amor filial

El mirón y mi familia incestuosa IV

Desde Abr, 2026
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Capítulo 1

Capítulo 4: El Vecino y la Transgresión Compartida El tiempo se detuvo en el umbral de la puerta. La sonrisa de Dante era como un cuchillo afilado bajo la luz amarillenta del porche, y sus ojos—demasiado perceptivos, con esa mirada de halcón que siempre me había puesto nervioso—recorrían nuestros rostros enrojecidos, nuestro cabello desordenado, la manera en que estábamos apiñados en el pasillo como animales sorprendidos en su guarida. El chupetón en el cuello de mi madre ardía como una marca de culpabilidad bajo su mirada, un óvalo violáceo que parecía gritar lo que acabábamos de hacer. El aire frío de la noche de junio entraba por la puerta abierta, arrastrando el olor a césped recién cortado y a tierra húmeda, pero yo sentía calor en la nuca, un sudor frío que se mezclaba con el calor residual del sexo y la vergüenza instantánea. Mi padre, Rodrigo, fue el primero en reaccionar. Su cuerpo se tensó, los músculos de su espalda ancha visibles incluso a través de la playera holgada, pero su voz salió sorprendentemente calmada, modulada, la que usaba con clientes difíciles. —Dante, qué sorpresa —dijo, bloqueando parcialmente la entrada con su figura—. No esperábamos visita a estas horas. —Lo noto —respondió Dante, su sonrisa no desaparecía, se había congelado en una mueca de diversión maliciosa—. Pero bueno, soy el vecino nuevo, quería ser amable. Traje un Malbec que me recomendaron en la vinatería. Dicen que tiene notas de ciruela y tabaco. —Alzó la botella como un trofeo—. ¿Puedo pasar un momento? O si están… ocupados, puedo volver otro día. Aunque, por lo que veo, la fiesta ya empezó sin mí. Su tono era casual, juguetón, pero sus ojos decían otra cosa. Recorrieron el desorden detrás de nosotros: el sofá con los cojines desparramados, las dos copas de vino medio llenas en la mesa de centro (una con el borde marcado por el lápiz labial coral de mi madre), la manta arrugada en el piso. Había visto. Sabía. O al menos sospechaba lo suficiente para tenernos en la palma de su mano. Mi madre, Claudia, se tocó instintivamente el cuello, sus dedos delgados palpando el chupetón como si pudiera borrarlo por contacto, luego cruzó los brazos sobre su pecho, como si tratara de cubrirse a pesar de estar completamente vestida con un pants de algodón y una camiseta holgada. Renata,
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