Capítulo 1
- Parte II: La extraña fotógrafa Elizabeth
- Parte I: El comienzo
Estoy organizando el puesto mientras me preparo para entregarle el turno a mi padre.
Mientras acomodo unas cajas, veo acercarse a una mujer. Tal vez sea un poco más joven que yo. No puedo evitar detallarla. Es delgada, de piel clara, nariz pequeña y ojos brillantes. A su paso, noto cómo roba miradas de hombres y mujeres por igual. Quiero creer que es por su belleza, aunque sospecho que también influye lo extravagante que se ve.
Hay tres cosas en ella que resaltan de inmediato: un gorro rojo intenso con forma de esos sombreros de policía estadounidenses, un abrigo largo del mismo color que parece más una capa que un abrigo, y unas botas vino tinto que le cubren las pantorrillas. Me recuerda inevitablemente a un jefe final de algún videojuego de pelea.
Pero lo que más llama la atención es la cámara fotográfica que cuelga de su cuello. Se ve costosa.
Cuando llega al puesto, me sonríe.
—Buenas tardes. ¿Podrías hacerme un favor? Estoy buscando el Instituto de Artes y me perdí un poco.
—Claro, señorita. Gira en la esquina y dos cuadras más adelante lo encuentra.
—Ah, muchas gracias. Llevo como diez minutos dando vueltas. —Hace una pausa y luego pregunta—. ¿Puedo saber tu nombre?
La pregunta me descoloca un poco, aunque tampoco me sorprende. No es la primera vez que un desconocido me pregunta cómo me llamo, y no quiero parecer grosera.
—Sandra Viviana.
—¿Sandra o Viviana? ¿Cuál prefieres?
—Viviana me gusta más.
Ella sonríe apenas.
—Bien, señorita Viviana. Yo soy Elizabeth. ¿Puedo tomarte unas fotos?
Estoy a punto de preguntarle para qué, pero me contengo. Siento que podría sonar descortés. Además, se nota que no piensa comprar nada, así que aprovecho.
—Claro. Pero solo si compra algo.
Elizabeth suelta una pequeña risa.
—Está bien. Entonces dame un café, por favor.
—A sus órdenes.
Empiezo a prepararlo rápido, aunque no tanto como ella prepara su cámara. Mientras sirvo el café, escucho varios clics seguidos.
—Hermosas… ¿Quieres verlas, señorita Viviana?
Termino la bebida y me acerco. Las fotos no me parecen gran cosa: solo soy yo sirviendo café detrás de un mostrador. Aun así, finjo entusiasmo.
—Están muy lindas. ¿Puedo preguntar para qué son?
—Nada importante. Solo practico y me gusta fotografiar cosas cotidianas. Tal vez las suba a Instagram. ¿Me das permiso?
No creo que mis fotos le interesen demasiado a nadie, pero la idea de publicidad gratis no suena mal.
—¿Y tienes muchos seguidores?
Elizabeth ladea la cabeza y sonríe con picardía.
—Qué chica tan astuta. Sí… algunos miles.
—¿Y no me vas a cobrar nada?
—Claro que no.
—Entonces tienes permiso. Y por favor cuando publiques las fotos puedes describir con algo bueno, mi negocio.
—Por su puesto….
En ese momento llega mi padre y corta lo que, para mí, ya era una negociación bastante exitosa.
—Buenas tardes, señoritas.
Yo respondo con frialdad.
—Hola, Antonio.
Elizabeth, en cambio, es mucho más amable.
—Buenas tardes, señor.
Veo cómo mi padre la observa de arriba abajo. Parece querer decir algo, pero se contiene. Por un instante temo que vaya a incomodarla. Elizabeth lo nota, aunque solo sonríe con tranquilidad.
Luego mi padre dirige la mirada hacia mí.
—Vivi, ya te he dicho que puedes llamarme papá. O “pa”. Incluso “viejo” me sirve. ¿Te cuesta mucho?
Lo ignoro. Ya hemos tenido esa conversación demasiadas veces y no pienso repetirla.
Elizabeth interviene enseguida.
—¿Ustedes son padre e hija?
Mi padre se acerca, me rodea con un brazo y responde sonriendo:
—Sí. ¿ no nos parecemos mucho?.
—¡Bastante! ¡Pero parecen hermanos! Usted se ve muy joven. ¿Cuántos años tiene?
—Treinta y ocho. Y antes de que preguntes, la tuve a ella cuando tenía diecisiete. Su madre y yo…
—Ya basta, Antonio.
No levanto demasiado la voz, pero sí lo suficiente para detenerlo. No pienso dejar que cuente nuestra vida privada frente a una desconocida.
Elizabeth nota mi molestia de inmediato.
—Lo siento, Viviana. No quería incomodarte.
—No estoy molesta con usted, señorita. Estoy molesta con él.
Mi padre empieza a ayudarme a organizar el puesto mientras resopla.
—Vamos, Vivi. No hay nada de qué avergonzarse. No soy el único que fue padre joven. Hasta los ricos tienen ese problema, ¿no?
Mira a Elizabeth buscando apoyo.
—Claro —responde ella—. Conozco a muchas personas que tuvieron hijos muy jóvenes.
Espero a que termine para aprovechar la oportunidad de avergonzarlo un poco.
—No me avergüenza que seas un padre joven. —Miro a Elizabeth—. Señorita, ¿quiere saber qué me avergüenza de verdad? Verá, este irresponsable…
—Creo que deberíamos dejar el tema aquí —interrumpe mi padre con una risa nerviosa—. Vivi, debes estar cansada. Ve al apartamento, relájate, tómate unas cervezas. Te lo mereces.
Le lanzo una mirada irónica. Creo que logré ponerlo incómodo.
Pero entonces Elizabeth dice algo que me desconcierta.
—Se llevan bien.
La miro fijamente.
¿Cómo puede decir eso? ¿No se da cuenta de que discutimos todo el tiempo? ¿De que apenas lo tolero?
Ella parece leerme la expresión y continúa:
—Lo digo en serio. He visto a muchos padres e hijos discutir. Muy pocos logran hacerlo sin terminar lastimándose de verdad.
Ni mi padre ni yo respondemos.
Entonces Elizabeth mete la mano en el bolsillo para pagar el café, pero se detiene a mitad del movimiento.
—Eh… ¿Puedo decirles algo?
Su incomodidad es evidente. Mi padre y yo intercambiamos una mirada de desconcierto.
—Estoy trabajando en un proyecto complicado —continúa—. Quiero hacer una sesión de fotos. ¿Les gustaría participar?
Nos quedamos en silencio.
—La temática puede resultar un poco incómoda —añade rápidamente—, pero ofrezco buena paga. De verdad.
Mi padre es el primero en reaccionar.
—¿Y cuánto sería esa “buena paga”?
—Quince millones.
—¡¿QUINCE MILLONES?! —mi padre es quien exclama.
Incluso yo me quedo helada. No digo nada; apenas abro los ojos al igual que mantengo la boca abierta.
Elizabeth asiente.
—Sí. Empecé ofreciendo uno. Después cinco. Luego ocho. Pero nadie acepta, así que subí a quince. ¿Qué dicen?
Mi padre y yo seguimos mudos.
Ella sonríe con cierta pena, toma un bolígrafo y escribe algo en el cuaderno donde anoto las deudas de los clientes.
—Les dejo mi número y mi WhatsApp. Piénsenlo bien. Si les interesa, me llaman. Pero deben participar los dos.
Después deja un billete sobre el mostrador.
—Quédense con el cambio. Que tengan buena tarde.
La observamos alejarse en silencio. Solo cuando desaparece tras la esquina, mi padre habla:
—Quince millones, Vivi… Ahora entiendo por qué las modelos se vuelven ricas.
Niego lentamente.
—No lo sé, papá… Algo no está bien. No creo que a las modelos les paguen tanto por una sesión de fotos. Y menos a personas tan comunes como nosotros.
Mi padre gira de golpe.
—¿Eh? ¿Me dijiste “papá”?
Siento cómo se me calientan las mejillas.
—Ay, ya
Estoy organizando el puesto mientras me preparo para entregarle el turno a mi padre.
Mientras acomodo unas cajas, veo acercarse a una mujer. Tal vez sea un poco más joven que yo. No puedo evitar detallarla. Es delgada, de piel clara, nariz pequeña y ojos brillantes. A su paso, noto cómo roba miradas de hombres y mujeres por igual. Quiero creer que es por su belleza, aunque sospecho que también influye lo extravagante que se ve.
Hay tres cosas en ella que resaltan de inmediato: un gorro rojo intenso con forma de esos sombreros de policía estadounidenses, un abrigo largo del mismo color que parece más una capa que un abrigo, y unas botas vino tinto que le cubren las pantorrillas. Me recuerda inevitablemente a un jefe final de algún videojuego de pelea.
Pero lo que más llama la atención es la cámara fotográfica que cuelga de su cuello. Se ve costosa.
Cuando llega al puesto, me sonríe.
—Buenas tardes. ¿Podrías hacerme un favor? Estoy buscando el Instituto de Artes y me perdí un poco.
—Claro, señorita. Gira en la esquina y dos cuadras más adelante lo encuentra.
—Ah, muchas gracias. Llevo como diez minutos dando vueltas. —Hace una pausa y luego pregunta—. ¿Puedo saber tu nombre?
La pregunta me descoloca un poco, aunque tampoco me sorprende. No es la primera vez que un desconocido me pregunta cómo me llamo, y no quiero parecer grosera.
—Sandra Viviana.
—¿Sandra o Viviana? ¿Cuál prefieres?
—Viviana me gusta más.
Ella sonríe apenas.
—Bien, señorita Viviana. Yo soy Elizabeth. ¿Puedo tomarte unas fotos?
Estoy a punto de preguntarle para qué, pero me contengo. Siento que podría sonar descortés. Además, se nota que no piensa comprar nada, así que aprovecho.
—Claro. Pero solo si compra algo.
Elizabeth suelta una pequeña risa.
—Está bien. Entonces dame un café, por favor.
—A sus órdenes.
Empiezo a prepararlo rápido, aunque no tanto como ella prepara su cámara. Mientras sirvo el café, escucho varios clics seguidos.
—Hermosas… ¿Quieres verlas, señorita Viviana?
Termino la bebida y me acerco. Las fotos no me parecen gran cosa: solo soy yo sirviendo café detrás de un mostrador. Aun así, finjo entusiasmo.
—Están muy lindas. ¿Puedo preguntar para qué son?
—Nada importante. Solo practico y me gusta fotografiar cosas cotidianas. Tal vez las suba a Instagram. ¿Me das permiso?
No creo que mis fotos le interesen demasiado a nadie, pero la idea de publicidad gratis no suena mal.
—¿Y tienes muchos seguidores?
Elizabeth ladea la cabeza y sonríe con picardía.
—Qué chica tan astuta. Sí… algunos miles.
—¿Y no me vas a cobrar nada?
—Claro que no.
—Entonces tienes permiso. Y por favor cuando publiques las fotos puedes describir con algo bueno, mi negocio.
—Por su puesto….
En ese momento llega mi padre y corta lo que, para mí, ya era una negociación bastante exitosa.
—Buenas tardes, señoritas.
Yo respondo con frialdad.
—Hola, Antonio.
Elizabeth, en cambio, es mucho más amable.
—Buenas tardes, señor.
Veo cómo mi padre la observa de arriba abajo. Parece querer decir algo, pero se contiene. Por un instante temo que vaya a incomodarla. Elizabeth lo nota, aunque solo sonríe con tranquilidad.
Luego mi padre dirige la mirada hacia mí.
—Vivi, ya te he dicho que puedes llamarme papá. O “pa”. Incluso “viejo” me sirve. ¿Te cuesta mucho?
Lo ignoro. Ya hemos tenido esa conversación demasiadas veces y no pienso repetirla.
Elizabeth interviene enseguida.
—¿Ustedes son padre e hija?
Mi padre se acerca, me rodea con un brazo y responde sonriendo:
—Sí. ¿ no nos parecemos mucho?.
—¡Bastante! ¡Pero parecen hermanos! Usted se ve muy joven. ¿Cuántos años tiene?
—Treinta y ocho. Y antes de que preguntes, la tuve a ella cuando tenía diecisiete. Su madre y yo…
—Ya basta, Antonio.
No levanto demasiado la voz, pero sí lo suficiente para detenerlo. No pienso dejar que cuente nuestra vida privada frente a una desconocida.
Elizabeth nota mi molestia de inmediato.
—Lo siento, Viviana. No quería incomodarte.
—No estoy molesta con usted, señorita. Estoy molesta con él.
Mi padre empieza a ayudarme a organizar el puesto mientras resopla.
—Vamos, Vivi. No hay nada de qué avergonzarse. No soy el único que fue padre joven. Hasta los ricos tienen ese problema, ¿no?
Mira a Elizabeth buscando apoyo.
—Claro —responde ella—. Conozco a muchas personas que tuvieron hijos muy jóvenes.
Espero a que termine para aprovechar la oportunidad de avergonzarlo un poco.
—No me avergüenza que seas un padre joven. —Miro a Elizabeth—. Señorita, ¿quiere saber qué me avergüenza de verdad? Verá, este irresponsable…
—Creo que deberíamos dejar el tema aquí —interrumpe mi padre con una risa nerviosa—. Vivi, debes estar cansada. Ve al apartamento, relájate, tómate unas cervezas. Te lo mereces.
Le lanzo una mirada irónica. Creo que logré ponerlo incómodo.
Pero entonces Elizabeth dice algo que me desconcierta.
—Se llevan bien.
La miro fijamente.
¿Cómo puede decir eso? ¿No se da cuenta de que discutimos todo el tiempo? ¿De que apenas lo tolero?
Ella parece leerme la expresión y continúa:
—Lo digo en serio. He visto a muchos padres e hijos discutir. Muy pocos logran hacerlo sin terminar lastimándose de verdad.
Ni mi padre ni yo respondemos.
Entonces Elizabeth mete la mano en el bolsillo para pagar el café, pero se detiene a mitad del movimiento.
—Eh… ¿Puedo decirles algo?
Su incomodidad es evidente. Mi padre y yo intercambiamos una mirada de desconcierto.
—Estoy trabajando en un proyecto complicado —continúa—. Quiero hacer una sesión de fotos. ¿Les gustaría participar?
Nos quedamos en silencio.
—La temática puede resultar un poco incómoda —añade rápidamente—, pero ofrezco buena paga. De verdad.
Mi padre es el primero en reaccionar.
—¿Y cuánto sería esa “buena paga”?
—Quince millones.
—¡¿QUINCE MILLONES?! —mi padre es quien exclama.
Incluso yo me quedo helada. No digo nada; apenas abro los ojos al igual que mantengo la boca abierta.
Elizabeth asiente.
—Sí. Empecé ofreciendo uno. Después cinco. Luego ocho. Pero nadie acepta, así que subí a quince. ¿Qué dicen?
Mi padre y yo seguimos mudos.
Ella sonríe con cierta pena, toma un bolígrafo y escribe algo en el cuaderno donde anoto las deudas de los clientes.
—Les dejo mi número y mi WhatsApp. Piénsenlo bien. Si les interesa, me llaman. Pero deben participar los dos.
Después deja un billete sobre el mostrador.
—Quédense con el cambio. Que tengan buena tarde.
La observamos alejarse en silencio. Solo cuando desaparece tras la esquina, mi padre habla:
—Quince millones, Vivi… Ahora entiendo por qué las modelos se vuelven ricas.
Niego lentamente.
—No lo sé, papá… Algo no está bien. No creo que a las modelos les paguen tanto por una sesión de fotos. Y menos a personas tan comunes como nosotros.
Mi padre gira de golpe.
—¿Eh? ¿Me dijiste “papá”?
Siento cómo se me calientan las mejillas.
—Ay, ya
cállate. No te acostumbres.
Termino de organizar todo lo más rápido posible. Luego tomo mis cosas y me despido intentando ocultar la vergüenza de ese pequeño desliz.
—Adiós… Antonio. cállate. No te acostumbres.
Termino de organizar todo lo más rápido posible. Luego tomo mis cosas y me despido intentando ocultar la vergüenza de ese pequeño desliz.
—Adiós… Antonio.