La casa estaba envuelta en ese silencio profundo que solo llega después de una buena rumba familiar. Afuera, la noche cálida de Colombia traía el rumor lejano de algún carro pasando y el canto ocasional de un grillo. Adentro, el ventilador de techo giraba con pereza, moviendo el aire cargado de humedad y de los restos de la cena: olor a carne asada, a arepas recién hechas y al dulce residual de los postres. Habíamos celebrado el cumpleaños de Hanna con una mesa llena de botellas de ron y aguardiente, risas altas y música de fondo que poco a poco se fue apagando.
Hanna, mi esposa, había bebido más de la cuenta. El dolor de cabeza la atacó fuerte después del tercer trago de ron con ginger ale y, entre quejas suaves, se retiró al cuarto principal. Cerró la puerta con un clic suave pero definitivo. Desde entonces, solo se escuchaba su respiración pesada a través de la madera. Sabía que no se despertaría hasta bien entrada la mañana.
Jenni, su hermana mayor, tenía treinta y cinco años. Era la divorciada de la familia. Alta, de hueso ancho, con un cuerpo chubby que llenaba cada espacio con curvas generosas y firmes. Su piel era blanca, casi lechosa, contrastando hermosamente con el cabello negro que caía en ondas sueltas sobre sus hombros. Sus tetas eran grandes y pesadas, siempre llamativas, moviéndose con naturalidad bajo cualquier prenda. Las caderas anchas y los muslos gruesos le daban una presencia imponente, sensual, de esas que ocupan lugar y exigen ser vistas.
Su matrimonio había terminado hacía tres años de la forma más dolorosa. Su exesposo la había descuidado durante meses: llegadas tarde, excusas constantes, poca atención en la cama. Jenni intentaba hablar, intentaba seducirlo, pero él siempre estaba “cansado” o “con la cabeza en otra parte”. Un día, revisando el teléfono que él había dejado olvidado, encontró los videos. Varias grabaciones de él cogiendo con otras mujeres: en hoteles, en el carro, incluso en la misma cama que compartían. La traición fue doble: el engaño y la humillación de saber que mientras ella se sentía invisible, él encontraba placer en otros cuerpos. Desde entonces, Jenni había reconstruido su vida con orgullo, pero cargaba una herida profunda: necesitaba sentirse deseada, necesitada, vista. Y esa noche, en la sala semioscura de la casa, esa necesidad parecía despertar de nuevo.
Se había quedado a dormir porque, según dijo entre risas y tragos, “ya es muy noche y no quiero manejar con este pedo”. Llevaba un short negro de algodón que apenas le cubría la mitad de los muslos gruesos y una camiseta vieja, gris y gastada, que se le pegaba al torso por el sudor de la noche cálida. Se tiró en el sofá grande de la sala, boca arriba, un brazo colgando flojo hacia el piso, las piernas ligeramente abiertas. La boca entreabierta, los ojos cerrados, respirando profundo y exagerado, como quien está profundamente dormida.
Yo sabía que era teatro. Conocía esa forma suya de fingir. Me senté en el borde del sofá, cerca de sus pies, y la observé unos segundos. El ventilador movía el aire y levantaba apenas el borde de su camiseta, dejando ver un trozo de esa piel blanca en la cintura.
—Jenni… ¿estás bien? —pregunté en voz baja, casi un susurro.
Ella soltó un gemido largo y perezoso, sin abrir los ojos del todo.
—Ay, Kadel… estoy muerta —murmuró con voz pastosa, arrastrando las sílabas—. El ron y el aguardiente me pegaron duro… todo me da vueltas… no me movás, por favor…
Puse mi mano sobre su rodilla redonda y tibia. La piel era suave, caliente. Deslicé los dedos muy despacio hacia arriba, por la cara interna del muslo grueso, sintiendo cómo la carne cedía bajo mi palma. Jenni no cerró las piernas. Su rodilla se separó apenas un centímetro, como si su cuerpo respondiera mientras su mente seguía fingiendo sueño.
—Jenni… te ves incómoda así —dije suavemente, acercándome más—. Déjame acomodarte.
Ella suspiró, todavía con los ojos cerrados.
—No… estoy bien… déjame dormir… estoy muy mareada…
Pero su voz tenía un temblor que delataba otra cosa. Subí la mano más, rozando el borde del short. Mis dedos llegaron a la tela de la panty de encaje negro que llevaba debajo. Estaba húmeda. Muy húmeda. Acaricié suavemente los labios hinchados de su coño por encima de la tela. Jenni soltó un suspiro entrecortado.
—¿Qué… qué estás haciendo, Kadel? —preguntó con voz débil, como si apenas pudiera articular las palabras—. Estoy tan peda… no sé ni dónde estoy…
—Solo te estoy cuidando —respondí, acercando mi boca a su oído—. Estás toda desarreglada. No quiero que te vayas a caer.
Metí dos dedos por debajo de la panty y acaricié directamente su coño. Estaba resbalosa, caliente, hinchada. Introduje los dedos despacio en su interior. Sus paredes se contrajeron inmediatamente alrededor de mí. Empecé a moverlos lentamente, entrando y saliendo, rozando ese punto que sabía que la volvía loca.
Jenni arqueó apenas la espalda, pero mantuvo la expresión de quien está profundamente dormida.
—No… no deberíamos… —susurró, la voz temblorosa—. Hanna está ahí… durmiendo… ay Dios… esto no está bien… estoy muy borracha…
Sin embargo, su cadera se movió ligeramente hacia arriba, buscando más profundidad. Sus muslos se abrieron un poco más. Yo seguí masturbándola con los dedos, ahora con más ritmo, curvándolos hacia arriba, presionando ese lugar sensible. Sus jugos empezaban a correr por mi mano.
Mientras tanto, su mano derecha bajó despacio hasta mi regazo. Me encontró ya duro, marcando el pantalón. Sus dedos grandes y largos presionaron sobre la tela. Luego buscaron el cierre con torpeza fingida. Lo bajó. Metió la mano dentro del bóxer y rodeó mi verga con fuerza. La sensación de su mano caliente envolviéndome fue eléctrica.
—Ay, Kadel… ¿qué es esto tan duro? —murmuró, fingiendo sorpresa, mientras empezaba a mover la mano arriba y abajo, lenta y torpemente—. No… no me hagás esto… me da cosquillas… no quiero…
Pero su mano no se detenía. Yo tomé su muñeca con mi mano libre y empecé a guiar sus movimientos. Le enseñé el ritmo que me gustaba: apretado, desde la base hasta la punta, con el pulgar rozando justo debajo del glande cada vez que subía. Jenni se dejó guiar, aunque al principio resistió un poco, como haciéndose la difícil.
—Jenni… mirá cómo me estás tocando —le susurré al oído, mordiéndole suavemente el lóbulo—. Decís que no querés, pero tu mano no para…
—Nooo… estoy dormida… es mi mano que se mueve sola… no es mi culpa… —respondió ella, la voz entrecortada por los jadeos. Sin embargo, apretó más fuerte y aceleró cuando yo le indiqué con la muñeca.
El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo de su coño llenaba la sala junto con el zumbido del ventilador. Le metí un tercer dedo, estirándola, follándola con los dedos sin piedad. Jenni mordió el cojín para ahogar un gemido más fuerte.
—Ay, mierda… Kadel… no… para… —susurró, pero su cuerpo traicionaba sus palabras: las caderas se movían contra mi mano, buscando más.
Le subí la camiseta hasta el cuello con la mano libre, dejando al descubierto sus tetas grandes, blancas y pesadas. Los pezones rosados estaban erectos, perfectos. Me incliné y tomé uno en la boca, chupándolo con fuerza, rodeándolo con la lengua, mordiendo apenas. Jenni arqueó la espalda, empujando su pecho hacia mí.
—No me chupés ahí… por favor… me da… ay… —gimió bajito, pero no hizo nada por apartarme. Al contrario, su mano en mi verga aceleró el movimiento.
Seguí masturbándola con intensidad mientras ella me pajeaba con la mano guiada por mí. El placer crecía en oleadas. Sentía su coño palpitar alrededor de mis dedos, cada vez más cerca. Sus tetas subían y bajaban con la respiración agitada.
—Kadel… si seguís así… me voy a venir… —susurró temblorosa—. No pares… pero calladito… que Hanna no se despierte… por favor…
Eso fue suficiente. Su coño se contrajo violentamente alrededor de mis dedos en espasmos fuertes. Jenni se vino con todo el cuerpo temblando, mordiéndose el antebrazo para no gritar, las caderas levantándose del sofá una y otra vez. Sus jugos me empaparon la mano.
No le di tiempo a recuperarse del todo. Me puse de rodillas sobre el sofá, me bajé el pantalón y el bóxer y saqué mi verga, dura, hinchada, goteando. La agarré y la acerqué a sus tetas. Empecé a frotar la punta contra su pezón izquierdo, sobándola en círculos lentos, untándole el precum por toda la areola rosada. La sensación era exquisita: la piel suave y caliente de su teta contra mi glande sensible.
—Jenni… te voy a venir en las tetas —le dije en voz baja pero firme—. Decime que querés que te pinte con mi leche.
Ella abrió los ojos apenas, con esa sonrisa ladina que delataba que nunca había estado realmente dormida, y murmuró con voz ronca:
—Dale, Kadel… venite en mis tetas… quiero sentirla caliente… sobá tu verga en mi pezón… pintame toda… pero despacio… que nadie se entere…
Eso me descontroló. Empecé a masturbarme con fuerza, frotando la verga contra su pezón derecho, resbalando por la piel blanca y suave, bajando al valle entre sus tetas y volviendo a subir. Jenni levantó las manos y apretó sus tetas juntas, creando un surco caliente donde yo podía frotarme mejor.
—Así… más fuerte… —susurró—. Quiero sentir cómo te venís encima de mí… después de tanto tiempo sin que nadie me mire así…
Aceleré el movimiento. El sonido húmedo de mi verga contra su piel llenaba el ambiente. Sentía el orgasmo subir desde la base. Miré sus tetas grandes, blancas, con el pezón brillante de mi precum, y no pude contenerme más.
Con un gruñido ahogado, apreté la verga contra su pezón derecho y empecé a correrme. Chorros calientes y espesos salieron con fuerza, pintando directamente el pezón, cubriendo la areola, cayendo en hilos gruesos sobre la curva de su otra teta. Uno tras otro, le cubrí las tetas con mi semen, dejando la piel blanca manchada de blanco espeso que resbalaba despacio hacia los costados y el cuello.
Jenni jadeaba, mirando cómo le pintaba las tetas, y con dos dedos recogió un poco de mi leche, se lo llevó a la boca y lo chupó despacio, saboreándolo con los ojos entrecerrados.
—Qué rico se siente… caliente y pegajosa… —susurró con voz ronca—. Hacía tanto que nadie me hacía sentir así…
Se quedó allí, respirando agitada, las tetas brillantes de semen, la camiseta subida. Después de unos minutos, se bajó la camiseta despacio, cubriendo el desastre sin limpiarlo, y se acomodó en el sofá con una sonrisa satisfecha.
—Ni se te ocurra contarle nada a Hanna… —murmuró, cerrando los ojos de nuevo—. Y mañana traeme un café bien cargado… porque la cabeza me va a estallar de verdad. Pero valió la pena, Kadel.
Se dio la vuelta, acomodándose las tetas bajo la cobija fina, y fingió quedarse dormida otra vez.
Yo me subí el pantalón en silencio, con el corazón todavía latiendo fuerte, y me fui al cuarto. Sabía que esa noche no sería la última en que Jenni se hiciera la dormida en ese sofá. Su pasado de abandono y traición había encontrado, por fin, una forma peligrosa y deliciosa de ser sanado.