor…

Sin esperar respuesta, tomó la otra mano de él y la colocó en su cintura estrecha, guiándola para que la abrazara. Luego se pegó más, aplastando sus tetas enormes contra el pecho de José, sintiendo cómo su corazón latía desbocado.

—Así… justo así —murmuró contra su oído—. Y… la mano puede bajar un poquito más si quieres… no pasa nada.

La mano derecha de José bajó casi por instinto, temblorosa, hasta posarse en una de sus nalgas redondas. La sintió firme, caliente, perfecta bajo los pantalones flojos. María soltó un suspiro suave, casi un gemido, y levantó la cara para besarlo.

Fue un beso lento al principio, labios suaves rozándose. José se quedó rígido un segundo, pero luego cedió: abrió la boca, dejó que la lengua de ella entrara, que lo explorara. Sus manos apretaron más: una en la teta, amasándola con torpeza pero con hambre creciente; la otra hundida en la nalga, sintiendo cómo se moldeaba bajo sus dedos.

Cuando se separaron, José estaba jadeando, los ojos vidriosos.

—Dios… no puedo creer… ¿esto está pasando? Tú… tú eres tan… callada en clases, yo pensé que…

María sonrió con picardía, pero mantuvo el tono dulce.

—¿Pensaste que era una mojigata? —susurró, rozando su nariz contra la de él—. Colorado estás… mira cómo tiemblas. Ven, necesitas ayuda.

Lo tomó de la mano y tiró de él por el pasillo. José la siguió como hipnotizado, la verga ya dura presionando contra los jeans, el corazón a mil. Ella sabía exactamente a dónde ir: el salón de debate sociológico del tercer piso, que a esa hora siempre estaba vacío porque la materia solo se impartía por la mañana.

Entraron. María cerró la puerta con llave (había aprendido a forzar esa cerradura hacía meses) y se giró hacia él.

—Uff… estás hirviendo —dijo, tocándole la frente con el dorso de la mano—. Pobrecito… déjame ayudarte.

Lo besó de nuevo, esta vez con más urgencia. Sus lenguas se enredaron mientras ella le desabrochaba el cinturón con dedos expertos, bajaba el cierre y metía la mano dentro. Sacó su verga: 16 centímetros de erección perfecta, recta, gruesa en la base, con una cabeza rosada y brillante de precum. No era la más grande que había visto (la de su papá era un monstruo), pero le encantó: limpia, caliente, palpitante.

—Qué bonita… —susurró, arrodillándose.

Lo tomó en la boca sin preámbulos. Chupó despacio al principio, recorriendo toda la longitud con la lengua plana, saboreando el sabor salado. José gimió fuerte, agarrándole el cabello. Ella aceleró, metiéndosela hasta la garganta, dejando que la saliva corriera por su barbilla, haciendo ruiditos húmedos que resonaban en el salón vacío.

José temblaba.

—María… voy a… voy a acabar…

Ella se sacó la verga de la boca con un “pop” húmedo y se puso de pie.

—No todavía… hay otro estudio —dijo con ese tono de “maestra sabia” que usaba para seducir—. Dice que dejar fluir el semen genera una conexión mucho más profunda. ¿Quieres conectar conmigo, José?

Sin esperar respuesta, se bajó los pantalones y las bragas de un tirón. Sus piernas largas y suaves quedaron a la vista, las nalgas redondas perfectas, y entre ellas su vagina depilada, labios hinchados y rosados, ya brillantes de humedad. Se subió a la mesa del profesor, abrió las piernas bien anchas y con dos dedos separó sus labios, mostrando el interior rosado y mojado.

—Mira… ven… méteme esto aquí —dijo, señalando su entrada con la punta de los dedos.

José obedeció como en trance. Se acercó, agarró su verga y la colocó en la entrada. Empujó despacio. La sintió apretada, caliente, húmeda. Entró centímetro a centímetro hasta que sus pelvis se juntaron. María soltó un gemido largo y dulce.

—Ahora… muévete a gusto, mi amor…

Y José se dejó ir.

Al principio fue torpe, nervioso, pero pronto encontró ritmo. La embestía con fuerza creciente, sintiendo cómo las paredes vaginales de María lo apretaban y masajeaban con cada movimiento. Sus tetas enormes rebotaban bajo el suéter; ella se lo levantó para que las viera: pezones grandes y duros, areolas amplias, balanceándose con cada embestida. José se inclinó y tomó uno en la boca, chupando con hambre mientras seguía follando, sus caderas chocando contra las de ella con sonidos húmedos y fuertes.

María gemía sin control, las uñas clavadas en su espalda.

—Más fuerte… sí… así… rómpeme, José…

Él obedeció. La mesa crujía bajo ellos. La vagina de María chorreaba, los jugos corrían por sus muslos y por la madera. Ella se corrió primero: un orgasmo violento que la hizo arquear la espalda, apretar las piernas alrededor de su cintura y gritar su nombre mientras su coño se contraía en espasmos alrededor de la verga.

José no aguantó más. Con un gruñido profundo se hundió hasta el fondo y eyaculó dentro de ella, chorros calientes y espesos llenándola, desbordándose un poco y goteando por sus nalgas cuando salió.

Se quedaron así un momento, jadeando, pegados. José apoyó la frente en el hombro de ella, temblando aún.

—María… yo… pensé que eras… no sé… otra cosa. Eres… increíble. Bella, directa, independiente… no tengo palabras. Nunca había sentido algo así.

Ella le acarició el cabello, sonriendo con ternura genuina.

—Solo contigo puedo ser así, José. Con los demás finjo… pero contigo no quiero fingir. Me gustas mucho… desde hace tiempo.

Él levantó la cara, los ojos verdes brillando de emoción.

—¿De verdad?

—Ajá… —ella le dio un beso suave—. Me gustaría seguir pasando tiempo contigo… mucho tiempo. Y… algún día… me gustaría que conocieras a mi familia.

José parpadeó, confundido pero feliz.

—¿Tu familia? Claro… cuando quieras.

María sonrió para sí misma, imaginando ya la cara de José cuando entrara a esa casa sin puertas, cuando viera a sus padres follando en la sala, cuando su hermano le ofreciera “ayuda” con la crema facial, cuando entendiera de dónde venía toda esa seguridad sexual que ella tenía.

Pero eso sería después.

Por ahora, solo lo abrazó fuerte, sintiendo cómo su semen aún goteaba de su interior, cálido y pegajoso.

—Vamos despacito… pero vamos a ir lejos, ¿sí?

José asintió, todavía aturdido, todavía enamorado.

—Todo lo lejos que tú quieras.

Y María, con una sonrisa traviesa que él no alcanzó a ver, pensó: “Bienvenido al paraíso, mi amor”.

María y su familia nudista

María y la familia nudista II