Capítulo 1

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Lucía y Alondra seguían desnudas bajo las sábanas revueltas, sus cuerpos aún calientes y perlados de sudor, el aroma a sexo impregnando el aire del dormitorio como un perfume caro y prohibido. Alondra se recostó de lado, apoyando la cabeza en una mano, dejando que sus tetas grandes y ligeramente caídas —pero todavía firmes y apetecibles a sus 46 años— se derramaran hacia un lado, los pezones rosados y todavía hinchados por la succión reciente apuntando hacia Lucía como invitaciones silenciosas. Su cintura era más ancha que la de Lucía, con una curva generosa que llevaba a caderas anchas y un culo redondo, carnoso, con esa suavidad que solo los años y alguna que otra sesión de squats podían dar: dos globos perfectos que se movían con cada respiración profunda,marcados aún por las huellas rojas de las embestidas de Lucía. Entre sus piernas, la vulva seguía húmeda y abierta, los labios mayores hinchados y brillantes, con un triángulo de vello rubio recortado que no ocultaba nada de su excitación residual. Su piel era suave, con algunas estrías plateadas en los costados de las tetas y en los muslos que solo añadían realismo a su belleza madura, y sus ojos verdes brillaban con esa mezcla de picardía y experiencia que siempre había vuelto locos a los hombres… y a las mujeres.

Lucía la miraba con una sonrisa perezosa, trazando con los dedos la curva de una de esas tetas, pellizcando suavemente el pezón hasta hacerla suspirar.

—Entonces, mi dulce Alondrita… ¿de qué iba el trabajo ese que tanto misterio tienes? —preguntó Lucía, su voz todavía ronca por los gritos de placer.

Alondra se mordió el labio inferior y se acercó más, rozando sus tetas contra las de Lucía en un contacto eléctrico.

—Es algo muy discreto, pero paga de maravilla, Lucía. Tengo un amigo —bueno, más que amigo, un socio de negocios— que está reclutando mujeres como nosotras: milfs maduras, con experiencia, con cuerpos que saben lo que quieren y cómo darlo. No es cualquier cosa, ¿eh? Son acompañantes de alto nivel para clientes selectos. Hombres con dinero, profesionales, ejecutivos, algunos extranjeros que vienen por negocios… todos pasan por un filtro muy estricto: exámenes médicos completos, pruebas de ITS cada mes, evaluaciones psicológicas, incluso cuestionarios detallados de gustos y límites. Nadie entra si no está limpio y sano. Y nosotras, las chicas, cobramos por hora… muy bien. Pocas horas de “servicio” y te sacas en una noche lo que en un mes vendiendo casas.

Lucía alzó una ceja, pero no apartó la mano de la teta de Alondra.

—¿Acompañantes? ¿O sea… escorts? ¿Putas de lujo, vamos? —preguntó directa, aunque su tono era más curioso que escandalizado.

Alondra rio bajito, acariciando el muslo interno de Lucía con las uñas.

—Suena feo si lo dices así, pero sí, es eso… solo que envuelto en elegancia. Cena, conversación, copas, y después… lo que el cliente quiera y nosotras aceptemos. Nada de calle, nada de riesgos. Todo concertado, todo seguro, todo pagado por adelantado. Y mi amigo se encarga de que nadie cruce líneas que no hayamos puesto nosotras mismas.

Lucía se quedó callada un momento, sintiendo un cosquilleo nuevo entre las piernas solo de imaginarlo.

—¿Y qué se necesita? ¿Qué requisitos pide ese amiguito tuyo?

Alondra se acercó hasta que sus labios rozaron la oreja de Lucía.

—La entrevista es… interesante. Mi amigo te va a follar. Bien y duro. Va a probar tu cuerpo, tu resistencia, cómo respondes, si sabes complacer, si te excitas de verdad o solo finges. Decide ahí si eres apta o no. Pero créeme, Lucía… él está bien dotado, el cabrón. Grueso, largo, sabe usarlo, y siempre se muestra sano, limpio, con condón si hace falta, pero prefiere sentir todo. —Le guiñó un ojo con picardía—. Es guapo, además. Alto, moreno, con manos grandes… y sabe cómo hacer que una se corra sin parar.

Lucía sintió un latigazo de calor en la vulva, los jugos volviendo a fluir lentamente.

—Joder, Alondra… —murmuró, mordiéndose el labio—. Me lo voy a pensar. Te doy respuesta en un par de días, ¿vale?

Alondra sonrió triunfante y le dio un beso lento y profundo antes de que ambas se levantaran, se ducharan juntas —entre risas, caricias y algún dedo juguetón más—, y se vistieran. Lucía se despidió con un abrazo largo y prometió llamarla pronto.

De camino al supermercado, el vestido ajustado volvía a marcar cada curva: las tetas rebotando ligeramente con cada paso, el culo corazón moviéndose como un imán para las miradas. Sintió ojos clavados en ella desde varios pasillos: un hombre de unos 50 años que fingía elegir cereales pero no dejaba de mirarle el escote; un par de veinteañeros que se empujaban riendo mientras comentaban su culo; hasta una mujer mayor que le sonrió con complicidad al pasar. Lejos de ofenderse, Lucía les devolvía sonrisas coquetas, un guiño aquí, un movimiento de caderas allá. Se sentía poderosa, deseada, viva.

Llegó a casa cargada de bolsas y se puso a preparar el estofado de pollo que tanto le gustaba a William: pollo tierno en salsa espesa con verduras, papas, zanahorias, un toque de vino tinto y especias que llenaban la cocina de un aroma cálido y hogareño. Estaba removiendo la olla cuando oyó la puerta principal abrirse.

William entró, todavía con la camisa del trabajo algo arrugada, el cabello revuelto, los ojos oscuros brillando con una mezcla de cansancio y hambre pura. La vio de espaldas, el vestido subido ligeramente por el movimiento, el culo perfecto asomando, y se le endureció al instante.

—Mamita… necesito de tu cosita ya —gruñó, acercándose por detrás como un animal en celo.

Sus manos grandes subieron directo a las tetas, agarrándolas con fuerza a través de la tela, amasándolas sin delicadeza, pellizcando los pezones que se endurecieron al toque. Bajó una mano al culo, levantando el vestido, metiendo los dedos bajo las bragas para apretar las nalgas, separándolas, rozando el ano con un dedo juguetón mientras la otra mano seguía masajeando las tetas. Luego la giró de golpe y la besó profundo, su lengua invadiendo la boca de Lucía, saboreándola con urgencia, mordiendo su labio inferior hasta hacerla gemir.

Lucía se dejó hacer, el calor subiendo de nuevo, su vulva palpitando bajo las bragas ya húmedas.

—Lo que desee mi hijito… se lo da mamita —susurró contra su boca, su voz ronca y cargada de deseo.

William se bajó los pantalones y el bóxer de un tirón, liberando su verga gruesa y venosa, ya completamente erecta, la punta brillando con una gota de precum. Lucía se alzó el vestido hasta la cintura, se bajó las bragas de un movimiento rápido y se apoyó en la encimera, abriendo las piernas, ofreciéndose.

—Fóllame, hijo… saca todo ese estrés con mamita —suplicó.

William no esperó. La penetró de una embestida brutal, su polla gruesa estirando las paredes vaginales empapadas de Lucía, llenándola hasta el fondo. El chapoteo húmedo resonó en la cocina mientras embestía salvaje, sus caderas chocando contra el culo de ella con fuerza, haciendo que las tetas rebotaran descontroladas bajo el vestido. Lucía gritaba de placer, las manos aferradas a la encimera.

—¡Sí, hijito! ¡Más fuerte! ¡Dame todo ese rabo gordo! ¡Fóllame como la puta de tu mamá que soy! —gemía, empujando hacia atrás para recibir cada embestida más profundo.

William gruñía, una mano en la cadera de ella, la otra subiendo para agarrar una teta y apretarla con saña, tirando del pezón.

—Joder, ma… tu coño está tan caliente, tan mojado… te encanta que te coja así, ¿verdad? ¿Te gusta ser la zorra de tu hijo?

—¡Sííí! ¡Me encanta! ¡Soy tu puta, hijo! ¡Úsame, córrete dentro, dame todo! —respondía ella, su voz entrecortada por los gemidos.

El ritmo se volvió frenético, el sonido de carne contra carne, los jadeos, los insultos calientes llenando la cocina. William sentía el orgasmo acercarse, sus bolas tensas golpeando contra el clítoris de Lucía con cada thrust.

—Ahí viene, mami… quiero darle de comer ahora a mi mamita… —gruñó, saliendo de su coño con un sonido húmedo.

Lucía reaccionó al instante. Se giró, se terminó de bajar el vestido hasta la cintura dejando las tetas al aire, se arrodilló frente a él y sacó la lengua larga, señalando su boca abierta con una mano mientras hacía una “O” grande y húmeda.

—Aquí, hijito… dame de comer… lléname la boquita de lechita caliente —suplicó, mirándolo con ojos lujuriosos.

William agarró su verga con una mano, la masturbó rápido un par de veces y empujó toda la longitud al fondo de la garganta de Lucía. Ella tragó profundo, sin arcadas, la garganta apretando alrededor de la polla mientras él se corría con fuerza: chorros calientes y espesos disparando directo al fondo, llenándole la boca, derramándose por las comisuras cuando no pudo contener todo. Lucía gemía —mmmmmm— vibrando alrededor de él, tragando cada gota con avidez, succionando hasta la última gota mientras él temblaba.

Cuando terminó, William sacó la verga despacio, ya limpia y brillante de saliva. Lucía se lamió los labios, miró hacia arriba con una sonrisa satisfecha y sucia.

—Ahh… qué rico, hijito… qué rica lechita me diste… mamita siempre tiene hambre de ti —susurró, besando la punta aún sensible antes de levantarse lentamente, el vestido cayendo de nuevo, el sabor de su hijo todavía en la lengua.

William, todavía jadeante y con la piel brillante de sudor, sacó despacio su verga de 20 centímetros —ahora en reposo, gruesa y pesada, reluciente de saliva y restos de semen— de la boca cálida y acogedora de Lucía. Ella lo miró con ojos entrecerrados, lamiéndose los labios para no dejar escapar ni una gota de esa lechita espesa que tanto le gustaba. Él se subió los bóxer y los pantalones con un movimiento lento, casi reverente, y soltó una risa ronca.

—Ahora sí tengo mucha, mucha hambre, mami —dijo, pasándose una mano por el cabello revuelto, todavía con la respiración agitada.

Lucía se levantó de rodillas con gracia felina, acomodándose el vestido que había quedado arrugado alrededor de la cintura. Sus tetas grandes y pesadas se balanceaban libres bajo la tela fina, los pezones todavía duros y marcados contra el escote.

—Mejor, hijito… para que comas como se debe —respondió con una sonrisa traviesa, dándole un beso rápido en la comisura de la boca antes de girarse hacia la estufa.

Sirvió dos platos generosos de estofado humeante: trozos de pollo tierno deshaciéndose en la salsa espesa, papas suaves, zanahorias dulces y un aroma a especias y vino que llenaba toda la cocina. Se sentaron a la mesa del comedor, uno frente al otro, y comieron con apetito real. Platicaron del día a día como cualquier madre e hijo: él le contó de un cliente difícil en el trabajo, de cómo el jefe lo había felicitado por cerrar un deal grande. De cómo ella en el supermercado le veían el culo y como el cajero se ponía nervioso,se distraía al ver sus tetas cobrandole menos, aún así ella pago todo recordándole al cajero lo que faltaba.Rieron, se miraron con complicidad, y en un momento de silencio cómodo, Lucía tomó la palabra con tono casual, aunque su corazón latía un poco más rápido.

—Oye, hijo… ¿tú no tendrías problema si para entretenerme un poco le ayudo a Alondra con uno de sus emprendimientos raros? Ya sabes cómo es ella, siempre con ideas locas.

William soltó una carcajada, recordando los intentos anteriores de Alondra: la venta de velas aromáticas “energéticas” que terminaron oliendo a quemado, el curso online de yoga para “despertar la diosa interior” que nadie compró, la marca de jugos detox que duró dos semanas.

—Jajaja, ¿otro más? Mamá, Alondra es un peligro andante con sus negocios —dijo entre risas, cortando un pedazo de pollo—. Pero no, no tengo ningún problema. Mientras no te meta en algo muy loco y tú estés contenta… haz lo que quieras. Te lo mereces después de todo lo que has hecho por mí.

Lucía sonrió para sí misma, un brillo pícaro en los ojos café claros. Bajó la mirada al plato para que él no viera cómo se mordía el labio inferior imaginando lo que venía.

Después de comer, recogieron juntos la mesa —él lavando, ella secando, rozándose “accidentalmente” con caderas y manos— y terminaron en el sofá grande de la sala. Encendieron Netflix, eligieron una serie ligera de comedia romántica que ninguno de los dos seguía realmente. Se acurrucaron: Lucía recostada contra el pecho ancho de William, su cabeza en su hombro, una pierna sobre la de él; William rodeándola con un brazo fuerte, la mano descansando posesivamente sobre su cadera, los dedos trazando círculos perezosos sobre la tela del vestido. Poco a poco, el cansancio del día los venció. Se quedaron dormidos así, tiernos, abrazados, respiraciones sincronizadas, como si el mundo fuera solo ellos dos.

En el sueño de Lucía, todo era borroso y cálido. Sentía algo grueso y caliente deslizándose entre sus labios, estirando su boca, llenándola… tenía que abrir mucho la mandíbula para recibirlo todo. Era delicioso, salado, palpitante. Gemía bajito en sueños, succionando instintivamente.

De pronto abrió los ojos despacio. No era un sueño. Estaba de lado en el sofá, la cabeza en el regazo de William, y su verga —ya dura de nuevo, venosa, hinchada, los 20 cm erectos y brillantes de precum— entraba y salía lentamente de su boca abierta. Él tenía una mano en su cabello, guiándola con cuidado, sin despertarla del todo… o eso creía. Lucía sonrió internamente, cerró los ojos de nuevo y siguió fingiendo dormir: succionaba con más fuerza cuando entraba profundo, la lengua plana recorriendo la parte inferior del tronco, la garganta relajada tragando cada centímetro hasta que la punta rozaba el fondo. William gemía bajito, conteniéndose para no moverse demasiado brusco.

—Mmm… qué rico duermes, mami… —susurró él, empujando un poco más hondo.

Lucía dejó escapar un gemido suave, vibrante alrededor de la polla, y siguió chupando como si estuviera soñando, la saliva goteando por la comisura de sus labios y bajando por el tronco grueso.

Después de unos minutos de esa mamada lenta y profunda, William la movió con cuidado: la acomodó boca arriba en el sofá, alzándole las piernas para abrirla completamente. El vestido se subió hasta la cintura, exponiendo su vulva depilada, hinchada y empapada de jugos que ya corrían por sus muslos internos. Él se posicionó entre sus piernas, la verga apuntando directo al centro caliente, y entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente mientras fingía que ella seguía dormida.

Lucía mantuvo los ojos cerrados, pero no pudo evitar que se le escaparan jadeos suaves de placer cada vez que él embestía más profundo. —Mmm… ahh… —gemía bajito, las caderas moviéndose apenas, como si en sueños respondiera al ritmo. William aceleró poco a poco, las embestidas volviéndose más fuertes, el chapoteo húmedo llenando la sala junto con sus gruñidos contenidos.

—Joder, ma… tu coño me aprieta tanto… parece que me quieres ordeñar hasta la última gota —susurró él, inclinándose para besar su cuello, succionar la piel sensible mientras follaba con más urgencia.

Lucía sentía cómo la polla se hinchaba dentro de ella, el glande expandiéndose, las venas palpitando contra sus paredes vaginales. Eso la llevó al borde: su clítoris hinchado rozando contra el pubis de él con cada thrust, el punto G siendo golpeado sin piedad. Tuvo un orgasmo fuerte y silencioso: el cuerpo tensándose, la vagina contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la verga, un chorro caliente de jugos salpicando entre ellos mientras temblaba entera, mordiéndose el labio para no gritar.

William no aguantó más. Se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de ella con un gemido ronco, chorros espesos y calientes llenando su útero, desbordándose un poco cuando salió despacio. Sacó la verga aún palpitante y dejó que los últimos chorros cayeran sobre su abdomen plano y tonificado, embarrando la piel cremosa con semen blanco y espeso.

William se inclinó, le dio un pico tierno en los labios y susurró contra su boca:

—Te quiero mucho, mami… eres lo mejor del mundo.

Se levantó, le acomodó el vestido con cuidado y se fue al baño a ducharse, dejando la puerta entreabierta y el sonido del agua corriendo.

Lucía esperó unos minutos, sintiendo el semen caliente goteando lentamente de su coño y mezclándose con sus propios jugos en el sofá. Se acomodó mejor, buscó su teléfono en la mesita y marcó el número de Alondra con dedos temblorosos de excitación.

—Alondrita… acepto. Quiero esa entrevista. Quiero ponerle aún más emoción a mi vida… —dijo con voz baja y cargada de deseo.

Al otro lado, Alondra soltó una risa triunfal y sexy.

—Sabía que dirías que sí, condenada. Mañana a las 3 en punto en mi casa. Prepárate… mi amigo no se anda con juegos. Va a querer probarte entera.

Lucía colgó, el corazón latiéndole fuerte. Se recostó de nuevo, una mano bajando lentamente entre sus piernas. Separó los labios vaginales aún hinchados, sintiendo el semen de su hijo deslizarse fuera, y comenzó a tocarse: dedos rozando el clítoris sensible en círculos lentos, imaginando la entrevista del día siguiente.

Se imaginaba a ese hombre desconocido —alto, moreno, bien dotado como había dicho Alondra— entrando en la habitación, desnudándola con mirada hambrienta, agarrando sus tetas grandes y amasándolas con manos expertas, chupando sus pezones hasta hacerla gemir. Imaginaba cómo la pondría de rodillas para que le mamara esa polla gruesa, cómo la follaría en todas las posiciones posibles: misionero profundo, perrito salvaje con nalgadas que dejarían su culo rojo, ella montándolo hasta que sus tetas rebotaran en su cara. Imaginaba cómo la haría correrse una y otra vez, probando si era “apta”, si sabía complacer, si su coño apretaba lo suficiente, si tragaba todo…

Los dedos entraron en su vagina empapada de semen y jugos, bombeando rápido mientras el pulgar frotaba el clítoris hinchado. Gemía bajito, las caderas alzándose del sofá.

—Ahh… sí… cógeme… pruébame… hazme tuya… —susurraba para sí misma, el orgasmo acercándose rápido.

Se corrió pensando en esa polla desconocida llenándola, en cómo gritaría su nombre —o el de nadie— mientras temblaba entera, los jugos mezclados con el semen de William salpicando sus dedos.

Se quedó allí, jadeante, sonriendo al techo, el teléfono aún en la mano.

Mañana sería un día inolvidable….