Capítulo 1

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El silencio en la no es una ausencia de sonido, sino una presencia pesada y húmeda, compuesta por los respiraciones profundas y entrecortadas de 4 cuerpos exhaustos esparcidos por la alfombra y el sofá. El aire huele a sexo, a sudor y a un rastro dulce de las copas de vino. La única luz proviene de la lámpara de pie en la esquina, proyectando sombras alargadas y danzantes sobre las paredes.

Adrián yace boca arriba, con el brazo rodeando los hombros de su novia Sofía. Sofia está acurrucada contra su pecho, de espaldas a Karen, rozando ligeramente sus traseros. Ricardo descansa sobre la espalda, con Karen recostada sobre su torso, los dedos de ella todavía entrelazados laxamente con los de él. Mariana, la arquitecta de esta caída controlada, se sienta en el borde del sofá, observando la escena con la quietud de un depredador que espera el momento exacto para dar el golpe final.

Mariana no duerme. Sus ojos, brillantes y lujuriosos, recorren los cuerpos inertes. El corazón le late con un ritmo acelerado, no por fatiga, sino por la anticipación eléctrica que corre por sus venas. Sabe que la noche no ha terminado. Lo que ocurrió fue solo el prólogo, el calentamiento para lo que ella realmente planea. Necesita más. Necesita romperlos por completo, remodelar sus deseos hasta que solo exista ella en el centro de su universo.

Quiere asegurarse de que el sueño de su hermana y su amiga sea profundo, un abismo del que no puedan emerger fácilmente.

Pasan cinco minutos. Luego diez. La tensión en la habitación cambia sutilmente. Mariana se levanta con una gracia unica, sus pies desnudos no haciendo ningún ruido sobre la madera. Se acerca a los hombres.

Se agacha junto a Ricardo. Su aliento acaricia su oreja, tibio y perfumado, a diferencia del aire frío de la habitación.

—Despierta —susurra. La voz es un hilo de seda, apenas un susurro que roza la piel.

Ricardo parpadea, confundido. Su mente está nublada por el alcohol y el orgasmo reciente. Abre los ojos y ve la silueta recortada de Mariana.

—¿Qué…? —empieza a preguntar, pero ella pone un dedo sobre sus labios.

—Shhh —lo silencia. Su sonrisa es peligrosa en la penumbra.

Se desliza hacia Adrián. Él está más alerta, durmiendo ligero. Mariana pasa su mano por el cabello de Adrián, una caricia que es a la vez maternal y posesiva.

—Adrián —susurra, un poco más fuerte esta vez, pero todavía bajo el umbral del sueño de Sofía.

Adrián abre los ojos de golpe. El miedo y la excitación se cruzan en su mirada al ver a Mariana de pie sobre ellos. Mira a Sofía, que duerme plácidamente a su lado, y luego a Mariana, que le hace un gesto con la cabeza hacia el sofá. No hay palabras, solo una orden tácita. Adrián se desliza suavemente de debajo de Sofía, liberando su brazo con movimientos lentos y controlados. Ricardo, siguiendo el ejemplo, se aparta de Karen con la misma precaución.

Los dos hombres siguen a Mariana como corderos al matadero. Ella los guía hacia el sofá de cuero, lejos de las mujeres dormidas en la alfombra. El cuero cruje levemente bajo su peso cuando se sientan, un sonido que retumba como un disparo en la quietud de la habitación.

Mariana se inclina frente a ellos. La luz de la lámpara baña su cuerpo, resaltando las curvas que todavía no han sido tocadas esta noche. Ella sabe que tiene el control. Es la directora de esta película privada.

—Sed —dice suavemente, girándose hacia la mesa auxiliar donde descansan las botellas de vino y las copas medio vacías.

Se inclina hacia adelante desde la cintura para alcanzar una botella. Es un movimiento deliberado, exagerado. El vestido rojo elegante y atrevido que lleva, se tensa sobre su figura. Al estirarse, la tela sube, revelando sus piernas tonificadas. Pero no son solo las piernas. La postura levanta la falda lo suficiente para que, desde la perspectiva sentada de Adrián y Ricardo, el mundo se reduzca a una sola cosa.

No lleva ropa interior. Sus labios vaginales son perfectamente visibles, dos pliegues suaves y rosados que prometen un placer infinito, esculpidos como una obra de arte entre sus muslos. El trasero de Mariana, firme y redondo, propio de una señorita de 19 años, se ofrece en el aire, una invitación directa y obscena.

El deseo, que creían agotado hace minutos, resurge con una fuerza violenta, impulsado por la adrenalina de hacer esto a metros de sus novias dormidas.

Mariana permanece en esa posición unos segundos más de lo necesario, sabiendo exactamente el efecto que causa. Llena las tres copas con un chorro rojo y oscuro, el líquido chapoteando suavemente. Se endereza lentamente y se gira, sosteniendo las copas.

—Para recuperar fuerzas —dice, extendiendo una copa a cada uno.

Sus dedos rozan los de ellos. El contacto es eléctrico. Beben en silencio, el vino sabiendo a metal y deseo en sus bocas secas. Nadie habla. No hace falta. El aire está cargado de una complicidad criminal.

Mariana deja su copa en la mesa y camina hacia el centro de la habitación, donde el tablero de Twister yace desordenado. Con un movimiento del pie, despeja el espacio, empujando el cartón hacia un lado.

—Otra ronda —propone, su voz baja pero cargada de autoría. —Pero esta vez, sin reglas.

No es una pregunta. Es un mandato. Adrián y Ricardo se miran. Hay una vacilación, un último vestigio de moralidad o miedo que asoma en sus ojos. Pero luego miran a Mariana, y luego a sus novias durmiendo. La línea ya se cruzó antes. Ahora solo se trata de cuán lejos pueden llegar.

Se levantan en un acto rápido, casi violento. Sus penes se levantan, duros y pulsantes, saludando a Mariana como a una reina. Ella sonríe, satisfecha, y se despoza de su vestido rojo, dejándolo caer en una piscina de tela a sus pies.

Se para ante ellos, completamente desnuda, su piel brillando bajo la luz. Es una estatua de diosa pagana.

—Vamos —dice, señalando las manchas de colores en la alfombra.

El juego comienza. No hay lanzador de flecha esta vez. Mariana dicta los movimientos.

—Adrián. Pie derecho. Rojo.

Adrián se coloca. Sus músculos se tensan bajo la piel.

—Ricardo. Mano izquierda. Azul.

—Mariana. Mano derecha. Verde.

Mariana se inclina, poniendo una mano en el suelo. Su pecho cuelga pesado y perfecto, los pezones duros apuntando al suelo. Desde su posición, Adrián tiene una vista directa de sus senos, una imagen que le corta la respiración, y Ricardo mira directamente el ano, perfecto, digno de ser destrozado.

—Ricardo. Pie derecho. Amarillo.

Mariana sabe que la observan con deseo Una sonrisa cruel y juguona se curva en sus labios.

—Mariana. Pie izquierdo Verde.

Se asegura de ofrecerle la misma vista a ambos, quiere embriagarnos de placer y de deseo.

—Adrián. Mano izquierda. Azul.

Adrián se baja a cuatro patas para alcanzar la posición. Ahora su cara está al nivel del trasero de Mariana. Ella se mueve, «resbalando» en una maniobra falsa.

—Ups —susurra.

Al «perder el equilibrio», sus caderas se balancean hacia atrás. Su culo, suave y firme, golpea directamente la cara de Adrián. No es un golpe duro; es una caricia brutal. Su nariz se hunde en el crack de sus nalgas, sus labios rozando el orificio anal tibio y perfumado. Adrián no se aparta. Instintivamente, inhala profundamente, el olor de la hermana de su novia, Mariana inundando sus sentidos. Extiende la lengua y da un lick rápido, un movimiento nervioso y desesperado.

Mariana se estremece, pero no se corrige. Se mantiene ahí, presionando su trasero contra la cara de Adrián.

—Muy bien cuñado. —murmura.

—Ricardo. Mano derecha. Rojo.

Ricardo se mueve, quedando arrodillado frente a Mariana. Su pene está a centímetros de su boca. Ella mira hacia arriba, a los ojos de él, y luego baja la mirada a su erección. Abre la boca ligeramente, la lengua asomando, mojando los labios. Es una amenaza y una promesa.

—Siguiente —dice Mariana, su voz ronca. —Adrián, levántate.

Ella se gira y se sienta en el sofá, abriendo las piernas de par en par. Su coño, hinchado y mojado, se contrae visiblemente, pidiendo atención.

—Vengan —ordena.

Adrián es el primero en caer. Se arrodilla entre sus piernas y se lanza a sus labios vaginales, no con delicadeza, sino con hambre. Lambe, succiona y muerde, sus manos agarrando los muslos de Mariana con fuerza suficiente para dejar marcas moradas. Mariana empinada en ese sillón, arquea la espalda, la cabeza cayendo hacia atrás, un gemido escapando de su garganta.

Ricardo no se queda atrás. Se pone de pie junto al sofá, al lado de la cabeza de Mariana. Ella gira la cara y lo toma en la boca de golpe. No hay preliminares. Se lo traga hasta el fondo, la garganta expandiéndose para acomodarlo. Ricardo pone una mano en su cabeza, entrelazando los dedos en su cabello, y empieza a mover las caderas, follando su boca con movimientos rítmicos y profundos.

La habitación se llena de los sonidos guturales del sexo: los chapoteos húmedos de la lengua de Adrián, los ahogos de Mariana, los jadeos de Ricardo. Es una sinfonía de lujuria.

Pero Mariana quiere más. Siempre quiere más. Empuja a Adrián con el pie.

—Sube —dice, con la boca llena todavía.

Adrián obedece. Se sube al sofá, entre sus piernas. Guiado por la mano de Mariana, alinea su pene con su vagina. Ambos gruñen al unísono. Es un ajuste perfecto, caliente y apretado. Adrián empieza a moverse, lentamente al principio, disfrutando de la sensación de sus paredes vaginales masajeando cada centímetro de su erección.

Mariana libera a Ricardo de su boca por un momento, jadeando.

—Tú también —le dice a Ricardo, señalando su trasero. —No dejes ningún espacio vacío.

Ricardo no necesita que se lo diga dos veces. Se coloca detrás de Mariana, que se inclina hacia adelante para darle acceso, permitiendo que Adrián siga penetrándola desde abajo. Ricardo escupe en su mano y lubrica su pene, luego presiona contra su ano. Mariana se tensa, luego se relaja, permitiendo la entrada. Es un ajuste apretado, una resistencia que cede ante la insistencia.

El momento de la doble penetración es un golpe de realidad física. Mariana se llena por completo. Dos hombres dentro de ella, ocupando ambos espacios, estirándola, llenándola hasta el límite. Grita, un sonido agudo y animal que rompe el silencio de la habitación.

—¡Dios, sí! —susurra. —¡Cojanme con fuerza!

Adrián y Ricardo sincronizan sus movimientos instintivamente. Cuando uno entra, el otro sale, una marea constante de carne y placer. Mariana está atrapada entre ellos, un juguete vivo, una marioneta de carne controlada por sus impulsos. Sus ojos se giran hacia atrás, perdiendo el enfoque, entregada a la tormenta sensorial.

Es en ese momento preciso, en el clímax de esta orgía silenciosa, cuando algo cambia en la periferia de la habitación.

Sofía se mueve en la alfombra. No es un movimiento de sueño profundo; es una transición hacia la vigilia. El ruido de los gemidos de Mariana ha perforado su inconsciente. Abre los ojos, desorientada. La visión que se encuentra no es un sueño.

Vio a su novio, Adrián, desnudo, sudoroso, con el rostro contorsionado por el placer, hundido hasta las pelvis en la mujer que organizó la fiesta. Vio a Ricardo detrás de ella, moviéndose con fuerza bruta. Y vio a Mariana, la mujer que parecía estar siendo desgarrada por el éxtasis.

El primer impacto es el shock. Su cuerpo se congela. El aire sale de sus pulmones en un silbido. Las manos le van instintivamente a la boca para tapar un grito. Los celos, verdes y ácidos, le hierven la sangre. ¿Cómo puede hacerle esto? ¿Cómo pueden?

Pero a medida que los segundos pasan, la imagen se asienta en su cerebro. No es solo traición. Es algo más. Ve la manera en que los músculos de Adrián se tensan, la manera en que Mariana se entrega por completo, la cruda energía de la escena, las nalgas de su hermana siendo perforada por su novio y el novio de su amiga. Es una violencia erótica que nunca ha visto antes.

A su lado, Karen también se despierta, empujada por el movimiento de Sofía. Karen parpadea, frotándose los ojos. Cuando ve la escena, su reacción es diferente. No hay shock inmediato, solo una fijación hipnótica. Ella mira a Ricardo, su novio, viéndolo bajo una luz totalmente nueva. Ve su fuerza, su dominancia, la manera en que usa su cuerpo para dar placer a otra mujer, mientras impone un control total sobre el ano de Mariana. Ve a Mariana, no como una rival, sino como un receptáculo de una lujuria que Karen desconocía que existía.

Las dos mujeres se miran. Hay un momento de terror compartido, el miedo a que el mundo se haya roto. Pero luego, algo cambia en la mirada de Karen. Una ceja se levanta ligeramente. Su respiración, que debería ser rápida por el pánico, se vuelve lenta y profunda.

Karen baja la mano de su boca. Sus ojos vuelven a la escena del sofá. Se sienta, cruzando las piernas, pero su mano se desliza, casi sin querer, hacia Sofia. Sus dedos encuentran el tejido húmedo dentro de su ropa interior. No se aparta. Empieza a frotarla suavemente, siguiendo el ritmo de las embestidas de aquel espectáculo.

Sofía no se opone. Siente a su amiga masturbándola mientras mira a su novio follarse a otra mujer. La contradicción es demasiado grande para procesarla, pero la atracción magnética de la escena es irresistible. El shock se transforma en una fascinación morbosa. Los celos se mezclan con una excitación traicionera.

Las manos de Sofía se mueven hacia sus pechos, acariciándose a través de la tela de su vestido.

En el sofá, la intensidad alcanza su punto máximo. Adrián siente que el control se le escapa. El apretamiento de Mariana, la vista de sus novias mirándolos (aunque él no lo ha registrado aún, solo siente la energía de las miradas), todo se combina.

—Me voy a correr —gruñe Adrián, sus dientes apretados.

—Dentro —susurra Mariana, con la voz rota. —Dentro de mi coño, quiero que me llenes de tu semen

Adrián clava sus uñas en los muslos de Mariana y se estremece. Su cuerpo se convulsiona mientras eyacula, disparando chorros calientes y profundos dentro de ella. La sensación desencadena a Ricardo.

—Yo también —avisa Ricardo.

—Dentro —pide Mariana.

Ricardo libera su carga. El semen sale a chorros del culo de Mariana.

Mariana se deja caer hacia los brazos de Adrián, jadeando, cubierta en fluidos, temblando por las aftershocks del orgasmo. Adrián y Ricardo no se separan, están exhaustos, pero sus penes siguen dentro de Mariana.

El silencio regresa, pero ahora es un silencio cargado de preguntas no formuladas y realidades cambiadas para siempre.

Sofía y Karen se quedan inmóviles, sus manos todavía entre sus piernas, con los dedos mojados. La masturbación se ha detenido, pero la excitación no. Se miran entre sí, luego a sus novios, y luego a Mariana, que sonríe triunfante en el sofá, con el semen de sus novios escurriendo por sus piernas.

Mariana se limpia ligeramente mientras mira directamente a su hermana y su amiga. Su mirada no es de disculpa. Es de placer.

—Eso fue, excelente —dice suavemente.

Sofía siente una mezcla de humillación y poder. Ha sido testigo, ha participado voyeurísticamente. Ha visto a su novio perder el control con su hermana y se ha excitado con eso.

Karen se levanta primero. Sus piernas tiemblan un poco. Camina hacia Ricardo, que yace seminconsciente en el sofá. Se agacha y lo besa, no con un beso romántico, sino con un beso que sabe a sexo y a otra mujer. Ricardo responde débilmente, sorprendido.

Sofía sigue el ejemplo. Se acerca a Adrián. Él la mira con miedo y preocupación, Sofía no dice nada. Se inclina y le besa, probando su boca, sabiendo que minutos antes estaba lamiendo el coño de su hermana Mariana. El sabor es diferente, salado, prohibido. Sofía rompe el beso y le susurra al oído:

—La próxima vez, quiero verlo más de cerca.

Adrián parpadea, incrédulo. La tensión en sus hombros se disuelve, reemplazada por una confusión aliviada.

Mariana observa el intercambio, su plan completándose más allá de sus expectativas. No solo los ha corrompido a ellos; ha despertado un monstruo en las mujeres también.

—Vamos a dormir —dice Mariana, levantándose con dificultad. Su cuerpo está dolorido, usado, pero vivo.

La dinámica del sueño cambia. Ya no hay parejas separadas. Forman una pila desordenada en la alfombra y el sofá, una mezcla de extremidades y olores.

Se acomodan en un inocente y sutil intercambio de caricias, y de besos, a las orillas los dos hombres, al centro de las cobijas, sus tres hembras aún escurriendo el semen de ellos

Es un nudo de cuerpos. Nadie duerme de inmediato. Los ojos están abiertos en la oscuridad, mirando las sombras del techo.

Adrián pasa su mano por encima de Sofia, hasta llegar a los tiernos pechos de Mariana, mientras le da un beso suave a su novia Sofia. Ricardo acaricia el suave trasero de Sofia, un gesto posesivo ahora, no solo sexual. Karen acaricia los húmedos labios vaginales de su amiga Sofía. Es un momento de intimidad absoluta compartida, compartiendo un secreto que los une más que cualquier amistad previa. Las manos de Sofía encuentran la de Karen, y sus dedos se entrelazan. Mariana por su parte, abraza a Karen, alcanzando a tomar el pene ahora flácido pero hinchado de Ricardo.

Los besos continúan en la oscuridad. Besos en la nuca, en los hombros, en las manos. Caricias que no buscan despertar el deseo nuevamente, sino calmar la ansiedad, confirmar la realidad. Es una paz frágil, construida sobre las cenizas de sus viejas relaciones.

La sala de aquella casa vuelve a quedar en silencio, pero ya no es el silencio de antes. Es un silencio cómplice, cargado de promesas para la próxima vez que la luz se apague.

Continuará…