Capítulo 4
Capítulo 6: La Maratón
El amanecer del tercer día no trajo consuelo. Un gris plomizo se aferraba a los ventanales de la cabaña, y el frío, más intenso que nunca, mordía la madera. Pero dentro, en el gran salón de troncos, el ambiente era un húmedo infierno tropical. El aire olía a sexo rancio, a sudor agrio, a lubricante de silicona y a la madera quemada de la chimenea que no había dejado de arder en cuarenta y ocho horas. Érica y Camila despertaron en la colchoneta del suelo, aún enlazadas conmigo, sus cuerpos un catálogo de abuso. Moretones violáceos y amarillentos decoraban sus caderas, espaldas y muslos como un mapa de archipiélagos sádicos. Sus sexos, tanto el de mi esposa madura como el de mi hija joven, estaban visiblemente hinchados, los labios mayores protuberantes y sensibles al menor contacto. Aun así, cuando sus párpados se abrieron, pesados, no vi resignación ni dolor puro, sino esa chispa familiar de excitación ansiosa, de adicción al límite que ya era el motor de nuestras vidas.
Javier irrumpió en la habitación no con los pasos sigilosos de la noche anterior, sino con una energía eléctrica, vestido con una capa negra de seda que se abría para mostrar su torso velludo. En una mano sostenía un cronómetro digital. "¡Arriba, perras! Hoy es el día de la consagración. La maratón de doce horas. Las reglas son simples, pero
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