Queridos lectores, les voy a contar mi historia nunca antes contada.
Vivía a las afueras de la ciudad, a unos 20 kilómetros. No era campo, no era casa quinta, no era un country; simplemente era una casa con amplias tierras, de árboles y animales que se ven cuando se tiene espacio suficiente. Digamos que era una especie de chacra, que tampoco llegaba a ser tal cosa.
Estaba ubicada al costado de una ruta de calle de piedra, no muy transitada, pero que comunicaba con las demás.
El vecino del lado derecho tenía caballos 🐎, vacas 🐄, ovejas 🐑 y era un conocido cazador de chanchos jabalíes. Obviamente tenía sus perros, creo que unos 15 o 20, nunca supe en realidad cuántos, porque estaban diseminados por casi toda su propiedad con sus respectivas casitas y atados, obviamente.
Estaba en mi pubertad cuando una tarde de verano, no sé cuál fue la causa, salí a dar una vuelta por esa propiedad. Nunca antes lo había hecho, o al menos que lo recuerde.
Era verano, ese día hacía calor, por lo que me vestí muy liviano: un short, una remera y unas deportivas negras.
El vecino no vivía en ese lugar, lo sabía porque todas las tardes, a eso de las 5, lo veía abrir la tranquera de su propiedad, seguramente para alimentar a los perros o hacer cosas que hacía allí, lo desconocía. Si bien mis padres tenían buena relación, digamos que era un buen vecino y hasta ahí llegaba el asunto. Él tenía su rutina y nosotros, de este lado, las nuestras.
Una tarde de verano, como dije, salí a caminar por los alrededores de la propiedad. Era temprano, 2 o 3 de la tarde, mucho calor, demasiado calor 😥. Era, por supuesto, verano; estaba de vacaciones y no tenía colegio.
Y se me dio por acercarme a un arbusto que estaba cerca de la casa de mi vecino. Yo sabía que el dueño no vivía en esa propiedad, pero era prohibido, era su propiedad y, si me encontraba allí cerca, seguramente tendría problemas con mis padres por andar haciendo cosas que no debía. Al menos eso pensaba yo.
Cuando llegué al arbusto, precavido porque sabía que en ese arbusto había una casita y un perro, al cual no ladró, me quedó mirando y moviendo la cola en señal de amistad. Me pareció a mí. Me dio confianza para avanzar y acercarme a él y, efectivamente, logré tocarle la cabeza enorme. Sin lugar a dudas sabía que era un perro 🐕 de caza, no era un perrito cualquiera. Incluso noté que tenía dos o tres cicatrices a un costado.
Me recibió bien 👍, con una serie de lengüetazos cuando me acerqué y me puse de rodillas ante él. Lo dejé hacer.
Su lengua áspera pasó por parte de mi rostro y cuello. No lo tomé como disgusto, todo lo contrario, me agradó. Me hizo erizar parte de mi piel al sentir esa lengua.
Continuará…