El reloj del tablero marcaba las diez y media de la noche cuando Gastón estacionó el auto frente al enorme edificio de oficinas. En el asiento del acompañante descansaba un contenedor con la cena que le había preparado, pero en su mente vibraba algo mucho más oscuro y encendido. El último mensaje de Laura había sido escueto: «Me quedo un par de horas más con Alejandro para cerrar el balance mensual, no me esperes».

Gastón conocía demasiado bien a su esposa. Sabía cómo se le iluminaba la mirada cuando hablaba del poder de su jefe, y cómo se había esmerado esa mañana en elegir una pollera de tubo ajustada y un perfume denso, de los que se pegan a la piel. Lejos de sentir celos, una corriente de calor brutal le recorrió la espina dorsal. Llevaba meses fantaseando con eso. Con la pija ya dura dentro del pantalón, decidió subir de sorpresa, empujado por el morbo insostenible de confirmar lo que su imaginación ya daba por hecho.

El edificio estaba desierto. El sonido de sus propios pasos apurados resonaba en el hall de entrada. El guardia de seguridad ni siquiera estaba en su puesto. Gastón subió por el ascensor en silencio, sintiendo los latidos del corazón en la garganta. Cuando las puertas se abrieron en el piso doce, todo estaba a oscuras, excepto por la luz difusa que salía de la oficina principal al fondo del pasillo.

A medida que se acercaba, caminando en puntas de pie sobre la alfombra, empezó a escuchar los sonidos. No eran ruidos de teclados ni de papeles. Eran jadeos roncos, la respiración entrecortada de un hombre y los gemidos agudos y sucios de Laura.

Gastón se pegó a la pared, justo al lado de la puerta de madera y vidrio esmerilado que estaba entornada apenas unos centímetros. Miró por la rendija y la escena que vio lo dejó sin aliento, haciendo que la verga le diera un vuelco salvaje dentro del calzoncillo.

Laura estaba de espaldas, completamente doblada en cuatro patas sobre el enorme escritorio de roble de Alejandro. Tenía la pollera levantada hasta la cintura, dejando a la vista su culo blanco y redondo, perfectamente expuesto. Alejandro estaba parado detrás de ella, con el traje desalineado y la camisa abierta. Tenía una verga enorme, venosa y completamente rígida, que entraba y salía del coño de Laura con una violencia rítmica.

¡Plap, plap, plap!

El sonido húmedo de la carne chocando contra la carne llenaba el despacho silencioso. Cada estocada salvaje hacía que el escritorio crujiera y que las tetas de Laura colgaran y rebotaran con fuerza. Ella tenía la frente apoyada en la madera, gimiendo grueso, completamente entregada al castigo.

—Tomá, puta… mirá cómo chorreás, te encanta que te rompa el coño acá adentro —jadeó Alejandro, agarrándola con fuerza de las caderas, hundiéndole los dedos en las nalgas mientras se la clavaba hasta las bolas.

—Sí… más duro, Alejandro, metémela toda… destrozame el coño —gritaba Laura, con la voz rota de placer, moviendo el culo hacia atrás para buscar más profundidad.

Gastón, detrás de la puerta, se metió la mano dentro del pantalón. No pudo evitarlo. Empezó a ordeñarse la pija con movimientos rápidos, con los ojos inyectados en sangre, devorando la imagen de su esposa siendo cogida por otro hombre. Ver la verga de Alejandro salir brillante, cubierta por los jugos de Laura, para volver a hundirse estirando los labios de su coño, lo estaba volviendo loco. El morbo lo desbordó. Ya no le bastaba con mirar. Tenía que reclamar su parte.

Empujó la puerta despacio, pero con firmeza. El chirrido hizo que Alejandro frenara en seco el movimiento, con la pija enterrada a fondo en el cuerpo de Laura. Ambos giraron la cabeza, pálidos, esperando ver a la seguridad o a algún directivo. Pero cuando Laura vio a Gastón, con la pija afuera y los ojos encendidos de deseo, su expresión de pánico se transformó en una sonrisa de pura lujuria.

—G-Gastón… —alcanzó a balbucear Alejandro, intentando salir de adentro de ella.

—No te salgas —dijo Gastón con voz grave, entrando al despacho y cerrando la puerta con llave detrás de sí—. No te muevas. Seguí cogiéndotela.

Alejandro, impactado pero completamente dominado por la adrenalina del momento y el descaro de la situación, volvió a apretar las caderas de Laura. Mirando fijamente a Gastón, le dio una estocada brutal que hizo que Laura soltara un alarido de placer, arqueando la espalda.

Gastón se acercó al escritorio a pasos lentos. Se sacó la remera y el pantalón, quedando completamente desnudo, exhibiendo su pija que apuntaba directo al techo, goteando preseminal. Se paró justo frente a la cara de Laura, que seguía enganchada a la verga de su jefe.

—Mirame, mi amor. Mirá cómo me ponés —le dijo Gastón, agarrándola del pelo con suavidad para obligarla a levantar la cabeza.

Laura no esperó una orden. Abrió la boca de par en par, con los ojos fijos en los de su marido, y le tragó la pija de un solo bocado, hundiéndosela hasta la garganta. Empezó a mamársela con una desesperación salvaje, tragando la saliva y el deseo acumulado, mientras por detrás, Alejandro aceleraba el ritmo de las embestidas, haciéndola tambalear. La combinación era perfecta: el coño de Laura siendo devorado por la verga de Alejandro y su boca adorando la pija de su esposo.

El ambiente de la oficina se volvió irrespirable, cargado del olor a sexo, sudor y fluidos. Después de unos minutos de una mamada gloriosa, Gastón le sacó la pija de la boca, dejando a Laura con un hilo de saliva colgando de los labios.

—Alejandro, sacala. Ahora me toca a mí —ordenó Gastón, con una autoridad que excitó aún más al jefe.

Alejandro se retiró con un sonido húmedo, dejando el coño de Laura abierto, palpitante y rebosante de jugos transparentes. Sin perder un segundo, Alejandro agarró a Laura por los hombros y la dio vuelta, acostándola boca arriba sobre el escritorio, entre los papeles de la empresa. Le abrió las piernas por completo, subiéndoselas hasta los hombros.

Gastón se posicionó entre sus muslos. Apoyó la punta de su pija caliente en la entrada del coño destrozado de su esposa y, con un empujón decidido, se hundió por completo en ella. Laura soltó un grito que arañó las paredes del despacho, sintiendo la carne conocida de su marido rellenando el espacio que Alejandro acababa de ablandar.

—Dios, Gastón… estás enorme… me duele de lo rico que está —gemía ella, clavándole las uñas en los hombros.

Mientras Gastón la bombeaba con fuerza, Alejandro se paró al lado de la mesa. Agarró su propia verga, que seguía dura y goteando, y se la metió a Laura en la boca. Laura empezó a chupársela con ritmo, cerrando los ojos, completamente ida en un trance de placer absoluto, entregada a los dos hombres. Gastón la miraba desde arriba, excitado al extremo por el sonido de su esposa atragantándose con la pija del jefe mientras él le destrozaba el coño a estocadas salvajes.

El final estaba cerca para todos. La adrenalina de estar los tres desnudos en el despacho presidencial, quebrando todas las reglas posibles, los llevó al límite.

Gastón sacó la pija del coño de Laura justo a tiempo, la tomó de la barbilla y le apuntó a la cara. Alejandro hizo lo mismo, sacando la verga de su boca.

—Acabate, Alejandro, acabale la cara a mi mujer —gritó Gastón fuera de sí.

Los dos hombres empezaron a eyacular al mismo tiempo. Grandes chorros de leche espesa y caliente empezaron a salpicar el rostro de Laura. El semen de Alejandro y el de Gastón se mezclaron sobre sus mejillas, sus labios y sus ojos cerrados, cubriéndola por completo con una máscara de sumisión y placer. Laura abrió la boca para recibir las últimas gotas, tragándose el fluido combinado de ambos mientras su propio cuerpo se sacudía en un orgasmo uterino que la dejó temblando sobre la madera del escritorio.

Gastón se dejó caer sobre ella, dándole un beso pegajoso y lleno del sabor de ambos, mientras Alejandro, respirando agitado, se apoyaba contra el ventanal mirando las luces de la ciudad, sabiendo que a partir de esa noche, las horas extras en la oficina iban a cambiar para siempre.