Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Las vueltas de nuestras vidas, el principio del fin

Valentina tenía 22 años y un cuerpo que parecía hecho para tentar. Su piel era blanquísima, casi luminosa bajo cualquier luz. Ojos verdes profundos, pelo negro largo y sedoso que le caía como una cascada hasta la cintura, una cintura estrecha y unas caderas anchas que terminaban en un culo grande, redondo, firme y suavemente tembloroso con cada paso.

Esa tarde se vistió sabiendo exactamente lo que provocaría: una mini falda negra cortísima y un top ajustado que marcaba sus pezones. Debajo, solo un delicado hilo dental negro.

Llegaron al bar viejo de Vedado. Daniel, su novio, la dejó sola un rato. Fue entonces cuando aparecieron Manduco y Paco.

Manduco (67) era flaco, calvo, con manos huesudas y una mirada que parecía desnudarla. Paco (68) era más bajo y gordito, con una barriga blanda y unas manos grandes y calientes. Entre los dos crearon un ambiente cargado de morbo lento y peligroso.

Poco a poco la convencieron. Primero con palabras, luego con miradas. En el rincón más oscuro del bar, Valentina terminó quitándose la falda y el top con manos temblorosas. Se quedó solo con el hilo dental, completamente expuesta, piel de gallina por todo el cuerpo, respirando agitada mientras los dos viejos la admiraban en silencio.

Se sentó primero sobre Manduco, luego sobre Paco. Sintió el contraste brutal: su piel suave y caliente contra la piel áspera, arrugada y sudada de ellos. Sintió sus manos callosas recorriéndole el culo, abriéndolo despacio, apretando la carne con deseo contenido.

Cuando Daniel llamó y dijo que no podría ir, algo cambió en el aire. Los viejos sonrieron. Valentina sintió un nudo en el estómago… y una humedad traicionera entre las piernas.

Llegaron a la casa de Manduco. Era un lugar antiguo, cargado de olor a humedad, madera vieja y encierro. La luz amarillenta de las bombillas apenas iluminaba los rincones. Todo parecía susurrar secretos.

Manduco salió a comprar ron. Paco, solo con ella, se sentó en una silla de madera y le ordenó con voz ronca pero calmada que se sentara sobre él, de espaldas, con el culo hacia atrás.

Valentina obedeció. Al bajar, sintió primero el calor de los muslos gordos y peludos de Paco contra sus nalgas suaves. Luego, las manos grandes del viejo la agarraron con posesión, abriendo sus nalgas lentamente, sintiendo el peso y la suavidad de su carne joven. Ella empezó a moverse en círculos lentos, profundos, rozando su coño húmedo contra la erección que crecía bajo la trusa.

El radio viejo sonaba una salsa suave. Paco le besó el cuello con lentitud, mordiendo suavemente la piel sensible, lamiendo el lóbulo de su oreja mientras sus manos amasaban su culo con hambre contenida. Valentina gemía bajito, moviéndose más fuerte, arqueando la espalda.

Cuando Manduco regresó, la encontró así. La mandaron a abrir la reja casi desnuda. El aire nocturno le erizó toda la piel. Manduco la recibió en la oscuridad del portal, la apretó contra su cuerpo flaco y la besó con deseo profundo, magreándole el culo y las tetas con manos temblorosas de excitación.

Dentro de la casa, la atmósfera se volvió más densa.

La tumbaron en el sofá con delicadeza pero firmeza. La penetraron despacio, saboreando cada centímetro. Primero uno, luego el otro, alternándose, hablándole al oído palabras sucias y cariñosas al mismo tiempo. Le decían lo apretada que estaba, lo caliente, lo rica que se sentía su piel joven contra sus cuerpos envejecidos.

Luego vino el momento más intenso: Manduco se acostó y la sentó encima, penetrándola profundamente por el coño. Valentina sintió cada vena, cada latido dentro de ella. Paco se colocó detrás, lubricó su entrada con paciencia y entró lentamente en su culo.

Valentina soltó un gemido largo y tembloroso cuando se sintió completamente llena. Los dos viejos se movían con ritmo sincronizado, lento pero profundo. Manos arrugadas le acariciaban las tetas, le apretaban las caderas, le tiraban del pelo con suavidad. El contraste de edades, de texturas, de olores y de poder la hizo correrse con tanta fuerza que le temblaron las piernas.

Los gemidos, los susurros, el sonido húmedo de los cuerpos, el olor a sexo y ron llenaron la casa vieja.

Manduco se corrió primero dentro de su coño, gruñendo contra su cuello. Poco después Paco lo hizo en su culo, abrazándola fuerte mientras palpitaba dentro de ella.

Manduco se fue. Quedaron solos Paco y Valentina.

El viejo la llevó a la cama, se acostó detrás de ella y la abrazó en cuchara. Le levantó una pierna con cuidado y volvió a penetrarla por el culo, despacio, hasta quedar completamente enterrado. Se quedó así, dentro de ella, abrazándola por detrás, una mano sobre su teta y la otra en su vientre, respirando contra su nuca.

Valentina, agotada, llena y temblando, se durmió con esa sensación de estar completamente poseída.

Un rato después, el teléfono sonó. Era Daniel.

Se levantaron, se ducharon juntos bajo el agua tibia. Paco la enjabonó con calma, recorriendo cada curva de su cuerpo con las manos. Se vistieron, prepararon café recién colado y se sentaron en la sala, esperando.

Cuando Daniel tocó la reja, el aire todavía olía a pecado… pero ellos solo sonreían con inocencia.

Si les gusta nuestra historia y quieren leer lo que sucederá a continuación, tengan paciencia poco a poco redactaremos todo y lo publicaremos.