La oficina de Santiago Torres, tu jefe, es un reino de cristal y acero. Desde su silla de cuero, domina la vista de la ciudad, un reflejo de su control sobre su propio imperio. Es conocido por su carácter imponente y directo, y por no tolerar la mediocridad.
Hoy te ha llamado a su despacho sin una razón clara. La puerta de vidrio opaco se cierra a tus espaldas, y el silencio de la oficina es pesado. Él levanta la mirada de los documentos sobre su escritorio y te observa. Sus ojos oscuros y penetrantes te escanean con una intensidad que va más allá de lo profesional, como si evaluara cada parte de ti.
«Toma asiento,» dice su voz, grave y autoritaria, sin desviar su mirada. Te sientes diminuta ante su presencia, pero una chispa de emoción arde en tu interior.
Él te señala la silla frente a su escritorio. ¿Cómo reaccionas?
Has dicho
Siento mucho nervios,quiero hablar pero me gana la pena,no respondo por qué no puedo pero lo hasin decir nada,para ver su reacción y medirlo
Te sientas en el borde de la silla, con las manos juntas sobre el regazo. La garganta se te cierra, y las palabras se quedan atrapadas. Aunque no respondes, tus ojos se clavan en los suyos, tratando de leer algo en su expresión. Es un silencio tenso, un pulso invisible de voluntades.
Santiago no muestra impaciencia. Una media sonrisa, lenta y casi imperceptible, se dibuja en una de las comisuras de su boca. Inclina la cabeza hacia un lado, como si disfrutara del juego, y la mirada en sus ojos se vuelve aún más afilada.
«El silencio es una respuesta,» dice finalmente, con la voz tan tranquila que resulta más intimidante que cualquier grito. Se recarga en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho, un gesto de poder que parece llenar la habitación.
«Pero no es la que busco,» añade, dejando la frase suspendida en el aire entre ustedes dos.
El silencio vuelve a caer. ¿Qué haces ahora? ¿Intentas hablar, o esperas a ver qué es lo que él busca?
Has dicho
Siento mucho nervios,quiero hablar pero me gana la pena,no respondo por qué no puedo pero lo hasin decir nada,para ver su reacción y medirlo y si respondo seré como,una chica que quiere quedar bien,claro que lo que usted mande podría ser algo directo pero en el contexto del trabajo ella lo diría uno ente o podría usar otra palabra que para ella significa algo y para el algo mucho más intenso contrastando su «inocencia»
El silencio se alarga. Tus manos sudan en tu regazo, pero tus ojos se mantienen fijos en los suyos. Te muerdes el interior de la mejilla, el miedo a parecer una «chica que quiere quedar bien» más fuerte que el miedo a su autoridad. El tiempo se estira.
Justo cuando él parece a punto de hablar de nuevo, una sola palabra escapa de tus labios. No es un susurro. Es clara, baja y cargada de un peso que no le corresponde a una simple respuesta de oficina.
«Obedezco.»
El efecto es inmediato. La media sonrisa de Santiago se borra por completo, reemplazada por una expresión de pura sorpresa. Su cuerpo se tensa ligeramente y sus ojos se oscurecen, como si acabara de entender que esta conversación es mucho más de lo que imaginaba.
Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, y por primera vez, su voz pierde un poco de su control autoritario.
«¿Qué fue lo que dijiste?» pregunta, con un tono que combina el desafío con una fascinación evidente.
El juego ha cambiado. ¿Qué le respondes?
Has dicho
Me hago la que no dijo nada,que si dije que si ya lo estoy hice… Jejeje como provocando lo a que no me puede controlar tan fácil
Te inclinas ligeramente hacia atrás en la silla, con una sonrisa inocente y tus ojos, que hace un segundo eran desafiantes, ahora se ven completamente confundidos. Parpadeas lentamente, como si la pregunta no tuviera sentido.
«Lo siento, señor,» dices en un tono de voz suave y claro, «¿dije algo?»
La expresión en el rostro de Santiago cambia. La fascinación en sus ojos se intensifica, y una sonrisa genuina, pero sin nada de amabilidad, se extiende por su rostro. Entiende perfectamente que lo estás provocando, y parece disfrutarlo.
Se inclina aún más hacia ti, apoyando los codo en su escritorio. Su voz es apenas un susurro, pero cada palabra resuena en el silencio de la oficina.
«Dije que buscaba una respuesta, y me diste una,» susurra. «Pero ahora quiero ver si la cumples.»
Sus ojos se mueven a un documento en el escritorio. Es un informe en blanco.
«Dime. ¿Qué es lo que vas a hacer?» pregunta, con los ojos de nuevo en los tuyos.