Capítulo 2
- El precio de la excelencia I
- El precio de la excelencia II
- El precio de la excelencia III
Mateo entregó el examen de matemáticas. El 6.2 marcado en tinta azul era su boleto de entrada a una nueva fase de tortura deliciosa. Al llegar a casa, el silencio le indicó que su padre seguía en la oficina. Encontró a Isabel en la sala, esperándolo con una copa de vino.
—Lo lograste, Mateo —dijo ella, levantándose con una elegancia que hizo que el corazón del joven diera un vuelco—. Has desbloqueado el Nivel 6. Y tal como prometí, la dinámica va a cambiar. Ya no seré solo una imagen que ves de lejos; ahora, la tentación estará a tu alcance.
Isabel se había deshecho de la ropa «común». Ahora vestía una falda de cuero negro tan corta y ajustada que cada vez que respiraba, la prenda parecía subir un milímetro más, dejando sus piernas torneadas expuestas casi en su totalidad. Arriba, llevaba un corsé de encaje rojo que comprimía su cintura, empujando sus pechos grandes hacia arriba hasta que casi se desbordaban por el borde superior, creando un escote profundo y agitado por su respiración.
—A partir de hoy, esta será mi piel frente a ti —susurró ella, caminando hacia él. El aroma de su perfume y el calor de su cuerpo lo envolvieron—. La ropa ya no será para ocultarme, sino para resaltar lo que más deseas.
Isabel no se quedó quieta. Tomó a Mateo de la mano y lo guio hacia el sofá para «revisar sus libros». Se sentó tan cerca de él que sus muslos se presionaban firmemente. Mateo sentía la textura suave de la piel de su madre contra sus jeans.
—Déjame ver en qué fallaste —dijo ella, inclinándose sobre su hombro.
Al hacerlo, Isabel apoyó todo el peso de uno de sus pechos grandes contra el brazo de Mateo. Él podía sentir la firmeza de su anatomía y el calor que atravesaba la fina seda del corsé. No fue un roce accidental; ella se quedó ahí, presionando deliberadamente mientras pasaba las páginas.
Luego, en un movimiento que hizo que Mateo soltara un gemido ahogado, Isabel pasó su mano por debajo de la mesa y la apoyó en el muslo de su hijo, justo cerca de la rodilla, y empezó a subirla lentamente.
—Estás muy tenso, Mateo… —murmuró ella, mientras su gran trasero se acomodaba mejor en el sofá, rozando la cadera del joven—. Necesitas relajarte para que el conocimiento fluya.
Mateo estaba en el escritorio de su habitación, intentando descifrar unos problemas de cálculo que parecían imposibles. De repente, la puerta se abrió e Isabel entró. No traía libros, sino una intención clara de poner a prueba la resistencia de su hijo.
Vestía un minivestido de punto color gris perla, tan ceñido que cada curva de su gran trasero quedaba esculpida con una nitidez obscena. El vestido tenía un escote en «V» que bajaba casi hasta su cintura, apenas unido por unos hilos delgados que contenían a duras penas sus pechos grandes.
—Parece que mi estudiante estrella está atascado —dijo ella con voz melosa.
Sin pedir permiso, Isabel se acercó y, en lugar de sentarse en la silla de al lado, se acomodó directamente sobre el regazo de Mateo. El joven sintió el peso delicioso de su madre y el calor de su piel a través de la delgada tela del vestido. Su gran trasero presionaba firmemente contra la entrepierna de Mateo, quien tuvo que morderse el labio para no soltar un gemido.
—Mira, Mateo… la fórmula es simple —murmuró ella, inclinándose hacia el escritorio.
Al estirarse, el roce fue total. Sus pechos se aplastaron contra el pecho de él, y ella comenzó a mover las caderas ligeramente para acomodarse, provocando un frotamiento rítmico que hizo que Mateo cerrara los ojos, abrumado. Isabel se giró un poco, rozando su mejilla con la de él, y le susurró al oído: —Si te concentras así de bien con mi peso sobre ti, imagina lo que lograrás cuando saquemos el siguiente nivel.
La segunda situación ocurrió una tarde de lluvia, con el Sr. Valenzuela fuera de la ciudad. Mateo salía de su cuarto cuando se encontró con Isabel en el pasillo estrecho. Ella acababa de salir de su habitación y vestía un conjunto de lencería de seda negra y portaligas. Sobre eso, llevaba una bata de seda transparente que no ocultaba absolutamente nada de sus piernas torneadas ni de su figura imponente.
En lugar de dejarlo pasar, Isabel se detuvo justo frente a él, obligándolo a retroceder hasta quedar contra la pared. —El Nivel 6 implica que no hay distancias, Mateo —dijo ella, apoyando ambas manos en la pared, a los lados de la cabeza del joven.
Ella se pegó a él por completo. Mateo sintió el contacto de sus pechos grandes y firmes presionando su pecho, y el roce del encaje contra su propia piel. Isabel levantó una de sus piernas torneadas y la enredó alrededor de la cintura de Mateo, frotando su muslo suave y cálido contra su costado.
La cercanía era tal que Mateo podía sentir el aliento de su madre, con aroma a menta, mezclándose con el suyo. Isabel comenzó a contonearse contra él, un movimiento lento y circular que hacía que sus caderas chocaran una y otra vez. El roce de la seda y el encaje era eléctrico.
—Siente cómo mi cuerpo reacciona al tuyo —le dijo ella, hundiendo sus dedos en el cabello de Mateo y obligándolo a mirar su escote, que subía y bajaba con violencia—. Estás tan cerca de poseerme, Mateo. Solo te falta un paso.
Ella deslizó su mano por el abdomen de él, bajando peligrosamente hasta el borde de su pantalón, pero se detuvo justo a tiempo, dándole un beso fugaz y ardiente en la comisura de los labios que lo dejó temblando.
Mateo se convirtió en una sombra en su propia casa. La meta del 7 se sentía como una montaña imposible, no por la dificultad de la materia, sino por el estado de sobreexcitación constante en el que vivía. Pasaba horas en la biblioteca pública, tratando de enfriar su mente, pero el recuerdo del perfume de Isabel y la suavidad de su piel en el nivel anterior lo perseguían. Estudiaba hasta que los ojos le ardían, repitiendo fórmulas de física como si fueran mantras para no pensar en lo que vendría. Finalmente, tras un examen agotador, recibió su nota: un 7.3. El éxito sabía a gloria y a peligro.
Isabel lo esperaba en el salón, vistiendo un pantalón de seda negro y una blusa de gasa que dejaba sus hombros al descubierto. Al ver la nota, sonrió con una mezcla de orgullo y malicia. Se acercó a él y le puso las manos sobre los hombros, obligándolo a sentarse.
—Has dado un gran paso, Mateo. Pero el Nivel 7 requiere una disciplina de acero. No se trata solo de tocar, sino de aprender a sentir las zonas que la mayoría de los hombres olvidan. Aquí están las reglas de este nivel:
«Podrás tocar mi piel directamente, pero solo en áreas específicas: mi cuello, mis hombros, mi espalda completa, mi vientre y mis muslos hasta antes de llegar a la lencería. No puedes tocar mis pechos, mis nalgas ni mi vagina. Están totalmente prohibidos para tus manos en este nivel. Si tus dedos rozan alguna de estas zonas, la sesión se termina de inmediato.»
“Los besos ya no serán breves. Aprenderás a usar tu lengua y tus labios para recorrerme el cuello y los hombros, sintiendo cómo mi respiración se acelera.Aprenderás a observar cómo mi piel se eriza cuando me tocas correctamente. Quiero que veas cómo mis hombros se tensan y cómo mi vientre se contrae bajo tus dedos.»