Capítulo 2
Lisa es muy especial para mí.
No sabría decir exactamente cuándo empezó, pero desde ese primer fin de semana supe que no era algo normal.
Llegó del campo junto a María; eran del mismo pueblo. Buscaban trabajo juntas: se levantaban temprano, recorrían media ciudad y nunca se rendían. A veces trabajaban de meseras, otras en servicio doméstico. En una ocasión, cuidó a un adulto mayor durante unos meses.
Venían de familias humildes. Se sentían y se cuidaban como hermanas.
Hasta que un día María empezó a salir con Eric, otro chico de un pueblo cercano. Fue él quien nos presentó, y la química se dio de forma inmediata.
A Lisa no le importó que yo fuera un hombre de 60 años. Respondió a eso cuando le expresé mis dudas:
—La edad es solo un número. Tú me tratas bien y eres bueno conmigo. ¿Por qué no puedo quererte y amarte?
Con el tiempo, la relación se fue consolidando.
Se sentía cómoda conmigo, abierta, sin barreras emocionales aparentes. Compartíamos fantasías, conversaciones íntimas y momentos de confianza que nos fueron acercando cada vez más.
La excitaba cuando le contaba las aventuras que tuve con otras mujeres y quería que las repitiéramos juntos. Le gustó una historia en particular y la repetimos.
Le conté que una vez fui con una chica a una discoteca, nos sentamos en una mesa a beber, oír música y charlar. Ella llevaba una minifaldita, una blusa con un escote grande que casi le llegaba al ombligo y se le veían los bordes de los pezones a punto de salirse, se amarraba la blusa detrás del cuello y tenía la espalda desnuda.
Llegó un momento y se puso caliente, se levanta y se sienta encima de mí. No tenía ropa interior. En medio de la oscuridad y las pocas luces abre mi cinturón, luego baja mi cremallera y baja un poco mi pantalón y calzones. La falda nos tapaba lo suficiente, así que me dio un beso ardiente, y se metió mi pene dentro de su vagina. El ambiente estaba impregnado del olor de su sexo. Estaba muy húmeda. Subía lentamente y bajaba, luego hacía movimientos hacia adelante y detrás. Hasta que empezó a moverse rápido y sus gemidos se mezclaron con la música del local. Me agarró las manos y las puso sobre sus pechos. Empecé a apretarlos y jugar con sus pezones por encima de la blusa hasta que sus senos salieron por el gran escote. Bajé las manos y agarré sus nalgas con fuerza.
Estuvimos así, disfrutando de ambos en la penumbra del lugar hasta que unos camareros nos pidieron que nos fuéramos. Terminamos esa noche en la casa.
Después, María también comenzó a integrarse más en la dinámica.
Y así, tras la ruptura con Eric, ambas terminaron quedándose conmigo.
Vivíamos como una familia no convencional.
Compartíamos la casa, salíamos juntos, íbamos a restaurantes, conciertos y al cine. Dormíamos en la misma cama, nos bañábamos juntos cuando se podía y nuestra vida cotidiana se volvió completamente compartida.
Durante un tiempo, todo parecía estable.
Éramos solo nosotros. No existía más nadie.
Todo cambió cuando recibimos una invitación de India a una “Fiesta para gente con mente abierta”. En pocas palabras, una orgia.
Era una experiencia distinta, un ambiente grupal donde se mezclaban diversos tipos de personas, dinámicas sexuales intensas y libertad emocional.
Fuimos los tres.
En ese evento, Lisa conoció a otra chica un poco mayor llamada Steffany.
Desde el inicio, algo en ella le llamó la atención. No fue inmediato en palabras, pero sí en mirada, en energía, en curiosidad.
A partir de ese momento, algo cambió.
No de forma explosiva, sino lenta.
Lisa empezó a mostrar señales de distancia.
Pasaba más tiempo en silencio, mirando su celular, como si algo en su interior estuviera reorganizándose.
Esa etapa duró varias semanas.
No fue una conversación clara desde el principio.
Hubo silencio.
De esos silencios que no son ausencia de palabras, sino exceso de cosas que nadie se atreve a decir.
Lisa estaba sentada en el sofá, mirando su celular sin realmente verlo. María caminaba lentamente por la sala. Yo permanecía en silencio.
Esperando que alguien dijera lo que yo no podía decir.
—No sé qué me está pasando —dijo Lisa al fin.
Su voz sonaba baja, cansada.
María se detuvo.
—¿No eres feliz aquí?
La pregunta no sonó como reproche. Sonó como miedo.
Lisa tardó en responder.
Y ese fue el primer golpe.
Porque cuando alguien duda antes de responder algo así, ya no está del todo ahí.
—Sí… pero no es solo eso —dijo ella.
Silencio otra vez.
Sentí el impulso de hablar, de ordenar todo, de decir algo que evitara la caída de lo que teníamos. Pero no lo hice.
Me quedé callado.
María se sentó junto a Lisa.
—Yo soy feliz contigo —le dijo—. Contigo y con él.
Lisa cerró los ojos un instante.
Como si eso, en lugar de calmarla, la empujara más lejos.
—No es eso… —susurró.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Se quedó mirando afuera.
—No quiero hacerles daño —dijo.
Pero ya lo estaba haciendo.
Sin intención. Sin claridad. Sin quererlo del todo.
María la llamó por su nombre.
Una sola vez.
No hubo respuesta inmediata.
Yo seguí en silencio.
Y ese fue mi error.
Porque en ese instante, cuando todo aún podía moverse hacia otro lado, yo no dije nada.
Lisa volvió a mirarnos.
Y lo que vi no fue certeza.
Fue despedida.
Le dije que siguiera su corazón y fuera feliz.
No intenté retenerla.
María tampoco sabía qué hacer. Ella sí tuvo el valor que a mí me faltó para decirle lo que sentía. Le dijo que era feliz conmigo y con ella a su lado. Lloraron juntas. Recordaron su infancia, sus juegos, su historia compartida desde niñas.
Pero la decisión ya estaba tomada en su interior.
Con el tiempo, Lisa se fue acercando más a Steffany.
Y finalmente decidió irse a vivir con ella.
Cuando se fue de casa, me envió un mensaje de voz para explicar lo que había vivido y lo que sentía.
Me senté junto a María a escucharlo.
Hablaba de lo que había sentido en ese nuevo entorno, de cómo algo dentro de ella había despertado de una forma distinta tras conocer a Steffany.
De descubrimiento, confusión y una intensidad emocional que no sabía cómo ordenar.
“En el momento que nos separamos en la fiesta y seguí a Steffany hasta el grupo de chicas, algo cambió. Sentí que veía una chica muy blanca de cabellos dorados y ojos azules. Vi su belleza diferente. Ver a María es igual que verme a mí, piel trigueña, de cabellos negros largos y cuerpo de senos y culos bien formados, pero chiquitos, se que te vuelves loco al vernos. Ambas somos casi iguales.
Steffany me iluminó como un ángel. Su tono de voz tan suave y dulce. Cuando me besó, sentí algo en el estómago. Perdí mis fuerzas cuando empezó a tocar mi cuerpo y apretar su cuerpo contra el mío. Nunca había tocado pezones rosados.
En ese momento, todas las chicas que estaban en el grupo de Steffany me rodearon y empezaron a tocarme y a jugar con mi cuerpo y a llenarme de sensaciones que nunca había tenido. Steffany me besaba y me acariciaba y me recostó en un gran sillón. Una chica me chupaba el pezón izquierdo y otra el pezón derecho. Una bella morena se metió entre mis piernas y empezó a lamer mis labios y el clítoris. Sentí que no tenía fuerzas, las piernas me fallaban, las chicas se intercambiaban para darme placer.
Cuando le tocó el turno a Steffany de disfrutar de mi sexo, empezó a lamer los labios, sube y chupa mi clítoris, mete su rostro en mi vagina, juega en mi clítoris con su nariz, introduce unos dedos y encuentra mi punto más sensible.
SOLO TU LO HABÍAS ENCONTRADO.
Levanta mis piernas y deja mi culo al aire. Lo lame y puntea con la lengua y le mete un dedo, le mete dos dedos. Y regresa con su rostro a mi vagina y mi clítoris.
Me sentí penetrada por ambos agujeros, con su rostro en mi vagina y sus dedos en mi culo.
Cuando ya me cansé, otra pasó al puesto central del sillón. Así estuvimos varias horas, hasta que a una se le ocurrió usar un pene de caucho con una correa en su cintura.
Era como tenerte a ti dentro, duro y sabroso, pero sin el cansancio después de venirte y con un miembro más grande.
Tantas bocas, tantos dedos, tanto placer. Terminamos la fiesta Steffany y yo restregando nuestros sexos la una contra la otra con las piernas abiertas. Al terminar, nos besamos y nos abrazamos hasta quedar dormidas.
Estar con ella y las otras chicas me hizo sentir cosas que no había vivido antes.
Después de la fiesta, nos vimos unas veces. Una vez tuvimos sexo en su cuarto. Pero, ella no sabía si quería una relación.
Steffany también tenía dudas sobre lo que quería. Nunca había amado de verdad a alguien antes. No sabía lo que era una relación real, pero conmigo empezó a descubrirlo.
Salimos varias veces después de eso. Fuimos al cine, acampamos un fin de semana. Reíamos, nos tomábamos de la mano, nos besábamos en público.
Aunque yo había sido feliz contigo y con María, con ella sentí una intensidad distinta.
Los amo a ti y a María… pero también amo a Steffany. Y siento que quiero estar con ella hasta que se acaben mis días.”
Meses después, se fue alejando definitivamente.
A pesar de todo, yo seguí creyendo que lo que habíamos vivido había sido real.
Le escribí un último mensaje diciéndole que nuestra casa siempre sería su casa.
Con el tiempo, María y yo aceptamos que Lisa seguiría su propio camino.
Hoy, seguimos adelante.
Y ella también.
A veces pienso que no fue una pérdida repentina.
Sino una serie de decisiones pequeñas que nunca supe detener a tiempo.
Después de todo lo ocurrido, entendí que no podíamos seguir igual. Le pedí a María que terminara la escuela, que se diera una oportunidad distinta en la vida. Yo me haría cargo de eso. No como solución a lo que habíamos perdido, sino como una forma de no quedarnos detenidos en ello. Con el tiempo, María se convirtió en lo más importante de mi vida.
Un día llegó, me besó con ternura y me dijo: “Te amo”.