El tiempo, ese implacable cincel, había esculpido a Lupita. Ya no era la niña frágil que dominé en el sótano de Colima. A sus 33 años, poseía una madurez que irradiaba sensualidad, una belleza curvada por la vida que palpitaba con una fuerza propia. Cuernavaca, con su aire cálido y húmedo, la había abrazado como una segunda piel, transformándola en una mujer radiante, ajena a las sombras que aún la perseguían. David, su novio, un joven de ojos dulces e ingenuos, la adoraba con una devoción ciega, ajeno al legado oscuro que la conectaba a mí. Mi visita a Cuernavaca era un pretexto, una excusa para reencontrarme con mi presa, ahora convertida en una flor salvaje que florecía lejos de mi jardín de pecado, pero aún bajo mi sombra.

El departamento de Lupita era una explosión de colores vibrantes, un contraste brutal con la austeridad de nuestra antigua vida. David, sentado en el sofá, absorto en un programa de fútbol, era un símbolo de la inocencia que yo había profanado tantas veces. La televisión emitía un murmullo distante mientras yo la observaba, a Lupita, deslizándose por la habitación, una danza lenta que me hipnotizaba. Su cuerpo, ahora voluptuoso, sus caderas que aún recordaban los movimientos nerviosos de su juventud, se movían con una gracia que me recordaba el poderío que ejercía sobre ella.

Un leve roce de sus caderas contra la mía al pasar, una caricia accidental que me llenó de una familiar electricidad. En ese instante, su mirada se cruzó con la mía, un destello de reconocimiento, de un entendimiento oculto que trascendía las palabras. El deseo, latente durante años, resurgió con una fuerza devastadora. Sin perder el control, guié a Lupita hacia la alcoba, las manos de David aún aferradas al control remoto, ajeno al drama que se tejía a sus espaldas. La puerta se cerró con un clic suave, un sonido sepulcral en el silencio que se apoderó del cuarto. La habitación, impregnada de aromas a lavanda y vainilla, se transformó en un escenario de reencuentro prohibido. Lupita, con una mezcla de cautela y una extraña anticipación, se dejó caer sobre la cama, su mirada fija en mí, buscando confirmación en mis ojos. No la defraudé. Abrí mi camisa, liberando el calor de mi cuerpo experimentado, y con un gesto brusco la despojé de su blusa. Su piel, ahora tersa y cálida, se tornó pecaminosa bajo la luz tenue. La recuerdo acariciando los viejos rastros, las cicatrices invisibles que mi dominio había dejado en ella, como marcas de un amor perverso que trascendía el tiempo. Mi verga, endurecida por la nostalgia y el deseo, se alzó, una promesa de retorno a nuestro ritual macabro.

Su respiración se aceleró, un ritmo acompasado al latido frenético de mi corazón. Los años no habían apagado la llama, solo la habían transformado en brasas encendidas, listas para volver a consumirnos. Con movimientos precisos, recosté a mi hermosa hija sobre la cama e introduje mi miembro en su caliente cavidad, reavivando la conexión ancestral que nos unía. Un gemido escapó de sus labios, un eco del pasado que resonó en la habitación, mezclado con un nuevo tono, una complejidad nacida de su experiencia. Lupita, ya no la niña dócil, ahora respondía con una pasión salvaje, una entrega que reflejaba el torbellino de emociones que se desataba dentro de ella. Era un tango macabro, una danza entre el recuerdo y el presente, donde el poder y el placer se entrelazaban en un abrazo infernal. Sus manos, ahora firmes y conocedoras, se aferraron a mi espalda, guiándome, moldeándome a su antojo mientras yo, con la brutalidad de un bárbaro, dominaba su cuerpo, evocando las sensaciones que solo yo conocía.

Cada empuje, cada roce, era un recordatorio de nuestro pacto oscuro, un vínculo que trascendía el tiempo y la distancia. David, en la sala, seguía ajeno, una figura inocente en el drama que se desarrollaba detrás del cerrado umbral. Su obliviousidad era un ingrediente adicional a la perversión del momento, una prueba de que podía controlar no solo a Lupita, sino también a las ilusiones que construía a su alrededor.

La noche se extendió como un manto negro, impregnada del aroma a sudor, deseo y un secreto que nos unía en la oscuridad. Lupita, con una mueca de placer que mezclaba dolor y nostalgia, arqueó su espalda, buscando mi mayor penetración. Sus gemidos se volvieron más intensos, resonando en la habitación como un canto a nuestra perversión compartida. En esos momentos, no era solo su cuerpo el que dominaba, sino también su mente. Recordaba sus palabras, susurradas con una mezcla de temor y excitación años atrás en ese sótano de Colima:

«Papá, usted me enseñó a amar el dolor, a desearlo como un bálsamo».

Y ahora, en este escenario diferente, su afirmación se convertía en una realidad visceral. Mientras mi semilla la inundaba, llenando su interior con la certeza de mi posesión, pude sentir cómo su mirada se perdía en la distancia, evocando fantasmas del pasado que solo nosotros compartíamos. En esa mirada, un torbellino de emociones: miedo, deseo, una extraña aceptación del destino cruel que nos había tejido. David, aún en la sala, representaba un mundo ajeno, una vida que nunca podríamos alcanzar. Nuestro secreto, oculto tras las paredes de esa habitación, era un universo propio, un abismo donde el amor y la lujuria se fundían en una danza macabra. Al final, cuando el éxtasis se desvaneció y el silencio regresó, Lupita se acurrucó contra mí, su cuerpo aún tembloroso, sus labios rozando mi oreja con un susurro apenas audible:

«…siempre volveré a ti, papá. El fuego que nos une no se apaga.»

Una confesión cargada de una mezcla de sumisión y devoción que me llenó de una satisfacción cruel. En ese instante, mientras mi espeso semen resbalaba por la entrepierna de mi hija, comprendí que mi dominio sobre Lupita no se había extinguido con el tiempo ni la distancia. Se había transformado, evolucionado en una compleja red de dependencia y deseo retorcido. Cuernavaca, con su aparente inocencia, se había convertido en el escenario perfecto para perpetuar nuestro oscuro legado. La línea entre padre e hija se había borrado, dejando solo el eco de un vínculo malsano que trascendió la moral y la razón. Mientras David, aún ajeno a la tormenta que se desato a su lado, se preguntaba por su bella novia, yo, con la mirada fija en Lupita, sabía que nuestro baile macabro continuaría, una danza de sombras bajo el sol radiante de una vida que nunca sería realmente feliz. Y en ese silencioso acuerdo, una certeza fría se instaló en mi alma: nuestro secreto, como una plaga, se expandiría, dejando una estela de dolor y perversión a su paso.