Capítulo 2

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El banco de madera, desgastado por el tiempo, recibe mi peso con firmeza, y mis manos tiemblan tanto que tengo que apretarlas contra mis muslos para que nadie se dé cuenta. El parque está lleno de vida que parece no pertenecer a mi resiente realidad: madres con carritos de bebés que intercambian sonrisas desde sus respectivos espacios, hombres mayores que juegan al ajedrez sobre mesas de hormigón, perros de todas las razas que corretean tras pelotas de tenis como si la felicidad fuera tan sencilla como atraparlas. Un caniche blanco se detiene frente a mí, me olisquea la mano y luego sigue su camino con su dueña, una señora canosa que me sonríe con calidez. Yo intento devolverle la sonrisa, pero sé que mi rostro debe lucir tan tenso como me siento por dentro.

Cinco años. Cinco años desde que deje que mí soberbia me cegarse, creyendo ciegamente que mi hijo aceptaría decisión, ese día me desperté sintiendo un silencio que nunca había sentido en la casa. Recuerdo haber entrado en su cuarto temprano, buscanlo pero solo encontré un cuarto desordenado, su ropa y materiales de estudios habían desaparecido con el, por primera vez en años había visto su cama desarreglada; en el centro de la mesita de noche, solo quedaba una nota, con unas pocas palabras que aún hoy me queman en la mente: «Lo elegiste a el.» La noche anterior, había traído a Rodrigo a casa por primera vez, después de siete meses de salir juntos. Habíamos cenado en el comedor, hablado de cosas sin importancia, y mi hijo había permanecido en su cuarto, cerrando la puerta con un golpe seco que debería haberme advertido. Pero yo estaba ciega, ciega por la necesidad de sentir que no estaba sola en el mundo después de 4 años de viudez, ciega por las palabras de Rodrigo, palabras me había susurrado en ese bar donde nos conocimos: «jurando arrepentimiento. Le hice mucho daño a Jake y no hay nada que pueda hacer para cambiarlo, pero quiero demostrarte que soy diferente ahora.»

«Bueno ya estamos aquí, di lo que tengas que decir.»

La voz me saca mis pensamientos del abismo donde se habían hundido, y mi vista sube lentamente hasta encontrar a quien la emite. Al hombre sentado a mi lado, a unos centímetros de distancia, y aún así me cuesta trabajo asociar a ese hombre con el joven delgado y callado que crié. Es alto, mucho más de lo que recuerdo –debe medir casi un metro ochenta–, con un cuerpo atlético que se adivina bajo la camisa de vestir azul marino y el pantalón gris oscuro que usa para su trabajo. Sus músculos no son los de alguien que pasa horas en un gimnasio buscando llamar la atención, sino los de alguien que lleva una vida activa haciendo ejercicio. Su cabello negro sigue siendo corto, pero ahora está peinado con una precisión que no tenía antes, y sus mejillas están definidas, su mandíbula firme. Hay algo en la forma en que se sienta, derecho, con los hombros bien colocados, que le da una presencia imponente –la de alguien que sabe quién es y dónde está en la vida. Miro a mi alrededor y noto que dos mujeres jóvenes que están sentadas en un banco frente a nosotros le lanzan miradas discretas, que él ni siquiera percibe o no le importa. Es atractivo, indudablemente, pero es un atractivo maduro, distante. Casi no se parece al joven que vi por última vez, aquel que llevaba sudaderas desgastadas y que siempre bajaba la cabeza cuando hablaba con extraños.

«Tengo que pedirte perdón,» susurro, y siento cómo las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos, calientes y abrumadoras. Me cubro la boca con la mano, tratando de contener el nudo que se forma en mi garganta. «Tengo que pedirte perdón por elegirlo a él en lugar de ti.»

La expresión de su rostro no cambia, pero veo cómo sus ojos, tan parecidos a los de su padre, se endurecen un poco. Cierro los ojos por un instante y el recuerdo vuelve con fuerza: la secundaria, los días en los que Jake llegaba a casa con la camisa arrugada, algunas veces golpeado, hasta que un día la maestra me llamó para contármelo todo. Rodrigo era el líder de un grupo que le hacía la vida imposible –le robaban, le pegaban, lo humillaban haciendo que Jake se encerrara en si mismo. Tuve que cambiarlo de escuela, pasar por trámites interminables, llevarlo a terapia para que aprendiera a confiar en los demás de nuevo. Y años después, cuando él estaba en la universidad, cuando parecía que finalmente había superado todo eso, Rodrigo apareció en mi vida. Me dijo que había estudiado psicología, que había trabajado en su propia conducta, que realmente se arrepentía. Yo le crei –sus acciones me demostraron que cambio, que el dolor del pasado podía ser superado. Recuerdo la noche en que se lo presenté a Jake como mí novio: estábamos en la cocina, yo preparaba la cena, y entró Rodrigo tocó la puerta y Jake fue abrir, y lo siguiente que escuche fueron los gritos de Jake: «Que demonios haces acá.

Rodrigo: Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero quiero empezar de cero.»

Jake se quedó inmóvil por un instante, luego negó con la cabeza y dijo con voz rota: «lárgate de mí casa.

Pero yo, yo hice lo imperdonable, me pese del lado de Rodrigo, lo defendí ante Jake, exigiendo que lo escuchará. Y cuando Jake se negó destruí su mundo, diciéndole que el era mí novio, que el había cambiado, que me había demostrado que era un buen hombre.

Aún recuerdo su mirada incrédula en mí, con una voz cargada de coraje, pregunta, es una broma y lo traes a nuestra casa.» Las discusiones que vinieron después fueron terribles –gritos que resonaban en los pasillos, puertas que se cerraban con fuerza, palabras que ninguno de nosotros debió decir. Y luego, la desaparición.

Abro los ojos y veo que Jake sigue mirándome, sin decir nada. Las lágrimas ya ruedan por mis mejillas, y no intento limpiármelas.

«Entiendo ahora,» continúo, con la voz quebrada. «Entiendo que no era solo el daño que te hizo antes. Era que te sentiste traicionado por mí. Por la única persona que debía haberte protegido de él.»

Jake me mira con ojos indiferentes, como si estuviera observando a una extraña que le cuenta un cuento que no le concierne. No hay fuego de odio en su mirada, pero tampoco el calor del amor que alguna vez brilló en esos ojos. Su expresión es plana, neutra, como el agua de un lago sin viento.

“¿Por qué me buscas ahora, Elena?” La forma en que pronuncia mi nombre  y no “mamá” me corti el alma. “Supongo que será porque Rodrigo te dejó, o porque descubriste que te estaba engañando. No sé, y la verdad es que no me importa. Lo único que sí sé es que tú dejaste de ser mi madre esa noche, el noche que lo elegiste a él por encima de mí. Nada cambiará eso, nunca.”

Las lágrimas que antes apenas rocían mis mejillas ahora descienden en torrentes, calientes y abrasadoras. Me cubro la boca con ambas manos, tratando de contener el sollozo que se aferra a mi garganta. “Te pido perdón, Jake, te ruego que me escuches… He estado tan ciega, tan perdida…” Los recuerdos fluyen como un río que ha roto sus diques: veo momentos de cuando éramos una familia unida, cuando cocinamos, cuando reíamos viendo tele, cuando salíamos de compras o a pasear. Recuerdos que se desvanecen en la oscuridad de los últimos cinco años, en los que le di prioridad a Rodrigo, tratando de creer que la felicidad podía construirse sobre el dolor de mi hijo. Me di cuenta tarde de que cada sonrisa que compartía con él era una herida más en la relación que alguna vez tuve con Jake; cada noche que pasábamos juntos era un día menos de la vida Jake.

Jake se ajusta la camisa de vestir azul marino con un movimiento preciso, sus dedos largos y seguros –iguales a los de su padre– deslizándose por el cuello. “Si estás tan arrepentida, ¿por qué no me buscaste antes? Cinco años, Elena. Cinco años en los que pude graduarme de arquitectura, encontrar un trabajo, y construir mi vida desde cero sin ti… y en todo ese tiempo no recibí ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una carta, realmente me cortaste de tu vida.

La única razón por la que estás aquí es porque no quieres estar sola y no tienes a nadie más, y te acordaste de mí.

Su voz no tiembla, no sube de tono –permanece tan calmada como el susurro del viento entre los árboles del parque. Se pone de pie lentamente, su cuerpo alto y atlético proyectando una sombra sobre mí. Ya no es el chico delgado que se encogía en sí mismo cuando hablaba con extraños; ahora lleva su estatura con una naturalidad que denota confianza, dominio de sí mismo. Los músculos de sus brazos se tensan ligeramente bajo la tela de su camisa, un recordatorio de la fuerza física y emocional que ha construido sin mí.

Desesperada, me lanzo hacia él y agarro la pierna de su pantalón gris oscuro, mis manos temblorosas aferrándose a la tela como si fuera el único objeto que me impidiera caer en el vacío. “No te vayas, por favor… déjame demostrarte que puedo ser diferente, que ahora entiendo lo que hice mal… te ruego una oportunidad más, Jake.”

Él baja la vista hacia mis manos sobre su pierna, luego vuelve a fijarse en mí con esa misma calma inquebrantable. “Suelta, Elena. Como madre, ya no tienes nada que ofrecerme ni nada que darme. Perdiste ese privilegio el día que priorizaste tus necesidades de mujer sobre tu deber como madre. Ese lugar en mi vida ya no existe para ti.”

Una de sus manos agarra uno de mis brazos, y lo jala así atrás en un intento que lo suelte.

Sus palabras caen sobre mí como un balde de agua fría. Suelto su pantalón lentamente, mis dedos deslizándose por la tela hasta que vuelven a reposar sobre mis muslos, fríos y temblorosos. Me siento de nuevo en el banco de madera, la humedad de mis lágrimas empapando el tejido de mi blusa. Lo miro a los ojos mientras las lágrimas siguen cayendo, rogándole con mi mirada aunque ya no pueda articular palabras.

Jake se queda de pie frente a mí, y entonces su mirada cambia: deja de ser indiferente para convertirse en intensa, penetrante, recorriéndome de pies a cabeza con una atención que hace que mi piel se erice. Hay algo en esa mirada que no reconocí antes –un brillo oscuro cargado de deseo y pasión que me incómoda de una manera que no puedo explicar. No es la mirada de un hijo hacia su madre, sino la de un hombre hacia una mujer, y la sensación que se apodera de mi interior es extraña, mezcla de confusión y temor.

Después de unos instantes que parecen eternos, él vuelve a sentarse a mi lado, pero esta vez está pegado a mí –tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo, oler el aroma de su perfume. Su mirada sigue siendo intensa, casi voraz, como si me estuviera comiendo con los ojos. “Si realmente quieres formar parte de mi vida…” empieza a decir, su voz más baja ahora, pero clara que llega directamente a mi oído. “Como madre, no lo harás. Ese capítulo se cerró hace cinco años y no volverá a abrirse.” Se inclina un poco más hacia mí, y su rostro está a centímetros del mío. “Lo harás… pero como mujer.”

Me quedo impactada, sin poder articular palabra alguna. Mi mente se llena de preguntas –¿cómo llegó a esto? ¿Qué significa realmente? ¿Cómo puedo pasar de ser su madre a ser algo más?– pero aunque mis razones luchan por encontrar una respuesta, inconscientemente mi cabeza asiente, muy despacio. Una sensación extraña se expande en mi interior, caliente el incómoda, mezclándose con el dolor de mi arrepentimiento y creando algo que no puedo nombrar aún.

«¿A qué… a qué te refieres con mujer?»

La pregunta sale de mis labios como un susurro roto, desprendido de cualquier cordura que pudiera quedarme. Mi mente es un torbellino donde se chocan imágenes imposibles: veo a Jake con cinco años, riendo mientras le peino el cabello negro y rizado que tanto se parecía al de su padre, le doy de comer caldo de pollo y él me pide que le cuente la historia del oso y el abedul por décima vez. Al mismo tiempo, siento su cuerpo tan cerca del mío que el calor de su hombro se funde con el mío, y el aroma a cedro y jabón que emana de él no es el de mi niño, sino el de un hombre adulto, desconocido. Mi mano tiembla sobre mi muslo, y trato de alejarme un poco sin que él se dé cuenta, pero el banco de madera apenas tiene espacio para los dos, y mis caderas siguen tocando las suyas. No puede ser, repito una y otra vez en mi cabeza, él es mi hijo, mi Jake, el niño que llevé nueve meses en mi vientre, el que me despertaba a las tres de la mañana con fiebre.

Jake se ajusta ligeramente en su asiento, su espalda sigue recta como una asta de roble, sus manos reposan sobre sus piernas con una compostura que nunca he visto en nadie más. No hay un solo gesto nervioso, ni una sombra de duda en su mirada.

«Cuando digo mujer,» comienza, su voz es tan suave como el roce de las hojas secas contra el suelo, pero tan firme como la roca debajo de nuestras piernas, «me refiero a que permitirás que formes parte de mi vida, sí, pero no como mi madre. Como mi amante. En mi cama.»

Las palabras caen en el aire como bloques de hielo sobre mi pecho. Un malestar gutural se apodera de mí, caliente y agrio, y siento cómo las lágrimas que había logrado contener vuelven con más fuerza que antes, desbocándose en sollozos que sacuden mi cuerpo entero. Mientras lloro, mis ojos se cierran y la memoria me arrastra hacia atrás: veo a Jake con doce años, después de que lo golpearon en la escuela, metiéndose en mi cama por la noche, temblando de miedo y abrazándome con fuerza como si yo fuera su único refugio en el mundo. Recuerdo la textura de su cabello contra mi cuello, el peso pequeño de su cabeza sobre mi pecho, las palabras que murmuraba entre sollozos: «Mamá, no quiero volver a ir a la escuela, él me va a matar…». También veo sus manos jóvenes y delgadas construyendo maquetas de casas con cartón y tijeras, cuando aún soñaba con ser arquitecto, cuando me pedía que le ayudara a cortar los detalles más pequeños. Todos esos recuerdos son como anclas que intentan sujetarme a la realidad que conocí, pero la voz de Jake sigue resonando en mis oídos, golpeando cada uno de esos recuerdos hasta que se desmoronan en pedazos.

Abro los ojos, y la imagen de él frente a mí es tan nítida como un cuchillo. Mi rostro está caliente por las lágrimas, pero ahora hay algo más en mi expresión: una mezcla de ira que arde en mis mejillas, vergüenza que me quema la garganta, tristeza que me hace sentir como si me estuvieran desgarrando el alma y desilusión profunda por el hombre que se ha convertido mi hijo.

«¿Cómo puedes pedirme esto?» Grito, aunque mi voz se quebra al medio, «¡Soy tu madre, Jake! ¡Te parí, te crié, pasé noches enteras despierta cuando estabas enfermo, cambié de escuela, llevé a terapia, hice todo lo posible por protegerte! Sé que cometí un error inconcebible al elegir a Rodrigo, sé que te traicioné, pero esto… ¡esto es demasiado! ¿Cómo puedes mirarme y pensar en eso? ¿No sientes nada? ¿No te importa quién soy para ti?»

Mi cuerpo tiembla, mis manos se aferran a las costuras del banco como si así pudiera detener el mundo de girar de forma tan absurda. Jake simplemente observa mis estragos con la misma calma imperturbable, como si estuviera viendo la lluvia caer sobre el pasto y no a su madre desmoronándose frente a él. Sin decir nada, saca su celular del bolsillo interior de su camisa de vestir azul marino –un movimiento preciso, calculado– y desbloquea la pantalla con el pulgar. Sus dedos largos y seguros despliegan aplicaciones, buscan entre carpetas, y después de unos segundos, selecciona un archivo. Se inclina hacia mí y le pasa el dispositivo a mis manos, que aún tiemblan.

«Rodrigo me lo envió cuatro meses después de que yo me fuera de casa,» dice, su tono sigue siendo el mismo, tranquilo, casi distante, «míralo.»

Con las yemas de los dedos temblorosas, presiono el botón de reproducción. Al principio veo la habitación que conozco tan bien: mi dormitorio, las paredes de color crema que pintamos juntos cuando Jake tenía catorce años, la lámpara de pie de metal negro que le regaló su padre por Navidad, la cama con las sábanas blancas que siempre usé. Un segundo después, aparezco yo misma en el vídeo, acostada en esa cama, con Rodrigo encima mío. Se oyen susurros, palabras que no puedo distinguir, pero la imagen es clara, incuestionable. Mi rostro aparece en primer plano por un instante, y veo en mis propios ojos una expresión que ahora me hace sentir profundamente avergonzada.

«¡Qué demonios significa esto!» Grito, indignada, levantando la cabeza para mirarlo, el celular aún en mis manos, la imagen sigue reproduciéndose frente a mis ojos como un castigo, «¿Es verdad que él te lo envió? ¿Por qué? ¿Qué clase de hombre es capaz de hacer algo así?»

Jake toma el celular de mis manos con suavidad, pero con determinación, y lo guarda en su bolsillo. Su mirada no evade la mía, y ahora hay una sombra de dolor en esos ojos tan parecidos a los de su padre, aunque su compostura sigue intacta.

«Sí, fue él quien me lo envió,» confirma, y su voz baja un poco, aunque no pierde su calma, «no fue solo este, fueron varios durante más de un mes y medio. Tuve que cambiar de número de celular para que dejara de hacerlo, pero no pude evitar verlos antes… y los conservé.» Se queda en silencio por un instante, y su vista se pierde por un momento hacia los hombres mayores que siguen jugando al ajedrez en las mesas de hormigón, «Hace varios años, gracias a Rodrigo, dejé de verte como mi madre. Cada vídeo que llegaba a mi teléfono era un recordatorio de lo que tú elegiste por encima de mí… de lo que él era capaz de hacer para herirme aún más. Y en ese momento, dejé de ver a la mujer que me crió y empecé a ver solo a la mujer que decidió estar con mi agresor, que le dio mi hogar, que me echó de la única vida que conocí.»

El aire del hotel huele a limpieza industrial y a un toque de lavanda barata que intentan pasar por lujo. Mi habitación está en el décimo piso, con una ventana que mira hacia un cúmulo de edificios de cristal y hormigón —la ciudad donde Jake trabaja, a más de cuatrocientos kilómetros de mi casa, un lugar que nunca imaginé tener que conocer de esta manera. Lo encontré gracias a Marcos, un antiguo compañero de universidad suyo que todavía publicaba fotos esporádicas en redes sociales; en una de ellas, detrás de Jake sonriendo junto a un grupo de colegas, se distinguía el logotipo de la firma de arquitectura donde ahora desarrolla su carrera. Jake siempre fue reservado con su vida privada, nunca posteaba más que lo estrictamente necesario, así que encontrar esa pista fue como dar con una aguja en un pajar.

Ya son las nueve de la mañana, y no he cerrado los ojos en toda la noche. Mi cuerpo pesa como si llevara piedras en las venas, pero mi mente no cesa de volver al parque, a esos dieciséis horas que separan el presente del momento en que él se levantó del banco de madera y se alejó sin mirar atrás.

Recuerdo cómo sus dedos, tan seguros como siempre, depositaron una tarjeta de presentación sobre mi regazo. El papel era grueso, de color gris oscuro con letras doradas que reflejaban la luz del sol: JAKE MORALES | ARQUITECTO | DIRECTOR DE PROYECTOS. Debajo, un número de teléfono que no reconocía.

“Piénsalo,” dijo, su voz tan calmada como si estuviera hablando de un contrato comercial y no de algo que destrozaba cada uno de mis principios. “Si aceptas mi propuesta, contáctame a este número. Te aviso que lo único que quiero escuchar es si aceptas. De lo contrario, ni se te ocurra llamar o volverte a presentar ante mí porque tomaré medidas drásticas.”

No dijo más. Se giró con esa compostura que ahora lo definía, se mezcló con el flujo de personas del parque y desapareció entre los árboles, dejándome sola con la tarjeta entre las manos y el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.

Ahora, esa misma tarjeta yace sobre la mesita de noche junto a mi celular. He pasado horas sosteniéndolo, sintiendo el frío del vidrio contra mi piel, buscando en la lista de contactos el número que escribí a mano hace horas. Mis dedos han recorrido la pantalla una y otra vez, como si el simple acto de tocar los dígitos me preparara para lo que voy a hacer.

Al final, la determinación llega como un escalofrío que recorre mi columna. Ya no hay ilusiones de que pueda volver a ser su madre, de que podamos sentarnos a hablar como lo hicimos cuando él era pequeño, de que pueda pedirle perdón de verdad y que él me abrace diciendo que todo está bien. Ese capítulo se cerró para siempre en el parque, bajo el sol que iluminaba una realidad que yo mismo construí con mis errores.

Con la respiración atrapada en la garganta, presiono los dígitos uno por uno y pulso el botón de llamada. Los nervios me tiemblan hasta los dedos de los pies; el tono de espera suena como un martillo golpeando contra mi pecho, cada segundo se siente como una eternidad.

Finalmente, una voz se hace escuchar del otro lado —cálida, pero distante, como siempre:

“Hola, sí, quien habla. ¿En qué le puedo ayudar?”

Su voz me corta el aliento. Me abro la boca para hablar, pero solo sale un susurro que apenas puedo escuchar yo misma:

“Jake… soy mami… que acepta su propuesta…”

Hay un silencio breve del otro lado, luego su tono se endurece un poco, manteniéndose siempre controlado:

“Habla más alto, Elena. No te entiendo bien.”

Cierro los ojos, aprieto los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre, y con toda la fuerza que me queda en el cuerpo, digo las palabras que destrozan cualquier resto de esperanza:

“ACEPTO, JAKE. ACEPTÓ SER TU AMANTE.”

La frase queda suspendida en el aire, pesada como plomo. Escucho un ligero suspiro del otro lado, seguido de lo que parece ser una sonrisa en su voz —una risa suave, casi divertida:

“Vez, no era tan difícil, ¿verdad?”

No puedo responder. Mi garganta está tan apretada que apenas puedo respirar.

“Ahora,” continúa, volviendo a su tono tranquilo y ordenado, “mándame la dirección de donde estás. Necesito saber dónde encontrarme contigo.”

La llamada se corta sin más. Dejo el celular sobre la cama, mi mano tiembla tanto que casi se me cae. Abro la aplicación de mensajes, busco el número que acaba de llamar y envío la dirección completa del hotel, letra por letra, como si cada palabra fuera un paso hacia un abismo del que no podré salir.

Una vez enviado el mensaje, me acuesto sobre la cama con las sábanas blancas frías contra mi rostro y empiezo a llorar. No son sollozos desgarradores como en el parque, sino lágrimas lentas y calientes que se filtran por la tela, mojando el algodón con todo el dolor que he acumulado en cinco años. Espero que el sueño me venza, que pueda descansar unas horas antes de que llegue lo que sea que haya aceptado.

El tiempo pasa en un torbellino de pensamientos y sombras. Cuando finalmente abro los ojos, el sol ya se inclina por el oeste, y el reloj de la mesita marca las dos de la tarde. Mi cabeza late con dolor, pero mi celular titila con una nueva notificación de WhatsApp.

“A las 5 de la tarde te llegará una entrega. Es un presente que te compré. Cuando llegue, te llamo.”

La frase está escrita con la misma precisión que todo lo que hace Jake. Sostengo el celular contra mi pecho, sintiendo el vibración débil de la pantalla contra mi piel, y me pregunto qué clase de regalo puede darle un hijo a su madre cuando lo que han acordado es algo que ni siquiera puedo nombrar en voz alta.

Las agujas del reloj del salón del hotel avanzan con lentitud tortuosa hasta marcar las cinco en punto. A las 5:02, justo cuando mi nerviosismo ya me tiene caminando de un extremo de la habitación al otro como una fiera enjaulada, un golpe suave pero preciso suena en la puerta. Mi corazón da un salto hasta la garganta; me quedo inmóvil por un instante, con la mano sobre el pecho, antes de avanzar hacia la entrada.

“¿Quién es?” pregunto, mi voz más áspera de lo que esperaba.

“Entrega para Elena Obregón,” responde una voz joven y amable del otro lado. “¿Es este el lugar correcto?”

“Sí, sí, es aquí,” digo, y doy vuelta la perilla con dedos que tiemblan apenas. Al abrir la puerta, encuentro a una chica de unos veinte años, con el uniforme de una empresa de mensajería y una caja rectangular envuelta en papel negro mate entre sus manos. Le sonrío con lo mejor de mis fuerzas, tomo el paquete con ambas manos —pesa más de lo que esperaba— y firmo el papel de confirmación con una caligrafía entrecortada.

“Muchas gracias,” le digo, y cierro la puerta con un clic suave. Mi mano tiembla tanto que casi dejo caer la caja al llevarla hasta la cama, donde la deposito con cuidado sobre las sábanas blancas que aún conservan el rastro de mis lágrimas de horas antes.

Me quedo mirándola por unos segundos, como si esperara que alguna señal me indicara qué encontraré dentro. Finalmente, con los dedos temblorosos, desato la cinta adhesiva que la cierra y levanto la tapa. Lo que veo me deja paralizada, con la boca abierta y la respiración atrapada en los pulmones. Saco el contenido con cuidado, como si se tratara de algo peligroso, y lo extiendo sobre la cama. No entiendo. ¿Cómo pudo Jake pedir comprar algo así? ¿En serio espera que me lo ponga? Mi mente da vueltas, buscando alguna explicación que no encuentre, preguntándome si esto es otra forma de castigo, de hacerle pagar por lo que hice.

Pasaron cuarenta minutos desde que recibí la entrega —tiempo que empleé en sentarme en el borde de la cama, mirando el paquete como si fuera un animal desconocido— cuando el celular suena de golpe sobre la mesita de noche. Contesto al instante, sin siquiera mirar la pantalla:

“Hola…”

Pero no tengo tiempo de decir más. Jake’s voz, calmada y precisa como siempre, invade el altavoz:

“¿Qué te pareció el regalo que te mandé?”

La pregunta me descoloca completamente. Me quedo callada por un instante, antes de que la indignación tome cuerpo en mi voz:

“¿Qué esperas que haga con esa ropa, Jake? ¿En serio crees que voy a ponérmela?”

“Si no es obvio,” contesta, sin alterarse ni un ápice. “La tienes que poner para nuestro primer encuentro en unas horas. Ya te enviaré la dirección del lugar.”

Mi voz se eleva un poco, cargada de dolor y confusión:

“¿Por qué me haces esto? ¿Quieres humillarme así? Si me pongo eso… pareceré una prostituta.”

Hay un breve silencio del otro lado de la línea, luego su tono se hace un poco más seco, pero sigue siendo controlado:

“Si no quieres, podemos cancelar todo. Olvidar que esto nunca pasó y cada uno seguirá por su lado. La decisión es tuya, Elena.”

La posibilidad de volver atrás pasa por mi mente como un farol en la oscuridad, pero luego recuerdo su rostro en el parque, la indiferencia en sus ojos cuando me dijo que ya no tenía lugar en su vida como madre. No puedo perder esta única oportunidad de estar cerca de él, por más extraña y dolorosa que sea.

“Haré lo que pidas,” digo, mi voz baja pero firme.

“Bien,” contesta Jake, con un matiz de satisfacción en su tono. “Te envío la dirección en quince minutos. Estaré esperando.”

La llamada se corta. Me quedo con el celular en la mano, mirando la ropa sobre la cama, y siento cómo el peso de lo que estoy a punto de hacer se apodera de mi cuerpo.

Pasaron unas horas desde entonces. Ahora me encuentro frente al espejo del baño del hotel, con la puerta cerrada y la luz cálida de la lámpara de pared iluminando cada rincón. Me he vestido despacio, con movimientos cuidadosos como si cada prenda me quemara la piel. Me miro al reflejo y me pregunto: “Elena, ¿qué estás haciendo a tus 49 años vistiéndote así para ir a tener sexo con tu hijo?”

Mi cuerpo, que mantengo en forma con entrenamiento constante, se ve reflejado con crudeza. Mi cintura es bastante estrecha, remarcada por el tejido ajustado que Jake mandó; vísto un bodystocking negro de malla fina que envuelve cada curva de mi figura entera. Encima, una chaqueta de cuero en mezcla de rojo y negro, de estilo abierto, que llega hasta la altura de la costilla apenas por debajo de los senos, dejando al descubierto el escote profundo y descarado del bodystocking —mis senos grandes apenas quedan cubiertos, con detalles de encaje que delinean los contornos y dejan al descubierto gran parte de mi pecho y los bordes de los pezones. En la parte inferior, una falda de cuero negra corta que apenas tapa las nalgas, resaltando aún más la forma trabajada y firme de mi glúteo que se perfila bajo el tejido transparente del bodystocking. Este se adhiere como una segunda piel desde el tronco hasta las puntas de los pies, mientras la malla uniforme acentúa la musculatura de mis piernas atléticas; la combinación de prendas crea un efecto provocador y continuo sobre mi piel. Todo el conjunto es vulgar, descarado, exactamente la ropa que una prostituta luciría en una esquina. No reconozco a la mujer que veo en el espejo: sus ojos están llenos de tristeza, pero hay una determinación en su mirada que no conocía hasta ahora. Me toco el rostro con las yemas de los dedos, sintiendo la piel fría bajo mis manos, y me pregunto qué habría pensado la Elena de hace cinco años si supiera en qué se convertiría su vida.

Me quedo un segundo más frente al espejo, como si al mirarme fijamente pudiera obligar a esa mujer desconocida a explicarme quién es. Pero no dice nada. Solo me devuelve la misma mirada rota y decidida a la vez. Respiro hondo, elástico del bodystocking se tensa contra mis costillas, y me obligo a girar.

Salgo del departamento sin mirar atrás. Bajo las escaleras con cuidado, los tacones resonando en el silencio del pasillo como un recordatorio de cada escalón que me separa de quien solía ser.

Y ahora estoy aquí.

He estado esperando en esta esquina durante quince minutos, apoyada contra la pared fría de un edificio de ladrillos oscuros, con la cabeza baja y las manos entrelazadas sobre el abdomen. La ropa que Jake me mandó se adhiere a mi piel como una maldición; cada paso de los peatones que pasan cerca me hace sentir expuesta, vulnerable. Ya no tengo dudas de que su objetivo era humillarme: en menos de diez minutos, tres autos se han detenido junto a la acera, los conductores preguntándome con tono insinuante cuánto cobraba por mis servicios. Incluso varios hombres que pasaban se detuvieron un instante, mirándome de arriba abajo antes de hacer la pregunta. Con uno tuve que gritar que no era una prostituta, para que me dejara en paz, pero quien pasa me ve como una mujerzuela —¿cómo no iban a hacerlo, viéndome vestida de esa manera?

De repente, un auto de color gris oscuro se detiene suavemente frente a mí. No es un deportivo ostentoso, pero luce nuevo, pulido, con unos acabados que denotan cuidado y buen gusto. La puerta del pasajero se abre, y Jake baja del volante con su habitual compostura: camisa de vestir gris claro, pantalones negros bien planchados, zapatos de cuero brillantes. Se acerca hacia mí con una sonrisa en los labios —una sonrisa burlona, que no tiene nada que ver con la ternura que alguna vez vi en él.

“Hola, preciosa,” dice, inclinándose un poco hacia mí como si fuera a besarme la mejilla. “¿Te esperé mucho tiempo?”

Su voz es cálida, pero hay un brillo irónico en sus ojos que me hace estremecer. Justo cuando está a punto de abrirme la puerta del auto, una voz gruesa y ronca se hace escuchar detrás de mí:

“¿Qué pasa, puta? ¿Acaso mi dinero no es digno de una puta como tú?”

Me giro de golpe y encuentro al mismo hombre que se había acercado minutos antes, el que me había preguntado cuánto cobraba y al que tuve que hacer retroceder gritándole que no era lo que él creía. Ahora está acompañado de otro hombre más joven, ambos con sonrisas vulgares en los rostros.

Jake se gira hacia ellos sin perder la calma, incluso pone una mano sobre mi trasero, apretándolo con firmeza. Luego, en voz alta, para que todos los que pasan puedan escuchar:

“Lo siento, amigo, pero esta puta es solo de uso exclusivo mío.”

Empieza a reír, y el hombre que había gritado se une a su risa, golpeándolo amistosamente en el hombro:

“¡Disfrútala, hermano! Es una tremenda hembra.”

“No le quepa duda,” contesta Jake, y esta vez aprieta mi nalga con fuerza brusca, tanto que doy un salto por el susto y un pequeño gemido se escapa de mis labios. “Le daré como cajón que no sierra, toda la noche.”

Los hombres se rieron de nuevo, y Jake me hace un gesto con la cabeza para que suba al auto. Me muevo como si estuviera en un sueño pesado, me introduzco en el pasajero y me siento contra el asiento de cuero negro, frío bajo mi piel. En cuanto cierro la puerta, las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas, calientes y abrasadoras. No entiendo cómo el niño que crié con tanto amor, el que me abrazaba temblando de miedo en mis brazos, puede tratarme así —como a una prostituta corriente, como si fuera su propiedad, algo que puede mostrar y regalar a sus conocidos.

Unos instantes después, Jake sube al volante y enciende el motor. Me mira de reojo y solo sonríe, como si mi sufrimiento fuera algo divertido, un espectáculo que le gusta ver. Eso me enoja más que todo lo demás; me giro hacia él, con los ojos llenos de lágrimas pero la voz cargada de indignación:

“¿Cómo pudiste hacer eso, Jake? ¿Cómo puedes humillarme así delante de extraños, rebajarme a esto?” Grito, golpeando ligeramente el panel del auto con mi mano. “Yo soy tu madre, por Dios. ¿No significa nada eso para ti?”

Jake mantiene la vista fija en la carretera mientras conduce, pero su sonrisa se hace más amplia. No altera su tono, sigue tan tranquilo como siempre:

“Llora ahora mientras puedas, Elena. Más tarde no tendrás tiempo de llorar.” Su mirada se desvía por un instante hacia mí, y hay un brillo oscuro en sus ojos que no reconozco. “De tu boca solo saldrán gemidos, y mi pene es lo único que dará vueltas en tu mente.”

La frase me corta el aliento. Me vuelvo a sentar en el asiento, apretando los puños hasta que mis nudillos se ponen blancos, y miro hacia la ventana, donde las luces de la ciudad pasan rápidamente, como si intentaran escapar de lo que está por venir.

El viaje en auto no dura más de cinco minutos, pero para mí se siente como una eternidad. Intento componerme, secando las huellas de las lágrimas en mis mejillas con la parte trasera de la mano, aunque mi rostro sigue ardiendo de vergüenza. A medida que avanzamos, me doy cuenta de que estamos entrando por el acceso de un hotel llamativo, con luces de colores parpadeantes y un letrero luminoso que titila en la oscuridad. Los coches que están estacionados alrededor parecen pertenecer a clientes que buscan servicios que no tienen nada que ver con una estadía normal en un alojamiento. No tengo dudas: se trata de un lugar especializado en clientela de prostitución. Mi estómago se contrae en un nudo apretado; pienso en cómo me verán a mí, vestida de esa manera, y me pregunto si alguien podrá adivinar la verdad —que el hombre que me acompaña no es mi cliente, sino mi propio hijo.

Jake estaciona el vehículo en un espacio reservado, apaga el motor y gira hacia mí con su habitual calma: “Sígueme,” dice, sin añadir nada más. Bajamos del auto y comienzo a caminar a su lado, tratando de ocultar mi cara con la palma de la mano, agachando la cabeza como si eso pudiera protegerme del mirar de los demás. Cada paso que doy por el vestíbulo lleno de hombres y mujeres que intercambian miradas significativas me hace sentir más expuesta, más humillada.

De repente, su mano se posa firme sobre mi cintura, agarrándome con fuerza y guiándome hacia el mostrador de recepción. Me quedo un paso atrás, mientras él se acerca al chico joven que atiende —un muchacho con la camisa de manga corta y una expresión aburrida en el rostro.

“Jake Morales,” dice mi hijo, con una voz clara y segura. “Tengo una reservación para la habitación 42.”

El recepcionista busca en la pantalla de su computadora durante unos segundos, luego saca una tarjeta con la llave electrónica y se la entrega. “Todo listo, señor. Que la pase bien.”

Jake se gira hacia mí, toma mi cintura de nuevo y me pega contra su cuerpo. Su mano caliente se siente quemante sobre mi piel, incluso a través de la tela. Me dirige hacia el ascensor, y mientras esperamos, sus ojos me recorren de arriba abajo con una mirada que no puedo definir —no es cariñosa, ni odiosa, sino algo entre deseo y satisfacción.

“¿Estás preparada?” me pregunta, su voz baja pero audible.

No logro articular una respuesta antes de que las puertas del ascensor se abran. Jake me lleva adentro, presiona el botón del tercer piso y vuelve a acercarse a mí, manteniéndome pegada a él. El silencio del ascensor es pesado, roto solo por el zumbido suave del motor mientras subimos.

Entre el dolor de una madre y el placer de una mujer

Entre el dolor de una madre y el placer de una mujer I