Ese día estábamos entrando al camarote del barco. Me miré al espejo: mi pelo largo rizado, mis gafas, mis ojos verdes, mi pecho mirando para arriba. Una 90 tengo, cuerpo se nota de nadadora.
Me puse un tanga de bañador y, como la habitación daba a la piscina, salí sin nada arriba. Mi marido llevaba las toallas y las cosas. Lo malo que me había dejado las chanclas en casa y no me gusta pisar el suelo descalza. Solo tenía zapatos de tacón y me puse unos rojos a juego con el tanga. Ja ja ja.
Fui hasta la tumbona, noté que todos los tíos me miraban y las mujeres cuchicheaban. Me puse a tomar el sol hasta que se escucharon muchos chillidos después de un fuerte golpe.
—¡Carla, Carla, nos asaltan! —dijo mi marido.
Empecé a ver vikingos, no me lo podía creer, parecía otra época. Eran pelirrojos, barbas largas rojas, muy fuertes y salvajes. Nos agruparon a todos en popa y el más fuerte de todos ordenó:
—¡Matadlos a todos!
A mí solo se me ocurrió ir para ellos y dije:
—¡Os follo a todos si no hacéis daño a nadie!
Se empezaron a reír, sacaron sus pollas que la verdad me dieron miedo por sus tamaños. Dijo uno:
—Primero te follamos por zorra y luego, según cómo aguantes, hablamos.
Me reí y me bajé el tanga. Toqué mi conejito. Todos corrieron peleándose para ser los primeros.
—Tranquilos, hay rubia para todos. Ja ja.
Empecé a mamar. Me agarraban el pelo, me ahogaban, me hacían hasta vomitar y sin asco entraban todos. No sé ni cuántas. Me subieron al aire y se turnaban para comerme el coño y otro el culo, dos las tetas y venga a turnarse. Estaba cachondísima, me corría a manta. No sé cuánto tiempo, qué locura.
Me echaban cerveza en el coño y bebían. ¡Buff! Luego me follaban por todos sitios como si el mundo se acabara, chorreando leche. ¡Buff, qué locura! Parecía que me había bañado en una bañera de leche condensada.
Miré a mi marido y el cabrón estaba grabando. ¡Qué cabrón! Qué rabia me dio. Anda que estaba preocupado y yo súper cansada porque disfrutaba, pero después de cinco horas, imagínate.
Les dije:
—¡Parad, parad! ¿Puedo pedir un deseo?
Dijo:
—Pide, zorra.
—Quiero que me pongáis a cuatro delante de mi marido y paséis todos otra vez por mí, pero sin moverme yo, que ya no puedo más.
Lo agarraron a un palo, pero sentado en una silla. Me puse con las manos en sus rodillas a cuatro patas y pasaron todos. Él dice que contó 36. Yo lo miraba a la cara con cara de vicio y le decía:
—Tú no, tú mira —y le escupía.
Acabaron y se fueron sin hacer daño a nadie. Eso sí, me llevaron a enseñarme su aldea y me animé.
Continuará…