Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Parte I: El comienzo

Acabo de llegar a mi apartamento. Es pequeño, estrecho y desordenado. Me dejo caer sobre la única silla que queda en la paupérrima sala —si es que a este rincón puede llamársele sala— y observo alrededor buscando algo que me distraiga, cualquier cosa que me permita escapar por unos minutos de la realidad que me aplasta el pecho.

Pero no hay nada.

La habitación está casi vacía. Tuve que venderlo todo para pagar el funeral de mi madre.

Y ahora no sé qué voy a hacer.

Mamá era hija única. Mis abuelos murieron hace años. No tengo familiares cercanos, ni un lugar al que pueda ir. Hace unos días le pregunté a una de sus amigas si podía quedarme con ella por un tiempo. Nunca me dijo que no, pero bastó verle la cara para entender que sería una carga más en una vida ya llena de problemas.

Me queda otra opción: buscar a mi padre.

Aunque no estoy segura de querer vivir con él.

Es prácticamente un desconocido. Nunca pagó manutención y, por lo que sé, su situación económica siempre fue peor que la de mamá. Tiene deudas por todos lados. Irme con él sería convertirme en otro peso sobre sus hombros.

“!Ya soy adulta!”

Supongo que tendré que valerme sola, o conseguirme un hombre que me mantenga.

Mientras me pierdo en esos pensamientos, escucho unos golpes en la puerta.

Me levanto arrastrando los pies y abro.

Ahí está él.

“Hablando del rey de Roma”, pienso.

—Hola, Vivi… ¿cómo estás? —pregunta con una sonrisa cansada—. ¿Tienes tiempo para unas cervezas? ¿Puedo pasar?

Supongo que cualquiera diría que no es el mejor momento para beber. Pero la verdad es que necesito algo que me adormezca la cabeza.

Le arrebato el paquete de cerveza de las manos, saco una lata y la abro sin decir nada. El sonido metálico rompe el silencio del apartamento. Tomo un largo trago antes de apartarme de la puerta.

—Pasa. Aunque tendrás que sentarte en el suelo.

Mi padre observa lentamente la sala vacía. Su mirada se detiene en los espacios desnudos donde antes había muebles.

—Dios… —murmura—. Así que así pagaste el funeral.

Lo miro con frialdad.

—No recibí ni un peso de ayuda tuya.

Él baja la cabeza.

—Viví, no tengo dónde caerme muerto. Lo siento.

Las lágrimas me llegan antes de poder contenerlas.

—Ni las amigas de mamá ayudaron. Nadie ayudó. Sé que ustedes también son pobres, pero pudieron haber hecho algo… cualquier cosa. —Mi voz se quiebra—. Me dejaron sola. Tuve que vender casi todo para darle un funeral digno.

Vacío la cerveza de un solo trago, intentando ahogar el llanto.

—¿Viniste solo a consolarme o quieres algo más?

Mi padre duda unos segundos antes de responder:

—Vine a ofrecerte que vivas conmigo.

La propuesta me golpea de forma extraña.

Mamá siempre decía que él era un holgazán y un sinvergüenza. Pero, aun así, la idea de quedarme completamente sola me aterra más que cualquier advertencia.

Suspiré.

—Está bien. No tengo muchas cosas que empacar. Tal vez hoy mismo consiga a alguien que me ayude con la mudanza…

—¿Eh? No, no… —se rasca la cabeza, incómodo—. En realidad… je… quería preguntarte si puedo vivir aquí.

Lo quedo mirando fijamente.

—¿Y qué pasó con tu apartamento?

Él evita mi mirada.

—Para empezar, ya no tengo apartamento. Y… necesito alejarme del valle.

Sentí un vacío en el estómago.

Mi padre vivía en otra ciudad. Apenas lo veía un par de veces al año. Pero con esa respuesta entendí de inmediato que estaba metido en problemas.

—¿Qué hiciste?

—Vivi, no tienes que preocuparte por eso, yo…

—Si vas a vivir aquí, no puede haber secretos —lo interrumpo—. ¿Qué pasó?

Mi padre se bebe la cerveza de un solo trago y deja escapar un largo suspiro.

—Debo mucho dinero. Los prestamistas me tienen acorralado.

—Y claro… vienes aquí para esconderte.

—Vine por lo de tu madre. Y también por ti. Hablo en serio.

Lo observo en silencio.

No le creo del todo.

Pero tampoco quiero echarlo.

—Mira —continúa—, podemos ayudarnos mutuamente. Trabajo un tiempo, ahorro algo y empiezo a pagar mis deudas. ¿Qué dices?

Miro nuevamente la sala vacía.

—Como sea… aquí tampoco hay mucho. Así que tendrás que aportar. Necesitamos al menos una mesa decente. ¿Lo entiendes?

Él sonríe por primera vez desde que llegó.

—Claro, niña. Ya verás. En menos de lo que canta un gallo tendremos sofás, televisor, radio y…

Lo interrumpo antes de que siga fantaseando.

—Y un clóset, y una nevera nueva, y una estufa más grande, y ollas, y cubiertos, y una lavadora… quizá hasta un microondas. —Lo miro de arriba abajo—. Espera… ¿tienes colchón?

Él ríe nerviosamente.

—Eh… no. Pero puedo dormir en el suelo. Créeme, ya estoy acostumbrado.

Eso me golpea más de lo que esperaba.

—¿No tienes nada?

—Solo esta maleta y la ropa que llevo puesta.

Por un momento ninguno dice nada.

Después seguimos hablando durante horas.

Sorprendentemente, teníamos mucho que contarnos.

Historias de mamá. Historias de él. Historias de los dos. Descubrí cosas sobre ella que jamás imaginé y, poco a poco, ese extraño sentado en el suelo dejó de parecerme completamente ajeno.

Al final se quedó.

Nunca insistí demasiado sobre sus problemas. Si quería huir de ellos por un tiempo, estaba bien.

Yo, por mi parte, decidí aplazar mis estudios y continuar con el negocio de mamá: vender café, aromáticas y empanadas junto a una universidad concurrida.

Mi padre empezó ayudándome ocasionalmente, pero pronto quedó claro que conseguir empleo no sería tan fácil como decía. Terminó trabajando conmigo en el puesto.

Para aumentar las ganancias dividimos los horarios.

Antes, mamá trabajaba de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Yo mantuve esa rutina al principio, pero cuando él se unió propuse cubrir más horas: yo trabajaría desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, y él desde las dos hasta las diez de la noche.

Funcionó.

Las ventas mejoraron.

Durante un tiempo, las cosas parecieron estabilizarse.

Hasta que un día…