Capítulo 2

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A la mañana siguiente lo encontré desayunando cereales con la naturalidad de quien no ha manchado mis sábanas. Enderecé los hombros con satisfacción profesional: mi método poco ortodoxo estaba funcionando.

Volví del trabajo a la hora de siempre. «Diego, estoy en casa», avisé, pero el silencio me guió hasta mi cuarto. Estaba allí, desnudo, con su mano envuelta alrededor de su polla gruesa y dura, pajeándose lentamente mientras me devoraba con la mirada. La verga palpitaba, roja y venosa, goteando ya un hilo claro de precum.

—Dijiste que estaba bien masturbarse, cierto? —dijo, como una excusa que sonaba más a una coartada que a permiso.

Respiré hondo, cuidando cada palabra para no normalizarlo, para mantener el marco terapéutico.

—Eso dije sí pero sabes usualmente la gente se pajea en privado», dije poniendo una cara visiblemente molesta pero en el fondo no queria armar un escándalo con toda la situación. Segundos después mis ojos se quedaron clavados en su puño moviéndose, en el olor salado que ya impregnaba el aire, un olor que despertaba algo olvidado en mi vientre. Él debió interpretar mi mirada en su polla como señal de aprobación porque siguió bombeando arriba y abajo, y después de un rato todo su cuerpo se puso tenso, sus huevos se contrajeron y empezó a disparar chorros espesos y blancos de lefa hasta que su cuerpo se relajó en un charco de su propia corrida. «Te traeré una toallita», dije con frialdad de enfermera.

Regresé, me senté a su lado y empecé a limpiarle la polla babosa con movimientos demasiado detenidos, el pecho y el estómago llenos de semen caliente. «Qué desorden has hecho», murmuré, pero mi voz salió ronca. Ambos nos reímos para romper la tensión, aunque mis dedos temblaban al rozar su piel. Le ayudé a levantarse y me agradeció. «Ahora puedes irte, que ocupo cambiarme», ordené, cerrando la puerta con llave apenas salió. Me apoyé del otro lado sintiendo el pulso en las sienes, luego me bajé las bragas empapadas y me toqué en silencio, frotándome el clítoris hinchado mientras negaba que la humedad se debiera a la visión de su polla eyaculando, negándolo hasta correrme mordiéndome el puño.

Durante la siguiente semana se volvió un ritual: yo llegaba del trabajo y él se pajeaba frente a mí mientras yo me sentaba en la cama a su lado y le acariciaba el cabello, tratando de aparentar que mi presencia ahí era meramente un acto maternal, o por lo menos eso era lo que yo me decía para estar tranquila, pero mis pezones se ponían como piedras duras bajo la blusa de oficina cada vez que sus nudillos azotaban contra su pelvis, y sentía mi coño humedeciendose, traicionando mi propia mente con un temblor en las rodillas que no podía controlar.

Mirando atrás, no estoy segura si lo habrá hecho a propósito, pero en una ocasión, después de anunciar que iba a correrse, apuntó su polla hacia mí y dejó salir chorros potentes de semen caliente; uno aterrizó directamente sobre mi falda de oficina, manchando la tela cara con una gota blanca y espesa que se extendió sobre mi muslo. «¡qué coño acabas de hacer!», grité, genuinamente molesta. «Esta falda es de tintorería».

Él se disculpó y yo me tranquilicé, resignada a que había sido un accidente, aunque al ver la mancha blanca y espesa extendiéndose sobre mi muslo sentí un escalofrío y se me erizó la piel, avergonzada de mi propio cuerpo que reaccionaba antes que mi voluntad.

La siguiente noche, lo encontré en la misma posición, con su mano en su verga ya erecta y goteando, esperándome. No hubo sorpresa. Caminé adentro y me senté a un lado como de costumbre, pero él no empezaba a masturbarse. Entonces dice: «Mami, no quiero ensuciarte el vestido como ayer, tal vez deberías quitártelo». Lo miré con cara seria: «¿En serio crees que debería?». «Nunca se sabe qué puede pasar», contestó. Escuché algo en mi mente gritar «no, no lo hagas», pero lo que salió de mi boca fue: «Probablemente esa sea una buena idea», y mis manos ya se movían al botón, obedeciendo a mi instinto más bajo, dejándome llevar por la excitación mientras una punzada de miedo me recorría la espalda.

Sus ojos se abrieron como platos mientras yo me quitaba el vestido frente a él, quedando sólo en un juego de lencería que apenas cubría mis tetas enormes y mi coño mojado. «Mi bikini es más revelador», pensé, tratando de justificar mi calentura con una mentira piadosa que no me creía ni yo.

«Wow, luces increíble, mami, como una diosa». «Pero ¿qué me dices del sostén?», insistió. «Luce fino, tal vez también te lo deberías quitar». Mis manos desabrocharon el corpiño antes de que la razón pudiera detenerlas, y dejé caer la prenda al piso. Mis tetas gordas y pesadas quedaron al aire, con pezones duros e hinchados por la excitación. «Wow, tus tetas son hermosas, enormes y perfectas», dijo él con entusiasmo, su polla dando pequeños saltos visibles.

Lo dejé que me las mirara por un par de minutos, sintiendo mi coño palpitar expuesto, y luego le dije: «Creo que necesitas poner atención a otra cosa», señalando su verga súper erecta y lista para explotar, mientras yo ya me inclinaba hacia adelante sin darme cuenta, ofreciéndome.

Entonces me dice: «Pero estoy preocupado que mi semen salpique tus bragas, mami, y se manche». Las voces dentro de mí gritaban «basta ya» mientras mis manos se movían a mis bragas empapadas, desobedeciendo. «¿Crees que me las debería quitar?», dije, y apenas terminé la pregunta ya las estaba bajando hasta los tobillos, mostrando mi raja abierta y húmeda, completamente expuesta a su mirada, sintiendo la vergüenza ardiente en mis mejillas mientras mi cuerpo pedía más.

Me senté a su lado, dándole una vista perfecta de mis tetas balanceándose. Intentó tocarme una y le detuve la mano, poniéndola de vuelta en su polla palpitante: «Ahora masturbate». Él empezó el sube y baja frenético mientras observaba mi coño chorreante, sus ojos clavados en mis labios hinchados brillantes de jugos. No pasó mucho para cuando él empezó a gruñir, su cuerpo se tensó, sus huevos se subieron y miré cómo apuntaba su polla hacia mí mientras bombeaba chorros interminables de semen espeso. Un chorro potente aterrizó directo en una de mis tetas, salpicando mi pezón. «¡Hey, ten cuidado!», le solté, intentando recuperar el control que ya había perdido.

A lo que él ajustó su puntería y terminó descargándose en su pecho. «Lo siento, mami», dijo, jadeando. Sin pensarlo dos veces, tomé un poco del semen caliente de mi teta con los dedos, me lo llevé a la boca y lo tragué, saboreando ese gusto salado y adictivo que había olvidado, dejando escapar un gemido: «Mmm». Repetí la acción, lamiendo cada gota mientras mi coño rogaba por más, reconociendo finalmente quién era yo ahora, aunque las manos me temblaban y sentía el rubor de la vergüenza quemándome la piel, sabiendo que cada día la lujuria se imponía un poco más sobre la moral, aterrada de pensando en lo que eso podia desembocar.

 

Madre confundida e hijo perseverante

Madre confundida e hijo perseverante I